ID de la obra: 783

Sobre el derecho a una oportunidad

Mezcla
NC-21
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planificada Midi, escritos 79 páginas, 31.226 palabras, 4 capítulos
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Un momento aparte

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Cuando Nelyo les había dado la noticia dos semanas antes, parecía que tenían mucho tiempo; la mañana antes de partir hacía Tirion, Curufin se preguntaba a dónde había ido todo ese tiempo. Se levantó temprano, gruñendo y bufando a cada segundo, y lanzando miradas de envidia hacia la cama, donde Findaráto todavía estaba durmiendo tendido en su nido; Ingo podía darse el lujo de dormir un poco más, ya que no estaba embarazado, pesando como un yunque y no tardaba el doble de tiempo en hacer todo, a diferencia de Curvo. Curufin se tambaleó hasta el baño, para hacer sus necesidades y lavar los restos de sus actividades nocturnas; los mordiscos y chupetones de su pecho no iban a desaparecer así como así, pero al menos podía eliminar los restos de semen seco de sus muslos que Finrod no le quitó con la lengua. Tardó bastante, pero para cuando por fin salió del baño, tenía la piel fresca y limpia, su cabello negro estaba ligeramente húmedo y acicalado con aceite (no su favorito, ese estaba empaquetado para ir a Tirion); llevaba una bata de baño blanca un poco grande, pero que era la única que cubría bien su barriga. Finrod ya estaba despierto, estaba sentado en el borde de la cama, mirándolo ansiosamente -Buenos días- Su cabello dorado estaba totalmente suelto, caía lascivamente desde sus hombros y por su pecho desnudo, las ondas de oro se acumulaban en su regazo y brillaban con el sol de la mañana. Curufin tuvo que esforzarse por devolver sus ojos al rostro de Findaráto, que estaba intentado no parecer tan aliviado de verlo aparecer por la puerta; él siempre se veía ansioso cuando Curvo no estaba cerca al despertar, lo que normalmente no era un problema ya que Ingo era mucho más madrugador y Curufin suele trasnochar, pero Curufin recientemente se dio cuenta de que tampoco soportaba muy bien despertar sin Finrod cerca, cuando sabe perfectamente que se acostó pegado a él. Le recordaba demasiado a esa maldita noche, a su maldito mordisco y si piensa demasiado en eso sus emociones se desparramarán por todas partes y joderá todo el valiente esfuerzo que ha estado haciendo por disfrutar la compañía de Finrod sin que le haga daño; y Curufin sabe perfectamente que no soportará ni la soledad ni el dolor, todo sería demasiado en ese momento. Avanzó por la habitación rápidamente hasta el armario, desterrando esos pensamientos de su mente e intentado ignorar a Finrod levantándose de la cama, con el pelo aun escandalosamente suelto y sin hacer amagos de hacerse la menos una sencilla trenza de dormir por el bien de la modestia, parece que superaron esa necesidad hacía mucho; aunque Curufin recordaba perfectamente la época en la que podía hacer sonrojar a Finrod con un suave tirón de sus elaboradas trenzas, en otra era cuando eran inocentes, ingenuos y llenos de emociones suaves. Del armario, recogió las túnicas que Moryo había pasado la última semana haciendo, instalado en el ático de la casa de Eöl intentando ignorar el ruido de la casa para poder trabajar (llegó en un momento terrible, se mudó justo cuando Aredhel y Eöl se reunieron) en la ropa que llevarían en la fiesta de Arafinwë; por supuesto, el trabajo de su hermano era impecable como siempre, las túnicas rojas estaban ricamente bordas en oro (Curvo puede hacerse una idea de porqué Carnistir bordó en oro y no en negro, como Curufin suele preferir; su hermano si es así de imbécil) en un diseño de estrellas de ocho puntas y hojas que enmarcaban su barriga embarazada. También había aprovechado para pedirle a su hermano mayor que le tejiera ropa interior, la que tenía se le quedó pequeña rápidamente con la velocidad a la que crecía su vientre; el puñetero Moryo había sonreído como la pequeña mierda que nunca dejó de ser, le dijo “por supuesto Curvo, yo me encargo”, y luego se giró y le preguntó a Finrod cuál era su color favorito, a lo cual el maldito Ingo responde que le gusta el dorado y, sonrojándose, que el rojo también está bien. Y así, Curufin acabó con un cajón entero de lencería principalmente roja y dorada (gracias a Eru, Moryo todavía tuvo el sentido de hacerle algunas negras) ajustable que le quedaba con un guante, enseñaba más de lo que escondía, como no podía ser de otra manera, era perfectamente cómoda y Curvo no tenía ninguna duda de que se ajustaría estupendamente para que todavía le quedara como un guante después de su embarazo. De alguna manera, todos sus hermanos mayores eran unos gilipollas a la vez que terriblemente protectores, verdaderamente era un caso de estudio. Mientras él se peleaba con las mallas para que subieran por sus regordetes muslos, Finrod por fin se dignó a empezar a prepararse para el viaje, consiguió lavarse, peinarse y vestirse mientras Curvo aún luchaba para que su panza entrara en la túnica; ni siquiera había podido ponerse las botas. Finrod se acercó a él y levantó levemente las manos, pidiendo permiso para ayudarlo; Curvo forcejeó un poco más, reacio a que le ayudaran a vestirse como si fuera un bebé, pero finalmente cedió con un bufido y permitió que Finrod le colocara bien la túnica, abarcando toda su barriga y subiendo las mallas para que quedaran bien; Curufin está seguro de que no hacía falta que amasara su trasero como un bollo de pan para que cupiera en los pantalones, eso ya lo había hecho él, pero ciertamente no se iba a quejar. Una vez vestido correctamente, se sentó en su tocador para quitarse la toalla que había envuelto en su cabeza para secarse el pelo y comenzó a peinarse. Cuando apenas llevaba unas pocas pasadas, sintió una presencia incómodamente cerca en su costado (porque Finrod ya no se paraba a su espalda cuando él estaba sentado; aprendió esa lección la primera vez); Ingo miraba al cepillo en su mano con un deseo anhelante en sus ojos, pero no dijo nada. Finrod se estaba esforzando mucho por no imponer sus deseos de ninguna manera ni hacer peticiones a las que no tenía derecho, lo cual Curufin respetaba muchísimo, pero en algunas situaciones se volvía completamente absurdo como hacía acrobacias alrededor de algo solo para asegurarse de no incomodarlo; Curufin no era de cristal, no quería que lo trataran como si lo fuera y se estaba acostando con una persona con deseos y preferencias, no con un muñeco hecho para su placer, por lo que preferiría que Finrod se comportara como tal. A veces era frustrante como Finrod seguía actuando como si no tuviera deseos propios, sobre todo cuando había mostrado sus deseos muy claramente la noche anterior. Con un profundo respiro para calmar sus nervios, Curufin dio un leve asentimiento y le tendió el peine. Finrod lo tomó en sus manos con delicadeza, se sentó a su lado y lo peinó con cuidado, sus manos fuertes que habían hecho a Curvo gritar la noche anterior se sentían suaves y mimosas al trenzar su pelo mientras Curufin hacía lo posible por no estremecerse, ni gemir del placer, ni oler absolutamente necesitado de amor, pero no creía haberlo conseguido del todo. Al acabar, ambos se giraron y Curufin lo peino a él; Finrod tenía escalofríos cada vez que él pasaba las manos por el oro hilado de su cabeza, el olor picante y arrolladoramente atrayente de su lujuria picaba en la nariz de Curvo, lo que lo hacía sentir tan cálido en su vientre y con la boca seca; terminó de hacer sus trenzas de viaje lo más rápido posible antes de que los dos se excitaran demasiado, no tenían tiempo para eso, por mucho que quisieran. Cada uno acabó por colocarse sus joyas ellos mismos, sin confiar en sí mismos para mantener las manos estrictamente castas. Los adornos de oro y zafiro que Curufin había hecho lucían perfectos en Finrod como sabía que lo harían, una cosa fea y posesiva luchó por abrirse paso por su garganta en forma de un ronroneo satisfecho y orgulloso de ver a Finrod lleno y engalanado con su artesanía. Curufin no consiguió suprimir el sonido del todo, Finrod se congeló un segundo al darse cuenta de lo que era y se giró a mirarlo con los ojos brillantes; Curvo apartó la mirada, sin soportar ver el atisbo de esperanza en sus ojos, no estaba listo para eso. Desayunaron rápido, Celegorm se había encargado de hacer tortillas con mermelada de arándanos mientras todo los demás se preparaban (el afortunado bastardo no había sido convocado explícitamente ya que su embarazo no era tan ampliamente conocido en Tirion, por lo que se libraba de ir a la corte), además de preparar bocadillos para el viaje; ahora los miraba comer a toda velocidad desde su silla, cómodamente recostado y en pijama. Tyelko se acercó cuando Finrod se levantó para cargar las maletas que quedaban. No dijo nada, pero se sentó detrás de él y lo abrazó, restregando su rostro contra el cuello de Curvo y masajeándole las glándulas de las muñecas de una manera que hacía a Curufin sentirse derretido y suave, muy calmado. -Estaré bien, Tyelko. No me va a pasar nada- Susurró en voz baja, casi somnolienta. -No lo sabes, vas a su territorio, ya no es nuestro hogar- -Ayudé a Atar a diseñar las partes más nuevas de ese palacio y a renovar las viejas; puse muchas de esas piedras yo mismo y forjé los adornos de techos, paredes y ventanas. Nuestro Poder y nuestra fëa está impreso en ese lugar y si intentan cualquier cosa, se darán cuenta de que eso aún significa algo, a pesar del tiempo y del supuesto exilio- Para ser justos, todos sus hermanos habían ayudado en las obras del palacio de Tirion cuando su padre se lo pidió, pero era Curufin el que más horas pasó trabajando en ello (salvo el propio Fëanáro, que ponía su vida en pausa cada vez que hacía algo con el objetivo de complacer a su padre, de hacer que Finwë se sintiera orgulloso de su hijo omega). En los años de los Árboles, usar su Poder en el metal y la piedra solo tenía el objetivo de moldear a su voluntad y de hacer su obra su suya, su yo joven e inocente no tenía idea de las formas violentas en las que una creación debidamente infundida se volvería contra los enemigos de su creador si este solo se lo pidiera. El palacio como era hoy (cómo había sido desde hacía eras), era prácticamente la obra de Fëanor y sus hijos, ya que los Eldar eran por encima de todo débiles ante la belleza, e hiciera lo que hiciera su padre, su arte siempre era lo más grandioso y hermoso a su propia manera. A pesar de todos sus crímenes, ni los Noldor de Tirion ni los Teleri de Alqualodë pudieron echar abajo la exquisita obra de su familia, sabiendo que no encontrarían artesano que pudiera crear una belleza ni mayor ni igual. -Preferiría que no tuvieras que hacerlo- A pesar de ser mayor, Celegorm era mucho más propenso a los pucheros que sus dos hermanos inmediatamente menores, como ahora demostraba, solo Ambarussa podían ganarle en ese aspecto –Y preferiría que tuvieras una forma más segura de averiguar si ese alfa está dispuesto a protegerte esta vez- -Tampoco me gusta hacer esto, pero Nelyo tiene razón – “Cómo no, Nelyo siempre tiene razón” –No quiero hacerle la vida más difícil de lo necesario a Tyelpë, no merece que lo escondan como si fuera alguna especie de error; y por una vez no hemos hecho nada malo así que no vamos a escondernos- Tyelko resopló y lo miró arqueando la ceja de una manera que decía muy claramente que se había dado cuenta de que Curufin no había respondido a sus preocupaciones sobre Findaráto pero que lo conocía lo bastante como para saber que no le iba a sacar respuestas. Su hermano mayor lo estrechó un poco más entre sus fuertes brazos, Curvo pudo sentir la sutil curva del embarazo que ya empezaba a redondear el estómago de Celegorm y sintió una punzada de culpa ante la extrañeza de la situación; nunca había visto a Tyelko embarazado, ni había conocido a sus sobrinitos, debería haberlo hecho la primera vez. Celegorm restregó la cara un poco más en el cuello de su hermano menor y les dio unas cuantas lamidas a sus glándulas; parecía un poco más dispuesto a dejar marchar a Curufin para cuando Finrod anunció que estaban listos. Fuera del bosque los esperaban los carruajes que Arafinwë había enviado para llevarlos a los dos, así como el resto de su familia que lo acompañaría a lo que prometía ser un desastre bailado con música mediocre (si crees en lo que dice Laurë sobre los músicos actuales de la corte). Les habían asegurado que Eöl y Aredhel irían en un carruaje separado de ellos, Curvo agradecía la privacidad (y la oportunidad de no tener que verlos ponerse melosos) aunque la presencia de Eöl había empezado a ser bastante agradable, a Tyelpë le tranquilizaba tenerle cerca, por alguna razón. -Te mantendrás a salvo, ¿entendido?- Celegorm puso los ojos en blanco –Siiii. Eres consciente de que esa charla ya me la ha dado Atar, Nelyo, Káno y todas las mamás gallinas de este mundo, ¿verdad?- -Tyelko…- El tono de advertencia en la voz de Curufin no dejaba lugar para bromas. -Tendré cuidado. Sin acrobacias arriesgadas, sin persecuciones largas, no pasaré más de una noche fuera de la casa, me mantendré cerca de los topos por si necesito ayuda. Relájate, Curvo, estaré bien-

/////

Si alguien le hubiera preguntado a Celegorm, hubiera dicho que no estaba para nada de acuerdo en mandar a su hermanito y a su anfitrión que era casi su amigo embarazados directos a la boca del lobo que es la corte, por mucho que sus alfas y su familia los protegiera siempre existía la posibilidad de que algo saliera mal; por lo que deberían haber mandado al oh Gran Rey Cobarde de los Noldor Arafinwë a la mismísima mierda y haberse quedado en casa. Tyelko sabe que tiene razón, todos sus amigos incluidos los pájaros cantores, que por lo general están absurdamente mimados y no tienen cuidado porque creen que todo el mundo los ama, están de acuerdo en que era una locura mandar madres embarazados lejos del nido y a territorio tan hostil; todos los topos de la casa pensaban que era una mala idea y Tyelko había apoyado su protesta para hacer entrar en razón a Eöl, pero los elfos no entendían el punto. No es que Celegorm fuera estúpido ni que no entendiera la política, cualquier hijo de Fëanáro había sido estrictamente enseñado por su padre para saber cuándo estaba siendo desairado o desplazado, siendo descendientes de la única nís muerta de Aman ese tipo de descuido no era algo que simplemente pudieran permitirse; Tyelko simplemente estaba desconcertado de como la gente permitía que la política se sobrepusiera a necesidades mayores en sus vidas. Celegorm había sido señor de Himlad (junto a Curvo) durante varios siglos, sabía que una cierta estructura y respeto a los líderes eran totalmente necesarios incluso en los grupos más pequeños, pero, aunque todos sus exploradores y cazadores tenían que presentarle informes cuando volvían, si tenía un explorador herido o demasiado cansado, Tyelko prefería que descansara y se repusiera antes que tener que presentarle su informe en mal estado solo porque el ego de Celegorm era demasiado grande como para soportar no ser lo primero en la mente de todos sus soldados en todo momento. Con el tiempo, Tyelkormo ha llegado a entender que no todos pensaban como él. Tal vez estuviera siendo un poco injusto con el tío Arafinwë, ya que estaba preocupado por su hijo que había desaparecido repentinamente y no estaba poniendo en peligro inmediato a Curufin ni a Eöl, pero tampoco estaba haciendo lo mejor para ello. Tal vez Arafinwë (y Eärwen, por extensión; lo que era todavía peor) sintiera que no le debía tanto a su sobrino asesino de parientes (cuyo embarazo había roto el compromiso y puesto en duda la lealtad de su preciado príncipe alfa dorado) ni a un omega moriquendi desconocido que se había casado con su salvaje sobrina; pero entonces Tyelko no le debe más que la misma consideración. Y por mucho que le gustaría acompañarlos para asegurarse de que no pasara nada (lo cual era imposible, ese baile era un desastre esperando a suceder y todo lo que se podía hacer es prepararse para la embestida), Celegorm tiene que pensar primero en sus propios cachorros; aunque no estaba acostumbrado a ser el que debe ser protegido, Tyelko no es ningún irresponsable (al menos, en lo que respecta a sus hijos) y se niega a poner a sus gemelos en riesgo por nada; también es muy consciente de que su posición es diferente a la de su hermano o la de Eöl, su embarazo no es conocido en Tirion (porque ninguna Maia insensible ha tenido razones para ir allí a anunciarlo a los cuatro vientos) y no es el futuro social de sus hijos lo que podría salir perjudicado (lo que para él sería casi bueno, la corte no le hace bien a ningún niño y Celegorm específicamente la evita siempre que puede, pero también sabe que la mayoría de elfos no lo ven así). Resopló, sabiendo que no iba a sacar nada de sus cavilaciones; no vale la pena darle vueltas si no sacas nada productivo, es lo mejor según Celegorm y siempre le había funcionado, Atar, Curvo o Nelyo suelen pensar en un asunto hasta que les come la cabeza con demasiada frecuencia, a pesar de saber desde el principio que no pueden hacer nada por cambiarlo. Finalmente, se bajó del árbol en el que había estado vigilando el carruaje que partió hacia Tirion hasta que se perdió en el horizonte; si iba a estar solo, sería mejor que se prepara. Lo primero era colocar sus trampas alrededor de la casa. Eöl le había advertido que no hiciera daño a los animales en un cierto rango de la casa (estaban algo así como a su servicio) y que por nada del mundo disparara a un topo, por lo que las trampas de Celegorm se limitaban a cuerdas con campanas o palos que él había cantado para que fueran extremadamente ruidosos y estridentes, Celegorm no tenía ni de lejos la habilidad para los encantamientos de Káno, pero todo lo que tenía que ver con la caza era su arte y su dominio, por lo que el Poder siempre le había fluido de forma natural en esas áreas. También pensó en colocar algunas más alejadas de la casa, pero había muchos animales salvajes y, aunque no los había visto, Tyelko sabía que había cazadores y estaba bastante seguro de que la cacería de Oromë pasaba por ahí, las huellas enormes y las astas de flechas los delataban. Celegorm se aseguró de alejarse de esas zonas hasta estar seguro de que habían pasado de largo; no sabía muy bien que hacían ahí, nunca pasaron tan cerca del Hielo cuando él estaba en la caza, pero Oromë era el Vala de la Caza y podía llevar su cacería a donde le plazca (pero no a donde se necesitaba realmente, a cazar orcos o ya puestos al mismísimo Morgoth; al aparecer, Oromë no cazaba nada que pudiera mínimamente herirlo). Haruni le había recomendado sentarse cada cierto tiempo para evitar el agotamiento y, aunque Celegorm había insistido en que estaba bien, toda su familia se les había echado encima a Curvo y a él hasta que aceptaron. Cuando Tyelko se quejó de que no sabía qué demonios iba a hacer sentado tanto rato, su sobrina política se ofreció a enseñarle a pintar. Celebrian era una nís increíblemente divertida y agradable, con un suave olor floral que combinaba con las dulces hierbas medicinales de su sobrino, para ser hija de Artanis no tenía nada del carácter desagradable de su madre, debía haberlo sacado de su padre (Celegorm se sentía tentado a agradecerle al nér en cuestión, pero había oído que era un Sindar que sobrevivió a Doriath por lo que puede que no fuera buena idea). Tyelko pasó casi toda la semana desde que supo que estaba embarazado hasta que tuvo que irse a vivir con Eöl con ella, y después se reunía con ella cuando venía junto a Elrond a revisar sus embarazos (privilegio de que tu sobrino sea el mejor sanador de los Eldar); aunque él ya sabía dibujar y era relativamente decente en ello (dibujaba sobretodo animales, le ayudaba a señalar la mejor manera de destriparlos), pero usaba sobretodo carboncillo por lo que aprender a usar la pintura correctamente, mezclar el color, aplicar los pigmentos sin que se emborronen, las diferentes técnicas que crean diferentes efectos sobre el papel, fue toda una experiencia muy bienvenida. Empezó pintando los dibujos de sus amigos animales, que se quedaban quietos a petición de Celegorm para que pudiera captar bien los detalles; después empezó a dibujar a sus presas, a las que vislumbraba vivas por solo unos instantes y debía valerse de su memoria para captarlo. Celebrian decía que tenía un estilo muy realista, como si la pintura fuera a saltar del papel; a Tyelko le parecía obvio, su objetivo final era plasmar el mundo como lo veía, no crear uno nuevo. Cuando se hubo asegurado de que sus dibujos de memoria eran lo suficientemente buenos (pintó Himlad, Nargothrond, Himring y Doriath en su caída de memoria, todas ellas hicieron llorar y maldecir a quién se las enseñó, y la última le dio pesadillas al propio Tyelko hasta que quemó el maldito dibujo); empezó a dibujar a Eluréd y Elurín. Los recuerdos que Dior le había robado en su día, incluso tras siglos en Mandos, eran diferentes a los demás. No acudía a su mente con naturalidad como el resto; cuando pensaba en su juventud en Aman, los recuerdos de la forja de su padre, de montar a caballito sobre los hombros de su Ammë, de jugar con el bebé Curvo acudían a su mente en un afluente constante y casi imparable, a veces, no podía dejar de recordar, estaban al alcance de un pensamiento; Celegorm sentía como si tuviera que excavar en su propia mente cada vez que quería recordar a sus hijos, era como la primera vez que usaba osanwë con alguien, un camino nuevo e inexplorado cada vez; había noches en las que se despertaba sudando, rebuscando en su mente el único recuerdo que tenía de sus cachorros solo para asegurarse de que no se lo había vuelto a robar. Solo había tenido a sus gemelos en sus brazos una vez, solo los había visto una vez y tenía un solo recuerdo de ellos que podía ser más valioso que todo lo demás que Tyelko poseía junto; él no sabe cómo es posible amar tanto a alguien que no conoces, que solo has visto una vez y que presumiblemente te odia (porque Celegorm no se engaña, sabe lo que los Sindar de Doriath les habrían contado a sus hijos de él y sabe que Dior no lo habría impedido), pero él lo hace y los ama con todo lo que queda de su maltrecho y asesino corazón. Tal vez si se parezca a Míriel en algo más que en el aspecto después de todo. Celegorm recuerda tener a sus bebés en sus brazos; está más cansado que nunca en su vida, acaba de dar a luz, está solo en el bosque con Dior y sus hijos, solo su pequeña familia. Dior ha limpiado y envuelto en mantas suaves a los cachorros conforme Celegorm los ha ido pariendo y se los ha dado; Eluréd y Elurín lo miran con sus preciosos ojitos de un magnífico azul cian, brillantes y mágicos como los de su padre alfa (como los de esa bruja), tienen una suave pelusita plateada en la cabeza que Tyelkormo ya sabe que crecerá para ser una mata de pelo lisa, plateada y permanentemente enredada por cachorros revolcándose tal y como fue su propio cabello en su niñez. Celegorm recuerda poco de sus hijos, pero los recuerda; y así como los recuerda así los dibuja. Cientos de bocetos de sus bebés dibujaron sus manos, casi todos destrozados porque no eran perfectos; los Noldor no aceptan nada más que lo mejor en sus obras, Fëanor solía matarse a trabajar y destrozada miles de prototipos cuando hacía regalos para sus hijos, negándose a regalarles una obra imperfecta, y Tyelko nunca se sintió tan hijo de su padre como cuando rasgaba un boceto que simplemente no era lo suficientemente bueno. Finalmente había acabado con cuatro pinturas de sus gemelos; pasó horas mezclando pigmentos hasta obtener el tono correcto de azul, pero valió la pena cuando vio los ojos de sus hijos mirándolo desde el papel. Las pinturas eran todas desde sus propios ojos, mirando a Eluréd y Elurín desde arriba; en una los bebés reían felizmente, en otra intentaban alcanzar al otro gemelo con sus regordetas manitas, en otra mamaban adorablemente de su pecho mientras lo miraban con los ojos bien abiertos y en la última dormían pacíficamente apoyados en su pecho. Celegorm solo recordaba esto, justo antes de que Dior comenzara a cantar y lo siguiente que recordarse era despertar solo en el bosque; completamente adolorido (recuerda pensar que se sentía como si lo hubieran partido en dos) de cintura para abajo y sin poder andar se convenció a sí mismo de que un huargo debió haberlo derribado de su caballo mientras cazaba en solitario (hacía eso mucho por aquella época), se convenció de que el golpe fue tal que lo alejó lo suficiente del huargo como para que este no se diera cuenta del elfo mientras se daba un festín con su montura. Se convenció de todo esto porque nada tenía sentido, Tyelko estaba muy herido y solo quería descansar, por lo que dio el asunto de su misteriosa aparición en medio del bosque sin idea de cómo había llegado ahí por zanjado y se volvió a Amon Ereb considerándose afortunado de estar vivo. Nunca volvió a pensar en ello, nunca asoció las estrías de sus caderas con un embarazo, ni el dolor de su cuerpo en general y su ano en concreto con un parto, ni su extraña lactancia con la maternidad; porque ¿por qué lo haría?, en aquella época siempre estaban sufriendo heridas y dolores, las cicatrices nuevas era más comunes que la piel limpia y estaba tan desequilibrado hormonalmente por las hierbas que tomaba para suprimirse (él y Curvo empezaron a tomarlas en el camino desde Nargothrond, Curvo estaba en riesgo de entrar en celo con una marca de apareamiento tan reciente y Celegorm no quería arriesgarse; simplemente nunca dejaron de tomarlas y Dior se llevó también el recuerdo en el Tyelko dejaba de tomarlas por él) que empezar a dar leche de pronto no le pareció una consecuencia descabellada ni la peor posible. Tyelko simplemente vio todo esto y siguió adelante como un toro cargando, como acostumbraba a hacer en aquella época. Había tenido todas las pistas delante y no se le ocurrió conectarlas; y ni siquiera podía echarle la culpa a Dior y su magia de eso. Fue culpa de Celegorm. A parte de pintar, él había pasado un tiempo acumulando madera para poder tallarla; había hecho una cantidad ingente de juguetes de madera y se había entretenido en pintarlos, tenía para regalar a Celebrimbor, Maeglin y aún le sobraba para sus cachorros. Pero casi se le había acabado la madera y estaba empezando a agobiarse de estar dentro; prometió no quedarse fuera de la casa por más de una noche, pero sabe que sus hermanos estarán más tranquilos si no duerme a la intemperie si ellos no están, por lo que solo empacó una cantidad moderada de comida (porque últimamente no puede dejar de comer), sus cuchillos, su arco, y un hacha para talar árboles enfermos del borde del bosque, ya que los que estaban cerca de la casa siempre estaban sanos. Apenas había caminado durante un día, salió por la mañana y tuvo que hacer varios descansos porque había prometido no agotarse, cuando empezó a estar realmente inquieto. Durante todo el día había estado sintiendo una extraña sensación en la nuca, un viejo instinto de cazador arraigado que le decía que lo estaban siguiendo; en la linde del encantamiento de Eöl encontró las reveladoras señales de huellas caninas, con ramas rotas sorprendentemente esparcidas. Alguien lo seguía; si fuera un lobo salvaje o una manada no hubieran tenido la perspicacia de intentar esconder su presencia, Celegorm se planteó por un momento que fuera alguien buscando venganza, pero lo descartó ya que nadie sabía dónde se encontraba (menos su familia y los malditos Ainur que lo pusieron ahí) y cualquiera que quisiera intentar rastrarlo tendría que ser un cazador mucho más sutil que esto; era mucho más probable que alguien hubiera mandado a su sabueso (o sabuesos a juzgar por el nivel desorden, pero Tyelko tenía la sensación de que era solo un perro extremadamente grande) a rastrearlo para que después lo guiara a donde se encontraba él. Bueno, esta persona misteriosa podía tener suerte intentado sobrepasar los encantamientos de Eöl; además, esto era una llamada de atención para que Celegorm no vagara demasiado lejos los próximos días. Tyelko solo se dio cuenta de lo ingenuo que había sido mucho después, tenía todas las pistas delante de él (otra vez) y era incapaz de conectarlas. Empezó cuando el viento le trajo un ligero olor, era una combinación muy extraña y específica que Celegorm no había olido en eras, pero que reconocería en cualquier momento y lugar; una combinación de pelaje, sangre y algo extrañamente etéreo para un ser tan jovial. Se dijo que estaba siendo estúpido, las hormonas lo ponían sensible, nostálgico y el embarazo ya había afectado sus sentidos; su gusto no era el mismo y sentía algunos olores diferentes, por lo que siguió adelante. Después, fue el ruido. Sus sensibles oídos se movían ante el sonido de ramas crujiendo a lo lejos, de un jadeo bajo; Celegorm se dijo que eran los lobos, podía haber bastante en esa zona alejada de los Eldar, encordó su arco en silencio y decidió emprender el camino a casa. Finalmente, quién (qué, Celegorm estaba seguro de que era un animal, probablemente un perro) quiera que fuera que lo estaba siguiendo dejó de lado la discreción; Tyelko podía oír las ramas romperse a pocos metros de él, la espesura aún le impedía vislumbrar a su perseguidor, pero no le hacía falta. Dio unos pasos más. Unas pisadas se escucharon detrás de él. Eso fue todo lo que necesitó para salir a toda velocidad. Esos segundos de espera habían sido buena idea, habían dado la impresión de que estaba indeciso y el factor sorpresa cuando despegó fue clave para ganar unos segundos precioso de ventaja en la persecución. Oyó ladridos a sus espaldas, a la vez que el sonido de las garras del perro clavándose en la tierra al correr. Alguien había mandado a su sabueso a rastrearlo, posiblemente para que luego condujera al dueño hasta Celegorm; iba a tener que perder antes de volver a casa, tal vez dispararle si llegase el caso, a Tyelko no le haría ninguna gracia matar a un perro, pero la seguridad de sus bebés iba primero. Celegorm miró un momento por encima de su hombro para hacerse una idea de a que se enfrentaba y todos sus planes se esfumaron. Su mente se quedó en blanco. Tyelko no podía oír ya sus propias pisadas, ni oler el bosque a su alrededor. Sabía que había acelerado el paso por instinto hasta límites que no había alcanzado desde que supo que estaba embarazado, pero no podía obligarse a frenar ni un poco. Porque detrás de él lo perseguía un enorme perro del tamaño casi de un poni, un enorme perro con un lustroso pelaje dorado muy esponjoso que Celegorm sabe que es tan suave como se ve; un perro que Celegorm deseaba no volver a ver nunca a pesar de saber que jamás, en todos sus inmortales años, podría llegar a olvidar. Detrás de él, como en un sueño de sus años inocentes, lo perseguía Huan. A Tyelkormo le costó toda su cordura volver en sí mismo, su corazón se llenó de miedo al ver a aquél que, en algún momento, fue su mejor amigo; se obligó a mirar al frente y centrarse, no podía caer en pánico, sus cachorros contaban con él, tenía que llegar a un lugar seguro (después no sabía qué demonios iba a hacer). Celegorm era muy rápido, sabía que era de los elfos más rápidos que conocía, no era arrogancia ni orgullo, su velocidad, tanto en carrera como de reacción salvaron su vida y la de otros en varias ocasiones; Celegorm también era consciente de que no había corrido en serio desde que lo embarazaron (a diferencia de antes, él y todos sus hermanos entrenaban desde su renacimiento; nunca los volvería a pillar desprevenidos). Y, sobre todo, era consciente de nunca había sido más rápido que Huan. Podía ganar en un sprint rápido si se esforzaba al máximo, pero en cuanto avanzara un poco y la resistencia entrara en juego, el sabueso lo atraparía. Tyelko sabía que nunca llegaría a las protecciones de Eöl, no en una carrera. Por lo que, en la siguiente curva cerrada que ralentizó a Huan, saltó lo más alto que pudo sobre un tronco grueso; trepó lo más rápido que pudo, abrazándose al árbol y clavando las uñas en la corteza, intencionalmente eligió un árbol con ramas altas, para asegurarse de que el perro no pudiera escalar (Huan odiaba escalar, pero podía arreglárselas con ramas bajas si hacía falta). Fue un alivio llegar a la rama más cercana para poder agarrarse e impulsarse más arriba. Escaló hasta casi la copa del árbol; el follaje le impedía ver al perro, pero aún escuchaba sus aullidos. Se apoyó contra el tronco, si querer sentarse, y se llevó mano, sangrante por las uñas destrozadas, al pecho para masajearlo suavemente; se dio cuenta de que estaba sin aliento, y de que un dolor punzante crecía por su vientre. La sangre abandonó su rostro. Se sentó de golpe en la rama y apoyó la espalda en el tronco, obligándose a respirar lento para calmar su corazón. Acercó su fëa a la de sus gemelos, desesperado; no podía haberles hecho daño, la carrera no fue tan larga, pero si les había hecho daño. ¡Oh! Si le había hecho daño Celegorm iba a recordarle a Huan porque lo llamaron el Cruel, iba a recordarle que él aún era ese asesino despiadado del que huyó corriendo a las faldas de una bruja medio Maia, puede que Celegorm estuviera harto de juramentos, pero si la persecución de ese asqueroso traidor les había hecho daño a sus gemelos Tyelko juraría destrozarlo por partes y devorar el jodido cadáver, malditos sean los Valar, sus normas y el condenado Oromë en particular…. Eluréd y Elurín estaban bien. Celegorm sintió como la rabia abandonaba su cuerpo y se desplomó del alivio, el dolor estaba remitiendo conforme pasaban los segundos y no había nada malo con el fëa de sus cachorros. Solo había sido un susto. Y hablando de sustos, el causante de todo esto seguía ladrando a los pies del árbol. Tyelko estaba atrapado en el árbol, le aterraba la idea de bajar, la sola idea de asomarse entre las ramas y tener que volver a ver a Huan hacía que su corazón se encogiera. ¿Qué demonios hacía allí?, Huan era un Maia, siempre tenía un amo, siempre seguía las órdenes de alguien; podría haber pedido que se le concediera la oportunidad de cazarlo, pero no tenía sentido, Huan abandonó a Celegorm por su “bajeza”, no iba a perseguirlo mientras estaba embarazado cuando podría haberlo hecho antes de que tuviera a los gemelos; a los Ainur les gustaba demasiado su superioridad moral como para desperdiciarla de una manera tan obvia. Un escalofrío lo recorrió al recordar quién fue la última ama de Huan; por suerte ella ya no estaba en este mundo y Tyelko no corría el riesgo de cruzarse con ella nunca, pero tenía un particular hijo alfa con todas las razones para buscar a Tyelko en ese momento (y a los niños que llevaba, que también era suyos) que podría haber invocado la lealtad de Huan a su familia y a su especie (Maia siempre podría a otros Ainur por encima de los encarnados) para encontrarlo; esa era una razón que podía convencer a Huan de que perseguir a un omega embarazado (que resultaba su antiguo amo al que traicionó y un asesino de parientes) era correcto y que asustarlo en el proceso era un daño colateral aceptable. Él sacudió la cabeza frenéticamente, no había manera de que tuviera tan mala suerte; él vivía en Nueva Doriath, en la otra punta de Valinor, no había manera de que estuviera cerca. Pero Celegorm debía tener algún talento oculto para la profecía que nunca se manifestó hasta ahora, porque en ese instante escuchó algo que lo dejó helado. Era la voz de Dior, con su atrayente aroma alfa a jazmín y madera, llamándolo.

/////

Seguirle la pista a Celegorm era, como siempre, una tarea casi imposible y Dior estaba seguro de que, si no fuera por el vínculo que compartía con los hijos que él llevaba en su vientre y el hecho de que fue el propio Tyelko el que lo enseñó a rastrear, nunca lo hubiera encontrado. Su abuelo había construido Nueva Doriath (que todos llamaban simplemente Doriath) excavada en una montaña, si bien no era un sistema de cuevas tan complejo como fue la Doriath original (al fin y al cabo, no había maestros enanos que pudiera hacer el trabajo, y Thingol nunca se lo pediría a los Noldor) tenía una zona al aire libre entre los árboles del bosque que la rodeaba en la que se podían contemplar las estrellas; Dior estaba satisfecho con su nuevo hogar, salvo porque en cuanto emprendió su viaje se dio cuenta de cuanto se había esforzado su abuelo por alejarse lo más posible de Tirion. Dior había oído que, cuando despertaron en Cuiviénen bajo las estrellas, su abuelo había sido buen amigo de Finwë, pero solo puede suponer que las interacciones con sus descendientes habían agriado la relación; él también había escuchado que por alguna razón Finwë no podía volver a la vida, por lo que tal vez su abuelo sintiera que no le quedaba nada en la ciudad de los Noldor. Llevaba más de un mes de viaje a pie, porque en su salida impulsiva por la ventana no se le había ocurrido robar un caballo, lo que probablemente fue mejor ya que así no tenía que preocuparse por devolverlo. Se alegró bastante de no haber tenido que ir a Tirion, era ciudad enorme, concurrida y definitivamente no el lugar donde quiere tener lo que promete ser un reencuentro difícil, por decir lo menos. Había pensado en lo que le diría a Celegorm cuando lo volviera a ver, y no estaba mejor que cuando empezó. Una disculpa estaba en orden, desde luego, pero Dior se temía que Celegorm intentara encajarle una flecha en la frente antes de que pudiera decir una palabra; Dior solo puede confiar en que los cambios bruscos que acosaron a Celegorm la última vez que estuvo embarazo jugaran a su favor, el aroma de Dior podía al menos redirigir la ira u otras emociones fuertes en una lujuria arrolladora que los dejaba a ambos jadeando y lo suficientemente cansados como para que Tyelko no intentara nada inmediatamente violento. Dior trataba de no pensar en lo patético que era que su único plan fuera follar hasta cansarlo, únicamente confiando en que las hormonas y la necesidad de Celegorm sería mayor a su odio por un momento. Él tampoco era idiota, sabía que Tyelko podía matarlo después del sexo, pero estaba casi seguro de que con un poco de tiempo él se daría cuenta de que no era su mejor opción; Celegorm era impulsivo, pero no idiota como muchos creían, Dior lo conocía y sabía que se daba cuenta de las cosas rápidamente, por lo que no tardaría en entender que no podría alimentar el fëa de dos niños parmaia él solo, necesitaba que Dior lo ayudara. En un principio, los ladridos no lo alarmaron, ya que Celegorm le había mencionado como solía usar sabuesos de caza y él mismo enseñó al propio Dior a manejarlos; por lo que Dior siguió el sonido. Él no había conocido a Huan en vida, pero no fue difícil reconocerlo. Era del tamaño de un poni, con el pelaje de un color dorada largo, sentía la Canción vibrar a su alrededor de una manera que le recordaba a su abuela cuando la había conocido en su infancia; Huan era tal y como Dior se lo había imaginado de los cuentos de sus padres. Excepto porque el perro Maia estaba ladrándole a la copa de un árbol, como estuviera persiguiendo una ardilla que se había refugiado en las alturas. Dior respiró hondo al ver al enorme sabueso, y solo entonces sintió el aroma. Celegorm siempre se había esforzado por mantener su aroma bajo control; según le dijo, la mayoría de fëanorianos y muchos otros Noldor lo hacían porque consideraban grosero imponerse sobre otros de esa manera, también les ayudaba a no dar pistas sobre sus emociones o castas, para evitar prejuicios o perder ventaja ante posibles hostiles (como más tarde aprendió Dior, esto era bastante específico de la familia de Tyelko, que aparentemente se sentía amenazada incluso en la Valinor de los Años de los Árboles), pero Celegorm era extremadamente exagerado en ese sentido debido a su ocupación como cazador, Dior siempre se sentía extremadamente honrado de poder oler su aroma a sangre, miel y canela durante el sexo o en momentos de descanso al final del día. Ahora, olía ese mismo aroma agriado por notas de miedo emanando de lo alto de árbol, causado por el perro que ladraba en el suelo. Dior no sabe que lleva a Celegorm a temer a quién, según sabe, era su viejo mejor amigo; pero teniendo en cuenta la seguridad de su omega y sus hijos, Dior no está dispuesto a arriesgar nada, él confiará en el juicio de Celegorm. Dior abrió la boca y cantó una sola nota. Él no tenía el poder de su madre ni de su abuela, pero aún era parte Maia y podía hacerse oír como uno de ellos; dirigió su Poder hacía Huan quién, desprevenido, saltó de su lugar dónde estaba empinado sobre el tronco y se puso en guardia. Un sonido ahogado sonó desde el árbol y Dior hizo una mueca, no había pensado en cómo se tomaría Celegorm volver a oírlo cantar, pero ya no podía hacer nada y debía encargarse de amenaza inmediata. Cantó un reproche e ira, por asustar un omega embarazado, por no retirarse al ver lo que causaba. Huan ladró y sonó como un canto, Dior casi pudo ver a Celegorm en su juventud, corriendo por los bosques de Oromë junto a Huan; el perro reclamó su potestad a proteger a Celegorm y sus cachorros no nacidos, así como afirmar el reclamo de Oromë sobre su cazador rebelde como superior al reclamo de Dior como alfa sobre su omega embarazado. Dior se enfureció y su canción creció para recordarle a Huan que Celegorm huyó de él hacía apenas unos momentos y había renegado de Oromë; tal vez no eligiera a Dior, pero aún tenía que ayudar con los bebés de ambos por lo que él tenía que quedarse sí o sí. Huan gruñó y se escuchó un rugido detrás del sabueso. El Maia se giró y mordió con sus poderosas mandíbulas, atrapó algo negro y prácticamente lo partió por la mitad; era una especie de felino enorme, con enormes colmillos, ojos amarillos desorbitados y sin vida, su pelaje era completamente negro y brillante. Un grito ahogado se escuchó antes de ver un reflejo plateado brillar en el árbol. Celegorm aterrizó al pie del árbol, con el arco tenso y los ojos llenos de lágrimas sin derramar, sus brazos temblaban; un gruñido bajo salió de su garganta y, aunque no lo entendía, Dior sabía que Celegorm estaba hablando en un idioma de los animales. Huan se sentó de golpe, soltando un gemido confundido y ladeando la cabeza, intentó dar un paso al frente, pero, para sorpresa tanto del perro como de Dior, Celegorm soltó la flecha sin titubear y está se clavó en el hombro de la pata delantera de Huan. Tyelko volvió a gruñir, más grave, estaba llorando con las lágrimas rodando por sus mejillas mientras rápidamente volvía a encordar otra flecha y a apuntar; está vez, el perro retrocedió lentamente y, con aullido triste, se perdió en la espesura. Celegorm avanzó rápidamente hacía el cadáver destrozado sin prestar la menor atención a Dior y se agachó junto al felino muerto. Una parte de Dior estaba feliz de confiara lo suficiente como para darle la espalda, pero la mayoría de él estaba confundida. Dior se acercó despacio, cuando estaba a unos pasos Celegorm se dio la vuelta bruscamente, con los ojos abiertos de pánico y los labios retraídos para mostrar los colmillos. En los brazos de Celegorm, había un montón de gatitos negros que lloraban.

/////

Las cosas no habían salido tan mal como podrían, al menos según Dior. Él y Celegorm todavía no habían intercambiado una sola palabra, pero Celegorm tampoco le había disparado y le había permitido seguirle por el bosque mientras cargaba la camada de gatitos, le había siseado un poco cuando Dior se acercó demasiado para su gusto, pero acabaron encontrando una distancia óptima. En un momento dado, Dior sintió una especie de cambio en el aire, una presencia que envolvía el mundo a su alrededor, impregnada en los árboles y la tierra bajo sus pies. Celegorm se dio la vuelta para mirarlo, él podía leer la desconfianza en sus ojos plateados mientras caminaba de espalda, adentrándose poco a poco en lo que Dior sabía que era el territorio de una Maia; Celegorm se paró cerca de un enorme árbol, se agachó junto a las raíces y alcanzó algo sin quitarle los ojos de encima. Era un topo, negro y con grandes garras excavadoras que se dejó recoger dócilmente, Celegorm se lo acercó a la boca para susurrarle algo y después devolverlo a la tierra. Se miraron en tensión durante unos momentos, Dior no sabría decir si era el momento para su disculpa, pero sentía como si las palabras se le atascaban en la garganta cada vez que miraba los charcos de mercurio que lo juzgaban, como si Celegorm pensara cuantas zancadas le constaría alcanzarlo y si Dior sería lo bastante rápido para escapar; no es que Dior fuera a correr si Tyelko saltara sobre él, sabe perfectamente que se pondría duro en un instante y se dejaría hacer lo que su omega quisiera, lo había anhelado durante demasiado tiempo como para resistirse. Finalmente, la presión de la atención de la Maia a la que pertenecía el bosque desapareció de sus hombros y Dior pudo respirar; quien fuera la Maia con quién Celegorm se estaba refugiando parecía haber aceptado la presencia de Dior en su territorio, por lo que podían continuar su camino. La noche casi había terminado de caer y Celegorm ya no podía esconderle la forma en la que jadeaba, probablemente llevaba un tiempo faltándole el aliento, pero el omega era extremadamente bueno fingiendo sobre su malestar, “la sangre atraer a los depredadores, pero la debilidad lo hace aún más” o eso le había enseñado a Dior eras atrás. Finalmente, después de unos 15 minutos viendo el sudor resbalar por la nuca de Celegorm, Dior se adelantó en un par de pasos y se interpuso en su camino. Tyelko se puso rígido, una mano se cerró alrededor de los gatitos pegados a su pecho que se retorcían tratando de alcanzar su pezón a través de la túnica abierta (definitivamente Celegorm los había estado alimentando con su propia leche) y el otro brazo se dirigió a proteger su vientre que empezaba a hincharse notablemente. Dior trató de no sentirse dolido, lo merecía; en cambio, extendió los brazos a los lados para cortarle el paso. -Descansamos- Se esforzó porque su voz sonase firme –He recogido leña, haré una hoguera. Por favor- Se acordó de decir en último momento. Celegorm lo miró con el ceño fruncido por un momento, pero finalmente soltó un resoplido y se giró para sentarse contra un árbol; bajó a los gatitos al suelo y empezó a desempacar una manta. Dior se apresuró a juntar toda la leña que había ido recogiendo y añadirle algunas hojas secas para que prendiera más fácilmente. Se sentaron en silencio alrededor de la hoguera, Celegorm miraba fijamente al fuego o a los gatitos que dormían a su lado. Dior lo miraba a él, el pelo plateado que se había soltado de sus trenzas, los adornos en sus brazos, sus labios rosáceos entreabiertos, el subir y bajar de su pecho parcialmente expuesto. Él sabía que estaba empezando a oler, sus glándulas pican al secretar lo que sabía que era un olor picante y atrayente que delataba su deseo; pero no le importaba, Dior quería que Celegorm lo supiera así que extendió las manos y se rascó las muñecas para excitar las glándulas secundarias y hacerlas más fragantes. Los ojos de Tyelko se movieron hacía él y sus pupilas se contrajeron de una manera que enviaron una oleada de calor por todo el cuerpo de Dior; el resto de su cuerpo plateado se mantuvo quieto y en tensión, preparado para saltar; podía ver la duda y la desconfianza luchado en sus ojos contra el deseo. Dior se inclinó hacia atrás, apoyándose en sus manos y abriendo las piernas para que Celegorm pudiera ver el bulto que se formaba en sus pantalones; emitió un sonido bajo desde su garganta, medio ronroneo, una invitación seductora mientras su aroma se volvía cada vez más fuerte. Celegorm dejó escapar un gruñido cuando se abalanzó sobre Dior, lo tomó del cuello de la túnica y lo besó; tal vez lo correcto sería decir que lo mordió, pero tenía la lengua de Tyelko en su boca haciendo maravillas y eso era todo lo que le importaba. Las manos de Celegorm trabajaron a toda velocidad para quitarse sus propias botas y pantalones, el olor dulzón de su lubricante golpeó la nariz de Dior, no necesitaba verlo para saber que había un río del amor líquido de Celegorm escurriendo por su musculoso trasero. Celegorm rompió el beso y desabrochó los pantalones de Dior lo justo como para sacar su polla, dura, rojiza y goteante solo por la vista de su omega al alcance de su mano, Dior trato de poner sus manos en su cintura, pero Tyelko le gruñó, le empujó las piernas hasta que tuvo las rodillas a la altura de la cabeza y se sentó sobre la parte trasera de sus muslos. Dior se sintió inmediatamente atrapado bajo el musculoso cuerpo de su omega, y le encantó. Desde arriba, Celegorm emitió un ligero sonido burlón y se balanceó en su lugar, su agujero a un toque de ser besado por la cabeza de su polla. Finalmente, Celegorm se hartó de provocarlo; alineó la polla de Dior con su agujero y empezó a descender. Dior aulló cuando el trasero de Celegorm tocó la base, completamente enfundado, había echado tanto de menos esto que casi no recordaba como era. Inmediatamente, Tyelko se puso a rebotar sobre la polla de Dior, jadeando en voz alta y gimiendo de vez en cuando; Dior sentía los pulmones apretarse cada vez que Celegorm bajaba y presionaba su peso sobre sus piernas levantadas, sentía como si los estuvieran exprimiendo. Leves quejidos salían de la garganta de su omega. Dior sintió algo gotear sobre su cara y, al abrir los ojos (cuando los había cerrado), vio que eran lágrimas. Emitió unos leves sonidos preocupados, intentado en vano despejarse la cabeza del placer un momento para saber que ocurría, pero Celegorm lo desestimó con un gruñido y le enseñó los dientes, desafiándolo a decir nada. No duraron mucho, no era extraño, Dior no había estado con nadie desde Celegorm y solo podía deducir, por lo necesitado que estaba, que el ellon de pelo plateado tampoco había tenido amantes desde su renacimiento, su alfa ronroneaba ante ese pensamiento. Con un gemido alto, el placer nubló la mente y los ojos de Dior al correrse en un estallido de euforia; se vació en Celegorm, que seguía rebotando a un ritmo frenético hasta que el mismo se apretó alrededor de la polla de Dior y llegó al orgasmo. Hebras de semen, menos abundantes que la copiosa semilla de Dior que ya se escurría del agujero de Celegorm, aterrizaron en su rostro y cabello, perfumándolo involuntariamente. Tyelko se apartó con un suspiro, calló sentado con las piernas abiertas y apoyado en los brazos; Dior bebió con avidez de la imagen de su semen resbalando de su ano rosado y ligeramente hinchado, de sus ojos plateados un poco nublados por el placer que él le había causado y de la mirada atontada que le dirigía, sustituyendo la cautela por unos momentos. -Yo…- Empezó, pero dudó por un momento. Solo había una manera de empezar medianamente bien –Lo siento mucho, sé que eso solo no basta, pero debo decírtelo. Lo siento- Celegorm lo miró con extrañeza, y Dior pudo ver el momento en el que se percató de que la disculpa no tenía nada que ver con lo que acababa de pasar porque sus ojos se abrieron y se agudizaron. La ira pasó por su hermoso rostro, el dolor y la pérdida lo oscurecieron por unos momentos mientras abría y cerraba la boca, sin llegar a decir nada. Al fin, Celegorm se dio la vuelta y gateó hacía su manta; le lanzó a Dior un trapo para que se limpiara y una manta, para después envolverse alrededor de los gatitos dormidos y prepararse para dormir. No se molestó en limpiar el reclamo de Dior de entre sus muslos. Dior miró el trapo en su mano y optó por recoger el orgasmo en su rostro para lamerlo de sus dedos, sabía a tan claramente a Celegorm que se estremeció de placer, seguro que el lubricante de su trasero sería aún mejor y Dior se aseguraría de disfrutarlo si algún día recuperaba el privilegio. Mientras se acomodaba para dormir, solo pudo pensar que las cosas no habían ido tan mal.
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