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Haul solo había vista la ciudad por las noches en esos dos días tomándole fotos desde el balcón de la habitación, verla en persona pasando por sus calles con caminos de cemento donde esas cajas metálicas cruzaban hacia ambas direcciones en un mismo camino era distinto, abrió los ojos tan grandes que sus chipidos fue el ruido constante en los oídos de Leona. No era una queja, era algo especial que ya estaba comenzando a gustarle al león escuchar, como una canción de cuna ayudándole a estar desestresado en esa ciudad que tanta irritación le daba de solo verla. Por esa vez, sentir la mano de Haul tomada de su brazo doblado era más importante a estar pensando de forma constante en el desperdicio de los recursos sin aprovechar para crecer la ciudad. Haul hizo un respingo al señalar a lo lejos una plaza diferente a la de la glorieta, en ella había varias personas comprando dulces y jugando con unas cositas voladoras que recogían y las lanzaban. Sin darle tiempo de aceptar o renegar, jaló a Leona del brazo casi siendo atropellados por un moto-taxi que decidió no hacer caso a las señales del semáforo. El aviario graznó por la impresión de ver tan cerca uno de esos vehículos mientras el león gritaba de insultos al que conducía, ya pasados la impresión y el enojo cruzaron la calle. No era algo que una persona responsable fuera a hacer, pero igual a los niños pequeños, Leona soltó la mano de Haul apreciando la figura del chico que corría a un puesto de dulces pidiendo permiso de pasar de forma tan educada sin invadir el especio de las otras personas. Solo lo dejo sin supervisión por cinco minutos, o menos, cuando Haul regresó con una bolsa enorme de baobab caramelizado y esa sonrisa infantil de oreja a oreja. Leona rodó los ojos sin exasperación real, la risa dio ese toque para hacer brillar los ojos celestes. El león tomó un puñado de los dulces disfrutando del sabor tan único que tanto disfrutó en su niñez y era su predilecto ahora de mayor. Negó con la cabeza sacándole más risas de confusión al aviario, los dos se dieron una mirada acompañada de una sonrisa de soslayo, era la mejor sensación. Mierda. Leona soltó la carcajada después de pasar un pedazo de baobab chupándose los dedos, ofreció el brazo a Haul caminando los dos por nueva cuenta, hombro con hombro. —Eres un peligro tu solo, a la próxima cuando me distraiga vas a comprar todo un puesto. —Esto fue una compra impulsiva, se veían deliciosos y lo son, aunque pican un poco— Haul se lamió su dedo índice sonriendo— De todas formas, sabe muy bueno ¿Qué es? —Baobab caramelizado con especias, es un sabor singular y no a todos les gusta, me alegra que a ti te agrade. —¿Le podemos llevar de estos dulces a los demás cuando se acaben las vacaciones de invierno? —No le veo problema. Haul dio una pequeña celebración inocente comiendo más del baobab, el chipido fue más fuerte cuando abrió la boca para comer otro pedazo de dulce, Leona peinó el cabello del aviario por puro impulso al sentirse enternecido. Siguieron caminando por las calles, mostrándole algunos negocios todavía abiertos a Haul, el león comía entre palabras señalando un restaurante allá, una tienda de deportes acá. A lo lejos una central de autobuses, y en la calle de la izquierda negocios humildes de libros y ropa artesanal, el aviario sacó su cámara del bolsillo de la chamarra prestada tomándole fotos a cada cosa en su camino. Leona observó paciente hasta que el chico de ojos celestes le pidió posar en una, entre quejas risueñas los dos se acomodaron debajo de un umbral. Las primeras fotos fueron Leona con su cara seria sin tanta emoción, pero no del todo hastiado, solo sereno. Haul sonreía en cada una de diferente forma mostrando mayormente su felicidad de estar en una ciudad nueva, y esa ciudad era increíble a los ojos del inexperto aventurero. Solo para la última, Leona sonrió un poco poniendo su mejilla sobre la cabeza de Haul, una inocente foto sentados en una banca en el parque del centro de la ciudad. Compraron comida para llevar en forma de celebrar la primera salida a la ciudad, regresaron a pasos calmados cuando las tiendas cerraron de una en una después de las diez de la noche. Igual a niños haciendo travesuras en plena noche, subieron a pasos rápidos de dos en dos los escalones de la entrada guardándose las risas. Se detuvieron de golpe dando un tropiezo en la esquina de un pasillo al ver a otros huéspedes entrando a sus habitaciones, fue solo por el impulso de Haul de seguir con el aire inocente de niños callándose el uno al otro con pequeños “ssh”. Corrieron a su habitación entrando entre tumbos hasta ver la puerta abrirse, al cerrarla se apoyaron en esa puerta viéndose, ojos con ojos. El brillo en ambos fue sincero de dos corazones que después de mucho tiempo habían sido solo dos chicos disfrutando de su día fingiendo no ser adolescentes responsables, estallaron en risas quitándose de la superficie plana. —No puedo creerlo ¿Acabo de actuar como niño de cinco años escondiéndome de todos? Eres una mala influencia para mí, aléjate unos cuantos metros. —¡¿Yo?! ¿Quién fue el que de repente dijo a mitad del camino…? — Haul apoyó la bolsa con la cena en la isla de la cocina antes de alzar la barbilla imitando a Leona— “¿Fingimos que estamos escapándonos de la escuela en lo que llegamos a la habitación de hotel?” y fue mala idea decirte “Sí”. —¡Y te gustó hacerlo! Si no me habrías regañado cuando llegamos, pero no lo hiciste, ahora disfruta la comida. Leona le enseñó la lengua riéndose en el proceso al destapar uno de los toppers de comida para llevar de aquel restaurante, puso en el plato de Haul un pedazo de cordero salteado para darle a probar un poco. El aviario frunció el ceño tomando ese bocado de cordero en movimientos lentos de mandíbula, alzó las cejas mirando el plato del león. Lo pensó un poco, solo un poco. Jaló el topper de Leona cambiándole el plato de carne tierna por las verduras en especias y pimienta, el león gruñó sin amenaza real bajando las orejas con los colmillos fuera. Haul se rió levantándose de golpe igual a un resorte, agarrando firmemente el platillo en sus manos comiendo más rápido el cordero salteado, gritó de pánico fingido al ver la figura de Leona levantándose de su asiento de la isla de la cocina. —¡Eso es mío! Dámelo de regreso, pájaro ¡Dámelo! —¡NO! Sabe muy bueno, no había probado el cordero antes por la comida tan limitante en el Árbol Sagrado ¡Lo más cercano era conejo! Esto sabe muy bueno, ahora es mío, tu comete las verduras salteadas. —¡No me gustan las verduras! Soy un hombre bestia león ¡LE.ÓN! yo no como verduras, lo mío es la carne— Leona correteó al aviario dando vueltas alrededor de la isla entre risas traicioneras por la emoción de la caza fingida— ¡No te atrevas a acabarte ese filete! Leona sintió como su corazón se llenaba de alegría de una nueva forma, sin saber cómo explicarlo se sentía igual a un niño de cinco años similar a su sobrino, pero de una forma no tan molesta a un mocoso de esa edad. Estar con Haul le daba un aire nuevo, risas más sinceras, sonrisas duraderas y ese sentimiento de culpa ya no lo atormentaba por las noches al pensar en ser algo más con el aviario. Poco a poco conforme bajaba la euforia del momento de calidez compartida, se prepararon para dormir después de un día movido entre ir a visitar tiendas, buscar lugares donde tomar fotografías y comprarle unas cosas pequeñas al aviario. Leona se acostó primero en la cama esperando con los ojos abiertos a ver la figura nívea del chico de ojos celestes acostándose de igual manera a la izquierda del colchón, era espaciosa la cama para darle comodidad a dos personas. De todas formas, el león se movió rodando en la cama hasta quedar acostado de perfil con su codo apoyado en la almohada y su mejilla en su puño. Haul miró de reojo a Leona esperando algún comentario burlón o hasta uno de esos comentarios altaneros sin malicia, el león dirigió sus orejas hacia él dando latigazos con su cola. —¿…Qué me vas a hacer? —Nada, bueno no aún, más bien esperar a ver si captas mis ondas telepáticas de petición personal. —Leona, soy un Aviario, no un Adivino. Dímelo directamente, estamos solo los dos en esta inmensa habitación. —Le quitas lo divertido a la vida— Leona estampó su cara en la almohada viendo de soslayo al otro en un berrinche tan impropio del mismo león, de verdad estaba siendo caprichoso— Adivina. —Quieres un abrazo. —Es algo así, sigue. —Un abrazo… ¿Para dormir? —Ese cordero debió ser un cordero milagroso y te dio los dotes de adivinación, acertaste— Leona se movió sin esperar más permiso, adoptó esa pose de encimarse la mitad en el pobre chico— Ahora, pajarito de almohada humana, buenas noches. —Leona, no es propio— Haul sonrió poniendo su mano en la cabeza del león peinándole el cabello rebelde— Si te vas a acostar en mí, entonces acuéstate encima completamente ¿No? Ni modo de huir. —¡Bien dicho, pajarito! Con tu permiso… Leona se removió poniendo sus manos a los costados de la cabeza del aviario, sonrió de esa forma arrogante que tanto extrañaba el chico ave en el rostro de ese príncipe. Haul suspiró resignado abriendo los brazos antes de dar un graznido ahogado por el repentino peso en su pecho, no era solo músculo para quedar bien, era músculo real que pesaba más de lo esperado. Leona se acomodó mejor bajando un poco para usar el hombro del aviario como almohada, el golpe de ese aroma tan adictivo de frambuesa floral fue como un puñetazo cargado de somnolencia. Apenas cerró los ojos, el león se quedó dormido. Haul parpadeó varias veces buscando algo para quitar parte del peso del cuerpo leonino, al no verlo solo frunció el ceño resignado, acomodándose lo mejor posible. —Si mañana no me despierto… significa que habré muerto de asfixia por un gato enorme encima de mí. Haul abrazó en titubeos el cuerpo del dueño de los ojos esmeraldas dándole esas palmadas tímidas en la espalda, cerró los ojos sin esperar estar cómodo al inicio. Para su sorpresa tardó unos míseros tres minutos en quedar dormido.✴︎—♛—✴︎
—Haul arriba… Haul… Pajarito. Abrió los ojos con tanta lentitud recordando en donde estaba y porque sentía que un camión había pasado por encima suyo en la noche, respiró hondo llenando sus pulmones de aire cuando vio la cara de esos iris esmeraldas frunciendo el ceño impaciente. El aviario se removió alejándose del rostro contrario hundiendo su cabeza un poco más en la almohada, extendió su mano en cámara lenta hasta empujar el rostro ajeno tapando parcialmente la cara del león con su palma completa. —Muy cerca… ¿Qué pasó? La voz adormilada en tono rasposo fue como aquella vez cuando el león fue a pedir una almohada, Leona relajó las expresiones faciales dejando sus orejas en una pose neutra. Se removió un poco quitando esa mano de su cara, por un segundo pensó en morderle uno de esos dedos largos del aviario solo por puro juego. Se sentó a la orilla de la cama con dos botes en sus manos, sacudió de lado a lado uno con líquido de color anaranjado. Haul frunció el ceño sentándose con esa cara compungida de ojos entrecerrados desorientados, resopló dormido tallándose una mejilla usando el dorso de su mano. Extendió esa misma mano al bote viéndolo de cerca. —Es sábado ¿Creíste que iba a dejar que perdieras tu costumbre de tomar jugo los fines de semana? —Eso es una costumbre que tengo con Jack… —Pon atención— Leona pellizcó la nariz del ave escuchando gorgoteos en queja— Me importa un pepino si es una costumbre que tengas con Jack o con otro, aquí me importa que sigas tomando naranja por lo de tu condición genética. Si algo te pasa, aparte de darme un infarto, de seguro esa maldita hiena me lo va a reclamar al regresar. —No tengo mi cerebro tan despierto para discutir contigo a estas horas… —Son las nueve de la mañana, Haul. —Dije que no puedo…— el aviario hizo un corto puchero antes de tomarle un sorbo al jugo— Sabe bueno… solo por eso no voy a golpearte. —Iré a pedir el desayuno, no te vayas a ningún lado. Haul manoteó al aire viendo a otro lado con el popote del jugo pegado a sus labios de esa forma tonta adorable a los iris esmeraldas, Leona le revolvió el cabello de forma suave antes de peinarlo hacia atrás, disfrutando de la vista de ese chico adormilado tomando jugo de naranja con zanahoria. Leona sorbió de su propio jugo al levantarse de la cama, lanzó unas cuantas miradas por encima del hombro al chico de ojos celestes, iba a estar bien.✴︎—♛—✴︎
La idea de pasar tiempo juntos fue una locura en el momento en que Leona lo pensó estando en Savanaclaw a pocos días de salir de vacaciones, pero al notar como el aviario estaba dispuesto a quedarse en el Dormitorio tratando de cualquier medio de no regresar a su casa para sentir esa libertad, no lo dudó. Era estúpido proponerlo como si nada cuando no tenía razón ni propósito de acercarse al chico, odiaba darle las gracias a Ruggie por ser un bastardo y casi gritarlo a los cuatro vientos aquel día, aunque si no hubiera sido por eso no estarían ahí los dos ahora. Tener a Haul de compañía era divertido más de lo esperado, sus caras de recién levantado o los ruiditos de ave al estar feliz comiendo algo o una bebida típica de Sunset Savanna, la forma tan delicada de cuidar sus cosas sin molestar a otras personas del servicio diciendo “yo puedo, no se preocupe”. Era un poco de molestia mezclada con asombro de parte de Leona, asombro de ver como aun teniendo las cosas a la mano para dejarle la responsabilidad a otras personas, Haul seguía con su modestia y humildad ayudando en lo posible. ¿El enojo? Era porque eso era una costumbre adoptada por la falta de trato, por un trauma silencioso de no ser merecedor de atención o ser servido como un príncipe. El león era odiado, pero por el título seguían dándole la atención de uno a regañadientes quizá, el aviario ni su título tenía peso para ser tratado como uno a ojos de los de su raza. Leona se quedó viendo al firmamento nocturno repasando esas emociones en su pecho, sus orejas se sacudieron del coraje atorado en su cuerpo. Resopló viendo a otro lado, el ruido de los pasos tranquilos le abrió los ojos, chocando con la mirada celeste. Haul sonrió sereno sentándose a su lado en el fuerte de cojines y sabanas cerca de la puerta del balcón, con esa familiaridad ya instalada entre ambos después de una semana y media de tratarse aquí y allá. Leona agarró el bowl de palomitas con mantequilla moviéndolo a un lado para acercárselo al ave, chocaron los hombros al encontrarse dejando sus miradas en el cielo nocturno. El león miró de soslayo al chico de piel nívea. —Entonces ¿Qué dices que vamos a hacer? —Ah, sí, espera— Haul se estiró a un lado agarrando el pequeño libro que se compró el día de ayer, lo abrió entre risitas— Según esto, hay una sección de preguntas para pasar el rato y quería intentarlo. —¿Cuándo compraste eso? —Justo cuando dejaste de supervisarme en la librería, lo escondí en la cesta y cuando te mandé a ver las bolsas artesanales lo pagué. —Eres un caso imposible, pajarito. Leona resopló divertido de esa forma suave que tenía en esos días, se inclinó pegando su mejilla con el hombro del otro dejando verse un poco manso. Haul rió dando una rápida caricia en la mejilla del león antes de abrir el libro, apoyó su mejilla en la cabeza ajena aplastando una de las orejas leoninas. —Ahora, yo voy a decir cinco preguntas y tú las contestas, después tú dices cinco diferentes y yo las contesto ¿Entendido? —No tengo forma de negarme, si lo hago me vas a dar un manotazo, así que adelante. Cuestióname lo que quieras. —Lo dices como si te estuviera forzando a comer verduras en tiempo de hambruna. —No, eso ya sucedió hace unos días, y me seguiré quejando hasta el fin de mi vida. Haul enterró su nariz en la cabeza de ese león quejoso entre risas ruidosas, cerró los ojos al notar que parcialmente su rostro quedó apoyado contra la oreja del león. Dejó un beso de mariposa sintiendo ese sonrojo en sus mejillas al final, Leona se quejó llevando su mano a su oreja sin quitarse de esa pose, alzó su cabeza viendo con los ojos entrecerrados al aviario. Se observaron sin medir el tiempo, era cierto, a ese chico de mirada tan dulce le quedaba mejor la luz de luna. Leona no notó cuando empezó a hacer ruidos similares a ronroneos hasta que Haul abrió los ojos viéndolo estupefacto.