Desde el escalón escalón más alto
17 de julio de 2026, 14:52
Un cuervo, como muchos otros, sobrevolaba Rocadragon. El continente entero se encontraba revuelto y las aves mensajeras eran avistadas volando de aquí para allá en cada territorio. Aquí yacía la Corte del rey que había conquistado la mayor parte de las tierras del Ocaso, y por supuesto, los alados portadores de noticias no detendrían el flujo de la información. Es por ello que su vuelo debería haber sido tranquilo. Era, después de todo, solo uno más entre las parvadas. Indistinguible. O eso pensaría cualquiera que lo viera desde el suelo.
Sin embargo, su pacífico aleteo pronto es interrumpido. De repente, un calor abrasador se dirige hacia él, como si el sol hubiera concentrado su insistencia sobre sus plumas. Y una figura titánica, un ser que ni siquiera debería notar la presencia de un humilde córvido, lo persigue. Plumas negras son seguidas por escamas negras. Rugidos de furia contenida responden ante sus graznidos. Llamas oscuras ardiendo en su boca sin ser expulsadas. Giros abruptos son realizados en el aire, mientras el pequeño pájaro intenta disuadir al monstruo de seguirlo. No lo devora, no lo mata, pero es claro que busca su expulsión.
Y el cuervo se aleja porque su misión ha fallado. Cientos de hechizos protectores guarecen la isla y el castillo es aún peor. No encontrará refugio en él, pues le impiden posarse en cualquier alero o viga. La magia de este lugar choca contra la suya. Tan inconstante y ardiente donde la propia es más longeva, pero aletargada. Tan deliciosa. Tan deseable. Se lame el pico. No puede poseerla pero aún así, podría alcanzarla. Robar una pizca de su intensidad.
No importa. No puede ser. Ha fallado. La isla aún tiene un guardián, alimentado con sangre y hechizos por un pueblo diezmado, pero que aún vive. Solo queda alejarse y esperar. Su propio poder merma. Su fuerza no es la de antes. Da la vuelta y escapa, mientras el negro depredador ruge anunciando su victoria.
En su regreso aspira el viento, buscando entre el olor a azufre las trazas de poder. El energizante latido de una magia tan distinta y chocante contra la suya, brilla más fuerte que nunca. Lo necesitan, pero no aquí, no ahora. No donde aún vive un protector para el linaje. Una criatura que aún recuerda los viejos pactos y treguas, grabados en su carne al nacer. El último verdadero remanente de un antiguo Imperio.
Sus alas se agitan, cansadas, mientras vuela hacia tierra firme. La oscura isla, con su montaña humeante, se desvanece en la distancia. Está agotado. Debe descansar. Recuperarse. Pero está bien. Allí donde la magia de fuego es poderosa y volátil, la suya es profunda, como las raíces de un bosque que se extienden. Permanecen a través de todo. Aún así, usa su ojo para echar un último vistazo hacia atrás. Apenas se contempla un terruño, sin embargo, la magia es otra cosa. Algo cambió, algo nuevo apareció, y su poder brilla como un faro que le atrae.
Descansará ahora. Pero pronto, ya sea un día, un año, o sean diez, volverá por esa luz.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Estaba tan concentrada en su lectura, que casi se perdió las últimas palabras de Maegor. Algo sobre que necesitaba otros rollos, de la biblioteca especial. Tan imbuída estaba, que tardó unos instantes en comprender a qué se refería. Y que el acceso a dicho lugar era solo conocido por ellos, así que si el quería algo de allí, tendría que ir a buscarlo él mismo. Dejándola. Con Visenya. A solas.
Alcanzó solo a separar su mirada de la escritura y negar con celeridad. Negar con fuerza. Aún así, el hijo menor de Aegon no la entendió. O no se dio cuenta. Parecía muy emocionado y si normalmente se perdía sus señales...
Solo le faltó por gritar - ¡No me dejes a solas con tu madre, hijo de puta! - pero no lo hizo. Por ello la puerta se cerró tras él con un ruido que resonó por toda la habitación.
Enseguida puso sus ojos en la reina. Esta se había pasado la mayor parte de su sesión de estudio mirando ceñuda por su ventanal, hacia algo que ocurría más allá de la vista de Ortiga. Ahora se centraba en ella, con una sonrisa feroz que la hizo tragar en seco. ¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
Ladrona, es bueno ver que eres más aguda que mi hijo. - la guerrera lanzó una última mirada allí por donde había salido su ignorante retoño - Así que ya que Maegor amablemente - se burló - nos ha dado intimidad, aprovechemos el momento. - se puso sería - Tenemos que hablar.
Que no se diga que ella no era valiente. Porque se mantuvo tranquila en su asiento, sus manos reposando mansamente junto a los escritos con los que practicaba su educación, en vez de lanzarse a la salida aullando como realmente quería hacer. De verdad, de verdad, de verdad que quería salir huyendo. Pero no lo hizo, ni lo demostró, y eso era lo que contaba. Por eso debía ser perdonada por suplicar - Por favor, no. Por favor.
Vamos, niña. Deberías agradecer que tengamos esta charla solo entre nosotras, ¿no crees? - una ceja plateada se alza en su cara - Solo entre, ya sabes, mujeres.
Ese fue el momento en el que Ortiga sintió que sus mejillas comenzaban a arder. Ojalá que su piel oscura lo disimule. Ojalá. Sin embargo no tenía muchas esperanzas.
Mira, veo que ya sabes de lo que quiero hablar, así que los rodeos no tienen sentido. - ah, pero a ella le gustaban mucho los rodeos. De preferencia, si le hubieran dejado escoger, Ortiga hubiera seguido rodeando el tema hasta que Maegor regresara. Así todo esto se detendría y ambas fingirían que esta conversación nunca comenzó - Para empezar, déjame aclararte que no creo que hayas sido tú quien sedujo a mi hijo.
¡No lo hice! - Ortiga se defendió con un ladrido.
Ya. Justo como dijo Maegor. Lo que significa que fue él, - Visenya continuó rascándose su fina barbilla, como si a pesar de que las dos versiones coincidían no lo creyera - de alguna forma.
Hubo algo que no le gustó en esa última frase. Sonaba... mal. Sin embargo, con su tendencia a evitar conflictos innecesarios, se limitó a estrechar sus ojos y murmurar - Tampoco es que sea tan horrible. Tchhh. Hablas de él como si fuera un incapaz.
Fue el turno de Visenya de estrechar sus ojos, aún así, pronto se encogió de hombros y prosiguió - No importa. A lo que íbamos. Con respecto a ti y a los herederos de mi hijo...
¡Wow! - Ortiga saltó impresionada, echándose hacia atrás de la mesa - Empezamos un poco fuerte, ¿no crees?
Eso detuvo a la jinete de Vhagar, solo que la detención duró apenas un momento - El objetivo de todo matrimonio, el principal, es obtener descendencia. Tú...
Visenya, para. Para. - alzó su mano - Justo ahora, Maegor y yo somos jóvenes. Muy jóvenes. - acentuó, y por si ella no se daba cuenta - También es muy pronto para comenzar a hablar de esto. Hazme caso.
Por los condenados dioses, por esto era mejor que nadie se hubiera enterado de nada tan pronto. Todavía no había pasado de manoseos y esta mujer... ¡Ay! Era su suegra, se dio cuenta... ya estaba exigiendo bebés. Puede que fuera resultado de como se crió, pero de dónde venía, la gente no estaba tan obsesionada con la descendencia. Ni solían casar a los niños, ni estaban desesperados desde el primer momento por la llegada de los niños. Con el tiempo, si no llegaban, sí. Pero no como en la nobleza.
Esta mujer, la miró de nuevo y se rascó la frente, tenía si acaso el doble de motivos para preocuparse con el asunto. Aún así, Ortiga se sacudió, no se hacía a la idea de que los hijos llegaran tan pronto. Es más, si lo pensaba bien, jamás se le había ocurrido la idea de realmente criar a sus propios mocosos. La vida si que sabía llevarte a lugares inesperados.
Mira, no estoy diciendo que no. - le explicó a la imperturbable dama - No es que vaya a hacer nada para evitarlo es solo que... - ¿Cómo decirlo? Apretó los dientes y se lanzó por ello - Todavía es muy temprano. No estoy tan interesada en sacar niños de mí como en, que se yo, - elevó sus hombros - ver adonde me lleva esto. ¿Sabes?
Eso no puso muy contenta a la mujer, que endureció su ya de por sí serio semblante. La trenza que comenzaba desde el nacimiento de su pelo se las arreglaba para hacerla lucir más intimidante todavía de ser posible - Ortiga, se que creciste con expectativas diferentes. Pero debes ubicarte. Tú y Maegor son príncipes, ahora con su propio feudo. Mi hijo entiende bien su deber. Su matrimonio...
Se suponía que era de mentira. - cortó antes de cruzarse de brazos. Decidió que si la reina quería ponerse dura, ella también. No dejaría que nadie la empujara a algo que no quería. Fuera o no la maldita Visenya - Donde yo debía estar de su lado y a mí no se me iba a presionar con nada de esta mierda. - agitó sus mano - Así que no se de donde sale tanta insistencia.
Visenya la miró raro. Y no raro de: estás diciendo locuras. Sino raro de...
¡Carajo! ¡Hija de puta! - sintió como su mandíbula caía antes de reclamarle a la mujer que estaba frente a ella - De alguna forma tú querías que yo acabara aquí, ¿no? De alguna manera, de alguna forma. - la señaló con el dedo - Ese siempre fue tu plan.
Ni siquiera intentó negarlo - Pues sí. Esperaba que con el tiempo te calmaras, y yo pudiera convencerte de los beneficios que te traería estar con mi hijo. O negociarlo a cambio de algo que quisieras. Lo que fuera necesario.
- ¡Ay, que bonito!
Visenya solo rodó sus brillantes ojos como las amatistas y lanzó - Nunca se me ocurrió pensar que tu misma caerías en su cama. O que él te llevaría a ella. O lo que sea que sucediera. Francamente, estoy algo impresionada.
No he caído en su cama. - refunfuñó Ortiga, encogiéndose - ¿Pero sabes qué? Eso no importa. Nada de intervenciones.
Le daba la impresión que si se dejaba ser superada aquí, después esta mujer trataría de conducirla el resto del tiempo. La mayoría supondría que debía ser así, pero, ¡al diablo con todo! Si nunca se había dejado llevar por lo que todos decían que era correcto, ¿por qué empezar ahora?
Si se dio de forma natural, deja que avance de forma natural. - tratar de convencer a la tipa que puso de rodillas a todo un reino solo con su astucia era desalentador, pero trataría de que comprendiera sus maneras. Si no, pues... alguien tendría que aguantar varios tragos amargos. Y como a Ortiga no estaba dispuesta a ser jodida en ese sentido... Sus mejillas se oscurecieron solas al pensar en el otro sentido - Solo... No te dediques a intentar forzar las cosas. Deja que sucedan.
Pero... Pero... ¡Mis nietos! - por un breve instante, Visenya no fue la imagen del control absoluto. O la mujer que mantenía todo atrapado en sus eficaces garras. Lució desvalida, como si le estuvieran robando un regalo largamente prometido.
Debió haber adivinado que no duraría mucho.
Pronto sus platinadas cejas se fruncieron y su mentón, aunque menos tosco que el de su hijo, se cuadró en un gesto que conocía muy bien por su retoño - Ortiga, no se te permite ser tan... tan...
Si pensaba que esto la haría cambiar de opinión, es que no la conocía ni un poquito. Ellos, Maegor y ella, podían ser todo lo tercos que quisieran, pero Ortiga se había opuesto a todos los que murmuraban a su espalda desde que era niña, adivinando que seguiría los pasos de su madre, solo para llevarles la contraria. Esta era una pelea que no pensaba perder.
Los labios de la guerrera se apretaron, quizás dándose cuenta de que ella no sería una presa tan fácil, y no cedería ante sus exigencias. Pareció optar por otro método.
- ¿Crees que te saldrás con la tuya, niña? Piénsalo mejor. Le diré a Maegor...
- ¡Deja a Maegor fuera de esto!
Después se sorprendería por la intensidad de su enojo. Y por el hecho de que Visenya también estaba tan sorprendida. Pero estaba tan enfadada. ¿Por qué no los dejaban ser? ¿Y por qué todos asumían qué Maegor debía ser responsable, y cumplir con el deber, y cuanta otra exigencia se le pusiera sobre los malditos hombros?
¡Tiene diez y cuatro años, por todos los putos dioses! ¿Por qué todos lo presionan y no lo dejan solamente vivir su vida y disfrutar un poco? No me extraña que sea así de seco. Y que luzca amargado la mitad del tiempo. ¡Debes, debes, debes! ¡¿Y qué pasa con lo que él quiere?! ¡¿Eh?! No es como si nos negáramos en redondo, solo... - se agitó el pelo - Solo estamos tratando de ir paso a paso. Sin forzar nada. Y enseguida salta alguien más con: debe ser así, así es como es correcto. Lo quiero ahora. - lo último fue una obvia crítica a la reina, sin embargo, el tono lloriqueante no la ofendió.
Más bien, la valyria quedó bastante confundida. Parpadeó unas cuantas veces sin decir nada, solo observando. Dándole algo de tiempo para que el enfado de Ortiga se fue apagando. Cuando pasó un rato y todo se mantuvo en calma se comenzó a arrepentir. No del todo pero sí algo. Ayyyy, en que líos se metía ella y su carácter. Sin embargo, la tercera cabeza del dragón pareció tomárselo con diversión.
Vaya, vaya. - preguntó - ¿Así que nos sentimos un poquito posesivas y territoriales, eh?
Lo que sea. - masculló. No iba a retroceder. No lo haría - Si quieres molestar a alguien, lanzar todas tus exigencias, hazlo conmigo. Después de todo, si alguien decide qué pasa con mi cuerpo, soy yo. Y ten por seguro que puedo aguantarlo. - se lamió los labios - A él déjalo en paz. Déjalo disfrutar un poco sin que todo lo que conozca sea el deber. ¿Trato?
Visenya guardó silencio, luego avanzó y se inclinó sobre la mesa, hacia ella. Ortiga no retrocedió mientras espiaban su rostro. La mayor del trío Conquistador solo vería su cicatriz y la cara de alguien que no iba a ceder con esto ni bajo tortura. Luego de que su mirada la recorriera una y otra vez, la reina se retiró desbalanceada. Casi podría jurar que también un poco impresionada por ella, pero Ortiga no se arriesgaría y apostaría por nada si no estaba segura de la victoria.
El silencio se hizo pesado, y largo. Y sí bien en cierto momento, deseó con todo su corazón no tener ninguna discusión con la esposa de Aegon, ahora el silencio se le empezó a antojar insoportable. Cada rato que pasaban mirándose la una a la otra solo lo hacía más incómodo. No le quedó de otra que suspirar y abrir la boca.
Bien, ahora que hemos dejado todo en claro, tengo que admitir que me has picado la curiosidad. - que Maegor no estuviera presente también hacía más fácil sacar un tema que podía tornarse doloroso para él - Tu plan siempre fue que tu hijo y yo termináramos juntos. ¿No es así?
La reina de todo Poniente asintió.
¿Y de alguna forma, esperabas que yo, ya sabes, - se aclaró la voz y se removió incómoda - consiguiera darle hijos?
La vio dudar, la cabellera de oro y plata de su trenza inclinándose de un lado a otro hasta que volvió a asentir.
Bien. - y aquí iba la pregunta pesada - ¿Y cómo puedes estar tan segura de que yo lo conseguiré? - observó a su alrededor, temiendo que Maegor regresara para escuchar sus palabras - ¿Sabes que de donde yo vengo, ni su media docena de esposas, ni quien sabe cuántas más zorras... - ¡ay! A ella se le seguían escapando vulgaridades. En cualquier momento Visenya la hacia lavarse la boca con jabón de nuevo. Se aclaró la voz -Quise decir amantes. - sí, eso sonaba mejor - Sí ninguna de ellas pudo darle un hijo, ¿por qué piensas que yo sí podré? - aparte de que ahora tenía a Nyxia, no se sentía diferente con respecto a antes.
Quizás un poquito más de seguridad, un poquito más de carácter, pero eso se lo podía achacar al dragón. Nada como una bestia gigante que te cubra las espaldas para darte un poquito de confianza.
Sin embargo, su pregunta pareció despertar una genuina emoción en la reina. Se dirigió enérgica a una de sus repisas, las que tenía repletas de libros y no de coloridas botellas, y sacó una pequeña pila de lo que parecían ser libros de aspecto antiguo pero bien preservados. También poseían algunas tiras de tela saliendo de entre sus hojas. Los cargó hasta donde estaba ella y los desplegó todos sobre la mesa. Los empujó para que estuvieran a su alcance antes de sentarse.
Déjame explicarte, Ortiga. - le hizo un gesto para que se acercara más y abrió uno de los folios, justo donde marcaba la tirilla de tela.
Ortiga solo enarcó una de sus cejas antes de inclinarse ante los libros, el olor a viejo le llegaba desde esa posición - ¿Cómo que ya estabas preparada para esta discusión, verdad?
Una media sonrisa fue toda la respuesta que recibió - Primero déjame decirte que esto es en parte los conocimientos que me han sido transmitidos y en parte mi propia teoría. Como ya te he dicho, los Targaryen... no, todos los Señores del Dragón en la Antigua Valyria - explicó como si se tratara de una lección de historia - se esforzaron por mantener su sangre pura por generaciones y generaciones. Por ello, durante milenios, los matrimonios entre hermanos fueron la norma en el Feudo Franco. Al menos dentro de las Cuarenta Familias. En caso de no tener acceso a un hermano, se podía recurrir al vínculo familiar más cercano, ya sean tíos, primos o sobrinos.
Bueno, ella asintió, pero esta parte de la historia todos la sabían. O cualquiera que sepa algo sobre los valyrios. En Rocadragon, o al menos en esta familia, casi que era un crimen no saber.
Lo que no quiere decir que no hayan existido matrimonios externos. - Visenya continuó su exposición - En algunas ocasiones, existían enlaces con otras Casas del Imperio, como parte de alianzas arregladas o algún que otro pacto.
Como en Poniente, pero al revés. - ante la duda en la cara de Visenya, Ortiga explicó - Los nobles aquí se casan por alianzas, y de vez en cuando dentro de la propia familia. Valyria es lo mismo, pero a la inversa, ¿no?
Dos cejas plateadas y perfectas se fruncieron, antes de que Visenya afirmara - Pues... Sí. Creo que es correcto. Pero ¿en dónde estaba? Mmm. Ah. A veces, aunque más raro, ocurrían matrimonios secundarios con Casas nobles menores o concubinatos con mujeres libres del Imperio. - abrió otro libro en la precisa página donde una cinta marcaba - Como deberías saber, Valyria tenía un sistema muy estratificado.
- Sí, los Señores del Dragón primeros y antes que todos. Ya fueran hombres o mujeres. Me lo has repetido muchas veces, Visenya.
Ella solo le envió una mirada rápida que le hizo enderezarse y señaló el dibujo que poseía el papel.
Pues sí, en la cima de nuestra sociedad estaban los jinetes de dragón y los príncipes hechiceros, sin importar su género. - suspiró como una doncella enamorada.
Miren, esa parte Ortiga la entendía. ¿Un mundo en el que solo montar a tu dragón te marcaba como especial? Parecía un sueño. Y no es que los jinetes no los consideraran así aquí, es solo que en Poniente la gente parecía seguir señalando distinciones. Ser mujer seguía cambiando como eras vista en comparación a los hombre, tuvieras un dragón o no.
¿No había salido ella de una puta guerra precisamente por eso? Miren a Rhaenyra, o a Rhaenys. Según todos, las mujeres no pueden gobernar porque están más indefensas. Era fastidioso e insoportable pero en su mayoría cierto. Ella había tenido que ser toda su vida el doble de astuta y el doble de mala y siempre había algún imbécil que se creía que se dejaría pasar por encima. Ella les demostraba que no, por las malas, pero aún así...
Las mujeres siempre lo tenían más difícil. Los hombres parecían propensos a escucharte menos, o cuanta idiotez se les ocurra, si no ponías tu pie hacia abajo. Pero encima de un dragón, pensar que alguien está indefenso es estúpido. Y aún así, ¿cuántos no se opusieron a que esas dos gobernaran solo por ser mujeres?
En Valyria parecían ser más listos y puede que por ello duraran tanto. Los dragones eran sagrados, y si una mujer montaba un dragón, era una igual a cualquier jinete masculino y eso no se discutía. Tenía sentido: no enfadar a un grupo de mujeres con tal poder destructivo parecía una obviedad.
Visenya también admitió que no todo era equilibrado. Que a veces el tamaño del dragón influía, pero que eso podía beneficiar a un lado u otro. Pero para ella, era más de lo que podía aspirar aquí, donde incluso después de todo lo que había hecho, la gente seguía creyendo que debía estar siempre subordinada a Aegon.
Todo lo de Valyria le sonaba muy bien a la dama. Fascinante, encantador. Para Ortiga, todo sonaba a mierda. A mierda muy fea. Todo muy lindo si eras jinete de dragón, pero, ¿y si no? La vida del resto de las mujeres no podría ser tan dulce, no si tu marido estaba en un pedestal tan alto y tu tenías que compartirlo con cuanta mujer le diera la gana. ¿Cuán poco importa una esposa si puedes tener cuatro o cinco más?
Ortiga, ¿me estás prestando atención? - llamó Visenya, y ella se dio cuenta de que se había metido en sus propios pensamientos.
Perdón, estaba analizando todo. - y se golpeó el cráneo.
No hubo respuesta a su comentario. El dibujo presentado ante ella fue señalado. Con colores opacos pero que se notaban que fueron hermosos en su tiempo, había una especie de escalera. Cabelleras plateadas y trajes bonitos en los escalones superiores, volviéndose más sencillos mientras bajaban. En los escalones menores los rasgos valyrios comenzaban a mermar.
Como ya dije, - recalcó la reina - jinetes de dragón en la cima, así como los príncipes hechiceros. Luego sus familias. Luego la nobleza menor, como los Velaryon, que seguían siendo nobles pero... menos.
Claro. Ortiga asintió como si esto fuera normal. Eran nobles pero menos nobles. ¡Ja! No era más simple decir que eran más débiles porque sus familias no tenían dragones. Eso de menos nobles era una pendejada.
Estos de abajo, son el pueblo libre del Feudo Franco. - señaló varios escalones de gente cuyos rasgos aún los marcaban, y en otros pasaban casi desapercibidos - Los remanentes de ellos los conoces acá en la isla.
Sí, como una de sus doncellas y su hermano. E incluso el maestro calero del proyecto de Maegor y sus hijos. No parecían tan extranjeros como Visenya y su familia, y aún así, tenían uno que otro rasgo que los marcaban como "de afuera". Todos ellos tenían al menos algo, ya fuera su pelo o sus ojos, que denostaba su herencia. A diferencia de ella.
Tampoco se le pasó, que en el dibujo, en el fondo de los escalones yacía un grupo no mencionado. Piel de distintos colores, así como sus cabelleras. No tenían nada en común excepto que no poseían rasgos valyrios, y que todos compartían cadenas.
Ortiga los señaló - ¿Y estos?
Visenya gruñó - esclavos - y prosiguió a ignorarlos.
Como puedes imaginar, mi astuta ladrona, después de siglos y hasta milenios de matrimonios entre hermanos y familiares, con alguna que otra sangre insertada, los linajes terminaron siendo en extremo puros. - Visenya pronunció con orgullo. Obviamente, pensó Ortiga en su cabeza y rodó los ojos - Algo terrible considerando que la endogamia debería haber acabado con toda la descendencia en ese punto.
Ortiga se sacudió, saltando en su silla. Miró horrorizada a la madre de Maegor, para la absoluta diversión de la misma.
¡¡¿Qué mierda?!! ¡Visenya! ¡¿Cómo puedes decir eso y estar tan tranquila?! - Ortiga sintió que un grito le subía por la garganta y tuvo que acallarlo. Posó una palma en su cuello para intentarlo.
¿Decir qué? - Visenya se hizo la desentendida. Como si no hubiera soltado una bestia rabiosa en medio de su explicación.
¡¡¡Que la endogamia es mala!!! - explotó Ortiga, agitándose a cada momento que pasaba - ¡¿Es que acaso se te olvida que los Targaryen se casan entre hermanos?! - se agarró el pelo y comenzó a tirar de él.
- Ah, eso. ¿No te parece divertido?
- ¡Mujer, ¿estás loca?!
No te alteres tanto, niña. - trató de tranquilizarla - Es solo qué todos nos señalan por eso, cuando tanto los ándalos como los primeros hombres que tanto desprecian la costumbre van, se dan la vuelta, y luego se casan con sus primas o sus sobrinas.
Sí, pero no es lo mismo una prima que una hermana. - Ortiga rechinó los dientes al ver a la otra tararear - Además, después sus hijos se casan con otras Casas. Deberían estar bien.
- Deberían, aunque no es tan seguro sí esas otras Casas también están emparentadas contigo.
¡Mierda! - Eso sigue sin explicar por qué estas tan calmada. ¡Acabas de decir que el incesto es malo! Y por si se te olvida, las dos cosas por las que son famosos los Targaryen es por el incesto y por sus dragones. - se agitó en su puesto, frotando su frente - ¡Por los condenados hermanos-esposos!
Ya, ya, niña. No te preocupes. - palmeó sus manos, oscuras contra su piel pálida y bien frías por el susto que estaba pasando - Primero quería llegar aquí, para explicarte.
Abrió otro libro. Con un hombre llorando en medio de una ciudad en llamas y llena de ríos oscuros. El dolor repentino en su pecho, provocado por el susto de seguro, hizo que no le prestara mucha atención.
Ahora, esto son solo teorías que mi hermano y yo armamos. - la sonrisa comenzó a morir en su cara - De cuando Aegon y yo no actuábamos como enemigos.
Por un fugaz instante, mientras la dama mayor fingía interés en algo más allá de la ventana, pareció marchitarse. Al menos le dio un respiro para que Ortiga pudiera recuperarse. Luego se sacudió para despejarse y retomó su enseñanza:
Bueno, esto es solo lo que pudimos inferir por dibujos y fragmentos. - se acarició la cara marcada por los años - Al Imperio no le gustaba que nadie conociera sus secretos, menos los relacionados con su magia, y hacía hasta lo imposible por ocultar la información. Es por ello que con la Maldición perdimos tanto.
- ¿Los Targaryen también practicaban la magia antes de la Maldición?
Sí, niña. Los príncipes hechiceros podían nacer en cualquier familia. - sus labios se apretaron - Pero desde entonces, hemos perdido no solo los conocimientos, sino también la chispa que la impulsaba. Sin ella, no se puede hacer nada. No importa cuánto me acusen de bruja, o cuanto me gustaría serlo, - se burló - no está en mis manos tal habilidad.
Lo siento, Visenya. - sentía que pareciera sufrir por ello, pero ¿francamente? Tenía una preocupación menos. Una Visenya que practique artes oscuras era aterradora. ¿El hecho de que quisiera y no podía? Alivio total. Casi se pone a sonreír del alivio pero no quería enfadarla.
Como sea, - continuó la mujer - por las pinturas y los grabados mi hermano y yo deducimos que se hizo algo grande, algo poderoso, sobre las familias que eran jinetes de dragón. Quizás incluso sobre todo el Imperio, pero en especial sobre ellos.
Tuvo que clavar los dedos en la mesa para evitar poner los ojos en blanco. ¿Esta mujer no podía dejar de mencionar lo especial que era su familia a cada momento, verdad? Calmada y tranquila, Ortiga, sonríe y actúa normal - Aja, ¿y qué fue precisamente?
Visenya volvió en sí - Creemos que se refiere a un hechizo tan poderoso que limpió las impurezas de nuestra sangre. - pasó su dedo por unas pocas palabras escritas en valyrio que se hallaban en la esquina de la hoja. Eran demasiado confusas para ella, que era apenas una principiante en ese idioma escrito y una mediocre en el común, pudiera descifrarlas - Evitando así que generaciones de incesto tuvieran repercusión alguna. El precio de esto - la dama valyria murmuró para sí misma - debió ser astronómico.
Solo entonces Ortiga le puso verdadera atención a la escena ante ella. El hombre que lloraba en medio del cuadro resultó estar encadenado. Y en el resto de la ciudad envuelta en llamas... Cerró el libro de golpe. Asustada de lo que había visto. Solo para volverlo a abrir. Justo donde marcaba un listón de tela. En cada edificio en llamas, en cada rincón, había monigotes de lo que deberían ser personas. El hombre llorando sangraba y solo entonces notó que los ríos que había notado no eran azules, o verdes. Eran oscuros, casi marrones. Con un escalofrío se dio cuenta de algo. Si el color del dibujo se había degradado, como parecía ser, en cierto momento ese tinte debió de ser rojo.
¡¿Qué mierda?! - abrió los ojos bien grandes hacia su actual maestra - ¿Qué es esta basura?
Lo que hubo que pagar por esto. - y pasó la página a la siguiente, donde muchas parejas, parejas muy parecidas de rasgos idénticos y perfectos cabellos platinados, paseaban tomadas de la mano. No borraron la imagen anterior. Nada lo haría. Si era cierto entonces fue horrible. ¡Horrible!
Bien, olvidemos toda la masacre de mierda, ¡y no lo justifiques! - trató de peinarse, porque tenía que hacer algo, cualquier cosa, para no pensar en ello - ¿qué tiene que ver esta terrible, terrible, lección de historia conmigo?
El tono histérico pudo haber preocupado a la reina Visenya, que robó el tomo de su agarre. Ortiga lo dejó ir. No importa a qué pasado tan despiadado hiciera mención, el libro no tenía la culpa. Y era en extremo valioso para ser destruido. Mejor que se lo llevaran, no fuera a ser que lo dañara tras su muy sangrienta revelación.
Ah. - la mujer mayor se aclaró la voz - Como puedes imaginar, nuestra sangre es muy pura.
Purísima. - afirmó Ortiga, recorriendo con sus dedos la carne desnuda de sus brazos. Piel morena ahí donde los Targaryen solo poseían palidez. El recuerdo del esclavo llorando no se extinguía. ¿Qué precio habían pagado? Luego de semejante descubrimiento, lo demás parecía carecer de importancia.
Hasta que ocurrió la Maldición, como parte de las Cuarenta Grandes Familias de Valyria, los Targaryen nunca consideraríamos cruzarnos - se le escapa una mueca - con otros linajes.
Auch. Ortiga sabía que no se referían a ella, ni a su lado materno. De alguna forma esa conclusión la hizo sentir peor. ¿Por qué carajos formaba ella parte de este plan, cuando no dejaban de pronunciar cosas como la importancia de la ascendencia? Frotó sus antebrazos, quizás buscando consuelo, solo para sentir que Visenya también le dedicaba una caricia áspera sobre el mismo lugar.
- ¿Te sientes bien, ladrona?
Nada con lo que no pueda lidiar. - y alzó sus labios en la sonrisa más forzada que jamás se había obligado a poner.
La catástrofe, sin embargo, - prosiguió Visenya, aún dedicándole miradas preocupadas - nos puso en una situación difícil. A eso debemos sumarle la caída de fertilidad de nuestra familia. Parece que no bastó con la pérdida de toda nuestra sociedad. Tras la caída del Feudo Franco los Targaryen no hemos prosperado. No realmente.
¿Qué no? - A mí me parece que les va muy bien.
Quizás tú no lo has vivido, ladrona, - se lamentó la reina - pero en estos cien años desde la Maldición, nuestras pérdidas han sido grandes. Niños que se apagan en sus cunas. Heredero tras otro ha muerto sin alcanzar el Señorío, o apenas se sientan en el trono de Rocadragón. La baja fertilidad y la baja natalidad han sido compañeros constantes para los míos. Los dragones no prosperan. No se han establecido con éxito ramas secundarias. Puedo quejarme y quejarme, al final es lo que es, Ortiga.
Lo lamento. - murmuró encogida.
No te disculpes por algo que no es tu responsabilidad, chiquilla. - la reina suspiró - ¿En qué estaba? ¡Ah, sí! Sin ramas familiares y pocos hermanos, los Targaryen nos vimos forzados a tomar a los Velaryon como consortes. Hasta Alyssa Velaryon. - admitió con un disgusto para nada disimulado.
Todavía sigo perdida. - reclamó Ortiga sin querer hacer alarde de su ignorancia - ¿Qué tiene que ver eso con...
Frente a ella, la mayor del trío Conquistador aspiró profundamente y soltó todo el aire, antes de volver a su explicación.
A lo largo de este siglo, los Velaryon también se aferraron a su pureza racial. Bueno, - se mofó - la que tenían.
Ortiga trató de mantener su rostro neutral, y consideró que había hecho un buen trabajo. En especial cuando le estaba resultando un tanto difícil. Más cuando la conversación se inclinaba una y otra vez hacia la pureza y la superioridad valyria, resultando ser un poquito incómoda para ella. Era la persona equivocada para recibir tal discurso, pero Visenya, con toda su inteligencia, no parecía notarlo.
Hasta hace poco, los caballitos de mar solo se casaban entre ellos, o con Targaryen si podían. - admitió con suficiencia antes de reírse - O con mujeres Celtigar si no les queda de otra. Hasta que Aethan Velaryon se casó con Alarra Massey. ¿Sabes que ella desciende tanto de los Primeros Hombres como de los Ándalos? - soltó de la nada.
Visenya, concéntrate por favor. - Ortiga se señaló a si misma - ¿Qué tiene que ver esto conmigo?
Bien, sí. Disculpa. - la dama se masajeó las sienes - Mira, esta es mi creencia. Algo que ha rondado mi mente desde que llegaste. No lo he podido confirmar, obviamente, pero aquí va. Creo que quizás en este punto, la sangre Targaryen es tan pura que no pueda mezclarse con la del resto de Poniente. ¡No, Ortiga! ¡No digas nada! ¡Déjame terminar!
Ella, que ya había abierto la boca para corregir esa idea, la cerró.
- Como debes pensar, por lo que me contaste, los descendientes de Aenys no tienen problemas en ligarse y tener hijos con miembros de otras Casas del continente, ¿no?
- Correcto.
Lo que me hizo pensar. ¿Qué separa a mi hijo de Aenys? ¿Por qué uno puede tener hijos y el otro no, cuando tienen tanta sangre en común? Sé que pueden influir otros factores, pero por ahora, todo me lleva a Alyssa.
Ah. Sí. Alyssa. - expresó con duda - Entonces... - Ortiga preguntó con lentitud exagerada, pero es que las palabras corrían espesas por su lengua - ¿quieres que Maegor tenga hijos con ella?
¡Por supuesto que no! - la reina se erizó por completo. Como si la interrogante pronunciada por Ortiga fuera para ella la mayor de las ofensas.
Ya. Ya. No te enfades. - Ortiga hizo un gesto calmante - Es solo que no dejabas de mencionarla. Y como no dejas de hablar de sangre pura y los Velaryon, por supuesto que me voy a confundir.
Incluso si dejaba pasar todo el tema de los linajes, y mira que llevaba rato apretando los dientes por esa mierda, si Visenya buscaba pureza en la sangre entonces no entendía que hacía ella aquí. Bastaba con echarle un vistazo para notar que Ortiga era "impura". Ella tenía un dragón, pero no se hacía ilusiones, eso no la hacía menos bastarda o más... lo que sea que buscara Visenya.
Ajena a su disgusto, la jinete de Vhagar terminó de contar - Lo que quiero decir es que quizás Alyssa sea un enlace perfecto. Su sangre es valyria, lo suficientemente pura para mezclarse con la de Aenys. Como parte de la nobleza menor del Feudo Franco, los caballitos de mar tienen bastante sangre del Imperio. A su vez, no son linajes prístinos. Podemos llamarlos, aunque ellos nunca lo admitirían: mestizos.
Ortiga se ahogó con su propia saliva. Tan fuerte que la reina se levantó y palmeó su espalda antes de regresar a su silla. Esa última palabra si que se había sentido fuerte, como un azote. Tanto que cuando se recuperó, retiró con suavidad las manos debajo de la mesa, para que Visenya no viera como apretaba los puños. Para ser alguien tan inteligente, sí que estaba ciega ante la forma en que la estaba apaleando con su discurso. O, estrechó los ojos, estaba tan concentrada en su explicación que no se daba cuenta de todo lo demás. Bueno, ya sabemos a quién salió su hijo.
Por lo tanto, he llegado a creer que su sangre es como un puente. - Visenya acercó sus dos manos y cruzó todos sus dedos - Lo suficientemente pura para encajar con nosotros, lo suficientemente "normal" para cruzarse con los demás. Lo que le permitió a Aethan tener hijos con una mujer extranjera como Alarra.
Ortiga parpadeó, si a ella le preguntaban, y estaba segura de que el resto de Poniente pensaría igual, los que contaban como extranjeros serían ellos. Pero bueno, después de todo, eso era lo más leve de todo lo que la reina había soltado por la boca hoy.
Entonces, es mi creencia de que el matrimonio de Aenys con Alyssa, que desciende tanto de valyrios como de sangre ponienti, creó una mezcla que hizo que su vástagos Targaryen fuera compatible con el resto del continente. Como... como una llave que desbloqueaba el acceso. - arrugó la nariz con desdén - Aunque ya no fueran tan puros. Pero bueno, supongo que es un pequeño precio a pagar siempre que los matrimonios entre hermanos tengan la absoluta prioridad y para que los enlaces de conveniencia, cuando ocurran, no resulten en esterilidad.
Visenya le sonrió muy alegre. Ortiga trató de devolver el gesto, segura de estar fallando miserablemente. La reina debió notarlo, finalmente, pues su alegría flaqueó un poco.
Aunque bueno, siempre se puede acusar que la mujer es estéril y buscar un segundo matrimonio con alguien más adecuado. Tu boda ya estableció eso. - argumentó, ignorando que condenaría a una chica, a una chica inocente, a ser señalada y probablemente vilipendiada - No sería ni la primera vez ni la última que un hombre lo hace. - masculló de forma oscura, como si ya hubiera sido víctima de esto.
Y aún así, - Ortiga regañó, incapaz de callarse - condenarías a una jovencita que no te ha hecho nada tal destino. Volverla culpable de un defecto que realmente no posee.
Visenya se sacudió y la miró con ojos grandes, quizás notando por primera vez que Ortiga no estaba muy contenta con todo esto.
Ah. Sí. - se acomodó un diminuto mechón que se había atrevido a escapar de su trenza tras su oreja - Bueno, si lo que yo creo es verdad, no será una preocupación. Vamos tras esa mezcla que nos hace compatibles. No habrá mujer señalada como infértil sin serlo. Te lo juro.
Porque la sangre de Alyssa es la clave. - aclaró Ortiga y su acompañante asintió - Pero no quieren un niño de ella. - el disgusto, así como la negativa en respuesta, fue instantáneo - Entonces... ¿Quizás de una de sus hermanas? ¿Ella debe tener hermanas menores, no? Son hijas del mismo madre y padre, así que obtendrías el mismo resultado. ¿No?
Eso dejó a la reina pensando, como si no se le hubiera ocurrido. Bueno, estaba segura después de tanta perolata, que si ella no hubiera aparecido y Maegor no se hubiera comprometido con Ceryse, una de las chicas Velaryon debió ser la primera opción de Visenya. ¿Por qué no lo habrá intentado el Maegor de las historias? Pensar en todo esto le trajo una mezcla de dolor de cabeza y a su vez, un dolor sordo ante tanta charla sobre pureza y raza y linajes limpios o lo que sea. También seguía sin entender que tenía que ver ella con el asunto. No se iba a quedar con la duda.
Bueno, una vez más nos hemos saltado lo que me interesa. - Ortiga se señaló - ¿Qué tengo que ver yo en todo este puñetero enredo?
Un ceño castigador la recorrió bien rápido, pero ya ni le afectaba - Pues, como ya sabes, o como me cuentas, Maegor falló en tener hijos con otras mujeres. - Visenya calló, esperando su confirmación.
O obtuvo niños monstruos. Sí. - asintió Ortiga. Eso era lo que sabía. Pobres bebés. Pobre esposo. No sabía del otro Maegor, pero este no se merecía eso.
- Pero Rhaena, quien llevaba la "sangre especial", jamás quedó embarazada. Por lo tanto, no somos capaces de evaluar la veracidad de mi teoría.
Otra vez, correcto. - dijo Ortiga, todavía sin entender que carajos tenía que ver todo esto con ella y a cada momento más enojada y dolorida que el anterior.
- Después de eso, la línea de Aenys desciende por dos de sus hijos que se casaron entre sí.
Sí. Jaehaerys y Alyssane. - respondió ella. Eso era parte de la historia que toda persona en Poniente, hasta el más ignorante, podría afirmar.
- A su vez, sus hijos y nietos se ligaron con diferentes Casas.
Aja, ¿Y? Deja de rondar como un buitre y dame una respuesta de una vez. - el dolor de cabeza se convertía en un latido que le atravesaba el cerebro.
Pero tú, mi ladrona, - el tono fue bajo y calmado, y de alguna forma la asustó - Tu desciendes directamente de estos hermanos-esposos, y a su vez, sus hijos se enlazaron para concebir a tu padre.
Ah, ah. - Ortiga no tardó en señalar - Te olvidas que mi madre no debía de tener una gota de sangre del dragón. Era después de todo una puta de Mercaderiva, hija a su vez de comerciantes de la isla. ¿Cómo encajas eso con tu preciosa pureza, Visenya?
- ¿Olvidas, Ortiga, lo que hablamos sobre el pueblo llano y los restos de los plebeyos del Imperio?
En respuesta, la chica uso sus dos manos para señalar una y otra vez su cara. Piel morena, cabello negro y ojos del color del fango. Visenya apretó los labios.
Eso no tiene nada que ver, después de todo, eres hija de alguien en extremo valyrio y no heredaste un solo rasgo, lo mismo podría aplicar a tu familia materna. - luego resopló fastidiada - E incluso si tienes razón, sigues siendo mi mejor opción.
¿En serio? - fue su turno de burlarse de todo - Entonces tienes muy malas opciones.
Que sonara un poco seca al final no fue su culpa.
La mirada amatista fue amonestante - Al final, fuera quien fuera tu madre y de donde viene, no importa ladrona. No sé si las hermanas de Alyssa tienen lo que busco según mi teoría. Ja, incluso no sé si mi teoría es correcta. Pueden ser solo la desesperación de una madre por no ver el destino que predijiste para su hijo. - su cuerpo, que le parecía tan fuerte a pesar de su edad, se encorvó sobre sí mismo - Puede que me este haciendo ilusiones, pero sino ¿qué me queda? ¿Creer que mi sangre morirá con Maegor? ¿Sin hijos para mi niño? ¿Para que todos lo señalen como defectuoso, quizás por ser hijo de la esposa equivocada?
Después de todo lo mal que la hizo sentirse, su malestar se esfumó ante el de ella. Era un día triste cuando veías a alguien tan fuerte terminar sus interrogantes abrazándose a sí misma. No le gustaba ver esto. Visenya estaba hecha de acero y orgullo, y le había ofrecido tanto. Al menos... Al menos le estaba dando herramientas y educación, en vez de volverla solo una pieza para usar a ciegas, ¿verdad?
Ey, esta bien. - Ortiga trató de alegrarla - No puedes tomar decisiones ni hacer planes sobre cosas que no están seguras de que pasen, ¿no? Eres más inteligente que eso. Mira todo lo que sabes, - señaló los libros - y lo que has adivinado. Tampoco se me olvida que no tengo idea de como encajo yo en tus intrincadas maquinaciones.
Eso le sacó una pequeña carcajada y un suspiró a la jinete mayor.
Tienes razón, ladrona, gracias. - inclinó la cabeza hacia ella - ¿Qué te decía? ¿Con respecto a tí? - se quedó en blanco por un par de parpadeos - Ah, Alyssa, sí. - resopló y se rascó uno de sus pómulos afilados - Sí bien parece que mi teoría está confirmada sobre la sangre de Alyssa, no podemos estar seguras de que sus hermanas sean portadoras del... - deletreó cada sílaba - puente. Con la molesta esposa de Aenys, sí. Y de existir, se ha refinado o mantenido a través de sus nietos.
- ¿Así que la descendencia de Alyssa es la mejor opción? Oh, vaya, supongo que compensan todos los problemas que provoca ella. ¿Crees?
Ambas se miraron con seriedad solo para decir a la vez - ¡No! - y estallar en risotadas. Ortiga era más abierta en ese aspecto. Simplemente reía y reía. La reina trataba de silenciarse. Puso una mano en su boca para acallarse, pero las sacudidas que no podía detener le impedían fingir estar imperturbable. Tardaron un buen rato en calmarse.
Tu nacimiento, chica, - le dirigió a ella - probó que al menos la carga que llevaba tu padre es lo suficiente para funcionar con linajes desconocidos. Por lo que tengo la esperanza de que tu seas la clave que necesito. O al menos eso espero. Rezo para que esto funcione y no sean solo divagaciones de una vieja ermitaña.
Vamos, - bromeó Ortiga - puede que tengas la edad de mi abuela, y su mismo color de pelo, pero eso no te hace vieja. Bueno, sí.
Calla, niña, que todavía no tengo canas. - Visenya negó y la volvió a observar - Además, ladrona, no desestimes quien eres. Alza orgullosa tu mentón. ¿Por qué te comparas con las otras chicas Velaryon?
Visenya, - Ortiga trató de explicarle de forma suave - llevas todo el rato hablando de pureza y superioridad. Mírame. - se golpeó con suavidad el pecho - ¿No sería mejor apostar por unas damas de la Casa Velaryon? Tu misma has dicho que son la mejor opción sí no hay Targaryen.
Ah, pero tu eres una Targaryen, ladrona. - se asentó con firmeza en su asiento, ignorando la negativa de Ortiga - E incluso sí no lo fueras, - el estrechamiento de sus párpados le dijo que no aprobaba tal creencia - ¿por qué conformarme con simples caballitos de mar, cuando puedo obtener a una jinete de dragón, hija de un jinete de dragón, y descendiente de unos de forma ininterrumpida por varias generaciones? No eres la última opción que perseguir, mocosa, incluso sí actúas berrinchuda e incorrecta en ocasiones. Eres todo a lo que podría aspirar incluso una tonta obsesionada con la pureza como yo.
Bien, lo que sea. No nos pongamos sentimentales. - ladró, incómoda de una forma diferente. Ella no tenía nada en contra de los sentimientos, pero por un lado no profundizaba mucho en ellos, por otro, había tenido muchas subidas y bajadas hoy. Otro roce y se pondría a llorar como un chiquillo berreante y eso estaba fuera de discusión. Así que: volver a actuar fuerte - ¿Sabes qué? Todo eso no importa. Si Maegor y yo llegamos a tener hijos, los tenemos. Si no, bueno, ya veremos que pasa.
Visenya fue a intervenir, decidida todavía a aferrarse al asunto. Sus cejas unidas y un mohín terco en sus labios - Mi hijo...
Oh, no lo permitiría.
No. - se atrevió a dirigirle a la guerrera una mirada de fastidio - Nada de exigencias sobre él. Nada de persecuciones. Nada del deber. Solo... Ya sabes. Déjalo ser feliz aunque sea un rato. ¿Está bien?
Llegó a creer que Visenya no se rendiría, que continuaría discutiendo. Su boca apretada en una línea recta. Solo que tras un momento, dejó escapar todo el aire de sus pulmones en un largo suspiro y sus hombros cayeron.
Bien. Supongo que puedo dejarlo estar. Por ahora. - sus últimas palabras colgaron amenazantes. Pronto fueron reemplazadas por suficiencia - Eres muy protectora.
Lo soy, ¿y? - Ortiga sabía que se estaba pasando, pero ya había tenido muchos roces con el mal humor hoy. Uno más no haría daño.
Nada. - Visenya fingió despreocupación antes de arquear una ceja interrogante - Supongo que el castigo que le dio Aegon a mi hijo no te agradó.
Pues no. - respondió sospechosa.
Entonces, - la valyria comenzó a tantear - supongo que estabas con él. Esa noche.
Ortiga sabía a lo que se refería. Cuando la pilló durmiendo fuera de su cuarto. Todavía podía sentir la patada que le dio en el pecho, pensó mientras se palpaba el área afectada. Después de un breve momento asintió, ya que todavía esperaban su respuesta.
Visenya volvió a suspirar y se masajeó las sienes - Bueno, parece que mereces una disculpa de mi parte. Cuando pasaste una noche fuera de tus habitaciones, yo...
Bah, no te preocupes. - Ortiga desestimó todo con un simple gesto - Estoy acostumbrada a que se espere lo peor de mí.
Además de la paliza, que no fue tan grande como tan chocante, no la habían acusado de nada. Se había asustado, sí, pero tampoco era para tanto. Agregar que puede que Visenya sospechara cualquier cosa de ella, pero no hubo acusaciones. Había un tramo muy largo entre recelar y otro en colocar crímenes en sus manos. Ortiga conocía la diferencia y se contentaba con agradecerla.
La reina, por su lado, no estuvo tan de acuerdo con su actitud. Su entrecejo se unió en una línea descontenta - Que tu estés acostumbrada no lo hace correcto. - las comisuras de sus labios cayeron - Menos si estabas haciendo exactamente lo opuesto a lo que me preocupaba. Ah, y ¿ladrona?
A su llamado, Ortiga le prestó mayor atención. Visenya inclinó la cara:
Esto tiene que ver menos contigo, y lo que creas que eres, - tarareó - y más con el hecho de que eres una jovencita vagando por el castillo de noche.
Si temías que me hiciera daño, no tenías que actuar así. - Ortiga se confundió - Se que no soy invencible, pero me puedo defender, ¿sabes?
Eso le sacó una carcajada a la mujer mayor - Ortiga, yo estaba más preocupada porque una chica joven y lozana como tú estuviera encontrándose con algún admirador.
¿Admirador? ¿Ella? ¿Estaba loca? Luego se dio cuenta de lo que sugería - ¡Oye!
Nada de eso, jovencita. No te estoy ofendiendo ni nada por el estilo. Es... - la observó de arriba a abajo - Eres joven, vivaz, sana. ¿Por qué no buscarías conexión estando tan sola, si no ibas a obtener nada de tu matrimonio? No soy tan cerrada para creer que las mujeres no tienen necesidades, pero tampoco iba a permitir tal irrespeto hacia mi hijo. Aunque... ya no tengo que preocuparme por ello, ¿verdad?
Justo cuando pensaba que estaba a salvo, que no iban a tocar ese tema, viene Visenya y lo traía a colación. Por favor, dioses, suplicó mientras sus mejillas se volvían a oscurecer, que no hable acerca de follarme a su hijo. No sobreviviré a la vergüenza. Para su fortuna, Visenya solo se rió de su reacción.
Todo bien hasta que dejó de reírse.
Ahora solo debo preocuparme - su tono se volvió agresivo - de que desafies las malditas órdenes de Aegon mientras él está en el maldito castillo.
¡Mierda! ¡Atrapada! - Lo que le hizo a Maegor estaba mal y era injusto. ¡Tú me tienes que dar la razón en eso!
- No importa. Le pudo ir peor si le encontraban contigo. Oponerte a las órdenes del rey... ¡No! ¡Al castigo del rey, mientras todavía esta en la misma condenada fortaleza! ¡Es una locura! ¡¿Cómo se te ocurrió?!
Pues, - mordió con saña - no quería dejar a Maegor solo.
No querías dejar a Maegor solo. Ja. Ahora se que eres una maldita tonta enamorada. - resopló antes de ponerse seria, muy seria - Una cosa es que yo subvierta a mi hermano, y nunca lo hago tan abiertamente. Otra cosa es que tú lo desafíes en su propia cara. No habría piedad ni consideración contigo, Ortiga. La voluntad de un rey debe ser absoluta. O instiga a los demás a desafiarla.
- No me atraparon.
- ¡Pudieron haber hecho! ¡Y tu castigo pudo haber sido peor de lo que ya es!
¿Eh? ¿A qué te refieres? - ¿cómo iba a ser un castigo peor que el castigo que no tenía?
Peor. - reafirmó la reina - Que el rey o sus innumerables espías no te hayan atrapado - o los míos, fue lo que le faltó por decir - no significa que vayas a librarte de todo. No, mi ladrona. Aunque no me agrade Aegon, tienes que aprender a ser más lista. Si yo te atrapé, alguien más pudo hacerlo. Tu castigo te enseñara a dejarte de guiar por lo que sientas, o a ser más inteligente y no dejarte atrapar en cualquier falta, chiquilla.
Ay. Ortiga apretó los ojos, y aunque ya imaginaba que clase de retorcidas acciones tomaría Visenya contra ella, no se arrepintió. No de verdad. El alivio de Maegor esa noche, cuando ella apareció, había validó la pena el riesgo, y ahora las consecuencias venideras. No sabía con que imaginativa tortura la haría pagar, y aunque estaba segurísima de que la sufriría, lo volvería a hacer. El precio valía la pena.
Entonces, sus ojos se posaron sobre los libros descartados. Volvió a su cabeza, como marcada por fuego, la imagen del del esclavo llorando, quizás a punto de ser sacrificado.
Se preguntó si actuar así estaba en su naturaleza. Despiadada e inmisericorde, sin interés alguno por otra cosa que no fueran los suyos. Ella no creía ser así. Por otro lado, recordó la imagen posterior, las perfectas parejas valyrias caminando juntas. De no ser por su dragón, esas personas nunca se dignarían a reconocerla.
Observó su piel oscura, y luego de escuchar a Visenya clamar tanto por la pureza de la sangre, una duda la consumió. Más cuando al compararse con la mujer ante ella, se dio cuenta que físicamente no compartían nada en común aparte de su género. Le hizo dudar: ¿Sería ella, en ese lugar que admiraba tanto la otra jinete, una ama y señora? ¿O sería otra chica común, tan abajo en la escala que ni siquiera importara? ¿No era más probable que fuera una de las que portaban cadenas?
¿Pasa algo malo, Ortiga? - su suegra la observó preocupada - Estás frunciendo el ceño.
¿Cómo decirle? ¿Cómo explicarle a esta mujer, que idolatraba al Imperio, que Ortiga agradecía no haber nacido en él? ¿Entendería? ¿Podía ella romper las ilusiones de una reina, que debería ser más inteligente para caer en la admiración ingenua? Pero no, Ortiga sabía todo acerca de sueños tontos. Como estos, por imposibles que fueran, te mantenían avanzando. No estaba en ella destrozar los de alguien más, por oscuras que le parecieran sus bases.
No pasa nada, Visenya. - respondió mientras miraba sus muñecas desnudas, que en la cuna de la que se preciaban descender todos los Targaryen, alguien más se hubiera encargado de apresar. Visenya no pareció creerle, pero tendría que conformarse. No tenía ganas de explicar, y se acarició la carne libre, temiendo saber cual sería en otro lugar su realidad.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
A pesar del idílico paisaje, la señora de la Casa Tyrell no podía sentir más que fastidio e irritabilidad.
Ante ella, se extendían las brillantes y pacíficas aguas del río Aguamiel. El día era soleado, con esponjosas nubes deslizándose por el cielo y la corriente era sosegada aquí, donde casi nacía la vía pluvial. Parecía salido de un sueño, había murmurado su hija Aleria, en uno de sus nuevos arranques de melancolía.
Ella, por su parte, solo sentía un puñetero dolor de cabeza. Y rabia, pensó al mirar los miserables botes que navegaban su cauce.
No se habían detenido en Sotomiel, de hecho, se habían saltado pasar por ahí. Los Beesbury eran firmes partidarios de los Hightower, además de sus vasallos directos, y no había que ser muy inteligente para saber que bando iban a elegir. Pero tenía que admitir que no esperaba tal jugada de los Florent.
Un error de su parte, obviamente, pensó mientras se mordía una uña.
Los señores de Aguasclaras controlaban esta parte del río, debido a la cercanía de su fortaleza. Y también detestaban a los Tyrell, eso no era un secreto. Clamaban que su reclamo de Alto Jardín era menor que el de ellos, ya que su señor era nieto de la hermana del último rey Gardener. Sin embargo, y a pesar de su odio, ella no esperaba que apoyaran la causa de Antigua, no cuando los hijos de Manfred Hightower los precedían en dicho reclamo, como hijos de la última princesa Gardener. Pero bueno, al parecer habían decidido apoyar a quienes consideraban superiores y no simples "advenedizos" y "mayordomos ascendidos", como les gustaba llamar a los Tyrell.
En cierto modo le parecía muy divertido que se mofaran de su linaje, cuando ellos se preciaban de descender de Florys la Raposa. Según contaban las historias la legendaria hija de Garth Manoverde que había conseguido tener tres maridos a la vez, e hijos con cada uno de ellos, sin que ninguno de los otros esposos se diera cuenta. Los descendientes estaban muy orgullosos de señalarla como su ancestro, ignorando que eso podría convertir su procedencia en una de origen bastardo. Pero bueno, suspiró apesadumbrada mirando el río, como no podían saber quién había sido el "primer esposo", tampoco podían saber cuál matrimonio y cuales hijos eran los legítimos. Y todos ellos pondrían la duda en la otra estirpe. Los Florent incluso podrían señalar que ellos usaban el emblema de Florys, y por eso debían ser sus verdaderos herederos, pero estaba segura de que los Peake y los Ball rebatirían eso con sus propias supuestas pruebas.
El sonido de unos pasos a su espalda, así como el temblor de las tablas del muelle de madera, le sirvió de aviso sobre su nuevo acompañante.
Malditos perros orejones. - susurró Theo con molestia contenida. Aguasclaras había sido vaciado de cualquier miembro importante de la familia, y tanto ellos como los Beesbury habían acaparado todos los barcos de calado aceptable para que los transportaran a Antigua, apoyando a la Fé y por ende a los Señores del Faro. Sin embargo, habían pasado tres días y dichos barcos, o siquiera alguno de ellos, había regresado a continuar sus labores - Acaparar todas las embarcaciones para dificultarnos el paso era algo que no esperaba de ellos.
Pues sí, - mencionó ella - el señor actual carece de la astucia que enorgullecía a la madre de su linaje, pero su propia progenitora no.
Theo Tyrell alzó una comisura por el disgusto. La viuda lady Florent, Osgrey de nacimiento, era el verdadero poder que gobernaba a esa familia. Manipulaba a su esposo, y con este muerto, manipulaba al inútil de su hijo. Si a alguien se le pudo haber ocurrido el plan de monopolizar cualquier nave de tamaño aceptable, y luego retenerlas o dedicarlas a otras tareas en Antigua fue a ella.
Nunca pensé que se pondría del lado de Manfred, ciertamente. - hubo una etapa, cuando todavía había sido un hombre gallardo y no la hinchada masa de carne que era ahora, cuando el entonces heredero de la ciudad más vieja del continente la había cortejado. Luego había aparecido la oferta de la mano de una princesa Gardener y ella había sido abandonada sin miramientos. Por lo que todos sabían, la mujer todavía sostenía ese rencor muy cerca de su pecho. Por eso la sorpresa absoluta de esta vuelta de las cosas.
No importa. - masticó Theo escrutando el horizonte y luego regresando a espiar su comitiva. Esta había crecido más de lo esperado, sin embargo no todo era bueno. Tantos carros y tantos nobles retrasaban el avance, por eso la decisión de entrar a Antigua por el río parecía adecuada. Menos desgaste en el viaje y menos tiempo para sofocar el interés, trabajaba a su favor - Si no se soluciona esto pronto, tendremos que elegir. O dividimos nuestros números, unos por agua y otros por tierra, para tener una presencia viva desde ya en la urbe, o seguimos todos por el camino, lo que nos mostrará más unidos pero también nos hará más lentos.
Mañana, - asintió ella, sabiendo que no podían seguir postergando - deja que al menos hoy descansamos nuestro cansancio, - se masajeó uno de sus propios hombros. Ya no era tan joven y los días en el camino no le asentaban - y quizás un nuevo día traiga ideas más frescas.
Mañana. - aceptó él, y se giró para observar el cauce de agua que se encontraba extrañamente desierto para su habitual estado.
Mañana tendrían que elegir. Pero ella guardaría esta ofensa cerca de su pecho. De cuando sus miserables vasallos habían aprovechado su momento de necesidad para causarles un traspiés. Solo por no estar tan encumbrados como ellos, resopló y una vez más deseó haber escapado de este mundo. Casi lo había logrado, retroceder a un escalón donde era lo suficientemente noble para valer, pero no en un lugar en el que cualquiera pudiera aspirar a usurpar su posición. Donde habría paz, pero entonces ¿existía realmente eso en este mundo?
Vigiló la superficie del prístino líquido, y llegó a la conclusión de que para ella no.
~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~
Un nuevo día y más de la misma mierda, se dio cuenta Rowena con desgana. Pensar que hacía unas cuantas lunas había estado tan emocionada por estar en este lugar. Y sin embargo, la decepción no tardó en cundir.
Tratando de que su malestar no se notara, Rowena agitó sus rizos y trató de mantener un semblante amable, aunque dudaba que nadie en su grupo se diera cuenta, no cuando ella era parte de las "rezagadas".
Hacía poco tiempo, y ella no podía creer que fuera tan poco, había llegado una misiva al Norte. La esposa del príncipe heredero, Lady Alyssa Velaryon, buscaba siete nuevas damas de compañía. Esperaba encontrarlas entre las más augustas Casas que gobernaban los antiguos reinos que habían caído ante Aegon el Conquistador.
Ella no podía estar segura de cómo fue recibida la noticia más allá del Cuello, pero de Foso Cailín para arriba la carta fue tomada con extrema cautela. Como si fuera una petición de rehenes. Así como hicieron los reyes dragón al inicio de su reinado. Fueron enviados segundos y terceros hijos, le habían dicho, y varias jovencitas para disfrutar del brillo de la Corte... y mantener a sus padres a raya sin quitarles a sus preciados herederos.
Los niños fueron tratados bien, pero el Norte... El Norte era en extremo desconfiado, y las acciones tomadas en contra de la princesa Stark... ¡No! Mordió sus labios y observó a su alrededor. Aunque nadie podía saber lo que pensaba, su nueva situación le hacía sentir que siempre había alguien espiándola. Aquí había ojos en todos lados, esperando atrapar el más mínimo desliz, y llamar a lady Stark princesa podía ser interpretado como traición. Aunque sólo fuera en su cabeza.
En fin, la dama había sido casada en contra de los deseos de su familia, en un matrimonio establecido por Rhaenys Targaryen. Torrhen Stark había entregado a su hija, ¿y qué había recibido su amada niña? Una humillación tras otra. Una amante, apenas una dama menor, sentada desde el principio en la mesa del marido Arryn. Sus palabras ignoradas, la comunicación con su familia mantenida al mínimo y sus siervos y doncellas personales enviados de regreso a casa. Lo poco que se sabía de ella no era bueno. Pero ante las quejas y reclamaciones de sus hermanos, el gobierno de Desembarco se había encogido de hombros. Ronnel Arryn era su esposo, y siempre que no fuera abusada y apaleada...
No es que nadie se atrevería a inmiscuirse en una alianza trazada por la fallecida Rhaenys. El rey adoraba su recuerdo, y no permitía que nadie ensombreciera su legado. Incluso si una dama Stark era menospreciada en el hogar del marido que forzaron para ella. Así era como una antigua princesa vivía cada día, y todos los que la amaban no podían defenderla.
En resumen, nadie en el Norte quería a sus hijas en el Sur después de eso. ¿De qué servía, si las mujeres de la más alta alcurnia norteña podían ser tratadas como despojos en comparación con cualquier calientacamas sureña?
Entonces surgió el problema: ¿a quién enviar?
Negarse podría ser visto en extremo ofensivo, así como enviar hijas de una Casa menor. Y eso que se pensó en la posibilidad. Pero el mensaje pedía sangre fina, y sangre fina debía enviarse. Aún si muchos dudaron en ceder a cualquiera de sus hijas, queridas o no, para ver como eran atropelladas. Era cuestión de proteger la dignidad de su linaje.
Entonces su padre había ofrecido a una de sus hijas no comprometidas. Como los más nuevos, le dio risa el título, miembros de la alta nobleza norteña, aún conservaban las raíces que habían traído del Dominio. Su Casa adoraba a los Siete y practicaba la caballería, y si bien los tontos del Sur podían tachar a los norteños de salvajes, no podrían hacer lo mismo con ellos. Así los Manderly salvaban a sus vecinos, a la vez que ganaban influencia en la Corte Targaryen. Un sacrificio según sus congéneres, un negocio fácil con perspectiva de gran ganancia según su papá. Podría ser un lord, pero ante todo tenía instintos de comerciante.
Rowena había estado encantada al saber de esto, luego de ser señalada como la ofrecida, y su madre aún más.
Sí, entendía todas las preocupaciones, pero ella tenía otras expectativas. Enfrentarse a una Corte con los miembros de cada uno de los reinos del Ocaso, con bailes y festines esplendorosos en comparación con los de aquí. Su Casa, había pensado con diversión, aún extrañaba el Dominio pese a que nadie había nacido allá en incontables generaciones. Rowena había crecido añorando esa cultura.
También estaba Ser Warrick, que le había contado muchas veces sus propias aventuras. De cuando sofocó la rebelión de Marla Sunderland en las Tres Hermanas, al lado de la imponente reina Visenya y Vhagar. Y como no, ¿quién no sueña con conocer a los dragones? Rowena había quedado encantada con el designio de viajar al Sur. Su madre, sus hermanas y sus cuñadas habían preparado vestidos lo suficiente norteños para ser reconocibles, pero que encajaran en una sociedad más educada. Su hermana menor se había burlado y había tratado de arruinar su diversión, la miserable mocosa, pero ella había estado radiante. Hasta que llegó aquí.
Rocadragón había sido, saboreó el recuerdo, una sorpresa extraña. Conformada con formas retorcidas, con torres cuya construcción desafiaba la lógica, la fortaleza le había parecido un sinsentido. ¿Por qué esforzarse en crear un... un... tentáculo, cuando una torre recta, ya sea cuadrada o redondeada bastaba para funcionar? Quizás ese era el Norte en ella, pero parecía un desperdicio de recursos. Aunque tuvo que admitir que ver como los dragones, y las bestias fueron impresionantes por sí mismas, aterrizaban en ellas, le cerró la boca. Puede que fueran construidas así por algún motivo, después de todo, si una de esas criaturas aterrizaba en cualquier torreón de Poniente, de seguro colapsaría.
Y Alyssa... La primera vez que la había visto le había parecido hermosa. Más que eso. Si no era la más bella del Reino, debía estar entre ellas. Con largos cabellos platinados y ojos púrpuras impresionantes dentro de una cara llena de facciones delicadas, la dama Velaryon destacaría sin importar quien la rodeara. Era solo un par de años mayor que ella, y aún así, conseguía verse tan lozana y brillante que Rowena se había sonrojado de la admiración. Y un poquito de envidia.
Lució incomparable con el vestido que usó cuando presentó a las nuevas compañías de su séquito. Conseguía verse más primorosa en un traje diseñado solo para ella. Pero ahora que lo pensaba bien, frunció el ceño, no lo recordaba muy bien. ¿Cómo iba a hacerlo, si había visto a la reina Visenya en lo que solo podía llamarse como algo que era mitad armadura, mitad vestido? ¡Y había sido glorioso! Su nuevo grupo no había tardado en comentar sobre ello. El aplanamiento de los labios de Alyssa y su posterior extraño humor tras ello debió ser la primera advertencia.
Su instrucción de servirle y convertirse en su amiga, o confidente, o en todo caso lograr una conexión, pronto había chocado con un obstáculo infranqueable: la propia Alyssa. No parecía ser mala persona. No era cruel o inflexible con su personal. Era sociable, y capaz de encantar a los cortesanos a su paso. Sin embargo, pronto quedó demostrado que las aspiraciones de Rowena con ella no se cumplirían.
Justo aquí y justo ahora, mientras avanzaban por la cámara principal del castillo, podía ver como había dividido su Señora a las chicas enviadas para servirle. Y que no serían más que servidoras le había quedado claro. Para empezar, Alyssa solo había llegado a confiar en sus dos secuaces. La dama Alice, prima de Ronnel "el rey que voló" y lady Cecilia Tully, que casi se creía princesa ella misma. Siempre la flanqueaban. Siempre a su lado y siempre ligeramente por detrás. Con Arryn vistiendo los colores de su Casa, pero con tonos apagados que la hacían ser más sosa de lo que ya era, y Cecilia, que nunca abandonaba el color rosa que no la favorecían con su complexión más maciza y su cabello pelirrojo. La dama Velaryon era hermosa, pero a su lado no tenía comparación.
Sus compinches no parecían darse cuenta de esto, dedicadas a adorar el suelo por el que caminaba la caballito de mar. ¿Cómo iban a hacerlo, si eran sus eternas favoritas? A cambio de ser sus fervientes admiradoras, por supuesto.
Bueno, estrechó sus ojos, lady Tully parecía serlo. La Arryn solo se pegaba a ella y sonreía a todo lo que decía. Pero eso hacia con Alyssa, y cuando la dama dejaba el cuarto, lo hacía con la siguiente más ruidosa en la habitación.
Tras el trío iba lady Darklyn, que parecía quedarse siempre a medias. Ni la más destacada, ni la más exiliada. Ese último lugar era de Melessa Caron, que incluso ahora caminaba detrás de ellas, al final del grupo. Una mirada rápida hacia atrás la mostró con el rostro serio y apretado. No podía estar nada contenta con como era tratada. Alyssa lo había dejado claro: era ignorada en las conversaciones, su opinión dejada de lado y le eran ofrecidas en demasiadas ocasiones para pasarlo por alto, tareas serviles.
Lo más triste es que todas sabían porque. Lady Caron era nieta de una princesa Durrandon. Su tía estaba casada con el heredero de Bastión de Tormentas. Pero seguía sin ser la hija de una Gran Casa y su nueva señora la consideraba el miembro más bajo de su grupo.
Puede que por ello Lylian, como hija de los Darklyn de Valle Oscuro y Rowena, como una Manderly, se sentían tan inquietas. Compartían su estatus: importantes, pero los suyos no eran los gobernantes de sus antiguos reinos. Ambas estaban en riesgo de compartir su destino.
Era triste de pensar, y la hacía sentirse mal consigo misma, pero si la Caron se iba una de ellas terminaría ocupando su forzado y retorcido semi-exilio. Rowena, por horrible que fuera como era tratada, quería que se mantuviera allí. Se avergonzaba mucho, pero temía que si abandonaba el grupo, ella sería la siguiente en caer en desgracia. Lo único que la había protegido de tal destino, creía que se debía, a la inmensa fortuna que poseía su familia.
Al dejar de mirar a la Caron, se dio cuenta de que la chica de Fuerte Pardo la miraba. Lylian se arrugó con un gesto de enfado y torció la cara hacia delante. Debía estar pensando lo mismo que ella, o algo parecido. Y sabía también su preocupación, y a la vez su desagrado por su aparente protección. Era una señorita graciosa, ni fea ni difícil de ver, pero no era tan bonita y por eso no había sido lanzada tan atrás en la jerarquía del grupo. Después de todo, precediendo a lady Caron estaban Lynelle y ella, y todos sabían porque.
Lynelle Lannister era simplemente hermosa. Allí donde Alyssa era plata y púrpura real, la Lannister era oro y esmeraldas. Muy elegante, incluso más que Alyssa, con vestidos cargados de adornos, cabellos como el sol del verano y ojos brillantes como la hierba fresca. La primera vez que Aenys había elogiado su guardarropas, su esposa había sonreído, y en la siguiente vez que se reunieron no tardó en enviar a la leona a los confines de su círculo. Rowena estuvo escandalizada, llegó a creer que le había coqueteado al príncipe heredero. Tampoco sonaba como algo imposible, después de todo, Aenys estaba destinado a convertirse en rey. Algunas mujeres podrían aspirar a subir su posición convirtiéndose en su amante.
Rowena había creído que una hija de una Gran Casa podía aspirar a una posición alta a través de un matrimonio legítimo. No era complicado. La Casa Real no tenía chicas para competir con ellas en esta generación. Luego se encogió de hombros y se dijo que puede que la Lannister fuera codiciosa. Puede que quisiera más, y estuviera dispuesta a rebajarse a la posición de querida para un hombre que gobernaría un día todos los reinos del Ocaso. Bueno, la mayoría excepto Dorne.
Se retorció los dedos en su vestido, no uno de los más vistosos que escogió su propia mamá para que destacara en la Corte, sino uno retocado para ser más humilde. Alyssa se había detendido a charlar con un Lord, su risa musical encantando al hombre. Su séquito debía detenerse tras ella, siendo las únicas a las que permitía unirse la Tully y la Arryn. Las demás debían rodearla y esperar. Acompañantes, estaban ahí para ser solo acompañantes.
Apretó los dientes, eso era la causa de todo.
Mientras Rowena todavía pensaba mal de la dama de las Tierras del Oeste, y fingía no escuchar la mitad de lo que esta decía cuando hablaba, la rubia solamente sonreía con astucia. Como si supiera algo que ella no. Lo sabía, y pronto le llegó el turno a Rowena. En una de las muchas visitas de Aenys, y Aenys era un marido bastante atento que visitaba a su esposa y también a su hija un buen momento todas las mañanas, este le dedicó una simple broma y una risa compartida. Bueno, el heredero de Aegon también podía ser ameno y encantador, pese a parecerle a Rowena un poco vano en comparación a los caballeros y señores a los que estaba acostumbrada.
Sin embargo, al día siguiente, lady Alyssa comenzó a empujarla lejos de su círculo íntimo. Ella se sorprendió, y luego se horrorizó de que la dama pensara que iba tras su marido. Solo había sido una broma, el príncipe Aenys bromeaba con todos y era amable hasta con los sirvientes. Como hombre, personalmente, el heredero al trono también le parecía demasiado frívolo. Distaba de sus gustos y Rowena nunca lo perseguiría. La dama no tenía porque creerla una amenaza para la lealtad de su esposo.
De todas formas y por si acaso, intentó portarse mejor. Mantener a Su Alteza alejado. Quien sabía. Quizás el hijo del rey Aegon era más coqueto de lo que parecía y le gustaba seducir jovencitas aparte de su esposa. No sería el primer hombre, ni el único, había pensado mientras arrugaba la nariz. Había estado funcionando. La dama Velaryon la estaba aceptando de vuelta. Pero cuando más alivio comenzaba a sentir, había usado uno de los vestidos más bonitos escogidos por su madre. El de cuentas verdes de vidrio de Myr. Los cortesanos quedaron encantados y un apuesto caballero de las Tierras de la Tormenta la había galanteado. Y Alyssa había estado furiosa después de eso. No gritos, no enojo, solo respiraciones fuertes y desprecios silenciosos. No había entendido. El joven no era su marido, ni uno de sus admiradores.
Lynelle se lo aclaró: le estás robando el protagonismo, querida. Eres hermosa, y eso no te lo admitirá.
¿Qué? Había pensado. Pero cuando se fijó mejor se dio cuenta. A la futura reina le molestaban los vestidos únicos que habían sido conseguidos para ella. Los escotes vistosos pero recatados que copiaban la moda de Pentos y los de telas de Lyss. Se suponía que ella venía a la Corte a destacar, puede que incluso conseguirse un buen partido. Pero a su Señora le molestaba, y era ella y no los apuestos caballeros el motivo por el que estaba acogida aquí.
Por eso desde entonces, usaba ropas más modestas. A pesar de haber oído algunas burlas a sus espaldas por ello. Sobre su innato salvajismo y falta de refinamiento norteño. Casi se le salieron las lágrimas la primera vez que lo escuchó. En el Norte, eran una Casa con raíces demasiado sureñas. Acá, tenían demasiado del Norte en ellos. Entre las críticas, y el hecho de que Alyssa la mantenía aparte, se sentía completamente inadecuada y fuera de lugar. No le gustaba aquí, donde las personas hablaban con demasiadas florituras y se la pasaban cazando el más mínimo defecto para señalarte. Donde una y otra vez, la noble dama a la que fue enviada a servir competía con ella.
Con lady Lannister no hablando con ella, así como Rowena no le había dirigido la palabra al principio, se estaba quedando sola. Acostumbraba a tener demasiadas hermanas o primas para disfrutar de este aislamiento. Incluso, suspiró, incluso la niña Tyrell estaba vetada de ella.
Si bien la pequeña lo hizo bien con la gracia de Alyssa, las acciones nada ortodoxas de su familia de entregar un escudero a la última princesa del Reino habían hecho que fuera alienada. Lanzada a la retaguardia del grupo con ella y la Lannister. Pero Lynelle pronto la había acogido bajo su ala, para extrañeza de Rowena que la consideraba demasiado astuta y nada dada a los sentimentalismos.
La princesa Orthyras, se dijo ahora que pensó en ella y que no tenía a nadie con quien charlar, era la única que quedaba peor a los ojos de Alyssa que todas las demás. La princesa, apretó sus labios algo avergonzada, parecía una moza común del servicio. No era fea, no como Alice Arryn señalaba, ni su cicatriz era insoportable. Solo... no era bonita. Y tampoco era fina o delicada. Y prefería usar jubones antes que la ropa femenina. No era que en el Norte fuera visto con buenos ojos esto, pero a las pocas mujeres guerreras se les permitía sin muchos señalamientos. No era nada práctico pelear en faldas, le habían dicho. La princesa Orthyras parecía encajar en la descripción. Rowena no se había atrevido a mencionar esto. No era tan ingenua, ya no, y no quería más burlas a su costa.
Pero su aspecto sencillo debería hacer que pasara desapercibida a los ojos de Alyssa, cosa que no pasaba. ¿Por qué? Solo se le ocurría pensar que destacaba demasiado. Una chica en calzas era un escándalo aquí en el Sur. Las acciones de la princesa tampoco ayudaban. Su pelea con una silla en Alto Jardín se había convertido en la comidilla de la Corte y habían apagado por completo los rumores de su supuesta bastardía como hija natural de Aegon el Conquistador.
Dichos rumores no tenían sentido para ella, pero las cosas aquí en el Sur no tenían sentido la mitad de las veces. Había decidido que cuando alguien más de su familia suspirara por sus tierras allá en el Mander, y su antiguo estilo de vida, les diría que estaban siendo tan tontos como el tío abuelo Roger, que de verdad pensó que un alquimista podría convertir el agua en oro.
Y así, sin darse cuenta, el objeto de sus últimas cavilaciones pasó ante el grupo del que formaba parte. Aunque no realmente. El camino de la princesa Orthyras no se interponía ni cruzaba por delante del séquito de lady Alyssa. Pero esta, que veía a su enemiga jurada pasar desganada y con aspecto agotado, no perdió la oportunidad de llamar su atención.
Princesa Orthyras. ¡Princesa! - llamó más alto cuando fue ignorada. Y Rowena odió de todo corazón como se las arregló para lucir desvalida inmediatamente.
Los cortesanos hicieron espacio entre las dos de las tres hijas políticas de Aegon el Conquistador.
La princesa lanzó la cabeza hacia atrás y suspiró mirando al techo antes de cruzarse de brazos. Una vez más, para sorpresa de nadie, vestía un jubón negro con ribeteados en rojo. Alyssa se acercó sin ningún apuro o aspavientos, pese a su anterior llamada de atención. Rowena vio también como se ponía la máscara. Apenas un instante antes había estado vibrante y llena de energía. Charlando con sus aduladores. Sin embargo y de repente, se movía tambaleante, y no se perdió como se colocó una mano diminuta sobre la aún más diminuta, o incluso inexistente, barriga de embarazada.
Gracias a los Siete que se digna a oír mis palabras, princesa. - entonó la Velaryon con un tono que era solo un poco más agudo que su natural - Cualquiera pensaría que planeaba dejar abandonada a una mujer embarazada y no prestarle su debida atención.
Alyssa, - la princesa se apretó la nariz - hoy estoy agotada, y preferiría saltarme cualquier mezquindad que se le ocurra a tu pequeña cabecita, ¿sí?
Alyssa aspiró impresionada, o eso parecía, y varios espectadores la imitaron.
No sé de donde salió tal ataque, princesa Orthyras, - y cuando usó su título fue demasiado dulce, demasiado - cuando yo solo buscó traer a colación un tema que afecta a nuestros señores esposos, y por ende a nosotras.
La princesa respiró profundo y pareció resignarse a escuchar.
Alyssa no tardó nada en comenzar su discurso, elogiando con facilidad la naturaleza amable de Aenys, así como su afición bastante conocida a coleccionar monturas. El pie de la otra esposa del príncipe Maegor comenzó a golpear el suelo en plena representación.
Aún sabiendo eso - el labio de Alyssa tembló, y Rowena pudo alcanzarlo a ver porque todas las damas de compañía se desplegaron a sus lados para conformar un frente unido. Puede que no les gustara como eran tratadas, pero eso era un asunto interno. O bien buscaban salir o mejorar en cuanto a la atención que Alyssa les brindaba, ya no sabía - el príncipe Maegor robó la montura que mi esposo codiciaba.
Apenas escuchó las palabras, la princesa se irguió aún más, y comenzó a escrutar la habitación que se llenaba de comentarios.
Aenys había planeado dármela a mí, como símbolo de nuestro amor y hacia nuestro bebé. - su voz se tambaleó mientras se palpaba el vientre. Orthyras Targaryen solo elevó una ceja cuando alguien exaltado murmuró demasiado alto - ¡Que fría! - y siguió actuando como si nada - Además, - su temblor se hizo más pronunciado - como si eso no fuera suficiente, cometió la infamia de entregarte dicho caballo a tí, agregando un insulto a una situación tan seria entre ambos hermanos.
Alyssa concluyó cubriendo su boca mientras se sacudía con un sollozo. Todos sabían sobre la yegua brillante que había aparecido en los establos del castillo, y todos suponían que terminaría en las manos del príncipe heredero. Estaba enamorado del animal y esto lo conocían hasta los pinches de las cocinas. Su esposa lo había sacado a relucir de la manera más precisa para causar revuelo, cosa difícil cuando era una historia casi todos conocían.
Alyssa, querida - la chica se rascó la cicatriz sobre su nariz - no sé de dónde sacas tantas estupideces, pero te aconsejo que no hables a menos de que lo que digas no sea una idiotez tan grande.
Alyssa boqueó e incluso hubo un grito sorprendido de la multitud. Eso no detuvo a la jinete de Nyxia.
Para comenzar, Maegor no robó nada. El caballo le fue ofrecido y pagó por él. A cualquiera que dude, - se encogió de hombros - el criador vive en Rocadragón. Tienen mi absoluto permiso para preguntarle sobre la veracidad de la venta. Así que, lo que sabemos es esto: Aenys quería hacerte un regalo. - mostró una palma, luego la otra - Maegor quería hacerme un regalo. La diferencia fundamental es que el presente ofrecido sí que le pertenecía a mi esposo, y es él quien podía determinar a quien se lo daba. Pese a los berrinches de algunos.
- ¡Mi esposo no hizo un berrinche!
- Yo no he dado nombres, Alyssa. Allá tú si te sientes aludida.
El control pareció deslizarse fuera de la dama, ya que esta perdió su semblante frágil para erizarse y reclamar - Algunos parecen estar olvidando su posición y sobre quien hablan.
La princesa bostezó, sin sentirse afectada y dijo - Yo no estoy olvidando nada. Solo hablo con la verdad y con los hechos.
Los hechos son - la dulzura fue erradicada de su tono - que una y otra vez te saltas las normas cuando sirve a tu conveniencia. - que la princesa se enderezara un poco el jubón en vez de reaccionar, hizo que la esposa de Aenys se enardeciera - Actúas no como una princesa, sino como una salvaje. - escupió - Adonde quiera que vayas.
Alyssa, querida, - se burló la morena princesa - ¿piensas llegar a algún lado, o vas a seguir lanzando insultos al azar y sin sentido? Estoy agotada, cariño. - y se estiró sin ningún pudor, rompiendo una vez más el recato que se esperaba de una dama. Sin embargo, y de alguna forma, el comportamiento parecía encajar con ella. No es que nadie en la Corte, además de los reyes, se atreviera a reclamarle. Bueno, los reyes y Alyssa, pensó Rowena.
El rostro de la dama nacida en Marcaderiva enrojeció y ella pudo notar como apretaba los puños. Ladró ya sin rastros de su voz suave - ¿Sin sentido? ¿Sin sentido? - hizo un gesto amplio con sus manos - Allá en Alto Jardín, ¿no se te ocurrió que podrías estar manchando a la familia real con ese comportamiento? Debiste haberte quedado quieta, y dejar que los nobles caballeros del Dominio pudieran intervenir. Sin embargo te interpusiste, lanzando a la basura cualquier muestra de decoro y dignidad. ¿A quién se le ocurre usar una silla como arma?
- Alguien más interesada en salvar a una chica, que hacer una bendita pose, Alyssa.
Orthyras Targaryen hablaba en un tono bajo, no tan ronco como algunos hombres, pero sí más profundo que la mayoría de las damiselas nobles. Cuando habló, fue más profundo todavía, y muy serio. Rowena se removió incómoda sobre sus pies. No le gustaba que tan tensa se estaba poniendo esta discusión. Una mirada a Lynelle, porque a Jeyne Tyrell, que estaba a su costado, no alcanzaba a verla, la mostró con su pequeña sonrisa de suficiencia perdida y espiando todo por debajo de sus ojos. No, se volvió a remover, esto no le gustaba.
Si estabas tan interesada en su seguridad, no debiste interponerte. ¡Gracias al Padre que conseguiste lo que planeabas! De alguna forma. Pero fue un milagro. ¿Qué hubieras hecho si estorbabas? Eres una princesa. Tu lugar era observar desde un lugar seguro y dejar a los hombres cumplir con su labor. Luego, debiste felicitar su oportuno rescate y brindarle tu gracia por su heroísmo. Pero no, tu querías toda la gloria. - sus labios se apretaron. Quedaba claro en el perfil que alcanzaba a ver Rowena. Lady Velaryon no se limitó a eso. Observó a la miembro más reciente de la familia Targaryen de arriba a abajo con desdén - Pero bueno ¿qué se puede esperar de ti? Despúes de todo, eres quien eres.
¿Qué quieres decir con eso, Alyssa? - suave, la pregunta fue demasiado suave.
Rowena se asustó, y no fue la única, porque vio a Alice Arryn retroceder un paso y negar con la cabeza. La princesa estaba completamente erizada ahora y era una visión nada agradable. Los cortesanos comenzaron a retroceder, y también sintió como un grupo grande se removía a sus espaldas. Sin embargo no se atrevía a apartar la vista.
No quiero decir nada, princesa Orthyras. Nada más hablo con la verdad y con los hechos. - su sonrisa fue tan bonita y cautivadora como siempre, incluso cuando se dedicaba a ofender a una aterradora jinete de dragón. ¡Mierda! ¡¿Cómo se le ocurría a Alyssa intentar ofender públicamente a una jinete de dragón?! - Eres, después de todo, una princesa cuyo linaje realmente desconocemos. Y por lo que podemos apreciar, tu familia no era muy convencional - se burló, y en el fondo, algunos nobles que se creían protegidos por los que estaban delante comenzaron a murmurar.
Esto tocó un nervio en su contrincante, cuyo rostro comenzó a oscurecerse, para complacencia de Alyssa y de nadie más de su grupo. La segunda esposa del hijo de Visenya comenzó a respirar profundo, quizás buscando contención, y estaba segura que no era la única entre las damas de compañía que rezaba para que la encontrara.
También, aparte de tu posición - y la forma en que la mencionó dejaba claro de lo que pensaba de ella - como la otra... esposa de Maegor, - oh, Alyssa estaba pisando un terreno pantanoso, y Rowena ya no quería estar aquí para verlo, pero no se atrevía a moverse - luce como si te hubieras dedicado en este viaje al Dominio a seducir a tu... marido. ¿Desesperada? ¿O acaso será que comienzas a revelar señales de tu verdadera naturaleza, princesa?
Vaya, vaya. - seca, cortante y ligeramente divertida. La jinete de Nyxia parecía haber abandonado su anterior malestar, cosa que no la tranquilizaba - Parece que tanto hablar de posición y de no olvidar el lugar que nos corresponde te ha hecho olvidar a ti quien eras y quien soy yo. ¿O es que acaso pretendes usar tu embarazo de nuevo para escapar de las consecuencias?
¡¿Consecuencias?! - Alyssa se inclinó hacia atrás, como asustada y desmadejada, siendo sostenida por lady Tully. Cualquiera hubiera pensado a que se debía a la preocupación por el castigo. Y aunque no decía que no, Rowena había estado espiando su rostro de cerca. No le había gustado la insinuación de la princesa, del uso previo de su gravidez, como protección contra cualquier castigo.
Consecuencias, lady Alyssa. - Ortiga asintió - ¿No eras tú la que hablabas de apegarse a los protocolos y todo eso? Y aún así, estás aquí, buscando ofenderme en mi cara y saltándotelos descaradamente.
¡¿Cuándo he hecho yo tal cosa?! - respondió pero fue ignorada.
Francamente, estaba pensando en dejarlo pasar. Al menos hoy. - aclaró la princesa mientras se masajeaba las sienes para luego erguirse en el porte regio que era lo que se esperaba de ella - Sin embargo, tus molestos ladridos no me han dejado otra opción que corregirte. Entonces... ¡Reverencia! - exigió.
¿Eh? ¿Qué? - su Señora se hizo la desentendida, pero incluso Rowena, que podía ser ingenua en ocasiones, supo a que se refería.
La última vez que discutimos, Alyssa, - la princesa enunció con lentitud. Como le habla un maestre a un alumno descuidado, y si, algo estúpido - prometí que cada vez que nos viéramos, en cada ocasión, me tendrías que dedicar una reverencia completamente formal. Tanto para complacer tu apego a la compostura y a la formalidad, como para enseñarte una lección: respetar a quienes te superan. Dama consorte, - la señaló antes de señalarse a sí misma - princesa. Así que... ¡Reverencia! ¡Ahora!
Yo... No... - Alyssa puso su mejor aspecto herido. Incluso con todo lo que sabía de ella, su imagen compungida le hizo querer consolarla - Mi embarazo...
No es excusa. - cortó la princesa - Como no fue la primera vez y como no es ahora. Así como puedes estar revoloteando por ahí, - sacudió su mano - puedes desligarte de un poco de tu energía e inclinarte ante mí. - torció un dedo - Vamos, ¿qué esperas? ¿O es que acaso opinas que tú estás en un lugar en el que tus amados protocolos no hacen efecto en ti?
Echando un rápido vistazo a su alrededor, Alyssa tomó con primorosa gracia las telas de su falda y realizó un saludo formal. Perfecto, eso sí. Sus damas, como en una coreografía, la imitaron.
No, no, señoritas. - escuchó decir y solo entonces se atrevió a alzar la cabeza hacia Su Alteza - Esto es solo para Alyssa. Lo cierto es que soy muy relajada y no estoy apegada a tales muestras de respeto. No está en mí exigirlas constantemente. - se sacudió su impoluta prenda - Es solo que mi querida Lady Velaryon aquí, tiene una lección sobre el respeto que aprender. Ustedes, por su lado, si parecen damas finamente educadas. No es mi voluntad someterlas a esto. Vamos, levántense.
Rowena se levantó con lentitud, así como algunas otras. Alice también se levantó solo para volver a hacerle otra reverencia, y pudo notar que había un brillo complacido en Lynelle. No sabía si era por no tener que doblegarse, o por ver a la caballito de mar así. Caron y Darklyn permanecieron con gestos neutrales, y la joven Jeyne, bajo el brazo de la Lannister, escapaba de su vista. La única que parecía inconforme era Cecilia, cuya carne se tensaba debajo de su vestido rosado.
Sin embargo, cuando Alyssa iba a alzar su figura, la princesa interrumpió:
- ¿He dado yo permiso para que termines la reverencia, lady Alyssa?
La dama Velaryon pronto volvió a caer, enrojecida. Entonces la princesa alzó sus ojos fríos hacia ella, y Rowena temió lo peor. ¿Qué había hecho? Se preguntó aterrorizada. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que no era el objetivo. Una mirada hacia atrás pronto mostró la presencia del rey, y de su hijo mayor a su lado. Los cortesanos les habían dejado un amplio margen. El rostro del monarca estaba tenso, apretado. Y su ceño apretado le recordó demasiado a su hijo menor. Viéndolo así, el hijo era la viva imagen del padre.
Pronto, las siete damas de los Siete Reinos se inclinaron ante el soberano. Respetuosas fueron, exceptuando a lady Arryn por supuesto, que de haberla llevado un poco más lejos se habría lanzado al suelo. Un rápido vistazo mostró que la princesa también saluda. Más informal, como permitía si título a menos que el rey demandara algo más. Luego de volver a erguirse, pudo notar como el esposo de su ama miraba todo horrorizado. Su boca se abría y cerraba y una mano estaba colocada en su pecho, mientras su amada novia permanecía en una humillante inclinación.
- ¡¿Cómo te atreves a...
Aenys. - Aegon el Dragón solo mencionó su nombre y el heredero calló. El gobernante volvió a escrutar la escena. La princesa de pie orgullosa y su primera nuera doblegada. Y simplemente bebió de su copa, se dio la media vuelta y se marchó.
Aenys boqueó con más fuerza, mirando a su esposa con ojos abiertos, antes de retroceder y seguir a su progenitor, suplicando - Padre...
Rowena se volteó hacia atrás. Los ojos púrpuras de Alyssa estaban bien abiertos, con verdadera indefensión, mientras veía a su marido marcharse sin hacer nada por ella. Esta vez, esta vez si estaba segura. Su temblor era real. Así como las lágrimas que se deslizaban de sus mejillas.
¿Y cómo no, si la reina del mundo social, la hasta entonces indiscutible dama que brillaba sobre todos los cortesanos, había caído, profunda y públicamente, de los escaños de su poder?