El Día Antes de la Cosecha
11 de septiembre de 2025, 15:19
Capítulo 1: El Día Antes de la Cosecha
(POV Katniss - Distrito 12)
El primer rayo de sol se coló por la rendija de la ventana, pintando una fina línea dorada sobre las paredes de nuestra pequeña casa en la Veta.
En mi recámara, me estiré, el colchón de paja crujiendo bajo mi peso, mis brazos tronando con un suave crujido que parecía el único sonido en la quietud de la mañana. El aire traía el familiar olor a carbón y a humedad, un aroma que, a pesar de la miseria que nos rodeaba, era el de mi hogar.
Me levanté con la agilidad que me daban años de caza, mis movimientos silenciosos para no despertar a Prim. Mi hermana, un pequeño bulto acurrucado bajo las mantas, era mi faro, la razón de cada día, el motivo de cada aliento. En la cocina, mi madre, Asterid, ya estaba despierta. El suave tintineo de las tazas me llegó mientras preparaba nuestro escaso desayuno. Verla activa, con una chispa de felicidad en los ojos que había creído perdida para siempre tras la muerte de mi padre, me llenaba el pecho de una gratitud silenciosa que apenas podía contener.
—"Buenos días, mamá"— murmuré, tomando asiento en la mesa, sintiendo el frío de la madera bajo mis dedos.
—"Buenos días, corazón. ¿Lista para el día?"— La voz de mi madre era suave, un bálsamo que siempre lograba calmar mi alma inquieta.
—"Como siempre"— Me burlé un poco, mientras tomaba mi taza humeante y soplaba para enfriar el contenido.
—"Creo que hoy llegaré tarde"— Comentó mi madre, mientras servía una pequeña porción de pan y ardilla de ayer. Se sentó frente a mí.
—"Tengo que ir a ver a la señora Fairbanks. No está del todo bien y está en su sexto mes, así que está nerviosa"— Comentó tranquilamente.
—"Todo saldrá bien"— Le respondí, intentando mantener un buen ánimo.
Unos minutos después, Prim hizo ruido en nuestra recámara antes de unirse a nosotras. Sus ojos azules brillaban con una inocencia, su cabello hecho girones por el sueño y su sonrisa tan grande como el sol de la mañana. Compartimos el pan rancio, un poco de ardilla y el té de hierbas. Era una comida modesta, sí, pero la mesa estaba llena del calor familiar que atesoraba más que nada.
Al terminar, nos alistamos para ir a la escuela. Ayudé a Prim a hacerse sus dos ya míticas coletas Everdeen, mientras mi madre terminaba de recoger la cocina.
Después de despedirnos de nuestra madre con un beso en la mejilla y un —"Nos vemos más tarde"—, comenzamos nuestro camino por las pobres calles de la Veta hacia el lado de los comerciantes para llegar a la escuela, que más que beneficiosa era una pérdida de tiempo total, pero obligatoria. Vi a Prim correr a encontrarse con sus amigas en la puerta.
—"¡Nos vemos, Katniss!"— gritó Prim, girándose para unirse a sus amigas. La detuve en seco con mi mano en su hombro.
—"Esa colita de pato"— le dije, mientras le fajaba la blusa por detrás. La vi alejarse y simplemente negué con la cabeza.
No entendía cómo ella podía ser tan así: tranquila, cariñosa en un mundo como este. Pero sin duda, estaba agradecida por ello, ya que su alegría me mantenía con los ánimos para continuar. Me giré y fui hacia la entrada para mayores, pero antes mi mirada se detuvo en el "árbol", otra cosa que me infundía esperanza. La campana que anunciaba el inicio de clases me sacó de mis pensamientos y me hizo apresurarme a entrar.
Después de la escuela, donde el único alivio era un breve intercambio de miradas con Madge Undersee, me dirigí al bosque. Allí, el aire era diferente, más puro, y el silencio solo se rompía por el crujido de las hojas bajo mis botas y el llamado de los pájaros. Gale ya me esperaba en nuestro punto de encuentro habitual, su arco listo, su mirada intensa y llena de la misma rebeldía que la mía.
—"Catnip,"— me saludó Gale, una sonrisa torcida en su rostro que siempre lograba arrancarme una propia.
—"A ver qué nos trae el día"— bromeó mientras se levantaba entregandome mi arco de caza.
—"Tal vez una manada de perros rabiosos"— le espeté, buscando entre un tronco hueco mis flechas.
Mis dedos tantearon el vacío, la frustración creciendo al no encontrarlas. Fruncí el ceño, molesta. Me volteé hacia Gale, justo a tiempo para toparme con mis preciadas flechas, que él sostenía ante mi rostro con una sonrisa de suficiencia.
—"¿Buscas algo, gruñona?"— se burló.
—"Sí, alguien con cerebro, ¿pero dónde lo encuentro?"— le grité, arrebatándole la bolsa de la mano.
Su risa resonó a mis espaldas mientras comenzaba a caminar por el sendero, con él siguiéndome, aún divertido por mi reacción. Cazamos en un silencio cómodo, nuestros movimientos sincronizados, una danza que nos permitía burlar a los pacificadores y a la hambruna. En el bosque, éramos libres, al menos por unas horas, lejos de las miradas del Capitolio, lejos de las minas, lejos de los juegos. Hablamos de trampas, de las presas que nos asegurarían la cena, de la monotonía asfixiante del distrito.
La Cosecha, que se celebraría al día siguiente, flotaba en el aire como una sombra persistente, una preocupación no dicha, pero siempre presente en cada respiración. Sentía el nudo en el estómago al pensar en los nombres que se leerían.
Yo tenía veinticinco entradas, una por cada año desde los 12 que había vivido, y otras por las teselas que tomaba para mantener a mi familia. Gale, en su último año, tenía aún más que yo: treinta y cinco. Era una burla cruel del Capitolio, obligarnos a vender nuestras vidas por un puñado de grano. Un miedo frío se intensificaba al recordar que era el primer año de Prim y Rory en esa lotería mortal.
Un crujido cercano me arrancó de mi burbuja mental. Instintivamente, mi arco se alzó, la flecha ya encajada en la cuerda. Un pequeño conejo saltó de entre los arbustos. Apunté, el aliento contenido, y solté. La flecha se hundió con un thwack seco.
—"¡Buen tiro, Catnip!"— exclamó Gale, ya corriendo hacia la presa.
Lo recogió con una sonrisa. Era el tercero. Sin duda, la suerte nos sonreía hoy. Mientras regresábamos, con las bolsas más llenas de lo habitual, me despedí de Gale.
Él solo dijo, antes de comenzar su camino a casa: —"Ponte algo bonito mañana"— Solo sonreí y negué con la cabeza.
—"¡Y tú, al menos, báñate!"— le grité, haciendo que varios niños que pasaban se rieran de él.
Se giró y gritó de vuelta, ya lejos: —"¡Todavía no es el tercer día!"— mientras sacaba la lengua en forma de burla. ¡Asqueroso!, fue lo único que pensé antes de regresar a casa.
De camino, sentí un peso familiar en mi mochila. Era el paraguas, aquel que llevaba a todas partes, aunque no hubiera ni una nube a la vista. Lo había guardado como un tesoro durante años, un recordatorio tangible de un momento de bondad.
Mi mente viajó a un día lluvioso, hace mucho tiempo, cuando una mano desconocida me había ofrecido pan y esperanza bajo aquel árbol. Recordaba los ojos azules de aquel chico, la ternura que emanaba de él, una cualidad tan rara en mi mundo. No sabía quién era, ni de dónde venía, pero la deuda que sentía era tan real como el latido de mi propio corazón.
Ya en casa, en cuanto abrí la puerta, el dulce aroma a pan recién horneado de mi madre me envolvió, aunque estuviera hecho con grano de teselas.
Prim corrió a mi encuentro, sus ojos brillando con una expectación que me calentó el corazón.
Me abrazó con fuerza, y antes de que pudiera soltar mi mochila, me preguntó con una voz llena de entusiasmo: —"¿Cómo te fue en el bosque hoy, Katniss? ¿Trajiste algo?"—
Le respondí con una sonrisa enigmática: —"¡Descúbrelo tú misma!"— y dejé caer mi mochila de caza con un golpe sordo sobre la mesa.
El sonido de los conejos dentro resonó, y los ojos de Prim se iluminaron aún más cuando la abrió y notó los dos conejos. Un grito de alegría escapó de sus labios.
—"¡Siii, carne de conejo!"— exclamó, saltando de emoción. Siempre le había gustado más que la de ardilla, y ver su felicidad era mi mayor recompensa.
La cabeza de mi madre se asomó desde la puerta de la cocina y dijo: —"¿Buen botín hoy, hija?"—.
Y Prim se me adelantó: —"¡Sí! Hoy trajo dos conejos y una ardilla... y"— hizo una pausa mientras sacaba el paraguas con cuidado y lo ponía en la mesa tranquilamente —"¡Manzanas!"— Su pequeño grito solo me hizo sonreir.
—"Pensé en adentrarme más en el bosque y traerte más valeriana, pero se nos hizo tarde y, con la Cosecha de mañana, preferimos no arriesgarnos"— le expliqué a mi madre, mientras tomaba el paraguas de la mesa.
—"No te preocupes, está bien. Ahora, ¡a lavarse las manos que es hora de cenar!"— Asentimos ambas, y mientras Prim corría al baño (no sé cómo siempre tiene energía), yo fui a mi recámara.
Sostuve el paraguas con fuerza mientras lo dejaba sobre mi cama, esperando que el día de mañana todo saliera bien. Salí y le di un último vistazo antes de cerrar la puerta.
Al caer la noche, el Distrito 12 se sumió en un silencio tenso, un presagio de lo que vendría. Las luces se apagaron temprano, y la gente se retiró a sus hogares, esperando el amanecer con una mezcla de resignación y terror.
Abracé el paraguas, sintiendo el frío metal contra mi mejilla, deseando que su tacto me diera la fuerza para lo que se avecinaba porque no podía quitarme el sentimiento de que algo pasaría. Una inquietud, una punzada fría que me decía que esta Cosecha no sería como las demás, que algo fundamental estaba a punto de cambiar.
Mañana sería el día. Mañana, las papeletas se agitarían en la urna, y la vida de alguien cambiaría para siempre. Solo esperaba con toda mi alma que no fuera la de Prim.
(POV Peeta - Distrito 2)
El primer rayo de luz no se coló por ninguna rendija, sino que la fría bombilla del techo parpadeó, arrancándome del abismo de mi sueño. No había amanecer que pintar, solo el gris monótono de mi celda.
Me estiré, sintiendo cada músculo adolorido, cada cicatriz en mi piel. El colchón más duro que podían darme, y eso que si fuera por ellos dormiría en el suelo. Pero la realidad era que solo era una burla a la comodidad que algunos "afortunados" podían permitirse.
Y el aire... directamente de alcantarillas, un maldito asco. Pero, hey, al menos las paredes no tenían moho escurriendo. Y así, mi rutina comenzaba de nuevo.
Me levanté con la eficiencia de una máquina. Mis movimientos eran precisos, lo que los niños llamarían "quirúrgicos", pero carentes de cualquier emoción. No había nadie a quien no despertar; el silencio era mi único compañero.
Los ecos distantes de otros reclusos o el chirrido de las puertas de acero eran la única banda sonora. No había desayuno preparado por una madre amorosa, solo una ración insípida que me esperaba en la bandeja de metal. Y sí, siempre existía la posibilidad de que no hubiera bandeja.
Pero el golpe brutal en la puerta, seguido de un —"¡Mellark, tu porquería está aquí, que la disfrutes!"— gritó Francis, y la bandeja metálica se estrelló contra el suelo con un estruendo.
—"Ay, Francis, como siempre, un amor"— murmuré, agachándome para recoger la bandeja del suelo.
—"Oye, ¿no se supone que por ser estas fechas habría un pastelito o algo?"— me burlé de él.
—"Claro que sí, primor"— respondió él, con una risa seca. Su voz se volvió tosca de repente, el tono cambiando a una amenaza velada.
—"¿Algo más que quiera el Presidente Snow esta mañana, tal vez una tanda de buenos puñetazos? Traga y cállate, basura."— Fue lo último que escuché antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo.
Mañana sería el día de la Cosecha, otra forma de hostigar a los más débiles. Y lo más chistoso era que, a pesar de estar en este agujero, seguía siendo elegible para ella.
Nunca había pasado que un reo menor de edad fuera a los Juegos. Pero claro, era el Distrito 2, lo cual hacía que, en vez de no querer ir, los niños con "liposucción de cerebro" se ofrecieran como tributo, tontamente, por la "gloria" y el "honor" de salir victoriosos.
Era una ironía cruel, una locura que solo el Capitolio podía engendrar. Como dijo otro loco, y tenía razón: Vivíamos en una sociedad que se iba a la ... donde la vida no valía nada si no servía a sus propósitos.
Me puse a comer, si es que a eso se le podía llamar comida. Primero, el olor era peor que el de mi excusado, una mezcla nauseabunda que me revolvía el estómago. Segundo, juraría que esa masa gelatinosa se movió sola en la bandeja. Y tercero, la maldita ironía, sabía delicioso.
Era curioso, ¿no? Que algo tan repulsivo a la vista y al olfato pudiera ser un manjar para un prisionero. Supongo que el Presidente Snow se aseguraba de alimentar bien a la "parte más dañina del sistema", o quizás era yo quien llevaba tanto tiempo sin probar algo real que aquello era el caviar de la prisión a mis ojos.
Cuando terminé, me levanté para comenzar mi entrenamiento matutino, como todas las mañanas.
Mi rutina de ejercicios matutina era una danza cruel de repetición y esfuerzo. Comenzaba con cien flexiones, mis nudillos raspando el suelo frío, sintiendo el ardor en cada músculo mientras mi cuerpo subía y bajaba con una precisión casi mecánica.
Luego, cien sentadillas, las piernas quemando, pero sin permitirme flaquear. El siguiente tormento eran los burpees, una explosión de movimiento que me dejaba sin aliento, pero cada repetición era una victoria silenciosa contra el agotamiento. Después, cien planchas, manteniendo mi cuerpo rígido, desafiando la gravedad y el dolor.
No había música, solo el ritmo de mi propia respiración forzada y el eco de mis movimientos en la celda. A veces, si el guardia de turno no estaba de humor para molestar, me permitía correr en el sitio o hacer saltos de tijera, hasta que mis pulmones gritaban.
No era un entrenamiento para la salud, sino para la supervivencia, para convertir cada fibra de mi ser en un arma. Era mi penitencia y mi propósito. Qué poético soy, ¿no? pensé con una sonrisa amarga.
Cuando terminé, siendo más o menos las ocho de la mañana, la puerta volvió a sonar con un golpe seco.
—"¡Ya sabes qué hacer, Mellark!"— gritó Francis. Sí, sí, ya sé, pensé, mientras me daba la vuelta y subía mis brazos a la cabeza, arrodillándome. La puerta se abrió con un chirrido metálico.
—"A veces no entiendo por qué pierden el tiempo contigo,"— comentó Francis mientras me esposaban —"Si por mí fuera, te dejaría en un agujero peor que este"—.
—"¿A poco hay uno peor que este? Tendré que ver cómo hacer para que me manden para allá"— le comenté, una mezcla de broma y amenaza en mi voz. Esto hizo que me doblara el brazo más de la cuenta, aunque ni me inmuté.
—"¡Escucha, estúpido, más te vale que..."— Francis fue interrumpido por una voz firme y fuerte.
—"Con eso es suficiente, Francis. Yo lo tomo a partir de aquí"— dijo Vander con calma mientras me levantaba.
—"Claro, señor"— dijo Francis apagada mente, lanzándome una última mirada venenosa antes de retirarse.
—"¡Te veo más tarde, Francis!"— le grité, o más bien, siseé, mientras el comandante Vander me arrastraba con fuerza en dirección contraria a la que Francis se alejaba.
Vander caminaba tranquilamente, con esa calma que solo los poderosos pueden permitirse.
—"Como mañana no hay entrenamiento por los gloriosos Juegos, donde sin duda nuestro gran distrito volverá a ganar, seré un poco más blando contigo, basura"— me comentó ya en la zona de entrenamiento.
—"Ah, o sea que sí tienes corazoncito, mi comandante"— solté, con una sonrisa cínica, justo cuando él me soltó las manos. El metal de las esposas tintineó al caer.
Vander no respondió a mi insolencia. En su lugar, sacó un cigarrillo y lo encendió con un chasquido seco. El humo se elevó en el aire frío.
—"No hay nada más patriota que nuestros Juegos, Mellark. Nunca se te olvide si quieres ser un gran pacificador, porque incluso una basura como tú puede servir de algo. Así que muévete y comienza"— gritó, la voz resonando con una autoridad inquebrantable.
Mis días, o lo que quedaba de ellos después de Francis, eran una tortura sin fin. Cada golpe brutal, cada orden de Vander, mi "instructor", era un martillo clavándose en mi cabeza: no sientas, sé una mera herramienta.
La lucha cuerpo a cuerpo... Puñetazos, patadas, derribos, sumisiones. Daba igual si el que tenía enfrente era otro desgraciado recluta o el mismísimo Vander; la meta no era vencer, era anular. Borrar al otro. Aprendí a desarmar a un tipo con las manos desnudas, a buscar los puntos débiles.
Mi propio cuerpo, mi propia prisión. Las armas blancas... una extensión de mi voluntad. Cuchillos, machetes, lanzas. Las practicaba con una precisión de cirujano, sintiendo el filo, el peso, el maldito balance en mi mano.
Eran casi una parte de mí. Pero las armas de fuego... esa era mi especialidad. Desmontarlas y volver a montarlas con los ojos cerrados, el clic de cada pieza un sonido tan familiar como el de mi propio corazón latiendo.
Disparar a blancos móviles, bajo estrés simulado, hasta que cada bala encontraba su exacto objetivo. Sin fallos. Me convertí en una máquina de matar, y mi mente, un simple archivo de tácticas y estrategias para anular cualquier amenaza que se me pusiera delante. Vander era frío, calculador, un tipo despiadado que me veía como una extensión de su voluntad, un proyecto de ingeniería humana.
No había afecto, claro que no. Solo respeto profesional por mi capacidad de soportar y, más importante, por mi eficacia. Me había convertido en lo que ellos querían, una herramienta perfecta, vacía de emoción, llena de letalidad. Un simple muñeco de carne y hueso.
Y es que, si lo pensaba bien, lo más retorcido de toda mi situación era esto: cuando me dijeron por primera vez que me entrenarían para ser un pacificador, casi me eché a reír. ¿Un reo como yo? ¿Tomado en cuenta para algo así? Pensé que estaban completamente chiflados.
Pero entonces, la cruda realidad me golpeó como un balde de agua fría: claro, el Capitolio jamás desperdiciaría la oportunidad de aprovechar cualquier 'carne de cañón' que tuviera a mano. Así que, aunque los Distritos ni se lo imaginaran, muchos pacificadores —sí, esos tipos que no se tentaban el corazón para volarle la cabeza a cualquiera que dijera algo en contra del Presidente Paleta o su gobierno— eran, en realidad, exreos.
De toda clase: desde los más peligrosos hasta los de mínima seguridad. El comandante Vander solía decir, con ese tono de orgullo que solo los ciegos pueden tener, que éramos la prueba viviente de que el Capitolio podía tomar la 'porquería de esta sociedad' y hacerla útil. Claro que sí, campeón, pensaba yo con una sonrisa amarga, útil para sus fines, para mantener a la gente bajo el pulgar y ser sus perros de ataque.
—"Bien, muchacho, por hoy hemos terminado"— comentó Vander, escupiendo a un lado con desdén. Su mirada, fría como el acero, se posó en mí un instante.
—"Ahora vete a la cocina y sigue con tus actividades extra"— dijo, haciendo un gesto con la mano, como si me estuviera apartando una mosca.
—"Entendido, comandante"— respondí, mi voz monótona, desprovista de cualquier burla.
No era el momento para insolencias; un "reajuste de disciplina", como él lo llamaba, era lo último que necesitaba mi cuerpo. Ya había sentido el peso de sus puños y la frialdad de su acero demasiadas veces. Me di la vuelta, mis músculos quejándose con cada paso, y comencé el largo y monótono camino hacia el comedor, un pasillo interminable de celdas y silencio.
Cuando no estaba entrenando, o siendo un "perro de ataque" para el Capitolio, horneaba panes para los demás reclusos. Era una de esas "actividades extra" que Vander mencionaba, una forma de mantenerme ocupado y, supongo, de simular una vida normal.
Las manos que podían desarmar a un hombre con un solo movimiento, amasaban la masa con una precisión metódica. Amaba amasar; el hacer pan era una de las pocas cosas, aparte de pintar, que no conllevaba muerte o dolor para mí o para otro ser vivo. Era un bálsamo de calma. Por eso aprovechaba cada día esta "actividad extra", la única que, de verdad, no se sentía como tal.
Aun así, era solo una tarea más, un engranaje en la máquina de la prisión. A veces, mientras mis dedos sentían la elasticidad de la masa, me preguntaba si mi padre, el panadero oficial de la familia, estaría revolviéndose en su tumba. Él, que me había enseñado el oficio con golpes y gritos, ahora yo lo usaba para alimentar a otros condenados. Qué ironía.
Después de la cocina, mi día no terminaba. Volvía a la celda, a ese espacio minúsculo que era mi hogar y mi tumba. Y ahí, en un rincón, estaba mi única "inspiración", si es que a eso se le podía llamar así: una pequeña ventana.
Una rendija alta, apenas un par de centímetros, que me permitía vislumbrar la puesta de sol. Un destello de color en un mundo gris, un recordatorio de que existía algo más allá de estos muros, algo que no era metal, ni desinfectante, ni la desesperación de los reclusos. Era un momento fugaz, un respiro que me daba una pequeña esperanza, o al menos, una distracción de la monotonía asfixiante.
Ese color naranja tranquilo del atardecer... era mi favorito, siempre lo fue. Me recordaba que, al final del día, siempre había una calma, un respiro, antes de que todo se fuera al demonio.
Una tregua visual, supongo, antes de que la oscuridad lo cubriera todo, o antes de que las pesadillas volvieran a reclamarme. Era un pequeño engaño, una promesa de paz que nunca duraba, pero me aferraba a ella. Me preguntaba si alguna vez volvería a ver un atardecer sin rejas, sin la sombra de la prisión. Probablemente no. La luz se iba, y con ella, la última pizca de color de mi día.
Pero la noche no era fácil; siempre traía consigo las pesadillas. Mis padres. Sus rostros, aunque muertos, se retorcían en mi mente, trayendo consigo los ecos de un pasado que se negaba a morir.
Gritos, sombras, el eco de un dolor que se aferraba a mí como una segunda piel. No importaba cuánto intentara apagarlo, cuánto me esforzara por ser esa herramienta vacía de emoción, ellos siempre encontraban la forma de colarse, desatando una rabia animal que a veces me llevaba a romper lo poco que podía en mi celda.
Sus fantasmas me perseguían, recordándome lo que fui y lo que hice. Estaba acostumbrado a ignorar todo, a apagar mis sentimientos, pero ellos siempre encontraban la forma de colarse.
La Cosecha mañana. Otro circo del Capitolio, pensé, una formalidad aburrida para la mayoría de los desgraciados aquí dentro, que ya no tenían nada que perder o que ganar.
Pero para mí, era diferente. Cada día que pasaba, cada golpe brutal de Vander, cada pan que horneaba, me acercaba a los dieciocho, a esa supuesta 'libertad condicional'. Una libertad que, irónicamente, significaba convertirme en uno de ellos: un pacificador, un agente del Capitolio. La idea me revolvía el estómago.
Yo, un perro de ataque con placa, sirviendo a los mismos que me habían encerrado, a los que habían creado este infierno. Odiaba todo lo que representaban, cada uniforme blanco, cada sonrisa falsa de Snow.
Pero no tenía opción, ¿verdad? Era eso o pudrirme aquí, sin más. Al menos, como pacificador, tendría un arma de verdad y una oportunidad de no ser el cordero en el matadero.
Y luego, de la nada, mientras me retorcía en mi cama buscando el sueño, ese recuerdo fugaz volvía a colarse en mi mente. Una niña. Hambrienta. Bajo un árbol. Una bolsa de pan que le di, un paraguas costoso que mi padre me había obligado a llevar.
Sus ojos. Grises como la ceniza, pero con una chispa que no había visto en años. Coletas negras, pequeña. Una ternura que no encajaba en mi mundo, ni en el suyo, supongo.
Era la única cosa que no podía apagar, la única chispa de algo... de algo real, que se negaba a extinguirse dentro de mí.
Y con eso mi mente se calma, el sueño profundo me embarga. Mi último pensamiento se aferra a la lluvia, a ella, y a la chispa indomable en sus ojos grises.