Capítulo 23: El Visitante
(POV Prim) —"No es tu culpa no haberme tenido desde el principio"— El susurro leve de Katniss me llegó como si fuera un trueno. Por un instante, esperé que Caesar y Claudius aparecieran, interrumpiéndolo todo, como solían hacer hasta ahora, pero el silencio se hizo profundo. En cambio, la cámara se centró por completo en el rostro de Mellark. Sentí una punzada de dolor tan aguda que me estrujó el corazón cuando sus ojos se cuartearon. Mi hermana, finalmente, lo rompió. Y por primera vez, vi dolor genuino en ese azul, no solo el vacío que traía muerte. Lo vi resistirse, luchando por contenerse, pero al final, las lágrimas rodaron. Las mismas manos que me consolaron tantas veces ahora hacían lo mismo con él. Mi labio inferior tembló, incapaz de evitarlo. Apenas conseguí controlarme, pero entonces llegó su arrullo, frágil y claro. —♬ Lo haré contigo, todo lo que venga, solo tú y yo ♬—vi cómo su mano acariciaba su cabello, lenta y tranquila, mientras su mirada se perdía. Esa canción… —♬ No necesitamos nada más, a nadie más. Si me quedo aquí, si me quedo así… ¿Te quedarías conmigo y olvidarías el mundo? ♬— continuó cantando, con la voz más clara. ... Papá. —♬ No sé decir lo que siento, no sé cómo hablar ♬—Ella tomó su rostro y pasó sus dedos por las lágrimas que aún bajaban, dedicándole una sonrisa pequeña y firme, como si todo fuera a estar bien. Y ya no era solo él, también mi hermana parecía superada, cansada, pero a pesar de todo, no lucía derrotada. Era como papá, porque esa canción no era para nosotras... no exactamente. No… siempre fue tuya… Me giré para encontrar una mano temblorosa que sostenía fuertemente el vestido sobre su pecho. ... Mamá. —♬ Esas dos palabras se dicen fácil… pero nunca bastarán ♬— Me levanté y sin pensarlo, tomé su mano. Su cabeza giró para reconocerme, pero su mirada lucía tan perdida, igual que cuando papá murió. —♬ Si me quedo aquí, si me quedo así… ¿Te quedarías conmigo y olvidarías el mundo? ♬— fue lo último que escuché, dando paso al ruido de la lluvia. Y simplemente la abracé, sin poder contenerme más. Sentí sus manos temblorosas apretarme lentamente, hasta un punto donde el abrazo comenzó a doler, pero no importaba, no podía dejarla caer. Pero tan rápido como llegó, el dolor se fue cuando sus manos me soltaron. —"¿Katniss, qué...?"— La duda en la voz de mamá fue lo que me obligó a soltarla. Me encontré con su rostro en shock, una pequeña lágrima deslizándose. Me volteé justo cuando mi hermana simplemente acortó el espacio entre ellos, dándole a Mellark un pequeño 'pico' en la boca. ¡Espera! ¿¡Qué significa esto!? Fue algo rápido, no duró nada, pero mi mente quedó en blanco. Fue como si hubieran apagado un foco de luz. Se quedaron viéndose fijamente. Me limpié mis propias lágrimas, completamente perdida en la pantalla, sin poder creer lo que Katniss había hecho. Su pecho comenzó a subir y bajar rápidamente, como si estuviera corriendo, y de golpe, estampó su boca contra la de él. Mi estómago se revolvió cuando sus bocas empezaron a moverse armoniosamente. ¡Como si ya lo hubieran hecho antes! ¿Pero qué demonios está pasando? ¿Qué estás haciendo, Katniss? Se separaron buscando aire, y ahora los dos lucían igual de descontrolados. Pero los ojos de mi hermana no se apartaban de él, y había algo en ellos que me hizo sentir muy incómoda. Fue entonces que su mano tocó el pecho de Mellark justo en la cicatriz con forma de T y bajó lentamente. Y simplemente volvieron a unirse, pero esta vez fue mucho más desesperado. Las manos de Katniss no paraban de tocarlo por todas partes. Y lo peor fue ver a Mellark hacer lo mismo, pasando sus brazos por su espalda, casi sentándola sobre él. Su beso pasó de la boca a la mandíbula de Katniss y llegó hasta su cuello, haciendo que mi hermana se curvara de una manera extraña. Fue el —"¡Ah!"— de la boca de Katniss lo que detuvo todo por completo. Sentí que mis ojos iban a caerse, y el calor que sentí en el rostro fue algo que jamás había experimentado. Pero al parecer no fui la única; mi hermana estaba igual, sus mejillas rojas y sus ojos igual de abiertos. Volteé mecánicamente a ver a mamá, que hacía un momento estaba destrozada y que ahora parecía lista para matar a alguien. Aun así, su rostro también estaba rojo, y no sabía si era por vergüenza o por pura ira. Regresé a la pantalla. Mellark comenzó a soltarla lentamente, su rostro en shock hasta que sus ojos se encontraron. Sus manos aún no la soltaban, pero las de Katniss ahora estaban sobre su propio pecho, como si Mellark la quemara. Y como si algo lo hubiera picado, él la soltó al instante y se puso de pie. —"I-iré por más leña"— soltó bruscamente, y sin pensar en que estaba cayendo una turba afuera, salió. Me quedé congelada. Ni respiré. ¿Pero qué … (POV Haymitch) … Mierda? ¿Por qué demonios está esto en vivo? ¿Qué carajos está vendiendo el Capitolio ahora? Mis ojos no se apartaron de la televisión en la pared. La chica ahora se cubría la cara, avergonzada como una adolescente. Mi atención se desvió al monitor del escritorio, donde no solo estaba Katniss, sino también Peeta, afuera de la cueva. Solo estaba ahí, de pie, dejando que el aguacero de lluvia fría lo ahogara. Me importaba un bledo si se revolcaban o se daban la mano; el problema es que lo estaban mostrando. Se supone que Peeta es el malo de la historia que no hay amor, solo una traición. Aquí hay algo más, algo que Seneca está cocinando. —"Qué descuidado que es Peeta"— Exclamó Effie justo detrás de mí, ganándose mi atención con su tono de regaño. Ella negaba con la cabeza, cruzada de brazos. Yo solo asentí, de acuerdo. —"Sí, muy descuidado…"— alcancé a decir. —"¡Exacto, Haymitch! ¿Cómo se atreve a intentar tomar algo tan preciado de Katniss en una cueva apestosa?"— Eso me obligó a cerrar la boca de golpe. ¿Qué carajos? —"¡Ah! Sin duda, es tu discípulo, Haymitch. Tan… tan burdo. Mira, ella le canta, lo calma, le demuestra cariño y lo primero que él quiere es… no puedo ni decirlo"— refunfuñó, cerrando el puño y mirándome fijo. —"¡Yo qué carajos tengo que ver con sus jueguitos! ¡Yo no le dije que hiciera nada de esto!"— Me vi arrastrado a la discusión, señalando la pantalla con vehemencia. Pero ella levantó la mano, agitándola con negación, antes de fulminarme con la mirada. —"Desde que tomaron juntos en la azotea, supe que terminaría siendo muy parecido a ti, y mi Katniss no se merece eso"— me reprendió, dejándome con la mandíbula trabada. —"Aunque ahora lo importante es saber qué está tramando Seneca. Debe de haber algo detrás. Voy a hablar con mi hermana"— terminó su pequeño y fastidioso discurso y se levantó, teléfono en mano. No la entiendo. Un minuto es la Effie sentimental, y al siguiente vuelve a su estúpida faceta de Capitolina superficial. Dejé salir un resoplido, completamente harto. Me sacudí toda esa mierda de la cabeza y me concentré en el verdadero problema. Dejaría que Effie jugará a ser detective con lo de Seneca; yo ahí era inútil. Reunirme con el equipo del Seis sería una pérdida total de tiempo, solo estaban aquí por sus jodidas sustancias y no ofrecían nada. ¿Ravencourt? El tipo ya había soltado todo; presionarlo solo conseguiría enfadar al extraño. Me maldije por ser un imbécil y no haber sembrado más conexiones entre los patrocinadores. Después de todos estos años, lamentaba no haber intentado con más fuerza, con más rabia, ayudar a mis tributos, buscar más a fondo. Pero siempre me quedaba con lo más básico. Nadie daba un maldito rublo por el Doce, lo sabía de sobra, y me dejé caer en ese autoengaño. Ahora, después de tantos años de podredumbre, me arrepentía de verdad, porque ahora sí, los necesitaba. ¿De qué me servía conocer cada engranaje de esta maquinaria si no tenía a quién recurrir? No como Effie, que de pronto sacaba a relucir contactos pesados que ni en mil años creí que ella conocería. Aunque, claro, Snow siempre lo quiso así. Nunca ha querido que los vencedores nos metamos de lleno en los asuntos del Capitolio. Solo lo necesario, solo el espectáculo, nada de poder real. El chirrido de la puerta abriéndose me sacó de mi concentración. —"¿Bien, qué te dijo…?"— pregunté, girando, solo para quedarme tieso al ver la expresión sobria en la cara de Effie. A su lado, había un hombre alto y trajeado, con un rostro absolutamente inexpresivo. Vi cómo ella se removía en su sitio, incapaz de hablar, como si algo la estuviera ahogando. Mi ceño se frunció al instante y me puse de pie. —"¿Quién demonios eres tú?"— solté bruscamente, caminando hacia ellos. El hombre solo apartó ligeramente su saco, revelando un arma que me dejó clavado en el sitio. Effie estiró sus manos hacia mí, intentando calmarme, pero eso solo me encendió más. —"No hagamos un espectáculo, ¿de acuerdo?"— me dijo, levantando las cejas con esfuerzo. —"Es mejor que bajemos. H-hay alguien que quiere hablar con nosotros"— musitó en voz baja, aunque su mirada estaba presa del pánico. ¿Pero qué diablos está pasando ahora? Sentí un escalofrío incómodo en la espalda, pero simplemente asentí, siguiendo a Effie y al hombre. Al cruzar el umbral, me di cuenta de que había más hombres en cada esquina. Bajamos las escaleras. El olor a menta llenaba todo el lugar, un perfume fuerte y empalagoso. Los hombres en las esquinas eran casi maniquíes, ni siquiera notaba su respiración. Al final de las escaleras, nos escoltaron a la sala de estar, donde encontramos a alguien sentado en el sillón, bebiendo algo de una taza. Cuando por fin estuvimos frente a él, lo primero que noté fue la cicatriz que le cruzaba el ojo. Y luego, unos ojos azules y una sonrisa formal, exagerada, que me incomodó hasta los huesos. —"Oh, tú debes ser el famoso Abernathy"— su voz era dulce, tranquila… escalofriante de una manera muy controlada. Puso su mano, cubierta de anillos, sobre su pecho con un gesto teatral. Me recuerda a… —"Mi nombre es Bran Mellark. Un placer"— terminó, retomando su taza. Estamos jodidos. Aclaró la garganta después de sorber de su taza y señaló el sillón detrás de nosotros. —’’Por favor, adelante’’— pidió con una amabilidad que sonaba como una orden, como si fuéramos sus invitados y no un par de rehenes. Me dejé caer pesadamente en el sillón, intentando fingir que no pasaba nada, pero la manera robótica y controlada en que Effie tomó asiento me puso los pelos de punta. Eso no era normal en ella. Su rostro era seriedad pura, como si tuviera al mismísimo Snow sentado delante. —’’¿Desean algo de beber?’’— preguntó, recargándose más y dirigiendo toda su atención a mí. Negué con la cabeza. No tenía estómago para nada. Él simplemente se dirigió a Effie. —’’Sí, té de…’’— comenzó a decir, pero él levantó la mano y la silenció al instante, señalándola con el dedo. Y esa extraña sonrisa apareció de nuevo. —’’Té de manzanilla’’— sentenció, como si la conociera mejor que ella misma. Y por algún motivo, eso me irrito más. Levantó la mano, tronando los dedos, y uno de los maniquíes del fondo simplemente se esfumó hacia la cocina. —’’Debo decir que tienen una bonita vista desde este palco. Nunca había subido, o más bien, nunca había tenido la necesidad’’— comentó con un decoro tan refinado y extraño que, en lugar de sonar amigable, parecía que me iba a apuñalar en cualquier momento. Totalmente diferente a Snow. Más brutal, menos político. —’’Ahora entiendo por qué no te vas, Effie’’— añadió rápidamente, sonriendo hacia ella. Abrí la boca para soltar alguna burrada, pero la mano de Effie me tomó el brazo con la rapidez de un rayo, apretándome con fuerza sin siquiera mirarme. Le dirigí una mirada rápida la duda en mis ojos. —’’Oh, parece que lo tiene bien controlado, Abernathy, pero bueno… es Effie, después de todo’’— se burló, cruzándose de piernas y retomando su taza. El silencio reinó por unos segundos, hasta que el té apareció y fue depositado frente a Effie, quien solo agradeció con un leve murmullo. Y una rebanada de tarta de coco fue puesta frente a Bran, a quien le brillaron los ojos como a un niño pequeño. Tomó un tenedor, metió una porción enorme en su boca, cerró los ojos disfrutando mientras la masticaba cortésmente. —’’¡Esto está delicioso!’’— exclamó, sonriendo. A este punto, estaba completamente perdido. ¿Qué demonios era todo esto? ¿Qué quería? Parecía que solo había venido a merendar y nada más. —’’Deberías probarlo, Effie. Está realmente bueno, tú que amas los postres’’— volvió a dirigirse exclusivamente a ella, extendiendo el plato. Vi como Effie se tensó, pero se negó cortésmente con la cabeza. Eso hizo que Bran soltara el tenedor sobre el plato, dejándolo justo frente a él. —’’Qué curioso, Effie…’’— comenzó a decir, mientras tomaba una servilleta para limpiarse la boca. —’’¿Por qué hasta ahora veo que solo deseas meterte en mis asuntos?’’— le espetó, tirando la servilleta justo encima de la tarta. —’’Entonces, tal vez deberías comer de mi maldito plato de una vez, ¿¡NO!?’’— explotó de la nada, haciendo que Effie diera un pequeño respingo. Debo de hacer algo ya. —’’Señor Mellark, no creo que sea realmente así…’’— comencé a decir en un intento de calmar esta locura. La mano de Effie me dio un tirón rápido en el brazo. Pero él se volteó a verme como si fuera un insecto molesto. Levantó la mano y, sin pensarlo dos veces, el hombre que trajo el té dejó caer un arma cargada en su mano. Mellark la tomó y me apuntó directo a la cabeza. ¿Pero qué mier…? (¿Cuánto sabe él, Effie?) —’’¿Wie viel weiß er, Effie?’’— Ahí estaba ese idioma extraño otra vez. Solo pude reconocer que se dirigía a ella. Trague fuertemente mientras levantaba las manos lentamente, algo en su mirada me decía que no lo pensaría, solo lo haría. No creo que le importe si soy un vencedor o no. (¡No sabe nada, absolutamente nada! ¡S-solo entiende los juegos!) —’’¡Er weiß nichts, absolut nichts! E-er versteht nur die Spiele!’’— El grito llegó justo a mi lado mientras veía a Effie ponerse de pie de un salto, sus manos hacia adelante como si quisiera detenerlo. La respiración de Effie era acelerada, el pánico era total en su mirada. Él solo se quedó allí, viéndola fijamente, sin parpadear, como si pudiera ver a través de su alma. Hizo una mueca, asintió y levanto el arma. El mismo hombre la tomó y la guardó en su funda. —’’¿Crees que soy estúpido? ¿Eh, Effie?’’— preguntó sin parar, mientras se acomodaba en el sillón como si el arma nunca hubiera existido, me hizo una seña con dos dedos para que bajara las manos como si fuera un fastidio. —’’Claro que no, señor’’— respondió rápidamente, y el sonido de esa sumisión fue como un puñetazo en mi estómago. Jamás la había escuchado tan sumisa, tan apagada. Yo no tenía cabida en esta mierda. Casi hago que me maten por abrir la boca, así que era mejor mantenerla cerrada. Aunque lo único que quería era estrellar mi puño en la cara de este bastardo. —’’Entonces, deja de hacer lo contrario. Tus preguntas, tu búsqueda por ayudar a mi hermano pequeño, solo están haciéndome enfadar cada vez más y más’’— le espetó, y todo el brillo anterior desapareció de su rostro, dejando atrás una cáscara horrible. El olor a menta se hizo sofocante, casi asfixiante. Effie solo bajó la mirada, incapaz de enfrentarlo. —’’El único motivo por el cual no eres un cadáver descuartizado a estas alturas…’’— soltó como si hablara del clima, pero sus ojos parecían brillar. Mis manos se cerraron en puños al instante y mi pierna tembló inconscientemente. Pero ella se quedó allí, de pie, con la mirada perdida. Solo el ¡Smack! sobre la mesa la hizo reaccionar, viendo fijamente a Bran, cuya palma se había estampado con fuerza. La señaló, sonriendo con ese gesto artificial. —’’... Es solo por Tigris. Pero hasta ella tiene límites en lo que puede hacer’’— concluyó, bajando lentamente su mano. Y Effie solo agachó la cabeza, mordiéndose el labio. Asintió levemente, derrotada. —’’Genial. Bueno, tengo otros asuntos que atender. Fue un gusto conocerte, Abernathy. Deberíamos juntarnos nuevamente, a cenar o algo’’— añadió, poniéndose de pie y abotonándose el saco con calma. Hijo de perra. Sin decir nada más, se dirigió al ascensor, seguido por los maniquís silenciosos. Me puse de pie en cuanto entraron todos. En mi cabeza se quedó grabada su maldita sonrisa justo antes de que las puertas se cerraran. Y en el momento exacto en que el elevador descendió, Effie se derrumbó en el suelo. Sus manos se aferraron a su pecho, que subía y bajaba rápidamente, temblando sin control. Me lancé a por ella al instante. —’’¡Tranquila! ¡Tranquila, todo está bien!’’— le grité, tomándola con fuerza en un intento inútil de controlarla. Ella me abrazó sin pensarlo dos veces, dejándome congelado en el sitio. Sus manos se agarraron a mi camisa con una fuerza salvaje, una que jamás le había conocido. —’’¡P-pensé que te iba a matar!’’— gimió sobre mi pecho, un aullido roto que me hizo abrir los ojos de golpe. No estaba preocupada por su propia vida… sino por la mía. La idea me golpeó, tumbándome al suelo con ella, donde solo se aferró más. Abrí la boca, listo para soltar alguna estupidez habitual para aliviar la tensión. Pero en cuanto mi mirada cayó sobre ella y esos ojos verdes, ahora inundados de lágrimas, solo pude cerrarla. Dejé de hablar y la abracé, atrayéndola más fuerte hacia mí. —’’Estoy aquí. Estoy contigo, Effie. No me voy a ir’’— susurré, mientras ella solo apretaba mi saco con desesperación, dejando que las lágrimas corrieran. Todo está bien... por ahora. (POV Peeta) ~’’¡Ah!’’~ Cerré los ojos con tanta fuerza que me dolieron las cuencas, intentando sofocar ese sonido en mi cabeza, pero cada vez que lo hacía, solo se volvía más nítido: el eco del gemido. ~’’¡Ah!’’~ Levanté la mano abierta y, sin pensarlo, la estampé contra mi frente, un gesto desesperado que me obligó a mirar el cielo donde la lluvia no cesaba. No era solo el gemido; era quien lo había soltado, y el hecho de que yo lo había provocado. Fue un momento de debilidad total, la cercanía, la canción... todo se alineó como un efecto dominó. No puedo permitirme eso aquí. No en este lugar. No ahora. Quedarme afuera era estúpido. Necesitaba concentrarme. Me obligué a respirar hondo y me dirigí de nuevo hacia la pequeña cueva, dándome cuenta al caminar de que había olvidado completamente por qué había salido. Al entrar, vi a Katniss sentada. Su rostro, ligeramente iluminado por la débil luz de la fogata, giró para encararme, y eso fue suficiente para dejarme fijo en la entrada. Sus mejillas seguían sonrojadas y su mirada aún conservaba ese extraño calor soñador que me hacía sentir como si estuviera a punto de desmoronarme. —’’Peeta… estás mojado’’— susurró, la voz baja y lenta, sin dejar de mirarme. Tragué en seco, sintiendo la garganta apretada. —’’O-olvidé la leña’’— solté, ya girando para salir otra vez, antes de que pudiera pensar en otra cosa. Estoy condenado. Absolutamente condenado. (POV Katniss) Me quedé clavada en la entrada de la cueva por donde Peeta acababa de huir otra vez. Estaba estúpidamente perdida. Aún no podía quitarme de la cabeza lo que había pasado. La canción de mi padre; esa que le cantaba a mi madre cuando estábamos perdidos, cuando no había un centavo. Fue un acto reflejo. Como si hubiera visto en Peeta lo que mi padre veía en mi madre en esos momentos. Nunca entendí esa conexión. Ahora, sí. Quería que supiera que yo estaba aquí. Que, sin importar lo que pasara, las cosas saldrían bien si nos manteníamos unidos. Que aunque otros cayeron, nos traicionaran, aunque Rue estuviera herida, aunque solo uno pueda salir de esta Arena: aún estábamos juntos. Vivos. Lo entendí de golpe cuando lo vi romperse. Yo puedo morir aquí con mi orgullo intacto. Peeta, en cambio, sacrificó hasta su dignidad por mí. Sacrificó su reputación, la imagen que el mundo tendría de él, más allá del Capitolio. Incluso su posición ante mí, solo para asegurarse de que yo regresara a casa. Y eso es lo que me asusta. Porque solo puede significar que lo que él siente por mí es demasiado grande, demasiado fuerte, algo mucho más absoluto de lo que yo puedo darle a cambio. No mentía cuando dijo que quemaría el mundo por mí. Aún no entendía ese apego tan fuerte por mí. Sí, teníamos historia. Pero no al punto de estar dispuesto a hacer tanto. ¿O sí? Yo soy la que debería estar en deuda con él. Me dio el pan, me dio el paraguas. Salvó a mi familia de una muerte segura, le devolvió a mi madre la esperanza con ese simple acto. Estoy viva por él, Prim está viva por él. Y el que se sacrifica de nuevo es él… No entiendo, ¿qué soy yo para él de verdad? No lo sé… ¡Ahhh! Me llevé las manos a la cabeza, pura frustración. El sueño solo me sirvió para concluir que lo quería por completo en mi vida, sin importar nada. ¿Quién fue? ¿Qué hizo? ¿Qué estaba haciendo? Eso no importaba porque sabía que no lo hacía por maldad, tenía un motivo. El deseo de tenerlo conmigo era tan fuerte, por toda la felicidad que traía consigo, que incluso estaba dispuesta a enterrar mi brújula moral y pasar por alto sus defectos y acciones. Bajé las manos y detuve una sobre mi boca. Un escalofrío me recorrió cuando el recuerdo de sus labios sobre mi cuello me golpeó. Dejó un calor extraño, justo en la parte baja de mi estómago. Bajé la mano, soltando un suspiro tembloroso. No entendía qué pasó después, ese pequeño beso, seguido de esa extraña necesidad de más y más. Me gustaba sentirlo: que me diera la mano, descansar en su pecho, los besos, por pocos que hubieran sido. Pero… esto fue diferente. Y sé que no solo fue para mí, también para él. Por eso está afuera mojándose, fingiendo que busca leña. No sé qué fue, pero… me gusta. Solo pude sonreír tontamente. Él siempre me había pillado desprevenida, pero esta vez yo había hecho algo que lo había asustado. Aunque fue vergonzoso, no tenía idea de que mi voz podía alcanzar ese timbre… Mi atención se desvió a Rue, que dormía plácidamente. Al menos ella no estaba despierta. No quiero ni imaginar lo que diría… Ese pensamiento fue el que me dejó en blanco. Di un salto al instante, abriendo los ojos y volteando la cabeza perdida por todos lados. ¡¡¡PRIM Y MAMÁ!!! No estaba sola. Ellas podían verme. Ellas me vieron. No, no, no. Gale y también todo el Distrito. Todo el Capitolio. ¡Se me escapó un gemido enfrente de todo el mundo! Casi me golpeo la cara por la estupidez. Por un segundo, de verdad creí que estábamos solos. Eso solo demuestra lo perdida que estaba en ese momento. Solo solté un suspiro fastidiado. Me senté de nuevo, con la mente todavía dispersa. Tomé la liebre que Peeta había conseguido y continué destripándola, intentando ignorar todo. Cuando por fin terminé, iba a soltar el cuchillo, pero me vino a la cabeza... Finn. Y una presión me encogió el pecho. Niño tonto, ¿por qué hiciste eso? Apreté el cuchillo y levanté la vista para ver el agua caer por la entrada. ¿Estaría bien? ¿Tendría refugio? ¿Los Profesionales lo cuidarían o...? Negué con la cabeza. No podía evitar preocuparme por él. Solo era un niño que se dejó engatusar. Tiene que ser así. La abuela Marsh no crio a un traidor. Pensé que a Peeta le daría igual, pero verlo romperse y decir que la partida de Finn también era su culpa solo me hacía creer que se lamentaba, de una u otra forma. Puede que Finn se viera tentado por la recompensa, pero al final fue su elección. No era culpa de Peeta que su cabeza tuviera precio. Que su hermano lo odiara. No puedo evitar volver a ese sentimiento de lamento por no habernos tenido el uno al otro desde antes. Todo hubiera sido diferente, como en el sueño. Tomé una rama, clavé el animal y lo puse sobre el fuego. Me quedé perdida mirando las llamas. Hasta que el sonido de los pasos de Peeta al regresar me sacó de mi trance. (POV Peeta) No es nada. No pasa nada. Me repetí varias veces mientras caminaba hacia la entrada otra vez, después de haber huido como un cobarde por segunda vez. Pero, ¿qué otra opción tenía? No quería que las cosas subieran de tono o hacerla sentir incómoda. No era solo para mí, también era para darle a ella tiempo de pensar. Sí, eso era. Entré en la cueva. La miré; observaba el fuego donde la liebre se cocía lentamente en el palo. Esta vez ella no me miró, se quedó ahí sentada. —’’¿Y la leña?’’— preguntó antes de voltear a verme. Me quedé quieto de nuevo. Sabía que algo se me había olvidado, rayos. Tomé mi playera un poco húmeda y comencé a secarme con ella mientras le daba la espalda. —’’No había buena. Está toda empapada’’— le respondí. Escuché un "Mmm" de su parte. Extendí la playera en el suelo una vez más para girarme, solo para encontrar su rostro a un paso del mío. Aún tenía ese calor extraño en la mirada, pero parecía más tranquila. Me tomó del brazo con suavidad y me dio un pequeño tirón. —’’Ven, sécate con el fuego’’— me pidió. Sin soltarme, me llevó hasta el calor, se dejó caer y palmeó el suelo a su lado. La imité y me senté tranquilamente. Al parecer, las cosas ya se habían calmado para ambos. Tomé el palo y giré la liebre. El silencio reinó, sin palabras ni miradas. Solo la tranquilidad de la lluvia y el calor del fuego. Hasta que su voz rompió la calma una vez más. —’’¿Cuál es el plan ahora?’’— preguntó, mientras removía un poco la leña. —’’Alguien más murió durante la pelea en otro sitio. Lo mejor es esperar a la noche y ver quién fue para, a partir de ahí, hacer un plan’’— le expresé mi pensamiento. Sería lo más sensato. Dependiendo de quién murió, sabría a quién atacar. Para mis adentros, esperaba que fuera Tresh. Eso haría las cosas más fáciles. —’’¿Qué te parece?’’— le pregunté, ganándome su mirada. Pareció meditarlo unos segundos antes de asentir. —’’Creo que es lo mejor. De todos modos, la lluvia no dejará hacer nada más. Los Profesionales tendrán la Cornucopia para protegerse del agua, pero sin suministros, tendrán que cazar y evitar enfermarse’’— dijo, tomando la liebre y girándola, antes de buscar mi mirada. —’’Estamos en el mismo terreno ahora’’— solté, mostrando una pequeña sonrisa. Y así era. No más ventajas, no más cazar a los demás sin consecuencias. El peso sobre mi hombro me sacó de mis pensamientos. Katniss se había acomodado, dejando caer su cabeza. Sentí sus brazos pasar por el mío y el calor que irradiaba su pequeño cuerpo. No era la misma tensión de hace un momento; esto era más hogareño, más sencillo, y no pude evitar relajarme. Abrí mi mano, dejando que sus dedos se entrelazaran con los míos. Y a pesar de todo, me sentí tan tranquilo, como si estuviera en casa. Porque ella era mi hogar, siempre lo fue. Levanté la liebre, ya cocida. Iba a preguntar si quería un trozo, pero noté que sus ojos estaban cerrados. Así que simplemente la acomodé mejor y me recargué contra la pared, con la vista fija en el agua de la entrada. Esperaba que nada entrara por ahí. Pero mis párpados comenzaron a traicionarme, y de repente, todo se quedó en negro… Fue una queja, seguida de otra, lo que me hizo abrir los ojos al instante. El fuego seguía leve, la lluvia caía igual. Katniss estaba a mi lado. ¿Entonces qué demonios...? Mi mirada se dirigió a Rue, que temblaba levemente mientras se quejaba. Una pesadilla. Me levanté, dejando suavemente a Katniss a un lado. Me acerqué a Rue, listo para moverla un poco, pero me detuve al ver su frente cubierta de sudor. —’’Rue…’’— susurré, poniendo mi mano sobre su frente. Estaba ardiendo. Hirviendo. ¿Pero qué? Sin pensarlo dos veces, le quité la chamarra de encima. Sentí a Katniss levantarse detrás de mí, pero mi atención se quedó fija en Rue. —’’¿Peeta, qué sucede?’’— preguntó, adormilada. Yo solo me hice a un lado para dejarla ver por sí misma cuál era el problema. Vi cómo el sueño la abandonó al instante, sus ojos se abrieron de golpe. Mi atención regresó al brazo de Rue, donde la cortada no había mejorado en absoluto. En cambio, mostraba una coloración morada alrededor de la herida. —’’Veneno’’— fue lo único que salió de mí.El Visitante
24 de noviembre de 2025, 21:46