ID de la obra: 1067

Mandarinas y cigarrillos

Het
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Emparejamientos y personajes:
Tamaño:
planificada Maxi, escritos 34 páginas, 12.947 palabras, 8 capítulos
Descripción:
Publicando en otros sitios web:
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Ropa compartida

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One Piece y sus personajes son propiedad de Eiichiro Oda y Shueisha.

Ropa compartida

Jinbe aún se sentía un extraño a bordo del Sunny. El problema no era tripulación, ellos le habían acogido con los brazos abiertos y le trataban con amabilidad; el problema estaba en él y sus remordimientos por lo de Arlong y Nami. Tal vez un poco también en sus costumbres, claro que sabía que a eso acabaría acostumbrándose con el paso del tiempo. Una de las cosas que más llamaba su atención era el fervor con el que Sanji trataba a Nami. En su modo de tratarla y cuidarla se apreciaba una adoración sincera que contrastaba con las formas a menudo evasivas de ella. Jinbe no acababa de comprender qué ocurría entre aquel par y no pensaba preguntar. El resto parecía comprender su dinámica y ver detalles que él no. En realidad, tampoco era asunto suyo. Su relación no afectaba en nada a la convivencia ni al funcionamiento de la tripulación, así que podían hacer lo que quisieran. Ya eran dos adultos y ambos eran inteligentes. Jinbe se adentró hambriento en la cocina con la idea de tomar un desayuno ligero antes de entrenar. Se sorprendió al encontrarse con sólo dos personas: Robin y Sanji. Desde que estaba a bordo, exceptuando los turnos de guardia nocturna, Robin y Nami, eran las primeras en sentarse a desayunar y Sanji siempre estaba a la mesa con ellas. Sin embargo, Robin comía en silencio mientras Sanji cocinaba con aire ausente. Jinbe tomó asiento e intercambió algunas palabras con la arqueóloga, aceptó el desayuno y se sumió en el silencio. —Buenos días. —¡Ah, Nami-swaaan! Los ojos se Jinbe se fijaron en la muchacha que cruzaba la puerta con una sonrisa en los labios y que era conducida con delicadeza hasta su silla por un hombre que la miraba con amor y devoción absolutos. Robin soltó una risita mientras Jinbe la analizaba. Había algo en ella que desentonaba, aunque no era capaz de averiguar el qué. El pelo le caía en ondas salvajes, aún húmedo, olía a mandarinas e iba bien vestida, aunque bastante más tapada de lo habitual. Y entonces lo vio. Una semana atrás Sanji se había puesto una elegante camisa. No era inusual ni sorprendente, ya que el cocinero era uno de los que mejor vestían de la tripulación. Lo que llamó su atención fue el tono azul del tejido y que le recordó a la tonalidad del mar en su rincón favorito del mundo. Le costó dejar de mirar aquella tela, algo que seguramente les habría parecido raro a los demás. Al día siguiente la vio secándose al sol y después la camisa azul desapareció de su vista como un espejismo. Se había olvidado de ella hasta ese preciso momento. Ahora era Nami quien la llevaba puesta, era evidente que ni era suya ni era de su talla, aunque no le quedaba mal. —¿Qué ocurre, Jinbe? ¿Por qué me miras así? El tritón dudó. —Porque estás preciosa esta mañana —respondió Sanji dejándole el desayuno sobre la mesa y sentándose a su lado—. Espero que te guste, lo he preparado con todo mi amor para ti. Ella rió y pellizcó la mejilla de Sanji con delicadeza. No, Jinbe no entendía muy bien cómo funcionaba la relación entre cocinero y navegante. Le desconcertaban. —Dime, Jinbe —insistió Nami—. ¿Qué ocurre? —No es nada. No sabía que a los humanos os gustase compartir la ropa. Robin rió, no fue una de sus risitas discretas. Jinbe temió haber dicho alguna estupidez. —No siempre, depende de con quién —afirmó Robin. Nami se sintió confundida hasta que cayó en la cuenta de que llevaba puesta una de las camisas de Sanji. Era algo tan normal y habitual para ella que no le parecía nada destacable. Se dispuso a contestar, pero su voz murió ahogada por el parloteo de los demás. Sanji abandonó su lado para servir al resto. —Para algunos es una práctica habitual —continuó Robin reviviendo un tema que, Nami, preferiría que perdiera interés. —Está en mi armario —declaró la navegante y se encogió de hombros deseando dar el tema por zanjado. —¿P-por qué? —Jinbe se sentía desconcertado. Cada uno tenía su propio armario, aunque la ropa casi siempre estaba revuelta y mezclada en un caos que parecía ser intrínseco de la tripulación. —Porque esos idiotas me arrugaban la ropa y Nami tuvo la amabilidad de hacerme un hueco en el suyo —explicó Sanji sentándose de nuevo, esta vez en su sitio habitual en vez de junto a Nami—. No se puede llevar un traje arrugado. —Ese no es motivo para que esté poniéndose siempre tu ropa —lanzó Zoro. —Puede ponérsela cuando quiera. Estás preciosa con mi ropa, Nami-san. Ella sonrió. Era algo que sólo hacía con Sanji, le gustaba sentir el tacto de su ropa sobre la piel y tal vez pensar que eso servía para protegerla del mismo modo en que lo hacía él. —Tranquilo, Jinbe, es algo sólo hace con Sanji, al resto no nos roba la ropa —afirmó Usopp. —Entonces, Sanji, ¿compartes tu ropa con los demás? —¡No! —exclamó casi ofendido con la pregunta—. Sólo Nami-san tiene permiso para usar mi ropa. Robin volvió a reír. Si ella tratase de ponerse una de las camisas de Sanji, él se molestaría, no sería descortés, pero se molestaría, lo sabía perfectamente. La ropa prestada era uno de los muchos privilegios de Nami. Jinbe frunció el ceño sin entender nada. Cuanto más se esforzaba por comprender qué tipo de relación tenía Nami y Sanji menos lo hacía.

Fin

Notas de la autora: ¡Hola! He estado releyendo algunos capítulos del manga y me he topado varias veces con Nami llevando ropa de Sanji. Es algo que, seguramente, no sorprendería ni extrañaría a nadie más que a Jinbe y de ahí ha surgido este drabble. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.
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