El Planeta del Tesoro: los lazos del Etherium

Het
PG-13
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1
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planificada Midi, escritos 147 páginas, 55.383 palabras, 10 capítulos
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Bajo la luz de las estrellas

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Author Note: se mencionan conductas suicidas. Es un tema muy sensible y delicado, pero es parte de la historia. Cuando Silver se levantó para seguir a Elisabeth, no se imaginaba lo que iba a presenciar al subir las escaleras que llevaban a la cubierta. La chica estaba aferrada a la barandilla, pero lo que le dejó helado es que parecía como si quisiera saltar. No podía ver su cara, pero su cuerpo temblaba. El cíborg estuvo a punto de correr para agarrarla, no iba a dejarle hacer tal cosa. Pero se detuvo cuando la vio dudar, y caer de rodillas al suelo. Vio cómo la chica se acurrucó haciéndose un ovillo. No la podía oír, pero sabía que estaba llorando. Ese gesto la hizo parecer de repente tan pequeña, tan frágil, que a Silver le dolió verla así. Algo en ella le recordó a él hace tiempo. Dio unos pasos hacia ella, no importaba que hiciese ruido, pues por desgracia no podía escuchar nada. La mayor de los Hawkins se percató de la imponente presencia del Ursid al notar una sombra cerniéndose sobre ella. Cuando Lizzie alzó la cabeza, sus ojos azules lo miraron, y por primera vez él vio en ellos un mucho dolor, pero, sobre todo, vio un gran vacío. Como si algo la devorase por dentro, algo que verdaderamente la atormentaba. Elisabeth se extrañó al ver a Silver, al verlo ahí de pie delante de ella. Buscó su libreta, que yacía en el suelo, a su lado, la agarró y con un deje de temblor empezó a escribir. “¿Qué haces aquí?”   Silver la miró un rato sin decir nada. Se agachó hasta quedar a la altura de ella y respondió lentamente, vocalizando para que pudiese leerle los labios. —Te escuché salir del camarote. Vine a ver si estabas bien. Lizzie bajó la vista y escribió otra vez. “Tenía calor… quería tomar aire.” El cíborg sabía que no decía toda la verdad, así que probó ser más directo. —No parabas de moverte en sueños. ¿Tuviste alguna pesadilla? Lizzie lo miró con los ojos muy abiertos, pues no quería que nadie le tuviese lástima. Además, no sabía si había murmurado algo en sueños. Quería zanjar el tema. “No fue nada. Estoy bien, no deberías haberte molestado en subir a cubierta para ver si estaba bien”. En ese momento, el Ursid supo que la estrategia no le iba a funcionar. La chica era muy testaruda y no iba a abrirse de esa manera. Seguía temblando, pero intentaba contener las lágrimas; sus respiraciones seguían siendo agitadas. —Hoy fuiste muy valiente. —le soltó para evadir el tema. La chica frunció el ceño, como si estuviese en desacuerdo con esa afirmación. Negó con la cabeza y escribió: “Eso no es cierto. En realidad, soy una cobarde”. Por dentro, Silver sonrió: la tenía donde quería. Solo faltaba hacerle la pregunta adecuada para romper esa barrera que había interpuesto. —¿Estás bien? —preguntó despacio. Ella parpadeó y miró hacia otro lado. Entendió de inmediato que no solo preguntaba por su estado físico, sino que la había leído perfectamente. Como odiaba eso de Silver, era todo un profesional en calar a la gente, en decir aquello que uno deseaba escuchar, pero sabía bien qué botón apretar para dejar a cualquiera totalmente acorralado. No era la primera vez que lo había intentado con ella, o con Jim. Pero, a diferencia de su hermano, intentaba ocultar sus emociones a toda costa, pero en ese momento, ese cocinero había conseguido desarmarla por completo. Apretó los labios, resignada, necesitaba hablar, necesitaba desahogarse con alguien y, justamente, el hombre más insufrible de todo el barco le había dado con la tecla correcta. En ese momento, sintió cómo le costaba respirar, incluso sintió que se le cerraba la garganta. Con fuerza apretó la pluma en el papel y empezó a escribir con fuerza, casi desgarrando el papel. “Soy una inútil. Sin mis audífonos no soy nada. No escuchar nada, me hace sentir…” Elisabeth dejó de escribir. Dudaba cómo debía describir como se sentía, pero al final encontró la palabra adecuada. “Perdida.” Silver parpadeó, y su ojo mecánico brilló con un destello rojo, pero contuvo su enfado. Su voz salió más grave: —No vuelvas a decir eso, no eres inútil. Ni tus audífonos definen quién eres. Eres increíble, Liz. Y la próxima vez, si te sientes perdida, no te preocupes, te encontraré. Ella lo miró con los ojos húmedos, temblando. No, no merecía esa condescendencia, ni esa amabilidad por su parte. “A lo mejor debería haber muerto hace cinco años, cuando tuve el accidente. Hubiese sido lo mejor para todos. Solo soy una carga para mi familia, mis amigos…” —¡BASTA! —gritó Silver. Golpeó con su mano mecánica la madera de la cubierta con tanta fuerza que la astilló. El movimiento repentino hizo que Elisabeth alzase la vista de la libreta al rostro del cocinero. Lo que vio la desconcertó, estaba furioso. Había hecho enfadar a John Silver. El rostro de Silver se endureció. Se inclinó hacia ella, sus manos enormes apoyadas en la madera a ambos lados de Lizzie. —No vuelvas a decir eso. Nunca más. Lizzie lo miró con molestia, y rota a la vez, y escribió con trazo tembloroso: “No sabes nada de mí. No sabes cómo me siento, no sabes lo que es sentirse así…” Entonces Silver rio, pero fue una risa áspera y amarga. —¿Qué no lo sé? —Perdí un brazo, una pierna, mi oreja y mi ojo. También me sentí vacío, como si me hubieran arrancado algo que me hacía ser yo. Pero mírame. Sigo aquí. Y ni de lejos era tan increíble como tú. Su voz sonó cansada, pero no porque lo estuviera físicamente, al contrario, era por el recuerdo de su propia pérdida. Ella lo miró sorprendida. Él siguió, pero bajó el tono. —Escúchame bien, Elisabeth Hawkins. Tú eres fuerte. Valiente. Inteligente. Aunque a veces seas terca, testaruda y algo insoportable. Elisabeth lo miraba como si delante de ella tuviera una luz que iluminaba su propia oscuridad. — Tienes todas las cualidades para ser alguien excepcional. Pero debes agarrar el timón y trazar tu propio rumbo. A pesar de las borrascas. —Su voz fue grave, pero más suave de lo que jamás la había usado con ella—. Nunca digas que deberías haber muerto, Liz. Pues el Etherium no habría brillado igual sin ti. Eres la estrella más brillante que nunca. Lizzie se quedó inmóvil, con los ojos abiertos, sorprendida. Pero la presión le pudo y dejó escapar un sollozo. Antes de pensarlo, se lanzó hacia él y abrazó a Silver, como si fuese un salvavidas. El impacto lo dejó rígido, inmóvil, como si no supiera qué hacer. —Oye, Liz… —murmuró el cíborg, quien torpemente no sabía cómo actuar con la chica que tenía llorando en su pecho. El temblor de su cuerpo contra el suyo, el llanto caliente que mojaba su camisa, le hizo bajar las defensas. Poco a poco, su brazo biológico la rodeó, fuerte, pero sin apretar, y luego también el metálico. La sostuvo allí, bajo las estrellas del Etherium, sin decir nada más. Solo dejó que se desahogara, en silencio, mientras la brisa fría barría la cubierta. Silver aflojó el abrazo poco a poco, hasta que Lizzie quedó sujeta solo por sus manos. La miró un instante, midiendo las palabras, y al final resopló. —Anda, Liz… mejor vuelve al camarote. Necesitas descansar. Además, si Jim despierta y no te ve, se pondrá nervioso. Lizzie se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Tomó aire y, con un hilo de voz quebrada, se obligó a decir: —Gra… cias, Silver. Escuchar su voz siempre hacía que le diese un vuelco el corazón, pero escucharla, decir su nombre, era algo diferente, inesperado. Ahora quería escucharle pronunciar su nombre una y otra vez. Silver no quiso que notase el efecto que le hacían sus palabras, así que se limitó a asentir en silencio. No la acompañó hasta la escalera, se quedó allí en cubierta. Sacó la pipa y el tabaco de su bolsillo, y lo prendió. Necesitaba calmar sus nervios. Elisabeth era un enigma para él, y lo peor de todo, que cada vez había más cosas que le atraían de ella, además, que le gustaba pasar tiempo con ella. Básicamente, no podía quitársela de la cabeza. Debajo de la cubierta, en el camarote compartido. Lizzie entró poco a poco para evitar hacer ruido y no despertar a su hermano. Su corazón latía con fuerza, había abrazado a Silver, pero lo más confuso es que le gustó ese abrazo, se sentía segura y sentía que encajaba estar entre sus brazos. Dejó la libreta en la mesita, pero antes de tumbarse en la cama, la abrió y escribió algo.  “El Etherium brilla distinto cuando estás a mi lado, Silver.” Esa frase no paraba de rondarle desde que Silver le había dicho esas palabras. Y aunque utilizaba la libreta para comunicarse, esa frase solo iba a ser para ella, no se la mostraría al cíborg. Se tumbó en la cama y miró al techo del camarote. El cansancio empezó a hacer mella en ella y con esas palabras rondándole en su cabeza se quedó dormida. Unas palabras que le aportaban luz en la oscuridad que a veces le envolvía. El amanecer pintó el cielo del Etherium con tonos lilas y dorados. La primera luz entraba tímida por el portillo del camarote, bañando el rostro de Elisabeth. Ella abrió los ojos lentamente, aun con la calidez del recuerdo de la noche anterior. Las palabras de Silver resonaron en su memoria. “El Etherium no habría brillado igual sin ti.” El corazón le dio un vuelco, acelerándose sin que pudiera evitarlo. Sintió el calor subirle a las mejillas. A su lado, Jim despertaba, todavía medio dormido. Se frotó los ojos y la miró con gesto preocupado. —¿Cómo estás? ¿Te encuentras bien? Lizzie lo observó un instante y sonrió con ternura. «Estoy bien, Jim. De verdad», le dijo con señas. El chico suspiró aliviado y volvió a tumbarse, aún adormilado. Lizzie apartó la mirada hacia la lona que separaba su cama de la de Silver. Entre la penumbra, creyó distinguir su silueta inmóvil, todavía dormida. Un escalofrío le recorrió el cuerpo, recordando el abrazo fuerte y sólido, en el que se había sentido… segura. Cerró los ojos un instante, intentando serenarse, pero la sensación permaneció. De pronto, un cosquilleo suave en su mejilla la sacó de sus pensamientos. —Morfy… —susurró, sonriendo. La pequeña criatura se había acurrucado junto a su rostro, emitiendo un sonido dulce, como un ronroneo. Lizzie lo acarició con un dedo y dejó escapar una risita ligera. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió en paz. Ya no pudo dormir, pero se quedó tumbada, mirando hacia la lona. Deseaba tanto correrla y verle…, pero se contuvo tanto él, como Jim, que seguían durmiendo. Pasó un buen rato hasta que Jim volvió a despertarse, esta vez ya no tan adormilado. Lizzie iba a levantarse con él, pero su hermano, con gesto preocupado, se incorporó en la cama. —Lizzie, deberías descansar. —La miró con seriedad, su voz tenía ese tono protector que había heredado de su madre. Ella rodó los ojos y empezó a incorporarse. «Estoy bien, Jim. No hace falta que me trates como a una inválida», Elisabeth respondió a su hermano con gestos lentos y mirada de pocos amigos. No iba a quedarse todo el día en cama. El muchacho frunció el ceño, pero antes de que pudiera replicar, la lona que separaba las camas se movió. Silver apartó la cortina con su enorme mano, su ojo mecánico brillando con un destello rojizo. —Hazle caso a tu hermano, Liz. —Su voz resonó grave, cargada de autoridad—. Quédate en la cama. Elisabeth lo miró, ofendida por un instante, pero al ver la seriedad en su rostro, suspiró y se recostó de nuevo, e hizo señas a Jim para que tradujese.   —Dice que, de acuerdo, pero solo un rato. No piensa pasarse todo el día en cama. Silver asintió, satisfecho, y desvió la mirada hacia Jim. —Vamos, Jimbo. Te necesito en la cocina. Me echarás una mano con el desayuno. Jim asintió. Era lógico que le tocase hacerse el trabajo de su hermana. —Morfo, vigila a Liz. No dejes que se levante, ¿de acuerdo? —dijo el cíborg al pequeño alien rosado. Este asintió e hizo un gesto de militar como se dijese: “a sus órdenes, señor”. Ante eso, la chica rodó los ojos, pues creía que esos tres eran unos exagerados, se encontraba perfectamente. Jim salió del camarote para asearse e ir directo a la cocina. Aún no se escuchaba el bullicio de la tripulación levantándose. La lona aún seguía abierta y Elisabeth, todavía tumbada, se giró para mirar al cíborg. Fue entonces cuando se dio cuenta de que no llevaba su habitual camisa holgada, sino una camiseta de tirantes que se ceñía a sus hombros y pecho. El contraste la sorprendió: pese a su complexión ancha y su barriga evidente, su brazo de carne y hueso era musculoso y bien definido. Se notaban los años de trabajo y esfuerzo físico en los barcos. Sintió el calor subirle al rostro y apartó la vista con rapidez, fingiendo que observaba el techo. ¿Por qué me fijo en estas cosas? Pensó, mordiéndose el labio. También se fijó en el brazo mecánico y el protector que llevaba, y pensó en la noche anterior en todo lo que también había perdido, en las cicatrices que tendría a lo largo del cuerpo. No pudo volver a evitar en pensar en su cuerpo, en esos músculos marcados y en las ganas que tenía de recorrerlos con sus manos. Silver, ajeno a sus pensamientos, se acomodó en el borde de la cama de al lado, se acomodó el protector de la prótesis mecánica y se puso una camisa holgada limpia. Aún sentado en el borde de su cama, el Ursid la observó un momento en silencio. Entonces levantó una mano y, con gesto torpe, imitó algunas de las señas que había visto usar a los hermanos, y que creía saber el significado. —¿Estás… bien? —articuló exagerando los labios, mientras movía las manos con una mezcla de inseguridad y torpeza. Elisabeth se le quedó mirando, sorprendida. Durante un segundo guardó silencio… y luego le dio un ataque de risa silenciosa, los hombros temblándole. Se tapó la boca, conmovida de ver a un hombre como Silver, siempre tan tosco y rudo, intentando comunicarse de esa manera tan torpe. Agarró la libreta que tenía en la mesilla y escribió con letra rápida: “Descansaré. No te preocupes. Estoy bien.” Se la mostró con una sonrisa. Silver resopló, medio satisfecho, medio incómodo, pero no pudo evitar que en sus labios asomara una sonrisa leve. Fue entonces cuando sus ojos, casi sin querer, se desviaron. Lizzie estaba bajo la sábana, pero la holgada camiseta que llevaba puesta se había deslizado. La tela clara dejaba entrever la curva de su ropa interior, y al no llevar sujetador, los pezones se marcaban suavemente contra la tela. El cíborg parpadeó, endureció la expresión de golpe y se levantó de inmediato. —Descansa, Liz. —dijo con brusquedad, casi un gruñido. Antes de que ella pudiera reaccionar, corrió la lona y salió del camarote, sus pasos pesados resonando en el pasillo. Lizzie se quedó mirando la cortina, confundida. Ladeó la cabeza, sin entender por qué Silver había salido tan deprisa. Apretó la libreta contra su pecho, con un gesto de extrañeza, antes de cerrar los ojos. Al instante, la imagen de ese hombre con camiseta de tirantes y musculoso le vino a la mente. Su corazón iba a mil por hora, y seguramente estaría ruborizada. ¿Qué le ocurre? ¿Por qué le ponía tan nerviosa, Silver? Pensó la mayor de los Hawkins. Se dio la vuelta en la cama, notó a Morfo acurrucado en la almohada. Intentó dormir, pero era inútil. Ese hombre no le dejaba conciliar el sueño. Cuando Silver salió del camarote con pasos pesados, cerró la puerta tras de sí. Se apoyó contra la pared del pasillo antes de llegar a la cocina. Exhaló con fuerza, como si hubiera aguantado la respiración demasiado tiempo. —Maldita sea… —murmuró. Intentó tranquilizarse tomando una buena bocanada de aire, pero no consiguió calmar el torbellino en su interior. Había visto cosas en su vida que habrían quebrado a cualquiera, pero nada lo desarmaba como aquella chica. Esa dulzura, esa valentía, esa cara de concentración cuando calculó la mejor ruta de escape de la tormenta, esa vulnerabilidad. También estaba todo lo que le atraía de ella físicamente: ese rostro, esos ojos, su cabello, su aroma, su cuerpo… Todo en ella lo volvía loco. Apretó los dientes y negó con la cabeza. —No puedes verla de esa forma, John… —se reprendió a sí mismo—. Es demasiado joven. Y tú… tú ya estás podrido por dentro. Pero la imagen de Lizzie riéndose en silencio, conmovida por sus torpes señas, lo perseguía con una ternura que le resultaba insoportable. —Te vas a meter en un buen lío…—murmuró el cíborg en lo que parecía más un gruñido. Cuando llegó a la cocina, Jim ya le estaba esperando para empezar a preparar el desayuno. El cíborg enseguida le señaló dónde estaba el cazo y empezó a preparar avena con semillas solares tostadas; eso les daría un toque más gustoso. Él empezó a preparar unos sándwiches con carne seca, así que cortó la carne y tostó un poco de pan. Enseguida, la cocina quedó inundada de deliciosos aromas, solo faltaba preparar una cafetera con café. Jim, a su lado, removía el cazo con avena. El muchacho lo observaba de reojo, con el ceño fruncido. Había algo raro en él. Normalmente, Silver no paraba de darle órdenes, o de soltar alguna broma, pero aquella mañana estaba… callado. Demasiado. —¿Está todo bien? —preguntó Jim, intentando sonar casual. Silver no levantó la vista del cuchillo. —Claro que sí, Jimbo. ¿Por qué no iba a estarlo? El tono era seco, casi brusco, como si quisiera zanjar el tema rápido. Pero Jim lo conocía lo suficiente para notar el matiz. —No lo sé… —murmuró, removiendo con más fuerza el cazo—. Estás muy callado, normalmente eres más charlatán. Silver soltó una carcajada áspera, aunque no llegaba a sus ojos. —¿Charlatán? Tienes razón, no te voy a negar, Jimbo, que ayer tuvimos toda una experiencia con la tormenta. Además, del susto que nos dieron el doctor y tu hermana… Jim lo miró. Ayer fue un día duro, no lo podía negar. Él mismo, que aún seguía inquieto por lo de ayer, estuvo a punto de perder a Elisabeth. Solo de pensarlo, se le hizo un nudo en la garganta, los ojos se le humedecieron e intentó ahogar el sollozo que estaba a punto de salir. El cíborg lo notó y dejó de cortar. Lo miró con una leve sonrisa, se notaba que esos hermanos estaban muy unidos. Así que intentó cambiarle el tema para que no pensase en algo tan traumático como el hecho de que su hermana estuvo suspendida de una cuerda a punto de caer al vacío del Etherium. —Remueve bien la avena, Jimbo, si no se te va a quemar. Por cierto, ponle algo de canela, ya verás cómo le darán un toque más rico. —Su tono se había suavizado, y prosiguió a cortar más carne. Jim bajó la mirada al cazo y suspiró. En cierto modo, Silver tenía razón, pero notó cómo quiso evitar el tema. Y algo le decía que algo tenía que ver con su hermana. No obstante, dejó estar el tema, al menos por ahora. —Voy a llevarle algo de desayuno a Lizzie —dijo, sirviendo parte de la avena en un cuenco. Silver asintió sin mirarlo, como si lo esperara. —Claro, Jimbo. Que coma y recupere fuerzas. Cuando el muchacho se dio la vuelta hacia la puerta, Silver carraspeó y lo detuvo con un gesto. —Espera un momento. Se inclinó hacia un estante y sacó una pequeña bandeja cubierta con un paño. La colocó sobre la mesa con cierto disimulo. Al destaparla, un aroma cálido y dulce llenó la cocina: eran galletas de mantequilla con pepitas de chocolate. Jim arqueó las cejas. —¿Tú… hiciste esto? Silver fingió estar ocupado buscando algo en una de las estanterías. —Bah… no tiene nada de especial. No podía dormir anoche. Así que probé a hornear algo. El chico tomó una de las galletas con cuidado, sorprendido. —Son las favoritas de Lizzie… —Bueno, lo he intentado —respondió Silver con una sonrisa torcida—. Me comí casi una de las bolsitas que trajo, así que quise compensarlo. Espero que me hayan quedado más o menos igual. Jim lo observó unos segundos, como si tratara de descifrarlo, y al final tomó la bandeja junto al cuenco de avena. —Se las llevaré. Silver asintió despacio, volviendo a su tarea de cortar carne, aunque su ojo humano se suavizó un instante. —Dile que descanse. Y… —hizo una pausa breve—. Que no se atragante con las galletas. Jim sonrió apenas, y salió de la cocina con la bandeja. Silver lo siguió con la mirada un momento, antes de resoplar y concentrarse de nuevo en el cuchillo. La cocina volvió a quedar en silencio una vez Jim salió. Solo se oía el repiqueteo del cuchillo de su brazo mecánico contra la tabla. Silver trabajaba mecánicamente, pero la mente le daba vueltas. Se detuvo un segundo y miró de reojo hacia el horno. Ya estaba frío, después de haber horneado las galletas esa misma noche. Una montaña de galletas. Había prometido a la chica, gritando mientras tiraba de la cuerda. Y allí estaba él, en plena madrugada, como un idiota, intentando recrear las dichosas galletas que tanto le gustaban a Liz. Apretó los labios, gruñó y volvió a concentrarse en la carne. Pero, pese a sus intentos, no pudo quitarse la imagen de la muchacha de la cabeza: temblando, sonriéndole débilmente aún en medio del caos. Y después, el peso de ella en sus brazos, ligera como una pluma, aferrándose a su chaqueta como si no quisiera soltarlo. Se frotó el rostro con la mano biológica y bufó. —Bah… seguro que ni se parecen —gruñó, aunque en el fondo esperaba lo contrario. Recordar cómo Lizzie lo había fulminado con la mirada aquella vez que le quitó las galletas le arrancó una media sonrisa. —¿Qué demonios me pasa contigo, mocosa? —murmuró el cíborg para sí mismo, con el pulso acelerado. Jim entró con la bandeja en las manos, y el dulce aroma llenó el espacio al instante. Lizzie, que estaba recostada con Morfo acurrucado en su mejilla, alzó la cabeza curiosa. El chico sonrió, tratando de sonar casual. —Te traje el desayuno. Dejó la bandeja sobre la mesilla. Lizzie se incorporó despacio, peinándose el cabello con los dedos. Sus ojos se iluminaron al descubrir el plato de galletas junto al cuenco de avena. Miró a su hermano con expresión incrédula y empezó a señalar con rapidez: «¿Las hiciste tú?» Jim negó con la cabeza, divertido. —No. Fue Silver. Se puso a hornear anoche. Lizzie parpadeó sorprendida. Luego tomó una galleta entre los dedos y la acercó a la nariz. El olor la envolvió, tan familiar, tan reconfortante. Le recordaban a la cafetería de Benbow. Dio un pequeño mordisco. El crujido leve, el sabor a mantequilla y chocolate, le llenaron la boca. No eran perfectas, pero estaban riquísimas. Se llevó la mano a la boca para reír sin sonido, conmovida. Y al instante, la memoria la golpeó: “¡Aguanta, Liz! Te prometo que te hornearé una montaña de tus galletas favoritas.” El corazón se le aceleró, las mejillas le ardieron. Se tapó la cara con las manos, como si así pudiera ocultar la sonrisa tonta que se le escapaba. Jim la observó con curiosidad, aunque no dijo nada. Solo se encogió de hombros y se sentó a su lado, empezando a comer su parte del desayuno. Lizzie bajó la libreta y, todavía sonrojada, escribió con letra pequeña: “Gracias, Silver.” Arrancó con cuidado la nota de la libreta y lo dejó encima de su mesita. Ya pensaría como se la daría. Morfo, con sus ojitos brillantes de curiosidad, se deslizó hacia la mesita y vio la nota cuidadosamente doblada. La agarró y revoloteó por encima de la cabeza de la chica. Lizzie al verlo se quedó pálida, ¡Maldito Morfo! Intentó agarrarlo, pero la criatura se escurrió entre sus dedos y salió revoloteando del camarote, riéndose de forma juguetona. Jim lo siguió con la mirada y frunció el ceño. —¿Qué se llevó ahora? Lizzie se sonrojó, llevándose las manos a la cara. «Nada… nada importante» Dijo con señas apresuradas. Silver estaba acabando de cortar la carne cuando algo viscoso y rosado se le chocó con su espalda. —¿Pero, qué? —exclamó, girándose de golpe. Morfo revoloteó alrededor de su cabeza, riéndose con sus sonidos agudos, hasta que soltó el papelito y lo dejó caer justo en la mesa frente al cíborg. Silver lo atrapó al vuelo, frunciendo el ceño. —¿Qué es esto Morfy…? Desplegó la nota. La letra pequeña y delicada de Lizzie brillaba bajo la luz de la cocina: “Gracias, Silver.” Silver se quedó quieto. Su ojo biológico parpadeó, y el mecánico titiló en un destello dorado, casi blanco. Morfo, mientras tanto, lo observaba con cara de pillo, flotando en círculos como si supiera exactamente qué había hecho. El cíborg apretó la nota entre sus dedos, muy despacio, y dejó escapar un resoplido bajo. —Tch… Eres un metiche, Morfy. Pero la dureza de su voz no coincidía con lo que sentía. Por dentro, el corazón se le aceleró. Sentía una calidez, como si esas palabras fueran más fuertes que toda la tormenta que habían sobrevivido. Guardó la nota en el bolsillo de su pantalón, donde nadie pudiera verla. —Gracias, mi pequeño bribón… —murmuró, disimulando la sonrisa que se le escapaba. Morfo, sonrió satisfecho y esperó a que el Ursid le diera algo para comer. Silver le dio un trozo de carne seca, y el pequeño alien rosa lo comió con gusto. Jim regresó a la cocina tras dejar a su hermana dormida. Apenas había terminado de poner los cubiertos cuando la tripulación empezó a entrar, atraída por el olor de pan y avena caliente. Las botas resonaban sobre la madera, las voces graves llenaban el espacio. —¿Y Elisabeth? —preguntó Onus con tono preocupado, moviendo sus múltiples ojos hacia Jim. Jim lo miró. No se fiaba de la tripulación después del numerito de Scroop, pero le respondió con naturalidad y evitó ser hostil. —Descansando. La capitana le ordenó que mejor descanse el día de hoy. Onus asintió, aunque con gesto apenado. Tenía ganas de ver a la chica y preguntarle si estaba bien. Lo de ayer lo dejó preocupada. A otros tripulantes también se les notó la decepción de que no estuviese en la cocina, siempre les alegraba ver la sonrisa de la chica de buena mañana. En la esquina, Scroop también parecía decepcionado, pero, por otro lado, sonrió. Pues en su mente retorcida, pensaba que podría escabullirse al camarote donde estaba para visitarla mientras dormía. Silver miró a su tripulación y les dedicó una mirada asesina, lo delataba la luz de su ojo cíborg que se estaba volviendo totalmente rojo. —¡Comed de una vez! —bramó molesto el cocinero. — Que aún queda mucho trabajo por delante. El desayuno transcurrió en un murmullo pesado. Cuando los platos estuvieron vacíos, y la tripulación salió a cubierta. Silver se giró hacia Jim. —Jimbo, subirás a cubierta. Fregarás hasta que el suelo brille. Jim, aunque molesto, obedeció sin discutir. Tomó el cubo y un cepillo, y salió, dejando al cíborg solo en la cocina. Silver aguardó un instante. Luego sacó del bolsillo del pantalón el papelito que Morfo le había traído. Lo desplegó y volvió a leer esas dos simples palabras: “Gracias, Silver.” Una sonrisa se dibujó en su rostro, apenas perceptible, pero real. Dobló la nota con cuidado y la guardó otra vez, como si fuese lo más valioso que poseía. El cíborg se dirigió despacio al camarote. Abrió la puerta y entró. No había mucha penumbra, pues la luz del Etherium iluminaba toda la estancia, pero allí estaba. Lizzie dormía profundamente con el cabello revuelto sobre la almohada. Morfo al final se había ido con Jim a la cubierta, así que estaban solos. Silver se quedó de pie unos segundos, mirándola en silencio. La respiración tranquila de la chica, el ligero movimiento de sus labios entre sueños, le arrancaron una sensación que no sabía nombrar. —Descansa, Liz… —murmuró apenas audible, para sí mismo. Se sentó un momento en su propia cama, y la miró. Era extraño. Aunque sabía que no debía encariñarse con ella, que no debía sentir nada por ella, allí estaba sin poder apartarse de ella. Pues, sin quererlo, su mente e incluso su cuerpo se sentían atraídos por ella y le impulsaban a estar junto a ella. Su mirada no se apartaba de ella. De pronto, ella murmuró entre sueños: —Mamá… ¿me cuentas otra vez la historia de las estrellas? El cíborg ladeó la cabeza. Su voz, suave y plácida, le encanta su voz. Una sonrisa casi imperceptible asomó en los labios de Silver. Estaba teniendo un sueño. Pero en cuestión de segundos, el tono cambió. El ceño de Lizzie se frunció y su respiración se volvió agitada. —No… no le hagas daño a mamá… —susurró con un hilo de voz—. ¡Déjala!… no toques a Jim… El cuerpo de la chica se tensó bajo las sábanas, las manos cerrándose en puños. Un jadeo escapó de su garganta. —Me… ahogo… —gimió—. ¡No me aprietes tanto el cuello!… Silver se incorporó de golpe, el ojo mecánico brillando en rojo, los músculos rígidos. ¿Qué hago? Ahora sí que estaba teniendo una pesadilla. No aguantó más. Se inclinó sobre ella y, con sumo cuidado, posó su mano biológica en su hombro. —Liz, tranquila… Soy yo, Silver. Estoy aquí, a tu lado. — susurró, con un tono sorprendentemente suave. Lizzie gimió entre sueños, girando el rostro. El cíborg acarició su brazo con movimientos lentos, intentando transmitir calma. —Ya está… despierta. No es real. Ella abrió los ojos de golpe, respirando agitada, el corazón martillando en su pecho. Al enfocar mejor la vista, vio a escasos centímetros: un ojo mecánico con un brillo dorado, y otro ojo, en este caso biológico, de color verde, que la miraba con preocupación. Por unos segundos no supo dónde estaba. Buscó con la mirada, hasta que reconoció la lona, la camilla improvisada, el calor del camarote. El aire entró a trompicones en sus pulmones. Silver aflojó la presión de su mano en su hombro y habló despacio, vocalizando para que pudiera leerle los labios: —Era un sueño. Nada más. Estás a salvo. Lizzie parpadeó, y las lágrimas brotaron sin permiso. Llevó la mano temblorosa a su cuello, como si aún sintiera aquella presión invisible. Silver dudó un instante. Luego, con torpeza, extendió su mano de carne y le apartó un mechón de cabello húmedo de la frente. —Respira… conmigo. ¿Sí? Ella asintió débilmente. Se obligó a seguir el ritmo pausado de su pecho ancho, inspirando y exhalando. Poco a poco, el temblor de su cuerpo fue cediendo. Cuando al fin logró serenarse un poco, tomó la libreta de la mesilla, y con letras irregulares escribió: “¿Qué hora es? ¿Estabas durmiendo?” Silver soltó una risa áspera, casi un gruñido, pero cargada de calidez. —Aún es de día, Liz. No te preocupes, no estaba durmiendo. Vine a ver si estabas bien. Lizzie lo miró con los ojos aún húmedos, y por un instante, la seguridad que había sentido en el abrazo de la noche anterior volvió a invadirla. No obstante, aunque, le gustaba esa sensación, se sintió bastante vulnerable y algo avergonzada porque Silver la hubiese visto tener una pesadilla. Tenía ganas de estar sola. Ayer la tomó desprevenida y con la guardia baja, pero ahora…, no creía que pudiese enfrentar esto ahora y menos con él. Apretó la pluma y escribió: “No te preocupes, estoy bien. No hace falta que te quedes. Seguro que tienes trabajo por hacer.” Silver arqueó una ceja, ofendido. Supo que la chica le estaba diciendo que se largase, pero no iba a dejarla de esa manera. —¿Quieres que me vaya? —repitió, vocalizando despacio para que lo entendiera. Su voz sonó más dura de lo que pretendía—. No tienes que avergonzarte por un mal sueño, Liz. Ella bajó la mirada, sonrojada, los dedos, apretando la libreta con fuerza. Pero al ver la seriedad en el rostro del cíborg, suspiró y escribió, la letra temblorosa al principio, pero cada vez más firme. “No fue solo un mal sueño. Fue un recuerdo, uno horrible.” Lizzie levantó la vista y, como en la noche anterior, en la mirada de Silver se notaba preocupación. Suspiró, esa mirada también pedía una explicación. No sabía por qué, pero con él podía abrirse. No le apetecía hablar de ello, era doloroso, pero recordaba las palabras de psicóloga; las cargas no hace falta llevarlas en soledad. Tenía razón. Hacía tiempo que no hablaba de ello, no le había hablado nunca, ni con su madre, ni con su hermano, pero sí con Trixie y Arthur, y por su puesto su terapeuta. ¿Por qué no hablarlo con Silver? Porque es prácticamente un extraño, dijo una voz en su interior, pero un extraño que le hacía estar segura. No iba a decirle toda la verdad, había una cosa, que quería omitir y evitar a toda costa, pero podía compartir parte de lo que la atormentaba. Tragó saliva, y siguió escribiendo. “Mi sordera fue por culpa de un…” Dudó que poner, no quería hablar de él, por lo que, lo mejor para describir lo que le ocurrió fue la siguiente palabra: “Un accidente.” Sabía que era cobarde por no acabar de reconocer la raíz de todo, pero de momento si Silver quería saber de ella tenía conformarse con eso. Lizzie siguió escribiendo, mientras Silver miraba la libreta para seguir leyendo lo que quería decirle. “Hace cinco años, cuando tenía 14 años. Me caí del segundo piso de la posada. Estaba en el tejado observando las estrellas desde el viejo telescopio de mi abuelo. Resbalé y me caí. Me abrí la cabeza. El último recuerdo, lo último que escuché fueron los gritos de mi madre. Hasta que todo se volvió negro.” Dejó de escribir un momento. Su mano empezó a temblar, el recuerdo era tan doloroso. “Desperté en el hospital. Los médicos casi me dan por muerta, pero pudieron salvarme a tiempo. Aún recuerdo que cuando desperté, no podía oír nada. Tampoco podía levantarme de la cama. Tardé casi un año en poder andar sin la ayuda de muletas, pero mis oídos… la operación para poner mejores dispositivos es sumamente cara, así que tuve que conformarme con estos audífonos. Al principio fue duro, pues también al no oír bien, mi habla también quedó afectada. Aunque pueda hablar, no puedo pronunciar bien algunas palabras y en el instituto algunos empezaron a reírse de mí. Al final opté por aprender el lenguaje de signos o escribir las cosas en una libreta.” Suspiró. Y encontró fuerzas para escribir lo último que quería decir. “Fue duro. La rehabilitación fue un asco, pero pude volver a andar y puedo escuchar con mis audífonos, pero aún de vez en cuando necesito ir a un psicólogo. Quise suicidarme más de una vez, pues me sentía tan inútil y aún a veces me siento de esa manera.” Al acabar, le entregó la libreta con manos temblorosas, incapaz de mirarlo a los ojos. Sabía que desde esa posición no podía leerlo todo bien. Silver leyó cada palabra en silencio, sin mover un músculo. Alzó la vista hacia ella: sus ojos azules brillaban de vergüenza, de miedo a ser juzgada. El cíborg cerró la libreta con cuidado, como si fuese algo frágil, y la dejó sobre la mesilla. —No tenías que guardarte eso sola, Liz. —dijo al fin, su voz era suave. Ella se encogió de hombros. Agarró la libreta de la mesita y escribió rápido: “No me gusta hablar de ello. Me siento rota… incompleta.” El cíborg soltó un resoplido áspero, casi una risa amarga. Se acomodó en el borde de la cama, agarró la pipa que había dejado en su mesita de noche y la encendió. Fumó y soltó una bocanada para tranquilizarse. Para Silver tampoco era fácil el recuerdo que tenía sobre su “accidente”. Supo que la chica no le decía toda la verdad, había algo que le escondía, pero tampoco quería presionarla, pero entendía por lo que estaba pasando. —Dices que te siente rota, —vocalizó despacio para que leyera sus labios—. Entonces supongo que somos dos. Lizzie lo miró confundida. Silver se levantó un poco la camisa y la camiseta de tirantes, dejando a la vista el protector que unía la prótesis metálica del brazo con la carne, pudo ver las cicatrices que recorrían todo su costado. También le señaló varias cicatrices en el cuello y en la cabeza, donde tenía la prótesis del oído. —Esto —dijo, golpeando suavemente las prótesis— no son un regalo. Inspiró hondo y continuó, su voz ronca. Él tampoco iba a contarle toda la verdad, pues si no, tendría que decirle que era un pirata y eso sí que no podía saberlo. —Una explosión. El infierno de pólvora y fuego en una bodega que no revisé como debía. Perdí un brazo, una pierna, este ojo y hasta la oreja. Me desperté hecho pedazos… y créeme, Liz, también pensé que estaba acabado. La miró con ese destello dorado de su ojo cíborg. —También pensé que ya no servía para nada. Que solo era un monstruo remendado con chatarra. Lizzie lo observaba con los ojos muy abiertos, las lágrimas contenidas en el borde de sus pestañas. Silver bajó la mirada un instante y añadió: —Pero aquí estoy. Caminando, luchando… viviendo. Y no porque no me doliera, no porque fuera fácil. Si no porque no tuve otra opción. Se inclinó hacia ella, apoyando su enorme mano de carne sobre la mesilla, cerca de la suya. —No eres menos por lo que perdiste, Liz. Y tampoco estás sola en esto. Ella tembló, llevando la libreta sobre las rodillas. Escribió con trazos torpes: “¿Y si nunca me siento yo misma otra vez?” Silver la miró largo rato, hasta que la dureza de su rostro se quebró apenas. —Entonces buscarás la forma de estar completa. Como hice yo. Un silencio pesado envolvía el camarote. El humo de la pipa flotaba lento, como si quisiera atrapar el momento. Lizzie tenía la libreta cerrada sobre su regazo, los dedos apretándola con fuerza, pero sin fuerzas ya para escribir. Silver no dijo nada más. Solo dejó su brazo metálico rozando el suyo, un contacto firme y seguro, sin invadirla. Ella lo miró de reojo, los ojos aún húmedos, y por primera vez no se sintió rota al compartir su herida. En esa quietud, entendió que él también cargaba con cicatrices que no podían borrarse. El cíborg sostuvo la mirada apenas un segundo antes de apartarla hacia la penumbra, dándole espacio. No había más palabras. No hacían falta. Y así, en silencio, los dos compartieron el peso de aquello que los marcaba… y también la certeza de que ninguno estaba realmente solo. Mientras estaba en la cubierta, Jim fregaba el suelo de madera con rabia, bastante molesto. El aire fresco de la mañana no calmaba la marea que le agitaba por dentro. Llevaba puesto un delantal para evitar que se manchase. Su hermana dormía abajo, y eso lo tranquilizaba en parte. Pero había otra cosa, algo que no quería admitir ni siquiera en silencio: la manera en que Silver miraba a Lizzie. O, mejor dicho, cómo no dejaba de hacerlo. Jim apretó la mandíbula, tallando más fuerte contra la madera, como si pudiera borrar esas ideas con cada fregada. —No voy a dejar que te metas en su vida —murmuró entre dientes. El crujido de pasos pesados detrás de él lo hizo tensarse. Silver apareció cargando un cubo de agua y jabón, Jim se levantó, no le gustaba nada esa estúpida sonrisa que traía. Se miraron los dos, desafiantes, hasta que le lanzó el cubo y Jim lo agarró justo a tiempo. —No te vendría mal un poco más de fuerza, muchacho. La cubierta brilla menos que tus botas. —y le señaló un trozo de la cubierta que le faltaba por limpiar. Jim lo miró con descaro, empapado de sudor. Ya estaba de rodillas fregando, y sin soltar el cepillo le contestó. —Tal vez si tu tripulación trabajara tanto como ensucia, yo no tendría que dejarme la espalda. El cíborg arqueó una ceja, y por un instante su ojo mecánico destelló rojo. Se inclinó hasta quedar cara a cara con el muchacho. —¿Eso es un desafío, Jimbo? Jim sostuvo la mirada, sin retroceder un centímetro. —Solo digo que no me voy a dejar intimidar por alguien que se mete donde no lo llaman. Silver soltó una carcajada profunda, áspera, que resonó en la cubierta. —¡Ja! Eso es lo que me gusta de ti, Jimbo. Tienes agallas… aunque a veces te pases de bocón. Jim parpadeó, confundido por el cambio brusco. No sabía si el cíborg había entendido un poco por donde iba los tiros. Silver se enderezó, echando una mirada al horizonte, y luego volvió hacia él con una media sonrisa. En su mirada había algo, como determinación, pero lo que vino después dejó a Jim descolocado, pues nunca lo hubiese visto venir. —Oye, Jim. —dijo en un tono suave. —Enséñame lenguaje de signos.
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