Cristales Rojos
3 de enero de 2026, 3:20
Número de palabras: 275
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Sherlock siempre había sabido que su pareja era la perfecta definición de lo que la gente conocía como "extravagante".
Y eso, precisamente eso, era una de las cosas que más le gustaban de él.
Jim siempre había sido de aquellas personas que, lejos de importarle las opiniones negativas de las personas, parecía querer incitar el murmullo a su alrededor, y siempre lograba que todas las cabezas se giraran y admiraran lo que llevaba puesto.
Y en aquella ocasión no estaba siendo diferente.
Un cruel pasillo los separaba, pero nadie habría podido negar que continuaban unidos. Sus miradas parecían devorarse, alimentarse con cada brillo de su piel y con el mínimo movimiento de sus cuerpos.
Por fin, James avanzó hacia él y los cristales, rojos como la sangre, que llevaba incrustados en su traje blanco, comenzaron a relucir con el sol.
Sherlock no pudo evitar pensar que aquella podía ser la escena más natural de su pareja: un traje blanco, perfectamente ajustado a su hermosa figura, y recubierto en los lugares justos por miles de pequeños cristales rojos, que parecían emular un salpicón de sangre.
Sí, aquel era la imagen natural de James Moriarty.
Elegante y siniestro.
Hermoso y macabro.
James por fin subió el último escalón que lo llevaba a la cima del altar, junto a Sherlock, y le sonrió coquetamente.
—Estás espectacular —le dijo.
Sherlock alzó una ceja con asombro.
—Si un simple traje blanco es espectacular, ¿qué adjetivo debo usar contigo?
La sonrisa de Moriarty se agrandó, al tiempo que sus mejillas se ruborizaban muy ligeramente.
—Podemos discutirlo cuando ya estemos casados —resolvió girándose.
Sherlock le imitó, y el hombre que tenían frente a ellos, Alexander Cartwright, pudo iniciar con la ceremonia, que les convertiría en esposos.
Su boda.