Capítulo 10: Sobras que respiran
2 de diciembre de 2025, 5:19
Capítulo 10: Sombras que respiran
Mientras tanto, en otra parte del reino, un hombre avanzaba con paso sigiloso por senderos olvidados. Arlan, siervo leal al Rey, había seguido las pistas sobre la joven que tanto había alterado a Willem. Su búsqueda, desde hace dos años, lo llevó hasta las ruinas de un pequeño poblado cerca del bosque de Gravenstein, donde la última gran batalla contra la oscuridad había dejado cicatrices imborrables.
El lugar estaba abandonado, las casas devoradas por la maleza, las piedras ennegrecidas por un fuego antiguo. No había vida, solo el eco del pasado. Arlan se detuvo frente a un pozo cubierto de enredaderas. Recordó las palabras de Gideon: “Volví a casa después de ver la devastación de Gravenstein”. Si ese fue el último lugar antes de volver a la Casa Felder… debió encontrarla ahí.
¿Quién había sido Mariek antes de ser “Felder”? ¿Qué vínculo unía a esa muchacha con la magia que ahora recorría los informes de todas las provincias?
El viento sopló entre las ramas, y Arlan supo que la respuesta no sería sencilla. Pero cada paso lo acercaba a una verdad que podía cambiar el destino de la Corona.
En ese mismo momento, en la Provincia del Oeste, en Vacherenne, el aire estaba cargado de humo y temor. Las llamas cubrían las fachadas de las casas, devorando madera y piedra mientras los gritos de la gente se mezclaban con el choque metálico de espadas y el crujir de los tejados que cedían al fuego. Criaturas deformes surgidas de las sombras avanzaban con un paso terrible, acompañadas por hombres encapuchados cuyas armas chispeaban con magia negra.
Un niño quedó atrapado en medio de la plaza, temblando, incapaz de moverse. Una de las bestias se alzó sobre él, con las garras extendidas, y el aire se llenó del llanto de la víctima. Entonces, una ráfaga de luz atravesó el espacio, rasgando la oscuridad como un relámpago. La criatura fue empujada hacia atrás, estrellándose contra un muro, y un silencio breve recorrió a los testigos. La cabeza de la bestia rodó sobre el suelo…
Las miradas se elevaron al unísono. Allí estaba: una figura menuda, envuelta en una capa negra que flotaba con el viento. Su rostro permanecía oculto bajo la capucha. Avanzaba con paso firme, cada movimiento medido, seguro. Levantó el brazo y del cielo descendió una esfera de luz blanca, que estalló en un resplandor cegador. La luz cayó sobre las sombras y los encapuchados, desintegrando a las bestias más cercanas en un estallido de polvo y chillidos.
No se detuvo. Con un gesto rápido, desenvainó su espada. La hoja relucía bajo el fuego y la luz, trazando arcos y giros que cortaban a las criaturas que aún quedaban. Cada ataque era preciso, una mezcla de técnica marcial y magia. Con un giro, la espada dibujó un círculo en el aire y lanzó una onda luminosa que lanzó por los aires a un grupo de hombres que blandían cuchillas negras.
Con un movimiento de su otra mano, invocó un destello de energía que surgió del suelo, levantando raíces de luz que se entrelazaban alrededor de los enemigos, inmovilizándolos. La plaza era un torbellino de fuego, sombras y luz. Cada vez que la Hechicera giraba, su capa se abría como alas oscuras, y su espada cortaba el aire con un sonido metálico que se mezclaba con el estallido de su magia. La gente corría, protegida por su aura, como si su sola presencia formara un escudo invisible.
Un golpe de espada desvió un ataque directo hacia una chica que intentaba esconderse entre las llamas. Otro destello de energía lanzó a un enemigo contra un barril incendiado, que rodó por la calle desbordando llamas. La Hechicera parecía en todas partes al mismo tiempo, invisible en su velocidad, implacable en su defensa.
Cuando el último enemigo cayó, la tensión permaneció en el aire. Los supervivientes apenas respiraban. Un murmullo emergió entre ellos, tembloroso y reverente:
—La Hechicera de la Luz…ha venido a salvarnos…
Pero antes de que nadie pudiera acercarse, antes de que pudieran verla de cerca, la figura se giró. La capa negra se cerró sobre su cuerpo, y en un parpadeo, desapareció entre las calles estrechas, dejando solo el humo, los escombros y la sensación de que nunca había estado allí.
Solo quedaba la luz, persistente, que lentamente se apagaba con el humo. La plaza había sido salvada, pero nadie podía decir cómo ni por quién. Nadie vio su rostro. Nadie conocería su nombre.
Horas después, el galope resonó sobre la roca. El caballo negro ascendía los senderos empinados de las montañas de Hohenlicht, donde las nubes se abrazaban a las cumbres y, a lo lejos, se distinguía el monasterio, el corazón espiritual del reino. Entre la niebla, oculta entre pinos y riscos, aguardaba una cabaña solitaria.
La figura desmontó. Su respiración era pesada, los músculos temblaban por el esfuerzo de la batalla. Empujó la puerta de madera y el crujido reveló el interior cálido, iluminado apenas por un fuego pequeño. Dentro, de pie, aguardaba un hombre de capa gris. Su presencia llenaba la estancia como si el lugar hubiera sido construido para él.
—Muy bien, Mariek —dijo Aldebrand, el Maestro de las Cinco Sendas, con voz grave y serena.
La joven se quitó la capucha. Sus cabellos oscuros cayeron sobre su rostro perlado de sudor. Exhausta, apenas pudo mantenerse en pie y cayó de rodillas ante el suelo de piedra.
—Descansa un poco —murmuró él, observándola con esa mezcla de dureza y orgullo que nunca se desvelaba del todo.
Mariek inclinó la cabeza. Sus manos, temblorosas, buscaron en su pecho un colgante que siempre llevaba consigo: una cadena de plata con un pequeño broche que ostentaba el símbolo de la Corona. Era el broche para el cabello que Willem le había regalado, y que ella había transformado en un talismán para colgar de su cuello.
Lo sostuvo entre los dedos. Sus labios se curvaron apenas en un gesto cansado, pero cargado de ternura. La fuerza regresó a su cuerpo.
—Novecientos trece… —susurró, y se puso de pie lentamente.
Aldebrand arqueó una ceja.
—¿Cuentas los días?
Ella asintió con un suspiro que se tornó sonrisa.
—Más de dos años, Maestro. —Apartó de su frente el mechón blanco que brillaba bajo la lumbre y añadió, con los ojos encendidos de determinación—. Un día más… es también un día menos de oscuridad.
El silencio en la cabaña se volvió solemne. Fuera, el viento rugía en las cumbres, como si las montañas mismas guardaran el secreto de aquella muchacha destinada a desafiar la oscuridad. Aldebrand la observaba en silencio. Cada vez que regresaba de una batalla, Mariek parecía más firme, pero también más sola.
—No puedes seguir enfrentándolos de esa forma —dijo al fin el Maestro, con una calma que disimulaba la inquietud—. Has aprendido a controlar la energía, pero la estás exigiendo más allá del límite. La Luz no es inagotable, Mariek.
Ella se irguió, aún con la respiración agitada.
—Si no la uso… ellos mueren. Estoy segura que terminaré acostumbrándome —Su voz era firme, pero un temblor casi imperceptible la atravesó.
Aldebrand bajó la mirada, asintiendo despacio.
—Lo sé. Pero la Luz también reclama lo suyo. —Le tendió una taza con infusión caliente, y ella la tomó con ambas manos, dejando que el calor le devolviera el pulso—. Has salvado Vacherenne, pero los informes que llegan del sur… dicen que la oscuridad no retrocede, sino que muta.
Mariek levantó la vista, y el resplandor del fuego se reflejó en sus ojos azul océano.
—Ya no son solo bestias, Maestro. En Vacherenne… había hombres. Humanos. He visto sus ojos antes de caer. No eran esclavos. Eran… voluntarios.
Aldebrand caminó hacia la ventana, donde la nieve golpeaba los cristales con fuerza.
—Eso temía —susurró—. La sombra se infiltra donde el corazón ya alberga grietas. No todos pueden resistir el susurro de lo que promete.
Mariek frunció el ceño.
—Promete poder. Promete redención. Y promete venganza.
El Maestro se volvió hacia ella.
—Hablas como si lo hubieras escuchado.
Ella desvió la mirada hacia el fuego.
—Maestro… —Su voz se volvió apenas un hilo—. A veces, cuando la batalla termina y el silencio cae… hay algo que susurra mi nombre entre las sombras. Como si… me conociera.
Aldebrand se acercó, apoyando una mano sobre su hombro.
—La oscuridad siempre reconoce a quienes la desafían. E intenta seducirlos. —Sus ojos, cansados y antiguos, se clavaron en los de ella—. Pero tú no serás uno de ellos, Mariek.
Ella sostuvo la mirada con una mezcla de desafío y fe.
—Porque tengo algo que me ata a la Luz. —Sus dedos rozaron el colgante del Príncipe—. Algo que no me dejará olvidar quién soy. Lo sé…
El Maestro guardó silencio. Conocía ese gesto. Lo había visto más de una vez, en los descansos breves entre misión y misión, cuando Mariek parecía buscar fuerza en algo más que su propio poder. Y aunque nunca lo mencionaba, Aldebrand sabía perfectamente el origen de ese amuleto. Todavía tenía dudas de las consecuencias, pero sabía que esa unión no era algo casual.
—La Luz puede sostenerte, sí —dijo con un tono más suave—. Pero debes recordar que no es solo su poder lo que enfrentas. Es el miedo. Y el miedo… es más contagioso que cualquier hechizo.
Mariek asintió, cerrando los ojos un momento. Su respiración se acompasó, y cuando los abrió, había en ellos una serenidad nueva.
—Entonces aprenderé a no temerle.
Aldebrand la miró con una mezcla de orgullo y pesar.
—Si sigues así… tal vez llegue el día en que tú me superes.
Ella sonrió apenas.
—No creo que eso sea posible.
El Maestro esbozó una sonrisa enigmática.
—Oh, sí lo es. Y cuando ocurra… sabré que la Corona estará a salvo.
El viento rugió fuera, golpeando con fuerza las contraventanas. Mariek se levantó, ajustando su capa y su espada, preparándose para salir. Aldebrand la detuvo con un gesto.
—¿A dónde vas?
—A la ciudad. Quiero asegurarme de que todo esté bien.
—Ya envié a los monjes de Hohenlicht para hacer la guardia de la noche—replicó él—. Tu deber ahora es descansar.
—No puedo quedarme quieta —susurró ella, casi como una confesión—. Si me detengo, Maestro… pienso demasiado.
Aldebrand la observó con detenimiento, percibiendo la sombra en sus palabras.
—¿Y en qué piensas, cuando te permites hacerlo?
Mariek apretó el colgante entre los dedos.
—En lo que dejamos atrás. En la Academia. En... —Su voz se quebró un instante—. Y en lo que seré cuando todo esto termine.
El Maestro bajó la mirada.
—Nada termina, Mariek. Solo cambia de forma.
Ella suspiró, y el sonido se mezcló con el rugido del viento.
—Entonces espero que lo que quede de mí… siga siendo digno de la luz.
Aldebrand no respondió. Caminó hacia la mesa de madera, donde extendió un pergamino antiguo cubierto de símbolos rúnicos. La cera aún fresca del sello brilló bajo el resplandor del fuego. Una carta real reposaba al lado del pergamino.
—Hay algo más que debes saber —dijo con gravedad—. La oscuridad busca un arma. Una reliquia. No sabemos cuál, pero si la obtienen… ni siquiera la Luz de las Cinco Sendas bastará para contenerla.
Mariek se acercó, observando los trazos grabados en tinta negra.
—¿Dónde?
—Dicen que en las Tierras de Noirmont. —El Maestro levantó la mirada hacia ella—. La frontera que protege Serentipy.
Mariek parpadeó, sintiendo una punzada en el pecho.
—¿Noirmont…? —repitió en un susurro.
—Sí. —Aldebrand asintió—. Los informes de los monjes del Observatorio de Hohenlicht son claros. Y también nos han escrito desde Serendor. Hay actividad en esa zona, y no solo magia oscura. Algo antiguo ha despertado allí.
El fuego chispeó, proyectando sombras sobre el mapa. Mariek lo observó en silencio unos segundos antes de preguntar:
—¿Qué tipo de arma buscan, Maestro?
Aldebrand se limitó a cerrar el pergamino con gesto medido.
—Aún no lo sé. Pero quien me lo hizo saber… no suele equivocarse.
Ella lo miró con una mezcla de duda y respeto.
—¿Y quién fue?
—Un aliado que ya no pertenece a este mundo —respondió, esquivo, mientras se dirigía hacia el ventanal donde el hielo formaba filigranas plateadas—. Partiremos al amanecer.
Mariek inspiró hondo. Aquella decisión era final. No lo dijo, pero lo entendió. El destino volvía a llamar. Se puso de pie, tomó su capa y ajustó la espada al cinto. Aldebrand giró al notar su movimiento.
—¿Y ahora a dónde vas?
Ella se detuvo en el umbral, con la mano sobre la puerta.
—Al monasterio —respondió con voz serena—. Quiero rezar.
Por un instante, el Maestro la observó sin decir nada. La luz del fuego se reflejaba en su cabello y en el broche que colgaba sobre su pecho, el mismo que brillaba tenuemente cada vez que su corazón recordaba un nombre.
Cuando salió, el viento frío la envolvió. Las campanas del monasterio sonaban a lo lejos, lentas y graves, como un eco antiguo que convocaba a los que aún creían. Aldebrand se quedó solo en la cabaña, contemplando el mapa sobre la mesa.
Su mirada se posó en un punto oscuro del pergamino: Noirmont. Sabía que era una trampa, pero tenían que acudir, no sin antes asegurarse…
—Que la Luz nos ampare —murmuró—. Porque si lo que duerme allí es cierto y despierta… ni siquiera ella podrá contenerlo sin pagar un alto precio.
El silencio del monasterio era casi sagrado. Las campanas ya habían cesado su llamado, y sólo quedaba el murmullo del viento colándose entre los vitrales del santuario. Mariek caminaba descalza sobre el mármol frío, sosteniendo entre los dedos el colgante que siempre llevaba sobre el pecho. La luz de las antorchas temblaba sobre las paredes, danzando entre relieves antiguos: figuras de mujeres envueltas en halos de piedra, las Antiguas Portadoras de Luz, aquellas que, según las leyendas, habían sellado el primer amanecer del mundo.
Ante ella se alzaba la imagen más imponente del santuario: una estatua de mármol blanco, una mujer de mirada serena, sosteniendo en sus manos una corona de cristal. La corona brillaba tenuemente con reflejos dorados, y a sus pies, grabadas en la piedra, podían leerse palabras antiguas en lengua arcana: “Cuando el Reino tiemble en tinieblas, la Luz renacerá en quien recuerde amar.”
Mariek se detuvo frente a la estatua. Por un instante, el eco de esas palabras pareció resonar dentro, como si alguien las susurrara desde muy lejos. Sintió que el corazón le latía con fuerza.
—Amar… —murmuró apenas, con la voz quebrada.
Fuera, la nieve caía sin ruido. Dentro, el tiempo parecía detenido. Mariek cerró los ojos y se arrodilló ante la estatua. Su respiración se acompasó lentamente. En la penumbra, comenzó a rezar. No con fórmulas aprendidas, sino con palabras nacidas del alma. Dejó de mentir que no sentía nada… dejó que sus palabras brotarán desde lo más profundo de su corazón.
—Luz que guía y vela, no por mí… sino por él. Protégelo del miedo, de la oscuridad que crece… —sus labios temblaban—. Dame la fuerza para protegerle, aunque el mundo se rompa para hacerlo.
El silencio le respondió con un rumor apenas perceptible. Entonces, algo cambió. El aire se volvió más denso, cargado de energía. Una corriente invisible recorrió el santuario, moviendo su capa, estremeciendo las llamas de los cirios hasta casi apagarlas. De pronto, la corona de la estatua brilló. Una luz dorada, tenue al principio, pero luego tan intensa que el mármol parecía respirar.
Mariek alzó el rostro. Y entonces lo vio. No estaba en el santuario. O sí, pero también en otro lugar. El suelo de piedra se transformó en tierra húmeda. Los muros desaparecieron, sustituidos por árboles altos cubiertos de niebla. Delante de ella, figuras en movimiento: cuatro siluetas avanzando por un bosque oscuro. Uno de ellos, en el centro, llevaba una capa azul profundo y el cabello negro como la noche. Su corazón se detuvo.
—Willem… —susurró.
Podía verlo claramente, aunque sabía que era imposible. Caminaba entre sus compañeros, el arco colgado al hombro, la mirada alerta. La espada preparada. Pero alrededor, algo se agitaba entre los árboles: sombras reptantes, alargadas, que parecían arrastrarse como humo. Una sensación de terror la invadió.
—¡Cuidado! —gritó, aunque sabía que no podía oírla.
Las sombras se alzaron, multiplicándose, envolviendo el grupo. Uno de ellos —Roderic, tal vez— lanzó un grito, otro empuñó la espada. Pero la oscuridad se cerraba sobre ellos, viva, hambrienta.
Mariek intentó retroceder, pero no pudo. Su cuerpo estaba anclado a esa visión, y cada respiración era como absorber el aire del bosque que veía. Entonces Willem giró la cabeza. Sus ojos. La miraban. No había duda. Él la veía. Se miraron. El mundo tembló.
Un estallido de luz blanca surgió de sus manos sin que ella lo buscara. La magia brotó pura, desesperada, envolviendo su figura. No entendía cómo, pero intervenía. Las sombras retrocedieron con un chillido ensordecedor, devoradas por la claridad. Willem unió su magia a la que surgía de ella y se enfrentó a la oscuridad con una fuerza nueva.
Luego, él buscó extender su brazo hacía ella… pero…Mariek cayó de rodillas, jadeando, mientras la imagen se deshacía como humo disipado por el viento. De nuevo estaba en el santuario, las antorchas vacilantes, el eco de su respiración rebotando contra las bóvedas.
—¿Qué… qué ha sido eso? —murmuró, temblando.
La luz de la estatua aún centelleaba, como si la piedra se hubiera impregnado del poder que acababa de fluir. Mariek apretó los puños. Sentía el corazón al borde del colapso, la mente llena de imágenes que no comprendía.
—Él estaba allí —dijo, con la respiración agitada—. Lo he visto y él a mí... Pero la oscuridad…
La voz se le quebró. Lentamente, Mariek inclinó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente, el cabello oscuro cubriéndole el rostro salvo por aquel mechón blanco, que brilló con un reflejo de luna. Sus labios se movieron, temblorosos.
—Lumos…
El aire vibró. De entre la penumbra surgió una forma. Primero una bruma luminosa, luego una silueta, hasta que finalmente apareció el lupenyx de pelaje plateado y ojos azul océano. Mariek lo miró, con lágrimas en los ojos.
—Ve —le dijo con voz temblorosa pero firme—. Encuentra al Príncipe Willem. Protégelo… ¡Ahora!
El lupenyx ladeó la cabeza, comprendiendo. Se acercó a ella, rozó su frente con el hocico y un destello de luz los envolvió brevemente. Luego, sin ruido, se desvaneció, dejando un rastro dorado en el aire.
El santuario quedó en silencio. Mariek se desplomó sobre el suelo con las manos aún temblorosas. No sabía si lo que había visto era una visión, una advertencia o un fragmento del presente. Pero lo había sentido tan real como el pulso en su pecho.
—No puedo dejar que el miedo me domine… —susurró, incorporándose con esfuerzo—. No ahora.
Recogió su capa, aún con el rostro encendido por el poder que había invocado, y salió corriendo. El eco de sus pasos resonaba entre los arcos del santuario, suaves y contenidos, como si temiera quebrar el silencio que habitaba en aquel lugar sagrado.
El murmullo del viento se filtraba por las vidrieras altas, arrastrando un aroma a incienso y humedad. Iba a cruzar el corredor principal cuando una voz grave, pero suave, la detuvo.
—Señorita Felder.
Mariek se volvió. A unos pasos de ella, entre las columnas bañadas por una luz de la luna, se encontraba Noahn Lysander. Su figura erguida, con la túnica de los monjes del monasterio y el cabello rubio cayendo con descuido sobre la frente, proyectaba una serenidad que contrastaba con el temblor que aún dominaba a Mariek. Él la observó unos segundos, captando en su rostro algo que pocas veces había visto: miedo.
—¿Qué ocurre? —preguntó, acercándose con un tono de preocupación genuina—. Su rostro… parece haber visto un espectro.
Mariek intentó responder, pero su voz titubeó. Se apoyó contra una columna, cerrando los ojos un instante antes de murmurar:
—Lysander… he tenido una visión.
El joven monje frunció el ceño, pero no la interrumpió. Sabía que cuando Mariek hablaba en ese tono —entre el deber y el temblor del alma— no era algo trivial.
—Vi… —inspiró hondo, buscando las palabras—. Un grupo de viajeros cruzando un bosque. Había oscuridad… y luego, algo los atacó. No sé si fue un sueño o si lo que vi está ocurriendo en este mismo instante.
Noahn Lysander la observó con atención. Había aprendido, en los dos años que llevaba enseñándole los dones de sanación, a distinguir entre las visiones fugaces y las que llevaban el sello de lo verdadero. En los ojos de Mariek ardía esa luz —esa chispa que no podía fingirse—.
—¿Viste sus rostros? —preguntó con calma, aunque dentro de sí algo se tensaba.
Ella sopesó si decir la verdad… pero luego, negó lentamente.
—No. Solo... sentí su miedo. Y una fuerza oscura rodeándolos. —Sus dedos se cerraron sobre el colgante que llevaba al pecho. No podía decir toda la verdad—. No sé quiénes son. Pero… hay algo en mí que me dice que debo alcanzarlos.
Noahn bajó la mirada un momento, pensativo. El resplandor de una lámpara caía sobre sus ojos color miel, haciéndolos parecer más dorados.
—¿Y estás segura de que fue una visión, no un simple recuerdo o una ilusión del cansancio? —inquirió con suavidad.
Mariek lo miró, firme.
—Noahn, he sentido la oscuridad muchas veces. Pero esto fue distinto. Era como si el santuario mismo me hubiera mostrado ese fragmento. Como si… quisiera advertirme.
El monje guardó silencio. A lo largo de esos dos años, había aprendido a no subestimar lo que ocurría a su alrededor cuando Mariek Felder estaba presente. Había visto su luz sanar heridas imposibles, su temple resistir la corrupción de la sombra. Y, aunque nunca lo decía, cada vez que ella entraba al santuario, algo —una vibración apenas perceptible— se despertaba en los muros antiguos.
—El santuario tiene sus propias maneras de hablar —murmuró al fin, mirándola con una mezcla de respeto y duda—. Pero solo lo hace con aquellos que le pertenecen… o con quienes tienen un lazo profundo con lo sagrado.
Mariek bajó la mirada.
—¿Y crees que yo pertenezco a eso?
Él la contempló en silencio. Él conocía la realidad de Mariek aunque ella misma todavía la desconocía.
—Creo que el santuario te escucha, Mariek —dijo finalmente—. Y si lo hace, es porque eres parte de su propósito.
Ella no respondió. Caminó unos pasos, dejando que el reflejo de las velas danzara sobre su cabello oscuro, sobre el mechón blanco que caía como un trazo de luna. Noahn la siguió con la mirada, percibiendo el leve temblor en su respiración, el brillo que se ocultaba tras su serenidad.
—¿Le has contado esto al Maestro Aldebrand? —preguntó al fin.
—Aún no. —Se giró hacia él, su voz bajó—. Iba de camino. El Maestro y yo partiremos al amanecer hacia Noirmont.
El nombre bastó para que el gesto de Noahn se ensombreciera.
—Noirmont… —repitió—. Los bosques oscuros. Ningún viajero ha regresado de allí en meses.
—Por eso mismo debemos ir. —Mariek alzó la mirada, y en su voz vibró una determinación casi dolorosa—. Si esa visión fue real, hay alguien a quien debo proteger que va en esa misma dirección.
El monje percibió un matiz distinto en sus palabras. Algo íntimo, inconfesado. Durante un instante, quiso preguntar quién era, pero se contuvo.
—Entonces os acompañaré—dijo simplemente.
Mariek lo miró, sorprendida.
—¿Qué? Noahn, tú perteneces al monasterio. Tu deber es aquí.
—Mi deber es donde se necesite luz, ese es el deber de los monjes de este Santuario —respondió con una serenidad que solo ocultaba en parte la emoción en sus ojos—. He visto cómo vuelves de tus batallas, Mariek. He visto el peso que llevas. No dejaré que te enfrentes otra vez sola a aquello que ni los sabios se atreven a nombrar.
Ella se quedó inmóvil. Por un momento, el fuego de las lámparas se reflejó en los ojos color miel de Noahn, y en su expresión se dibujó algo que no era sólo compasión, sino un sentimiento más profundo, contenido, que había aprendido a callar desde hacía mucho.
Mariek asintió despacio.
—Si el Maestro no se opone, te recibiremos con gratitud. —Su voz se suavizó—. Partiremos al amanecer.
Él sonrió apenas, una curva tenue y melancólica.
—No busco gratitud —susurró—. Solo cumplir con lo que el corazón me dicta.
Ella inclinó la cabeza, sin entender del todo el peso de sus palabras. El viento sopló entre los vitrales, moviendo las llamas de las velas. Mariek volvió la vista hacia el fondo del pasillo, allí la estatua de la primera portadora, aquella que custodiaba la corona tallada en piedra, seguía con ese suave resplandor. Sintió que algo la llamaba desde allí… una promesa, o un destino.
Noahn la siguió con la mirada, sabiendo que aquella muchacha era el hilo del que pendía el futuro del Reino. Y por primera vez en mucho tiempo, sintió miedo. No por sí mismo. Sino por ella.
El amanecer descendía sobre las montañas de Hohenlicht como un hilo de fuego que se abría paso entre la bruma. Las cumbres se teñían de oro y ceniza; el aire era puro, cortante, y olía a piedra húmeda y a resina. Tres figuras, llevando sus caballos de las riendas, avanzaban por el sendero que descendía desde el monasterio.
Aldebrand iba al frente, envuelto en su capa gris, el bastón de viaje. Mariek lo seguía a pocos pasos, su manto oscuro recogido sobre los hombros, la espada sujeta al costado. Detrás, con la calma disciplinada de quien ha aprendido a observar antes que a hablar, caminaba Noahn.
Durante un buen trecho nadie habló. Solo el viento llenaba el silencio, haciendo crujir los pinos y arrastrando copos de nieve rezagados desde las alturas. Las montañas parecían infinitas, un reino de dioses dormidos bajo la escarcha.
Aldebrand fue el primero en romper el silencio.
—Hacia el oeste, los caminos se bifurcan más allá del valle. Si los informes son ciertos, la oscuridad ha empezado a moverse desde las ruinas del Paso de Auren.
Mariek levantó la vista.
—¿Crees que lo que vi en el santuario está relacionado?
El Maestro no respondió al instante. Siguió caminando, la mirada fija en la línea del horizonte.
—Las visiones verdaderas no son accidentales —dijo al fin, con voz baja pero firme—. Si el santuario te mostró algo, es porque aquello ya se ha puesto en marcha.
Noahn observó a Mariek de reojo. El viento agitaba su capa, y un mechón blanco se escapaba del nudo que recogía su cabello. En su perfil, contra la luz del amanecer, había algo sereno y terrible a la vez.
—Maestro —intervino el joven monje, rompiendo su silencio habitual—, si lo que buscamos es un foco de corrupción, Noirmont no es el único lugar donde puede surgir. He oído informes de los pueblos cercanos al norte: criaturas que emergen de los ríos, sombras que devoran el fuego mismo.
Aldebrand asintió despacio.
—Por eso debemos dividirnos.
Los dos jóvenes lo miraron con sorpresa.
—¿Dividirnos? —preguntó Mariek, deteniéndose.
El anciano se volvió hacia ellos. En sus ojos, del color de las tormentas antiguas, había una decisión inquebrantable.
—Un mensaje me llegó anoche, traído por un cuervo del Alto Consejo de Arcanos. Debo dirigirme al Santuario del Valle Sombrío. Hay un asunto que resolver ahí.
—¿Y nosotros? —inquirió Noahn, con el ceño fruncido.
—Vosotros continuaréis hacia Noirmont. —Aldebrand miró a Mariek directamente—. Allí nos reuniremos. Vosotros llegaréis en una semana, me encontraré con vosotros en semana y media. Si el viento es propicio, llegaré antes.
Mariek apretó los labios.
—No me gusta la idea de separarnos, Maestro.
Una leve sonrisa, casi paternal, curvó los labios del anciano.
—A mí tampoco. Pero la luz no siempre camina unida. A veces se reparte en fragmentos… y cada uno debe brillar donde más se le necesita.
El silencio cayó entre los tres, siguieron su camino. A lo lejos, las montañas se abrían en un valle amplio, cruzado por un río que destellaba como una herida de plata. Los caminos se dividían allí: uno hacia el norte, serpenteando por los bosques oscuros, y otro hacia el suroeste, rumbo a las colinas de Noirmont. El Maestro se detuvo en la encrucijada.
—Aquí nos separamos.
Mariek respiró hondo. Su mirada recorrió el paisaje, y algo dentro de ella —una sensación de presagio, de pérdida anticipada— la hizo dudar.
—Una semana y media —repitió él, apoyando una mano sobre su hombro—. Y nos reuniremos.
Ella asintió, incapaz de hablar.
Aldebrand volvió la vista hacia Noahn.
—Cuida de ella.
Noahn inclinó la cabeza con respeto, aunque en su interior algo más profundo que la obediencia lo impulsó a responder:
—Con mi vida, si es necesario.
El Maestro lo observó unos segundos, y en su mirada se mezcló comprensión y melancolía. Luego, sin más palabras, giró su caballo y tomó el camino del norte. Su silueta se fue desdibujando entre los pinos y la neblina hasta desaparecer. El silencio que siguió fue denso, casi físico. Mariek se quedó mirando el punto donde lo había visto por última vez.
—Nunca había sentido el mundo tan grande… —murmuró.
Noahn la miró con un gesto leve, cargado de calidez.
—Eso es porque ahora lo ves con los ojos de quien camina hacia su destino.
Ella sonrió, apenas.
—¿Y tú?
—Yo solo sigo la luz que me guía. —Su tono fue suave, pero sus palabras quedaron suspendidas entre ambos, como si pesaran más de lo que él pretendía.
Mariek evitó su mirada y ajustó las riendas del caballo.
—Debemos llegar a Noirmont lo antes posible. Si la oscuridad se mueve, no esperará a que nosotros decidamos cuándo actuar.
—Entonces no perdamos tiempo —respondió Noahn.
Emprendieron el camino. A medida que descendían por los senderos cubiertos de musgo, la luz se tornaba más fría, y los bosques del oeste se alzaban como un mar de sombras expectantes. Durante horas cabalgaron sin descanso. A veces hablaban de las rutas, de los pueblos que cruzarían, de la posible ubicación del foco de oscuridad. Pero otras veces, el silencio entre ellos era tan profundo que solo los cascos resonaban sobre la piedra.
Al caer la tarde, cuando el sol se escondía tras las colinas, Mariek volvió el rostro hacia el horizonte. La estrella errante había aparecido, débil pero visible, sobre el filo del cielo. La miró un instante largo, con un brillo en los ojos que Noahn no supo descifrar.
—¿En qué piensas? —preguntó él, casi en un susurro.
Mariek bajó la mirada.
—En que… quizá alguien más esté mirando la misma estrella —dijo simplemente.
Él no respondió. Solo la observó, y por un momento, deseó que ese alguien —fuera quien fuese— nunca apartara la mirada de ella. La noche los envolvió poco después, y las primeras sombras del camino hacia Noirmont comenzaron a moverse.
El bosque de Noirmont volvía a respirar. Después de la visión—esa ráfaga de luz que no era suya y que parecía haberle arrancado el aire del pecho—los árboles recuperaban su murmullo áspero, como si estuvieran comentando entre ellos lo indebido de aquel destello.
Willem permaneció inmóvil durante largos segundos, sintiendo de nuevo el calor en el pecho. Un calor que conocía. No era posible… y sin embargo, lo era. Henrick lo miraba con preocupación abierta, la mandíbula apretada.
—Willem —dijo Henrick, dando un paso hacia él—. ¿Estás bien? Si piensas en lo del otro día…
Willem abrió la boca, pero no logró emitir sonido alguno. Porque su primera reacción a aquel destello había sido racional: algo mágico, algo desconocido, algo peligroso. Pero la segunda, más profunda, más instintiva… La segunda le había dicho un nombre. Mariek. Incluso creía que había llegado a verla en medio de ese ataque… pero ya no sabía si estaba alucinando o era real.
A dos años y unos meses de su partida. A dos años de silencio. A dos años de un dolor que se había vuelto un hueco habitual en su pecho, un hueco templado con disciplina y deber. Ese calor ahora pulsaba en él como un corazón adicional.
—No… no sé qué ha sido —murmuró Willem finalmente.
Henrik lo estudió un segundo más, pero Willem ya no lo veía. Y sentía, cada vez más nítido, el eco de aquel instante que acababa de estallarle en la mente. Un recuerdo que no era un recuerdo. Una visión que había tocado su magia como si la despertara. Un lazo. Uno que, contra toda lógica, le había devuelto un instante de ella.
Willem cerró los ojos apenas un segundo. Y entonces, la escena regresó con la misma fuerza del destello que lo había paralizado:
Las sombras atacaron. Él alzó su espada. Roderic disparó una flecha que atravesó una de las criaturas. Otra sombra se lanzó sobre Octavius; Henrik bloqueó una más. Y justo cuando una de ellas se precipitó sobre él… la vio.
Entre la niebla, entre la maraña de oscuridad, Mariek apareció ante él, tan nítida que el corazón le dio un vuelco. Ojos abiertos, respiración entrecortada, una mezcla de terror y determinación en el rostro. No era un recuerdo. No era una ilusión. Era ella, mirándolo a través de… algo. A través de un hechizo.
Ella gritó, aunque él no oyó el sonido. Lo sintió, como un choque en el pecho. Un estallido de luz brotó de sus manos. Las sombras chillaron. La luz de Mariek se extendió, pura y desesperada. La suya respondió a la de ella como si ambas hubieran sido creadas para unirse.
El resplandor los envolvió. Él alcanzó una mano, intentando llegar hasta su figura temblorosa. Pero Mariek se volvió traslúcida, como si la estuvieran arrancando de esa conexión. Ella se deshizo en luz. La visión se rompió.
Las sombras restantes huyeron hacia la espesura, desgarradas por el hechizo combinado. Roderic respiraba agitado, mirando a su alrededor; Octavius seguía con el hacha en alto; Henrik tenía los ojos muy abiertos.
De pronto, un destello plateado iluminó la niebla. Una figura conocida, majestuosa: pelaje brillante como luna llena, ojos azul profundo: Lumos.
No era la primera vez que lo veía. Pero nunca se había manifestado así, cargado de un poder que reconocía como el de Mariek. La criatura se acercó. Él tendió una mano y tocó su lomo. Una oleada de luz cálida lo recorrió. Ella lo enviaba.
El lupenyx inclinó la cabeza… y se acercó un paso más, tocando su pierna con el hocico. Willem sonrió por primera vez en mucho tiempo. El lupenyx levantó la vista hacia el bosque oscuro, como un guardián que acababa de tomar su puesto. Luego, se adentró a la sombras para defenderle. Y Willem supo que Mariek, de alguna forma, seguía con ellos.
Roderic, siempre el más rápido en romper silencios incómodos, sacó a Willem de su recuerdo.
—Ha sido magia. De la fuerte. Y no venía de aquí.
Miró de reojo a los árboles que aún parecían más oscuros de lo habitual.
—O eso, o algún espíritu está jugando con nosotros.
Octavius, más calmado, más metódico, examinaba el entorno con la mano firme sobre la empuñadura.
—No fue hostil —sentenció—. Pero tampoco fue benigna. Era… una llamada.
La palabra se clavó en Willem. Porque así se había sentido: una llamada. Un tirón de algo que reconocía demasiado bien. Henrick frunció el ceño.
—¿Una llamada hacia quién?
Willem apartó la mirada hacia el lugar donde Lumos había desaparecido. No podía decirlo. No sin pruebas. No sin entenderlo primero. Pero no se detuvo demasiado a pensarlo, porque la oscuridad comenzaba a moverse.
No como antes, cuando los espectros que habían enfrentado parecían surgir de la nada. Esto era diferente: la misma sombra del bosque retrocedía, pegándose hacia las zonas más densas, como si algo los hubiera tocado o alertado.
—Se están replegando —susurró Roderic, con incredulidad.
—O se están reorganizando —corrigió Octavius.
Willem sintió un escalofrío. Y junto a ese escalofrío, el calor volvió a agitarse en su interior, como una respuesta. Un puente. No sabía cómo describirlo. Un hilo, tal vez. Una fibra luminosa que no lo dejaba respirar del todo.
Era como si hubiese escuchado, apenas, una voz familiar llamándolo desde muy lejos. Una voz que creía haber desterrado de sus sueños. El mechón blanco de su cabello. La forma en que decía su nombre, como si siempre supiera que él lo escucharía incluso en silencio. Mariek.
Willem no dijo nada. Si ella estaba cerca… ¿por qué lo estaría? ¿Y por qué sintió ese toque mágico, ese latido de luz, como si hubiese estado unido a ella desde siempre?
Henrick se tensó de pronto.
—Alteza…
—Lo sé —respondió él antes de que su amigo terminase la frase—. Algo nos sigue. Sigamos.
Porque la luz de Mariek, si es que realmente era de ella, había despertado algo más que el calor en su pecho. Había despertado a la oscuridad. Y ahora está lo reconocía.
Mariek sintió la vibración antes de que su propio cuerpo la reconociera como magia. Un segundo pulso estalló en su pecho, como si alguien hubiera tocado una cuerda invisible que estuviera amarrada a su corazón. Se detuvo en seco, apoyándose contra la corteza de un roble viejo que olía a musgo húmedo. Noahn se giró enseguida.
—¿Mariek? Estás pálida.
—Fue él —susurró ella sin darse cuenta.
Noahn frunció el ceño.
—¿Quién?
Mariek levantó la mirada. El bosque no era especialmente oscuro en esa parte, pero las sombras parecían moverse alrededor suyo. No de manera amenazante. Tal vez el pulso no venía del bosque. Tal vez venía de alguien. Sabía que Lumos estaba con él, pero eso no le dejaba tranquila del todo.
La visión de unos días atrás había sido demasiado intensa. Aún la recordaba: el grupo, luchando contra la oscuridad; el muchacho joven con el arco; el hombre de rostro duro con la espada; su hermano, y él… ese rostro que tanto quería proteger. Ojos encendidos por algo más que miedo. Valentía. Furor. Determinación. Le conocía, sabía que Willem no se iba a detener.
Noahn se acercó despacio.
—¿Volviste a sentir… eso?
Mariek asintió sin levantar la vista.
—Es como si… como si alguien me necesitara. O como si… —Se llevó la mano al pecho—. Como si mi magia encontrara un camino que nunca había usado antes.
Noahn se tensó.
—Mariek, esto no es bueno. No sabemos qué fue esa visión. No sabemos quiénes eran ellos. Y tú sabes que las magias que crean vínculos no surgen así como así.
—Lo sé —respondió ella aún sabiendo que le ocultaba información a Noahn—. Pero esto… no se siente como una magia oscura. Se siente… cálido. Como si fuera algo que yo misma hubiera estado esperando sin saberlo.
Noahn no dijo nada al respecto, pero su expresión lo decía todo: preocupación, miedo y algo que Mariek no quería interpretar como celos. No ahora. No aquí.
La brisa entonces cambió de dirección. Traía un olor extraño. A humedad, a tierra removida… y algo más. Algo como… ¿sangre?
Noahn lo percibió también.
—Mariek. No me gusta esto. Debemos rodear este bosque. Noirmont está a menos de un día de camino si seguimos recto. Si tomamos la senda este, tardaremos dos días pero…
—No tenemos dos días —lo interrumpió ella suavemente.
Noahn la miró como si hubiera dicho una locura.
—Mariek. Tú sabes lo que hay en ese bosque.
Ella asintió, mirando hacia adelante.
—Sí —dijo—. Pero también sé que en el bosque hay…alguien…Y ese alguien ahora me necesita…
Noahn respiró hondo comprendiendo que Mariek sabía perfectamente quién era el hombre de la visión que tuvo.
—¿Y tú sabes quién es y quieres encontrarlo?
Ella no respondió. No necesitaba hacerlo. Noahn suspiró comprendiendo.
—Muy bien. Pero te prometo que no dejaré que nada te toque, con o sin visiones.
Mariek sonrió apenas, sabiendo que ese voto venía de un lugar más profundo que la simple camaradería.
—Gracias, Noahn. Sigamos.
Y avanzaron hacia el bosque de Noirmont. Las sombras, al contrario de lo que ocurría con Willem, no atacaban a Mariek. Se acercaban. Como si la reconocieran. Como si la estuvieran esperando.
En la zona donde estaban Willem y los demás, la temperatura descendió sin aviso. Primero fue sutil, como la caricia de una brisa fría. Luego fue un golpe de aire helado que les atravesó los huesos. Henrick soltó una maldición.
—Este bosque no es natural. Lo dije desde el principio.
Nadie lo contradijo. Willem ya no podía distinguir si el frío venía del ambiente o de la sensación que tenía clavada en el pecho desde la visión.
El bosque comenzó a tornarse más denso. Las ramas, más gruesas. El suelo, más blando, como si estuviera caminando sobre carne viva en lugar de tierra. Pero lo ignoró. Todos lo hicieron. Porque la verdadera amenaza no estaba en los árboles. Estaba detrás. Siguiéndoles.
Roderic fue el primero en notar que ya estaba cerca y no podían seguir ignorándolo.
—Willem. Está cerca. Debemos enfrentarnos.
Willem no se detuvo, pero bajó la mano hacia la empuñadura de su espada.
—¿Qué tamaño?
—Demasiado grande para ser un animal —respondió Octavian.
Henrick miró sobre su hombro.
—¿Una de esas cosas de antes?
Roderic negó.
—No. Esto… esto no se mueve como ellas. Esto… es más grande.
El pecho de Willem se tensó de nuevo. Como si algo —o alguien— lo estuviera buscando con desesperación. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. No sabía si era porque Mariek se acercaba… o porque la oscuridad se acercaba. No tenía tiempo de descubrir cuál era la respuesta.
Un rugido grave, profundo, rasgó la noche como si la misma tierra se abriera. El suelo tembló. Las hojas se levantaron del piso, suspendidas en el aire, atrapadas en una fuerza que no podía ser viento.
Octavian retrocedió lo justo para levantar mejor su espada. Henrick se puso frente al Príncipe. Roderic preparó su arco. Willem sacó la espada. Pero la criatura aún no aparecía. Lo que sí apareció fue…Un susurro. Una voz femenina. Lejana. Cálida.
—Alteza…
El joven príncipe sintió que el corazón le daba un vuelco. Él conocía esa voz. La había oído muchas veces. Un susurro era suficiente para reconocerla.
—¿La escuchaste también? —preguntó Roderic, sin apartar la mirada del bosque.
Willem dudó. Sus compañeros no podían escuchar eso. No ese mensaje. Y aun así… Henrick murmuró mientras miraba a Willem
—Es…
Octavian añadió, asustado:
—No… no parece una voz humana.
Willem apretó los dientes. Claro que parecía humana. Demasiado humana. Demasiado real. Más real que las sombras. Más real que el bosque. Como si estuviera a un paso de él, respirandole en la nuca.
—Alteza…
La voz volvió, más fuerte. Henrick giró hacia él con furia.
—¿Quién demonios está llamándote?
Roderic solo dijo una palabra:
—Magia.
Un rugido surgió desde el centro del caos. Un rugido que no pertenecía a ninguna criatura viva. Y lo vio. Apareció como si surgiera del aire mismo: Una figura inmensa, formada de sombras compactas, con el cuerpo erguido y los ojos vacíos, pero brillantes de un resplandor enfermizo. Una criatura hecha de la esencia más pura del bosque. Un Guardián Corrompido. Las historias decían que solo existían en tiempos antiguos. Pero ahí estaba. Eran criaturas malditas por su traición.
Roderic retrocedió. Henrick maldijo y Willem sintió el hilo en su pecho vibrar como si fuera a romperse. El Guardián extendió una mano enorme hacia él. Y entonces el bosque rugió de nuevo con más fuerza. Las sombras explotaron desde los troncos, derramándose por el suelo como una ola viva y hambrienta. Y Willem entendió que ya era demasiado tarde para huir.
Mariek se detuvo otra vez. Noahn la sostuvo por el brazo con fuerza, alarmado.
—¡Mariek! ¿Qué pasa?
Ella respiró hondo. La conexión acababa de intensificarse. No, eso no era suficiente para describirlo. Había sentido claramente como si él la llamara. No con palabras, sino con una emoción: miedo.
—Noahn —susurró—. Está en peligro.
—¿Quién?
Ella bajó la mirada.
—El Príncipe…
Noahn respiró como si le hubieran dado un golpe al enterarse de quién se trataba. Pero ante cualquier cosa que pudiera decir, el bosque comenzó a retumbar. Los árboles temblaban. Las hojas caían como si alguien las arrancara violentamente desde lo alto.
Mariek cerró los ojos. Pudo sentir cómo la oscuridad se arremolinaba alrededor de un punto. Un punto muy cercano. Demasiado cercano.
—Tenemos que correr —dijo ella.
Y sin esperar respuesta, empezó a hacerlo. Noahn fue tras ella, guiando a los caballos y maldiciendo en voz baja. Pero Mariek no iba a detenerse. No cuando sabía, con una certeza tan profunda como la magia que la habitaba, que Willem se enfrentaba a algo y que no podría vencer solo. El puente seguía llamándola. Y ella respondió.
En el corazón más oscuro de Noirmont, donde el aire era tan espeso como para parecer líquido, una sala apareció entre las sombras, tallada no por manos humanas, sino por fuerzas más antiguas que la memoria.
Luces rojas temblaban como brasas vivas en las paredes. Y, en el centro, flotaba un círculo de sombras que se movían como criaturas nacidas del humo, reverenciando a la figura que emergió lentamente. No tenía forma fija. A veces parecía un hombre. Otras, una mujer. Otras, algo completamente distinto. La Oscuridad Primaria había despertado.
—Ha ocurrido —dijo la voz que no tenía boca—. El vínculo… ha sido tocado.
Las sombras se inclinaron, temblando.
—¿La Portadora, mi señor? —preguntó uno de ellos, arrodillado.
—Sí. —La figura giró, con movimientos que parecían agua—. La luz ha encontrado su camino hacia el príncipe.
Las sombras susurraron. Algunas parecían contentas. Otras, molestas.
—¿Ordena que vayamos tras ella?
La figura oscura sonrió. O tal vez se contrajo de una forma que evocaba una sonrisa.
—No. Ella vendrá. Ella siempre viene. Una y otra vez. Su naturaleza es acercarse a la luz… y también a la oscuridad.
—¿Y el príncipe?
Los ojos de la figura ardieron con un brillo inmundo.
—Él es la llave. Él abrirá lo que debe abrirse.
Los encapuchados se estremecieron.
—Willem Theobald de Serentipy… ¿la llave?
—La llave —repitió la sombra, con satisfacción venenosa—. Su despertar ha comenzado. Su luz lo ha marcado. Y ahora…
Una sonrisa imposible se dibujó en la nada.
—Ahora puedo encontrarlo.
Las sombras se agitaron, inquietas.
—Pero… señor… si ella llega a él… el vínculo podría…
—…completar lo que se selló hace siglos —terminó la voz—. Lo sé.
Un silencio espeso llenó la sala. La figura extendió una mano y, en su centro, apareció algo pequeño, del tamaño de una piedra. Era un pedazo de luz atrapado dentro de una jaula de sombras. Palpitaba. Latiendo como un corazón que llevaba miles de años prisionero.
—Traedme al príncipe —susurró la entidad—. Pero no lo dañéis. No todavía. El Guardián Corrompido ya está sobre él. Tenéis tiempo.
La figura brilló con un resplandor oscuro que parecía absorber toda esperanza.
—Cuando ambos se encuentren, el sello se quebrará. Y todo… volverá a empezar.
Las sombras obedecieron. Y la oscuridad del bosque se volvió más viva. Más hambrienta. Más consciente. La oscuridad partió a cazar.
Mariek corría como si su vida dependiera de ello. Porque dependía. Y también dependía la vida de alguien más. El bosque parecía empujarla hacia adelante. Los árboles se abrían justo antes de que chocara con ellos. Las raíces se replegaban, dejando una senda estrecha y retorcida que seguía sin cuestionar.
Noahn, jadeando, la seguía como podía.
—¡Mariek… espera… puede ser una trampa…! —gritó, casi exhausto.
Ella ni siquiera lo escuchó. El puente ardía dentro de su pecho. No era dolor. Era urgencia. Era un llamado inequívoco. Era un clamor desesperado que quería que ella llegara antes de que la oscuridad completara su obra.
Y entonces lo vio. Un destello en la distancia. Sombras arremolinándose alrededor de un punto. Un rugido tan monstruoso que hizo vibrar el suelo.
—¡Él está ahí! —gritó Mariek.
Noahn palideció.
—¡Mariek, espera!
Pero ella no iba a esperar. Jamás. La magia brotó de sus manos. Iluminó el bosque como un relámpago blanco. Las sombras chillaron. Y Mariek entró en la batalla.
Las sombras cayeron sobre Willem y su grupo como un enjambre hambriento. Henrick gritó algo que quedó ahogado. Roderic disparó flecha tras flecha, que parecían perderse en la niebla negra. Octavius luchaba cuerpo a cuerpo contra formas que se disolvían y reformaban.
Willem estaba a un paso de ser alcanzado por la garra del Guardián cuando ocurrió. Un destello de luz blanca explotó entre los árboles, cortando el aire como una hoja divina. La criatura rugió, retrocediendo. Las sombras alrededor chillaron, retorciéndose como si fueran arrancadas del mundo.
Y Willem la vio.
Mariek emergió entre la luz, su cabello negro ondeando tras ella, el mechón blanco brillando como una llama. Sus ojos—los mismos ojos que él había evitado recordar durante dos años—se clavaron directamente en los suyos.
El mundo se detuvo.
Henrick dejó de luchar. Roderic bajó el arco con incredulidad. Octavius murmuró una palabra que no se oyó.
Willem sintió que el corazón le golpeaba las costillas, como si quisiera salir para ir hacia ella. Mariek dijo, apenas audible.
—Alteza…
Él avanzó un paso involuntario. Ella también. Y en el instante en que estuvieron lo suficientemente cerca para sentir la magia del otro, el vínculo se tensó como un arco recién afinado. Las sombras retrocedieron. El bosque contuvo el aliento.
Mariek levantó la mano. Willem la tomó sin pensar. Y el impacto de ese contacto—dos años sin tocarse, dos años sin verse, dos años sin permitirse sentir—los atravesó como un rayo.
La luz estalló. La oscuridad gritó. La magia de Mariek explotó. Su luz no era simple luz. Era vida. Era poder. Era algo que ningún hechicero humano había manejado en siglos. El Guardián retrocedió, pero no huyó. Esta criatura no temía la luz. Solo la odiaba. Mariek lanzó un rayo directo a su pecho. El monstruo lo absorbió, y entonces…Rió. Con un sonido tan antinatural que Willem sintió náuseas.
—Mariek… —murmuró Noahn, llegando por fin—. No puedes contra él sola.
—¡Entonces ayúdame!
Noahn viendo la determinación de la joven hechicera y comprendiendo la situación, levantó los brazos y pronunció unas palabras en un idioma antiguo. Entonces, comenzó a generarse una barrera alrededor de Mariek, una barrera de protección. Willem dio un paso adelante. Ella lo miró con alarma.
—Alteza. Tú no. Esto es magia antigua. Puede matarte. Tengo… tengo que protegerte.
Él tragó saliva.
—Creo… —Se tocó el pecho mostrando el amuleto que ella una vez le dió—. Creo que ya estoy dentro de esto, lo quiera o no.
Los ojos de Mariek se abrieron por completo. Ella también lo sintió. El vínculo mágico entre ellos vibró. Lo unía a ella. Lo unía a la luz. Y la luz… obedeció. Un destello surgió del pecho de Willem, su magia se volvió más poderosa. Mariek jadeó.
—¿Pero cómo…?
Noahn palideció. Reconocía ese vínculo de sus estudios en el monasterio… reconoció lo que significaba.
—Ese es el vínculo. El Consejo habló de esto. ¡Mariek, tienes que soltarlo o descubrirán…!
Pero Willem ya estaba avanzando con la espada en la mano y una fuerza nunca vista. La luz que brotaba de él no era suya, pero lo rodeaba, le daba fuerza, lo hacía sentir como si nunca hubiera sabido lo que era respirar realmente hasta ese momento.
El Guardián corrompido rugió. Mariek alzó ambas manos y una luz la envolvió. Willem la miró solo un segundo antes de volver la vista a la criatura.
—Soy yo quién te debe proteger Mariek…
Y lanzó un estallido de luz tan poderoso que el bosque entero tembló. El Guardián gritó, desgarrándose desde dentro. Las sombras se desviaron, huyendo como si hubieran sido quemadas por fuego sagrado.
Y, finalmente…el monstruo cayó. Pero la oscuridad no desapareció. Volvió a reunirse. A reorganizarse. A murmurar. La figura del Guardián se deshizo, pero una sombra más densa emergió detrás de él.
Una voz resonó entre los árboles. No era humana. No era mortal.
—El sello… se abre. Se reconoce.
Mariek se volvió pálida. Willem sintió que su pecho ardía. Noahn dio un paso atrás comprendiendo lo que significaba… habían sido descubiertos… el último guardián se había despertado.
—Imposible —susurró Henrik comprendiendo también—. No es posible…
La sombra desapareció. El bosque quedó en silencio. Completamente. Absolutamente. Devastadoramente. El príncipe habló primero, con voz ronca, mirando a Mariek.
—Pensé que… —tragó saliva—. Pensé que no volvería a verte.
Mariek sostuvo su mirada con una intensidad nueva.
—Alteza—dijo ella haciendo una reverencia
Pero antes de que ninguno de los dos pudiera decir nada más, Nohan dio un paso adelante.
—No hay tiempo ahora —advirtió—. La oscuridad ya sabe dónde estamos.
El viento azotaba los caballos, levantando polvo y hojas secas de los caminos estrechos. La nieve derretida formaba charcos que salpicaba las botas de los jinetes. Noahn avanzaba delante, firme sobre su caballo, casi un punto de sombra que se movía entre la bruma del amanecer. Su figura era de seguridad; pero Willem no podía dejar de sentir una punzada de desconfianza.
—No estoy seguro de esto —susurró, más para sí mismo que para los demás.
—No tienes elección —replicó Henrick—. Mira cómo Mariek le sigue. Si ella confía, nosotros también debemos.
Willem desvió la mirada hacia ella. Mariek cabalgaba con la misma determinación que siempre la había caracterizado, la capa oscura ondeando tras ella, el mechón blanco de su cabello como un faro en el amanecer. Algo en su presencia lo obligó a relajarse, a sentir que mientras ella siguiera allí, las posibilidades de perderse eran menores.
Roderic y Octavius intercambiaron miradas. El arquero tensó los músculos antes de inclinarse ligeramente sobre su caballo: no era la primera vez que corrían así, pero la urgencia era diferente. La sensación de que algo los seguía, invisible y paciente, creaba un nudo constante en la garganta.
Durante horas cabalgaron sin descanso, atravesando laderas boscosas y valles estrechos. Las marcas de antiguos caminos parecían desaparecer bajo la niebla, pero Noahn los guiaba con precisión casi sobrenatural. Sus ojos, atentos a cada señal de magia residual y cada cambio en el entorno, parecían leer los secretos del bosque mejor que cualquier mapa.
Finalmente, llegaron a una bifurcación natural. Dos ríos convergían, formando un valle oculto, y la bruma parecía más densa allí, como si el aire mismo protegiera lo que estaba más allá. Noahn detuvo su caballo y miró hacia la entrada del valle.
—Aquí es —dijo con voz tranquila, firme—. Sylthara. Solo aquellos que conocen los rituales antiguos o los pasadizos secretos pueden cruzar sin perderse.
Willem descendió del caballo, sintiendo un escalofrío recorrer su espalda. El valle no era un lugar común; los árboles eran gigantescos, sus troncos cubiertos de musgo que brillaban con un tono verde fosforescente. Las rocas tenían una luz propia, suave, que iluminaba senderos que parecían surgir de la tierra misma. Las torres, que se alzaban entre las copas de los árboles, no eran construcciones, sino extensiones naturales, como si el bosque hubiera crecido deliberadamente para formar torres y puentes.
—Es… hermoso —susurró Willem. Henrick asintió, también sobrecogido.
—Mucho cuidado —advirtió Noahn—. Los Aelir no reciben a cualquiera. Pero si entras con respeto y en silencio, su hospitalidad puede ser tan grande como su sabiduría.
Mariek bajó del caballo a su lado, respirando hondo. Sus ojos recorrieron cada detalle del valle, absorbiendo la luz que se filtraba entre hojas y piedras.
—¿Cómo saben que venimos? —preguntó Mariek, más para sí que para nadie.
—Ellos sienten la llegada de la vida fuera de su valle —replicó Noahn—. La magia de la luz y de la oscuridad deja un rastro; lo reconocen, lo interpretan. No es invasión si llegas respetando su orden.
Mientras avanzaban, figuras emergieron del follaje. Los Aelir eran altos, esbeltos, casi etéreos. Sus movimientos recordaban a un baile lento, armonioso, como si el aire mismo los moldeara. Cada uno tenía ojos que reflejaban la luz: verdes de bosque, azules de cielo, oro pálido y plata brillante. Sus cabellos, largos y suaves, se movían con la brisa como si no obedecieran sólo la gravedad.
—Bienvenidos —dijo una voz musical que parecía surgir de todas partes—. Bienvenidos a Sylthara.
Mariek se adelantó un paso, inclinando ligeramente la cabeza en señal de respeto. Willem hizo lo mismo, aunque su mirada permanecía alerta. Noahn y los demás caballeros siguieron su ejemplo.
—Ustedes vienen cargando la urgencia del mundo exterior. —continuó la voz—. Deben saber: aquí, la urgencia tiene otro ritmo, pero también otra fuerza.
Una Aelir, de cabellos dorados y ojos como el trigo en otoño, se acercó. Sus movimientos eran casi hipnóticos; cada gesto parecía perfectamente medido.
—Nosotros sabemos por qué vienen —dijo—. Y también sabemos que no vienen solos. La oscuridad de la que huyen, y que buscan enfrentar, ya toca nuestros bosques.
Willem tensó los dedos alrededor de la empuñadura de su espada.
—¿Cómo saben de nosotros? —preguntó, la voz más firme de lo que se sentía—. No hemos sido vistos fuera de Serentipy.
La Aelir sonrió suavemente, y la luz de sus ojos reflejó un mapa imposible de memorizar.
—La memoria de los Aelir no es la de los hombres. Cada generación recuerda los pasos de la anterior. Su historia y la de sus enemigos se entrelazan en nuestras raíces. No hay sorpresa que no percibamos.
—Aquí podremos descansar y discernir qué hacer —dijo Noahn—. Si nos dejan permanecer… claro.
—Nosotros solo mostramos caminos —respondió la Aelir de cabellos dorados—. Los pasos los darán ustedes. Pero sepan que en Sylthara, cada gesto, cada palabra, y cada pensamiento, tiene peso. Aquí la luz no es solo un arma; es comprensión, memoria y protección.
—Seguidnos hacía el Maestro —dijo otro Aelir con rostro más jóven.
Le siguieron, el sendero se abrió lentamente entre torres que surgían como ramas gigantes y raíces iluminadas. Cada paso de los caballos resonaban con un eco extraño. Sylthara parecía contener la respiración, observando, calculando.
Al final del camino, un claro amplio se abrió, y en su centro se alzaba una estructura que no parecía construida, sino crecida: un palacio orgánico, con torres que se extendían como árboles de cristal y escaleras de piedra que brillaban con la luz del valle. Allí los esperaba el Aelir principal, de estatura aún más imponente que los demás, con cabellos largos como hilos de luna y ojos que reflejaban la luz de manera casi hipnótica. Su porte era elegante, pero cargado de autoridad y siglos de memoria.
Noahn desmontó primero, con la reverencia que requería la ocasión, y avanzó hacia el Aelir.
—Saludo, Maestro de Sylthara, Luzdelor—dijo con voz firme pero respetuosa.
El Aelir inclinó apenas la cabeza, y por un instante su mirada se detuvo en Noahn, reconociéndolo.
—Monje del Monasterio de Hohenlicht… hace tiempo esperaba tu llegada. Sólo vosotros conocéis los accesos secretos —su voz era musical, profunda, y llevaba un peso antiguo que se sentía en el aire—. Y traes compañía.
Noahn asintió, sin apartar la mirada del Aelir. Detrás de él, Mariek, Willem y los demás permanecían inmóviles, observando con cautela. El líder de los Aelir giró lentamente su atención hacia Mariek. Sus ojos, que hasta ahora parecían reflejar serenidad y conocimiento, se endurecieron en un instante. La luz del valle brilló en su rostro, haciendo que la tensión del momento se volviera casi palpable.
—¿Por qué la has traído? —preguntó, su voz cargada de gravedad, dirigida a Noahn—. ¿Eres consciente de lo que esto significa? Nos pones en peligro.
—Lo sé —respondió Noahn con calma, sin titubear.
Luzdelor volvió su atención hacia Willem. Sus ojos recorrieron la figura del joven príncipe, evaluando con precisión cada gesto, cada aura que emanaba.
—Monje Noahn… él es el… —comenzó a decir, pero Noahn lo interrumpió de inmediato.
—Es el Príncipe heredero —replicó con firmeza, protegiendo la verdad incompleta, pero dejando clara la jerarquía y el respeto—.
Willem dio un paso adelante, enderezando la espalda, con el orgullo y la responsabilidad de su posición resonando en su voz.
—Príncipe Willem Theobald de Serentipy —se presentó con entereza—. Venimos a pedir su hospitalidad. Una oscuridad nos acecha, y necesitamos refugio y consejo.
Luzdelor cerró los ojos un instante, absorbiendo la energía del príncipe y de la joven que lo acompañaba. Su silencio se prolongó, tenso y calculado, hasta que finalmente habló:
—No conocen la verdad completa —dijo, su voz grave, cargada de siglos de conocimiento—. Pero la intención es clara.
Con un gesto lento de la mano, indicó a otros Aelir que se acercaran. Un grupo de ellos emergió del bosque y las torres, moviéndose con la gracia de danzarines que parecían flotar más que caminar. Se posicionaron alrededor de los recién llegados, no como guardias, sino como guías silenciosos y protectores.
—Podéis entrar —dijo finalmente el Aelir principal—. Sylthara acoge a quienes traen la luz, incluso cuando su camino apenas comienza a entenderla. Pero sabed esto: aquí la sombra no toca, pero observa. Cada paso que deis será registrado, cada decisión pesa.
Mariek asintió, su mirada fija en el líder de los Aelir, sintiendo que en ese momento algo más que respeto se tejía entre ellos: una advertencia, una promesa y, quizás, un desafío que aún no comprendía. Willem permaneció junto a ella, firme, sintiendo que el peso de su destino se multiplicaba.
—Gracias —dijo Willem finalmente, con voz solemne—. Aceptamos su hospitalidad y su guía. La oscuridad no esperará, pero tampoco lo haremos nosotros.
Luzdelor asintió, y un leve destello recorrió su mirada, como si reconociera la verdad parcial que los jóvenes portaban. Luego, con un movimiento de la mano, indicó un sendero que ascendía hacia el palacio de Sylthara, donde podían descansar, aprender y, eventualmente, prepararse para lo que venía.
Mientras caminaban, la presencia del líder Aelir seguía allí, una mezcla de juicio y protección silenciosa. Y en algún lugar del valle, entre las raíces y las torres que respiraban luz, la oscuridad que los perseguía los observaba, paciente, esperando el momento exacto para moverse.
La noche había caído sobre Sylthara con su habitual serenidad luminosa. Las raíces resplandecientes y las torres vivas emitían un brillo suave, como si el valle entero respirara en sueños. El aire era frío, pero no inhóspito; más bien, parecía cargar mensajes antiguos, susurrados por las hojas en lenguas que solo los Aelir recordaban.
En la terraza elevada del palacio-luz, Noahn permanecía en silencio. Sus manos descansaban sobre la baranda de cristal, y su mirada se perdía en el horizonte vibrante. Había guiado a los jóvenes hasta Sylthara, sí… pero traerlos no aplacaba la inquietud que llevaba dentro.
Una presencia elegante se acercó sin emitir sonido alguno. Cuando Luzdelor habló, la noche misma pareció inclinarse para escucharlo.
—Monje de Hohenlicht —murmuró el líder de los Aelir—. Tu espíritu está inquieto.
Noahn apretó los labios. Inútil negar algo frente a un ser que veía el alma como otros veían el color del cielo.
—Es… un camino difícil —respondió, apenas audible.
Luzdelor se colocó a su lado, mirando hacia el mismo horizonte. Su rostro, iluminado por las luces del valle, era una mezcla de serenidad y siglos de conocimiento. Los Aelir no necesitaban preguntar para comprender, pero Luzdelor preguntó igualmente, porque era necesario decirlo en voz alta.
—La has traído aquí —dijo sin entonación, como quien enuncia un hecho inevitable—. Y con ella, a quien no puede dejar de mirarla.
Noahn tragó saliva, sin responder.
—Y aun así —continuó Luzdelor— no les has dicho lo que realmente son.
El silencio se volvió más espeso que el aire. Noahn sintió que la verdad que llevaba consigo pesaba como una piedra en su pecho. Finalmente se atrevió a hablar.
—Aún no son capaces de comprenderlo —susurró—. La carga que llevan… el lazo que los une… No están preparados para saberlo todo. Si lo supieran ahora, temerían lo que no pueden cambiar. Y ella… —la voz se le quebró apenas—. Ella merece elegir su camino sin sentirse obligada por un destino escrito antes de su nacimiento.
Luzdelor lo observó de reojo. Por primera vez, un matiz de compasión cruzó la profundidad de sus ojos cristalinos.
—Hablas como quien teme perder algo más que un deber —dijo suavemente.
Noahn cerró los ojos. No negó nada. Luzdelor respiró hondo, dejando que la brisa nocturna moviera los hilos luminosos de su cabello.
—Monje… tus sentimientos no están ocultos para quienes ven más allá de la carne —susurró—. Afecto, admiración, quizá incluso un amor que jamás te atreverás a nombrar.
Noahn tensó las manos, incapaz de levantar la mirada.
—Pero debes entender esto —continuó Luzdelor, y su voz ahora tenía la fuerza de un antiguo decreto—: ocultarles la verdad no cambiará lo que son.
Noahn abrió los ojos, mirándolo.
—Ella es luz —dijo Luzdelor—. Él es quien está destinado a sostenerla. No por fuerza, ni por imposición… sino porque ese vínculo existe desde antes de que cualquiera de vosotros respirara.
La palabra destinado cayó entre ambos como un golpe silencioso.
—Nada —prosiguió Luzdelor—, ni tus sentimientos, ni tus silencios, ni tus temores… podrá interponerse entre la unión de una portadora de luz y su guardián.
Noahn sintió su corazón quebrarse en un latido lento. Bajó la cabeza. No dijo nada. No podía. Luzdelor, sin dureza, colocó una mano sobre su hombro. Un gesto extraño para un Aelir… un gesto profundamente humano.
—Acepta lo que no puedes cambiar —susurró—. Y sigue guiándolos. No por deseo… sino por destino. Porque lo necesitarán. Y tú sabes mejor que nadie lo que se acerca.
La sombra de la oscuridad pareció cruzar el cielo, apenas perceptible, como un presagio. Noahn cerró los ojos. Su respiración tembló… pero cuando habló, lo hizo con la serenidad de un hombre que entiende su lugar, incluso si duele.
—Lo sé… —susurró.
Y la noche de Sylthara, silenciosa y eterna, guardó sus palabras como un juramento.
Las torres vivas brillaban con un resplandor suave, como si las estrellas hubieran descendido hasta las copas de los árboles. Willem caminaba sin rumbo fijo, las manos en los bolsillos, la capa suelta. No podía dormir. No después de todo lo ocurrido.
En una de las terrazas naturales formadas por las raíces gigantes de los árboles, distinguió una silueta familiar. El viento movía una cortina de cabellos negros, y el mechón blanco resaltaba como una hebra de luna: Mariek.
Ella estaba sentada sobre una raíz curva, mirando las estrellas sin parpadear. Parecía tan inmóvil que Willem temió perturbar algo frágil. Aun así, avanzó.
—Mariek —murmuró.
Ella giró la cabeza, sorprendida, y casi de inmediato su postura cambió: se puso de pie, espalda recta, manos juntas sobre las rodillas, formalidad renacida.
—Alteza —respondió con una leve inclinación de cabeza—. ¿No debería estar descansando?
Willem suspiró, deteniéndose a su lado.
—No puedo dormir. Creo que… tenía la mente demasiado llena.
Mariek desvió la mirada hacia las luces del valle, su cabello oscuro enmarcando la serenidad aparente.
—Lo ocurrido esta tarde en el bosque… ha sido un día largo —dijo ella, con un tono prudente.
—Sí —admitió Willem—. Sylthara es… curiosa. Hermosa. Y ellos, los Aelir… parecen hechos de luz.
Mariek asintió.
—Son diferentes a todo lo que conozco. Sus movimientos, su modo de hablar… No sé si debería sentirme cómoda o intimidada.
—Yo ambas cosas —confesó él con una sonrisa leve.
Ella también sonrió… apenas. Y el aire entre ellos cambió. Se volvió más pesado. Más expectante. Mariek bajó la mirada.
—Alteza… —susurró.
Willem tragó saliva. Sabía que ella esperaba que él hablara. Sabía que había algo que no podía seguir esquivándose. La pregunta salió como un peso liberado:
—¿Por qué aceptaste irte de la academia?
Mariek cerró los ojos un instante, preparándose.
—Fue una orden de la Corona —respondió con calma—. Debía obedecer.
Willem negó lentamente.
—Una orden… que te obligaba a marcharte con el Maestro Aldebrand. ¿Sabes cuántos peligros lo rodean? ¿Sabes las historias que se cuentan de él? ¿Sabías que…?
—Es mi maestro desde hace años, Alteza —lo interrumpió ella, sin elevar la voz—. Conozco sus métodos. Conozco sus riesgos. Y aun así acepté.
Algo en Willem chispeó. Un dolor antiguo. Una pregunta jamás respondida.
—Durante dos años —dijo, dando un paso hacia ella—. Dos años sin una sola noticia. Dos años sin saber si estabas viva, si estabas herida o si… —la voz le tembló un instante— si volverías algún día.
Mariek abrió la boca, sorprendida por la crudeza.
—Era parte de una misión. No podía romper el silencio. Había enemigos atentos a cualquier rastro. Yo… yo estaba luchando por proteger la Corona. Por protegerle a usted.
Él alzó la cabeza de golpe, herido.
—¿Y eso justifica desaparecer sin una palabra? ¿Eso justifica dejarme en la oscuridad mientras arriesgabas la vida? ¿Eso justifica que yo…?
—No todo gira en torno a usted —lo cortó Mariek, y esta vez su voz se quebró con rabia contenida—. ¡No estaba pensando en sus sentimientos ni en los míos! Estaba cumpliendo con mi deber. Y si para usted fue molesto no saber de mí, imagínese lo que fue vivir entre monstruos, entre sombras, sin saber si volvería.
Willem se quedó muy quieto. Esa rabia… Esa falta de reverencia… Esa forma de hablarle como si fuera un chico más. Como aquella primera vez cuando él, torpe y apurado, la empujó sin querer y ella le gritó que mirara por dónde andaba. Como cuando ella se enfrentó ante un comentario suyo durante un entrenamiento. Como cuando lo trató como persona… no como título… en la Torre de la Academia.
Eso había sido lo primero que lo había detenido. Lo primero que lo había atraído. El corazón le latió fuerte. Mariek respiró hondo, intentando recomponerse.
—Alteza —murmuró, retomando las formas que ella creía necesarias—. Es mejor que descansemos. Mañana debemos pensar qué haremos. Debemos…
No terminó la frase. Willem dio un paso. Luego otro. Y antes de que ella pudiera retroceder, sin pensarlo más, sin darse tiempo a decidir si era prudente, si era apropiado, si era seguro…él la rodeó con los brazos y la atrajo contra su pecho con la fuerza de un náufrago aferrado a la orilla.
La atrapó entre sus brazos con una fuerza desesperada, con un temblor contenido, con el dolor de quien por fin encuentra aquello que creyó haber perdido.
Mariek quedó rígida, los ojos muy abiertos.
—A-Alteza… —susurró, incapaz de moverse—. A-alguien puede vernos…
Willem hundió el rostro en su cabello negro, respirando ese aroma que recordaba y que lo había perseguido en sueños durante dos años.
—Te eché de menos… —susurró, la voz quebrándose por primera vez—. Dioses… cuánto me alegra que estés bien.
Mariek sintió cómo las palabras la atravesaban. La confesión la golpeó como un recuerdo, como una herida aún abierta, como una verdad que no se atrevía a mirar.
Y entonces, lentamente, como si algo dentro de ella cediera, sus brazos se elevaron. Le temblaron al principio. Pero terminaron aferrándose a él con fuerza desesperada, con un temblor que Willem sintió en su propio pecho. Sus dedos se hundieron en la tela de su capa. Su frente tocó su hombro.
Y sin poder evitarlo, sin poder contenerlo más, las lágrimas comenzaron a caer. Silenciosas. Liberadoras.
Willem sintió la humedad en su cuello y la apretó aún más, protegiéndola del mundo, de la noche, de sus propios miedos. Mariek temblaba entre sus brazos. Pero no se apartó. Por primera vez en dos años… no se apartó.