Sangre y fuego y otras magias extrañas

Het
NC-17
Finalizada
1
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1.032 páginas, 543.438 palabras, 67 capítulos
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Lorcan. - ante su llamada, su hijo mayor alzó sus ojos de su comida. Dunstan se lamió los labios antes de volver a hablar - Deberías darme la moneda de plata que te dio la princesa. Papá te la va a guardar para después. Los ojos de su hijo se abrieron grandes y se sacudió, para que luego la sospecha se dibujara en su cara. Puso un rostro duro mientras su hermanito también dejaba de comer. No. - dijo. - Lorcan, una moneda de plata es mucho para un niño. Papá solo quiere ponerla a salvo para ti. Papá la guardará y nunca la volveré a ver. ¡No! - su cara se torció en un gesto terco, mientras apretaba la bolsita que debía contenerla más cerca de él. Ahhh. - suspiró fastidiado - Lorcan, entiende. Por ahora estamos bien... Sus descubrimientos habían convertido este proyecto de una locura en algo que tenía futuro. Mucho futuro. Las palabras del príncipe Maegor de que mantendría su posición y dirigiría cualquier avance lo habían calmado en parte. Pero ahora, en la tranquilidad de su silencioso hogar, en medio de la última comida, volvían los miedos. ¿Qué pasaba si todo se venía abajo? ¿Y si el príncipe cambiaba de opinión? Era importante guardar y proteger cada cobre por si venían tiempos difíciles. - Pero no podemos desperdiciar nada. No puedes gastar la moneda en tonterías. Lo sé, papá. - resopló su hijo mayor fastidiado - Pero ya he decidido que voy a comprar y no me harás cambiar de opinión. Se cruzó de brazos y alzó su mentón como todo un hombrecito orgulloso. Por un momento, resopló divertido, ignorando la punzada de miedo por la pérdida monetaria. A ver, hijo, - trató de sonar genuinamente interesado - ¿qué te vas a comprar? Pues un lechón. - admitió Lorcan. A su lado, su hermanito asintió también. ¿Así que estaban confabulados? No debió extrañarse, porque cuando esos dos no estaban peleando, estaban tramando juntos. No sabía que era peor. ¿Un lechón entero? ¿Y te lo vas a comer tu solo, hijito? - bromeó. Lorcan lo miró como si fuera imbécil - No, papá. Un lechón para engordarlo. Uno de los buenos. Como los que cría la viuda. Tal vez incluso pagaré un poco más para que sea hembra, y así, - hinchó el pecho - podré sacarles crías. Debería haberlo supuesto. La viuda era una mujer sin hijos, y aunque no era rica, estaba bastante acomodada para su estatus. Lo suficiente como para conseguir lechones del pie de cría del castillo, y para sentir lástima de un calero lisiado y sus hijos que lentamente morían de hambre y darles un poco de comida de vez en cuando. Antes de este trabajo que le había caído del cielo, sus niños rondaban de vez en cuando su casa buscando ser alimentados. Si Dunstan conseguía más moneda, lo suficiente como para estar cómodo (y conseguía deshacerse de su compulsión por acumularlas), vería como devolverle toda su bondad. Pero mientras tanto, debía hacerle ver la realidad a su hijo. Lorcan, - exhaló sabiendo que le rompería las esperanzas al niño - aunque te parezca una buena idea. ¿Con qué alimentarías al cerdo? Uno de esos come mucho. Más que los pequeños que tenían los pobaldores en sus hogares, que sobrevivían con unas pocas sobras y lo que podían raspiñar cuando andaban sueltos. Papá, ¿eres tonto? - Lorcan lo preguntó con tal naturalidad que se quedó boquiabierto - Pues con las sobras. Por supuesto. Dunstan abrió la boca para hablar. Solo para cerrarla y mirar su escudilla. Luego las de los niños. Había restos de comida en cada una, y no porque sus hijos fueran quisquillosos con la cena. No, al igual que él, habían conocido el hambre y valoraban cada bocado. Pero, se tomó una respiración para tomar en cuenta su sensación de plenitud, estaba tan lleno que no podía tragar más. Las sobras que podían conservarse serían conservadas. El exceso de alimentos que le llegaba del castillo era vendido en secreto o intercambiado por labores que él no podía realizar. Pero, se dio cuenta, tenían tanta comida que dejaban suficientes desperdicios como para alimentar a un cerdo. Un cerdo grande, o tal vez una cerda con su camada. No lo había notado hasta ahora, y estaba feliz, de verdad que lo estaba. Así como también sentía el incómodo impulso de echarse a llorar. ~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~ Me dejaste solo. - resongó Maegor mientras Ortiga se acomodaba para dormir encima de él. Su peso era ligero en comparación con el suyo, y le garantizaba que no hubieran "robos de coberturas" que ocurrían a veces con su mujer cuando esta descansaba a su lado. Una ladrona hasta cuando dormía. Mejor descansar así, más calor y menos posibilidades de despertarse con los pies helados. Sí. - ella se acomodó contra su pecho - Yo no me iba a quedar allí para lo que fuera que fueran a discutir. Yo no digo en ese momento. Digo después. - frunció el ceño al mirar al cielo del dosel de la cama - Más tarde, cuando llegó la hora de nuestros estudios, mandaste a informar que te sentías mal y no acudirías. Cuando me preocupé, madre se burló y dijo que eso era solo una excusa para no venir. ¿Es cierto? Por supuesto que es cierto. - respondió ella sin vergüenza ninguna. No deberías faltar a los estudios. - ordenó mientras comenzaba un suave trazo de su espalda con sus manos. Ya casi había rastreado la mayoría de las cicatrices aquí, y el vestido de dormir que usaba, un regalo traído de Alto Jardín, se lo facilitaba todo - No, a menos que sea por una causa mayor. Era una causa mayor. - explicó ella - Evitar a tu madre. Planeó hacerlo por cuanto tiempo sea posible. - una palmada le llegó desde ella - Solo estas enfadado porque te dejé a solas con ella. De nuevo. Estoy molesto porque se supone que las tardes son para aprender tus letras, deberes y labores. - y los números, pero su esposa estaba tan obsesionada con contar monedas, y habitaciones, y recursos, que este era un tema que dominaba con facilidad. No una experta, pero nadie la atraparía en un error torpe. Hizo una mueca - Y porque tuve que responder todas las preguntas de mi madre, porque sin ti para aprender de ella, tenía tiempo para interrogarme. Una risa atragantada salió de su esposa, y aunque no lo encontró tan divertido, el sonido le resultó relajante. Pronto fue su turno de preguntar - Con respecto a más temprano, ¿podemos intentarlo de nuevo? Mmm, creo que el impulso murió. Al menos hoy. Asesinado por tu madre. - respondió. - No es para tanto. No fue tan horrible. Ella solo levantó su cabecita para mirarlo y alzó una ceja. Maegor trató de recordar: lo que había sentido cuando en un momento lleno de placer escuchó la voz de Visenya. Solo para verla de pie, en la entrada de sus aposentos, mirándolo. Su polla se movió y pudo sentir como se arrugaba y encogía. Incluso ahora. Ah, por lo más sagrado. - se quejó - Sí que fue horrible. Y por alguna loca razón, le entraron ganas de reír. Primero fue una risa incómoda, algo rarita. Ortiga lo miró, sonrió, y se carcajeó junto a él. Por una vez, él había iniciado esto. Esto de reírse y burlarse. Y no le había ido tan mal. Poco después de eso, mientras la risa desaparecía y un silencio tranquilo ocupaba su lugar, ella se durmió. La caricia que él le daba a su lomo era tan reconfortante para ella como lo era para él, al parecer. No estuvo tan mal el día, pensó mientras sus ojos se cerraban. Hubo avances por aquí y victorias por allá. Quizás no había llevado por completo a su lecho a su esposa, como era su deber. Pero todo entre ellos se sentía correcto, bien. Como piezas que encajaban. Podía estar en paz con ello. Podía descansar con tranquilidad. Siempre podían volverlo a intentar después.
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