La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
Finalizada
3
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534 páginas, 179.148 palabras, 33 capítulos
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El Día Antes de la Cosecha

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Capítulo 1: El día antes de la cosecha

(POV Katniss - Distrito 12) El primer rayo de sol se coló por la rendija de la ventana, pintando una fina línea dorada sobre las paredes de nuestra pequeña casa en la Veta. Me estiré, el colchón de paja crujiendo bajo mi peso, mis brazos tronando con un suave crujido que parecía el único sonido en la quietud de la mañana. El aire con olor a carbón y a humedad, un aroma que, a pesar de la miseria que nos rodeaba, era el de mi hogar. Me levanté con agilidad, mis movimientos silenciosos para no despertar a Prim. En la cocina, Mamá ya estaba despierta. El suave tintineo de las tazas me llegó mientras preparaba nuestro escaso desayuno. Verla activa, con una chispa de felicidad en los ojos que había creído perdida para siempre tras la muerte de Papá, me animaba a continuar. Día tras día. —"Buenos días, mamá"— murmuré, tomando asiento en la mesa, sintiendo el frío de la madera bajo mis dedos. —"Buenos días, corazón. ¿Lista para el día?"— animó ella suavemente. —"Como siempre"— me burlé un poco, mientras tomaba mi taza humeante y soplaba para enfriar el contenido. —"Creo que hoy llegaré tarde"— comentó, mientras servía una pequeña porción de pan y ardilla de ayer. Sentándose frente a mí. —"Tengo que ir a ver a la señora Fairbanks. No está del todo bien y está en su sexto mes, así que está nerviosa"— agregó tranquilamente. —"Todo saldrá bien"— respondí, intentando mantener un buen ánimo. Unos minutos después, Prim hizo ruido en nuestra recámara antes de unirse a nosotras. Sus ojos azules brillaban con inocencia, su cabello hecho jirones por el sueño y su sonrisa tan grande como el sol de la mañana. Compartimos el pan rancio, un poco de ardilla y el té de hierbas. Al terminar, nos alistamos para ir a la escuela. Ayudé a Prim a hacerse sus dos ya míticas coletas Everdeen, mientras mi madre terminaba de recoger la cocina. Después de despedirnos de nuestra madre con un beso en la mejilla, comenzamos nuestro camino por las pobres calles de la Veta hacia el lado de los comerciantes para llegar a la escuela, que más que beneficiosa era una pérdida de tiempo total, pero obligatoria. Vi a Prim correr a encontrarse con sus amigas en la puerta. —"¡Nos vemos, Katniss!"— gritó Prim, girándose para unirse a sus amigas. La detuve en seco con mi mano en su hombro. —"Esa colita de pato"— le dije, mientras le fajaba la blusa por detrás. La vi alejarse y simplemente negué con la cabeza. No entendía cómo ella podía ser tan así: tranquila, cariñosa en un mundo como este. Pero sin duda, estaba agradecida por ello, ya que su alegría me mantenía con el ánimo para continuar. Me giré y fui hacia la entrada para mayores, pero antes mi mirada se detuvo en el "árbol", otra cosa que me infundía esperanza. La campana que anunciaba el inicio de clases me sacó de mis pensamientos y me hizo apresurarme a entrar. Después de la escuela, donde el único alivio era un breve intercambio de miradas con Madge Undersee, me dirigí al bosque. Allí, el aire era diferente, más puro, y el silencio solo se rompía por el crujido de las hojas bajo mis botas y el llamado de los pájaros. Gale ya me esperaba en nuestro punto de encuentro habitual, su mirada intensa y llena de la misma rebeldía que la mía. —"Catnip"— me saludó Gale, una sonrisa torcida en su rostro que siempre lograba arrancarme una propia. —"A ver qué nos trae el día"— bromeó mientras se levantaba entregándome mi arco de caza. —"Tal vez una manada de perros rabiosos"— le espeté, buscando entre un tronco hueco mis flechas. Mis dedos tantearon el vacío, la frustración creciendo al no encontrarlas. Fruncí el ceño, molesta. Me volteé hacia Gale, justo a tiempo para toparme con mis flechas, que él sostenía ante mi rostro con una sonrisa de autosuficiencia. —"¿Buscas algo, gruñona?"— se burló. —"Sí, alguien con cerebro, ¿pero dónde lo encuentro?"— bufé, arrebatándole la bolsa de la mano. Su risa resonó a mis espaldas mientras comenzaba a caminar por el sendero, con él siguiéndome, aún riéndose. Cazamos en un silencio cómodo. En el bosque, éramos libres, al menos por unas horas, lejos de las miradas del Capitolio, lejos de las minas, lejos de los juegos. La cosecha es mañana, flotaba en el aire como una sombra persistente, una preocupación de la que no hablábamos. Sentía el nudo en el estómago al pensar en los nombres que saldrían. En su mayoría de la Veta… Yo tenía veinticinco entradas, una por cada año desde los 12, y otras por las teselas que tomaba para mantener a mi familia. Gale, en su último año, tenía aún más que yo: treinta y cinco. Era una burla cruel del Capitolio, obligarnos a vender nuestras vidas por un puñado de grano. Un miedo frío se intensificó al recordar que era el primer año de Prim y Rory en la cosecha. Un crujido cercano me arrancó de mi burbuja mental. Instintivamente, alcé mi arco, la flecha ya encajada en la cuerda. Un pequeño conejo saltó de entre los arbustos. Apunté, el aliento contenido, y solté. ¡Thwack! —"¡Buen tiro, Catnip!"— exclamó Gale, ya corriendo hacia él. Lo recogió con una sonrisa. Era el tercero. Sin duda, la suerte nos sonreía hoy. Mientras regresábamos, con las bolsas más llenas de lo habitual, me despedí de Gale. —"Ponte algo bonito mañana"— dijo, antes de comenzar su camino a casa, solo sonreí y negué con la cabeza. —"¡Y tú, al menos, báñate!"— le regresé, haciendo que varios niños que pasaban se rieran de él. —"¡Todavía no es el tercer día!"— se giró y gritó de vuelta, ya lejos: mientras sacaba la lengua en forma de burla. ¡Asqueroso! De camino, sentí un peso familiar en mi mochila. Era el paraguas, aquel que llevaba a todas partes, aunque no hubiera ni una nube a la vista. Lo había guardado como un tesoro durante años, un recordatorio de que la bondad existe. Mi mente viajó a un día lluvioso, hace mucho tiempo, cuando una mano desconocida me había ofrecido pan y esperanza bajo aquel árbol. Recordaba los ojos azules de aquel chico, la ternura que emanaba de él, una cualidad tan rara hoy en día. No sabía quién era, ni de dónde venía, pero la deuda que sentía era tan real como el latido de mi propio corazón. Ya en casa, en cuanto abrí la puerta, el dulce aroma a pan recién horneado me envolvió, aunque estuviera hecho con grano de teselas. Prim corrió a mi encuentro y me abrazó con fuerza antes de que pudiera soltar mi mochila. —"¿Cómo te fue en el bosque hoy, Katniss? ¿Trajiste algo?"— me preguntó con una voz llena de entusiasmo. —"¡Descúbrelo tú misma!"— le respondí con una sonrisa y dejé caer mi mochila de caza con un golpe sordo sobre la mesa. El sonido de los conejos dentro resonó, y los ojos de Prim se iluminaron aún más cuando la abrió y notó los dos conejos. Un grito de alegría escapó de sus labios. —"¡Siii, carne de conejo!"— exclamó, saltando de emoción. La cabeza de Mamá se asomó desde la puerta de la cocina. —"¿Buen botín hoy, hija?"— preguntó. —"¡Sí! Hoy trajo dos conejos y una ardilla... y"— Prim se me adelantó a responderle, dejando el paraguas en la mesa. —"¡Manzanas!"— su pequeño grito solo me hizo sonreír. —"Pensé en adentrarme más en el bosque y traer más valeriana, pero se nos hizo tarde y, con la cosecha de mañana, preferimos no arriesgarnos"— le expliqué, mientras tomaba el paraguas de la mesa. —"No te preocupes, está bien. Ahora, ¡a lavarse las manos que es hora de cenar!"— asentimos ambas, y mientras Prim corría al baño —no sé cómo siempre tiene energía— yo fui a mi recámara. Sostuve el paraguas con fuerza mientras lo dejaba sobre mi cama, esperando que el día de mañana todo saliera bien. Salí y le di un último vistazo antes de cerrar la puerta. Al caer la noche, el distrito se sumió en un silencio tenso. Abracé el paraguas, sintiendo el frío metal contra mi mejilla. Todo estará bien. Una inquietud, una punzada fría que me decía que esta cosecha no sería como las demás, que algo… algo sería diferente. Solo es mi imaginación. Mañana sería el día. Mañana, las papeletas se agitarían en la urna, y la vida de alguien acabaría. Prim… (POV Peeta - Distrito 2) El primer rayo de luz no se coló por ningún lado, sino de la fría bombilla del techo parpadeando. No había amanecer solo el gris monótono de mi celda. Me estiré, sintiendo cada músculo adolorido, cada cicatriz en mi piel. El colchón de cemento con una simple cobija vieja. Mi dulce cama. ¡Crack! Giré la cabeza antes de ponerme de pie respirando profundamente el aire... directamente de alcantarilla. Mi favorito. Pero al menos las paredes no tenían moho escurriendo. Aún… Y así, mi rutina comenzaba de nuevo. Me levanté terminando con los estiramientos. Los ecos distantes de otros reclusos o el chirrido de las puertas de acero eran lo único que rompía la calma. ¡Pack! —"¡Mellark, tu porquería está aquí, que la disfrutes!"— vociferó Francis, y la bandeja metálica se estrelló contra el suelo derramando parte de la misma. —"Ay, Francis, como siempre, un amor"— murmuré, agachándome para recoger la bandeja del suelo. —"Oye, ¿no se supone que por ser estas fechas habría un pastelito o algo?"— me burlé de él. —"Claro que sí, primor"— respondió él, con una risa seca. —"¿Algo más que quiera el Presidente Snow esta mañana, tal vez una tanda de buenos putazos? Traga y cállate, basura"— su voz se volvió tosca de repente. Fue lo último que escuché antes de que sus pasos se alejaran por el pasillo. Mañana sería el día de la cosecha, otra forma de hostigar a los más débiles. Y lo más chistoso era que, a pesar de todo, seguía siendo elegible para ella. Menuda estupidez. Nunca había pasado que un reo menor de edad fuera a los Juegos. Pero claro, era el Distrito 2, lo cual hacía que, en vez de no querer ir, los niños con liposucción de cerebro se ofrecieran como tributo, tontamente, por la gloria y el honor de salir victoriosos. Solo para terminar como esclavos. Era una ironía cruel, una locura que solo el Capitolio podía engendrar. Me puse a comer, si es que a eso se le podía llamar comida. Primero, el olor era peor que el de mi excusado, una mezcla nauseabunda que me revolvía el estómago. Segundo, juraría que esa masa gelatinosa se movió sola en la bandeja. Tercero, la maldita ironía, sabía delicioso. Soy un enfermo. Que algo tan repulsivo a la vista y al olfato pudiera ser un manjar para un prisionero. Supongo que el Presidente Snow se aseguraba de alimentar bien a su futura carne de cañón. O saborizante artificial. Cuando terminé, me levanté para comenzar mi entrenamiento matutino, como todas las mañanas. Comenzaba con cien flexiones, mis nudillos raspando el suelo frío, sintiendo el ardor en cada músculo mientras mi cuerpo subía y bajaba. Luego, cien sentadillas, las piernas quemando, pero sin permitirme flaquear. El siguiente tormento eran los burpees, endureciendo mi estómago. Entre más duro menos dolor. Después, la plancha, manteniendo mi cuerpo rígido, desafiando la gravedad y el dolor. A veces, si el guardia de turno no estaba de humor para molestar, me permitía correr en el sitio o hacer saltos de tijera. No era un entrenamiento para la salud, sino para la supervivencia, para convertir cada fibra de mi ser en un arma. Era mi penitencia y mi propósito. Qué poético ¿No? Demasiado tiempo solo. Cuando terminé, siendo más o menos las ocho de la mañana, la puerta volvió a sonar con un golpe seco. —"¡Ya sabes qué hacer, Mellark!"— gritó Francis. Sí, sí. Me di la vuelta y subí mis brazos a la cabeza, arrodillándome. La puerta se abrió con un chirrido metálico. —"A veces no entiendo por qué pierden el tiempo contigo,"— comentó Francis mientras abría las esposas. —"Si por mí fuera, te dejaría en un agujero peor que este"— agregó terminado de esposarme. —"¿A poco hay uno peor que este? Tendré que ver cómo hacer para que me manden para allá"— le comenté, una mezcla de broma y amenaza en mi voz. Esto hizo que me doblara el brazo más de la cuenta, aunque ni me inmuté. —"¡Escucha, estúpido, más te vale que—!" —"Con eso es suficiente, Francis. Yo lo tomo a partir de aquí"— dijo Vander con calma mientras me levantaba interrumpiéndolo. —"Claro, señor"— dijo Francis apagadamente, lanzándome una última mirada venenosa antes de retirarse. —"¡Te veo más tarde, Francis!"— me despedí, mientras el comandante Vander me arrastraba con fuerza en dirección contraria a la de él. —"Como mañana no hay entrenamiento por los gloriosos Juegos, donde sin duda nuestro gran distrito volverá a ganar, seré un poco más blando contigo, basura"— exclamó ya en la zona de entrenamiento. —"Ah, o sea que sí tienes corazoncito, mi comandante"— solté, con una sonrisa cínica, justo cuando él me soltó las manos. El metal de las esposas tintineó al caer. Vander no respondió a mi insolencia. En su lugar, sacó un puro y lo encendió con un chasquido seco. El humo se elevó en el aire frío. —"No hay nada más patriota que nuestros Juegos, Mellark. Nunca se te olvide si quieres ser un gran agente, porque incluso una basura como tú puede servir de algo. Así que muévete y comienza"— demandó, la voz resonando con una autoridad inquebrantable. Mis días, o lo que quedaba de ellos después de Francis, eran una tortura sin fin. Cada golpe brutal, cada orden de Vander, mi instructor, era un tornillo enroscándose en mi cabeza. ~No sientas, eres una herramienta~ La lucha cuerpo a cuerpo... puñetazos, patadas, derribos, sumisiones. Daba igual si el que tenía enfrente era otro desgraciado recluta o el mismísimo Vander; la meta no era vencer, era anular. Borrar al otro. Aprendí a desarmar a un tipo con las manos desnudas, a buscar los puntos débiles. Cuchillos, machetes, lanzas. Sintiendo el filo, el peso, el maldito balance en mi mano. Eran casi una parte de mí. Pero las armas de fuego... esa era mi especialidad. Desmontarlas y volver a montarlas con los ojos cerrados, el clic de cada pieza un sonido tan familiar como el de mi propio corazón latiendo. Disparar a blancos móviles, bajo estrés simulado, hasta que cada bala encontraba su objetivo exacto. Me convertí en una máquina de matar, y mi mente, un simple archivo de tácticas y estrategias para anular cualquier amenaza que se me pusiera delante. Vander era frío, calculador, un tipo despiadado que me veía como una extensión de su voluntad. Me habían convertido en lo que ellos querían, una herramienta perfecta, vacía de emoción, llena de letalidad. Carne de cañón. Aunque los Distritos ni se lo imaginaran, muchos Agentes de la Paz —sí, esos tipos que no se tentaban el corazón para volarle la cabeza a cualquiera que dijera algo en contra del Presidente Paleta o su gobierno— eran, en realidad, exreos. Irónico, más no estúpido… De toda clase: desde los más peligrosos hasta los de mínima seguridad. El comandante Vander solía decir, con ese tono de orgullo que solo los ciegos pueden tener, que éramos la prueba viviente de que el Capitolio podía tomar la porquería de esta sociedad y hacerla útil. Claro que sí, campeón. Sonreí amargamente, útil para sus fines, para mantener a la gente bajo el pulgar y ser sus perros de ataque. —"Bien, chico de oro, por hoy hemos terminado"— comentó Vander, escupiendo a un lado con desdén. Su mirada, fría como el acero, se posó en mí un instante. —"Ahora vete a la cocina y sigue con tus actividades extra"— dijo, haciendo un gesto con la mano, como si me estuviera apartando una mosca. —"Entendido, comandante"— respondí monótonamente, desprovisto de cualquier burla. No era el momento para insolencias; un reajuste de disciplina, como él lo llamaba, era lo último que necesitaba mi cuerpo. Ya había sentido el peso de sus puños demasiadas veces. Me di la vuelta, mis músculos quejándose con cada paso, y comencé el largo camino hacia el comedor, un pasillo interminable de celdas y silencio. Cuando no estaba entrenando para el Capitolio, horneaba panes para los demás reclusos. Era una de esas actividades extra que Vander mencionaba, una forma de mantenerme ocupado y útil. Las manos que podían desarmar a un hombre con un solo movimiento, amasaban metódicamente. El hacer pan era una de las pocas cosas, aparte de pintar, que no conllevaba muerte o dolor para mí o para otro ser vivo. Por eso aprovechaba cada día esta actividad extra, la única que, de verdad, no se sentía como tal. Aun así, era solo una tarea más, un engranaje en la máquina de la prisión. Mientras mis dedos sentían la elasticidad de la masa, me preguntaba si mi padre, estaría revolviéndose en su tumba. Espero que sí, infeliz de mierda. Golpeé la masa con fuerza. Parando un segundo, cerrando los ojos. Qué irónico. Después de la cocina, mi día no terminaba. Volví a la celda, a ese espacio minúsculo que era mi hogar. Y ahí, en un rincón, estaba mi única inspiración, si es que a eso se le podía llamar así: una pequeña ventana. Una rendija alta, apenas un par de centímetros, que me permitía vislumbrar la puesta de sol. Un destello de color en un mundo gris, un recordatorio de que existía algo más allá de estos muros, algo que no era metal, ni desinfectante, ni la desesperación de los reclusos. Ese color naranja tranquilo del atardecer... era mi favorito, siempre lo fue. Me recordaba que, al final del día, siempre había una calma, un respiro. Antes de la oscuridad nuevamente. Era un pequeño engaño, una promesa de paz que nunca duraba, pero me aferraba a ella. Me preguntaba si alguna vez volvería a ver un atardecer sin rejas, sin la sombra de la prisión. No. La luz se iba, y con ella, la última pizca de color de mi día. Pero la noche no era fácil; siempre traía consigo pesadillas que ignoraba. Estaba acostumbrado a ignorar todo, a apagar mis sentimientos, pero ellos siempre encontraban la forma de colarse. Padre, madre… Cada día que pasaba, cada golpe brutal de Vander, cada pan que horneaba, me acercaba a los diecinueve, a esa supuesta libertad condicional. Un año más. Una libertad que, irónicamente, significaba convertirse en uno de ellos: un agente para el Capitolio. La idea me revolvió el estómago. Yo, un perro con placa, sirviendo a los mismos que me habían encerrado, a los que habían creado este infierno. Odiaba todo lo que representaban, cada uniforme blanco, cada sonrisa falsa de Snow. ¿Pero tenía opción? Era eso o pudrirme aquí, sin más. Mientras me retorcía en mi cama buscando el sueño, ese recuerdo fugaz volvía a colarse en mi mente. Gris. Una niña. Hambrienta. Bajo un árbol. Una bolsa de pan que le di, un paraguas costoso que mi madre me había obligado a llevar. Esos ojos con una chispa que no había visto en años. Coletas negras, pequeñas. Una ternura que no encajaba en mi mundo. Ni en el suyo. Era la única cosa que no podía apagar, la única chispa de algo... de algo real, que se negaba a extinguirse dentro de mí. Un motivo, un significado, un destino. Y con eso mi mente se calmó, el sueño me llevó. Mi último pensamiento se aferra a la lluvia, a ella, y a la chispa indomable en sus ojos grises.
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