ID de la obra: 964

Yakuza Zero - El Latido del Tigre

Gen
NC-17
Finalizada
2
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
646 páginas, 212.665 palabras, 27 capítulos
Descripción:
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Epílogo - Entre el Latido y el Rugido

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Epílogo

“Entre el Latido y el Rugido”

Es 1990, y dos años han pasado desde la guerra por el Lote Vacío y la muerte de Tetsu Tachibana. Kamurocho también ha cambiado. Los neones son más brillantes, los anuncios más ruidosos, las calles más abarrotadas, pero en su corazón la ciudad sigue siendo la misma bestia insomne de siempre: devora sueños, empuja a los débiles, exalta a los obstinados. Y Ryohei Tachibana… ya no pertenece del todo a ese lugar. En silencio, casi sin darse cuenta, ha cruzado un umbral invisible entre la adolescencia y la adultez. Su cuerpo, su mente y su mirada ya no son las de aquel joven que corría desesperado entre callejones con miedo a perderlo todo. Ahora es un estudiante en su tercer semestre en la Facultad de Medicina de la Universidad de Tokio. Su rutina —agotadora pero disciplinada— ha comenzado a moldearlo de una manera distinta: lo levanta temprano, lo obliga a memorizar incansables bloques de información y lo empuja a mirar el mundo con un respeto solemne por la vida humana. Divide su tiempo entre las clases, su trabajo y los entrenamientos en el dojo de Hanzo. Durante meses, su estilo de combate se ha depurado hasta convertirse en una extensión precisa de su cuerpo. Ya no pelea con ira, ni con miedo. Ahora lo hace con control. Con propósito. Sus piernas, antes torpes y jóvenes, se han vuelto su arma más poderosa, refinadas por la paciencia y la repetición. Ese día, el dojo olía a madera pulida y a esfuerzo antiguo. Las miradas de los estudiantes estaban puestas en el centro del tatami, donde él y su viejo rival se preparaban para el examen de ascenso. Kato, recuperado del disparo que lo había alejado de la práctica, ajustó su cinturón marrón con la misma seguridad de siempre. Ryohei hizo lo mismo, sintiendo cómo el gi azul marino abrazaba un cuerpo que ya era más atlético, más seguro, más suyo. Durante un instante, ambos se midieron en silencio. Y en la postura firme de Ryohei, en su forma de respirar, en la manera en que asentaba los pies en el tatami, había algo que no existía dos años atrás: equilibrio. Confianza. Un aura sobria que imponía respeto. El combate comenzó. Kato avanzó primero, impulsado por la confianza de haber derrotado a su oponente en más de una ocasión. Sus golpes eran fuertes, pero el tiempo lo había vuelto predecible. Ryohei esquivaba con fluidez, con esa elegancia adquirida que —sin darse cuenta— empezaba a parecerse al estilo feroz y controlado de su maestro Hanzo. Cada patada del joven era precisa, limpia, medida. Cada bloqueo era el resultado de incontables noches de práctica. Kato retrocedió un paso, frustrado, aunque aún sonreía. —No te creas tanto, Tachibana —gruñó con burla—. Yo también aprendí de mis errores. Ya soy otro hombre. Ryohei sostuvo la mirada con una seguridad tranquila. —¿En serio? —replicó, sin perder la compostura—. Porque yo tampoco soy el mismo de antes, el que se dejaba vencer una y otra vez. Su sonrisa fue distinta: confiada, madura. La sonrisa de alguien que finalmente empezaba a encontrar su lugar en el mundo. —Vamos, Kato. —Enderezó la postura—. Dame tu mejor golpe. Kato, ya sin paciencia, volvió a impulsarse hacia adelante con toda la fuerza que le quedaba. Su grito resonó en el dojo, mezclado con el sonido seco del tatami bajo sus pies. Pero Ryohei ya había leído cada uno de sus movimientos. Su respiración era calma, sus pasos medidos, su centro de gravedad tan firme que parecía clavado en el suelo. Cuando el hombre lanzó su golpe directo, Ryohei giró sobre su eje con una fluidez impecable. La patada giratoria impactó con precisión en el costado de su rival, haciéndolo perder el equilibrio de inmediato. El cuerpo de Kato cayó al tatami con un golpe sordo, rodando una vez antes de quedar bocarriba, jadeante y con los ojos muy abiertos. El silencio duró solo un segundo. Luego vinieron los murmullos. Los estudiantes nuevos, especialmente, no podían creer lo que habían visto. —¿Tachibana no usó las manos? —Ni una sola vez… —Ese control… ¿en serio es de cinturón marrón? —Ese tipo no es normal… Con razón ahora es cinturón negro. Ryohei se mantuvo en su postura de guardia unos instantes más, respirando de forma pareja. Ni cansado, ni alterado. Solo concentrado. Luego relajó los hombros y dio un paso atrás, como si el combate hubiese sido parte de una rutina cotidiana. Hanzo cruzó los brazos mientras se acercaba, su sombra imponiéndose entre ambos. —Felicidades, Tachibana —declaró con voz firme—. Desde hoy, cinturón negro. —Hizo una breve pausa antes de mirar a Kato—. Y tú… seguirás siendo marrón hasta nuevo aviso. El derrotado refunfuñó, pero su sonrisa lo delató. —Demonios… —bufó mientras se incorporaba con esfuerzo—. La próxima vez no te la pondré tan fácil, Tachibana. Ryohei le ofreció una mano, la cual Kato tomó sin dudar. —Cuando quieras —respondió él, ayudándolo a ponerse de pie—. Si quieres, puedo mostrarte parte del entrenamiento que estoy haciendo… y te invito una copa en el Serena después. Así hablamos de estrategias. Kato lo vio con una mezcla de frustración, respeto y orgullo. —Te cobraré la palabra —advirtió con una sonrisa torcida. Ambos rieron, dejando atrás la tensión del combate. En el tatami podían ser rivales; fuera de él eran simplemente dos hombres que se empujaban a sí mismos a ser mejores. Ryohei lo sabía, y Kato también. Esa era la clase de rivalidad que hacía crecer. La herencia que Tetsu dejó a sus hermanos había sido administrada con una prudencia distinta a la de los años turbulentos del Lote Vacío. Con el tiempo, Ryohei comprendió que la presidencia de Tachibana Real Estate no era un rol que pudiera sostener mientras estudiaba medicina. Más aún: la empresa que había desencadenado una guerra no debía seguir atada a su nombre ni a su futuro. Durante meses evaluó opciones en silencio hasta tomar la decisión definitiva: vender todas las acciones del conglomerado al Consorcio Nikkyo, uno de los grupos más estables, discretos y con mejores prácticas laborales del país. Tenían historial de colaboración con el Clan Tojo en infraestructura, sí, pero nunca fueron un brazo del hampa; eran un socio estratégico serio. Aquello garantizaba que el legado de Tetsu continuaría sin volver a poner en riesgo a Makoto… ni a él. La transacción fue limpia, silenciosa y por una suma considerable. Con ello, Ryohei pudo cerrar el último capítulo del pasado de la familia Tachibana. El primer paso fue interno: convocó a todo el personal a una reunión extraordinaria en la sala principal de la sede. Los empleados —administrativos, contadores, personal de terreno, asistentes, conserjes— escucharon en un silencio que oscilaba entre la ansiedad y la incredulidad. Anunció la venta, explicó los motivos y, antes de que surgieran temores, dio la noticia más importante: Todos serían indemnizados con montos superiores al mínimo legal. Y además, Nikkyo había aceptado contratarlos de inmediato, respetando sus años de servicio, sus cargos y otorgando beneficios laborales incluso mejores que los que tenían con Tetsu. Hubo un silencio profundo. Luego, aplausos contenidos, miradas de alivio, algunos llantos discretos. Nadie esperaba salir ileso de un cambio tan drástico, y sin embargo… estaban siendo protegidos. Esa era la huella de Tetsu. Y ahora, también la de Ryohei. Tras la reunión, comenzó a resolver asuntos individuales. Entre ellos, el más personal: Ji-Yeon. La reunión entre ambos tuvo lugar en la amplia oficina que aún pertenecía a la empresa, con la ciudad extendiéndose más allá de los ventanales. Ryohei revisó una carpeta, extrajo un documento y un cheque. Ambos formaban un sobre grueso que dejó con suavidad frente a ella. —Ji-Yeon —dijo con una sonrisa tranquila—. Como te prometí, esto es por todos los años de servicio junto a mi hermano y conmigo. No es caridad; es justicia. La mujer miró el sobre con una mezcla de sorpresa y emoción. —Ryohei… —sus ojos se abrieron al leer la cifra—. Esto es… demasiado. ¿Estás seguro? Él apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando las manos. —Primero —dijo con tono suave—, me alegra que ya no uses honoríficos conmigo. Te lo agradezco. Ella soltó una carcajada corta, entre lágrimas. —Me costó acostumbrarme… pero lo logré. —Y lo del dinero —continuó él—, sí, estoy seguro. De hecho, si pudiera pagarte más, lo haría. Pero necesito ser justo con todos. Este monto te corresponde por derecho propio. Ji-Yeon cerró el sobre con ambas manos, como si sostuviera algo frágil. —Gracias… pero dime, ¿qué harás ahora? ¿Dónde vas a vivir? Ryohei se recostó en la silla, mirando un punto indeterminado del techo antes de responder. —Vendí el apartamento y la empresa —dijo con calma—. No necesito tanto espacio. Me mudé a un departamento en el distrito residencial, cerca de Kamurocho. Es acogedor, tranquilo… y perfecto para estudiar sin distracciones. Luego sonrió con un matiz travieso. —Quizá incluso te pida que pases un par de veces a la semana a poner orden en el caos que armo estudiando… y si me dejas comida casera, te estaría eternamente agradecido. Ella se levantó con dignidad. —Sabes que puedes contar conmigo. Si necesitas que ese lugar se mantenga impecable para que llegues a ser un médico excepcional… allí estaré. El joven también se puso de pie y extendió la mano. —¿Entonces aceptas salvar mi departamento del desastre académico? Ji-Yeon estrechó su mano con una sonrisa amplia. —Trato hecho. Académico… y otros desastres. —Ese “otros desastres” suena sospechoso. Ambos rieron suavemente. Ji-Yeon salió de la oficina, y el silencio quedó suspendido un instante. Ryohei se giró hacia el ventanal. Tokio brillaba bajo un cielo de invierno, interminable. Por primera vez en años, no sentía un peso muerto en los hombros. Tetsu estaría orgulloso. El pasado había sido honrado. La gente que los acompañó, recompensada. El apellido Tachibana, finalmente dignificado. Y, sin embargo, aún seguía formando parte de algo mayor. Los días pasaban con una calma nueva en su vida. Siempre que podía, se reunía con Makoto para ponerse al día. Ella había decidido regresar a Sotembori, reconstruyendo su vida en un lugar que conocía bien. Reabrió la antigua clínica de Wen Hai Lee, esta vez como propietaria, ofreciendo masajes terapéuticos con la técnica que él mismo le había enseñado tiempo atrás. El doctor Tateyama —ahora su prometido— había solicitado un traslado al hospital central de Osaka para estar cerca de ella. La noticia del compromiso dejó a Ryohei completamente boquiabierto. Más aún cuando Makoto le pidió algo que casi lo hizo llorar: Ser él quien la entregara en el altar, en nombre de sus padres fallecidos… y de Tetsu. Aceptó sin dudar, con una mezcla de orgullo y ternura difícil de disimular. Su propio hogar también había cambiado. El nuevo apartamento era modesto pero acogedor, situado en un sector residencial cercano a Kamurocho. Tenía tres dormitorios: uno lo usó como bodega improvisada, otro lo transformó en una oficina de estudio, y el tercero —el suyo— era lo justo para descansar entre jornadas agotadoras. En el living, sobre una repisa de madera clara, descansaban dos fotografías enmarcadas: Tetsu Tachibana y Jun Oda. El pequeño altar era idéntico al que había permanecido en el viejo apartamento. El pasado acompañándolo… pero sin encadenarlo. Una noche, la promesa que debía a Masaru Sera finalmente se cumplió. Solo se habían visto en reuniones breves relacionadas con la venta de las acciones, pues él ya era el tercer presidente del Clan Tojo, y sus responsabilidades parecían multiplicarse cada semana. Aun así, Sera le envió un mensaje corto: “Hoy sí puedo. Nos vemos en tu departamento.” La velada fue sencilla: whisky escocés, conversación tranquila, risas que rara vez escapaban del hombre más influyente de Tokio. Hablaron del Lote Vacío, de Tetsu, del futuro de Makoto… y del de él. Conforme las copas disminuían, el tono de la conversación cambiaba. Más bajo. Más cercano. Más personal. —Nunca pensé que… —Sera dejó la frase en el aire—. Que te gustaran los hombres. Ryohei sostuvo la mirada, sin vergüenza, pero sí con honestidad. —Siempre lo supe. Pero nunca… —desvió la mirada al vaso, apenas sonriendo—. Nunca había estado con nadie. No de verdad. Sera arqueó una ceja con ese aire de severidad elegante que nunca abandonaba, incluso bebiendo. —¿Ni una vez? —Ni una sola —respondió él, casi en un susurro—. He besado… he coqueteado. Pero llegar más lejos… No. Hizo una pausa, respirando hondo. —Supongo que tenía que ser con alguien que respetara. Los ojos de Sera cambiaron sutilmente. No hubo más palabras. Solo un gesto mínimo, un acercamiento lento. El roce de una mano, la respiración compartida, la ligera torpeza de quien aprende algo por primera vez… y la calma precisa de quien guía sin dominar. La madrugada llegó silenciosa. A la mañana siguiente, el sol entraba por las cortinas apenas abiertas. Sera ajustaba el nudo de su corbata frente al espejo de la entrada, impecable como siempre, pero con un humor que pocas personas podían provocarle. Ryohei, descalzo, con la camisa blanca abierta a medio abotonar, se apoyó en el marco de la puerta con el cabello aún alborotado. —Deberíamos repetirlo algún día —dijo Sera con una media sonrisa contenida. Ryohei entrecerró los ojos, divertido. —¿Lo de beber? Sí, claro. Hubo un silencio que arrastraba el eco de la noche pasada. —Lo otro… —añadió— lo dudo. El mayor soltó una risa suave, auténtica. —Eres igual que tu hermano. Te pareces más a él de lo que crees. Ryohei bufó, cruzándose de brazos. —Eso sonó como si hubieras hecho con él lo mismo que hicimos juntos anoche. El presidente rodó los ojos, divertido. —No seas insolente tan temprano. Tomó su abrigo, abrió la puerta y, antes de marcharse, añadió: —No desaparezcas, Ryohei. Al menos para una copa de vez en cuando. Cuando la puerta se cerró, Ryohei exhaló y se pasó una mano por la cara, aún sonriendo. —Si alguien se entera de que mi primera vez fue con el tercer presidente… —murmuró para sí, incrédulo—. Uy, la que se armaría. El apartamento quedó en silencio. Un silencio nuevo. Uno que ya no dolía. Porque, tal como le prometió a Tetsu frente a su tumba… Ya no estaba sobreviviendo. Estaba viviendo. A pesar de tener más dinero del que necesitaba, el trabajo en el Serena seguía siendo parte de su vida diaria. Atendía la barra con la misma dedicación de siempre; lo hacía por cariño al lugar, no por obligación. Le gustaba sentirse útil mientras estudiaba, y Reina jamás lo trató como a un empleado común. Incluso, cuando las noches se ponían tensas, él mismo actuaba como guardia improvisado, neutralizando a los matones que intentaban causar problemas o lastimar a la dueña. Para Ryohei, el Serena no era un trabajo. Era hogar. Era familia. Kazuma Kiryu y Akira Nishikiyama lo visitaban cada semana. Siempre elegían los turnos donde sabían que Ryohei estaría, ya fuera para molestarlo mientras cabeceaba de sueño sobre sus apuntes o para verlo preparar tragos con un libro de anatomía abierto al lado de la coctelera. Para ellos, aquello era un chiste interminable; para Ryohei, parte del cariño silencioso que ambos le profesaban. Kiryu, por su parte, comenzaba a convertirse en el tipo de yakuza que quería ser. Ascendía poco a poco dentro de la familia Dojima, ganándose el respeto de quienes lo rodeaban, manteniendo bajo siete llaves la existencia de Ryohei y Makoto para evitar represalias que nadie sospechara. Aún conservaba el traje que Ryohei le había regalado, tratándolo como si fuera un objeto sagrado. Nishiki también subía peldaños con su habitual carisma y arrogancia encantadora, siempre acompañado por esa sonrisa que parecía saber más de lo que decía. Esa noche llegaron acompañados por un muchacho más joven. Tendría unos dieciocho años, con un traje que le quedaba apenas un poco grande, señal de novato. Lo presentaron como Shinji Tanaka, nuevo miembro de la familia. Y, según Nishiki, fan acérrimo del Dragón de Dojima. El chico tragó saliva, se inclinó con energía casi excesiva y habló atropelladamente. —Soy Shinji Tanaka. K-Kiryu-aniki me habla mucho de usted, Tachibana-san. Ryohei resopló. —Oye, “Tachibana-san” es demasiado formal. Tengo veintidós, no soy un gerente bancario ni un señor respetable. Llámame Ryo. Y nada de “usted”, por favor. El aludido parpadeó, temblando por dentro. —S-sí… Ryo-san… El aludido entrecerró los ojos con una mirada que podría partir una roca. —¿Ryo… san? El novato casi dio un salto. —Q-quiero decir… ¡Ryo! Solo Ryo. ¡Perdón! —Así me gusta. —Ryohei sonrió, dándole un golpecito en el brazo—. Mucho mejor. Nishiki soltó una carcajada y le dio un codazo a Kiryu. —Siempre es así. Y eso que este mocoso no para de repetir que Kiryu le salvó la vida. Literal, es un fanboy de mi hermano. Kiryu se sonrojó inmediatamente. —N-No hablen de mí así… No soy tan importante. Su amigo levantó una ceja. —Estás ganando prestigio en la familia y aun así te das tiempo para venir a beber con nosotros. ¿Cómo no vamos a hablar de ti? Además, solo decimos lo bueno. —Hizo una pausa dramática.— Cuando hay malo, también lo decimos, pero entre nosotros. Shinji, que esperaba solemnidad y distancias casi ceremoniales, observó asombrado la naturalidad con la que un civil trataba a dos leyendas en ascenso de la familia Dojima. Pero esa misma cercanía lo tranquilizó. Poco a poco dejó de ponerse tieso, pidió una bebida sin tanta vergüenza y comenzó a encajar con ellos. Para él, era surreal: Estaba bebiendo con Kiryu, con Nishiki… y con Ryohei Tachibana, el hombre del que Kiryu hablaba en voz baja como si fuera su brújula moral. El chico no dijo nada de eso. Pero lo pensó. Y lo sintió. Ese fue el inicio de una amistad que sellaría su destino… y también su lealtad. Además de atender la barra y echar a los borrachos que amenazaban la integridad del local, Ryohei también se encargaba de las cuentas, facturas, trámites y proveedores. Lo hacía sin quejarse, disfrutablemente incluso, mientras Reina supervisaba el resto. Entre ambos mantenían al Serena funcionando como un reloj, pero ella siempre decía —medio en serio, medio en broma— que él era su mano derecha, la persona en la que más confiaba en todo Kamurocho. En paralelo, cada cierto tiempo realizaba curaciones discretas a los miembros de la familia Kazama: heridas cortantes, magulladuras, fracturas menores. Ellos le agradecían como si fuera un médico titular, y Shintaro Kazama —ahora en libertad condicional— lo recibía como a un hijo, llamándolo por su nombre sin formalidades, algo que para Ryohei tenía un valor emocional enorme. Una tarde llegó al Serena después de una jornada agotadora de curaciones y estudio para un examen importante. Apenas abrió la puerta, se encontró a Reina junto a una chica de cabello castaño oscuro, de mirada brillante y uniforme sencillo: recién graduada de la escuela obligatoria. —Ryo-chan, qué bueno que llegaste —dijo la dueña del bar con una sonrisa traviesa—. Quiero presentarte a alguien. Ambas mujeres se acercaron al chico. —Ella es Yumi Sawamura —continuó Reina—. La amiga de Kiryu-chan y Nishikiyama-kun. Me pidieron si podía trabajar un tiempo con nosotros. Y pensé: si este bar va a sobrevivir cuando tú empieces tus internados en el hospital… necesito otra mano antes de que te me mueras estudiando. Ryohei levantó una ceja. —Gracias por la fe, Reina. Pero luego se quedó mirando a la joven. La reconoció al instante: Kiryu le había hablado de ella más de una vez cuando escapaban juntos de los Dojima en aquellas noches infernales. Yumi Sawamura, la chica amable y ruidosa que Kiryu cuidaba como a una hermana. —Sí, Kiryu ya me habló de ti —dijo Ryohei con una sonrisa amable—. Soy Ryohei Tachibana. —Soy Yumi Sawamura —respondió ella con un gesto tímido pero decidido—. Espero ser útil aquí, Ryohei-san. Él hizo una mueca exagerada, como si le doliera algo. —Puedes llamarme Ryo. Y antes de que ella preguntara más, añadió con ironía: —Pero no te voy a presionar como a esos dos idiotas. ¿Me crees que Kiryu todavía me llama por mi nombre completo y no por mi apodo? Yumi soltó una risa ligera. —Lo intentaré… Reina chasqueó la lengua con diversión. —Ryo-chan es mi mano derecha. Toma decisiones igual que yo para mejorar el bar. Aunque, claro… se queda dormido en la barra, llega tarde y deja tirados sus apuntes por todas partes. —¡Oye! —protestó él, cruzándose de brazos—. Soy estudiante todavía, ¿qué esperas? —Sí, sí… y aun así te quiero así mismo —respondió la mujer con cariño. Ryohei suspiró resignado, pero su sonrisa regresó mientras extendía la mano hacia Yumi. —Bienvenida al equipo. ¿Te molesta si te llamo solo Yumi? —Para nada —contestó ella, estrechando su mano con firmeza—. Gracias por la bienvenida. —Perfecto —intervino Reina, palmeando a ambos—. Entonces esto se celebra. Con Yumi-chan y Ryo-chan, haremos del Serena el mejor bar de Kamurocho. El ambiente del Serena se llenó de una calidez particular. Un nuevo equilibrio. Una nueva familia. La familia que elegí después del infierno que viví en diciembre de 1988. Todo por un terreno que nunca quise poseer… pero que, de algún modo, terminó marcando mi destino y poniéndome frente a personas que jamás olvidaré. Hoy —muchos años después— algunos siguen conmigo. Otros… bueno, se marcharon para no volver. El juicio de Kuze y Shibusawa se volvió tendencia nacional. Kuze continúa en prisión, tal como prometió. Declaré contra él cuando llegó el momento, pero también hice algo que pocos habrían esperado de mí: dije la verdad completa, incluso cuando me costaba repetirla. Shibusawa fue señalado como el autor intelectual. Lo condenaron a veinte años por cooperación, o eso dicen los rumores. Shibusawa, en cambio, no mostró arrepentimiento alguno. Su sentencia fue la pena capital. No sé si ya fue ejecutado… o si continúa esperando su final. Y, sinceramente, ya no me interesa. Nunca encontraron el cuerpo de Murakado. Aquel hombre al que disparé en el barco de Shibaura, protegiendo a mi hermana y a quienes amaba. Durante años, las palabras de Shibusawa resonaron en mi cabeza: “Asesino de bata blanca.” Hoy ya no pesan. No después de repetirme una y otra vez: Era él o yo. No era matar… era sobrevivir. Esa fue mi historia de origen. La historia en la que conocí a Kazuma y al resto, donde descubrí que mi círculo se expandía más allá del dolor, donde entendí que nunca estuve realmente solo. Lo que vino después… Bueno, algunos ya lo conocen. Otros están a punto de descubrirlo. Porque esto no termina aquí. Ese fue el primer latido. Lo que viene ahora es el rugido. Y con él, los años donde el Tigre y el Dragón forjan un vínculo capaz de desafiar al destino. Si quieren saber cómo continúa mi historia… adelante. Todavía queda mucho camino por recorrer.

Fin.

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