ID de la obra: 683

La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
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3
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planificada Maxi, escritos 524 páginas, 192.901 palabras, 29 capítulos
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La Cosecha y el Intercambio

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Capítulo 2: La Cosecha y el Intercambio (POV Katniss - Distrito 12) El amanecer de la cosecha no era como cualquier otro. No había rayos dorados colándose por la ventana, solo una luz gris y opresiva que se filtraba, pesada y silenciosa. Para mí, era impresionante cómo un evento podía cambiar la perspectiva de un día normal. Me desperté antes de que el sol se atreviera a asomarse por completo y guardé el paraguas que fue mi ancla durante la noche, para al menos poder descansar un poco. Después, caminé hacia el baño con el nudo en el estómago ya apretado, una sensación familiar en este día. Prim seguía dormida en la habitación; anoche salió de su cama para entrar en la mía, buscando consuelo también. Un pequeño bulto inocente, y la simple visión de su rostro angelical me recordaba el porqué de cada uno de mis miedos. Me desvestí con el sigilo de una sombra, mis movimientos automáticos. Después, entré en la ducha de agua helada, dejando que el frío me golpeara, terminando de ahuyentar el último rastro de sueño y de cualquier esperanza que pudiera haber albergado. En la cocina, mi madre ya estaba despierta, aunque su rostro reflejaba la misma tensión que sentía yo. El silencio era espeso, roto solo por el suave crepitar del fuego en la estufa y el tintineo de las tazas al preparar el té de hierbas que, esperaba, calmara un poco los nervios. —"Buenos días, mamá"— murmuré, mi voz apenas un susurro, mientras secaba mi cabello con una toalla áspera. El frío del agua aún se aferraba a mi piel, pero mi mente ya estaba en el día que comenzaba. Ella asintió, su mirada fija en la humeante taza. —"Buenos días, cariño. ¿Quieres ayudar a Prim con el vestido?"— sugirió con un toque de dolor en su voz que no pasó desapercibido para mí. Era un dolor que conocía bien, uno que nos unía en el silencio de ese día. Asentí, agradecida por la distracción. Entré a nuestra recámara. Prim se removió en la cama, sus ojos azules abriéndose lentamente. —"¿Ya es la cosecha?"— preguntó, con su voz pequeña y temblorosa. —"Sí, pequeña. Pero todo estará bien"— le aseguré, aunque la mentira me quemaba en la garganta. La ayudé a ponerse su mejor vestido, el que mi madre había guardado con tanto esmero: un sencillo, pero limpio, de algodón azul pálido. Cepillé su cabello rubio, trenzandolo en sus dos coletas características, intentando que cada mechón rebelde se quedara en su sitio, como si con eso pudiera controlar el destino. Sus manos temblaban un poco mientras se abrochaba los zapatos. Le di un abrazo apretado, sintiendo su pequeño cuerpo contra el mío, y le susurré: —"No te preocupes. Estoy aquí. Siempre estaré aquí"— era una promesa que me hacía a mí misma tanto como a ella. Prim, con su habitual inocencia, se levantó directo al desayuno, ajena a la tormenta que se gestaba en mi interior. Mientras tanto, mi madre se acercó a mí, sus manos suaves pero firmes. Comenzó a peinar mi cabello, trenzandolo en la trenza francesa que siempre usaba, una rutina que en otro día habría sido reconfortante, pero hoy se sentía como un preparativo para un sacrificio. Sus dedos se movían con una precisión metódica, intentando que cada mechón quedará perfecto, como si la pulcritud de mi apariencia pudiera de alguna manera influir en el destino. Sentía su aliento cálido en mi cuello, el ligero temblor de sus manos, y sabía que, a pesar de su calma exterior, ella también estaba librando su propia batalla. Me ayudaba a arreglarme para estar lo más presentable posible, un último intento de dignidad antes de enfrentar el circo del Capitolio. Su voz, tranquila, pero teñida de una profunda rotura, me susurró: —"Sabes que si pudiera, lo daría todo para que las cosas fueran diferentes"— sus manos temblaron levemente mientras sacaba de un viejo baúl el vestido más hermoso y lujoso de sus días de comerciante, de antes de papá. Era un trozo de su pasado, un retazo de una vida que ya no existía. Sin decir una palabra más, lo dejó con delicadeza sobre mi cama, un silencioso rito de sacrificio, y salió de la habitación, sus pasos suaves, para ver cómo iba Prim en la cocina. Me quedé mirándolo, el tejido suave bajo mis dedos, sintiendo el peso de su gesto, una mezcla de amor y una carga aún mayor. Desayunamos en silencio, la comida insípida en la boca, cada bocado un esfuerzo. Mi madre intentaba mantener una fachada de normalidad, pero sus ojos, cada vez que miraban a Prim, revelaban la angustia. Yo solo quería que el tiempo se detuviera, que este día nunca llegará. Pero mi mente seguía diciéndome que algo no estaba bien, tal como la noche anterior. La inquietud se apoderó de mí con tanta fuerza que, de la nada, me levanté de golpe y corrí al baño a vomitar. El desayuno, o lo poco que había comido, salió con un ardor amargo. Mi madre y Prim corrieron detrás de mí, sus voces llenas de preocupación, preguntando qué pasaba. —"Es normal, Prim, solo le cayó mal la comida"— comentó mi madre de manera tranquila, pero con una falsedad que solo yo podía detectar, intentando que Prim no se preocupara más allá de lo normal. Pero yo, en mi mente, me maldecía por mi debilidad. Mientras me levantaba y me enjuagaba la boca en el lavadero, logré decir: —"Estoy bien, patito, solo no me cayó bien el desayuno, como dice mamá..."— Pero Prim me interrumpió con un abrazo, y sus palabras me desarmaron: —"Es normal tener miedo, Katniss, eso nos hace humanos"— Mis ojos, rojos por contener las lágrimas, sólo observaron los de mi madre, que se tapaba la boca, incapaz de ocultar su propia angustia. Entonces hice que Prim me soltara y me agaché a su nivel para que nuestros ojos conectaran. Con todas mis fuerzas, y una convicción que apenas sentía, le dije. —"Que nada malo pasará hoy, que solo será un día más"— Aunque mi corazón me traicionaba con este malestar. Le acaricié la mejilla y le besé la frente, sintiendo el calor de su piel. Mi madre interrumpió con su voz cálida, pero con un matiz de urgencia: —"¡Es hora!"— entonces me levanté, tomando la mano de Prim y la de mi madre. Caminamos hacia la plaza, un mar de rostros sombríos que se unían a nosotros en este paso. Más que una "festividad", como los Capitolinos la llamaban con su cinismo descarado, era una caminata silenciosa hacia el matadero, donde hoy dos niños no regresarían. El miedo, un frío insoportable, se aferraba a mí con la fuerza de un depredador, recordándome que Prim estaba en la lista por primera vez. Las calles de la Veta, normalmente llenas de los ruidos de la mina, estaban ahora extrañamente quietas, con un silencio pesado que solo se rompía por el crujido de nuestros pasos sobre la tierra y el murmullo ahogado de alguna madre consolando a su hijo. Las familias avanzaban en grupos pequeños, los niños con sus ropas más limpias, los rostros pálidos y los ojos fijos en el suelo o en el horizonte, evitando cualquier contacto visual. Nadie quería ver, nadie quería ser visto. Podía sentir la fatalidad en el aire, una capa invisible que se cernía sobre todos nosotros. La gente del Distrito 12 no era de grandes demostraciones de emoción en público, pero la desesperación se sentía en cada fibra del ambiente, en cada hombro encorvado, en cada suspiro contenido. Yo apretaba la mano de Prim con fuerza, sintiendo el temblor en su pequeña palma, un recordatorio constante de por qué estaba aquí. Mi mirada se cruzó con la de Gale por un instante; sus ojos, normalmente llenos de rebeldía, ahora solo reflejaban la misma impotencia que sentía yo. Un asentimiento casi imperceptible entre nosotros, un pacto silencioso de que, si algo pasaba, nos cuidaríamos. Entonces mi mirada se posó en la familia de Gale, y finalmente en Rory. Se veía en él la misma incertidumbre y temor que en Prim, pues también era su primera cosecha. Pero, a diferencia de mi hermana, en sus ojos se notaba el peso de la falta de sueño y una sombra de miedo más arraigada, como si ya comprendiera la cruda realidad que se cernía sobre ellos. Cuando nuestros ojos se encontraron, una sonrisa adornaba mis labios, un consuelo silencioso que prometía que todo estaría bien. Y pareció funcionar, porque él me la devolvió, un pequeño destello de luz en la penumbra de la plaza. Pero antes de poder pasar a nuestros lugares, un estruendo metálico rasgó el aire, y las gigantescas pantallas que dominaban la plaza cobraron vida de golpe. No fue un simple encendido; fue un rugido que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. La imagen del Capitolio, con sus edificios relucientes y sus cielos de un azul irreal, apareció, tan deslumbrante como siempre, tan ajena a nuestra miseria. Luego, la cámara se centró en un atril, y el Presidente Snow, con su sonrisa de serpiente y sus ojos fríos. El sobre que sostenía revelaba las nuevas reglas. Algo que nos ponía los pelos de punta. En el último Vasallaje de los Veinticinco, los tributos fueron el doble. —"Ciudadanos de Panem"— la voz del Presidente Snow, amplificada y distorsionada por los altavoces, resonó en cada rincón de la plaza, helándome la sangre. Era una voz que conocía bien de las transmisiones obligatorias, pero escucharla en vivo, tan cerca, era diferente. Tiene un tono meloso, casi paternal, que lo hacía aún más repugnante. —"Hoy celebramos el 75º aniversario de los Juegos del Hambre, y como bien saben, cada veinticinco años, los Juegos se celebran con un cambio de reglas único, para que las generaciones más jóvenes recuerden el precio de la rebelión. Y para esta ocasión especial, el Capitolio ha considerado darme el honor de transmitir las reglas que sin duda harán que la experiencia sea aún más... memorable"— hizo una pausa, su mirada recorriendo la multitud, saboreando el silencio tenso que había provocado. Sus ojos, como témpanos de hielo, parecían penetrar hasta el alma. Mi corazón latía desbocado en mi pecho, un tambor frenético. ¿Qué podría ser peor que lo que ya habíamos vivido?. Entonces, con una lentitud exasperante, desdobló el pergamino amarillento que sacó del sobre. La plaza entera contuvo el aliento. —"Para el 75º Vasallaje de los Veinticinco, y en conmemoración de la unidad forjada en el dolor de la rebelión, los tributos serán elegidos de una manera... única." —Su sonrisa se amplió, revelando sus dientes. —"Los primeros seis distritos, del Uno al Seis, intercambiarán un tributo con los últimos seis distritos, del Siete al Doce. Esto se llevará a cabo de manera justa, con un sorteo previo a la cosecha normal, para así saber qué distrito queda emparejado con cuál. Hasta que cada distrito haya intercambiado un tributo. Y para que todos estén al tanto, se mostrará en pantalla el sorteo de cada distrito del 1 al 6. Después, la cosecha comenzará, y el distrito emparejado podrá ver en vivo quién es el tributo que será intercambiado"— un murmullo de incredulidad se extendió por la plaza. Mi mente se quedó en blanco por un segundo, intentando procesar lo que acababa de escuchar. ¿Intercambio? ¿Qué significaba eso? ¿Qué Prim podría ir a otro distrito? ¿O que alguien de otro distrito vendría aquí? La confusión era abrumadora, pero rápidamente se transformó en una rabia helada. Esto era una nueva forma de tortura. No solo nos obligaban a matar, sino que ahora nos arrancaban de nuestro hogar para enviarnos a un lugar desconocido, a luchar por gente que ni siquiera era de nuestro Distrito. La crueldad del Capitolio no tenía límites. —"Y para asegurar que esta lección sea bien aprendida"— continuó Snow, su voz cortando el aire como un cuchillo. —"Los tributos intercambiados representarán y, si ganan, pertenecerán al distrito con el que han sido intercambiados. Así, la lealtad y la identidad serán puestas a prueba de una manera sin precedentes. ¡Que comiencen los 75º Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de su lado!"— La plaza estalló en un caos de gritos y lamentos. Mi visión se nubló, y la rabia me consumió por completo. Esto era una pesadilla. Un intercambio. Un tributo de otro distrito para el Distrito 12. Y si ganaba, ¿sería de aquí? La idea era absurda. ¿Y si Prim era elegida y la enviaban a otro distrito? ¿Y si yo fuera elegida y me enviaban a otro lugar? El miedo por Prim, ese miedo que siempre me acompañaba, se multiplicó por mil. Ahora no solo se trataba de sobrevivir, sino de dónde y con quién. El Capitolio había encontrado una nueva forma de rompernos. (POV Peeta - Distrito 2) El amanecer en el Distrito 2 era un golpe seco. Para el mundo, el día de la cosecha representaba miedo, dolor y pérdida, pero para mí, en teoría, era solo un día más. Dentro de los muros de mi celda, donde mi vida transcurría en una rutina inquebrantable. Me despierto con el frío familiar, el colchón duro mordiéndome la espalda, y el aire viciado de las alcantarillas como único aroma. No tenía miedo, solo la indiferencia forjada por años de abuso y entrenamiento. La cosecha era un circo para los "afortunados" de afuera, no para los reos como yo, que ya vivíamos nuestro propio juego de supervivencia diario. El golpe que anunciaba la bandeja voladora de comida resonó, como cada mañana, seguido de un grito desde el pasillo: —"¡Ahora a tragar, perros!"— El estruendo de las bandejas de los demás "inquilinos" al caer al suelo llenaba el ruido de la mañana, un coro metálico que se había convertido en la banda sonora de su existencia. Pero ni me inmute. Era el ritual, la señal de que un nuevo día de mi condena había comenzado. Después de la ración insípida de desayuno, Francis me escoltó, no al campo de entrenamiento, sino al patio principal de la prisión. El pacificador, con su rostro impasible, me empujó ligeramente. —"Muévete, Mellark. No querrás perderte el circo de hoy"—, gruñó, su voz cargada de desdén. Yo apenas lo miré. ¿Circo? Sí, un circo. Si me preguntaran qué representaban los Juegos para mí, diría que eran solo una mera formalidad del Capitolio para recordarles que les pertenecían y que ellos eran amos y dueños de su destino. La suerte, una burla más para desviar la atención. Pero, ¿la última vez que hubo una rebelión funcionó muy bien, verdad? El pensamiento me arrancó una sonrisa amarga. Allí, una gigantesca pantalla, idéntica a las que se veían en las plazas de los Distritos, dominaba el espacio. Algunos pacificadores y unos pocos reos "privilegiados" (los que eran menores de edad como yo y los pocos que podían ser sacados para observar) se agrupaban, sus rostros impasibles. El ambiente no era de tensión, sino de una fría expectación, casi un orgullo marcial por lo que el Distrito 2 representaba en los Juegos. La imagen del Capitolio apareció, tan deslumbrante como siempre, tan ajena a la brutalidad de mi existencia, un recuerdo lejano de mi. Luego, la cámara se centró en un atril, y el Presidente Snow, con su sonrisa de serpiente y sus ojos fríos como los míos. Lo observó con mi habitual cinismo y aburrimiento. El sobre que sostenía ya había sido visto en las transmisiones anteriores, y yo conocía la historia del 50º Vasallaje: donde fueron el doble de tributos. Me preguntó qué nueva crueldad habrían ideado para esta ocasión. La voz del Presidente Snow tronó en el patio, amplificada y distorsionada, pero yo solo escuchaba con una frialdad calculada. El discurso sobre el 75º aniversario y la necesidad de recordar el precio de la rebelión me resultaba familiar, una retórica vacía que había escuchado mil veces. Cuando el Presidente Snow anunció que el Capitolio había "dado el honor" de transmitir las nuevas reglas, No podría importarme menos, apenas parpadeó con aburrimiento. Para mí, era sólo otra capa de la manipulación del sistema que conocía muy bien, y que irónicamente, estaba destinado a servir. La pausa del Presidente Snow, su mirada gélida, no me provocó el mismo terror que a la gente de los Distritos. Yo ya había visto lo peor. Cuando desdobló el pergamino y anunció las reglas del intercambio de tributos entre los primeros seis y los últimos seis distritos. Lo procesé de una manera militar. El Distrito 2 seguramente le tocaría enviar un varón a uno de los distritos inferiores, eso estaba claro, ya que siempre las damas "primero". Un movimiento estratégico, pensé, para desestabilizar aún más a los Distritos rebeldes. Poco importaba a cuál; su destino ya estaba sellado por el Capitolio, solo restaba saber el nombre del destino. La idea de representar a otro distrito, de que su identidad fuera "puesta a prueba", me pareció una tontería más del Capitolio. En el Distrito 2 no se sentía lealtad por nadie, y mucho menos por un Distrito ajeno. Mi única preocupación era la ironía de mi destino: de reo a pacificador. Pero entonces. Si, según mí suposición, el Distrito 2 mandaría un varón a un distrito inferior, y sabiendo que en los Distritos Profesionales los voluntarios solían pelear para postularse, dudaba que un varón se ofreciera como voluntario para ser "condenado" a vivir en un distrito inferior que, ni de broma, lo aceptaría. Por primera vez en no sabía cuántos años, habría un sorteo normal, al menos para el tributo masculino de su propio distrito. (POV Katniss - Distrito 12) El aire en la plaza vibraba con una tensión insoportable. Los murmullos se habían extinguido, reemplazados por el zumbido de las gigantescas pantallas. La imagen del Presidente Snow, con su sonrisa de serpiente y sus ojos fríos, se mantuvo en primer plano. En la segunda pantalla, apareció la escort del Distrito 1, una mujer de cabellera azul brillante y un vestido tan ostentoso que parecía hecho de plumas de pavo real. Su rostro, maquillado hasta la exageración, lucía una enorme sonrisa. Frente a ella, se alzaba una bola de cristal, más pequeña que las de la cosecha habitual, y en su interior, apenas unos pocos papelitos. Su voz chillona llenó los oídos de todos. —"Como es costumbre y de forma debida, primero las damas"— justo cuando introdujo sus manos en busca de un papel y sacando uno, su sonrisa creció mientras. —"¡Distrito 7, sí!"— mientras aplaudía, siendo acompañada por los aplausos rebosantes del Capitolio, al igual que los de Snow. El primer acto de esta macabra farsa. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un tambor frenético que resonaba en mis oídos. No sabía qué esperar de esta nueva crueldad, pero el resultado del primer sorteo ya era un presagio, un golpe directo a la esperanza. Cuando la pantalla se conmutó, revelando a la escort del Distrito 2, una mujer de hombros anchos y sonrisa forzada, el aire se volvió aún más denso. Con una teatralidad calculada, introdujo su mano en la urna, lista para revelar el destino del varón de su distrito. El silencio era absoluto, casi doloroso. Y entonces, con un movimiento brusco, extrajo el papelito. —"¡Y es el Distrito 12!"— Un gemido colectivo ahogó el aire, rompiendo la quietud. A mi alrededor, los jóvenes se desmoronaban, sus rostros pálidos de incredulidad. ¿Un intercambio con una Carrera? ¡Era una burla cruel, simplemente imposible! Mi mirada se clavó en Gale, cuyos ojos reflejaban una duda y una impotencia que nunca había visto. Y luego en Rory, el pobre Rory, que ahora temblaba visiblemente, su pequeña figura encogida por el terror. La bilis amarga subió por mi garganta. Esto era real. Demasiado real. Después de la euforia del Distrito 2, la pantalla siguió su implacable secuencia. La escort del Distrito 3, con su aire de fría eficiencia, anunció el emparejamiento de su distrito de tecnología con el Distrito 8, el de los textiles. Luego, la glamorosa escort del Distrito 4 reveló que su distrito de pesca se unirá al empobrecido Distrito 9, el de los granos. La presentadora del Distrito 5, con una sonrisa forzada, emparejó su distrito de energía con el Distrito 10, el de la ganadería. Y finalmente, la escort del Distrito 6, con un gesto casi robótico, enlazó su distrito de transporte con el Distrito 11, el corazón agrícola de Panem. Cada nombre, cada papel en la pantalla, era un recordatorio de la red de control que el Capitolio tejía sobre nosotros. La tensión crecía con cada revelación, y yo solo podía apretar los puños. Cada vez que un distrito se unía a otro, un escalofrío me recorría la espalda, pensando en las implicaciones. ¿Qué tipo de monstruo nos enviarán? ¿Y a dónde iría uno de los nuestros? La voz de Effie Trinket, la escort de nuestro distrito, resonó en la plaza, demasiado alegre para el sombrío ambiente. —"¿Cómo están todos?"—comentó alegremente y continuó: —"Sin duda para todos es un honor que el Distrito 2 haga este intercambio con nosotros"— mencionó mientras volteaba a ver a su contraparte del Distrito 2 en la pantalla, la cual solo asentía con la cabeza, también con una alegría exagerada. Sus rizos de color caramelo y su vestido de color lavanda, tan ridículamente Capitolianos. Entonces me tensé cuando se acercó a la urna de cristal, esa que contenía los destinos de todos nosotros, y su mano, enguantada y delicada, se sumergió en el mar de papelitos. —"Como ya se dijo, primero las damas"— el silencio se hizo absoluto, tan pesado que casi se podía saborear. Cada aliento contenido, cada corazón latiendo al unísono. Mis ojos estaban fijos en su mano, rogando, suplicando que no fuera el nombre de Prim. Y entonces, lo sacó. Un pequeño trozo de papel, doblado con precisión. Effie lo desdobló con una lentitud exasperante, como si quisiera prolongar nuestro tormento. Mis pulmones se negaron a tomar aire. Mi mente gritaba, suplicaba. Y luego, su voz, clara y cruel, pronunció el nombre. —"¡Primrose Everdeen!"— el mundo se detuvo. Un grito ahogado escapó, un sonido primitivo, desgarrador. Pero no era mi grito, no fue el de mi pobre madre que cayó al suelo al instante, mi mente se nubló por un momento. Mi pequeña Prim. La vi, un pajarito asustado, levantando su cabeza, sus ojos azules llenos de terror. Su nombre. Su nombre. No. No podía ser. Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Un impulso irrefrenable. Empujé a los que estaban a mi lado, abriéndome paso entre la multitud aturdida. Las voces a mi alrededor eran un murmullo distante, un zumbido sin sentido. Solo existía Prim, su nombre, el terror en sus ojos. —"¡Me ofrezco como voluntaria!"— grité tan fuerte como pude. Ella al instante comenzó a gritar: —"¡No, Katniss, no lo hagas!"— mientras sus pequeñas manos se aferraban a mí con una fuerza desesperada. Dolía como nada en el mundo. El peso de su terror, el inicio ineludible de los Juegos, todo se estrelló contra mí. Al instante, mi mirada se endureció, la fiereza que me caracterizaba a ojos de los demás, y comencé a apartar a Prim con suavidad, pero con firmeza. —"Suéltame, Primrose. Ve con mamá ahora"—, dije con voz tranquila y baja, aunque por dentro me desgarraba. —"¡Nooo, por favor, Katniss, yo…!"— Su súplica fue interrumpida por las manos de Gale, que la levantaron rápidamente del suelo sin darle tiempo a objetar. La mirada de Gale se posó sobre mí, intensa, llena de un dolor palpable, pero también de una resolución inquebrantable. —"¡Arriba, Katniss, ve!"— me urgió. En ese instante, comencé mi recorrido hacia el estrado. En mi mente, los recuerdos de mis dieciséis pobres años de vida pasaron como una niebla densa, y todo culminó con la imagen de una bolsa de pan y un paraguas que tanta falta me hacía en aquel entonces, y que ahora, más que nunca, representaban la esperanza que estaba a punto de defender. Llegué al estrado, mis piernas temblaban, pero mi determinación era de acero. Me planté frente a Effie, mis ojos fijos en los suyos, desafiantes. Ella me miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la incomodidad. —"¡Oh, qué momento tan... inesperado! ¡Tenemos una voluntaria! ¡Una voluntaria del Distrito 12! Esto es... ¡sin precedentes! ¡Absolutamente sin precedentes! ¡Un espíritu tan valiente! ¡Qué honor para el distrito! ¿Cómo te llamas, querida?"— preguntó, su voz un poco menos chillante de lo habitual, pero aún con ese tono forzado de alegría. —"Katniss Everdeen"— respondí, mi voz firme a pesar del temblor en mi interior. El shock de la multitud era palpable. Podía sentir sus miradas sobre mí, el peso de su silencio. Había roto una regla no escrita. Había desafiado el destino. Y ahora, mi destino, estaban irrevocablemente entrelazados con los Juegos. Y por primera vez, en tantos años de dolor y sufrimiento, el aplauso comenzó a resonar. Primero un murmullo tímido, un susurro que se extendió como un fuego lento, y luego, un estruendo. Un rugido de aprobación que creció desde las manos de los mineros y las mujeres de la Veta, un sonido que jamás había escuchado en el Distrito 12. Era un aplauso de desafío, de reconocimiento, de una chispa de esperanza que se encendía en la oscuridad. Incluso en la pantalla, pude ver la impresión que esto causó en el Distrito 2, en sus rostros impasibles, en sus ojos que ahora mostraban algo más que fría expectación. Miradas de respeto y honor, sí, pero también algo más profundo, algo que no podía descifrar, una grieta en su fachada de indiferencia. Sabía que este aplauso no era para mí, Katniss Everdeen, sino por el acto, por el sacrificio, por algo mayor, por amor. (POV Peeta - Distrito 2) En el patio de la prisión, la transmisión de la cosecha del Distrito 12 se desarrollaba con una lentitud exasperante. Para mí, con mi habitual indiferencia, observaba la pantalla, mi mente calculando las implicaciones de los emparejamientos. Había visto a la escort del Distrito 12, Effie Trinket, con su ridícula peluca rosa y su sonrisa forzada. Había escuchado su voz chillona anunciando el nombre de una chica. —"¡Primrose Everdeen!"— el nombre resonó en el patio, y sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral. No era el nombre en sí, sino la imagen que apareció en la pantalla: una niña pequeña, con ojos azules llenos de un terror incomprensible. Y no es que me importara la pequeña, no directamente. Mi corazón, o lo que quedaba de él, estaba demasiado endurecido para sentir empatía por una desconocida. Fue más bien el vestido, tan sencillo y pálido, y la forma en que su cabello estaba trenzado en dos coletas finas, que me trajeron un dolor agudo al estómago, un eco de una memoria enterrada. Por un momento, no vi a la niña de la pantalla, sino un árbol, la lluvia cayendo, y otras trenzas, otros ojos. Los ojos de aquella chica. Pero no tuve tiempo para reacomodar mis ideas, para ahogar esa punzada de algo parecido al remordimiento o la tristeza. Porque entonces la vi a ella. Una figura se lanzó hacia adelante, abriéndose paso entre la multitud, un grito ahogado escapando de su garganta. —"¡Me ofrezco como voluntaria!"— y el rostro. El cabello oscuro trenzado, los ojos grises, la mandíbula apretada por la determinación, pero su mirada fue un golpe en el pecho, un impacto físico que me dejó sin aliento. Era ella. La niña del pan. La misma que había visto bajo la lluvia hace años, la que le había robado un fragmento de su corazón endurecido. Mi fachada de indiferencia se hizo añicos. La sorpresa me golpeó con la fuerza de un puñetazo. Yo, que había aprendido a no sentir, a no mostrar debilidad, ahora sentía una avalancha de emociones que amenazaban con desbordarse. ¿La niña del pan? ¿La que le había dado un atisbo de humanidad en su propia oscuridad? ¿La que ahora se sacrificaba por su hermana? La ironía era tan cruel que una risa amarga, casi inaudible, escapó de mis labios. —"Esto debe ser una broma"— murmure para mí mismo, el sonido apenas un suspiro. Si que sabes cómo hacer las cosas, Presidente Snow, pensé, la frase cargada de un sarcasmo que solo yo podría entender. Francis, a mi derecha, me miró con el ceño fruncido. —"¿Ahora qué balbuceas, Mellark? ¿Acaso el pequeño sacrificio de la niña del Distrito 12 te ha ablandado la cagada de corazón que tienes?"— escupió, sin más. Mi sonrisa solo se ensanchó, una mueca tranquila que no llegaba a sus ojos. —"Pan, Francis. Solo... pan"— repetí, y el pacificador solo frunció el ceño, incapaz de descifrar la críptica respuesta. Desvíe mi mirada de Francis, volviéndola a la pantalla. La chica estaba allí, en el estrado, desafiante. Entonces Effie, con su voz chillona, preguntó su nombre. —"Katniss Everdeen"— el nombre resonó, y mi corazón dio un vuelco que pensé que nunca volvería a sentir en mi vida. Un golpe. Un reconocimiento. A si que así se llama. La misma chica que había visto bajo el árbol, la que le había dado fuerzas cuando más lo necesitaba, aunque ella no lo supiera. El aplauso que se extendía por la plaza del Distrito 12 era un rugido, un sonido prohibido, y yo sentí vibrar mis huesos. No era por ella, no solo por ella, sino por lo que representaba. Por ese acto de rebeldía pura que acababa de presenciar. La misma chispa que, años atrás, le había dado una razón para seguir, para no hundirme por completo. Y ahora, esa chispa estaba en la arena, y yo... yo iba a estar allí con ella. La ironía era brutal. Yo, el "convicto" del Distrito 2, el que estaba destinado a ser un pacificador y a matar, ahora se encontraba atado por un hilo invisible a la chica del Distrito 12. Pero todo se cortó cuando el mentor del Distrito 12, Haymitch Abernathy, apareció en escena. Su aspecto era, como siempre, deplorable: desaliñado, con la camisa por fuera y el pelo grasiento. Comenzó a gritar incoherencias, con la voz pastosa por el alcohol. —"¡Bravo, Katniss! ¡Esa es mi chica! ¡Valentía! ¡Amor! ¡Unión! ¡El verdadero espíritu de los Juegos! ¡Que se enteren todos en el Capitolio!"— Sus palabras, un revoltijo de ideales distorsionados y borrachera, eran una vergüenza pública. Se tambaleó, casi cayendo, y luego, con un último y patético intento de dramatismo, se tiró de la plataforma como un saco de harina. Al instante, las risas llenaron el patio de la prisión. Los pacificadores y los reos se burlaban sin disimulo. —"¡Siempre ridículo, ese Haymitch!"— comentó uno. —"¡Qué vergüenza para el Distrito 12!"— dijo otro. Incluso yo no pude contener una carcajada, una risa genuina que me salió del pecho, algo raro en mí. La ineptitud de Haymitch era cómica, pero lo que realmente me hizo reír fue ver la cara de Katniss, toda roja de vergüenza, y la de Effie, con su expresión de horror y exasperación. Después del alivio cómico que nos brindó el inigualable Haymitch, la transmisión regresó a nuestro propio distrito. Era el turno de la cosecha femenina, aunque todos sabíamos que, en el Distrito 2, la "suerte" era una formalidad. La pregunta no era si habría una voluntaria, sino quién había ganado el "honor" de participar en los "gloriosos juegos" este año. Yo la verdad, solo quería que esa parte terminara para poder ofrecerme como tributo masculino, sellando así mi destino. La voz de Vesta Stone, la escort del Distrito 2, resonó en el patio, con un tono autoritario y una sonrisa forzada que no llegaba a sus ojos. —"Y ahora, para la cosecha femenina, la suerte ha elegido a Valeria..."— no terminó de hablar cuando una voz la interrumpió de manera grosera y fuerte, cortando el aire como un cuchillo —"¡Yo, Clove, me ofrezco como voluntaria!"— La chica, Clove, tenía una visión de brutalidad contenida. Tenía el cabello oscuro y liso, cortado justo por encima de los hombros, y unos ojos negros que brillaban con una intensidad fría y calculadora. Su complexión era delgada, casi esquelética, pero cada músculo se marcaba con una definición letal, como si estuviera hecha de alambre de púas. En su rostro, una sonrisa apenas perceptible, una mueca de desprecio hacia la debilidad. No había duda, era letal. Se movía con una agilidad felina, una depredadora nacida para la arena, y su mirada prometía una muerte rápida y dolorosa a cualquiera que se cruzara en su camino. El patio, acostumbrado a las voluntarias del Distrito 2, aun así contuvo el aliento ante la ferocidad de su declaración. Clove no solo se ofrecía, se reclamaba los Juegos, y en sus ojos no había miedo, solo la sed insaciable de la victoria. Entonces la pantalla cambió una vez más al Distrito 12, donde mis ojos solo estaban puestos en Katniss. Apenas preste atención a lo que Effie Trinket decía, hasta que la mirada de Katniss, una mezcla de alivio y dolor, me atravesó por un segundo. Eso fue por el candidato masculino que mandarían al Distrito 2 como intercambio: un tal Finn Galower. Un niño de unos 15 años, de cabello oscuro y mirada perdida, subía a la plataforma para estar frente a Katniss y, por órdenes de Effie, darse la mano. Effie animaba a los espectadores a despedirse del niño, ya que sería mandado al Distrito 2, pero en vez de aplaudir o gritar algo, ellos simplemente levantaron la mano con tres dedos en forma de despedida. Yo no sabía qué significaba ese gesto, pero debía ser algo entre ellos, un código silencioso que el Capitolio no podía comprender.Qué patético, pensé con un resoplido interno, mientras observaba al chico. Un cordero va al matadero, y ni siquiera se da cuenta. La indiferencia de la multitud del Distrito 2 hacia su nuevo tributo masculino, era, por no decir más, simplemente aburrida. La mirada de Katniss, sin embargo, seguía siendo un enigma. ¿Alivio? ¿Dolor?. Entonces la transmisión cambió de vuelta al Distrito 2. Vesta Stone, la escort, aplaudía con una energía forzada al anuncio del intercambio, aunque el entusiasmo de los demás en el patio era apenas un murmullo. Con una sonrisa exagerada, casi una mueca, comenzó a mover la urna con los nombres. —"Veamos quién es el suertudo"— dijo con un sarcasmo apenas velado, y una diversión que delataba su satisfacción por tener, por primera vez, el poder real de elegir. Sin esperar más, sacó un papel. En ese instante, me volteé hacia Francis. —"¿Quieres ver algo genial?"— le pregunté, mi voz, un susurro cargado de una ironía que él, por supuesto, no comprendería. Él solo me miró con duda. —"¡Y el suertudo es Cato Bellator!"— gritó Vesta de manera exagerada, y la cámara se centró en él. Su rostro lo decía todo: una desilusión completa, como si acabara de recibir una sentencia de muerte en lugar de una "oportunidad". La idea de ser enviado a un distrito como el 12, un lugar de miseria y debilidad, era una bofetada para un profesional como él. Su expresión era la de alguien que preferiría morir antes que aceptar ese destino. Con voz fuerte y claramente fría, mi voz resonó: —"¡Me ofrezco como tributo!"— El silencio fue monumental en la sección de los reos. La incredulidad de todos fue notoria. Esperé unos momentos, y entonces Vesta Stone llevó su mano a su oído, y un —"¿Qué?"— salió de su voz incrédula, su mirada perdida. —"¡Tenemos un voluntario!"— Los murmullos se desataron en la sala y se escuchaban por las bocinas. Ella parecía dudar si decirlo o no. —"¿Puedes decirme su nombre, por favor?"— pidió a quienquiera que estuviera hablando con ella. —"Okay, sí, entiendo"— intentando recomponerse, su voz tembló. —"¡Tenemos un voluntario de la prisión de máxima seguridad de Kirikiri!"— Soltó en un susurro, pero al instante comenzó la revuelta. Se podían escuchar los gritos de todos, algunos con miedo, otros simplemente en shock. —"¡Y su nombre es Peeta Mellark!"— Y todo empeoró considerablemente. Al instante, los gritos y las dudas se acallaron, y cuando la cámara se posó en los presentes, solo tenían una mirada de miedo, de dudas. —"¿Podemos ofrecer un aplauso p..p..por nuestro voluntario?"— tartamudeó Vesta, y por primera vez, el silencio se extendió. Entonces mi rostro llenó la pantalla, estaba en vivo y en directo desde la prisión. Una sonrisa brutal se dibujó mi rostro mientras levantaba mi mano, haciendo sonar las cadenas, saludando amablemente y guiñando un ojo a Francis, que estaba en estado de shock, al igual que todos. Comencé a reír irónicamente; mi risa, tal vez macabra por el lugar de donde venía y por quién era, podría sonar así, capaz de helar hasta los huesos de cualquiera, pero para mí era realmente de felicidad, como decían por ahí: "premio doble". Francis, que estaba a mi lado, que aún no salía de su shock inicial. Me miró con los ojos muy abiertos. —"¿Tú? ¿Un reo? ¡Esto es una burla para el Capitolio!"— escupió, su voz llena de desprecio y asombro. Los demás pacificadores también me miraban, algunos con una mezcla de burla y otros con una curiosidad helada. Mi uniforme de reo, desgastado y sucio, contrastaba brutalmente con la imagen pulcra de los tributos que solían ver en las pantallas. Vander se me acercó al instante, su mirada fría —"¿Qué demonios crees que haces, Mellark?"— espetó, su voz baja y dura. —"Comandante, después de más de 4 años, he tomado una decisión que afectará el rumbo de mi vida"— respondí. Él solo me observaba. —"Mandarías todo a la basura por unos minutos de gloria en el Capitolio. Ellos jamás dejarán que ganes, y lo sabes"— escupió en voz baja. Y era verdad; por eso ningún otro reo lo había intentado. Sería en vano: el Capitolio jamás coronaría en público a un convicto. Pero para mí, eso no era lo importante. Lo crucial era la chica con ojos como fuego y esa mirada fija. Si él pudiera darle eso, su salvación, entonces mi mente descansaría en paz al menos una vez. —"Todo es parte del plan, comandante"— dije finalmente. En su mirada veía sus ganas de golpearme, pero no lo haría; estábamos en vivo. Él solo me dio una última mirada y después escupió en mi zapato. —"¡Vaya pérdida de tiempo me diste basura!"— Y con eso se fue. (POV Katniss - Distrito 12) Mi corazón latía desbocado en mi pecho después de ver a Clove, la tributo femenina del Distrito 2, con su cabello liso, negro, y su aura asesina, y cómo su Distrito 2 la veneraba. Solo la voz de Effie Trinket me sacó de mi trance cuando comenzó a introducir su mano en la urna. —"¡Es turno de los chicos!"— comentó alegremente mientras sacaba un papel. Esa voz chillona que había pronunciado el nombre de Prim, ahora pronunciaba. —"¡Finn Galower!"— y al instante un alivio me inundó: no fue Gale ni Rory. Pero entonces lo vi: el pobre niño de los Galower caminando con su mirada perdida, mientras su abuela, su único familiar vivo, lloraba e intentaba ponerse de pie de su silla de ruedas en vano, y el dolor me regresó. Cuando Finn estuvo enfrente, Effie rápidamente pidió: —"Ahora dense la mano como buenos compañeros que son, aunque tú ahora pasarás como tributo del Distrito 2. Aun así, eres parte del 12 vayas a donde vayas, así que ¡demos un fuerte aplauso!"— gritó aplaudiendo mientras mi mano soltaba la del chico. Pero el silencio fue lapidario. En cambio, me impresionó cuando Prim y mi madre, aún en lágrimas, levantaron sus manos con tres dedos, y lentamente todos hicieron lo mismo. Finn solo pudo llorar, y mi corazón dolía, pero apartó la mirada para mantenerme fuerte. Pero no hubo tiempo para más llantos y lamentos. Nuevamente, el sonido de la transmisión en vivo del Distrito 2 llenó las pantallas, mostrando ahora quién sería el tributo masculino de su distrito. La escort del Distrito 2 aplaudía con una energía forzada al anuncio del intercambio. Entonces metió la mano en la urna y sacó el papel con el nombre Cato Bellator. En la pantalla se mostró a un joven alto y corpulento, con el cabello rubio y la mirada perdida, como si quisiera desaparecer; obviamente, veía esto como una humillación. Por un momento pensé que se negaría a ir, pero entonces la cámara regresó a la escort, quien ahora, con una mano en su oído, soltó un audible y dudoso —"¿Qué?"—, llena de sorpresa. Luego dijo: —"¡Tenemos un voluntario!"— Los murmullos comenzaron, tanto en la transmisión como en el Distrito 12. Y en mis adentros pensaba: ¿quién sería capaz de ofrecerse? Si nadie se había presentado en persona, ¿qué estaba pasando? Mi mirada se posó en mi madre, quien me miraba como si supiera que algo malo iba a suceder. Entonces, la voz de la escort, llena de dudas y miedo palpable, susurró: —"Tenemos un voluntario de la prisión de máxima seguridad de Kirikiri"— Mi mente se quedó en blanco, y un ¡Qué! resonó en mi cabeza. Pero lo peor fue el silencio del Distrito 12 en comparación con el Distrito 2, que parecía haber recibido la peor noticia de su historia. Entonces soltó su nombre: —"Peeta Mellark"— su nombre resonó en mi mente en blanco; para mí no significaba nada, pero para el Distrito 2 fue diferente. Observé con miedo cómo ahora todos estaban callados y en shock. ¿Quién rayos era y por qué causaba esa impresión en ellos? No tuvimos ni que preguntar. De repente, la pantalla cambió y ahí estaba él. El aire se me escapó y mi corazón comenzó a galopar como si quisiera salirse de mi pecho. Un joven, no tan alto como Cato o Gale, pero notablemente más ancho de brazos y espalda. Su mirada... esos ojos azules. La sonrisa irónica en sus labios mientras levantaba su mano, haciendo sonar unas cadenas. Saludó amablemente, guiñando un ojo a alguien fuera de la pantalla. Entonces, me golpeó la realidad: ¡las cadenas! Era un reo, un prisionero de "máxima seguridad". Su risa llenó todo el lugar, tan macabra que hizo que mi piel se erizara y me pusiera recta. Pero cuando lo vi de nuevo, noté que parecía genuinamente feliz. No sabía si esa felicidad era un presagio de algo bueno o una señal de la locura que se avecinaba. Mi mirada se encontró con la de Gale, y vi en sus ojos el mismo desconcierto, la misma incredulidad que sentía yo. ¿Cómo era posible? ¿Un reo, un convicto, participando en los Juegos? Esto era más que ridículo, era un insulto directo a todo lo que conocíamos de los Juegos. El Capitolio siempre se superaba en su crueldad, pero esto... esto era un nuevo nivel. La transmisión terminó abruptamente, dejando un silencio denso y pesado en la plaza. La señorita Effie, nuestra escort, estaba muda, su rostro una máscara de shock y confusión, su mirada baja como si recordara algo. No sabía qué hacer o decir, ni siquiera ella, con toda su superficialidad Capitolina, podría pedir que aplaudiéramos a un convicto. Al menos eso sí entendía, la línea invisible que no debía cruzar. Pero la imagen de Peeta Mellark, el reo sonriente con sus cadenas, ya se había grabado a fuego en mi mente, una cicatriz más en este día de horrores. Entonces, una nueva transmisión comenzó, y el Presidente Snow volvió a aparecer en la pantalla principal. Su voz, ahora más melosa que nunca, resonó por los altavoces de la plaza. —"Este día, sin duda, ha sido glorioso. Pero tal vez se pregunten cómo viajarán juntos los tributos, ya que es algo importante que se conozcan y, muy significativo, que conozcan a sus mentores para estos juegos. Por eso, yo, su amado Presidente, he hecho disponibles los deslizadores más rápidos que el Capitolio tiene, para que de esta manera todos estén reunidos en los nuevos distritos en un par de horas. Así podemos disfrutar, como siempre, de manera justa"— terminó sonriendo y saludando a las aclamaciones ensordecedoras del Capitolio, mientras la pantalla se apagaba. La idea de los deslizadores, esas máquinas de transporte que solo veíamos en las transmisiones del Capitolio, me revolvió el estómago. Sin embargo, a diferencia de los demás tributos que serían llevados de inmediato, al menos ella tendría al menos un par de horas en el Distrito 12. Esto significaba un tiempo precioso para despedirse de su madre y de Prim, y también para compartir un último momento con Gale. Aunque el Capitolio intentara deshumanizarlos con sus juegos, este pequeño respiro era una oportunidad para aferrarse a lo que más amaba antes de lo inevitable.
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