Extra II
22 de febrero de 2026, 21:54
La noche en la casa a las orillas de la playa era silenciosa con el murmullo de los grillos en los arbustos cercanos, pájaros nocturnos graznaban en tonos dulces al compás de dos corazones tranquilos acostados sobre el muelle de madera. Con su cabeza apoyada sobre el bícep de su marido, Neuvillette miraba al cielo de estrellas en patrón intentando trazar constelaciones inventadas señalándolas con su índice para decirle a Kalaham la forma en como él las armaba.
—¡Es una nutria ociosa! Solo que su cola está cortada a la mitad porque si no sería un circulo.
—Voy a creer en tu imaginación…—Kalaham soltó la carcajada al sentir el manotazo en su brazo— porque yo veo un cachorro de oso.
—¡¿Por qué sería un cachorro de oso?! Tiene sus pequeñas patitas a los lados ¿No las ves?
—Por eso mismo, mira— el hombre de casi dos metros apoyó su mejilla sobra la frente ajena mientras dibujaba al oso en el cielo.
—Sería un oso muy flaco, mi nieve. Así no es oso normal.
Los dos se miraron entre ideas debatientes sobre la forma en el cielo, cuando las palabras cesaron se quedaron quietos con la mirada enfocada en la lejanía sin separase ni un centímetro. Neuvillette cerró los ojos disfrutando del calor corporal de su marido en su costado, aún en su forma humana desprendía frío de forma natural dándole un aire fresco a la casa, pero cuando se abrazaba a él ese frío se volvía cálido. Se volvía un abrazo de nieve suave.
—Kal ¿Puedo preguntarte algo? Solo responde si tú quieres, no por obligación ni presión, solo si quieres.
—Me da miedo y al mismo tiempo intriga, dime.
—Ay, que exagerado, no es nada de eso.
Neuvillette giró sobre sí quedando de costado para mirar el rostro atento y sereno de su marido, sus ojos azules profundo solo le miraban a él, y eso le dolió un poco al leviatán por lo que estaba a punto de preguntarle. Con una respiración profunda inhalando el aroma tan propio de él, un toque de roble con bayas por el jabón que solía usar en las mañanas al bañarse, y ese aroma a especias por estar a cargo de la cocina. Se mezclaba perfecto dándole ese toque de hogar a su aroma, justo cuando Neuvillette necesitaba sentirse él mismo al llegar a casa.
—Cuando estábamos en tu mundo, dijiste que…— el leviatán cerró los ojos pensando sus palabras con cautela— Que no supiste como fue el destino del resto de tu familia, pero cuando hablaste con Oush en la montaña, mencionaste que tu padre murió protegiendo a los tuyos.
Kalaham le miró de arriba abajo el rostro antes de voltear al cielo con un suspiro de alguien atrapado en su mentira, cerró los ojos deseando que su esposo no fuera tan perspicaz y de tan buena memoria.
—Kal, Kal— Neuvillette se sentó de golpe poniendo una mano sobre el pecho de su marido, se puso un mechón de cabello detrás de su oreja por los nervios— No lo digo por el morbo ni por querer recordarte algo doloroso, lo pregunto cómo tu esposo, como alguien que quiere ayudarte a cargar con ese peso y ser parte para sanar la herida.
—Oye, oye— Kalaham miró a su esposo con una sonrisa al abrir los ojos, puso su mano en la nuca del otro para acercarlo y darle un beso en la frente— No me enojé ni me puse incomodo, solo… pensaba. Tienes razón, mentí.
—¿Puedo saber…?
—El agua— el wyvern miró de nuevo al cielo viendo las estrellas un momento— Estuve bajo el agua helada por siglos, eso ya lo sabías, pero el agua de la tundra es diferente. Conecta a los glaciares con los ríos, los lagos y la misma nieve que reposa en la tierra.
Kalaham temía cerrar los ojos y revivir los recuerdos que el agua helada le otorgó en contra de su voluntad aquella vez, visiones borrosas de gritos, lamentos, furia y desasosiego. Aquellos aullidos del pasado se callaron cuando el dorso de una tierna mano le acarició la mejilla en un movimiento corto, pero lleno de una dulzura devota.
—Mi padre, el Soberano Grishu, murió sofocado por las llamas de los invasores para después ser descuartizado en pedazos en una emboscada, justo cuando regresaba de haber pedido ayuda a los otros Soberanos. Le dijo a mi madre y a los demás que Oush y Thud le dijeron que el resto de las zonas de la tierra estaban bajo ataque y cada quien debía defenderse por su cuenta, fue un homicidio en masa indirecto.
Neuvillette sintió su estómago retorcerse por la sola mención de esos dos nombres, uno de ellos estaba prófugo y el segundo lo más probable era que estaba bajo vigilancia o solo fue desplazado de su Trono. No había justicia en eso, ni la habría mientras ellos siguieran vivos.
—El siguiente fue mi hermano mayor, Storar, cayó en una trampa de los invasores. Ellos usaron a las crías de dragón de Hielo capturadas para atraer a los más viejos y jóvenes, para después ahogarlos en fuego mágico. Él dio pelea, hasta que una flecha ígnea impactó dentro de su hocico incinerándolo por dentro.
La rabia en el estómago del leviatán se volvió nausea, la idea de ser quemado desde dentro hacia fuera no era una muerte pacifica, sentir tus órganos quemándose sin poder apagar el fuego. Un dolor inmenso antes de morir exhausto por la lucha de tu cuerpo intentando mantenerse con vida.
—En penúltimo mi madre, protegió hasta el final a mi última hermana mayor al quedar atrapadas en una madriguera, justo cuando los invasores y dragones estaban extinguiéndose los unos a los otros. Aceptó su final, luchó, pero sabía que ya no iba a salir de ahí. Su aliento final fue un rugido ensordecedor antes de ser callada de golpe por una de esas lanzas de metal, dejando a Snjóblóm a manos de ellos.
Kalaham no podía seguir acostado, con el cuidado de no dejar caer a su esposo en la madera lo ayudó a levantarse hasta quedar sentados los dos, lo movió como si Neuvillette no pesara nada poniéndolo entre sus piernas para abrazarlo. Necesitaba sentir que su leviatán, su compañero de vida, estaba seguro en sus brazos y no le arrebatarían su futuro como le hicieron a los de su especie.
—Snjóblóm no supe cómo murió exactamente, la tierra ya estaba lastimada por el fuego y las cenizas de la madera con la carne quemada de los dragones, solo vi que estaba siendo usada como cebo para los dragones restantes que estaban en pie.
Neuvillette replegó sus piernas hacia su pecho tomando en sus manos las de su marido, el abrazo se volvió protector, un pequeño lugar de los dos sobre el muelle donde no había nada ni nadie capaz de lastimarlos. Kalaham enterró su cara en el cabello del otro, repartiendo besos cada dos segundos hasta sentir el ritmo calmado de su esposo, calmando el suyo también para respirar profundo y despejar sus pensamientos.
—Era demasiado doloroso en su momento para alguien que apenas se atrevía a pisar el pasado de esa tierra con cicatrices, te habrías asustado.
El resoplo divertido del wyvern le sacó una sonrisa serena al leviatán, echando su cabeza atrás miró de reojo al hombre de casi dos metros le depositó un beso en su pómulo.
—No creo, solo te habría comprendido más, aunque…
—Aunque.
—Aunque— Neuvillette hizo un leve movimiento de cabeza a un lado— Saberlo no me habría asustado en ese momento, no cambiaría nada de lo que dije ni hice. Tu pasado te hace quien eres y quien serás, y yo amo cada versión de ti, no importa cuál sea— se removió un poco sin salir de esos brazos protectores tan cálidos ahora con clara familiaridad— Sigues siendo mi Kalaham, mi nieve de otoño.
El colosal hombre de piel canela abrazó con fuerza medida al hombre de cabello albino de algunos mechones azules, un grito divertido salió de la boca de Neuvillette cuando una lluvia de besos inocentes llenó su rostro. Dando patadas inofensivas al aire los dos terminaron acostados de nuevo sobre la madera, las risas rompieron el silencio nocturno de forma tan cuidadosa como una hoja cayendo al agua, las ondas se disolvieron dejando solo dos pares de iris viéndose con cariño absoluto. Las puntas de los dedos delgados de la mano del Juez subieron hasta la mejilla del hombre de cabello azulado azabache, trazaron esos rasgos masculinos hasta delinear sus labios.
Con un sonrojo enorme, Neuvillette retiró la mano mirando a un lado como si su marido no estuviera enredado con sus extremidades y encima suyo, Kalaham resopló burlón. Su pulgar e índice tomaron la barbilla del leviatán haciéndolo mirar de nuevo a sus ojos, cortando la distancia sin titubeos, quedaron a centímetros el uno del otro.
Neuvillette tragó saliva entre ansioso y expectante por la sensación de labios ajenos sobre los suyos, solo porque esos labios serían de su marido, pero abrió los ojos parpadeando un poco al ver movimiento nulo.
—¿Kalaham?
—… Si quiero besarte, pero no sé cómo, ya sé que nos besamos cuando firmamos el papel de matrimonio, pero fue un beso torpe y esta vez quiero que sea… especial.
Los dos abrieron la boca para responderse, solo se miraron de los ojos a los labios y viceversa. El sonrojo atacó las mejillas de ambos antes de mirar a otro lado, regresaron a verse cuando sus frentes se tocaron.
—Ehm, supongo es solo juntar los labios… y mantener el contacto así ¿No?
—Sí, eso se hace ¿No? Solo he visto a los humanos hacerlo y en las kinografias… ¡Ah! También mueven los labios mientras… se besan.
Neuvillette no pudo más con la vergüenza girando de nuevo su cabeza a otro lado con un grito ahogado de pena, dio patadas a la madera antes de reírse como loco por los crecientes nervios. Un beso mariposa cayó sobre la oreja roja del Juez, Kalaham sonrió cariñoso con devoción al ver a su esposo dando una afirmación.
—¿Lo intentamos? Si sale mal no vamos a reírnos, bueno tal vez sí solo entre nosotros.
—Sí, sí, esto no sale de esta casa.
—Bien. Hagámoslo.
La pareja de esposos respiró profundo al mismo tiempo, los ojos entrecerrados se cerraron por completo cuando las respiraciones se mezclaron. Primero fue el roce casto, la sensación de la suavidad de unos labios tímidos se encontraron con firmeza unos labios decididos a dar el paso, se quedaron tan estáticos cuando se tocaron que sonrieron comenzando a reírse.
Kalaham tuvo una vaga idea de cómo mejorar la situación, siguiendo el comentario de su esposo movió sus labios de forma lenta y sutil abriéndolos un poco. Neuvillette respingó de sorpresa por la nueva sensación de intimidad, su cerebro le pidió parar en ese instante, pero le hizo caso a su alma de continuar. Imitó los movimientos de su marido encontrando una nueva forma de entrega, eran principiantes en eso, así que solo siguieron hasta sentir la falta de aire.
Fallaron un poco en el romanticismo al separarse de golpe como si los estuvieran ahogando, se dieron esa mirada brillosa el uno al otro hasta reír por quien sabe cuánta vez en esos cinco minutos. Neuvillette rodeó los hombros de su marido dándole más besos en los labios, no tan profundos como al primero, eran solo toques rápidos un poco sonoros de forma tierna.
—Oye… no… ¡Ya! — Kalaham se rió de nuevo entrecerrando los ojos cuando sintió más lluvia de besos en su rostro, no solo en sus labios— Neuv… ¿Es venganza por lo de esta mañana?
—Sí, salí tarde por culpa tuya— Neuvillette detuvo su ataque solo para sonreírle juguetón a su marido— Y porque tú eres el que inicia esos ataques, es mi turno.
Los dos se quedaron sobre el muelle viendo quien lograba darle más besos en el rostro al otro, hasta que Neuvillette se levantó de prisa corriendo al interior de la casa dando un giro en el camino para reírse cuando Kalaham casi se cayó por culpa de una silla de jardín, gritó al ver la mirada decisiva en su marido regresando a su huida. Con ese hombre los días del Juez se llenarían de más risas y juegos.
Y tal vez algún día, compartirían esos juegos, sonrisas y amor con una pequeña alma que fuera la mezcla de ambos.