Una primera cita
Aquella semana fue demasiado larga. Nami le esquivaba cuando los demás estaban presentes, no de un modo lo suficientemente evidente como para que lo notasen los demás, pero sí para él. Le había preocupado que, tras confesar que el anillo que había puesto en su dedo se ocultaba una pregunta no formulada, ella se hubiese sentido incómoda. Sin embargo, Nami le había dicho que caminase y le mostrase lo que tenía, para él fue un mensaje bastante claro en ese momento, ahora empezaba a asediarle una inseguridad que antes no estaba allí. Nami estaba junto a Usopp trabajando en alguna mejora para el Clima-tac. En su dedo destelló el anillo del gato y la mandarina. Si aún lo llevaba en el mismo dedo debía significar que aceptaba sus sentimientos ¿cierto? Entonces ¿por qué le evitaba? Se sentía perdido. Encendió un cigarrillo y subió las escaleras. Necesitaba dejar de verla un rato, así con un poco de suerte podría sacarla de su mente el tiempo suficiente como para recuperar la seguridad. Franky y Robin estaban sentados hablando de algo que parecía la mar de divertido. Aquellos dos habían sido muy cercanos desde el principio, a veces daba la sensación de que no eran simples amigos, aunque no había ninguna prueba de ello. —Hola, Cocinero —le saludó Robin con una sonrisa dulce en los labios. Le devolvió el saludo sin muchas ganas porque a su cabeza volvía una y otra vez la ausencia de Nami a su lado. Le dio una larga calada a su cigarrillo y soltó el humo despacio. Robin y Nami eran como hermanas, tal vez Robin podría ayudarle a entender qué le pasaba, pero Franky estaba allí. —Robin-chan, ¿podríamos hablar un momento? Franky se levantó sin necesidad de que Sanji tuviese que pedírselo. A veces se olvidaba de que Franky era bastante más mayor que ellos y que sabía ser serio cuando la situación lo requería, también que se daba cuenta de muchas cosas que, por prudencia, no decía. —Siéntate conmigo —le pidió la arqueóloga y esperó a que lo hiciera para añadir—: ¿es por Nami? Sintió una risa amarga hormigueándole en la garganta, la sofocó. Se lo había preguntado aun siendo evidente. Lo único que podía afectarle tanto como para buscar con quien hablar era Nami. —Sí. Nami. —Bien, te escucho, Sanji. Apagó el cigarrillo. De repente ya no le apetecía fumar, sólo quería hablar y sacar todo aquel amasijo de inseguridad de su pecho. Inspiró hondo. —La quiero. —No se ofendió con la risita que escapó de entre los labios de Robin, acababa de soltar una obviedad—. Lo sabe, no se lo he dicho directamente, pero ha recibido el mensaje. —El anillo —musitó Robin. Sanji asintió. —¿Te lo ha contado? —Más o menos. Lo vi en su dedo, le pregunté y ella me dijo que sólo era un regalo. —Eso le dije al ponérselo. —Y yo le recordé que no es tonta ni inocente —explicó encogiéndose de hombros—. También que la quieres, al menos desde que yo estoy aquí. Así que le había asaltado en la cocina a causa de Robin. —Vino a preguntármelo. Le confesé que no era sólo un regalo, también le aseguré que aceptaría su decisión. Me dijo que pretendía correr antes de caminar y después que caminase. Yo... creí que significaba que me daba una oportunidad, pero ahora. —Te contaré un secreto, Sanji —susurró y se inclinó para compartir la confidencia como si hubiera alguien cerca que pudiera oírles—. Tiene miedo de que pretendas caminar aquí en el Sunny. A Nami le preocupa cómo pueda afectarle el empezar algo contigo a los demás. Valora mucho la estabilidad que ha encontrado aquí y no quiere perderla. »Por eso nunca ha respondido a tus declaraciones ni demostraciones y ha preferido hacerse la tonta. Tenía sentido, supuso. Se sintió algo mejor y mucho más relajado. No había destrozado nada, sólo había dejado espacio para que ella temiese que hiciera una estupidez, aunque en su defensa debía decir que, Nami, se esfumó sin darle opción a réplica. —Invítala a recorrer la próxima isla contigo. Eso le gustará. Os dará la oportunidad de estar a solas. —Gracias, Robin —murmuró sintiéndose mucho mejor.º º º
Nami revisó el rumbo y frunció el ceño. Iban en la dirección correcta, si la carta náutica que había robado era real la isla ya debería dibujarse en el horizonte, de hecho, ya hacía horas que deberían de haber avistado tierra. Normalmente no era tan impaciente, pero tenía ganas de llegar. Entre Sanji y ella había quedado todo en el aire, no a causa de él, sino de ella. Quería ponerle remedio y no podía hacerlo en el Sunny. —¡Una isla! La voz de Zoro resonó por todo el barco. Nami deseó ir a buscarle y comérselo a besos por haber divisado tierra al fin. No lo hizo, por supuesto. No necesitó decir nada para que el mecanismo, perfectamente engrasado que eran, se pusiera en marcha para llevarlos hasta la costa sin contratiempos. Echaron el ancla en el lado opuesto a la ciudad costera que habían visto desde el mar. No querían alterar a los ciudadanos amarrando en el puerto, al fin y al cabo, eran piratas. Nami los reunió en la cocina, plantó sobre la mesa una bolsita de cuero llena de monedas para cada uno. Les recordó, como siempre, que el dinero debía durarles los cuatro días que habían acordado estar en la isla y que, si lo gastaban todo, no recibirían ni un berry más por mucho que llorasen y pataleasen. Después ofreció una bolsa extra a Chopper, para los suministros médicos. Otra a Franky para comprar madera y otros materiales que debía compartir con Usopp, con la posibilidad de una ampliación si era necesario. Y una última a Sanji para la comida. Robin y Chopper decidieron hacer el primer turno de guardia, así que todos excepto ellos desembarcaron. Sanji, que no había tenido oportunidad de proponerle una cita a Nami, supuso que iría con Usopp o Luffy. Sin embargo, Nami seguía junto al Sunny y le sonrió al verle. Su corazón aceleró al pensar en que le estaba esperando. —¿Quieres que vayamos juntos? —preguntó pasando un mechón ondulado, salvaje y naranja tras su oreja. Se quedó quieto como si temiera asustarla. El cigarrillo apagado colgando entre sus labios. Nami sí que le había esperado. —Siento haber estado un poco evasiva, Sanji-kun —musitó una disculpa que él no necesitaba tras haber hablado con Robin—. Yo... me preocupa un poco que esto acabe afectando a los demás. —No te disculpes. —Encendió el cigarrillo y se acercó a ella—. Lo comprendo —le aseguró y lo hacía. Aunque le avergonzaba admitir que no había tenido en cuenta el miedo a perder su nueva familia de alguien que ya lo había perdido todo dos veces—. ¿A dónde vamos? —¿Te apetece explorar la ciudad? Sanji asintió. Decidió que lo mejor sería cederle el mando a ella, permitirle marcar los plazos y el ritmo. Él podía esperar a que se sintiera segura y viese que no pensaba arruinar aquella oportunidad que le brindaba. —Iba a invitarte antes de que Zoro anunciase que se veía la isla, después ha estallado el caos y ya no he podido hacerlo. —Me habría gustado que lo hicieras —admitió. Enredó el brazo con el suyo y rió divertida—. ¿Quieres empezar por el mercado? Podemos comprar lo necesario para los próximos días en alta mar. —No. Esperaré al último día para los suministros, así estará todo más fresco. Aunque me gustaría echarle un vistazo. —Genial, pues vamos. Nami no soltó su brazo en todo el trayecto, Sanji se sentía a punto de estallar de la felicidad. Nami solía tolerar bien el contacto físico cuando era con él, pero no cuando este se prolongaba más de unos minutos. Nunca le había preguntado el por qué temiendo que el nombre de Arlong aflorase y acabara descubriendo más atrocidades de las que ya sabía. Sin embargo, en aquel momento Nami estaba tranquila y relajada, manteniendo el brazo enredado con el suyo y el cuerpo ligeramente apoyado contra él, la sentía cercana e incluso más sonriente de lo normal. Para Sanji aquello era como un sueño, poder caminar a su lado como si fueran cualquier otra pareja del mundo, a pesar de que aún no lo eran, compartiendo un poco de afecto. —Es Franky. Sanji siguió la dirección en la que apuntaba el dedo de Nami topándose con el cyborg curioseando entre los puestos del mercado. Maldijo entre dientes, si no se alejaban de él, Nami, se apartaría y aquella agradable cita se transformaría en un fracaso. Tiró de ella con suavidad para alejarla de allí. Nami soltó una risita sin oponer resistencia. —¿Qué estará haciendo ese idiota aquí? —Lo mismo que nosotros —rió Nami—. En circunstancias diferentes. —Podría estar haciendo ese algo en otro sitio. Nami volvió a reír. Se abrazó a su brazo obligándole a hacer un esfuerzo sobrehumano para no sangrar por la nariz. —Robin está en el Sunny y Chopper está con ella —musitó y se encogió de hombros divertida—. No tiene muchas opciones. —¿Qué tiene que ver Robin-chan en esto? —¿Es que no te has dado cuenta? No es que vayan por ahí como dos adolescentes, pero tampoco lo ocultan. Se detuvo en seco y la miró como si fuera la primera vez que la veía. Ella le mostró una sonrisa inocente. —¿¡Qué!? ¿Robin-chan y Franky? ¿Desde cuándo? —Desde que zarpamos de Water Seven. No es ningún secreto, incluso Luffy se dio cuenta. Se sintió estúpido por no haberse dado cuenta y aún más sabiendo que Luffy lo había descubierto. Era cierto que siempre estaban juntos y parecían estar muy unidos, también se había preguntado si había algo más, pero había descartado la idea. Junto con Jinbe eran los más mayores de la tripulación, siempre había pensado que su conexión se debía a eso. —Robin es feliz, tiene una familia en la que confiar y alguien que la quiere incondicionalmente, ¿no te alegras por ella? —Sí, claro, pero tengo que acostumbrarme a ello. —Oh, Zoro. Unos metros más adelante el espadachín curioseaba el escaparate de una armería. Sanji se aguantó las ganas de correr hasta a él y patearle la cabeza. Tiró de ella hacia la derecha, alejándose de Franky y Zoro. —Sanji-kun, ¿has pensado en qué harás cuando Luffy se convierta en el rey de los piratas? —¿A qué te refieres? —Bueno, Luffy lleva gritando desde el primer día que será el rey de los piratas, pero nunca habla de qué hará a partir de ahí —musitó. Sus dedos se aferraron con más fuerza al brazo de Sanji—. Se lo he preguntado varias veces y su respuesta siempre es reír. No sé si planea seguir siendo pirata o si se retirará. Sé que aún nos falta para que llegue ese día, pero… —No quieres renunciar a tu mapa del mundo. Nami asintió y suspiró. Nami era la que estaba más unida a Luffy, la confianza que tenían el uno en el otro era abrumadora. Eso había puesto a celoso a Sanji más de una vez. No podía imaginar a Nami dejando el lado de Luffy. —Tampoco quiero dejar la tripulación. —Si Luffy se retira, que no creo que lo haga, no voy a dejar de buscar el All Blue. —Luffy… —Sí, lo sé, es imprevisible. —No, Luffy. Está ahí. Sanji frunció el ceño. Primero Franky, después Zoro y ahora Luffy, ¿es que habían pensado todos lo mismo? Esta vez fue Nami quien tiró de él para evitar que su capitán les viera. Se colaron por una callejuela estrecha que les obligó a soltarse. Antes de poder salir, Sanji, volvió a tirar de ella y señaló a Brook. —Es más difícil estar solos en este pueblo que en el Sunny. —Rió Nami, él también lo hizo, aunque más por frustración que porque le pareciera divertido—. Parece que todos han pensado en explorar la ciudad. —¿Quieres que nos separemos? —¡Claro que no! —exclamó molesta—. ¿O es que ya te has cansado de mí? —Eso nunca. Porque Nami era la única mujer constante en su vida, por la que siempre corría para salvarla, por la que daría su vida sin dudarlo un instante, por la que siempre volvía. Y se habría ofendido por sus palabras si ella no le estuviera sonriendo de aquella manera. Nami tomó su mano y sin dudarlo salió a la avenida en la que estaba Brook, esquivaron su ángulo de visión y lograron alejarse lo suficiente como para sentirse de nuevo a salvo. Ella le propuso aplazar la visita al mercado y él estuvo de acuerdo en vista del éxito. Se movieron entre las callejuelas, mezclándose con la gente que vivía allí, sin soltarse las manos. Nami reía cada vez que se cruzaban con una chica bonita y Sanji cerraba los ojos para no mirarla. Lo cierto era que a Nami no le molestaba especialmente la debilidad de Sanji por las mujeres, lo aceptaba, formaba parte de quien era y, al final, siempre volvía para estar a su lado y protegerla. Aunque a veces no podía evitar sentirse un poco celosa. Las calles de la ciudad dieron paso a un bosque. Sanji se relajó, allí sería menos probable encontrarse con los demás. Soltó su mano y se atrevió a rodear sus hombros. Nami dudó unos segundos antes de corresponder su gesto rodeando su cintura. «No la presiones» se recordó a sí mismo. Deseaba acercarla más a su cuerpo, caminar lo más pegado posible a ella. No quería romper la atmósfera ni arruinarlo todo por ir demasiado deprisa. —Mierda —farfulló Sanji. Entre los árboles se veía una pequeña cascada y bajo ella estaba Jinbe. Nami empezaba a sentirse tan frustrada como él. Normalmente en las salidas no se encontraba a nadie y justo cuando quería estar a solas con Sanji no dejaba de encontrarse con todo el mundo. A partir de aquel momento todo pareció ir de mal en peor. Esquivaron a Jinbe y se toparon con Zoro. Evitaron a Zoro y dieron con Brook. Y así aquella salida que pretendía ser una cita se transformó en una especie de juego del gato y el ratón a gran escala. Incluso a la hora de comer, tuvieron que conformarse con comprar algo en un puesto callejero en vez de entrar a un restaurante y nada de sentarse en algún rincón para comer tranquilos. Parecía que todos se había puesto de acuerdo para cruzarse sin cesar en su camino. La noche empezaba a caer cuando, derrotado, Sanji, propuso volver al Sunny. Nami no se opuso, volvían a ir de la mano con los dedos entrelazados. A penas habían roto el contacto en todo el día, Sanji se dijo que al menos se llevaba eso, por lo demás… Menudo desastre. Cabizbajo y con el ánimo por los suelos subió al Sunny junto a Nami. Ella soltó una risita. La cubierta estaba desierta y extrañamente silenciosa. —Lo siento, Nami-san. —¿Por qué te disculpas? —Nuestra salida ha sido un auténtico desastre. —No digas eso, me lo he pasado muy bien. No había duda en sus ojos cuando rodeó sus hombros con los brazos y se puso de puntillas para besarle en los labios. Estrechó su cintura para pegarla más a su cuerpo. Llevaba todo el día desando tener unos segundos para intentar besarla, algo que con tanto huir no había podido hacer. En cambio ahora, en el Sunny, ella había tomado la iniciativa rompiendo para siempre la distancia entre ellos. —Mañana voy a quedarme de guardia —le susurró antes de alejarse de él. Entendió el mensaje. Se quedaría en el Sunny con ella, allí no tendría que huir ni esconderse de nadie porque estarían a solas. Si le proponía una segunda cita significaba que la primera no había sido tan terrible. Se encargaría de que la segunda fuera perfecta.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! Después del angst del anterior toca un poquito de romance. Cuando escribí “Anillo” ya había decidido escribir algo más relacionado con ese shot, supongo que por como acaba ya os imagináis que habrá al menos uno más para continuar la serie. Mañana me voy de vacaciones y hasta el sábado no volveré, así que no habrá actualización entre semana. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.