Sentimientos
Le conoció en el Baratie. Al principio no reparó en él, distraída con Zoro, Usopp y la desgracia de Luffy. Y entonces él se le acercó, como si flotase por la sala. Su primera impresión no fue muy diferente a la que tenía respecto a la mayoría de los hombres, para Nami sólo fue alguien más de quien aprovecharse para salir airosa de la situación. Se le hizo evidente la atracción que sintió hacia ella y la aprovechó en su favor, como siempre. Sin embargo, si era sincera, no fue como siempre porque su nombre quedó grabado en su memoria «Sanji». No se preocupó por ello puesto que no tenía intención de volverle a ver. No obstante, Sanji apareció junto a Luffy y los demás dispuesto a recuperarla de las garras de Arlong. No lo entendía, ¿por qué involucrarse y arriesgar la vida por una simple desconocida? Nami solía valerse de su físico para encandilar a los hombres y lograr que hicieran lo que quería, pero jamás uno de ellos habría corrido a salvarla de alguien tan peligroso como lo era Arlong. Sanji lo hizo y eso la empujó a un mundo lleno de incerteza. No sabía qué esperar de él, no lograba entender qué quería de ella, no podía predecir sus intenciones. Sanji era un mujeriego, siempre tenía una cursilada preparada para cualquier mujer que se cruzase en su camino; eso la enervaba y hacía que se pusiera un poco celosa, pero ¿tenía motivos para estarlo? Entonces se decía que no, no tenía ningún motivo para sentir celos porque Sanji no era más que alguien de quien podía aprovecharse si lo necesitaba, el cocinero de la tripulación, uno de sus nakama, sólo eso. Nada más. No era estúpida ni estaba ciega. Se daba cuenta de que el trato de Sanji para con ella era diferente al que dispensaba hacia el resto de mujeres, incluso con Robin. Sanji la cuidaba. Sanji la protegía. Siempre. Cada vez que tenía un problema estaba ahí, siempre que estaba en peligro aparecía de la nada para salvarla, si tenían que separarse siempre le encargaba a alguien que la cuidara. Y, aunque se negaba a aceptarlo, la evidencia estaba allí. Le escribía cartas, unas más cursis que otras, se aseguraba de que comiese bien y le hacía compañía cuando estaba triste. Y nunca esperaba nada a cambio. Eso la confundía, nunca había conocido a un hombre que se sintiera atraído por ella y no esperase algo a cambio de ayudarla. Sanji la quería y no era que no lo viese, era que no podía aceptarlo porque ella nunca podría quererle. No era que no tuviese sentimientos, los tenía, pero Arlong le enseñó lo mucho que dolía el amor. Arlong le había arrebatado a su madre asesinándola sin piedad, también había matado ante sus ojos a un chico por el que había mostrado cierto interés. Arlong ya no estaba, ya no podía hacerle daño, tampoco podría hacérselo a nadie a quien quisiera. Sin embargo, seguía teniendo miedo. Arlong seguía presente en sus pesadillas, atormentándola con cruentas escenas en las que le arrebataba a sus nakama, en las que torturaba a Sanji ante sus ojos. La paralizaba. Ella no podía querer a nadie. No lo haría nunca más. Era agotador. Cada gesto, cada detalle, cada maldita palabra de Sanji hacía que su convicción se tambalease como un castillo de naipes en una tormenta. No quería quererle, pero lo hacía. Sanji era un idiota adorable, un idiota que se había vuelto imprescindible para ella. Y entonces Sanji los dejó. Tuvo miedo, más del que nunca se atrevería a admitir en voz alta. Su voz dijo que volvería, su mirada que no lo haría. Unas horas, diez días o un año, no sabía cuánto tiempo pasó hasta que Luffy llegó, porque si Sanji no estaba el resto no importaba. No sabría decir qué fue peor, si la separación, si las palabras crueles que Sanji les dedicó al ir a buscarle, si la pelea con Luffy, si saber que iba a casarse con otra o que la futura novia planease matarle durante la ceremonia. Tanto temer perderle por culpa del fantasma de Arlong para toparse con aquel plan de asesinato. Pudding. No podría perdonarla jamás. Había tenido la oportunidad de tener a su lado al hombre más maravilloso del mundo y no lo había valorado. Le daba igual que les hubiese ayudado a escapar, la odiaba. Fue en aquel momento cuando decidió que ya estaba harta de tener miedo. También fue entonces cuando asumió que si seguía huyendo la próxima vez podría perderle para siempre, que podría aparecer una mujer que le correspondiera abiertamente y él la aceptase. Nunca podría perdonarse a sí misma el perderle por ser una idiota muerta de miedo. Reunió valor para dar un paso al frente y confesarle sus sentimientos, encontrándose con una sonrisa cálida y que él ya lo sabía. Y, a pesar del miedo que tenía al principio, descubrió que el mundo era un lugar más bonito, amable y seguro cuando estaba con él. Sanji, a su lado, se removió entre las sábanas revueltas e inspiró hondo antes de abrir los ojos con pereza. Nami besó sus labios y acarició su pecho desnudo. —Nami-san, ¿estás bien? —Sí. —¿No puedes dormir? —Estaba pensando. Sanji se movió para atraparla entre sus brazos y refugiarla en su pecho, besó sus cabellos y acarició su espalda con cariño. Sanji era siempre así, cariñoso y atento. —¿En qué pensabas? —En lo mucho que te quiero. —Alguien se ha despertado un poco cursi esta mañana. —Rió, pero no había burla en su tono de voz porque a Nami le costaba expresar sus sentimientos en voz alta—. Yo también te quiero. La luz del alba se coló por el ojo de buey del camarote, Sanji le dio unas suaves palmaditas en la espalda. —Tengo que ir a preparar el desayuno. —Noooo, cinco minutos más —rogó abrazándole con fuerza. —Cinco minutos —concedió. Podría pasarse la vida entera en aquella cama si ella se lo pidiera, porque la quería y Nami lo sabía.Fin
Notas de la autora: ¡Hola! De vuelta de las vacaciones y con un nuevo drabble. Podríamos decir que es la contraparte de «Coup de foudre». Sanji es una persona bastante evidente, pero Nami no tanto y creo que gran parte de la culpa la tiene Arlong. Para sugerencias y amenazas de muerte la ventanita de comentarios está a vuestra disposición.