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Un par de meses más tarde… Los días continuaron pasando, volviéndose semanas, y antes de darse cuenta, en meses. Poco a poco, Harry iba habituándose a su nueva rutina, la cual no se sentía en absoluto como tal, pues a diferencia de cuando vivía con los Dursley, no tenía un solo día de aburrimiento. En la mañana, se despertaba a la hora que quisiera, y bajaba a desayunar con Morrigan y Lilith. Morrigan se ocupaba de darle lecciones de lo que debería estar viendo en la escuela (incluso vistiéndose como profesora, con gafas y todo), y algo de teoría de la magia para aprender a utilizar sus poderes. Después de almorzar, empezaban las lecciones prácticas, todavía atendiendo sólo a lo básico como mover objetos, o conjurar elementos como fuego, agua o rayos. En esto último Harry no había hecho mucho progreso, más allá de invocar de sus manos una pequeña chispa de electricidad, o una pequeña llama que apenas podía mantener en su palma por unos cinco segundos antes de que se extinguiera, pero Morrigan y Lilith parecían complacidas de su progreso. Y si terminaban temprano, usaban el tiempo restante de la tarde para llevarlo a alguna parte, como por ejemplo al parque de diversiones, al zoológico, o cualquier otro lugar para divertirse, como "recompensa" por sus esfuerzos. Hoy, sin embargo, el entrenamiento práctico de la tarde era muy diferente. Esta vez era un poco más… "físico", quizás fuese la palabra que estaba buscando, ya que por alguna razón, Morrigan había decidido que tenía que aprender otro tipo de magia, la cual ella llamaba "magia de contacto". Lo cual era en realidad un término para describir magia que involucraba el uso de artes marciales, ya que lo estaba poniendo a practicar golpes y patadas con un muñeco de entrenamiento. – ¡Vamos, Harry! ¡Sólo cinco más y terminas la serie! – le gritaba Morrigan, como si fuese una sargento de entrenamiento en el ejército. – ¡Hah! ¡Yah! – Harry se encontraba alternando patadas con cada pierna en el torso del muñeco. El objetivo era hacer una serie de veinte repeticiones antes de colapsar, y ya estaba a punto de conseguirlo. Una vez que dio la última, se dejó caer de sentón en el suelo, apoyándose en las manos. – ¡Bien hecho, Harry! – dijo Morrigan aplaudiendo. – Sabía que podrías hacerlo. – Toma, creo que esto te vendría bien. – dijo Lilith, pasándole una botella con agua, que Harry aceptó al instante, bajándosela casi de un solo trago. – Uff… estoy exhausto. – dijo Harry, después de vaciar totalmente la botella. Morrigan se le acercó. En ese momento, tanto ella como Lilith llevaban ropas de entrenamiento, aunque la súcubo mayor parecía haber elegido deliberadamente un top que destacaba sus amplios atributos, mientras que Lilith se había cubierto con una camiseta holgada. Harry por su parte llevaba puesta ropa muy similar a un uniforme escolar de gimnasia, y desde hacía casi dos horas habían estado supervisando su "entrenamiento". – Creo que es suficiente por hoy. – dijo Morrigan, ofreciéndole la mano para ayudarle a levantarse. – Estás haciéndolo bien, querido Harry. No esperaba que pudieras completarlo hasta el final. – Yo tampoco. – dijo Harry, acomodándose la camiseta. – Supongo que no es tan malo una vez que me acostumbro, pero ¿para qué tengo que hacer entrenamiento físico? Creí que ibas a enseñarme a usar magia. – Y eso es lo que haré, Harry. – dijo Morrigan. – Pero la magia de contacto es muy especial. Verás, a diferencia de otras ramas de la magia que la mayoría de los magos modernos practican, esta requiere además una excelente condición física. El propósito de este entrenamiento es aumentar tu fuerza, velocidad y resistencia de tal forma que tu cuerpo pueda soportar el poder de la magia de contacto. – En términos simples, la magia de contacto puede causarte graves lesiones si tu cuerpo no está físicamente preparado para soportarla. – continuó Lilith. – Imagina que intentas darle un puñetazo a una pared: en el mejor de los casos quedarías con la mano adolorida, y en el peor podrías romperte todo el brazo. Harry tuvo un respingo al imaginarse eso, pero entendía lo esencial de lo que le estaban diciendo. Morrigan a su vez, procedió a ilustrar lo que decía extendiendo su brazo, que comenzó a brillar con una especie de aura verde esmeralda que se fue concentrando en su mano. Acto seguido lo extendió hacia donde estaba el muñeco de entrenamiento, sujetándose el antebrazo con la otra mano mientras apuntaba. – Con un poco de práctica, podrás hacer cosas como ésta. – dijo Morrigan. – ¡SOUL FIST! El resplandor que estaba en la mano de Morrigan salió disparado, adoptando la forma de una especie de cráneo de bestia con grandes colmillos y las quijadas abiertas. Al impactar contra el muñeco, estalló haciéndolo pedazos, dejándolo como un montón de restos humeantes tirados en el suelo. – Wow… – dijo Harry, claramente asombrado, y a la vez temblando un poco de pensar lo que habría podido pasar si hubiese sido un humano real el que recibió ese ataque. – Usé una potencia moderada sólo para ilustrarlo. – dijo Morrigan, chasqueando los dedos para reconstruir el muñeco en un instante. A Harry le pareció que era como ver un video mientras rebobinaba, con los pedazos flotando y volviéndose a colocar en su lugar. – Si hubiese querido, habría podido desintegrarlo totalmente, o sólo aturdirlo. Todo es cuestión de regular la cantidad de energía que utilizas en el ataque. – Entiendo. – asintió Harry. – ¿Tú también puedes hacer lo mismo, Lilith? – No tan bien como Morrigan, la verdad. – admitió la súcubo menor, poniéndose frente al muñeco y alzando su mano para preparar un ataque. – ¡SOUL FLASH! El ataque de Lilith, a diferencia del de Morrigan, fue más pequeño. A Harry le pareció que era un murciélago de energía verde, rodeado por lo que parecían ser corazones rosas, y al impactar con el muñeco sólo dejó una pequeña marca de quemadura en el pecho tras una pequeña explosión. – Mis ataques no son tan potentes. De hecho, tienden a disolverse a muy poca distancia. – explicó Lilith. – Por supuesto, Morrigan tiene mucha más experiencia que yo, y sus reservas de energía son mucho mayores. Morrigan sonrió ante el cumplido, y prosiguió con su explicación. – De cualquier manera, antes de usar ataques de proyectiles, es mejor que aprendas primero a usar la magia para reforzar tu cuerpo. – Apretó un puño, que empezó a destellar con energía esmeralda. – Mira esto. Si concentras la energía en una parte específica de tu cuerpo, puedes reforzarla para protegerte, o aumentar la fuerza de tus golpes. Naturalmente la forma más fácil es concentrarla en las manos o los pies, pero es posible incluso distribuirla a todo el cuerpo para potenciar tus capacidades generales. Se acercó al muñeco, y poniendo la mano con los dedos estirados hacia el frente, dio un golpe para atravesarlo por el pecho. Tras sacar la mano, Harry miró el agujero que le había dejado con una mezcla de asombro y terror de imaginarse lo que habría sido si lo hubiera utilizado con un humano real. Lilith se acercó y tras un chasquido de sus dedos, el muñeco volvió a repararse automáticamente, como si Morrigan nunca lo hubiera atravesado. Aunque ya les había visto hacer estas cosas muchas veces, todavía le asombraba la facilidad con que lo hacían, y por dentro se preguntaba si realmente algún día él también podría hacerlas de la misma manera. – Bueno, creo que ya fue suficiente por hoy. – dijo Morrigan. – Por cierto, Harry querido, ¿tienes planes para mañana? – ¿Planes? – preguntó Harry. – No realmente, ¿por qué? – Oh, ¿no lo recuerdas? – dijo Lilith. – Mañana es Halloween. ¿No tienes pensado ir a pedir dulces o algo? Halloween. Ahora sí lo recordaba. El tiempo que había pasado con Morrigan y Lilith se había ido volando tan rápido que no se dio cuenta de que ya se acercaba esa fecha. Harry nunca le dio mucha importancia, ya que los Dursley nunca lo dejaban salir a pedir dulces ni disfrazarse, y de hecho solían ser tan tacaños que al cabo de algunos años los niños empezaron a evitar su casa en Privet Drive. Por otra parte, ahora que sabía que Halloween era el aniversario de la muerte de sus padres, una parte de él se preguntaba si estaría bien salir a divertirse en esa fecha. Aunque tampoco era que supiese dónde estaban enterrados para poder ir a presentar sus respetos o algo por el estilo, de cualquier manera. – ¿Qué ocurre, Harry querido? – preguntó Morrigan, agachándose para mirarlo de frente. – ¿Te pasa algo malo? – No, no me pasa nada, sólo que... bueno, nunca he ido a pedir dulces en Halloween antes. Y sería un poco aburrido hacerlo solo. Eso era cierto, lo ideal era salir a pedir dulces en grupo para que fuese más divertido, pero Harry no tenía amigos con quien hacerlo, excepto Morrigan y Lilith. Sin embargo, en cuanto dijo esas palabras, unas sonrisas muy pícaras se apoderaron de las dos súcubos, que intercambiaron miradas de complicidad. – ¿Y qué tal si te acompañamos? – sugirió Morrigan. – Sí, podemos ir contigo. – dijo Lilith. – Así no te sentirás solo, y será divertido. Y es una buena excusa para tomarnos libres el día de mañana, ¿no crees? Bueno, visto de esa manera, Harry no encontró motivos para negarse. Aunque habría otras cosas que arreglar, como por ejemplo decidir de qué disfrazarse. Y hablando de eso, ¿de qué se disfrazarían Morrigan y Lilith, si acaso planeaban acompañarlo?***
La noche siguiente, Halloween… El día pasó rápidamente, y para cuando cayó la noche, el vecindario estaba repleto de niños (y algunos adultos) disfrazados por todas partes. Harry ya estaba listo para salir, aguardando en la entrada a que Morrigan y Lilith, que por alguna razón se estaban tomando su tiempo, bajaran de una vez para que pudieran salir. – Disculpa la tardanza, Harry querido. – dijo Morrigan, deslizándose por la baranda de la escalera con las piernas cruzadas. Lilith hizo lo propio detrás de ella, y se plantó junto a su hermana. – Nos tardamos un poco en decidir cuál sería el mejor disfraz. Harry las miró a ambas. Morrigan se había puesto un vestido de enfermera bastante ajustado al cuerpo, con la falda peligrosamente corta y medias de nylon, tacones altos y una jeringa gigante por alguna razón. Lilith por su parte había elegido un atuendo de conejita playboy, aunque de color rojo como su leotardo usual de súcubo, y con mallas en las piernas, con tacones a juego y un sombrero de copa negro por alguna razón. Claramente ambos estaban diseñados para atraer miradas. – Aun no entiendo por qué no podemos simplemente ir como nosotras mismas. – dijo Lilith, mirando su propio atuendo. – Quiero decir, nadie lo notará de todos modos, ¿o sí? – Mejor no arriesgarnos, querida hermanita. – dijo Morrigan. – Además, no está mal probar un estilo diferente de vez en cuando. Y mira qué guapo se ve nuestro querido Harry, ¿no estás de acuerdo? Harry no se quejaba; ya que no había podido escoger un disfraz, dejó que Morrigan y Lilith eligieran por él, y como si fuese cosa irónica, le compraron una túnica de mago con sombrero puntiagudo y una barba postiza, aunque en lugar de una varita le dieron un bastón, ya que según ellas le daba más estilo, aunque los magos reales ya rara vez lo utilizaban por ser demasiado grande para llevar por ahí. – Oh sí, claro que estás guapo. – dijo Lilith. – Bueno, ya vámonos, ¿sí? – Supongo. – dijo Harry, mitad resignado, mitad emocionado. Ya sin más motivos para esperar, el joven mago y las dos súcubos finalmente salieron de su casa. Muchos niños en el vecindario también empezaban a salir de sus casas hacia el camino, que estaba enmarcado de lámparas con formas de calabazas, fantasmas, murciélagos y demás. A Harry le preocupaba que Morrigan y Lilith llamasen un poco la atención, pero al ver que había más niños acompañados de adolescentes o inclusos adultos disfrazados, se tranquilizó un poco. – ¡Qué buen disfraz! – le dijo una niña que iba vestida de bruja clásica, con una escoba en la mano. – Gracias, el tuyo también es bueno. – replicó Harry con una sonrisa. Morrigan y Lilith se rieron por lo bajo, lo que atrajo la atención del chico cuando ya se habían alejado. – ¿Qué es tan gracioso? – No, nada. – dijo la súcubo mayor. – Sólo que, recordé que los magos aún utilizan las escobas para volar. – ¿En serio? – preguntó Harry. Él creía que las brujas volando en escobas eran sólo cuentos para niños, nunca creyó que fueran reales. Pero de nuevo, ellas habían estado enseñándole a usar magia en los últimos meses, así que no debería sorprenderse. – Siento lástima por ellos. – dijo Lilith. – No tienen idea de lo que se siente volar por tus propios medios. – Quizás algún día deberíamos llevarte a volar. ¿No te gustaría eso? – Pues… sí, eso me gustaría. – Harry sonrió. Tanto tiempo viviendo como pájaro enjaulado, que el pretexto de volar sonaba realmente maravilloso. Aun así, decidió no pensar en eso demasiado, ya que estaban llegando a la primera casa del vecindario. Aunque al principio dudó un poco, Morrigan y Lilith le dieron un pequeño empujoncito, alentándolo a tocar, así que respiró profundamente antes de tocar al timbre. Salió una señora gorda con un enorme tazón de dulces surtidos en la mano, como si ya estuviese esperando. – ¿Trato o truco? – preguntó tímidamente. – Por supuesto, querido. – dijo la mujer, echando un buen puñado de lo que tenía en su bolsa. – Que tengas un feliz Halloween. – Gracias, usted también. – replicó, regresando con Morrigan y Lilith, que sonreían complacidas. – ¿Y bien? ¿Cuál es el botín? – preguntó Lilith. Harry revisó la bolsa. Más de la mitad eran caramelos multicolores, con algunos bombones y barras de chocolate, y una pequeña bolsa de galletas. No estaba mal para su primera incursión. – Nada mal. – dijo Morrigan. – Pero bueno, ¿quién podría resistirse a un apuesto y distinguido joven hechicero? Vamos por la siguiente. Y así lo hicieron. En la siguiente casa les abrió un señor mayor, que le dejó un puñado decente de paletas de caramelo ácido, y luego en la siguiente le dieron una bolsa de gomitas masticables. Al cabo de unas dos o tres horas, Harry no podía creer que la bolsa que llevaba para pedir dulces estuviese tan llena. De hecho, Morrigan y Lilith le dijeron que tenían un par de bolsas más en reserva por si las necesitaba, y si seguían a ese ritmo, probablemente ese sería el caso. Ya estaban acercándose a la última casa del vecindario. El camino estaba bastante decorado con lámparas con forma de calabaza y fantasmas de sábanas con expresiones variadas. Los tres se acercaron a la puerta y Harry tocó al timbre. Un minuto después, salió un hombre grande y musculoso que miró a Harry sin mucho interés, pero se fijó bastante en Morrigan cuando ella se puso a pestañearle. – Trato o truco. – dijo Harry. El hombre no pareció ponerle atención, sino que simplemente vació todo el tazón que llevaba, de manera un poco descuidada ya que varios de los caramelos cayeron fuera de la bolsa. Harry y Lilith tuvieron que recogerlos rápidamente, mientras Morrigan sonreía de manera confundida. – ¿No se te fue un poco la mano, cariño? – le preguntó. – Es Halloween, nena. Aquí hay más que suficiente si quieres más. – replicó el hombre, con tono de que quería ligar. – Eres muy amable, pero mejor dejarles un poco a los demás niños. – respondió Morrigan. – Que tengas un feliz Halloween. Se dieron la vuelta, y Harry escuchó cómo el hombre cerraba su puerta, y Morrigan se reía por lo bajo. Mientras revisaba la bolsa, oyó a Lilith decir: – Morrigan, ¿no quedamos en que no utilizaríamos nuestros poderes de sugestión? – No sé de qué me hablas, querida hermanita. – replicó Morrigan. – Después de todo no es que los vaya a necesitar realmente, ¿o sí? Morrigan posó poniéndose las manos detrás de la cabeza mientras sacaba el pecho, como queriendo enfatizar su punto. Lilith hizo un pequeño puchero, pero Harry alcanzó a ver que se le escapaba una pequeña risita. Mientras iban por el camino, se toparon con un par de chicos, un niño que se veía de la edad de Harry, y una niña probablemente dos o tres años menor, que estaban mirando sus propias bolsas, que por fuera no se veían muy llenas. Sus disfraces, que parecían haber sido improvisados con cajas revestidas con papel de aluminio para parecer robots, destacaban bastante por encima de los más elaborados o comprados de la mayoría de los otros niños con los que se habían cruzado. – Sólo me dieron diez caramelos y una galleta. – dijo la niña. – ¿Y a ti? – Una bolsa de gomitas, pero más nada. – replicó el chico. –Ah, pensé que conseguiríamos más… – ¿Damos otra vuelta? – dijo la niña. El niño miró el reloj, y negó con la cabeza. – No podemos, papá y mamá dijeron que volviéramos a las ocho, y sólo nos quedan quince minutos. – ¿Sólo con esto? Algo dentro de Harry se movió al ver a esos dos niños. Parecían muy decepcionados, incluso tristes, de no haber podido conseguir mucho. Miró por un momento a Morrigan y Lilith, como buscando su aprobación. Las súcubos no dijeron nada, pero Morrigan le sonrió enigmáticamente, y Harry lo tomó como una señal afirmativa. – Oigan, disculpen. – dijo acercándose a ellos. – ¿También es su primer Halloween? – Para ella lo es. – dijo el chico. – Es que salimos un poco tarde y no pudimos conseguir mucho. – Ya veo. – Harry abrió su propia bolsa. – Si quieren, puedo darles un poco de la mía. – Wow. – dijo la niña, asombrada de lo llena que estaba. – ¿Cómo conseguiste tanto? – Pues… – Harry miró atrás a Morrigan y Lilith, que se rieron por lo bajo. – Supongo que tuve suerte. Pero bueno, si quieren… – ¿Estás seguro? – preguntó el chico. – Esto es mucho para mí solo. – argumentó Harry. – Tendré más que suficiente para todo el mes incluso si les dejo algo. Los niños se miraron algo confusos, pero finalmente accedieron, y Harry vació parte del contenido de su bolsa en las de ellos. La niña le devolvió una bolsa de caramelos de coco (dijo que esos no le gustaban), pero fuera de eso ambos le agradecieron por compartir con ellos, y al verlos marcharse felices, Harry sintió que había hecho su buena acción de la noche. Morrigan y Lilith se le acercaron, y la primera le puso la mano en el hombro solemnemente. – Eso fue muy generoso de tu parte, Harry querido. – le dijo con una gran sonrisa. – Aunque tal vez se te fue un poco la mano. Digo, casi les llenaste sus bolsas. – dijo Lilith. – ¿Y qué? Ustedes también tienen llenas las suyas, ¿no? – replicó él. Aunque técnicamente no eran de ellas, sino para él también y ellas sólo le ayudaban a cargarlas. – Bueno, tú no tienes toque de queda como esos niños. – dijo Morrigan. – Podemos dar una última vuelta en otro vecindario para volver a llenarla, antes de irnos a casa. Harry lo pensó un momento. En realidad, habían cubierto bastante área en muy poco tiempo, gracias a que Morrigan y Lilith le "ayudaban" a saltar de un vecindario a otro discretamente. Algunos podrían llamarlo una ventaja injusta, pero lo que los demás no supieran, no les haría ningún daño. – Supongo que podemos hacerlo. – dijo Harry. – No tengo prisa por volver después de todo. Estaba decidido. Una última ronda por otro vecindario y se irían a casa. Harry nunca se habría imaginado que salir a pedir dulces podría ser tan divertido. Y de cierta forma, quizás haber conseguido tantos en una sola noche servía para compensar por haberse perdido la oportunidad de hacerlo los años anteriores.***
Más tarde esa noche… Morrigan usualmente no era del tipo que se atiborraba de dulces como una niña, pero esa noche decidió hacer una excepción. Harry había insistido en compartir el "botín" que logró reunir esa noche con ella y Lilith, argumentando que fue gracias a ellas dos que consiguió tantos, y merecían su parte. Lilith no se negó, pero Morrigan, queriendo comportarse más como la adulta, tardó un poco más en ceder. Después de que Harry y Lilith se fueron a dormir, Morrigan decidió quedarse despierta un poco más. Se encontraba en el salón, recostada cuan larga era en el mullido sofá mientras leía uno de los libros antiguos que trajo de su biblioteca en el Makai, mientras se comía algunos chocolates que dejó en su tazón (eran para adultos ya que contenían licor, y al parecer se los habían dado por error en una de las casas que visitaron). El libro que estaba leyendo era de hechicería antigua, concretamente un tomo para realizar pactos y contratos mágicos. Había estado buscando formas de ayudar a Harry no sólo a manejar y controlar sus poderes, sino también incrementarlos. En su mente todavía pesaban las palabras de Dumbledore, sobre que algún día, ese mago tenebroso que intentó asesinarlo cuando era bebé volvería para vengarse, y aunque ella estaba más que dispuesta a pelear para protegerlo, también quería asegurarse de que Harry pudiese protegerse a sí mismo en caso de que ella por cualquier razón no pudiera estar allí. – Este contrato suena interesante. – dijo mientras se detenía en una página. – Ritual para familiar oscuro. El mago o hechicero conectará su poder con el de una criatura, formando un vínculo de por vida entre ambos. Un vínculo comparable a la familia o el amor, pero aún más fuerte. Siguió leyendo detenidamente. Básicamente, la descripción establecía que el mago y la criatura con la que hiciera el contrato crearían un enlace de retroalimentación simbiótica entre sí. Al estar ambos en proximidad, ambos podrían potenciar sus poderes mutuamente de maneras que nunca podrían hacerlo por separado, e incluso tal vez hasta compartir habilidades. Harry podría aprender a usar la magia de contacto y tal vez algunas de sus otras habilidades mucho más fácilmente, si formase un contrato con una de ellas. – Y tal vez incluso… – Morrigan se llevó la mano al mentón, pensativa. – Lilith ya no necesitaría fusionarse conmigo para mantener su forma física. Aunque Morrigan no tenía problemas en fusionarse con Lilith, y de hecho su poder aumentaba exponencialmente cuando se volvían una sola, no le gustaba realmente depender de eso a menos que fuese absolutamente necesario. A su vez, Morrigan sabía que Lilith a veces podía sentirse algo incómoda mientras permanecía dentro de ella, descansando para reponerse. La presencia de Morrigan le ayudaba a no sentirse sola, pero aun así, Lilith había confesado que a veces se sentía como si estuviese atrapada, aunque fuese sólo por unas cuantas horas. Y Morrigan quería eliminar eso, para que su hermana no tuviese que depender de ella. Ésta bien podría ser la oportunidad que estaban buscando. – Creo que mañana, después del entrenamiento, tendré una pequeña charla con Harry y Lilith. Veamos qué les parece esto. Cerró su libro, y se puso de pie para dirigirse a su dormitorio. El camisón de seda negra que cubría su cuerpo danzaba elegantemente con cada paso que daba, mientras una sonrisa se formaba en sus labios. Si esto funcionaba, podría acelerar el entrenamiento de Harry. Esta historia continuará…