ID de la obra: 660

Harry Potter y las Hermanas Súcubos

Gen
PG-13
En progreso
2
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 57 páginas, 25.721 palabras, 4 capítulos
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Descripción:
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Trato o truco

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Colegio Hogwarts, oficina del director… Aunque mucha gente con frecuencia podría cuestionar las decisiones de Albus Dumbledore, muy rara vez alguien tenía la oportunidad de decirle "se lo dije", ya que casi siempre, CASI siempre, terminaba demostrando a la larga que su decisión había sido la correcta. Esto no quería decir que la gente no tuviese razones válidas o al menos entendibles para cuestionarlo, ya que muchas veces hasta ellos se daban cuenta de los riesgos que Dumbledore decidía ignorar, o de los que era consciente y aun así decidía tomar, pero muy rara vez alguien se atrevería a decirle lo que pensaba al respecto de frente. Era aún más raro todavía que dos personas, al mismo tiempo, se pusieran de acuerdo en el mismo punto para llamarle la atención y cuestionar una de sus decisiones, la cual en este caso involucraba la relocalización de Harry Potter. Las últimas semanas habían sido un caos total, hasta que Dumbledore finalmente anunció ante la Confederación Internacional de Magos que Harry Potter había sido encontrado y que se encontraba sano y salvo, y que debido a "circunstancias fuera de su control", el joven mago quedaría bajo el cuidado ya no de sus parientes muggles, sino de un par de hermanas que habían decidido "adoptarlo" a raíz de que el chico estaba sufriendo de abuso y negligencia por parte de sus familiares. Las reacciones a esto fueron mixtas, ya que no era un secreto que muchas familias mágicas habrían estado encantadas de acoger al niño que vivió y criarlo como a un hijo, y se preguntaban por qué Dumbledore no acudió a ellos en primer lugar. Aunque fue capaz de calmar las aguas, todavía muchos hacían preguntas bastante incómodas, y había algunos detalles que no podía revelar ya que se armaría un escándalo aún mayor. Y uno de esos detalles, era precisamente el objeto de la discusión actual. – ¿Súcubos? – exclamó Minerva McGonagall, entre conmocionada e indignada. – ¿Me está diciendo que ha dejado a Harry Potter al cuidado de unas súcubos? – Minerva, por favor cálmate… – ¿Cómo quiere que me calme? – continuó la mujer. – Por más que sea un alivio que ahora sepamos en dónde está Harry Potter, ¿cómo puede estar tan tranquilo dejándolo al cuidado de ese tipo de criaturas? Severus, apóyame aquí, ¿quieres? ¡Dile algo! – Minerva, puedo asegurarte que ya le expresé mis opiniones al director. – dijo Severus Snape, cruzándose de brazos. – Las cuales, me permito decir, no difieren mucho de las tuyas. Pero ya lo conoces, una vez que toma una decisión, nadie puede hacerlo cambiar de parecer. Dumbledore pudo ver la mirada escéptica en el rostro de Snape. Aunque no se atreviera a contradecirlo abiertamente, se podía ver en sus ojos que tampoco estaba de acuerdo con esta decisión. Entre eso y la evidente mirada desaprobatoria de McGonagall, se dio cuenta que tendría que decirles todo, aunque fuese para que le dieran un pequeño voto de confianza o al menos el beneficio de la duda. – Entiendo que estén escépticos sobre mi decisión de confiarles el cuidado de Harry a Morrigan Aensland y a su hermana. – les dijo. – Sé muy bien que los humanos y las súcubos no hemos tenido las mejores relaciones, especialmente después de la exterminación masiva de ellas que llevamos a cabo. Pero conocí a Morrigan personalmente, y sé que al menos no mentiría sobre sus intenciones. – ¿Y por qué confía tanto en ella? – preguntó McGonagall. Dumbledore quiso replicar que en realidad no confiaba en ella al 100%, pero sabía que el más mínimo ápice de duda podría generar un efecto dominó con consecuencias desastrosas. Suspiró brevemente antes de comenzar a relatarles. – Lo que estoy a punto de contarles no debe salir de aquí. Muchos de ustedes están al tanto de mi conflicto con Gellert Grindelwald, y todo lo que eso significó. Sin embargo, hay… muchos eventos que no se encuentran en los registros oficiales. Entre ellos, está la participación de Morrigan. McGonagall se sorprendió por esto. Dumbledore notó que miraba a Snape, que permaneció impasible, lo cual tenía sentido ya que a él le había contado la versión general, aquel día que tuvo que contactarla usando el espejo para que pudiesen hablar sobre Harry. Sin embargo, había cosas que no les había dicho todavía a ninguno de los dos. – Cuando la conocí, Morrigan me dijo que simplemente estaba buscando entretenimiento, y que pensó que tal vez involucrarse en la guerra que estaba en curso podría ser divertido y excitante para ella. Aunque estaba reacio a confiar en una súcubo, ella me ofreció ayuda, y con todo lo que estaba ocurriendo, al final accedí, bajo la condición de que nadie más debía saberlo. A Dumbledore no se le escapó que una sombra brevemente cruzó por los ojos de Snape. Probablemente el hombre estaba recordando aquel fatídico día hacía ya casi una década, que le hizo prometer que no le diría a nadie sobre cuáles eran sus verdaderos motivos. Un secreto que Dumbledore estaba dispuesto a llevarse a la tumba si era necesario, a no ser que el propio Snape decidiera revelarlo por voluntad propia, pero eso ya sería su decisión. Como fuese, Dumbledore continuó con su relato: – Usualmente, se aprovechó de sus habilidades para infiltrarse en las filas de Grindelwald, ya fuese para obtener inteligencia que pudiera serme útil, o incluso para sembrar discordia. Y hacia el final de la guerra, se ocupó personalmente de mantener a sus seguidores a raya, para que ninguno de ellos pudiera interferir en nuestro duelo final. – Debe haber sido muy poderosa para hacer algo así por sí sola. Bueno, ¿y por qué querría una súcubo ayudarlo a vencer a su enemigo? – preguntó McGonagall. – Si les soy sincero, no puedo dar una respuesta a eso. – admitió Dumbledore. – Sólo puedo decirles que, en base a mis interacciones con Morrigan, ella es mucho más… benevolente que la mayoría de su especie. Vive como quiere y haciendo lo que quiere, pero no mata o lastima inocentes, y en general es bastante amigable si no le das una razón para que te odie. – ¿Y usted cree que sea de fiar? – continuó McGonagall. – ¿Realmente cree que sea prudente dejar a Harry Potter bajo su cuidado? – Creo que no se trata tanto de si sea prudente o no. – admitió Dumbledore con algo de pesadez. – Morrigan es una de las súcubos más poderosas de todos los tiempos, y creo que incluso los mejores magos que han existido se las verían muy difíciles tratando de oponerse a ella. Así que, si intentase pelear para arrebatarle a Harry por la fuerza… dudo mucho que incluso en mi mejor momento sería capaz de vencerla. – En resumen, nos conviene más tenerla de nuestro lado que en contra. – señaló Snape. Fue muy directo en decirlo, pero en esencia, estaba en lo correcto. – En efecto. – dijo Dumbledore. – Aun así, esto no me gusta mucho. – dijo McGonagall. – Aunque viéndolo por otro lado, esa súcubo parece ser mucho más confiable que esos muggles con los que estaba viviendo antes. – Morrigan me prometió que me mantendrá al tanto de todo lo que suceda con Harry. – agregó Dumbledore. – También, dijo que está dispuesta a entrenarlo, para que aprenda a desarrollar sus habilidades. – Bueno, si algún día tendrá que enfrentarse al Señor Tenebroso, esa es una decisión totalmente lógica. – dijo Snape. – Aun así, ¿no cree que al menos deberíamos ir a ver, o al menos enviar a alguien de vez en cuando, sólo para estar seguros de que todo está en orden? – dijo McGonagall. – Eso ya lo tengo cubierto. – aseguró Dumbledore. – Algunos de los antiguos miembros de la Orden del Fénix se han ofrecido voluntariamente a permanecer en el área para mantenernos al tanto. – ¿Y qué hay del Ministerio? – dijo McGonagall. – Seguro que a ellos no les haría ninguna gracia que Harry Potter esté al cuidado de una súcubo, ¿o sí? La expresión de Dumbledore se ensombreció. Ese era quizás el detalle más importante. El Ministerio de Magia siempre había tenido opiniones muy radicales (aunque entendibles) contra las razas mágicas no humanas, y las súcubos no eran la excepción. El lado positivo era que no habían tenido que lidiar con ellas en más de un siglo y medio luego de su exterminación, y como Morrigan sabía mantener un bajo perfil, podían usar eso a su favor. – El Ministerio de Magia no sabe que Morrigan es una súcubo, y al menos por el momento, creo que es prudente que permanezca así. – dijo Dumbledore. – Conozco a Morrigan lo suficiente, y sé que sabe cómo evadir la atención de los magos y brujas. No es por nada, pero en el tiempo que me ayudó contra Grindelwald, nadie supo jamás quién era realmente, y es por eso que no hay nada sobre ella en los registros oficiales. Eso pareció aplacar un poco las preocupaciones de sus colegas. Snape y McGonagall intercambiaron miradas brevemente, como considerando todo lo que les había dicho. Desde una perspectiva objetiva, no había mucho que pudieran hacer de todos modos, ya que si Morrigan era tan poderosa como Dumbledore decía, oponerse a ella sería una estupidez, especialmente ya que les convenía más tener ese poder de su lado, y más importante aún, protegiendo a Harry Potter. Sin embargo, el riesgo de que su verdadera naturaleza saliera a la luz seguía presente, y no iba a ser fácil quedarse tranquilos con esa sombra de preocupación encima de ellos todo el tiempo. – Por ahora, no podemos hacer más nada. – dijo Dumbledore. – Será mejor que volvamos a trabajar, todos tenemos nuestras responsabilidades como profesores de este colegio, después de todo. Esa era una forma sutil de decir que la reunión se había dado por terminada, y tanto McGonagall como Snape captaron el mensaje al instante. Ambos se excusaron y abandonaron la oficina para volver a sus clases, mientras Dumbledore a su vez comenzaba a buscar en las gavetas de su escritorio el espejo para comunicarse con Morrigan. Varias veces se había sentido tentado a volver a llamarla, sólo para saludar, pero al final no lo hizo. Algo dentro de él le decía que Morrigan pronto se ocuparía de llamarlo a él, aunque no necesariamente fuese por algo malo, así que lo mejor que podía hacer ahora era confiar y esperar.

***

Un par de meses más tarde… Los días continuaron pasando, volviéndose semanas, y antes de darse cuenta, en meses. Poco a poco, Harry iba habituándose a su nueva rutina, la cual no se sentía en absoluto como tal, pues a diferencia de cuando vivía con los Dursley, no tenía un solo día de aburrimiento. En la mañana, se despertaba a la hora que quisiera, y bajaba a desayunar con Morrigan y Lilith. Morrigan se ocupaba de darle lecciones de lo que debería estar viendo en la escuela (incluso vistiéndose como profesora, con gafas y todo), y algo de teoría de la magia para aprender a utilizar sus poderes. Después de almorzar, empezaban las lecciones prácticas, todavía atendiendo sólo a lo básico como mover objetos, o conjurar elementos como fuego, agua o rayos. En esto último Harry no había hecho mucho progreso, más allá de invocar de sus manos una pequeña chispa de electricidad, o una pequeña llama que apenas podía mantener en su palma por unos cinco segundos antes de que se extinguiera, pero Morrigan y Lilith parecían complacidas de su progreso. Y si terminaban temprano, usaban el tiempo restante de la tarde para llevarlo a alguna parte, como por ejemplo al parque de diversiones, al zoológico, o cualquier otro lugar para divertirse, como "recompensa" por sus esfuerzos. Hoy, sin embargo, el entrenamiento práctico de la tarde era muy diferente. Esta vez era un poco más… "físico", quizás fuese la palabra que estaba buscando, ya que por alguna razón, Morrigan había decidido que tenía que aprender otro tipo de magia, la cual ella llamaba "magia de contacto". Lo cual era en realidad un término para describir magia que involucraba el uso de artes marciales, ya que lo estaba poniendo a practicar golpes y patadas con un muñeco de entrenamiento. – ¡Vamos, Harry! ¡Sólo cinco más y terminas la serie! – le gritaba Morrigan, como si fuese una sargento de entrenamiento en el ejército. – ¡Hah! ¡Yah! – Harry se encontraba alternando patadas con cada pierna en el torso del muñeco. El objetivo era hacer una serie de veinte repeticiones antes de colapsar, y ya estaba a punto de conseguirlo. Una vez que dio la última, se dejó caer de sentón en el suelo, apoyándose en las manos. – ¡Bien hecho, Harry! – dijo Morrigan aplaudiendo. – Sabía que podrías hacerlo. – Toma, creo que esto te vendría bien. – dijo Lilith, pasándole una botella con agua, que Harry aceptó al instante, bajándosela casi de un solo trago. – Uff… estoy exhausto. – dijo Harry, después de vaciar totalmente la botella. Morrigan se le acercó. En ese momento, tanto ella como Lilith llevaban ropas de entrenamiento, aunque la súcubo mayor parecía haber elegido deliberadamente un top que destacaba sus amplios atributos, mientras que Lilith se había cubierto con una camiseta holgada. Harry por su parte llevaba puesta ropa muy similar a un uniforme escolar de gimnasia, y desde hacía casi dos horas habían estado supervisando su "entrenamiento". – Creo que es suficiente por hoy. – dijo Morrigan, ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse. – Estás haciéndolo bien, querido Harry. No esperaba que pudieras completarlo hasta el final. – Yo tampoco. – dijo Harry, acomodándose la camiseta. – Supongo que no es tan malo una vez que me acostumbro, pero ¿para qué tengo que hacer entrenamiento físico? Creí que ibas a enseñarme a usar magia. – Y eso es lo que haré, Harry. – dijo Morrigan. – Pero la magia de contacto es muy especial. Verás, a diferencia de otras ramas de la magia que la mayoría de los magos modernos practican, esta requiere además una excelente condición física. El propósito de este entrenamiento es aumentar tu fuerza, velocidad y resistencia de tal forma que tu cuerpo pueda soportar el poder de la magia de contacto. – En términos simples, la magia de contacto puede causarte graves lesiones si tu cuerpo no está físicamente preparado para soportarla. – continuó Lilith. – Imagina que intentas darle un puñetazo a una pared: en el mejor de los casos quedarías con la mano adolorida, y en el peor podrías romperte todo el brazo. Harry tuvo un respingo al imaginarse eso, pero entendía lo esencial de lo que le estaban diciendo. Morrigan a su vez, procedió a ilustrar lo que decía extendiendo su brazo, que comenzó a brillar con una especie de aura verde esmeralda que se fue concentrando en su mano. Acto seguido lo extendió hacia donde estaba el muñeco de entrenamiento, sujetándose el antebrazo con la otra mano mientras apuntaba. – Con un poco de práctica, podrás hacer cosas como ésta. – dijo Morrigan. – ¡SOUL FIST! El resplandor que estaba en la mano de Morrigan salió disparado, adoptando la forma de una especie de cráneo de bestia con grandes colmillos y las quijadas abiertas. Al impactar contra el muñeco, estalló haciéndolo pedazos, dejándolo como un montón de restos humeantes tirados en el suelo. – Wow… – dijo Harry, claramente asombrado, y a la vez temblando un poco de pensar lo que habría podido pasar si hubiese sido un humano real el que recibió ese ataque. – Usé una potencia moderada sólo para ilustrarlo. – dijo Morrigan, chasqueando los dedos para reconstruir el muñeco en un instante. A Harry le pareció que era como ver un video mientras rebobinaba, con los pedazos flotando y volviéndose a colocar en su lugar. – Si hubiese querido, habría podido desintegrarlo totalmente, o sólo aturdirlo. Todo es cuestión de regular la cantidad de energía que utilizas en el ataque. – Entiendo. – asintió Harry. – ¿Tú también puedes hacer lo mismo, Lilith? – No tan bien como Morrigan, la verdad. – admitió la súcubo menor, poniéndose frente al muñeco y alzando su mano para preparar un ataque. – ¡SOUL FLASH! El ataque de Lilith, a diferencia del de Morrigan, fue más pequeño. A Harry le pareció que era un murciélago de energía verde, rodeado por lo que parecían ser corazones rosas, y al impactar con el muñeco sólo dejó una pequeña marca de quemadura en el pecho tras una pequeña explosión. – Mis ataques no son tan potentes. De hecho, tienden a disolverse a muy poca distancia. – explicó Lilith. – Por supuesto, Morrigan tiene mucha más experiencia que yo, y sus reservas de energía son mucho mayores. Morrigan sonrió ante el cumplido, y prosiguió con su explicación. – De cualquier manera, antes de usar ataques de proyectiles, es mejor que aprendas primero a usar la magia para reforzar tu cuerpo. – Apretó un puño, que empezó a destellar con energía esmeralda. – Mira esto. Si concentras la energía en una parte específica de tu cuerpo, puedes reforzarla para protegerte, o aumentar la fuerza de tus golpes. Naturalmente la forma más fácil es concentrarla en las manos o los pies, pero es posible incluso distribuirla a todo el cuerpo para potenciar tus capacidades generales. Se acercó al muñeco, y poniendo la mano con los dedos estirados hacia el frente, dio un golpe para atravesarlo por el pecho. Tras sacar la mano, Harry miró el agujero que le había dejado con una mezcla de asombro y terror de imaginarse lo que habría sido si lo hubiera utilizado con un humano real. Lilith se acercó y tras un chasquido de sus dedos, el muñeco volvió a repararse automáticamente, como si Morrigan nunca lo hubiera atravesado. Aunque ya les había visto hacer estas cosas muchas veces, todavía le asombraba la facilidad con que lo hacían, y por dentro se preguntaba si realmente algún día él también podría hacerlas de la misma manera. – Bueno, creo que ya fue suficiente por hoy. – dijo Morrigan. – Por cierto, Harry querido, ¿tienes planes para mañana? – ¿Planes? – preguntó Harry. – No realmente, ¿por qué? – Oh, ¿no lo recuerdas? – dijo Lilith. – Mañana es Halloween. ¿No tienes pensado ir a pedir dulces o algo? Halloween. Ahora sí lo recordaba. El tiempo que había pasado con Morrigan y Lilith se había ido volando tan rápido que no se dio cuenta de que ya se acercaba esa fecha. Harry nunca le dio mucha importancia, ya que los Dursley nunca lo dejaban salir a pedir dulces ni disfrazarse, y de hecho solían ser tan tacaños que al cabo de algunos años los niños empezaron a evitar su casa en Privet Drive. Por otra parte, ahora que sabía que Halloween era el aniversario de la muerte de sus padres, una parte de él se preguntaba si estaría bien salir a divertirse en esa fecha. Aunque tampoco era que supiese dónde estaban enterrados para poder ir a presentar sus respetos o algo por el estilo, de cualquier manera. – ¿Qué ocurre, Harry querido? – preguntó Morrigan, agachándose para mirarlo de frente. – ¿Te pasa algo malo? – No, no me pasa nada, sólo que... bueno, nunca he ido a pedir dulces en Halloween antes. Y sería un poco aburrido hacerlo solo. Eso era cierto, lo ideal era salir a pedir dulces en grupo para que fuese más divertido, pero Harry no tenía amigos con quien hacerlo, excepto Morrigan y Lilith. Sin embargo, en cuanto dijo esas palabras, unas sonrisas muy pícaras se apoderaron de las dos súcubos, que intercambiaron miradas de complicidad. – ¿Y qué tal si te acompañamos? – sugirió Morrigan. – Sí, podemos ir contigo. – dijo Lilith. – Así no te sentirás solo, y será divertido. Y es una buena excusa para tomarnos libres el día de mañana, ¿no crees? Bueno, visto de esa manera, Harry no encontró motivos para negarse. Aunque habría otras cosas que arreglar, como por ejemplo decidir de qué disfrazarse. Y hablando de eso, ¿de qué se disfrazarían Morrigan y Lilith, si acaso planeaban acompañarlo?

***

La noche siguiente, Halloween… El día pasó rápidamente, y para cuando cayó la noche, el vecindario estaba repleto de niños (y algunos adultos) disfrazados por todas partes. Harry ya estaba listo para salir, aguardando en la entrada a que Morrigan y Lilith, que por alguna razón se estaban tomando su tiempo, bajaran de una vez para que pudieran salir. – Disculpa la tardanza, Harry querido. – dijo Morrigan, deslizándose por la baranda de la escalera con las piernas cruzadas. Lilith hizo lo propio detrás de ella, y se plantó junto a su hermana. – Nos tardamos un poco en decidir cuál sería el mejor disfraz. Harry las miró a ambas. Morrigan se había puesto un vestido de enfermera bastante ajustado al cuerpo, con la falda peligrosamente corta y medias de nylon, tacones altos y una jeringa gigante por alguna razón. Lilith por su parte había elegido un atuendo de conejita playboy, aunque de color rojo como su leotardo usual de súcubo, y con mallas en las piernas, con tacones a juego y un sombrero de copa negro por alguna razón. Claramente ambos estaban diseñados para atraer miradas. – Aun no entiendo por qué no podemos simplemente ir como nosotras mismas. – dijo Lilith, mirando su propio atuendo. – Quiero decir, nadie lo notará de todos modos, ¿o sí? – Mejor no arriesgarnos, querida hermanita. – dijo Morrigan. – Además, no está mal probar un estilo diferente de vez en cuando. Y mira qué guapo se ve nuestro querido Harry, ¿no estás de acuerdo? Harry no se quejaba; ya que no había podido escoger un disfraz, dejó que Morrigan y Lilith eligieran por él, y como si fuese cosa irónica, le compraron una túnica de mago con sombrero puntiagudo y una barba postiza, aunque en lugar de una varita le dieron un bastón, ya que según ellas le daba más estilo, aunque los magos reales ya rara vez lo utilizaban por ser demasiado grande para llevar por ahí. – Oh sí, claro que estás guapo. – dijo Lilith. – Bueno, ya vámonos, ¿sí? – Supongo. – dijo Harry, mitad resignado, mitad emocionado. Ya sin más motivos para esperar, el joven mago y las dos súcubos finalmente salieron de su casa. Muchos niños en el vecindario también empezaban a salir de sus casas hacia el camino, que estaba enmarcado de lámparas con formas de calabazas, fantasmas, murciélagos y demás. A Harry le preocupaba que Morrigan y Lilith llamasen un poco la atención, pero al ver que había más niños acompañados de adolescentes o inclusos adultos disfrazados, se tranquilizó un poco. – ¡Qué buen disfraz! – le dijo una niña que iba vestida de bruja clásica, con una escoba en la mano. – Gracias, el tuyo también es bueno. – replicó Harry con una sonrisa. Morrigan y Lilith se rieron por lo bajo, lo que atrajo la atención del chico cuando ya se habían alejado. – ¿Qué es tan gracioso? – No, nada. – dijo la súcubo mayor. – Sólo que, recordé que los magos aún utilizan las escobas para volar. – ¿En serio? – preguntó Harry. Él creía que las brujas volando en escobas eran sólo cuentos para niños, nunca creyó que fueran reales. Pero de nuevo, ellas habían estado enseñándole a usar magia en los últimos meses, así que no debería sorprenderse. – Siento lástima por ellos. – dijo Lilith. – No tienen idea de lo que se siente volar por tus propios medios. – Quizás algún día deberíamos llevarte a volar. ¿No te gustaría eso? – Pues… sí, eso me gustaría. – Harry sonrió. Tanto tiempo viviendo como pájaro enjaulado, que el pretexto de volar sonaba realmente maravilloso. Aun así, decidió no pensar en eso demasiado, ya que estaban llegando a la primera casa del vecindario. Aunque al principio dudó un poco, Morrigan y Lilith le dieron un pequeño empujoncito, alentándolo a tocar, así que respiró profundamente antes de tocar al timbre. Salió una señora gorda con un enorme tazón de dulces surtidos en la mano, como si ya estuviese esperando. – ¿Trato o truco? – preguntó tímidamente. – Por supuesto, querido. – dijo la mujer, echando un buen puñado de lo que tenía en su bolsa. – Que tengas un feliz Halloween. – Gracias, usted también. – replicó, regresando con Morrigan y Lilith, que sonreían complacidas. – ¿Y bien? ¿Cuál es el botín? – preguntó Lilith. Harry revisó la bolsa. Más de la mitad eran caramelos multicolores, con algunos bombones y barras de chocolate, y una pequeña bolsa de galletas. No estaba mal para su primera incursión. – Nada mal. – dijo Morrigan. – Pero bueno, ¿quién podría resistirse a un apuesto y distinguido joven hechicero? Vamos por la siguiente. Y así lo hicieron. En la siguiente casa les abrió un señor mayor, que le dejó un puñado decente de paletas de caramelo ácido, y luego en la siguiente le dieron una bolsa de gomitas masticables. Al cabo de unas dos o tres horas, Harry no podía creer que la bolsa que llevaba para pedir dulces estuviese tan llena. De hecho, Morrigan y Lilith le dijeron que tenían un par de bolsas más en reserva por si las necesitaba, y si seguían a ese ritmo, probablemente ese sería el caso. Ya estaban acercándose a la última casa del vecindario. El camino estaba bastante decorado con lámparas con forma de calabaza y fantasmas de sábanas con expresiones variadas. Los tres se acercaron a la puerta y Harry tocó al timbre. Un minuto después, salió un hombre grande y musculoso que miró a Harry sin mucho interés, pero se fijó bastante en Morrigan cuando ella se puso a pestañearle. – Trato o truco. – dijo Harry. El hombre no pareció ponerle atención, sino que simplemente vació todo el tazón que llevaba, de manera un poco descuidada ya que varios de los caramelos cayeron fuera de la bolsa. Harry y Lilith tuvieron que recogerlos rápidamente, mientras Morrigan sonreía de manera confundida. – ¿No se te fue un poco la mano, cariño? – le preguntó. – Es Halloween, nena. Aquí hay más que suficiente si quieres más. – replicó el hombre, con tono de que quería ligar. – Eres muy amable, pero mejor dejarles un poco a los demás niños. – respondió Morrigan. – Que tengas un feliz Halloween. Se dieron la vuelta, y Harry escuchó cómo el hombre cerraba su puerta, y Morrigan se reía por lo bajo. Mientras revisaba la bolsa, oyó a Lilith decir: – Morrigan, ¿no quedamos en que no utilizaríamos nuestros poderes de sugestión? – No sé de qué me hablas, querida hermanita. – replicó Morrigan. – Después de todo no es que los vaya a necesitar realmente, ¿o sí? Morrigan posó poniéndose las manos detrás de la cabeza mientras sacaba el pecho, como queriendo enfatizar su punto. Lilith hizo un pequeño puchero, pero Harry alcanzó a ver que se le escapaba una pequeña risita. Mientras iban por el camino, se toparon con un par de chicos, un niño que se veía de la edad de Harry, y una niña probablemente dos o tres años menor, que estaban mirando sus propias bolsas, que por fuera no se veían muy llenas. Sus disfraces, que parecían haber sido improvisados con cajas revestidas con papel de aluminio para parecer robots, destacaban bastante por encima de los más elaborados o comprados de la mayoría de los otros niños con los que se habían cruzado. – Sólo me dieron diez caramelos y una galleta. – dijo la niña. – ¿Y a ti? – Una bolsa de gomitas, pero más nada. – replicó el chico. –Ah, pensé que conseguiríamos más… – ¿Damos otra vuelta? – dijo la niña. El niño miró el reloj, y negó con la cabeza. – No podemos, papá y mamá dijeron que volviéramos a las ocho, y sólo nos quedan quince minutos. – ¿Sólo con esto? Algo dentro de Harry se movió al ver a esos dos niños. Parecían muy decepcionados, incluso tristes, de no haber podido conseguir mucho. Miró por un momento a Morrigan y Lilith, como buscando su aprobación. Las súcubos no dijeron nada, pero Morrigan le sonrió enigmáticamente, y Harry lo tomó como una señal afirmativa. – Oigan, disculpen. – dijo acercándose a ellos. – ¿También es su primer Halloween? – Para ella lo es. – dijo el chico. – Es que salimos un poco tarde y no pudimos conseguir mucho. – Ya veo. – Harry abrió su propia bolsa. – Si quieren, puedo darles un poco de la mía. – Wow. – dijo la niña, asombrada de lo llena que estaba. – ¿Cómo conseguiste tanto? – Pues… – Harry miró atrás a Morrigan y Lilith, que se rieron por lo bajo. – Supongo que tuve suerte. Pero bueno, si quieren… – ¿Estás seguro? – preguntó el chico. – Esto es mucho para mí solo. – argumentó Harry. – Tendré más que suficiente para todo el mes incluso si les dejo algo. Los niños se miraron algo confusos, pero finalmente accedieron, y Harry vació parte del contenido de su bolsa en las de ellos. La niña le devolvió una bolsa de caramelos de coco (dijo que esos no le gustaban), pero fuera de eso ambos le agradecieron por compartir con ellos, y al verlos marcharse felices, Harry sintió que había hecho su buena acción de la noche. Morrigan y Lilith se le acercaron, y la primera le puso la mano en el hombro solemnemente. – Eso fue muy generoso de tu parte, Harry querido. – le dijo con una gran sonrisa. – Aunque tal vez se te fue un poco la mano. Digo, casi les llenaste sus bolsas. – dijo Lilith. – ¿Y qué? Ustedes también tienen llenas las suyas, ¿no? – replicó él. Aunque técnicamente no eran de ellas, sino para él también y ellas sólo le ayudaban a cargarlas. – Bueno, tú no tienes toque de queda como esos niños. – dijo Morrigan. – Podemos dar una última vuelta en otro vecindario para volver a llenarla, antes de irnos a casa. Harry lo pensó un momento. En realidad, habían cubierto bastante área en muy poco tiempo, gracias a que Morrigan y Lilith le "ayudaban" a saltar de un vecindario a otro discretamente. Algunos podrían llamarlo una ventaja injusta, pero lo que los demás no supieran, no les haría ningún daño. – Supongo que podemos hacerlo. – dijo Harry. – No tengo prisa por volver después de todo. Estaba decidido. Una última ronda por otro vecindario y se irían a casa. Harry nunca se habría imaginado que salir a pedir dulces podría ser tan divertido. Y de cierta forma, quizás haber conseguido tantos en una sola noche servía para compensar por haberse perdido la oportunidad de hacerlo los años anteriores.

***

Más tarde esa noche… Morrigan usualmente no era del tipo que se atiborraba de dulces como una niña, pero esa noche decidió hacer una excepción. Harry había insistido en compartir el "botín" que logró reunir esa noche con ella y Lilith, argumentando que fue gracias a ellas dos que consiguió tantos, y merecían su parte. Lilith no se negó, pero Morrigan, queriendo comportarse más como la adulta, tardó un poco más en ceder. Después de que Harry y Lilith se fueron a dormir, Morrigan decidió quedarse despierta un poco más. Se encontraba en el salón, recostada cuan larga era en el mullido sofá mientras leía uno de los libros antiguos que trajo de su biblioteca en el Makai, mientras se comía algunos chocolates que dejó en su tazón (eran para adultos ya que contenían licor, y al parecer se los habían dado por error en una de las casas que visitaron). El libro que estaba leyendo era de hechicería antigua, concretamente un tomo para realizar pactos y contratos mágicos. Había estado buscando formas de ayudar a Harry no sólo a manejar y controlar sus poderes, sino también incrementarlos. En su mente todavía pesaban las palabras de Dumbledore, sobre que algún día, ese mago tenebroso que intentó asesinarlo cuando era bebé volvería para vengarse, y aunque ella estaba más que dispuesta a pelear para protegerlo, también quería asegurarse de que Harry pudiese protegerse a sí mismo en caso de que ella por cualquier razón no pudiera estar allí. – Este contrato suena interesante. – dijo mientras se detenía en una página. – Ritual para familiar oscuro. El mago o hechicero conectará su poder con el de una criatura, formando un vínculo de por vida entre ambos. Un vínculo comparable a la familia o el amor, pero aún más fuerte. Siguió leyendo detenidamente. Básicamente, la descripción establecía que el mago y la criatura con la que hiciera el contrato crearían un enlace de retroalimentación simbiótica entre sí. Al estar ambos en proximidad, ambos podrían potenciar sus poderes mutuamente de maneras que nunca podrían hacerlo por separado, e incluso tal vez hasta compartir habilidades. Harry podría aprender a usar la magia de contacto y tal vez algunas de sus otras habilidades mucho más fácilmente, si formase un contrato con una de ellas. – Y tal vez incluso… – Morrigan se llevó la mano al mentón, pensativa. – Lilith ya no necesitaría fusionarse conmigo para mantener su forma física. Aunque Morrigan no tenía problemas en fusionarse con Lilith, y de hecho su poder aumentaba exponencialmente cuando se volvían una sola, no le gustaba realmente depender de eso a menos que fuese absolutamente necesario. A su vez, Morrigan sabía que Lilith a veces podía sentirse algo incómoda mientras permanecía dentro de ella, descansando para reponerse. La presencia de Morrigan le ayudaba a no sentirse sola, pero aun así, Lilith había confesado que a veces se sentía como si estuviese atrapada, aunque fuese sólo por unas cuantas horas. Y Morrigan quería eliminar eso, para que su hermana no tuviese que depender de ella. Ésta bien podría ser la oportunidad que estaban buscando. – Creo que mañana, después del entrenamiento, tendré una pequeña charla con Harry y Lilith. Veamos qué les parece esto. Cerró su libro, y se puso de pie para dirigirse a su dormitorio. El camisón de seda negra que cubría su cuerpo danzaba elegantemente con cada paso que daba, mientras una sonrisa se formaba en sus labios. Si esto funcionaba, podría acelerar el entrenamiento de Harry. Esta historia continuará…
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