Capítulo 25
“El Tiempo que Nunca se Detiene”
El campus de la Universidad de Tokio respiraba invierno. Enero había cubierto los patios con un gris silencioso, y aun así, cientos de jóvenes avanzaban entre bufandas, carpetas y nervios apretados. Era el día del examen de ingreso; un día que no perdonaba temblores ni dudas. En los árboles desnudos colgaban avisos estudiantiles arrugados por la escarcha, y el aire olía a tiza, metal y expectativas. Ryohei se mezcló entre los postulantes como uno más, aunque por dentro, sabía que nada en su vida había sido “uno más”. Llevaba el abrigo bien cerrado, las manos quietas, la mirada transparente… y una calma que solo se consigue tras sobrevivir a un infierno. Kenji caminaba a su lado, todavía algo rígido por los recuerdos de su propio secuestro, pero con la alegría renovada de quien por fin había recuperado su libertad. La fila para el registro avanzaba lenta. Frente a ellos, aspirantes murmuraban fórmulas, repasaban anatomía básica o miraban al cielo como si pudieran leer alguna señal escrita en él. Cuando le llegó el turno, Ryohei se inclinó con cortesía y tomó los formularios. La recepcionista revisó los documentos con profesional precisión, hasta que frunció ligeramente el ceño. —Disculpe, Tachibana-san —dijo, levantando la vista. El joven mantuvo una sonrisa suave. —¿Ocurre algo? —Es sobre su fecha de nacimiento. Aquí… —señaló el formulario— colocó el 05 de diciembre de 1968. Pero en su identificación china aparece el 14 de junio del mismo año. ¿Hay algún error? Kenji desvió la mirada, como si ya supiera lo que estaba por oír. Ryohei soltó un suspiro leve. Una de esas respiraciones que cargan más historia que aire. —No hay error —respondió con calma—. Nací el 14 de junio, sí. Pero el 05 de diciembre… Su sonrisa cambió, más íntima, más cargada de verdad. —Fue el día en que obtuve mi nacionalidad japonesa. Para mí… fue como volver a nacer. Solo quise mantener el mismo año para no complicar las cosas. La recepcionista revisó los documentos otra vez, buscando coherencia entre papeles que narraban dos vidas para un solo muchacho. —Y su identificación nacional dice la misma fecha del formulario… —Digamos que es mi nuevo nacimiento —repitió él, sin perder la serenidad—. Mi vida empezó de nuevo ese día. Supongo que no hay problema, ¿verdad? La mujer negó suavemente. —No, ninguno. Debo registrar la credencial japonesa, nada más. Gracias por aclararlo. —Le devolvió los documentos con una leve inclinación—. Su examen será en el salón 215. Mucha suerte, Tachibana-san. —Gracias —respondió él, inclinándose con respeto. Caminar junto a Kenji por los pasillos llenos de aspirantes le dio un extraño alivio. Después de días entre sangre, violencia y pérdidas irreparables, ver un edificio silencioso donde la gente luchaba con lápices, no con armas… se sentía casi milagroso. Entraron al salón 215. Decenas de futuros médicos, ingenieros y soñadores estaban ya sentados en sus lugares asignados. Un murmullo contenido flotaba en el aire, tenso como un hilo a punto de romperse. Ambos jóvenes se acomodaron en la última fila. Sobre el pupitre los esperaba la prueba, boca abajo, como un animal dormido dispuesto a morder apenas lo despertaran. El examinador, un hombre de gafas gruesas y expresión impenetrable, consultó su reloj. —Tienen dos horas para completar todas las preguntas —anunció con voz firme—. Cuando terminen, entreguen su hoja y abandonen el salón. No hablen. No se levanten sin permiso. No miren a los lados. Comiencen. El eco de la palabra “Comiencen” se quebró en el silencio total que siguió. El aspirante respiró hondo. Giró la hoja. Y comenzó su verdadero renacer. El silencio del salón 215 era tan denso que casi podía masticarse. No era un silencio pacífico, sino uno lleno de respiraciones contenidas, páginas que temblaban bajo manos sudorosas y miradas que evitaban cruzarse para no absorber la ansiedad ajena. Afuera, el invierno mordía los ventanales, pero adentro solo existía un calor extraño, producto del nerviosismo compartido. Ryohei giró su hoja de examen con el mismo pulso con el que uno abre una puerta que podría ocultar un monstruo. El papel blanco parecía brillar bajo la luz fluorescente, implacable. Tomó su lápiz, lo acomodó entre los dedos y dejó que la primera pregunta lo golpeara de frente. Luego la segunda. Y la tercera. Su mano se movió con soltura, casi por inercia, como si el conocimiento estuviera almacenado en los músculos y no en la memoria. Pero fue la pregunta número catorce la que detuvo la velocidad de su respiración.“Explique el rol de las catecolaminas en la respuesta de estrés.”
El rincón izquierdo de su boca se elevó apenas, una sonrisa tan pequeña que nadie la habría notado. Ji-Yeon. Y de pronto, allí estaba ella, de pie junto a él, frente al escritorio con un plumero en las manos, moviendo las manos como si fuera una orquesta y asegurando que “parece el nombre de un postre costoso”. Él había rodado los ojos, agotado, pero ahora… ahora esa comparación absurda y cariñosa le pareció perfecta. Se inclinó sobre la hoja y escribió con calma, como quien cuenta una historia ya aprendida de memoria. Mientras explicaba el aumento del ritmo cardíaco, la vasoconstricción y la movilización de glucosa, una parte de él se sintió extrañamente en paz. Era medicina pura. Vida pura. Nada que ver con sangre real sobre sus manos. Y, por supuesto, el pasado decidió golpearlo ahí. Las luces rojas del barco. El vidrio cediendo en una explosión muda. La piel de Murakado abriéndose como un libro maldito. La frase que aún quemaba como hierro caliente: asesino de bata blanca. El lápiz quedó suspendido en el aire. Por un momento no escuchó a nadie, ni siquiera su propia respiración. Era como si su mente lo arrastrara otra vez al borde de aquella ventana rota, donde el mar se tragaba lo que quedaba de un hombre… y un trozo de su inocencia. Pero otra voz—grave, curtida, inesperadamente honesta—lo alcanzó desde esa misma oscuridad. “No es matar. Es sobrevivir.” Cerró los ojos un instante, apenas un segundo. Lo suficiente para soltar un peso que no podía ver, pero que llevaba clavado entre las costillas. Cuando volvió a abrirlos, el examen estaba frente a él, esperando. No era un juicio. No era un castigo. Era un camino. El suyo. Apoyó el lápiz sobre el papel y siguió escribiendo. Una pregunta tras otra. Sus dedos ya no temblaban. Su pulso ya no dudaba. Había sangre en su historia, sí; un pecado imposible de borrar. Pero también había una vida que todavía podía construir. Una vida que no dependía de las palabras de Murakado ni de la sombra de Shibusawa. Cuando terminó, dejó el lápiz sobre la mesa con una exhalación larga, casi liberadora. Se levantó, llevó la hoja al frente y la entregó. El examinador asintió sin levantar demasiado la vista. Al salir del salón, el aire frío del pasillo golpeó su rostro como una llamada de atención. No era absolución. Pero tampoco era condena. Era un comienzo. Su comienzo. El aire helado lo recibió con una bofetada fina apenas cruzó la puerta principal de la Universidad de Tokio. Ryohei inhaló hondo. El examen había quedado atrás; la tensión, sin embargo, seguía cosida en sus músculos. Buscó con la mirada una cabina telefónica—de esas antiguas, verdes, que parecían pertenecer a otro tiempo—y caminó hacia ella, sintiendo el crujir del hielo bajo sus zapatos. Insertó una moneda, marcó el número de la Familia Kazama y esperó. Un par de tonos demorados. Luego una voz conocida. —¿Hola? Kiryu sonaba sorprendentemente sereno, quizá porque esos días de calma le estaban devolviendo el aliento perdido. —Soy yo —respondió el joven, ajustando la bufanda en su cuello para resguardarse del viento—. Ya rendí el examen. Hubo un breve silencio, como si al otro lado procesara más que la información. —¿Y cómo te fue? —Creo que bien —contestó, aunque su voz no buscó seguridad—. ¿Estás ocupado? —Estoy en la oficina —respondió Kiryu, parco—. ¿Pasa algo? Ryohei sonrió para sí. —Solo que te quiero ver. ¿Puedes venir a la sastrería de Pink Street? Esa que está justo frente al callejón. Espérame ahí. El silencio que siguió fue distinto. Sorprendido. Un poco desconfiado. Muy Kiryu. —…Está bien —cedió finalmente—. Iré. Y antes de colgar, Ryohei juraría haber escuchado un leve suspiro, como si el hombre imaginara cualquier desastre posible… porque solía ser así cada vez que el muchacho tenía “sorpresas”. Colgó. Exhaló. Y el mundo pareció alinearse. Justo en ese instante, Kenji salió del edificio, con el abrigo torpemente cerrado y la expresión de un estudiante que acababa de sobrevivir a una ejecución. —Pensé que moriría ahí dentro —bufó, dejándose caer a su lado—. ¿Cómo crees que te fue? Ryohei elevó una ceja con esa clásica tranquilidad que solo mostraba cuando fingía no estar nervioso. —Bien, creo. Los resultados llegarán en un par de días. —Si yo no paso este año —refunfuñó Kenji— voy a tener que volver a la biblioteca a ordenar libros polvorientos… y no quiero. Un par de estudiantes pasaron corriendo, riendo. El campus estaba vivo aun en pleno invierno. —¿Y tú? —continuó Kenji—. ¿Qué harás ahora? ¿Vas a darle esa sorpresa a Kiryu-san? El joven asintió, guardándose las manos en los bolsillos del abrigo. —Sí. Aunque hay otra más de por medio —dijo sin especificar, manteniendo ese tono misterioso que Kenji detestaba—. Vamos, te dejo en tu casa primero. Luego iré a verlo. Kenji suspiró a propósito, exagerando el gesto. —No sé por qué acepto tus locuras… —pero sonrió, inevitablemente—. Vámonos antes de que me arrepienta. Los dos caminaron hacia la estación, mezclándose entre la multitud de estudiantes, oficinistas y transeúntes que transitaban por Tokio con la indiferencia propia de una ciudad enorme. El frío seguía mordiendo, pero Ryohei ya tenía la mente puesta en Pink Street… y en lo que significaría esa sorpresa preparada. El taxi se alejó dejando en el aire una estela de vapor, y el joven ajustó el abrigo antes de entrar en Pink Street. La luz neón teñía el pavimento mojado en tonos rosados y violetas, reflejándose en los charcos como si Kamurocho intentara ser elegante solo por esa noche. La sastrería se alzaba imponente, con vitrinas iluminadas que exhibían trajes de precio indecente y buen gusto aún más indecente. Y ahí estaba él. Kiryu, con su traje blanco, los brazos cruzados y el ceño fruncido. Parecía un guardaespaldas de revista, o alguien que sabía perfectamente que lo estaban metiendo en algo raro. —Perdón por la demora —soltó Ryohei, levantando una mano—. Fui a dejar a Kenji a su apartamento. No encontré un taxi rápido. —Tranquilo, acabo de llegar —respondió el Dragón. Su mirada se suavizó por un instante—. ¿Kenji está bien? —Físicamente sí —asintió el joven—. Pero… está en terapia. Ya sabes, después de lo que pasó… y considerando que el culpable “desapareció”, quiere salir acompañado. Hubo un silencio breve, pesado por lo que ambos sabían y uno solo callaba. Kiryu carraspeó. —¿Y bien? ¿Qué hacemos aquí? ¿Quieres comprar un traje para cuando entres a la facultad? Su amigo soltó una risa cargada de ironía. —Algo así. Ven, entremos. La sastrería era casi absurdamente lujosa: paredes de madera oscura, lámparas con cristales finos, aroma a telas nuevas y perfumes caros. Kiryu la recorrió con la misma expresión que un niño en una juguetería… solo que intentaba ocultarlo detrás de su pose de estoicismo adulto. —Ahora que lo pienso —comentó Ryohei, observando los maniquíes—. Me gusta tu traje. Pero deberías tener “otro estilo”. —Mi traje está bien —rezongó el otro. —Sí, para un agente inmobiliario —respondió el joven sin perder el ritmo—. No para el Dragón de Dojima. Kiryu apretó los labios, como si ese apodo fuera una espina difícil de sacar. —No vinimos a comprar un traje para mí —continuó Ryohei—. Sino para ti. El aludido lo miró como si acabara de decirle que iban a robar un banco. —¿Para mí? —Sí. Y con mi genial sentido de la moda vas a elegir el mejor para causar impacto. Incluso al bast… —se contuvo apenas— al patriarca. Ya sabes. Elige uno que te guste. Kiryu caminó entre los trajes, tocando telas, midiendo cortes. Hasta que se detuvo frente a uno: chaqueta y pantalón gris, dos piezas, con una camisa roja suave que parecía darle una chispa de luz al conjunto. Ryohei levantó una ceja. —¿Gris? —Estaba pensando… —Rozó la tela con los dedos—. Lo que vivimos estos días me hizo entender que no somos blanco o negro. Somos… grises. Este traje podría reflejar eso. El joven lo observó en silencio. Una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios. —¿Quieres probártelo? —preguntó, mirando al vendedor. —Por supuesto —contestó éste con entusiasmo. Kiryu desapareció en el vestidor. Y cuando salió, el tiempo pareció detenerse. El traje le calzaba perfecto. Como si hubiera estado esperándolo. —Ese traje está hecho para ti —dijo Ryohei, sin exageración—. ¿Te gusta? —Sí… pero… —el Dragón revisó la etiqueta y palideció—. Es… demasiado caro. No puedo pagarlo. La sonrisa irónica apareció. —¿Y quién dijo que vas a pagarlo? —miró al vendedor—. Nos lo llevamos. —Espera, Ryohei, no puedes— —Ya lo estoy haciendo —lo interrumpió, sacando un fajo de billetes—. Al contado, por favor. Kiryu frunció el ceño, incómodo hasta la médula. —En serio, no necesitas— —Te lo dije —murmuró con seriedad—. No me gusta que vuelvas a Dojima. Pero es tu camino… Entonces déjame darte algo que vaya contigo. Algo que diga que estuve ahí, aunque ya no estemos en el mismo mundo. El silencio que siguió golpeó más fuerte de lo que cualquier puñetazo podría. Kiryu bajó la cabeza. —Ryohei… gracias. Levantó la mano para guardar el recibo en su bolsillo, pero encontró algo más: un juego de llaves. El vendedor parpadeó. —Eso… no venía con el traje. —Ups —dijo el joven, casi con teatralidad—. Creo que había otra sorpresa. Abrió su bolso y sacó una carpeta, extendiéndosela. Kiryu la tomó, algo receloso. La abrió. Y se congeló. —Esto es… ¿un apartamento? —Nuevo. En Nakano. Silencioso, acogedor… perfecto para alguien como tú. —Puedo aceptar este traje —balbuceó Kiryu—. Pero… ¿un apartamento? ¿Aún te sientes culpable porque quemaron el mío? —Sí —respondió sin rodeos—. No quiero que tengas que vivir siempre con Nishiki ni perder tu privacidad. Y cuando te cases con Yumi tendrán su nido de amor. Lo vendes después y compras una casa más grande. Fácil. —¡Ryohei! —Kiryu se sonrojó hasta las orejas—. No digas esas cosas. —Solo acéptalo —insistió el joven—. Salvaste mi vida, salvaste a mi hermana… y te ensuciaste por mí más de una vez. Déjame compensarte. Aunque sea con esto. Hubo un silencio cálido. De esos que atan sin necesidad de palabras. —Nishiki va a pensar que tenemos algo raro —refunfuñó Kiryu finalmente—. Me voy a sentir incómodo. —O celoso —corrigió Ryohei con una sonrisa. Ambos se rieron. —Atesoraré esto —dijo el Dragón, sosteniendo las llaves y el traje—. Este traje, el apartamento, tu amistad… serán mis mayores tesoros. Te lo prometo. —No quiero promesas —respondió el joven—. Quiero hechos. Se estrecharon la mano. No como dos yakuza. No como dos hombres marcados por sangre y destino. Sino como dos almas que, aunque separaran sus vidas, jamás se soltarían del todo. Al salir a la calle, Kiryu tomó aire. —Tengo que ir a ver a Kazama-san a la cárcel —comentó. —Puedes ir con ese traje —respondió Ryohei, dándole un golpecito al hombro. —Quiere conocerte —añadió Kiryu—. Kashiwagi-san dijo que está todo arreglado para que puedas entrar unos minutos. El joven parpadeó, genuinamente sorprendido. —Pensé que lo conocería cuando saliera… Un suspiro. —Está bien. Te acompaño. Juntos, caminaron hacia el camino que los llevaría al próximo destino. Y aunque aún no lo sabían, ese paso sellaría un vínculo que ningún clan, batalla o destino podría romper. La penitenciaría se alzaba como un bloque gris entre el cielo nublado y el concreto frío, devorando las voces de quienes entraban. El taxi se alejó y Kiryu avanzó hacia la entrada con esa mezcla de calma y tensión que solo él sabía sostener. Al llegar al control de acceso, un guardia revisó la documentación y abrió la puerta metálica. —Nos vemos en unos minutos —murmuró el de ahora traje gris, antes de desaparecer tras el pasillo vigilado. Ryohei se quedó en recepción, donde el olor a metal oxidado, papel húmedo y café mal hecho se mezclaba en el aire. Las luces fluorescentes parpadeaban con un zumbido bajo. Había una hilera de asientos de plástico duro; se sentó en uno intentando acomodarse sin éxito. Las manos le sudaban pese al frío. ¿Cómo será Kazama-san? ¿Es como dice Kiryu… o como susurran los policías del distrito? ¿Kazama-san? ¿Capitán? ¿Señor? ¿Shintaro? ¿O mejor quedarme callado para no meter la pata? Tragó saliva. La verdad era más simple y más dura: No conocía a Kazama. No conocía al hombre cuya sombra había salvado y destruido vidas por igual. Y sin embargo, aquel desconocido había protegido a Makoto, a Kiryu y, por extensión, a él. ¿Cómo se supone que se mira a alguien así a los ojos? Pasaron los minutos, eternos pero silenciosos. Un guardia caminaba de un lado a otro, cada pisada dura contra el suelo. De vez en cuando, el sonido metálico de una puerta pesaba más que cualquier palabra. Entonces la puerta del pasillo interno se abrió. Kiryu salió, serio y pensativo, pero cuando sus ojos buscaron a Ryohei, sólo asintió: “Te toca. Te espero aquí.” Un guardia levantó la mano, indicándole que avanzara. Respiró hondo. Se levantó, se ajustó el abrigo, y cruzó la línea invisible que lo separaba del mundo exterior. El pasillo lo recibió con una ráfaga de aire frío. Las luces blancas iluminaban el piso encerado con un brillo antinatural. Caminó entre rejas, puertas blindadas y ventanillas metálicas donde ojos desconocidos lo seguían durante un segundo antes de desaparecer. El guardia se detuvo frente a una sala de visitas y abrió la puerta. Adentro, más silencio. Más vacío. Un panel de vidrio templado dividía la habitación. Del otro lado, un hombre con le traje de recluso, sentado con la espalda recta y las manos juntas sobre la mesa, levantó la mirada. Lo reconoció sin haberlo visto nunca: Shintaro Kazama. Cicatrices invisibles bajo la piel. Respeto incrustado en cada gesto. Dolor en los bordes de la mirada. Ambos tomaron el auricular al mismo tiempo. Kazama habló primero. —Tachibana… quería conocerte desde antes que todo esto pasara. Lamento enormemente lo que le ocurrió a tu hermano. Me siento responsable de ello. La voz no temblaba; la culpa estaba enterrada demasiado hondo para eso. —Le agradezco su gesto —respondió Ryohei inclinando la cabeza—. Pidió verme, ¿verdad? Me sorprende que pueda entrar, sabiendo que no somos familiares directos. El hombre negó con suavidad. —Moví algunos hilos. No tenemos mucho tiempo, así que iré al grano. —Lo escucho. Kazama lo observó con detenimiento, midiendo no su fuerza sino su temple. —Tu hermano y yo teníamos un acuerdo —dijo, con un tono que no admitía dudas—. No estaba escrito, no estaba hablado en público… pero existía. Si uno de los dos caía en esta guerra, el otro se encargaría de proteger lo que quedara atrás. Ryohei sintió un vuelco en el pecho. —Tetsu… nunca me habló de eso. —Él guardaba sus miedos para sí. Pero cuando mencionaba tu nombre… —Kazama desvió la mirada un instante—, se volvía un hombre diferente. No por orgullo. Por responsabilidad. Por temor a fallarte. Por… cariño. Puro y simple. Ryohei bajó los ojos, respirando hondo para no quebrarse. Kazama continuó: —Esa responsabilidad ahora es mía. No por obligación, sino porque así lo decidimos… y porque se lo debo. El silencio que siguió no fue incómodo; fue una aceptación mutua. El patriarca apoyó la mano contra el vidrio. —Sé que planeas entrar a medicina. Tu hermano hubiera estado orgulloso. Y sé que cargas más culpa de la que deberías por Shibaura. Pero escucha esto, Tachibana: ningún hombre es definido por una noche oscura. Tampoco tú. Las palabras “asesino de bata blanca” cruzaron la mente de Ryohei. Esta vez, no hicieron nido. El hombre prosiguió: —Kazuma confía en ti. Más de lo que admite. Y necesitará a alguien como tú cerca. Él tiene un camino duro por delante. Tú también. Y aunque elijas mundos distintos… se sostendrán mutuamente. No lo abandones. Ryohei levantó la vista. —Jamás lo haría. Kazama asintió, satisfecho. —Si alguna vez necesitas algo… vendré. Lo prometí. Y las promesas hechas con los muertos… pesan más que cualquier juramento del clan. Un guardia se acercó. El tiempo había terminado. Kazama dio un golpecito leve con los nudillos contra el vidrio. —Cuídate, Tachibana. Y cuida a Kazuma y Nishikiyama. Hizo una pausa final. —A veces… uno sólo sobrevive gracias a la familia que elige, no a la que nace con él. Ryohei se levantó, inclinándose profundamente. Cruzó la puerta con los ojos húmedos y el pecho lleno de un peso nuevo… uno que no dolía. Uno que acompañaba. Kiryu seguía ahí, esperándolo, con las manos en los bolsillos y esa expresión que intentaba parecer tranquila. Era suficiente. Los días siguientes se deshicieron uno tras otro como ceniza en el viento. Los vivió entre turnos extenuantes en el Serena —donde solo él y Reina atendían, tras la partida de las chicas— y entrenamientos que lo dejaban con los músculos ardiendo pero la mente en calma. Por las mañanas ayudaba a su maestro a ordenar las cuentas del dojo; por las tardes visitaba a Makoto en el hospital, celebrando cada avance en su tratamiento ocular. Ese mismo día le darían el alta. Ya veía con nitidez, y lo primero que le había dicho al verlo fue: —Eres muy atractivo Ryo-chan… podrías atraer a cualquiera. Ryohei casi se atragantó de la vergüenza. En su apartamento —aquel espacio demasiado grande para una sola persona desde la muerte de su hermano mayor— una repisa se había convertido en altar. Dos fotografías enmarcadas: Tetsu y Oda. Sus figuras, inmóviles pero presentes, velaban la sala como guardianes silenciosos. La vela frente a ellos había ardido tantas veces que el plato metálico estaba lleno de círculos de cera congelada. Esa tarde, el cielo sobre Kamurocho estaba teñido de un gris espeso. Apoyó la frente contra el vidrio helado del ventanal, sosteniendo un cigarrillo a medio consumir entre los dedos. La ciudad brillaba allá abajo, indiferente. Exhaló un humo gris, denso como sus pensamientos. Su vida se había dividido entre demasiadas responsabilidades para alguien de su edad: las noches atendiendo en el Serena junto a Reina, las mañanas ayudando a su maestro a ordenar las cuentas del dojo, las visitas al hospital para acompañar a Makoto… y, por encima de todo, el peso reciente de ser el nuevo presidente de Tachibana Real Estate. Desde que el sello corporativo había pasado a sus manos, las reuniones, documentos y llamadas no habían dejado de llegar. La empresa, sin su hermano, ya no era un motor: era una sombra incómoda. Funcionaba por inercia. Su hermano y figura paterna había querido que fuera un pilar para Makoto y para él… pero ahora se sentía como una puerta que debía cerrarse. Había recibido dos ofertas formales en la última semana: la más insistente venía del consorcio Nikkyo, quienes prometían integrar los activos de la inmobiliaria y absorber al personal con garantías. Una venta limpia. Definitiva. Prácticamente el cierre natural de un ciclo que no le pertenecía. Quizás era lo correcto. Quizás Tetsu habría querido eso. Un nuevo comienzo, sin lastres. Sin enemigos. Sin deudas. Faltaba muy poco para que todo cambiara. Entonces, un golpe seco en la puerta interrumpió su pensamiento. Algo había caído por debajo del marco. Antes de que pudiera moverse, Ji-Yeon —que andaba limpiando cajas de documentos del despacho— se agachó y recogió el sobre. Apenas vio el logo, abrió los ojos con sorpresa contenida. —Ryohei… —alzó el brazo—. Son los resultados. Él giró lentamente, como si el nombre en ese sobre pesara toneladas. Sintió cómo un hilo de tensión le recorría la espalda. —Sí… debe ser eso —murmuró, tomando el sobre con manos que no le parecían suyas. Ji-Yeon se cruzó de brazos con impaciencia afectuosa. —Vamos, ábrelo. —Tengo miedo —confesó en voz baja—. ¿Y si fallé? —No empieces. —Ella le dio un golpecito en el hombro—. Estuviste estudiando por meses antes de que todo se fuera al infierno con lo del Lote Vacío. ¿Recuerdas? El chico dejó escapar una risa mínima, nerviosa. —Sí… incluso pusieron una pregunta sobre las catecolaminas. Me acordé del postre que hablábamos ese día. Ji-Yeon sonrió, pero sus ojos estaban firmes. —Entonces ábrelo. Ya. Inspiró, sintiendo cómo el aire se quedaba atrapado en el pecho. Rasgó el borde del sobre con los dedos temblorosos. Sacó el documento. Lo desplegó. El silencio se volvió espeso, casi insoportable. Ji-Yeon se inclinó hacia adelante. —¿…y bien? Los ojos de Ryohei se movieron por el papel, línea tras línea, hasta encontrar el resultado. Allí, en números claros, en tinta negra, estaba escrito. Y entonces el mundo se abrió. —Noventa y cinco… —parpadeó, incrédulo—. Noventa y cinco de cien. Levantó la mirada, temblando. —Con beca de matrícula… Ji-Yeon… ¡pasé! La risa que estalló después no se podía contener. Ji-Yeon saltó sobre él y lo abrazó con fuerza. Él la levantó del suelo sin pensarlo, girando una vez, olvidando cigarrillos apagados, recuerdos oscuros, noches en Shibaura. —¡Lo logré! ¡Seré médico! —gritó, sintiendo cómo el pecho se le llenaba de fuego, de vida. Ji-Yeon lo apretó contra sí. —Te lo ganaste. Después de todo lo que pasaste… te lo ganaste. Ryohei respiró hondo, aún sonriendo, y caminó hasta la repisa. Encendió la vela del altar. La llama osciló, iluminando los rostros de Tetsu y Oda. —Lo conseguí, hermanos —susurró, cerrando los ojos—. Ahora sigue el verdadero camino… el que les prometí. Ji-Yeon se quedó detrás de él, en silencio respetuoso. —Estaré contigo hasta que vendas este lugar —dijo finalmente—. Se lo prometí a Tachibana-san. No pienso dejarte solo en esto. —Y yo te prometí tu indemnización —respondió él con un gesto cálido—. Cumpliré ambas. Guardó el sobre dentro de su bolso. Se ajustó la chaqueta, con una energía nueva bajo la piel. —Debo irme —dijo—. Tengo que contárselo a todos. Y luego… ir por Makoto al hospital. En ese instante, el teléfono sonó. Ryohei cruzó la sala y atendió. —¿Hola? —¡¡¡PAAASÉÉÉÉ!!! —la voz ensordecedora de Kenji hizo vibrar el auricular. Ryohei soltó una carcajada. —¡Yo también! ¿Cuánto sacaste? —¡Noventa y dos! ¡Y me dieron beca también! ¡WE DID IT, RYO! Rieron los dos, como niños. Tras colgar, tomó aire profundamente. —Voy al Serena —dijo—. Kiryu y Nishiki deben estar allí. Quiero verles la cara cuando se los diga. La chica sonrió, cruzando los brazos. —Ve. ¡Y felicidades otra vez, Ryohei! Él salió, cerrando la puerta con un clic suave. La ciudad lo esperaba. La noticia lo ardía en las manos. Y por primera vez en mucho tiempo… sentía que caminaba hacia adelante. El Serena estaba tranquilo esa tarde, iluminado por la cálida luz amarillenta que Reina insistía en mantener para crear ambiente. Apenas Ryohei entró, ella lo recibió con una sonrisa cómplice. —Te veo contento, ¿pasó algo? —preguntó, inclinándose sobre la barra. El chico no pudo contener la sonrisa que llevaba horas tratando de disimular. —Miren esto… —dijo, sacando el sobre con ambas manos. Kiryu, sentado en la barra con su vaso a medio terminar, levantó la mirada. —¿Esos son los…? —Los resultados de mi examen —respondió, casi sin aire—. Noventa y cinco de cien. Pasé… empiezo en abril mis clases. La mujer aplaudió sin contener la emoción. —¡Eso es excelente! ¡Felicidades, Ryo-chan! Kiryu le dedicó una sonrisa breve, sincera. —Felicidades, Ryohei… Te lo mereces. —Gracias —respondió él mientras sacaba tres vasos y servía un poco de licor—. Hagamos un brindis por esto. Los tres chocaron los vasos. El sonido suave del cristal acompañó el silencio cómodo que se instaló mientras Ryohei, ya con el delantal puesto, servía tragos como cualquier otra noche… solo que con un brillo distinto en los ojos. De pronto, la puerta se abrió de golpe. —Kiryu, ¿¡te importaría explicármelo!? —Nishiki irrumpió con paso firme y gesto indignado. Reina ni parpadeó. —Vamos, Nishikiyama-kun, no seas dramático. Ven a celebrar con nosotros. Ryo-chan aprobó su examen de ingreso —dijo señalando el sobre aún en manos del chico. Nishiki se quedó congelado un segundo. —¿¡Es verdad eso, Ryo!? ¡Es increíble! Te felicito. —Gracias, Nishiki… —respondió él antes de notar la mirada inquisitiva de su amigo—. Kiryu, ¿no le contaste? Nishiki no dejó que Kiryu respondiera. Se dejó caer en el taburete junto a él. —En serio… ¿vas a volver a la Familia Dojima? ¿De verdad? Reina abrió un poco más los ojos, sorprendida. En cambio Ryohei no; él ya lo sabía. —Incluso fuiste a ver a Kazama-san, y Ryo te acompañó, ¿no? —continuó Nishiki—. ¿Se lo comentaste? Kiryu suspiró. —Sí, se lo comenté ese día de la visita. Dijo que debía seguir siendo un civil. No cree que esté hecho para ser un yakuza. —Ryo… dile algo —pidió Nishiki, tenso. Ryohei negó suavemente. —Lo conversamos días atrás. Es su camino y no puedo interferir en él. —Pero… Kiryu asintió, apoyando la mano en la barra. —Kazama-san me dijo que uno de los motivos por los que me envió con Tachibana fue para alejarme de la yakuza, que consiguiera un trabajo de verdad… —miró a Ryohei con respeto— y conseguir un aliado importante. Nishiki bufó. —¿Y a pesar de eso vas a volver? ¡Por favor! Al menos únete a la familia Kazama. Volver a la Familia Dojima después de lo que les hicieron… A ti, a Ryo, incluso a su familia… Te van a desollar vivo. Piénsalo bien. Ryohei observó a los dos, recordando perfectamente los acuerdos tras la venta del Lote. Sera había asegurado que Kiryu y Nishiki no recibirían represalias. Ambos estaban protegidos. Su preocupación era real… pero sabía que nada detendría al Dragón. Kiryu sostuvo la mirada de su hermano jurado. —Ni, creo que debo hacerlo si quiero intentar arreglar las cosas. Nishiki abrió la boca para protestar, pero Kiryu continuó: —Durante todo este calvario viví mucho. Vi a demasiada gente tratando de hacer las cosas bien… —miró otra vez a Ryohei—. A todos y cada uno de ustedes. No solo yakuzas; también civiles. Me hizo darme cuenta de que me falta madurar. Aún estoy verde. Ryohei sintió un pequeño nudo en la garganta. —Kiryu… Nishiki bajó el tono. —¿Sí? Todo esto hace que me pregunte… ¿qué es lo que tú y yo aún no tenemos? El Dragón apretó el vaso vacío. —No lo sé. Pero significa que no puedo huir. Si no huyo… el único camino que queda es el que estoy dispuesto a caminar. El jazz suave del local flotó sobre ellos. —Entonces tu manera de encontrar ese camino es volviendo con Dojima, ¿no? —dijo Nishiki. —Si quiero arreglar las cosas, es lo mejor que puedo hacer. Y por eso… tengo que seguir hasta el final. Encontrar mi propio camino como yakuza. El bartender lo miró con un respeto nuevo, más profundo, más adulto. —Un camino distinto al de Kazama-san —añadió Kiryu—. Hacerlo a mi manera. Nishiki exhaló, resignado. —De acuerdo… pero al menos espero que tengas mejor gusto con la ropa. El Dragón se levantó y tomó la chaqueta gris recién comprada. Nishiki alzó una ceja. —¿Y tu traje de siempre? —Ah, es verdad —respondió Kiryu—. Ryohei me lo compró el día que fuimos a ver a Kazama-san. —Pensé que te había contado —rió Ryohei, colocándose a su lado—. Quería compensar lo que hizo por mí y mi familia. Cuando lo vio en la sastrería, debió sentir que estaba hecho para él. Nishiki chasqueó la lengua. —Ay vamos, el blanco puro era mucho mejor. Era canela fina. El corte del nuevo es… bueno, demasiado moderno. —Oye —se quejó Ryohei—, mi estilo es especial, divino y espectacular. —Sí, claro. Serás gay, pero tu ojo para la moda sigue siendo anticuado. —¡Oye! Kiryu los observó discutir con una mezcla de afecto y cansancio. —No soy eso… pero desde ahora, yo decido quién soy. Su hermano jurado suspiró. —Mira, te concedo que te unas a la familia que quieras, es tu decisión… pero para elegir un traje deberías haberme llevado. Debieron invitarme a la sastrería. —No, era un momento distinto —respondió Kiryu—. Y este me gusta. —¿Y por qué no uno negro? Te queda mejor el negro elegante. El aludido negó suavemente. —Se lo comenté a Ryohei cuando lo compró. No me veo ni blanco ni negro. Me veo… gris. Mi nuevo comienzo. Ryohei sonrió. —Capas de grises… ¿no? —Ya entendí, ustedes ganan —gruñó Nishiki—. Úsalo toda la vida si quieres. Kiryu sonrió de lado. —Gracias. —Ya veo por dónde va la cosa… —murmuró Nishiki. Ryohei rodó los ojos. —Sabía que se pondría celoso. —¡No estoy celoso! —alegó Nishiki—. Y dándoselas de geniales conmigo… por favor. Kiryu se acercó un paso, más serio. —Nishiki… Ryohei… he contado todas las cosas que les debo. Nishiki parpadeó. —¿Qué quieres decir? Ryohei ya lo sabía. —Creo que sé a qué se refiere —dijo—. Y creo que sé cómo podría pagar una de esas. Kiryu ladeó la cabeza. —¿Ah sí? —Reina —llamó Ryohei—. ¿Podrías tomarnos una foto a nosotros tres? Nishiki y Kiryu lo miraron sorprendidos. —¿Una… fotografía? —preguntó el de gris. —Quiero recordar el día que empieza también mi propio camino. Y quiero recordarlo con una imagen. Este es un nuevo comienzo para todos. Nishiki lo empujó suavemente. —De acuerdo… vamos, hermano. Kiryu se acercó a regañadientes, colocándose a un lado. Nishiki se ubicó al otro, y Ryohei quedó en el centro. Reina tomó la cámara. El flash iluminó la barra. La foto salió lentamente, revelando a los tres: jóvenes, radiantes… sin imaginar que ese instante quedaría para siempre suspendido en su historia. Ryohei la sostuvo entre los dedos. —Salió perfecta. Pasaré a un estudio fotográfico a sacarle copias y les entregaré una. Gracias. —Bien —dijo Nishiki, recuperando su energía habitual—. Hay otra forma de “saldar” esa deuda —miró a Kiryu—. ¿Qué tal si vamos a comer algo? Pero Kiryu invita. —Eh… c-claro. —Iremos al mejor restaurante de carnes de Kamurocho. ¿Vienes con nosotros, Ryo? —¿Ahora? —rió él—. Lo siento… dan de alta a mi hermana y tengo que ir a buscarla. Será la próxima. —Tú te lo pierdes —bufó Nishiki—, pero iremos la próxima, ¿eh? —Así será —respondió el bartender. Kiryu y Nishiki salieron entre risas. Ryohei los miró alejarse, luego bajó la mirada a la fotografía que aún tenía en la mano. La sostuvo con cuidado, como si fuese frágil. Y supo —con una certeza silenciosa— que ese instante sería uno de los recuerdos más importantes de su vida. Una foto de su primera familia elegida. Nunca supo que, años más tarde, esa imagen sería lo único que seguiría marcando la hora… incluso cuando el tiempo dejara de hacerlo. El Serena había cerrado hacía pocos minutos, dejando tras de sí el eco suave de los vasos recién lavados y la melancolía cálida que quedaba cuando Reina apagaba las luces. Ryohei tomó su abrigo, se despidió con una inclinación amable y salió al frío de Kamurocho. Caminó con calma hacia la calle cercana al hospital; aún faltaba un rato para que Makoto saliera. Quería acompañarla al apartamento, conversar sobre lo decidido… y contarle la noticia de la facultad. La tarde estaba inusualmente tranquila. Parecía una de esos días raros donde Kamurocho respiraba despacio. Hasta que escuchó pasos apresurados. —Tachibana-san… —La doctora que había supervisado la recuperación de Makoto lo alcanzó casi corriendo, el aliento entrecortado y los ojos llenos de alarma. Él frunció el ceño. —¿Pasa algo? ¿Está todo bien? La mujer tragó saliva, visiblemente nerviosa. —No… Makimura-san ya salió del hospital. Yo la acompañaba para entregarla a su cuidado, pero… —la voz le tembló— unos yakuzas intentaron acosarme. Ella se interpuso para defenderme. Ryohei sintió un golpe seco en el pecho. —¿Qué? Un hombre que estaba por salir del hospital se detuvo en seco. El doctor Tateyama, quien había tratado a Makoto, se acercó de inmediato. —¿Qué dijo? ¿Makoto-san está con yakuzas? —preguntó alarmado. —Incluso golpeó a uno —añadió la doctora, aún alterada—. Vengan, rápido. Ambos hombres la siguieron a paso veloz, esquivando peatones, doblando una esquina… hasta que lo vieron. Un hombre con parche, chaqueta de serpiente abierta dejando ver el torso, pantalones de cuero oscuros y una expresión afilada como una navaja. Una presencia distinta, más oscura, más adulta… pero inconfundible. Goro Majima. Ryohei se detuvo apenas un segundo. —¿Majima-san…? —El nombre salió como un hilo de aire; ni siquiera él estaba seguro de haberlo dicho en voz alta. Dos yakuzas salieron volando tras recibir golpes veloces y brutales. El estruendo de los cuerpos al caer en el pavimento resonó en toda la calle. Makoto retrocedió, asombrada, pero ilesa. Tateyama en cambio, dio un paso al frente, tembloroso. —Esperen aquí, ambos —ordenó, mirando a Ryohei y a la doctora. Ryohei negó con calma. —Voy con usted. —No es necesario —replicó el médico. —Lo siento, Tateyama-san —dijo Ryohei con serenidad—. Esa mujer es mi hermana. No pienso dejarla sola. El médico titubeó apenas un segundo. —De acuerdo… vayamos juntos. Avanzaron hacia la escena. —Ryo-chan… —Makoto corrió hacia ellos cuando los vio—. Doctor… Majima los observó. No dijo nada. No hizo nada. Solo miró. Y su silencio pesó más que cualquier gesto. Tateyama intentó ponerse delante de Makoto como un escudo torpe. —¡Tú! —la voz de Tateyama quebró más de lo que debería—. ¿Q-qué pretendes con Makoto-san? Ella abrió los ojos, alarmada. —Se equivoca, doctor. Él me salvó… —intentó explicar. —Aléjate de ella —insistió Tateyama, tratando de sonar intimidante, sin lograrlo. Ryohei evaluó la escena con frialdad tranquila. —Tateyama-san… no creo que sea necesario. No parece que vaya a hacernos daño. —Sus ojos se cruzaron con los de Majima—. ¿Verdad? El hombre del parche se movió. Sin violencia. Sin amenaza. Solo avanzó, puso una mano firme sobre el hombro de Ryohei —un gesto de reconocimiento silencioso— y luego tomó a Tateyama por la muñeca, guiándolo unos metros más allá, fuera del alcance de Makoto. Ryohei inhaló hondo y se acercó a ella. —¿Segura de que estás bien? —Sí —respondió su hermana con una sonrisa temblorosa—. No me pasó nada gracias a él… Espero que al doctor Tateyama no le ocurra algo. —No creo —murmuró Ryohei, más serio de lo habitual. —¿Y eso? —Llámenlo intuición. —respondió arqueando una ceja. Makoto parpadeó, sin comprender el peso de aquello.Desde donde estaban, alcanzaron a escuchar palabras sueltas de la conversación entre Majima y Tateyama. “¿Te gusta esa chica?” Silencio tenso. Luego, dicha con una honestidad devastadora: “La amo.” Ryohei apenas abrió los ojos un milímetro. Makoto no oyó nada. Minutos después, Majima soltó al médico. Se giró hacia ellos. Su mirada —ese único ojo visible— se detuvo en Ryohei con un reconocimiento mudo, doloroso, casi un adiós. Levantó una mano en un gesto leve y se marchó calle abajo, tragado por las luces de Kamurocho. Tateyama regresó con ellos. La doctora también. —¿Se encuentra bien? —preguntó Makoto—. ¿Ese hombre quería algo? —No… no quería nada —respondió Tateyama, aún alterado. Ella suspiró, viendo alejarse la figura del parche. —Su… su ojo… estaba tan triste —susurró, incapaz de apartar la vista. No era miedo. Era reconocimiento sin respuesta. Ryohei tragó saliva. Sabía exactamente por qué. Era el precio de un pacto. Majima estaba dejándola ir. Era la última vez que ambos compartirían un mismo espacio. El sacrificio silencioso del hombre que la amó lo suficiente como para perderla. —Doctor… —insistió Makoto—. ¿De qué estaban hablando? Tateyama se rascó la nuca, nervioso. —Eh… bueno. Makoto-san… ¿tienes tiempo para ir por un café conmigo? Ryohei parpadeó. —¿Una cita? ¿Con mi hermana? El médico se aclaró la garganta. —Espero no te moleste, Tachibana-kun. Makoto se sonrojó ligeramente. —Tengo tiempo, pero… —miró a su hermano—. Hoy íbamos a ver la tumba de nuestro hermano y… —Podemos ir más tarde. —La interrumpió. —Vayan tranquilos. Yo tengo que hacer un trámite… como me aceptaron en la facultad de medicina, tengo que ver los útiles. Makoto abrió los ojos. —¿Pasaste el examen? —Hablaremos de eso luego —sonrió él—. Tateyama-san, ¿puede cuidarla un par de horas? —Por supuesto —respondió el doctor—. Estaremos en el Café Alps. —Perfecto. Ryohei se inclinó y salió disparado en la misma dirección por donde el hombre del parche había desaparecido. El frío cortaba la piel, pero no lo frenaba; el entrenamiento con Hanzo estaba dando resultados y ya no era el muchacho débil del inicio de todo esto. —¡Majima-san! ¡Espera, por favor! La figura del parche se detuvo bajo una farola, sin darse vuelta de inmediato. Cuando al fin giró, su voz salió baja, cansada, con ese tono que el chico aún recordaba del cabaret Grand. —Ryo-chan… Pensé que estarías con tu hermana. Ryohei se detuvo frente a él, respirando hondo. —¿Por qué no quisiste hablarle? ¿Por qué sigues empeñado en lo que conversamos semanas atrás? Majima desvió la mirada. Su tono era serio, grave, el Majima que había sangrado por ella. —Ya te lo dije. No quiero que reveles que fui yo quien luchó para salvarla. Ni que casi crucé la línea matando al bastardo de Dojima. El joven tragó saliva. —Entiendo que no quieras arrastrarla al infierno ahora que volviste a la yakuza, pero… ¿no crees que merece saber quién fue quien la salvó? Majima chasqueó la lengua, esta vez más cortante. —En este caso, no. El joven se sorprendió; hacía semanas que no lo llamaba así. —Lo sé, pero… —Y escucha bien, Tora —la voz se le endureció, un filo que no tenía antes—: te prohíbo decírselo. Eso es un pacto de hombres… ¿lo recuerdas? El del parche lo miró, con una media sonrisa amarga. —Además, Makoto y ese doctor hacen linda pareja. Creo que te mereces un cuñado con la profesión que quieres tener. Mejor un médico que un yakuza… ¿no crees? El silencio cayó entre ambos. Kamurocho rugía alrededor, pero en ese rincón solo existían ellos dos. —¿Qué pasó con Shimano? —preguntó Ryohei finalmente—. ¿Estás en su familia? Majima soltó una risa seca, la primera señal del cambio. —Me subió a capitán. Y pronto formaré mi propia familia. El viejo… ese desgraciado se victimizó, culpó a los Omi de todo y salió impune. Ya sabes cómo es este maldito mundo. Ryohei frunció el ceño. —¿No piensas decirle a Sera-san? Majima alzó una ceja, la sonrisa ladeada asomando como un filo. —Nah. Tu amiguito Sera tiene otras cosas en la cabeza. Sobre todo ahora que será el tercer presidente muy pronto. La voz ya no era el Majima apagado del Grand. Había un brillo inquietante en ella, un tono burlesco, casi divertido. Ryohei sintió el cambio. Majima parecía… partirse en dos. El hombre que amó a Makoto… y lo que estaba emergiendo de su dolor. —Majima-san… El del parche dio un par de pasos hacia él. Su sonrisa se abrió, peligrosa, ligeramente torcida. Su tono empezó a oscilar, como si luchara consigo mismo. —Sabes, Ryo-chan… o mejor dicho… —sus pupilas brillaron— Tora-chan… Una risa suave escapó de su garganta. No era la del cabaret. Tampoco la del hombre herido que había cargado el cuerpo de Makoto. Era la del loco que Kamurocho aprendería a temer. —Tú también estás cambiando, ¿eh? Entrenando, fortaleciéndote, creciendo… —ladeó la cabeza—. Me gusta eso. Ryohei tragó saliva. Era la misma postura que Majima tendría años después frente a Kiryu: hombros relajados… pero toda su energía apuntando al combate. —Majima-san… —Shhhh —lo silenció el hombre del parche, alzando un dedo—. Te diré algo, Tora-chan. La risa subió un poco. Ese tono juguetón, estrafalario, casi infantil… pero teñido de violencia. —Cuando seas fuerte… bien fuerte —dijo primero con su voz grave de antes, pero luego algo se quebró, como un engranaje mal engrasado—. Entonces iré por ti… y por Kiryu-chan. Una risilla se le escapó, más aguda de lo normal. —N-no lo olvides, ¿sí? Tora-chan… Y ahora sí. La carcajada completa. Esa estruendo que repercutiría en su memoria, que jamás olvidaría, el cual, sin saberlo lo perseguiría, tanto para asecharlo, como para protegerlo. —Nos vemos, Ryo-chan… ¡JAJAJAJA! El hombre del parche dio media vuelta. La chaqueta de serpiente brilló bajo la farola mientras se perdía entre los callejones como un fantasma excitado. Dejando atrás al Tigre… y al joven al que acababa de marcar como rival futuro. La conversación con Majima se repetía una y otra vez en la cabeza de Ryohei mientras caminaba hacia el Café Alps. No importaba cuántas veces la analizara, cada frase pareció dejar una espina distinta en su pecho. Pero había cosas que solo el tiempo respondería, y ese era un aprendizaje que empezaba a aceptar. Encontró a Makoto conversando con Tateyama, tranquila por primera vez en días. Tras despedirse del doctor, ambos pasaron por una florería; El chico eligió un ramo de crisantemos blancos, discretos, elegantes. Luego caminaron juntos hasta el Lote Vacío. El lugar estaba silencioso. Austero. Demasiado grande para una sola tumba. Allí reposaban los restos de Tetsu Tachibana, víctima de una guerra que nadie pidió. Sera había prometido que el cuerpo no sería trasladado; aunque algún día se construyera lo que se construyera sobre ese terreno, Tetsu seguiría allí, protegido por los cimientos. Makoto acomodó las flores con delicadeza. Habló poco, recordando lo que había vivido, agradeciendo silenciosamente a quienes la ayudaron a sobrevivir. Su voz era suave, pero no rota; había aprendido a ser fuerte incluso cuando todo parecía imposible. Ryohei se inclinó frente a la pequeña gruta y extendió el sobre. —Lo logré, hermano… —susurró con un hilo de voz—. Pasé el examen. Seré médico… tal como te prometí. Sus ojos brillaron. No hubo vergüenza en sus lágrimas. —Me hubiera gustado que estuvieras con nosotros para celebrar este momento —continuó—. Te habría encantado verme fallar menos al estudiar anatomía. Makoto sonrió sin decir nada. El silencio entre ellos no pesaba; era un silencio lleno de memoria. Su hermano menor respiró hondo. —Prometo llevar nuestro apellido con honor. Espero que no te molesten las decisiones que tomé con la inmobiliaria… ni que haya dejado atrás lo que fue nuestro hogar. —Hizo una pausa—. Pero siento que debíamos dar vuelta la página. Sus manos temblaron ligeramente antes de apoyarlas sobre sus rodillas. —Juro por el apellido Tachibana que lo llevaré en el pecho, en mi bata blanca, y que cada persona que logre salvar con mis manos será en tu memoria. No voy a fallarte. No otra vez. Makoto apoyó una mano en su hombro. El joven dejó caer la cabeza, exhausto, permitiendo que las lágrimas hicieran su trabajo. Entonces, un tintineo suave interrumpió la quietud. —¿Ese ruido? —preguntó él, alzando la mirada. Makoto se acercó a una pequeña caja de madera, casi perdida entre las hierbas. La campanilla volvió a sonar mientras ella la abría con cautela. Dentro, un reloj de pulsera antiguo reposaba en una cama de tela gastada. Era un modelo viejo, con la correa raspada y la esfera ligeramente rayada… pero funcionando. El segundero avanzaba con un pulso firme, casi orgulloso. Makoto llevó una mano a su boca. —Este reloj… —¿Es tuyo? —preguntó Ryohei. Ella asintió lentamente. —Era de mamá. Lo usaba, aunque no funcionara… cuando estaba ciega. Creía haberlo perdido cuando Lee-san… —su voz se quebró— cuando… él murió. El silencio cayó sobre ellos. Ryohei sintió el aire cambiar. Makoto también lo comprendió. —Él lo dejó aquí… —susurró, con lágrimas resbalando por sus mejillas—. Lo reparó… para mí. No mencionó su nombre. No lo conocía. Pero ambos sabían de quién hablaba. Ryohei se inclinó junto a ella y la abrazó por los hombros. No hicieron falta palabras. El reloj seguía sonando. Un pequeño latido metálico dejado por un hombre que eligió el infierno para que ella pudiera vivir en paz. —Gracias… —susurró Makoto. Ryohei cerró los ojos. Había pocas veces en la vida donde uno sentía que hablaba con los muertos. O con los ausentes. —Gracias… —repitió él, apenas audible—. Me haré fuerte. Y algún día… volveremos a vernos. Las campanillas del reloj parecían asentir, marcando un tiempo que ya no les pertenecía, pero que los acompañaría de todas formas. El reloj latía suave. Como un recordatorio de que aún no era el final. Solo el comienzo del siguiente paso.