Beso
El cumpleaños de Franky se estaba celebrando por todo lo alto en el Sunny. Cualquier excusa era buena para montar una fiesta, pero aquella estaba fuera de control desde hacía rato. Nami permanecía sentada a su lado, bebiendo, comiendo y riendo con las bobadas de Luffy y Usopp. Últimamente era habitual que en vez de la compañía de Robin, Chopper o Luffy buscase la suya. Sanji no estaba seguro de en qué momento empezó aquel cambio, aunque sí que fue más notorio después de lo de su boda concertada con Charlotte Pudding. No se quejaba, disfrutaba de tenerla a su lado y de su conversación, pero sí que se preguntaba si aquella cercanía tenía algún significado especial. Sanji estaba enamorado de ella, enamorado de verdad, y ella lo sabía más que de sobras. Precisamente por saberlo había empezado a ser más suave en sus rechazos. Pero... estaba tan cerca suyo siempre que, Sanji, empezaba a preguntarse si Nami le correspondía. Bien entrada la madrugada Nami y él eran los únicos que seguían en cubierta, todos dormían excepto Ussop y Chopper que estaban de vigilancia nocturna. Nami le explicaba una anécdota de cuando era niña, arrastrando ligeramente las palabras a causa del alcohol. Él disfrutaba de aquella confianza que demostraba tenerle porque Nami no era dada a hablar de aquel periodo de tiempo con nadie. Se sintió importante y especial. —Es tardísimo —musitó ella de repente mirando la luna. —Llevamos horas aquí hablando —añadió él. Podría pasarse el resto de la vida en cubierta escuchándola. Nami se puso en pie y se ajustó la falda que se le había subido. Él la observó, tan hermosa que dolía. Lo daría todo por ella. La amaba. Nami se inclinó y le besó en los labios. Al apartarse le sonrió. —Buenas noches, Sanji-kun. —Bu-buenas noches. No preguntó ni la siguió. Se quedó allí paralizado preguntándose a qué había venido aquel beso, si era a causa del alcohol o si, realmente, Nami correspondía sus sentimientos. Encendió un cigarrillo, dejó escapar el humo despacio con una sonrisa boba estampada en los labios. Nami le había besado. Su amada Nami le había besado en los labios. Nami cerró apresurada la puerta del camarote, que compartía con Robin, y se recargó contra ella. La cama de su compañera estaba vacía, sonrió al pensar en que estaría con Franky celebrando el cumpleaños en privado. Se dejó caer en la cama y suspiró. Había besado a Sanji y él le había devuelto el beso sin tocarla ni hacer nada por retenerla a su lado al apartarse. Había sido un beso increíble, aunque demasiado corto. Sabía lo que Sanji sentía por ella, no era idiota ni estaba ciega, desde el primer momento le había declarado su amor a cada oportunidad que se le presentaba. Después la cagaba al babear detrás de otra, la sacaba de sus casillas. Era como si no se tomase nada en serio y eso le daba miedo. Al principio para ella sólo había sido alguien que le prestaba atención y de quien podía sacar provecho. También un amigo, alguien que la protegía y mimaba. Por supuesto, era guapo y atractivo, además tenía aquel fantástico trasero que solía distraerla porque, en fin, ella no era de piedra. Le había atraído desde el principio, sólo algo físico, pero eso había cambiado. Si alguien le preguntase en qué momento su percepción sobre Sanji había cambiado no sabría qué contestar. Creía que el primer momento de apreciación se dio en Skypiea, cuando se enfrentó a Enel para que Usopp y ella pudieran escapar, tuvo un miedo atroz a que pudiera morir tras el impacto de aquel rayo. Sí, estaba bastante segura de que fue entonces cuando se dio cuenta de lo importante que era para ella, sin embargo, estaba segura de que sus sentimientos por él no traspasaban la frontera de la amistad. No obstante, sabía seguro que la primera vez en que había notado que había algo más fue durante los dos años que estuvieron separados. Echaba de menos a sus nakama, era un hecho y no trataba de ocultarlo. ¿Cómo podría no echarles de menos? Un día, estirada en la cama, pensó en él y en lo mucho que le gustaría tenerle a su lado para contarle cualquier estupidez y disfrutar de su compañía. No era la evidencia de un amor romántico, aunque sí una leve fisura en aquella frontera amistosa que se tambaleó al volver a verle. Se mantuvo distante deseando ahogar aquellos incipientes sentimientos por él. Le daba miedo, lo admitía, le asustaba enamorarse de él porque era un maldito mujeriego y lo último que quería Nami era provocar mal ambiente a bordo. Y, al final, tras tanto resistirse a corresponderle se había encontrado a sí misma fantaseando con tener una vida a su lado. Se había enamorado y le molestaba que hubiera pasado, Sanji nunca dejaría de ser un mujeriego y eso les empujaría al fracaso. Resignada ante su propia estupidez cerró los ojos y trató de dormir unas horas. El Sunny permanecía en calma, pero los rayos del sol colándose por la ventana del camarote la avisaron de que ya había amanecido. Medio dormida se incorporó en la cama y miró la de Robin que continuaba vacía. —Parece que alguien se ha estado divirtiendo toda la noche —susurró. Se levantó y cambió el vestido que había llevado a la fiesta por ropa más cómoda. Su determinación para salir a cubierta se resquebrajó ante la posibilidad de que Sanji mencionase el beso. «Maldita sea, fue una pésima idea» pensó. No podía esconderse para siempre en el dormitorio, lo sabía. Tarde o temprano aparecería alguien preocupado por su ausencia y la arrastraría afuera. Giró el pomo y abrió, era mejor enfrentarse a su destino por voluntad propia. Le sorprendió no encontrar a nadie en cubierta, el Sunny parecía un barco fantasma y, si no fuera por el delicioso aroma de comida que escapaba de la cocina, habría corrido a esconderse. Nami bajó las escaleras y entró en la cocina dispuesta a fingir que no recordaba nada si él mencionaba el beso. Sanji la miró como si nada hubiese pasado y le dejó un plato sobre la mesa. —Bon appétite, Nami-san. —Gracias —susurró y miró a su alrededor cuando Sanji se sentó a su lado—. ¿Dónde están los demás? —Siguen durmiendo. ¿Y Robin? No había regresado al dormitorio en toda la noche, imaginaba que el sueño les habría atrapado en el taller. No pensaba delatarla. —Aún duerme. —¿No te duele la cabeza? Parpadeó confundida, no había bebido tanto, aunque eso él no lo sabía y, además, había fingido arrastrar las palabras para que pareciera más real. —No, estoy bien. Desayunaron en silencio. El silencio era inusual en el Sunny, tanto como poder desayunar a solas y sin tener que proteger la comida del hambre voraz de Luffy. Nami empezó a sentirse incómoda, hasta el punto de desear que Sanji mencionase el beso para romper el maldito silencio. Su nakama no lo hizo y ella tuvo que resignarse a seguir así. No hubo ningún comentario extraño y con la llegada de Robin y Franky el tiempo a solas llegó a su fin. Nami determinó que lo mejor que podría haberle pasado era que él no mencionase el maldito y maravilloso beso. Y así fueron pasando los días en el Sunny. Todo parecía normal, aunque no lo era. Cada vez que se quedaban a solas el silencio se instalaba entre ellos como una losa. Nami le observó molesta desde la otra punta de la cubierta. Una semana era tiempo más que suficiente como para que el tema se olvidase o él se pronunciase sobre el maldito beso, pero Sanji no había dicho nada ni parecía tener intención de hacerlo. Empezaba a pensar que tanto gritar a los cuatro vientos que la quería era mentira, que en realidad no le importaba más de lo que le importaba cualquier otra a aquel idiota. Había sido una estúpida por plantearse por un sólo segundo que, tal vez, podría construir algo a su lado y sortear los obstáculos. Le siguió con la mirada cuando se adentró en el almacén, se puso en pie decidida y caminó en la misma dirección. Nadie aparte de Robin le prestó atención, aunque de haberlo hecho tampoco le habrían preguntado nada. Cruzó la puerta entreabierta y la cerró con más brusquedad de la que pretendía. Sanji soltó un bufido molesto que lanzó el humo de su cigarrillo en todas direcciones. —No voy a darte nada de comer, Luffy. Tendrás que esperar como los demás. —No soy Luffy y no vengo a robar comida. Sanji apagó el cigarrillo en el cenicero, se giró y la miró sorprendido. Su expresión cambió a una más amable. —¿Tienes hambre? Puedo preparar algo especial para ti. Deseó golpearle con lo primero que encontrasen sus manos. No lo hizo. Fue su turno de soltar un bufido. Estaba molesta, seguramente por ese motivo no se había preparado antes de seguirle, no había pensado en cómo abordar el tema y tampoco tenía preparado un método de huida y supervivencia si Sanji la rechazaba. —¿Estás bien? —le preguntó sin moverse del lugar. —No —soltó ella. Pese al miedo recortó la distancia con él, dispuesta a improvisar si era necesario o huir a nado hasta Cocoyashi si el ridículo alcanzaba un nivel insoportable. Se puso de puntillas y le besó en los labios las manos de Sanji se posaron en su cintura. Le correspondió de la misma manera que lo había hecho una semana atrás, con la diferencia de que sus manos esta vez sí la tocaban. La estrechó con fuerza y profundizó el beso robándole un suspiro. El miedo al rechazo empezó a perder fuerza cuando los dedos de Sanji se enredaron entre sus cabellos y jadeó en su boca. Sólo era un maldito beso y sentía que le ardía la piel. Sanji se separó de sus labios, pero no dejó de abrazarla. —Eres un idiota —espetó. Su voz sonó ronca y jadeante—. Un completo idiota. —Soy lo que tú quieras, amada mía. —Su reacción habitual habría sido la de golpearle, sin embargo, rió—. ¿Significa esto que me quieres? —Esperaba que dijeras algo sobre lo de la otra noche —contestó cambiando de tema. —¿Te refieres a cuando te abalanzaste sobre mí para besarme e intentaste quitarme la ropa? ¿O a cuándo quisiste que durmiera contigo? El ceño de Nami se frunció, le golpeó con la palma de la mano en el centro del pecho, pero no trató de apartarle. —Ya te gustaría que hubiese pasado eso. Sólo te besé. —Ah, ¿lo recuerdas? —inquirió divertido. Nami tenía razón le habría encantado, pero no la habría seguido estando ebria—. Creía que habías bebido demasiado, incluso arrastrabas las palabras. Estaba jugando con ella y tal vez se lo merecía un poco. —Sabes que nunca bebo tanto como para perder el control de la situación. —Era algo que había aprendido por las malas trabajando para Arlong, así que siempre se aseguraba de poder defenderse o huir si era necesario—. Ni siquiera en el Sunny por más que confíe en vosotros. —Esperaba que fueses tú quien lo mencionase o decidiera no volver a hablar de ello —admitió—. Creía que preferías olvidarlo. Te he dado espacio para que pudieras hacerlo. No estaba segura de si quería agradecérselo o golpearle por ello. Aunque agradecía que se estuviera comportando como el adulto que era en vez de como el idiota que la exasperaba. —Pero no has contestado a mi pregunta. —¿Qué pregunta? —¿Significa esto que me quieres? —Un poco —susurró. —Te amo, Nami-san. Sanji cerró de nuevo la distancia con sus labios. Un poco era más que suficiente para él.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Un poco de confesiones sentimentales a medias para hoy. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.