La tormenta
26 de marzo de 2026, 18:10
Silver se quedó paralizado, con el estómago encogido mirando a Elisabeth. Por un lado, había escuchado esa voz que anhelaba volver a escuchar desde que por casualidad oyó cuando subió a la cubierta aquella noche, pero, por otro lado, se había quedado paralizado por la bomba que le había soltado: una tormenta.
Por la cara que ponía la chica, esa tormenta no auguraba nada bueno. Lo miraba con preocupación, con miedo, pero no porque le temiese, sino porque estaba asustada de los parámetros que había leído en ese dichoso radar.
—¿Estás segura, Liz? —preguntó Silver con voz grave, temiendo la respuesta.
Elisabeth no dudó en asentir. Eso bastó. Ahí el Ursid supo que tenían que avisar a la capitana, así que agarró a la chica de la mano y subió a la cubierta dirección al camarote de Amelia.
Con su ojo cíborg escaneó la cubierta en busca de su el hermano menor, quien estaba revisando las cuerdas de salvamento del mástil. Cada día se tenían que revisar y ajustar, justamente por momentos impredecibles como el que se aproximaba y desde que el chico tenía maña para los nudos, Silver le asignó esa tarea.
—¡Jimbo! —gritó el cocinero. —¡Ven, es urgente!
Era mejor llamar a su hermano y tenerlo cerca, por si acaso, para traducir lo que decía Lizzie. Aunque, sabía que el doctor sabía lengua de signos, era mejor tener a los dos. Además, algo le decía que la presencia de Jim tranquilizaría un poco más a la chica, que estaba pálida como la leche.
Los miembros de la tripulación dejaron de hacer las tareas que tenían asignadas y los miraban extrañados. Al ver la cara de Silver se pusieron en alerta, pues si su capitán tenía un semblante de preocupación, es que algo pasaba. Un murmullo inquieto recorrió la cubierta.
Sin perder tiempo, irrumpieron en el camarote de la capitana.
—¿Pero, qué? Señor Silver, ¿qué está haciendo, entrando de esa manera en el camarote de su capitana? Es una gran falta de respeto. —le espetó Arrow severamente, ya que se encontraba con Amelia revisando la potencia de navegación de la nave.
—Es una urgencia, señor Arrow. La señorita Hawkins ha visto una anomalía en el radar, dice que se aproxima una tormenta. —gruñó el cíborg, sin soltar la mano de la chica.
Arrow frunció el ceño, escéptico.
—No es posible. Hemos visto las lecturas esta mañana y no hemos visto…
—Dígame, señorita Hawkins, ¿qué tipo de tormenta ha visto? —le cortó Amelia, mientras se levantaba y se aproximaba a la chica.
Lizzie tomó aire para tranquilizarse y miró a Jim, quien la miraba con preocupación. Empezó a comunicarse por signos y su hermano tradujo:
—Dice que se aproxima una tormenta solar.
—Imposible…—murmuró Arrow.
En ese momento, Delbert irrumpió en el camarote.
—¿Qué ocurre? ¿Y este alboroto? —preguntó el doctor extrañado.
—Su aprendiz dice que viene una tormenta solar, doctor. —dijo Amelia sin apartar su mirada felina de Lizzie.
El cánido avanzó hasta donde estaba Elisabeth.
«¿Puedo ver las lecturas del radar?» Le dijo con señas Delbert.
Sin dudar, la chica le entregó el dispositivo que no paraba de parpadear.
«Doctor, se aproxima desde el suroeste. Mire las coordenadas, además no es una tormenta leve, es una tormenta de las grandes».
Le comunicó Lizzie por signos. Delbert revisó lo que dijo su aprendiz y abrió mucho los ojos.
—Elisabeth, cielo, ¿en qué categoría estimas la tormenta? —dijo el doctor, que también estaba palideciendo, además apenas pudo disimular el temblor en su voz.
Temerosa, pero decidida, levantó la mano indicando un número.
—Cuatro… —murmuró el doctor.
—¿Eso es grave, Delbert? —preguntó Jim.
—Pues, Jim, en realidad…
—Lo es, señor Hawkins, la categoría máxima es cinco. —volvió a cortar Amelia.
—Pero, capitana, no es posible. Esta mañana vimos que no había nada aproximándose y las predicciones no mostraban esta alteración. —prosiguió Arrow.
—Las tormentas solares son impredecibles, señor Arrow, aparecen cuando menos te lo esperas. —indicó el doctor. —Ahora hay que revisar el origen y la trayectoria de los coletazos de la tormenta.
—Bien, doctor, vamos a revisarlo. —dijo Amelia.
—En realidad, la señorita Hawkins sería la más indicada. —propuso Delbert.
Amelia lo miró y luego a la chica.
—¿Está seguro?
—No lo dude, su abuelo fue quien realizó estos dispositivos de medición. Así que nos encontramos con otra experta en la materia. —dijo sonriente el doctor, mientras posaba su mano en el hombro de su pupila con orgullo, pues sabía perfectamente de lo que era capaz Elisabeth.
La chica lo miró sorprendida y con algo de temor, pues las mediciones más importantes siempre las había hecho con su abuelo, y las otras las había hecho por diversión o con el doctor. Nada como lo de ahora que dependía la supervivencia de todos.
Tanto la capitana, como Arrow, como el doctor, se adelantaron a la mesa para abrir el mapa estelar, mientras Lizzie se quedó clavada mirando al suelo. Una ola de recuerdos sobre su abuelo la invadió y, como si fuese un amuleto protector, agarró el collar de su abuela. Cerró los ojos y por un momento pensó que su abuelo estaba allí con ella.
Jim la miró preocupado.
—¿Lizzie? —su hermana no contestó. —¿Elisabeth?
El chico veía cómo su hermana estaba temblando ligeramente, iba a decirle algo más hasta que vio a Silver posar su mano mecánica sobre su hombro.
Ese acto hizo que Lizzie abriese los ojos y saliese del trance al que estaba. Miró a su izquierda y vio al cíborg que la miraba seriamente, y ¿preocupación?
—Has llegado hasta aquí, Liz. Así que, acaba lo que has empezado. —le dijo Silver. Sonaba como si ese hombre confiase plenamente de que ella iba a sacarlos de esa. En ese instante, algo dentro de ella se encendió. Era confianza.
Lizzie le dedicó una tímida sonrisa y asintió. Avanzó hasta la mesa donde la capitana ya había encendido el mapa.
El mapa estelar proyectaba un océano de cientos de puntos brillantes, líneas vectoriales y coordenadas que parecían danzar en el aire. Solo se oía el zumbido constante del proyector. Amelia, erguida, mantenía la vista fija en el holograma; Arrow cruzaba los brazos con gesto severo, y Delbert contenía apenas el brillo de orgullo en sus ojos, expectante por lo que su pupila estaba a punto de demostrar.
Lizzie se inclinó hacia la mesa. Su expresión, normalmente dulce, se transformó: la inseguridad dio paso a una concentración total. Sus dedos temblaron por un instante, pero pronto se afirmaron, deslizándose por los controles con seguridad. Capas de datos se superpusieron una tras otra: densidad de partículas, fluctuaciones electromagnéticas y las posibles trayectorias a trazar. Cada línea que iluminaba el mapa era una pieza del rompecabezas, y ella lo ensamblaba con precisión.
Jim la observaba con la boca entreabierta, como si de pronto su hermana se hubiera convertido en alguien distinto: segura, decidida, brillante. Sabía de lo que era capaz, pero verlo en directo era diferente y estaba realmente impresionado. En segundos, Lizzie delineó el epicentro de la tormenta, la trayectoria principal y los ramales de corrientes secundarias que la acompañaban. La peor noticia estaba clara: el Legacy se encontraba justo en medio de una espiral que iba a recibir de lleno los coletazos.
«Vector principal, cuarenta y cinco grados al suroeste». Lizzie señaló con firmeza el punto crítico. «El coletazo nos alcanzará en menos de diez minutos»
Jim repitió con la voz quebrada:
—¡Menos de diez minutos!
—No hay duda. —corroboró Delbert, palideciendo—. Aunque no nos golpee de frente, la radiación y los vientos nos freirán vivos.
Un silencio denso cayó sobre la sala. Elisabeth, sin titubear, amplió un sector del mapa.
«Hay una corriente secundaria aquí». Señaló un estrecho pasillo dentro del caos. «Si ajustamos las velas y seguimos este corredor, podemos esquivar los coletazos»
Arrow chasqueó la lengua con desdén.
—Ese corredor es demasiado estrecho. Un error de cálculo y estaremos acabados.
Delbert revisaba los números que parpadeaban en el dispositivo.
—Los cálculos son correctos. Es nuestra única salida. —respondió convencido.
Amelia se giró hacia Lizzie. Firme, buscando certeza.
—¿Está absolutamente segura, señorita Hawkins?
Lizzie tragó saliva. Miró a Jim: su hermano le sonrió, animándola. Luego, levantó la vista. En el umbral, Silver la observaba con los brazos cruzados, su ojo dorado fijo en ella, como. Ese gesto le dio fuerza. Por primera vez en mucho tiempo, dejó de dudar y respondió con su propia voz.
—Estoy segura, capitana.
El silencio se quebró. Amelia, sorprendida por escucharla hablar, esbozó un leve asentimiento. Se irguió aún más, imponiendo autoridad.
—Entonces, trazaremos ese rumbo. ¡Todos a sus puestos!
La sala estalló en movimiento. Arrow salió del camarote y empezó a dar órdenes a la tripulación. Esta corrió a atarse las líneas de salvamento y a asegurar cada cabo. Lizzie, en cambio, apretó el collar de su abuela contra el pecho, buscando en él el recuerdo y el apoyo de su abuelo. Por primera vez desde que zarpó, sintió que estaba exactamente donde debía estar: siendo útil.
Amelia detuvo a Lizzie y a Delbert.
—Vosotros venís conmigo al puente.
—¡No! —Jim corrió hasta su hermana y le agarró el brazo—. ¡Lizzie, no quiero que te vayas! ¿Y si te pasa algo?
Ella lo miró con ternura, mientras detrás Silver la observaba con un rastro de preocupación que no pudo ocultar. Sonrió con dulzura, se quitó el collar de su abuela y lo puso en la mano de Jim.
«No pasará nada. Devuélvemelo cuando salgamos de la tormenta»
El chico se mordió el labio, con los ojos llenos de lágrimas. Antes de girarse, Lizzie se inclinó y susurró.
—Te quiero, Jim.
Silver sintió cómo se le encogía el pecho al presenciar ese intercambio. El muchacho temblaba, así que le apoyó una mano pesada en el hombro.
—Vamos, Jimbo. Tu hermana nos sacará de esta.
Jim asintió, aunque aun con los ojos húmedos. Y Silver, mientras lo conducía hacia su puesto, no pudo apartar la inquietud que le había dejado escuchar la voz de Lizzie. Una voz que ahora resonaba en él con más fuerza en su interior.
De pronto, el cielo del Etherium empezó a teñirse de un naranja cegador, y relámpagos magnéticos danzaban entre las nubes incandescentes.
—¡Todos a sus puestos! —rugió Amelia desde el puente, su voz cortando el rugido del caos.
Arrow repicó con su propio bramido.
—¡Líneas de salvamento, aseguradas mi capitana!
—Bien, señor Arrow. Ahora recoged las velas. Hemos de evitar cualquier posible daño. —ordenó la felina.
En el puente, Amelia tomó el mando del timón, relegando al señor Turnbuckle a ayudar en ajustar las velas junto a los demás. Por lo que, solo permanecieron Amelia, el doctor Delbert y Lizzie. Con el radar vibrando en sus manos, Elisabeth señalaba las fluctuaciones con rapidez.
—¡A babor, capitana! ¡Corriente lateral en cinco segundos! —gritó el doctor, quien estaba al lado de Lizzie traduciendo lo que decía.
Jim, atado junto a Silver en cubierta, miraba con el corazón encogido hacia la figura de su hermana, no podía dejar de pensar que allí arriba estaba en peligro.
—¡Silver! ¡No debería estar ahí! ¡Si le pasa algo…!
El cíborg lo miró.
—Escúchame, Jimbo. Confía en ella. Nosotros lo que podemos hacer es ayudar con las velas, así que vamos, acompáñame.
La tormenta empezó a rugir más fuerte. Lizzie no apartaba la vista del radar, le señaló al doctor por dónde tenían que ir.
—¡Ahora, capitana, treinta grados estribor! ¡Es la única salida! —gritó Delbert nervioso, pues un error, y estarían perdidos.
—¡Entendido! —Amelia giró con fuerza el timón.
El barco pareció deslizarse por un corredor invisible, mientras las ondas solares lo empujaban hacia los extremos. Todos podían ver cómo a su alrededor parte de la tormenta solar los envolvía sin llegar a tocarlos.
Silver miró al puente de mando a la chica que los había guiado por ese camino, y no pudo dejar de pensar que era brillante. Había visto ese camino y los había llevado a navegar por una corriente muy difícil de ver en los mapas. Si no hubiese visto el radar, ahora mismo estarían todos muertos.
Todo iba de acuerdo con el plan… hasta que un coletazo de energía sacudió la nave como si fuese un juguete. El barco se tambaleó, por suerte toda la tripulación estaba atada a sus líneas de vida, todos a excepción de los del puente.
La capitana se aferró al timón con fuerza, mientras que Elisabeth se agarró a lo que pudo, pero el doctor desprevenido, tropezó con algo y salió disparado a la borda.
—¡DOCTOR! —bramó Amelia.
Jim veía con horror cómo el doctor Doppler se iba a caer por la borda, pero alguien no dudó en ir tras él. Lizzie no lo pensó ni un segundo. Se lanzó a agarrar al doctor para evitar que acabase cayendo en el abismo del Etherium.
Por suerte, cerca de ella estaban las cuerdas con las que practicaron el día anterior con Silver. Agarró una de las cuerdas, y se la anudó en la cintura. Sin perder un instante, se lanzó tras él al vacío.
El viento la azotó como cuchillas, el calor la quemaba por dentro, pero al estirar el brazo alcanzó a sujetar al doctor por la muñeca.
—¡Te tengo, doctor! —exclamó, con la voz desgarrada, sus nudillos blancos del esfuerzo.
Delbert colgaba, con los ojos desorbitados y las orejas aplastadas por el viento.
—¡Elisabeth! ¡Suéltame, vas a caer tú también!
Ella negó rotundamente con la cabeza. No lo iba a soltar.
El viento era tan fuerte que los arrastró fuera del barco. Lizzie no soltó al doctor, pero notaba que se le escurría, así que lo agarró con sus piernas. En ese momento, estaban suspendidos fuera del barco y solo los sujetaba una cuerda que en cualquier momento se podía romper.
Elisabeth se agarró a la cuerda con todas sus fuerzas, pero el viento los golpeaba contra el casco con fuerza, que en una de las veces Lizzie se golpeó en la cabeza, dejándola totalmente desorientada.
En cubierta, Jim chilló al verla colgando al borde del abismo.
—¡LIZZIE!
Al escuchar el grito del chico, se giró y lo que vio lo dejó helado. Silver dejó todo lo que estaba haciendo y no dudó en ir a por ella, en su rostro se podía ver el pánico. El Ursid agarró la cuerda que los mantenía sujetos al barco y empezó a tirar. Morfo revoloteaba alrededor con gesto nervioso.
—¡Aguanta, Liz! ¡No la sueltes, muchacha, no la sueltes!
La cuerda crujía, tensada hasta el límite, cada hebra quejándose como si fuera a partirse de un momento a otro. Lizzie seguía aferrada al doctor, los dos balanceándose sobre el vacío, con la tormenta iluminándolos en destellos anaranjados.
—¡Silver! ¡No aguantará! —gritó Jim, desesperado.
—¡Vamos, Jimbo! ¡No vamos a permitir que la cuerda se rompa! —bramó el cíborg, plantando los pies como anclas y envolviendo la cuerda con su brazo metálico.
El calor del Etherium quemaba, el viento arrancaba lágrimas de los ojos de Jim, pero el chico no dudó: se lanzó al lado de Silver, agarrando la cuerda con todas sus fuerzas. Incluso Morfo intentó aportar su granito de arena enroscándose a la maroma para empujar y asegurarse de que no cediera.
—¡Vamos, empujemos juntos!
El cíborg lo miró de reojo, con ese brillo feroz en la mirada.
—Eso es, Jimbo… tira con todas tus fuerzas. Porque la vida del doctor y la de tu hermana dependen de nosotros. Morfi, avísame si notas que la cuerda empieza a ceder.
Los músculos de Silver se marcaron bajo la camisa empapada, su brazo mecánico chirrió con cada tirón. Jim sentía que la cuerda le quemaba las palmas, pero no soltó, no podía soltar.
—¡Lizzie! —chilló desde arriba—. ¡Aguanta un poco más!
Elisabeth levantó el rostro, sudor y lágrimas mezclándose en sus mejillas. Apretaba los dientes, el cuerpo entero le temblaba, pero intentó sonreírle a su hermano, quería que viera que estaba bien.
Al ver las lágrimas de Elisabeth, Silver intentó empujar con más fuerza.
—¡Aguanta, Liz! ¡Ya queda poco! —le gritó Silver—Te prometo que te hornearé una montaña de tus galletas favoritas.
Ante eso Lizzie se rio. Aunque a veces era insoportable, no podía negar que sabía cómo arrancarle una sonrisa.
Viendo la escena, Arrow junto con Hands, el alienígena Desandron, alto y musculoso con varios brazos, combinaron sus fuerzas y ayudaron a empujar. Poco a poco, la cuerda se deslizó de vuelta sobre la borda, acercando a Lizzie y al doctor.
Delbert jadeaba, casi sin aire.
—¡No lo conseguiréis…! ¡Es demasiado…!
Lizzie fulminó a Delbert con la mirada para que se callase. Este enseguida cerró el pico y se agarró con fuerza a la chica.
Otro tirón. Otro más. Silver gruñía como una bestia, Jim gritaba con cada jalón, las manos sangrándole por las quemaduras de la cuerda.
Y al fin, con un esfuerzo conjunto, lograron subir primero al doctor, desplomado y jadeante sobre la cubierta. Lizzie, exhausta, se quedó colgando un segundo más… hasta que Silver la sujetó de un brazo y la alzó contra su pecho como si pesara menos que una pluma.
—¡Te tengo! —exhaló, apretándola con fuerza, incapaz de soltarla de inmediato.
Elisabeth miró al cocinero con los ojos abiertos. Estaba totalmente exhausta, todo a su alrededor parecía borroso.
Silver dejó que Lizzie bajara al suelo despacio, con los pies todavía inseguros. Apenas notó cómo sus dedos se aferraban un instante a su chaqueta antes de soltarse. Entonces, Jim corrió hacia ella y la envolvió en un abrazo que casi la derribó.
—¡Lizzie! —sollozó el chico contra su hombro—. ¡No vuelvas a hacer eso nunca más!
Ella lo abrazó con igual fuerza. Sus cuerpos temblaban, empapados de sudor, los dos llorando, sin importarles quién los viera. Jim no paraba de repetir entre dientes.
—Te tengo, te tengo, no te voy a soltar.
Lizzie se apartó apenas para mirarlo, con lágrimas aún en las mejillas. Levantó las manos con torpeza, temblando, y empezó a hacer señas rápidas. Jim la miró confundido hasta que entendió y se le heló la sangre.
«NO OIGO NADA»
Los labios de Liz se movieron despacio, apenas audible.
—Se… quemaron… mis audífonos…
Su hermano la abrazó aún más fuerte, como si con eso pudiera protegerla de todo.
—No importa, Lizzie, no importa… ya buscaremos cómo arreglarlos. Lo importante es que estás viva.
No podía escuchar, pero aún podía leer los labios, así que intentó sonreír, pero era inútil, estaba agotada. Le dolía la cabeza y notaba que los párpados le pesaban. Todo el cuerpo le pesaba.
Jim vio cómo su hermana se iba a desplomar y la agarró antes de que tocase el suelo.
—¡Lizzie!
—Tranquilo, Jimbo. Solo se ha desmayado. —Le aseguró Silver.
Amelia, que había estado observando de cerca, avanzó hasta donde estaban ellos.
—La señorita Hawkins necesita ser revisada inmediatamente. Esa exposición pudo dejar quemaduras o daños internos.
Silver frunció el ceño, queriendo protestar, queriendo llevársela él mismo, pero Amelia lo detuvo con una mirada de capitana.
—Yo me encargo.
Jim, aun sosteniendo a su hermana, asintió rápido.
—Yo la llevo, capitana. Es mejor que esté allí cuando despierte, además de que necesitará traductor.
—Bien. —respondió Amelia, y con un gesto ordenó abrirles paso.
Jim levantó a Lizzie, apoyándole la cabeza en el hombro y desapareció rumbo a la enfermería. Amelia iba a su lado. Se giró y miró al doctor.
—Usted también, doctor. Debemos revisarle.
Sin lugar a discusión, Delbert también fue con ellos hasta la enfermería.
Silver se quedó allí, con el corazón golpeándole en el pecho. Había sentido miedo, pero nada se comparaba a lo que acababa de experimentar al verla colgando del vacío. No debería importante de esta manera, pensó el cíborg. Pero sabía que eso no era cierto, pues se habría lanzado hasta el mismo infierno para salvarla.
—Te estás haciendo viejo… —murmuró para sí mismo—. No te vuelvas blando, John.
La enfermería olía a hierbas y ungüentos, los frascos tintineaban suavemente con cada sacudida que aún resentía el barco. Amelia ayudó a Jim a recostar a Lizzie en la camilla.
La capitana fue a uno de los casilleros y sacó un frasco. Lo destapó y se lo pasó por la nariz a la chica que estaba inconsciente. No tardó en hacer efecto y Lizzie abrió los ojos. Al principio estaba desorientada, pues no sabía dónde estaba, pero al girarse vio la cara de su hermano y la de Amelia.
—Tranquila, señorita Hawkins —dijo la capitana con voz más suave de lo habitual—. No va a pasar nada, pero necesito revisarla.
Jim se colocó al lado de su hermana y le acarició el cabello.
—Estoy aquí, Lizzie. No te preocupes.
La capitana encendió una lámpara de aceite y comenzó a examinarla: primero la piel de los brazos y el cuello, donde había enrojecimientos superficiales, luego los ojos, que aún brillaban con cansancio. No encontró quemaduras graves, pero sí leves marcas de electricidad en la piel, como rastros de la tormenta que habían rozado su cuerpo.
Lizzie trató de tranquilizar a su hermano hablando en señas.
«Estoy bien, Jim. Solo estoy agotada».
Jim negó con fuerza, con lágrimas aún en los ojos.
—No, Lizzie… casi… casi te pierdo otra vez.
—Su audacia salvó al doctor y al barco entero, pero ahora necesita descanso absoluto. Señor Hawkins, acompáñela a su camarote, y quédese a su lado. Mañana revisaré si le han salido ampollas, en ese caso, le aplicaré un ungüento. —dijo Amelia vocalizando para que Elisabeth pudiese leerle los labios.
Lizzie asintió, pues no tenía fuerzas para discutir con la capitana. Antes de salir de la enfermería, le preguntó al doctor cómo se encontraba. El doctor, conmovido, se levantó de la camilla, que por orden de la capitana lo obligó a tumbarse y la abrazó con fuerza.
—Me salvaste la vida, muchacha…
Elisabeth sonrió, pues estaba claro que no iba a dejar que su mentor y amigo muriese de esa manera.
Al darse la vuelta, frunció el ceño. Se fijó que las palmas de las manos de su hermano estaban llenas de ampollas y rozaduras, por lo que, se lo señaló a la capitana, quien le aplicó un ungüento para ayudar a cicatrizarlas.
Salieron a cubierta, el Etherium había vuelto a los colores azulados tan vibrantes, y la tripulación ya había vuelto a desplegar las velas. Poco a poco, los hermanos recorrieron el barco hasta la galería, bajo la mirada de los demás que habían dejado lo que estaban haciendo para clavar la mirada en la chica que los había salvado.
Silver aún seguía atando unos cabos. Al verlos, quiso ir tras ellos, pero decidió que era mejor dejarles su espacio. La cara del chico le decía que aún seguía muerto de miedo por ver a su hermana mayor colgada de una cuerda suspendida en los vientos del Etherium.
Respiró hondo. Sacó la pipa de su bolsillo, prendió el tabaco e inhaló una larga calada. El humo de su pipa apenas lograba disimular el temblor de sus manos. El ojo mecánico parpadeaba con un leve destello rojizo, inquieto. La imagen de Lizzie colgando en el vacío, con la cuerda a punto de partirse, no dejaba de atormentarlo. Al igual que la imagen de Jim abrazando a Lizzie, llorando.
—Bah… malditos mocosos —murmuró para sí mismo.
Apoyó su mano de carne en la barandilla, los nudillos blancos de tanto apretarla. Cerró los ojos, intentando ahogar el peso que le oprimía el pecho. No podía mostrarse débil ante la tripulación, no ahora. Tenía que seguir siendo el Silver que todos temían, el que imponía respeto.
Jim ayudó a su hermana a cambiarse en el camarote. Lizzie se puso una camiseta amplia y se tumbó, exhausta. Jim se acomodó a su lado, sin apartarse ni un segundo.
«Jim, estoy bien», le señaló ella.
«Lo que tú digas, hermana. Pero voy a cuidarte»
Ella rodó los ojos, pero le sonrió. Jim sacó el collar dorado de la abuela y se lo anudó al cuello con manos temblorosas.
—No me vuelvas a dejar solo, Lizzie…
«Te lo prometo»
«Por cierto, ¿No crees que esta camiseta es un poco reveladora?»
Elisabeth lo miró extrañada.
«Compartes camarote con un hombre, ¿y si te ve?» Añadió su hermano.
«Dormimos con la lona cerrada, Jim», le aseguró Elisabeth.
Jim no estaba muy convencido, pero de momento lo dejó pasar. Su hermana parecía cansada. Se acurrucó mejor al lado de su hermana. Ella le besó la frente. Jim, algo incómodo por mostrar sus sentimientos, murmuró bajito.
—Yo también te quiero.
Elisabeth se quedó abrazada a su hermano hasta que el sueño lo venció.
Pasaron varias horas, y el Legacy se encontraba en silencio después de la tormenta. En el camarote, las lámparas colgaban casi apagadas, iluminando apenas con un resplandor dorado.
Lizzie dormía. Jim, rendido, había caído a su lado sobre la misma cama, abrazado a su hermana como si temiera que desapareciera en cualquier momento.
Silver entró despacio. Había esperado hasta que todo el mundo se retirase a dormir, la tripulación quería ver a la chica, ya que ella los había salvado. Eso sorprendió a Silver, su tripulación nunca había sido agradecida con nada y ahora parecía que esa cría estaba empezando a caerles bien.
Cerró la puerta tras de sí y se quedó un momento en penumbras, observando. La lona que separaba sus camas estaba corrida y vio a los hermanos dormir plácidamente. Incluso Morfo estaba con ellos durmiendo a sus pies.
El cíborg sonrió al ver tal estampa, pues era bastante tierno ver cómo el benjamín de los Hawkins se aferraba a su hermana y no pudo evitar pensar que ese hábito lo ha estado haciendo desde que era un niño.
Su mirada pasó a la chica, parecía agotada y no le parecía raro. Después de haber vivido un momento tan traumático como estar colgada de una cuerda a punto de perderse en el abismo del Etherium, el estrés y el miedo de la tormenta, no era de extrañar que se quedase totalmente dormida en la cama.
Como siempre, tenía el cabello desordenado en la almohada. Su rostro era plácido, mostrando esas facciones que tanto le encantaban, y es que era condenadamente hermosa y siempre que podía la observaba. Al fin y al cabo, no era un delito mirar, pero lo que ahora no podía dejar de pensar es que la había juzgado mal.
No era solamente una chica testaruda, terca, estricta, perfeccionista, orgullosa y algo infantil. También pudo comprobar que era valiente, trabajadora, amable, cariñosa, alegre, divertida…, como un acto reflejo, el Ursid utilizó su mano de carne y hueso para acariciarle la mejilla.
Su piel era tan suave, ese maldito aroma que desprendía no paraba de atraerlo, y aunque, no se quitaba de su mente la cara de miedo que había visto hace unas horas, aún había una imagen que tenía grabada a fuego: el día que fue a despertarla, en el que ella, inconscientemente, lo agarró del cuello y lo acercó a su rostro. Sus ojos se centraron en sus labios y es que no dejaba de pensar que la podría haber besado, pero se decía una y otra vez que era aprovecharse de ella, además, que tenía que evitar a toda costa encariñarse con ella.
Pues no lo estás haciendo muy bien, John…, le decía una voz interior.
Como si quemase, apartó la mano de ella y corrió la cortina. Se sentó en la cama y se dispuso a descansar. Había sido un día muy largo y mañana le esperaba más trabajo.
La noche transcurrió tranquila, pero Elisabeth se despertó sobresaltada. Había vuelto a tener esa pesadilla que tanto odiaba y que pensaba que había dejado atrás. No podía dejar de revivir aquel día en el que cayó, dejó de escuchar… En esos ojos que la miraban con odio… De pronto el camarote la sofocaba.
Se levantó con cuidado, agarró la libreta y una pluma. Se puso su abrigo y salió del camarote sin hacer ruido.
Silver, con el sueño ligero, escuchó desde hacía rato cómo la chica se movía inquieta al otro lado de la lona. Pensó que era una simple pesadilla, pero al ver cómo se levantaba y salió del camarote, lo preocupó. Así que también se levantó a ver qué le pasaba a Lizzie.
Lizzie subió a cubierta y admiró la inmensidad del Etherium, la cantidad de estrellas que brillaban sin parar. Todo era hermoso, pero no podía oír, como cuando aquel día despertó después de lo ocurrido. No podía oír nada.
Eres una inútil…
Eres un lastre…
Esa voz. Otra vez esa voz de su pasado.
Se acercó a la barandilla y miró hacia el abismo, hacia lo que podría haber sido una muerte segura. Volver a caer, como aquel día…, pensó con amargura.
Deberías haber muerto…
No eres más que una inútil…
Es cierto. ¿Por qué se aferraba a la vida? ¿Por qué no podía rendirse y aceptar su destino? Porque le temes a la muerte, le dijo su consciencia. Pero, esa otra voz tenía razón, debería haber muerto.
Se aferró a la barandilla pensando en que ese momento era ideal para desaparecer de una vez, pero al cerrar los ojos, su mente se llenó de rostros: su madre, Jim, el doctor, sus amigos. Y por una extraña razón le vino la imagen de Silver.
Su corazón se aceleró al recordar su mirada sujetando la cuerda. Firme. Feroz. Diciéndole sin palabras: no te rindas. Además de esa ingenua promesa de que le haría galletas. Ese recuerdo le arrancó una leve sonrisa.
Sin remediarlo, sus ojos se humedecieron y empezó a llorar. Cayó de rodillas, llorando en silencio, avergonzada por haber vuelto a pensar que era mejor rendirse, por casi querer tirar la toalla. No. No debía dejar ganar las palabras de ese hombre.
Entonces la luz de las estrellas se apagó un instante. Una sombra la cubrió. Lizzie alzó la vista… y se encontró frente a la imponente figura de John Silver.