La Chispa en la Oscuridad

Het
NC-17
Finalizada
3
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534 páginas, 179.148 palabras, 33 capítulos
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La Cosecha y el Intercambio

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Capítulo 2: La cosecha y el intercambio

(POV Katniss - Distrito 12) El amanecer de la cosecha no era como cualquier otro. Pérdida, dolor… Para mí, era impresionante cómo un evento podía cambiar la perspectiva de un día normal. Me desperté antes del amanecer y guardé el paraguas que sujeté durante la noche, para al menos poder dormir algo. Solo es otro día más. Me levanté para caminar hacia el baño con el nudo en el estómago ya apretado. Prim seguía dormida en la habitación; anoche salió de su cama para entrar en la mía. Un pequeño bulto inocente. Demasiado… Me desvestí, mis movimientos automáticos. Después, entré en la ducha de agua helada, dejando que el frío me golpeara, terminando de ahuyentar el último rastro de sueño. En la cocina, mamá ya estaba despierta, aunque su rostro era el de un fantasma. El silencio era espeso, roto solo por el suave crepitar del fuego en la estufa y el tintineo de las tazas al preparar el té de hierbas. Todos tenemos nuestra forma de tranquilizarnos. —"Buenos días, mamá"— musité, mientras secaba mi cabello con una toalla áspera. El frío del agua aún se aferraba a mi piel, pero mi mente ya estaba en el día que comenzaba. Ella asintió, su mirada fija en la humeante taza. —"Buenos días, cariño. ¿Quieres ayudar a Prim con el vestido?"— sugirió sin verme directamente. Asentí, agradecida por la distracción. Entré a nuestra recámara. Prim se removió en la cama, sus ojos azules abriéndose lentamente. —"¿Ya es la cosecha?"— tanteó, con su voz pequeña y temblorosa. —"Sí, pequeña. Pero todo estará bien"— garanticé. Todo estará bien. La ayudé a ponerse su mejor vestido, el que mamá había guardado con tanto esmero: un sencillo, pero limpio, de algodón azul pálido. Cepillé su cabello rubio, trenzàndolo en sus dos coletas características, intentando que cada mechón rebelde se quedara en su sitio, como si con eso pudiera parar el tiempo. Sus manos temblaban un poco mientras se abrochaba los zapatos. Le di un abrazo, sintiendo su pequeño cuerpo contra el mío. —"No te preocupes. Estoy aquí. Siempre estaré aquí"— le aseguré. Siempre… Ella, con su habitual inocencia, se levantó directo al desayuno, ajena a todo. Mientras tanto, mamá se acercó a mí, sus manos suaves pero firmes. Comenzó a peinar mi cabello, trenzándolo en la trenza francesa que siempre usaba, una rutina que en otro día habría sido reconfortante. Sus dedos se movían con calma. Sentía su aliento cálido en mi cuello, el ligero temblor de sus manos, y sabía que, a pesar de su calma exterior, ella también se estaba desmoronando. —"Sabes que si pudiera, lo daría todo para que las cosas fueran diferentes"— susurró. Lo sé. Vi sus manos temblar levemente mientras sacaba de un viejo baúl el vestido más hermoso y lujoso de sus días de comerciante. Era un trozo de su pasado, un retrato de una vida que ya no existía. Sin decir una palabra más, lo dejó con delicadeza sobre mi cama, y salió de la habitación, sus pasos suaves, para ver cómo iba Prim en la cocina. Me quedé mirándolo, el tejido suave bajo mis dedos. Desayunamos en silencio, la comida insípida en la boca. Mamá intentaba mantener una fachada de normalidad, pero sus ojos, cada vez que miraban a Prim... Yo solo quería que el tiempo se detuviera, que este día no avanzara. Imposible. La inquietud se apoderó de mí con tanta fuerza que, de la nada, me levanté de golpe y corrí al baño a vomitar. El desayuno, o lo poco que había comido, salió con un ardor amargo. Oí los pasos siguiéndome. —"No pasa nada, Prim, solo le cayó mal la comida"— comentó mamá de manera tranquila. Contrólate, Katniss. Me regañé para levantarme y enjuagar mi boca en el lavadero. —"Estoy bien, patito, solo no me cayó bien el desayuno, como di—" Pero Prim me interrumpió con un abrazo. Mis ojos, rojos por el ardor de mi garganta, sólo observaron los de mamá. —"Es normal tener miedo, Katniss"— habló bajamente Prim. Entonces hice que me soltara y me agaché a su nivel para que nuestros ojos conectaran. —"Nada malo pasará hoy, solo será un día más"— le prometí. Como las demás cosechas. Aunque mi corazón me decía que algo estaba mal. Le acaricié la mejilla y le besé la frente, sintiendo el calor de su piel. El llamado de la plaza resonó. Caminamos hacia la plaza, un mar de rostros sombríos que se unían a nosotros. Más que una celebración, como los capitolinos la llamaban con su cinismo descarado, era una caminata silenciosa hacia el degolladero, donde hoy dos niños no regresarían. Las calles de la Veta, normalmente llenas de los ruidos de la mina, estaban ahora en silencio que solo se rompía por el crujido de nuestros pasos sobre la tierra y el murmullo preocupado de alguna madre consolando a su hijo. Las familias avanzaban en grupos pequeños, los niños con sus ropas más limpias, los rostros pálidos y los ojos fijos en el suelo o en el horizonte, evitando cualquier contacto visual. Nadie quería ver, nadie quería ser visto. La gente del distrito no era de grandes demostraciones de emociones en público. Yo apretaba la mano de Prim con fuerza, sintiendo su temblor, recordándome por qué debía estar firme. Mi mirada se cruzó con la de Gale por un instante; sus ojos, normalmente llenos de rebeldía, ahora solo reflejaban impotencia. Nada nuevo. Entonces mi mirada se posó en la familia de Gale, y en Rory que sudaba mirando el suelo en cambio Vick solo me sonrió y no pude evitar regresarle la sonrisa al niño. Pero antes de poder pasar a nuestros lugares, un estruendo metálico rasgó el aire, y las gigantescas pantallas que dominaban la plaza cobraron vida de golpe. No fue un simple encendido; fue un rugido que hizo vibrar el suelo bajo mis pies. La imagen del Capitolio, con sus edificios relucientes y sus cielos de un azul irreal, apareció, tan deslumbrante como siempre, tan ajena a nuestra miseria. Luego, la cámara se centró en un atril, y el Presidente Snow, con esa sonrisa cálida. El sobre que sostenía revelaba las nuevas reglas. En el último Vasallaje de los Veinticinco, los tributos fueron el doble. —"Ciudadanos del Capitolio y personas de los distritos"— la voz del Presidente Snow, amplificada y distorsionada por los altavoces, resonó en cada rincón de la plaza. Era una voz que conocía bien de las transmisiones obligatorias, pero escucharla en vivo... Tiene un tono meloso, casi paternal. Imposible. —"Hoy celebramos el 75º aniversario de los Juegos del Hambre, y como bien saben, cada veinticinco años, los Juegos se celebran con un cambio de reglas único, para que las generaciones más jóvenes recuerden la importancia de este evento. Y para mí es un honor transmitir las reglas que sin duda harán que la experiencia sea aún más... memorable"— hizo una pausa, su mirada recorriendo la multitud, los gritos invisibles desde la imagen aprobaron con fuerza. ¿Qué podría ser peor que lo que ya vivimos? Entonces, con una lentitud exasperante, desdobló el pergamino amarillento que sacó del sobre. —"Para el 75º Vasallaje de los Veinticinco, y en conmemoración de la unidad forjada en el dolor, los tributos serán elegidos de una manera... única…"— su sonrisa se amplió, revelando sus dientes. —"... Los primeros seis distritos, del Uno al Seis, intercambiarán un tributo con los últimos seis distritos, del Siete al Doce. Esto se llevará a cabo de manera justa, con un sorteo previo a la cosecha normal, para así saber qué distrito queda emparejado con cuál. Hasta que cada distrito haya intercambiado un tributo. Y para que todos estén al tanto, se mostrará en pantalla el sorteo de cada distrito del 1 al 6. Después, la cosecha comenzará, y el distrito emparejado podrá ver en vivo quién es el tributo que será intercambiado"— un murmullo de incredulidad se extendió por la plaza. Mi mente se quedó en blanco por un segundo, intentando procesar lo que acababa de escuchar. ¿Intercambio? ¿Qué significaba eso? ¿Qué alguien irá a otro distrito? ¿O que alguien de otro distrito vendría aquí? Esto era una nueva forma de tortura. No solo nos obligaban a matar, sino que ahora nos arrancaban de nuestro hogar para enviarnos a un lugar desconocido, a luchar por gente que ni siquiera era de nuestro distrito. Malditos. —"Los tributos intercambiados representarán y, si ganan, pertenecerán al distrito con el que han sido intercambiados. Así, la lealtad y la identidad serán puestas a prueba de una manera sin precedentes. ¡Que comiencen los 75º Juegos del Hambre, y que la suerte esté siempre de su lado!"— concluyó el hombre con una nueva sonrisa y la mano levantada como si se despidiera. Mi visión se nubló. Esto era una pesadilla. Un intercambio. Un tributo de otro distrito para nosotros. Y si ganaba, ¿sería de aquí? ¿Y si Prim era elegida y la enviaban a otro distrito? ¿Y si yo fuera elegida y me enviaban a otro lugar? (POV Peeta - Distrito 2) Para el mundo, el día de la cosecha representaba miedo, dolor y pérdida, pero para mí… Solo un día más. Me levanté lentamente de mi super colchón de concreto, que me hacía de quiropráctico todas las noches. No tenía miedo, sólo indiferencia. La cosecha era un circo, un negocio. Y muy lucrativo. ¡Pack! El golpe que anunciaba la bandeja voladora de comida resonó, como cada mañana. —"¡Ahora de tragar, perro!"— rugió Francis, seguido de la bandeja derramando la mitad en el suelo. Pero ni me inmuté. Era el ritual, la señal de que un nuevo dia había comenzado. Después de la ración insípida de desayuno, Francis me escoltó, no al campo de entrenamiento, sino al patio principal de la prisión. —"Muévete, Mellark. No querrás perderte el día de hoy"— gruñó, su voz cargada de desdén. Yo apenas lo miré. Los juegos eran sólo una mera formalidad del Capitolio para recordarles que les pertenecían y que ellos eran amos y dueños de su destino. Suerte, ja. Pero, ¿la última vez que hubo una rebelión funcionó muy bien, verdad? Francis me dio un último empuje dejándome en fila. Allí, una gigantesca pantalla dominaba el espacio. Algunos agentes y unos pocos reos "privilegiados" —los que eran menores de edad como yo y los pocos que podían ser sacados para observar— se agrupaban, sus rostros impasibles. Terminemos de una vez. El ambiente no era de tensión, sino de aburrimiento. La imagen del Capitolio apareció, tan deslumbrante como siempre, un recuerdo lejano de mí. Escupí a un lado. Luego, la cámara se centró en un atril, y el Presidente Snow, con su sonrisa de serpiente y sus ojos fríos. El sobre que sostenía, me preguntó qué nueva crueldad habrían ideado para esta ocasión. La voz del Presidente Snow tronó en el patio, amplificada y distorsionada, un ruido lejano. El discurso sobre el 75º aniversario y la necesidad de recordar el precio de la rebelión. Precio que estaba más que dispuesto a pagar. Viejo inútil. Apenas parpadeó con aburrimiento. Para mí, era sólo otra capa de la manipulación del sistema que conocía muy bien. Oh, una mosca. La pausa del Presidente Snow retomó mi atención, su mirada gélida, no me provocó nada. Yo ya había visto lo peor. Cuando abrió la carta y anunció las reglas del intercambio de tributos entre los primeros seis y los últimos seis distritos. Interesante. El distrito 2 seguramente le tocaría enviar un varón a uno de los distritos inferiores, eso estaba claro, ya que siempre las damas primero. Un movimiento estratégico. Más control. La idea de representar a otro distrito, de que su identidad fuera puesta a prueba, me pareció una tontería. En el distrito 2 no se sentía lealtad por nadie, y mucho menos por un distrito ajeno. Sí, según mi suposición, el distrito 2 mandaría un varón a un distrito inferior, y sabiendo que en los Distritos Profesionales los voluntarios solían pelear para postularse, dudaba que un varón se ofreciera como voluntario para ser condenado a vivir en un distrito inferior que, ni de broma, lo aceptaría. Por primera vez en no sabía cuántos años, habría un sorteo normal, al menos para el tributo masculino. Al menos habría lágrimas reales. (POV Katniss - Distrito 12) Los murmullos se habían extinguido, reemplazados por el zumbido de las gigantescas pantallas. La imagen del Presidente Snow, con su sonrisa amable, se mantuvo en primer plano. En la segunda pantalla, apareció la escort del distrito 1, una mujer de cabellera azul brillante y un vestido tan ostentoso que parecía hecho de plumas de pavo real. Su rostro, maquillado hasta la exageración, lucía una enorme sonrisa. Qué asco. Frente a ella, se alzaba una bola de cristal, más pequeña que las de la cosecha habitual, y en su interior, apenas unos pocos papelitos. —"Como es costumbre y de forma debida, primero las damas"— su voz chillona resonó justo cuando introdujo su mano en busca de un papel y sacando uno, su sonrisa creció. —"¡Distrito 7, sí!"— dijo mientras aplaudía, siendo acompañada por los aplausos rebosantes del Capitolio, al igual que los de Snow. Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un tambor frenético que resonaba en mis oídos. ¿Quién será el del 12? Cuando la pantalla se conmutó, revelando a la escort del distrito 2, una mujer de hombros anchos y sonrisa forzada, el aire se volvió aún más denso. Con una teatralidad calculada, introdujo su mano en la urna. El silencio era absoluto, casi doloroso. Y entonces, con un movimiento brusco, extrajo el papelito. —"¡Y es el… distrito 12!"— mencionó mortificada. Un gemido colectivo ahogó el aire. A mi alrededor, los jóvenes se desmoronaron, sus rostros pálidos. ¿Un intercambio con una carrera? Mi mirada se clavó en Gale, cuyos ojos reflejaban una duda y una impotencia que nunca había visto. Y luego en Rory, el pobre Rory, que ahora temblaba visiblemente, su pequeña figura encogida por el terror. Todo estará bien. A diferencia del distrito 1, el 2 era una tumba, la pantalla siguió su implacable secuencia. La escort del distrito 3, con su aire de fría eficiencia, anunció el emparejamiento de su distrito de tecnología con el distrito 8, el de los textiles. Luego, la glamorosa escort del distrito 4 reveló que su distrito de pesca se uniría al empobrecido distrito 9, el de los granos. La presentadora del distrito 5, con una sonrisa forzada, emparejó su distrito de energía con el distrito 10, el de la ganadería. Y finalmente, la escort del distrito 6, con un gesto casi robótico, enlazó su distrito de transporte con el distrito 11, el corazón agrícola de Panem. Cada nombre, cada papel en la pantalla, era un recordatorio de la red de control del Capitolio. Solo será una cosecha más, por la tarde estaré cazando con Gale. Intenté convencerme pero mi mente… ¿Qué tipo de monstruo nos enviarán? ¿Y a dónde iría uno de los nuestros? La voz de Effie Trinket, la escort de nuestro distrito, resonó en la plaza, obligando a prestar atención. —"¿Cómo están todos?"— comentó alegremente. Como la mierda. —"Sin duda para todos es un honor que el distrito 2 haga este intercambio con nosotros"— mencionó mientras volteaba a ver a su contraparte en la pantalla, la cual solo asentía con la cabeza, con una seriedad exagerada. Sus rizos de color caramelo y su vestido de color lavanda, tan ridículos. Entonces me tensé cuando se acercó a la urna de cristal, y su mano, enguantada y delicada, se sumergió en el mar de papelitos. —"Como ya se dijo, primero las damas"— recordó ella mientras jugaba con la urna. Todo estará bien. Cada aliento contenido, cada corazón latiendo al unísono. Mis ojos estaban fijos en su mano, rogando, suplicando. Y entonces, lo sacó. Un pequeño trozo de papel, doblado con precisión. Lo desdobló con una lentitud exasperante, como si quisiera prolongar nuestro sufrimiento. —"¡Primrose Everdeen!"— anunció fuertemente, el mundo se detuvo. ¿Pero—? ¿Qué—? Un grito desgarrador me sacudió. Fue el de mamá, mi mente se nubló por un momento. Prim… La vi, un pajarito asustado, levantando su cabeza, sus ojos azules llenos de terror. ¡PRIM! Mi cuerpo reaccionó antes de que mi mente pudiera procesarlo. Empujé a los que estaban a mi lado, abriéndome paso entre la multitud aturdida. —"¡Me ofrezco como voluntaria!"— aullé tan fuerte como pude. Al instante, mi mirada se endureció, la fiereza que me caracterizaba a ojos de los demás. —"¡Nooo, por favor, Katniss, yo—!" La súplica de Prim fue interrumpida por las manos de Gale, que la levantaron rápidamente del suelo sin darle tiempo a más. Yo… Comencé mi recorrido hacia el estrado. En mi mente, los recuerdos de mis dieciséis pobres años de vida pasaron como una niebla densa, y todo culminó con la imagen de una bolsa de pan y un paraguas que tanta falta me hacía en aquel entonces. Nunca sabré quién fue. Llegué al estrado, mis piernas temblaban. Me planté frente a Effie, mis ojos fijos en los suyos, desafiantes. Ella me miró con una mezcla de sorpresa y algo parecido a la incomodidad. —"¡Oh, qué momento tan... inesperado! ¡Tenemos una voluntaria! ¡Una voluntaria! Esto es... ¡sin precedentes! ¡Absolutamente sin precedentes! ¡Un espíritu tan valiente! ¡Qué honor para el distrito! ¿Cómo te llamas, querida?"— la avalancha de palabras me dejó perdida, pero su mirada fija con esa sonrisa me hizo recomponerme. —"Katniss Everdeen"— respondí tragando fuertemente. Podía sentir las miradas sobre mí… ¡Clap!, ¡Clap!, ¡Clap! Y por primera vez, en tantos años, un aplauso comenzó a resonar. Primero un murmullo tímido, un susurro que se extendió como un fuego lento, y luego, un estruendo. Un rugido de aprobación que creció desde las manos de los mineros y las mujeres de la Veta. Levanté la mirada a la pantalla donde me topé con mi propia mirada y palidez. La imagen en la pantalla cambió al distrito 2, pude ver la impresión que esto causó en la escort de ellos la cual levantó una ceja y aplaudió levemente. Volteé a ver a Prim que era abrazada con fuerza por mamá que lloraba mientras le decía algo que ella negaba una y otra vez. Tengo que regresar. Debo regresar. (POV Peeta - Distrito 2) En el patio de la prisión, la transmisión de la cosecha del distrito 12 se desarrollaba con una lentitud… aburrida. Vamos, terminen ya. Veía a la escort del distrito 12, Effie Trinket, con su ridícula peluca rosa y su sonrisa forzada. Trinket… Veo que sigues en el juego. —"¡Primrose Everdeen!"— el nombre resonó en el patio. La imagen cambió en la pantalla: una niña pequeña, con ojos azules llenos de terror. Aburrido. Aunque… El vestido, tan sencillo y pálido, y la forma en que su cabello estaba trenzado en dos coletas finas, me trajeron un dolor agudo al estómago. Me recuerda a… Fruncí el ceño concentrándome en la niña. Por un momento, no vi a la niña de la pantalla, sino un árbol, la lluvia cayendo, y otras trenzas, otros ojos. Espera, es el distrito 12, eso signif— —"¡Me ofrezco como voluntaria!"— aulló una voz fuertemente cambiando la imagen. Una figura se lanzó hacia adelante, abriéndose paso entre la multitud. El cabello oscuro trenzado, los ojos grises, la mandíbula apretada por la determinación. Esa chispa… Es ella. La niña del pan. Mi fachada de indiferencia se hizo añicos. La sorpresa me golpeó con la fuerza de un puñetazo. —"Esto debe ser una broma"— murmure para mí mismo. Imposible. Sí que sabes cómo hacer las cosas, Snow. —"¿Ahora qué balbuceas, Mellark? ¿Acaso el pequeño sacrificio de la niña del distrito 12 te ha ablandado la cagada de corazón que tienes?"— escupió Francis. No tienes ni idea. —"Pan, Francis"— respondí, y él solo ladeo la cabeza, incapaz de descifrar la respuesta. Volví a la pantalla. La chica estaba allí, en el estrado, desafiante. Entonces Effie, con su voz teatral, preguntó su nombre. —"Katniss Everdeen"— el nombre resonó, y mi corazón dio un vuelco que pensé que nunca volvería a sentir en mi vida. Tiene que ser ella. Un aplauso se escuchó de fondo. No era por ella, sino por lo que representaba. La misma chispa que, años atrás, me había dado una razón para seguir. Es ella. Y ahora, esa chispa estaba en la arena, y yo… Voy a estar allí con ella. Me encontraba atado por un hilo invisible a ella. Todo se cortó cuando el mentor del distrito 12, Haymitch Abernathy, apareció en escena. Y ahí va el payaso número uno. Su aspecto era, como siempre, deplorable: desaliñado, con la camisa por fuera y el pelo grasiento. Comenzó a gritar incoherencias, con la voz cuarteada por el alcohol. —"¡Bravo, Katniss! ¡Esa es mi chica! ¡Valentía! ¡Amor! ¡Unión! ¡El verdadero espíritu de los Juegos! ¡Que se enteren todos en el Capitolio!"— sus palabras, un revoltijo. Al menos no me voy a aburrir en el viaje. Se tambaleó, casi cayendo, y luego, con un último y patético intento de dramatismo, se tiró de la plataforma como un saco de harina. Al instante, las risas llenaron el patio de la prisión. —"¡Siempre un ridículo!"— comentó uno. —"¡Qué vergüenza!"— dijo otro. Incluso yo no pude contener una carcajada, una risa genuina que me salió del pecho. La ineptitud de Haymitch era cómica, pero lo que realmente me hizo reír fue ver la cara de Katniss, toda roja de vergüenza, y la de Effie, con su expresión de horror y exasperación. Después del alivio cómico que nos brindó el inigualable Haymitch, la transmisión regresó al distrito 2. Era el turno de la cosecha femenina. Veamos quién fue la ganadora este año. Yo la verdad, solo quería que esa parte terminara para poder ofrecerme. La voz de Vesta Stone, la escort del distrito 2, resonó en el patio, con un tono autoritario y una sonrisa forzada. —"Y ahora, para la cosecha femenina, la suerte ha elegido a Valeria—" —"¡Yo, Clove, me ofrezco como voluntaria!"— la chica, Clove, apareció en la imagen como si ya supieran que iba a ser ella. Tenía el cabello oscuro y liso, cortado justo por encima de los hombros, y unos ojos negros que brillaban. Su complexión era delgada, casi esquelética, pero cada músculo se le marcaba, como si estuviera hecha de alambre de púas. Otra Enobaria. Entonces la pantalla cambió una vez más al 12, donde mis ojos solo estaban puestos en Katniss. Apenas presté atención a lo que Effie decía, hasta que la mirada de Katniss, una mezcla de alivio y dolor. El candidato masculino que mandaría al distrito 2 como intercambio: un tal Finn Galower. Un niño de unos 15 años, de cabello oscuro y mirada perdida, subía a la plataforma para estar frente a Katniss y, por órdenes de Effie, darse la mano. Cadáver… Effie animaba a los espectadores a despedirse del niño, ya que sería mandado de inmediato aquí al 2, pero en vez de aplaudir o gritar algo, ellos simplemente levantaron la mano con tres dedos en forma de despedida. Yo no sabía qué significaba ese gesto, pero debía ser algo entre ellos, un código. Hasta ellos tienen sus mensajes ocultos. Entonces la transmisión cambió de vuelta al Distrito 2. Vesta Stone, la escort, mostraba una sonrisa forzada de más a este punto dando miedo. Casi podía escuchar sus dientes rechinar. —"Veamos quién es el suertudo"— dijo ella, continuando con el show. Sin esperar más, sacó un papel. En ese instante, me volteé hacia Francis. —"¿Quieres ver algo genial?"— le pregunté sonriendo. Él solo me miró con duda. —"¡Y el suertudo es Cato Bellator!"— gritó Vesta de manera exagerada, y la cámara se centró en él. Su rostro lo decía todo: una desilusión completa, como si acabara de recibir una sentencia de muerte en lugar de una oportunidad. La idea de ser enviado a un distrito como el 12, un lugar de miseria y debilidad, era una bofetada para un profesional como él. Su expresión era la de alguien que preferiría morir antes que aceptar ese destino. —"¡Me ofrezco como tributo!"— mi voz resonó con fuerza, mi mano extendida haciendo sonar las cadenas. Mi mirada se posó en la pantalla donde el tal Cato estaba siendo escoltado hacia el frente donde Clove y Vesta lo esperaban con una sonrisa de burla. Dale un momento. Alguien salió de la nada, un agente que se inclinó sobre Vesta para decirle algo. Su rostro decayó, sus ojos subieron para ver al agente como si no creyera algo. —"¡¿Q-qué?!"— salió de su voz incrédula, su mirada perdida. Todo se paró un segundo, ella sacudió la cabeza, como si se reacomodara las ideas. —"Tenemos un voluntario"— murmuró. Ella parecía dudar si continuar o no. —"¿Puedes decirme su nombre, por favor?"— pidió a quienquiera que estuviera hablando con ella. Su rostro pasó de duda a un blanco, le vi tropezar un poco. Sus ojos se quedaron en el agente un segundo. —"E-entiendo"— intentó recomponerse, pero la voz le tembló. —"¡Tenemos un voluntario de la prisión de máxima seguridad de Kirikiri!"— soltó intentando sonar calmada pero al instante comenzó la revuelta. —"¡Y su nombre es Peeta Mellark!"— terminó intentando que su voz no se rompiera. Al instante, los gritos y las dudas se acallaron, y cuando la cámara se posó en los presentes, solo tenían una mirada de miedo, de dudas. Efecto Mellark. —"¿Podemos ofrecer un aplauso p-por nuestro voluntario?"— tartamudeó Vesta que aplaudía con la mirada en el suelo. Entonces mi rostro llenó la pantalla. Una sonrisa se dibujó en mi rostro mientras levantaba mi mano, haciendo sonar las cadenas nuevamente, saludando amablemente y guiñando un ojo a Francis, que estaba en estado de shock. Comencé a reír irónicamente. Él, que aún no salía de su shock inicial. Me miró con los ojos muy abiertos. —"Pero que mierda"— escupió con desprecio y asombro. Mi uniforme de reo, desgastado y sucio, contrastaba con la imagen pulcra de los tributos que solían ver en las pantallas. Miré la puerta abriéndose que mostró a Vander. Aquí viene. —"¿Qué demonios crees que haces, Mellark?"— espetó bajamente y duro. —"Comandante, después de más de 4 años, he tomado una decisión que afectará el rumbo de mi vida"— respondí. Él solo me observaba. —"Mandarías todo a la basura por unos minutos de gloria en el Capitolio. Ellos jamás dejarán que ganes, y lo sabes"— acusó en voz baja. No por ellos… pero por ella sí. Aunque no se equivocaba era verdad; por eso ningún otro reo lo había intentado. Sería en vano: el Capitolio jamás coronaría en público a un convicto. —"Todo es parte del plan, comandante"— dije finalmente apartando mi vista de él. En su mirada veía sus ganas de golpearme, pero no lo haría; estábamos en vivo. Él solo me dio una última mirada y después escupió en mi zapato. —"¡Vaya pérdida de tiempo resultaste ser!"— murmuró alejándose. Tal vez sí. Tal vez no. Ya veremos. (POV Katniss - Distrito 12) Mi corazón latía desbocado en mi pecho después de ver a Clove, con su cabello liso, negro, y su aura asesina. Lunática. La voz de Effie Trinket me sacó de mi trance cuando comenzó a introducir su mano en la urna. —"¡Es turno de los chicos!"— comentó alegremente mientras sacaba un papel. —"¡Finn Galower!"— soltó animada. Un alivio me inundó: no fue Gale ni Rory. Lo vi: el pobre niño de los Galower caminando con su mirada baja, mientras su abuela, su único familiar vivo, lloraba e intentaba ponerse de pie de su silla de ruedas en vano. Subió lentamente sin mirar a nadie. —"Ahora dense la mano como buenos compañeros que son, aunque tú ahora pasarás como tributo del distrito 2”— pidió Effie rápidamente. —”Aun así, eres parte del 12 vayas a donde vayas, así que ¡demos un fuerte aplauso!"— gritó aplaudiendo mientras mi mano soltaba la del chico. Pero el silencio fue lapidario. Vi a Sea levantando su mano con tres dedos, y lentamente todos hicieron lo mismo. Finn solo pudo llorar, sentí algo hundirse en mi pecho, pero aparté la mirada para mantenerme fuerte. Pero no hubo tiempo para más llantos y lamentos. Nuevamente, el sonido de la transmisión en vivo del distrito 2 llenó las pantallas. La escort con una sonrisa gigante que hizo que algo me recorriera la espalda metió la mano en la urna y sacó el papel. Cato Bellator. En la pantalla se mostró a un joven alto y corpulento, con el cabello rubio y la mirada perdida, como si quisiera desaparecer. Por un momento pensé que se negaría a ir, pero entonces la cámara regresó a la mujer y un agente que parecía intercambiar palabras. —"¡¿Q-qué?!"— soltó sorprendida. Ahora que pasa. —"Tenemos un voluntario"— murmuró perdidamente. Los murmullos comenzaron. Miré a Effie que por un segundo pareció perder todo ese brillo estúpido que tenía afilando su mirada. ¿Quién sería capaz de ofrecerse? Si nadie se había presentado en persona. ¿Qué estaba pasando? —"¡Tenemos un voluntario de la prisión de máxima seguridad de Kirikiri!"— vociferó la mujer rápidamente. ¿¡Qué!? —"¡Y su nombre es Peeta Mellark!"— agregó sin mirar a la cámara. La imagen cambió para mostrar a los reunidos del distrito 2 que estaban en un silencio total. Vi de reojo a Effie llevar su mano a la boca sosteniéndose del atril con una mueca marcada en su rostro. ¿Quién rayos era y por qué causaba esta impresión? De repente, la pantalla cambió y ahí estaba él. El aire se me escapó y mi corazón comenzó a galopar como si quisiera salirse de mi pecho. Un joven, no tan alto como Cato o Gale, pero notablemente más ancho de brazos y espalda. Su mirada... esos ojos azules. La sonrisa irónica en sus labios mientras levantaba su mano, haciendo sonar unas cadenas. Saludó amablemente, guiñando un ojo a alguien fuera de la pantalla. Espera… La realidad me golpeó: ¡las cadenas! Era un reo. Su risa llenó todo el lugar provocándome un escalofrío. Cuando lo vi de nuevo, noté que parecía genuinamente feliz. Es un lunático. Mi mirada se encontró con la de Gale, y vi en sus ojos el mismo desconcierto, la misma incredulidad que sentía yo. ¿Cómo era posible? ¿Un reo, un convicto, participando en los Juegos? El Capitolio siempre se superaba en su crueldad, pero esto... esto era un nuevo nivel. La transmisión terminó abruptamente, dejando un silencio denso y pesado en la plaza. Effie, nuestra escort, estaba muda, en la misma posición su mano apretando el atril fuertemente. No sabía qué hacer o decir, ni siquiera ella… Podía aceptar esto. Entonces, una nueva transmisión comenzó, y el Presidente Snow volvió a aparecer en la pantalla principal, sin sonrisa. Su voz, ahora más seria que nunca, resonó por los altavoces de la plaza. —"Este día, sin duda, ha sido glorioso. Pero tal vez se pregunten cómo viajarán juntos los tributos, ya que es algo importante que se conozcan y, muy significativo, que conozcan a sus mentores para estos juegos. Por eso, yo, su amado Presidente, he hecho disponibles los deslizadores más rápidos que el Capitolio tiene, para que de esta manera todos estén reunidos en los nuevos distritos en un par de horas. Así podemos disfrutar, como siempre, de manera justa"— terminó dando la vuelta y saliendo de la imagen y los gritos de fondo. La idea de los deslizadores, esas máquinas de transporte que solo veíamos en las transmisiones del Capitolio, me revolvió el estómago. Mi mirada se cruzó con la de Effie que se recomponía saliendo de su silencio extraño. ¿Qué demonios está pasando? Prim… Mamá…
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