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Capítulo 21: La Consumación I Santuario, edificio Patriarcal. Shion estaba en su oficina, revisando el reporte de los soldados rasos que habían sido asignados a la vigilancia de Rodorio después de ahuyentar a los piratas. No había novedad, las festividades continuaban tranquilamente y el alcalde Aristo todavía no le avisaba nada del herrero prófugo. De cualquier forma, ese sujeto sería encarcelado tan pronto se supiera algo de él. De repente, tocaron a la puerta. —Adelante— dijo el lemuriano sin quitar la vista del papel. Una moza se asomó discretamente para dejar un recado. —Su excelencia, le informo que ya se realizó el aseo y la preparación general de los aposentos del templo de Piscis. — —Gracias— comentó Shion, dándole un rápido vistazo. La doncella hizo una inclinación y después se marchó, cerrando la puerta. El Patriarca sonrió con cierta picardía. Desconocía el motivo, pero tenía el presentimiento de que hoy sería un día muy grato para Albafica y Agasha, ya que en ambos eran evidentes los sentimientos. Si bien, la joven florista ya se notaba más segura para guiar al Santo de Piscis, nunca estaba de más un apoyo extra. Y el buen borrego era el encargado de ello. Así que, desde hace dos días, mandó a limpiar y preparar el doceavo templo, para que pudiesen estar cómodos y a solas.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
Límites de Rodorio. Albafica y Agasha salieron del pueblo, y ahora recorrían el cotidiano camino que llevaba a la entrada del Santuario. Iban riéndose de lo gracioso que fue el que Estelios estuvo a punto de atraparlos en una situación comprometedora. —No me imagino la reacción de mi padre si nos hubiera visto— comentó la joven. —Para mí hubiera sido muy vergonzoso, una total falta de respeto hacia él— dijo el Santo, haciendo un gesto nervioso de pronto. —Tranquilo, no te pongas así— lo miró con una sonrisa. —El problema no hubiera sido encontrarme besando a un hombre en mi habitación, recuerda que soy viuda y eso me da ciertas libertades— rodeó su brazo confiadamente. —Lo problemático hubiera sido el susto de mi padre al verte de nuevo. Él ya sabe que reviviste, pero no es lo mismo escucharlo que presenciarlo. — Albafica asintió, ella tenía razón. —Comprendo, Shion me comentó que mi resurrección sólo sería percibida por unos cuantos. Tu padre está entre ellos, y lo que menos quiero es asustarlo. — —Ya nos preocuparemos de las presentaciones después— mencionó Agasha sin dejar su expresión alegre. Entonces tomó una nota mental: Debía decirle a su padre que, cuando volviese a reencontrarse con Albafica, no se dirigiera a él como si aún fuera un guerrero de Athena, sino más bien, tratarlo como un hombre común. Eso ayudaría mucho a que Piscis se adaptara más rápido a la vida normal y a la interacción con los demás. Ambos siguieron caminando tranquilamente, manteniendo un silencio agradable mientras contemplaban el paisaje. Los colores otoñales ya se hacían presentes en la naturaleza, pero eso no disminuía su belleza. El sol estaba en su apogeo, así que procuraban avanzar cerca de la sombra de los árboles. No obstante, Albafica enfocó sus pensamientos en otra cosa. Lo que estaba sucediendo entre él y la florista no se podía detener. Así que era necesario encontrar un lugar adecuado, donde nadie los interrumpiera. Por lo tanto, requería el apoyo de su amigo. —Shion— comenzó a llamarlo mentalmente a través de su cosmos. —Shion, necesito pedirte un favor. — Un segundo después, el Patriarca respondió. —¿Qué necesitas? — —Voy con Agasha de regreso al Santuario, así que… — hizo una pausa, dudando en cómo expresarse. —¿Quieren privacidad? — contestó de sopetón, sin darle oportunidad de hablar. Albafica resopló para sus adentros y rodó los ojos en un gesto incómodo. El borrego siempre tan directo y metiche. Pero ya se lo esperaba, el lemuriano era demasiado intuitivo con la situación especial de Agasha y él. —¡Shion, por favor! — reclamó el Santo. —Ah, ¿No es eso? — se rio levemente. —Perdón, dime entonces. — Piscis no sabía si estar feliz o molesto con las ocurrencias de Aries. Pero por el momento, requería de su ayuda. —¡Sí, eso es lo que necesitamos! — gruñó en respuesta. —¡Y no se te ocurra decir algo, sólo hazlo rápido! — De nuevo escuchó su risita, pero ahora tenía un matiz complacido. —No te enojes Albafica, sabes que sólo quiero ayudar— dijo Shion entretenido. —Ya me encargué de todo, pueden llegar directamente a tu templo, nadie los molestará. Bien por ti, amigo. — Tras decir estas últimas palabras, cortó el enlace de cosmos, dejando confundido al caballero. Después de un par de segundos, éste sonrió para sus adentros. Shion era un gran amigo, muy metiche, pero un verdadero amigo después de todo. Y ya no tenía caso llevar la cuenta de las cervezas que ahora le debía. De pronto, la voz de Agasha lo sacó de sus pensamientos. —Oye, ¿A dónde vamos? — Él volteó a mirarla con media sonrisa y sin poder evitar otro sutil sonrojo. —Al que era mi templo, pues las habitaciones son privadas, así que nadie nos interrumpirá… es decir… — se quedó sin palabras al ser consciente de dicha invitación. La situación era demasiado obvia. Ella le preguntó si deseaba continuar y él aceptó, por lo tanto, necesitaban estar a solas. Un sitio agradable que les permitiera disfrutar por completo del siguiente paso en su recién estrenada relación. Pero a veces el nerviosismo de la inexperiencia era muy entrometido, ocasionando estos pequeños momentos bochornosos. En especial para el representante del pez dorado. —Calma, no hay razón para inquietarse— ella lo detuvo, posicionándose frente a él. —No estamos haciendo nada malo, después de todo, vamos a casarnos— subió la mano y acarició su mejilla. Albafica abrió la boca para decir algo, pero las palabras no salían. Sin embargo, ella era tan linda y equilibrada en su manera de expresarse, que pronto le transmitió seguridad. Era cierto, ellos iban a casarse en el ritual de la diosa Deméter. Y a dicha ceremonia debían llegar preparados, por lo que era prioritario obtener experiencia. Bajó el rostro y sus frentes quedaron juntas. Hizo una sonrisa alegre mientras le recorría también la mejilla con suavidad. —Gracias por ser tan paciente conmigo Agasha. — Ella se ruborizó y sus ojos nuevamente se desviaron hacia los labios masculinos. El deseo la traicionó. —¿Puedo robarte otro beso? — preguntó en un susurro. El Santo amplió su mueca y en un instante sus brazos se deslizaron hacia la cintura de la mujer, rodeándola por completo. —No lo preguntes, sólo hazlo—murmuró, al mismo tiempo que la levantaba en el aire para quedar a la misma altura. La florista soltó un pequeño grito de sorpresa al sentirse abrazada de esa manera. Albafica se adaptaba muy rápido a la confianza que ella le ofrecía, manifestándose en un acercamiento físico más notorio y sin rastros de miedo. Eso era otro gran avance, así que, sin esperar un segundo más, le rodeó el cuello y sus labios buscaron la boca de él con ansiedad. El guerrero de Athena correspondió de inmediato, permitiendo que las sensaciones lo encandilaran, sintiéndose el hombre más dichoso del mundo. Aquel nuevo beso era suave y lento, reconociéndose mutuamente, dejándose llevar por lo agradable que era aprender el uno del otro. No obstante, el cariño que pudiesen sentir ambos, también los animaba a ir un poco más allá. Sus bocas se unieron más profundamente y de nuevo la exploración se hizo más intensa. De inmediato Agasha notó el cambio, había algo diferente en Albafica. No sabía qué era, pero aquel sutil comportamiento se desviaba mucho de cómo actuaba normalmente. Él no tenía miedo, no estaba temblando ni dudando, por el contrario, el hombre se percibía cada vez más seguro de sí mismo. Y esto se manifestaba con su abrazo, el cual se volvía más intenso y con la evidente desinhibición al besarla de esa manera. Si bien, Piscis era primerizo en estos arrumacos, ahora mismo demostraba su gran capacidad de asimilación y aprendizaje. Sin querer, el propio deseo de la florista se vio instigado, permitiéndose disfrutar un poco más del ósculo. Volviendo a percibir sensaciones físicas que no recordaba desde hace más de un año. —Me pregunto qué habrá hecho la diosa Deméter— pensó, mientras disfrutaba del momento. —Ella dijo que sólo continuara y que me daría cuenta del cambio, supongo que se refería a esto. — No quiso darle más importancia, así que después de unos segundos, ambos se distanciaron lentamente, agitados y sonrojados. Albafica tenía la emoción reflejada en las pupilas y sus iris azules estaban más vivos que nunca. El Santo en verdad estaba disfrutando de su nueva existencia. —Perdón, creo que debería moderarme un poco— murmuró, sin despegar su frente de la de ella. La florista sonrió con ternura ante su educación y valores. Piscis era una persona bastante especial, pero esos buenos modales terminarían guardados por un rato, una vez que ella lo guiase a esa unión tan especial. Era inevitable, pues una vez que Albafica conociese por primera vez la intimidad con una mujer, su mundo cambiaría por completo y para siempre. —Eres muy gentil— habló ella. —Pero me gusta tu espontaneidad y ver que tu confianza ha mejorado. — Él asintió y la bajó al suelo despacio. Se tomaron de la mano y reanudaron su camino sin decir nada más, pero felices por la situación. Ninguno se percató del pequeño búho grisáceo que pasó volando en la misma dirección que ellos.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
Santuario, Templo de Piscis. El ascenso fue tranquilo, pero un poco cansado por el sol que caía a esas horas. Sin embargo, a ellos parecía no importarles demasiado. Quizás Agasha estaba un poco sofocada, pero nada que un poco de agua no solucionase. En cuanto a Albafica, éste se sentía algo intranquilo. Ahora que estaban en su casa zodiacal, solos y en un ambiente relajado y privado, su nerviosismo quería hacerse presente. —No es momento de dudar— se repitió a sí mismo una y otra vez, conforme guiaba a la florista por el lugar. Pasaron por debajo de la gran cúpula central y su hermoso vitral con imágenes alusivas al mar. —¡Qué bello! — dijo ella sorprendida. —No me había percatado de lo lindo que se ve a pleno rayo de sol. — El Santo observó con atención. Había pasado infinidad de veces por debajo de aquella estructura, pero rara vez le había puesto verdadera atención. Quizás porque antes no le interesaba, ya que su templo fue sinónimo de soledad en el pasado. Pero ahora que lo contemplaba con una nueva mirada, se veía muy diferente. El vitral era imponente y la luz que se filtraba bañaba el entorno con siluetas coloridas. Albafica sonrió con sinceridad, reconociendo que la casa de Piscis siempre había sido hermosa. —Tienes razón, es muy bello. — La joven lo miró. Su expresión era alegre y su gallardo porte le brindaba una estampa increíble, lo que la hizo sentirse emocionada. Es decir, ¿Cuántas mujeres podían presumir que un Santo de Athena estaba a su lado? En verdad era una chica con suerte. —¿Tienes agua?, tengo un poco de sed— mencionó tranquilamente. —Ah, claro que sí, perdón— respingó el Santo. —Sígueme por favor. — Recorrieron un pasillo largo y llegaron al habitáculo principal que poseían todos los templos zodiacales: Un área para cocinar, una estancia pequeña, habitaciones para dormir y una zona de aseo. Entraron al comedor y Albafica le indicó tomar asiento para luego dirigirse a donde se ubicaba el depósito de agua, esperando que Shion también se hubiese ocupado de esos detalles. Y, efectivamente, el abrevadero, tallado en fino mármol, tenía líquido fluyendo. Halló unas tazas, las cuales también estaban en perfecto estado y limpieza. Las llenó con agua fresca y regresó con la florista, ofreciéndole una. Ella bebió de inmediato, mientras él daba un vistazo alrededor. Todo estaba impecable y listo para ser usado, lo que significaba que el Patriarca se adelantó bastante a las necesidades de la pareja. —Gracias Shion— pensó, refrescándose la garganta. Agasha terminó de beber y se reclinó contra el respaldo de la silla. Necesitaba un momento para recuperar el aliento por completo, y para pensar cómo empezarían con el anhelado acercamiento. Ya estaban en un lugar tranquilo, donde esperaba que nadie los interrumpiese. Así que lo siguiente, era retomar lo que tenía en mente: Hacer que el Santo de Piscis se relajara y continuase aprendiendo de la cercanía y el contacto físico más íntimo con otra persona. Inhaló y exhaló despacio, relajándose un poco más, dirigiendo la vista hacia el guerrero de Athena. Él la miraba con atención, a la vez que dejaba la taza sobre un buró cercano. Era probable que estuviera nervioso, pero ya no lo demostraba tanto. Y como el tiempo seguía corriendo, no podían demorarse más. Era momento de continuar. —¿Te importa si tomo una ducha rápida?, siento un poco de calor— pidió ella. —Claro, acompáñame por aquí— indicó Albafica, encaminándose a otra zona. Momentos después, en una amplia habitación donde había una piscina de buen tamaño, el guardián del pez dorado se dio cuenta que también dicha área estaba recién aseada. El agua que fluía constante, era cristalina y con agradable temperatura ambiental. Asimismo, había un nuevo anaquel con túnicas y lienzos doblados, así como redomas con sustancias aromáticas para el cuidado personal. Agasha observó atenta, y no le fue difícil distinguir que todo asombraba al caballero. Probablemente no se esperaba encontrar en tan buenas condiciones su casa zodiacal después de seis años de abandono. Y aunque ella también se sorprendió un poco al principio, supuso que el Santo de Aries tuvo algo que ver en todo esto. —Bien, creo que hay todo lo que necesitas. — —Gracias, no demoraré— sonrió la florista, caminando hacia una de las orillas del estanque, la cual tenía escalones en declive para su acceso. Él asintió y abandonó la habitación rápidamente, dejándola con total privacidad. Ella suspiró alegre ante su comportamiento educado y respetuoso. Entonces, procedió a ducharse. … Piscis se alejó rumbo a los aposentos. Y tan pronto ingresó a la alcoba, se dio cuenta que todo estaba intacto y pulcro, como si nunca se hubiese ido. Obviamente los muebles no eran los mismos que él tuvo con anterioridad, y la ropa de cama, las almohadas, las sábanas y todo en general, también era reciente. Pero incluso así, se sintió bastante cómodo con su entorno, así que tomó asiento en un sillón cercano y se quedó mirando a la nada. —En verdad esto está sucediendo— exhaló despacio. —Diosa Athena, diosa Deméter, no sé cómo agradecerles esta inmensa oportunidad. — Sonrió un poco y sus pensamientos hicieron una retrospectiva, evocando los pocos momentos alegres que vivió, para luego compararlos con los del presente. Había mucha diferencia entre una época y otra. Las emociones no eran las mismas y tampoco las circunstancias. Evidentemente, la resurrección superaba con creces el sufrimiento del pasado. Se quedó absorto por varios minutos y no se percató del paso del tiempo. Hasta que una voz lo sacó de su ensimismamiento. —¿Estás bien? — Albafica parpadeó y volteó hacia la florista. Ella estaba en el umbral de la entrada, sosteniendo su ropa doblada, vistiendo una bata blanca y un lienzo pequeño envolviendo su cabello, pues había terminado de bañarse. En ese instante el hombre sintió un pinchazo en el estómago, recordándole los nervios que aún lo rondaban. —¿Sucede algo? — interrogó nuevamente, acercándose a él. El Santo se puso de pie y negó despacio. —Nada, simplemente, es un poco raro asimilar todo esto. Es decir, fui revivido seis años después, pero al entrar aquí, todo se me hace muy familiar, como si no hubiese pasado el tiempo. — —Tendrás que acostumbrarte— sonrió ella, alzando la mano para acariciar el mentón masculino. —Pero sé que no será difícil para ti. — El tenue rubor se manifestó en el rostro del caballero. El toque de la mujer era muy suave y el aroma que desprendía, fresco y delicado. Tragó saliva despacio, mientras le tomaba la mano con suavidad y depositaba un beso sobre la misma, sin dejar de mirarla con adoración. —No será difícil, siempre y cuando estés a mi lado. — Agasha sostuvo la respiración y sólo atinó a sonreír un poco más. Sabía que Albafica siempre fue un guerrero valiente y comprometido con su misión. Sin embargo, casi no pudo conocerlo en su faceta de persona común, cosa que ahora empezaba a descubrir con sus acciones y gestos, con sus palabras y miradas. Con su verdadera naturaleza humana, ansiosa por dar y recibir afecto. —Dame unos minutos por favor, regreso enseguida— pidió él, soltando su mano y encaminándose fuera de la habitación. La joven asintió y lo miró desaparecer tras la puerta. Soltó un largo suspiro y después se puso a observar el lugar, mientras dejaba su ropa en una silla cercana. La recámara tenía todos los aditamentos básicos y se veía bastante acogedora. Se acercó al tocador para mirarse en el espejo. —Bien Agasha, no habrá más distracciones— le habló a su reflejo. —Concéntrate en enseñarle lo básico, y no dejes que la emoción te rebase— alzó una ceja en advertencia para sí misma. Sabía que debía mantener la cabeza bien fría en una situación como esta. Pero, teniendo a un hombre como Albafica a su entera disposición, ¿Cómo rayos lo conseguiría? Liberó otra exhalación, quitándose el lienzo del cabello y peinándolo con los dedos. Desenredó los mechones lo mejor que pudo y lo trenzó un poco. Entonces volteó hacia la cama y se acercó a ella, notando que permanecía pulcramente arreglada y las sábanas parecían ser bastante suaves. Se descalzó y subió, quedando sentada en una esquina. Inevitablemente sus propios nervios la traicionaron, haciendo que el rubor inundara su rostro y una sonrisa boba se dibujase en sus labios. Ya no era una adolescente, pero no podía evitar sentirse inquieta por lo que iba a suceder. En especial, porque se trataba de un Santo dorado, un hombre que no era una persona común. El tema de que fuese virgen era lo de menos. Lo que le preocupaba, eran sus reacciones y su miedo al contacto físico que lo persiguió por años. Entonces, debía enfocarse en eso, en hacer que no titubeara ante su toque. Se recostó a lo largo de la cama y se quedó mirando el techo, absorta en esos detalles, dándoles vuelta una y otra vez por varios minutos. Hasta que llegó a la conclusión de que no había nada que hacer. Pasaría lo que tendría que pasar, y lo más adecuado era dejarlo fluir por sí solo. Escuchó que la puerta se abría. Ladeó la cara y vio a Piscis entrando con sólo dos lienzos cubriendo ciertas partes de su cuerpo. El más extenso, alrededor de su cintura, y el más corto, en los hombros, recogiendo parte de la humedad que goteaba de su largo y hermoso cabello aguamarina. Agasha se quedó sin aliento. El hombre entró como si nada, regalándole una sutil sonrisa, para luego pasearse por la alcoba hasta llegar al tocador, tan sereno, que parecía hacerlo a propósito. Tal vez no se daba cuenta de lo que hacía, o no le preocupaba en lo más mínimo exhibir su marcado y desnudo torso ante ella. Después de todo, ya casi eran pareja, así que, eso no tenía importancia alguna, ¿O sí? Para la florista sí tenía importancia, porque ella nunca había visto a un hombre con tan llamativo cuerpo. Sus ojos verdes no le quitaron la vista de encima y ahora recorrían su ancha espalda, expuesta gracias a que el Santo secaba su cabello por delante. Su contemplación se deslizó hasta su cintura y sus afiladas caderas. Si bien, el lienzo lo cubría, también se podía distinguir la forma de su trasero. El sonrojo ardió con fuerza en su rostro, así que hizo un gran esfuerzo por desviar la mirada. —¡Contrólate Agasha!, ¡Disimula un poco tu descarado interés! — se regañó mentalmente. La mujer no podía engañarse a sí misma. Quedaba en claro que ella llevaría la batuta de esto, pero eso no quería decir que estuviera totalmente preparada, a pesar de su experiencia. Quizás porque los sentimientos que albergaba hacia Albafica, no tenían nada que ver con lo que sintió por el difunto Alexander. Y eso era algo que debía tomar en cuenta. Su anterior compromiso marital fue por conveniencia y mero interés económico. Si bien, el herrero fue un hombre amable y responsable hasta cierto punto, Agasha nunca llegó a desarrollar algo más que estima y gratitud por él. Esa fue la realidad, su matrimonio la ayudó a salir adelante a ella y a su padre, pero nada más. Todo basándose en costumbres de tiempos ancestrales, porque así funcionaba la sociedad. Pero ahora. A la florista le quedaba muy en claro que su corazón brincaba demasiado fuerte en su pecho con la presencia del caballero. Lo que sentía por Albafica era muy intenso, verdadero e innegable. Y eso era todo lo que necesitaba para continuar con esto, para dejarse llevar por la emoción. Lo que significaba que también era normal sentir una fuerte atracción por él. Un deseo sumamente natural. —Agasha— la voz masculina la trajo de golpe a la realidad. La respiración se le atoró cuando giró despacio para verlo. Estaba parado junto a la cama, cerca de donde ella permanecía recostada. Su cabello, un poco húmedo todavía, caía libremente por su espalda y pecho, el lienzo permanecía alrededor de su cintura, y en general, toda su presencia era digna de admirar. En especial aquel brillo en sus ojos azules. —¿Estás bien? — preguntó al verla sentarse apresurada en la cama. —Yo… estoy bien— murmuró, apenas controlando sus ojos para que no se desviasen a otro lado que no fuera su atractivo rostro. —Es sólo que… aún estoy un poquito… nerviosa. — El doceavo guardián avanzó un par de pasos lateralmente y luego subió a la cama, manteniendo algo de distancia con la florista. Quedó sentado con las piernas cruzadas, sin preocuparle demasiado que el lienzo se retrajera un poco, revelando parte de sus trabajados muslos, pero nada más. Y claramente pudo notar que ella tragaba saliva con dificultad, reafirmando sus palabras. —No eres la única— la miró con media sonrisa. —Yo también me siento muy nervioso, pero… no sé por qué parece no importarme demasiado… creo que hay algo raro en mí. — Albafica decía la verdad. Desde que abandonó la habitación para ir a ducharse, las emociones se alborotaron con fuerza dentro de él. No podía negarlo, estaba ansioso por continuar su acercamiento con Agasha. Sin embargo, su miedo al contacto físico todavía deseaba manifestarse. Y aunque era consciente de ello, sintiendo nervios y un espasmo en el estómago, también lograba distinguir que algo atenuaba rápidamente dichas reacciones. Ahora sí estaba prestando completa atención a ello. No entendía qué sucedía, porque en otros tiempos, su ansiedad ya lo hubiera hecho hacer una escena grosera debido al miedo. Y aunque la bella mujer frente a él estaba inspirándole confianza, no podía dejar pasar aquel extraño detalle. Pero, por más que intentaba descifrar qué era, una agradable relajación era lo único que se generaba en su persona. —No te preocupes por eso— la joven lo miró condescendiente. —No es algo a lo que debas darle tanta importancia, recuerda que la diosa de la agricultura es algo… minuciosa en sus asuntos, así que tal vez… — El caballero parpadeó un instante y luego hizo un gesto pensativo. —¿Crees que Deméter me ha hecho algo? — Agasha sonrió ampliamente. Quería decirle que sí, pero lo mejor era no hacer mención de las palabras de la deidad. Así que era tiempo de desviar su atención y encaminarlo hacia otras cosas. Empezó a gatear con lentitud hasta quedar frente a él, mirándolo fijamente con sus ojos verdes, atrapando toda su atención. —¿Te gustaría hablar de eso, o continuar donde nos quedamos? — Albafica se ruborizó de inmediato y tragó saliva con dificultad, sin embargo, no desvió la mirada. Se mantuvo firme ante su contemplación, dispuesto a dejarse llevar por el momento. Ya no había espacio para las dudas. —Quiero continuar— murmuró. Ella alzó ambas manos y lo tomó del rostro una vez más. —Ya te lo dije antes… — se acercó a su boca. —No le tengas miedo a lo que sientes, sólo déjate llevar, sígueme poco a poco… — rozó sus labios, permitiéndose disfrutar de su suavidad. —Deja que tu instinto te ayude… y si hay algo que quieras decirme, lo que sea, hazlo con toda confian… — No pudo terminar la frase, porque el hombre comenzó a besarla. Ella percibió una sensación muy grata en el pecho, así que correspondió al beso, cerrando los ojos para acompañarlo a sentir esa unión que les generaba descargas a lo largo de la espalda. Sus bocas se adosaron lánguidamente, reconociéndose una vez más, consiguiendo que la intención, inocente al inicio, fuera escalando hacia algo más. En cuanto al guerrero de Athena, éste percibió que su mundo de sensaciones se ampliaba. Los labios de Agasha eran dulces, delicados y tibios al tacto. Lo que traía como consecuencia que algo dentro de él se agitara con ímpetu, buscando emerger, anhelando encontrar y disfrutar ese placer que antes estuvo prohibido para él. Así que simplemente, se dejó arrastrar. Sus brazos se movieron por sí solos, rodeando la cintura de la mujer, queriendo atraerla hacia su cuerpo. Y como si ella lo hubiese entendido, se acercó un poco más, encontrando espacio entre sus muslos, ahora separados. El beso se hizo más profundo y los gemidos entrecortados comenzaron a escapar de ambos. Las manos femeninas se movieron despacio, deslizándose por los laterales de su rostro hasta llegar al cuello. Las cosquillas no se hicieron esperar, así como un leve escalofrío que bajó por su nuca. La florista sintió una sacudida cuando notó el abrazo masculino, atrayéndola hacia su fuerte torso. Esto era bueno, que el hombre ya no dudara en tocarla. Y ahora empezaba a desear que lo hiciese con más intensidad, aunque también era consciente de que no podía apresurar las cosas. Él iría a su propio ritmo y ella debía enfocarse en enseñarle. Así que decidió brindarle un poco más de sensaciones cutáneas. —Puedes tocarme… y yo haré lo mismo contigo— dijo entre respiración y respiración. Los labios de Albafica eran tan provocativos, que la joven no quería dejar de besarlos. Pero la falta de aire era un problema difícil de evadir. Así que poco a poco se distanciaron, mientras su recorrido descendía por sus anchos hombros, repitiendo lo de hace rato. Con finas caricias delineó sus clavículas, para luego bajar hacia sus brazos, deleitándose al sentir la tensión de sus músculos y la fuerza de su cuerpo. Cosa que Piscis apreció con puntualidad. Ese tacto suave y curioso estaba provocando la reacción de todo su sistema nervioso. Las descargas bajo su piel viajaban ágilmente, llegando a su mente y grabándose para siempre como el más placentero de los recuerdos de su nueva vida. Lo que percibía ahora mismo, rebasaba por mucho sus fantasías del pasado, modificando por completo la perspectiva de su realidad. Y como estaba aprendiendo, haría justo lo que ella le pedía. Sus manos se arrastraron ansiosas por las caderas femeninas, percatándose de la sutil curva que formaban. El corazón le brincó más fuerte al ir detallando sus muslos, que, a pesar de estar cubiertos por la bata, se apreciaban firmes y torneados. La escuchó jadear con suavidad, lo que espoleó su deseo, llevándolo a querer tocar directamente su piel. Necesitaba hacerlo. Necesitaba sentir ese contacto físico. Su exploración bajó un poco más, encontrando el borde de la tela. Ya no pensó en nada, simplemente comenzó a tocar sus rodillas con delicadeza, posando por completo sus palmas, permitiendo que su sentido del tacto le ayudara. El calor dérmico y la suavidad se incrementaron conforme sus manos palpaban los muslos a detalle. Dichos estímulos fueron recogidos, y de nuevo, las descargas viajaron a su mente, generando muchos placeres. Agasha no pudo disimular otro pequeño gemido ante la caricia, apenas intentando no distraerse. Lo que resultaba complicado, porque el cuerpo de Piscis era fascinante, digno de un guerrero que protegió a una diosa. Y ahora ella, una sencilla pueblerina, lo tenía completamente a su disposición. Un pensamiento muy travieso que jamás llegó a imaginar en el pasado. Pero, siendo sincera consigo misma, esto era un regalo de la diosa de las cosechas que no podía rechazar. Por el contrario, debía disfrutarlo tanto como pudiera. Después de todo, Deméter se lo pidió. Entonces sus manos regresaron al torso del hombre, reconociendo cada músculo esculpido bajo su piel clara. Notó el latido de su agitado corazón, el cual iba en aumento. Lo sintió respingar de nuevo cuando tocó sus costillas y delineó sutilmente su abdomen. Ella sonrió complacida por su reacción, así que tomó los mechones de su largo cabello, llevándolos por detrás de sus hombros. Quería deleitarse la pupila apreciándolo por completo. Albafica seguía entretenido con su exploración, disfrutando las sensaciones que ella le brindaba, y lo que él mismo iba descubriendo. La tela de la bata cedió un poco más, permitiéndole admirar sus piernas. Pero el nudo del cinto que la mantenía cerrada, se convirtió en un pequeño estorbo. Dudó por un segundo, ¿Sería apropiado desatarlo?, ¿Era muy pronto para ver su cuerpo desnudo?, ¿Tendría algo de malo? ¿No era un poco absurdo hacerse dichos cuestionamientos en éste momento? Es decir, estaban en una cama, desnudos, y con sólo un lienzo y una bata como las únicas barreras que impedían su contacto piel a piel. Ni siquiera tenía caso plantearse estas interrogantes, pues ambos ya sabían a lo que iban. Agasha se adelantó a todas sus dudas. —Albafica… — lo llamó con algo de agitación en la voz. Él alzó la mirada y se encontró con sus intensos ojos verdes. —Recuéstate por favor… — Las divagaciones del Santo se esfumaron, acatando de inmediato la petición. Apartó sus manos de ella y retrocedió un poco, reclinándose sobre unos mullidos cojines, que le dieron el soporte suficiente para quedar semirecostado. Y de pronto, se quedó sin habla, cuando ella comenzó a deshacer el nudo de la bata. La tela se aflojó, revelando parte de sus pechos y cintura. La joven tomó aire y lo liberó despacio, sin dejar de admirarlo un sólo momento. Tendido de esa manera, era imposible no desear pasar al siguiente nivel con él. Pero antes, era necesario que se familiarizara con el cuerpo de una mujer. Por lo tanto, debía contemplarla desnuda, tocarla mucho más, y era necesario que lo hiciese sin resquemor alguno. Permitió que la bata se abriese con sutileza, y luego, controlando su nerviosismo lo más que podía, se acercó a su lado. Los ojos azules del Santo le sostuvieron poco tiempo la mirada, desviándose instintivamente hacia su cuerpo. —Concéntrate en mirar… — se irguió despacio, con una clara intención. —Y no dudes al tocar… — susurró, quedando sentada sobre él, a la altura de su vientre aún cubierto por el lienzo. Piscis se estremeció al sentirla sobre su cuerpo, y de un momento a otro, se sintió hechizado con aquella manera de desenvolverse. Su atención se clavó en el movimiento de la prenda, deslizándose lento por sus delgados hombros, por su piel clara de bronceado ligero, y por sus pechos decorados con pezones almendrados. Albafica dejó de respirar. Él sabía cómo era el cuerpo de una mujer. Pero los dibujos de los libros se quedaban cortos en comparación a lo que observaba en éste momento. La figura de Agasha era delgada, pero con las proporciones necesarias para embelesar sus sentidos y perturbar sus instintos. La florista se acomodó con lentitud, permitiendo el libre escrutinio del guerrero zodiacal. La bata se deslizó un poco más, así que liberó sus brazos, dejándola plegada en torno a sus caderas, ocultando todavía su intimidad. Sintió el sobresalto de Piscis y el detallado recorrido de sus ojos sobre su cuerpo. No estaba segura si era la primera vez que veía a una mujer desnuda. Pero le quedaba en claro que la curiosidad reflejada en sus pupilas era bastante natural. El rubor en sus mejillas se hizo presente. No es como si nunca se hubiese mostrado desnuda antes, aunque los escenarios eran diferentes. En estos momentos, ella no sentía timidez de estar descubierta frente al Santo. Por el contrario, su deseo crecía rápidamente, provocándole una inquietud que no había sentido desde hace mucho tiempo. El sexo en su pasada vida marital fue demasiado común. No podía decir que la pasó mal, pues con Alexander aprendió lo necesario y justo para sobrellevar una vida normal de casados. Quizás faltó algo más de pasión y experimentación, pero la florista no se quejaba. Y ahora que el destino y las diosas estaban dándole una oportunidad de volver a probar dichos placeres, apenas si lograba controlar su ansiedad. Si bien, al principio de todo esto, se encontraba nerviosa e insegura, ahora mismo, eso dejaba de tener importancia. El hombre le inspiraba seguridad, alegría, cariño y… lujuria. Era innegable su atracción por él, tanto física, como sentimentalmente. Entonces, notando que él intentaba recuperar el aliento, tomó sus manos, y lo hizo posarlas encima de sus muslos, sin dejar de mirarlo con cierta coquetería. Después llevó sus propias palmas al pecho masculino, inclinándose despacio sobre su torso, hasta casi alcanzar su rostro. El sobresalto de él se hizo más notorio cuando sus senos rozaron su piel, logrando distinguir el asombro reflejado en sus ojos azules. —¿Estás bien? — preguntó Agasha, tocando con delicadeza sus firmes pectorales. El Santo quiso decir algo, pero las palabras no emergieron. Su mente se distrajo con el contacto físico y el delicioso calor que la mujer emanaba. Asintió despacio, sonriendo y ruborizándose de nuevo, mientras sus manos imitaban el mismo toque delicado sobre las piernas femeninas. —¿No te molesta que esté sobre ti? — él negó rápido sin desviar la mirada. —Entonces, continuemos con esto— sus manos se arrastraron hacia los hombros y brazos, regodeándose otra vez con sus marcadas formas. —Y si tienes muchas cosquillas y quieres que me detenga, sólo dilo. — De repente, los brazos del caballero rodearon su cintura y la estrecharon con intensidad. —No quiero que te detengas, en absoluto— habló por fin con un tono ansioso. —Necesito saber dónde tengo cosquillas— sonrió encantador. La florista soltó una risita, éste hombre era tan especial. Se acercó, besándolo de nuevo. Primero con suavidad, para luego dejar que el deseo empezara a remontar. Las manos de ambos volvieron a lo suyo. Ella prosiguió con el toque de sus costados, mientras que Albafica, la liberó, para luego recorrer su espalda con marcado interés. Sus dedos dibujaron el canal central, sorprendiéndose al sentir la suavidad de su piel y el pequeño sobresalto de su cuerpo. La mujer jadeó contra los labios masculinos. Sentir el toque de sus manos le generaba una sensación bastante grata. Pero, aun así, logró mantener cierto enfoque. El beso terminó, debido a que necesitaban recuperar el aire. Las caricias prosiguieron, cada vez más impetuosas por largos segundos. Entonces, los dedos de Albafica descendieron por los flancos de ella, hasta su cintura, consiguiendo que se riera tiernamente. —Tengo cosquillas ahí— lo miró divertida. —Así que… — tomó sus muñecas para guiarlo. —Mejor toca aquí. — El guerrero de Athena se quedó sin respirar otra vez, pues lo acercó a sus hermosos pechos, de proporciones medianas, y con una textura increíblemente suave. Sintió su calidez y el latir cercano de su corazón, lo que le hizo tragar saliva con bastante dificultad. Permaneció inmóvil por un par de segundos, permitiendo que sus receptores nerviosos asimilaran tan fascinante contacto. —Hazlo por favor… — ronroneó Agasha, con los párpados pesados y sin soltarlo todavía. Sentir ese acercamiento con él, la estaba llevando a terrenos que no se había imaginado alcanzar tan pronto. Las manos masculinas eran cálidas y cuidadosas, a pesar de todas las cicatrices que las decoraban. Sintió su breve pausa, así que no pudo evitar pedirle que la tocase, pues sabía que Albafica también lo anhelaba. Un sutil apretón en sus muñecas fue suficiente para que él comenzase a tentar su carne. El efecto inmediato la hizo jadear encantada. Piscis comenzó a masajear aquellos senos como si fuese lo más maravilloso del mundo. Con lentitud y sutileza, fascinándose con las sensaciones, permitiendo que su curiosidad fuera saciándose poco a poco. Dio un breve vistazo al rostro femenino, percatándose de que tenía los ojos entrecerrados y sus labios delineaban una sonrisa casi traviesa. —Ella es increíble, tan suave y cálida… — sus pensamientos intentaban formar conceptos que explicasen el hechizo que ahora lo envolvía. —Jamás había sentido algo así antes… — Entonces notó que la joven deslizaba sus manos, bajando de nuevo a su abdomen, tocándolo con avidez. La mutua retribución fue placentera, pudiendo apreciar lo maravilloso que era la cercanía de éste tipo. Por fin estaba disfrutando del contacto humano en una de sus variantes más satisfactorias. Y su cuerpo no tardó en responder al estímulo físico, reclamando con insistencia una satisfacción biológica, que por muchos años fue saciada sólo en parte con su propia autoexploración. El doceavo guardián conocía la sensibilidad de su cuerpo y las reacciones de su biología masculina. Sabía cómo se sentía aquel goce carnal. Pero esa práctica íntima jamás se compararía con lo que le ofrecía Agasha aquí y ahora. —¿Te agrada? — sus ojos verdes lo miraron de nuevo. —Más de lo que puedas imaginar. — Ella sonrió un poco más, inclinándose sobre su torso, pero sin impedirle continuar acariciándola. —Me alegra saberlo, porque avanzaremos un poco más, ahora con besos. — Antes de que el Santo pudiese responder, la florista lo besó con calidez. Él correspondió, pero sus bocas se mantuvieron poco tiempo unidas, ya que rápidamente ella se apartó para iniciar un nuevo tipo de caricia. Los labios femeninos se posaron en su mejilla y después iniciaron un descenso por su mentón. Las sensaciones dérmicas lo sacudieron, y cuando Agasha empezó a besar su cuello, cerró los ojos, a la vez que un gemido ronco escapaba de su pecho. Esto era tan nuevo e intenso, que sus pensamientos se estancaron por completo, permitiendo que únicamente el instinto reaccionara primero. Sus manos dejaron de tocarla para permitirle el libre movimiento, mientras ella avanzaba con sus labios a lo largo de su pecho, ejecutando una deliciosa estimulación que de forma inevitable iba alterándolo. —Sólo espero que esto no sea demasiado para él— pensó la joven. No estaba segura que tan rápido debía progresar con esto, pues ya le estaba costando trabajo mantener su autocontrol. El atractivo hombre apenas iniciaba el aprendizaje acerca de la suavidad de sus pechos, muslos y espalda. Sin embargo, Agasha presentía que, entre más avanzase, más difícil sería mantener el enfoque. Y es que era inevitable, su respiración agitada, el rubor de sus mejillas y el estremecimiento de su propio cuerpo, ya eran notorios. No comprendía por qué dicho apetito estaba manifestándose tan precipitadamente. Aunque no era la única con reacciones delatoras. Piscis también estaba respondiendo muy rápido debido a sus atenciones, y eso lo pudo notar cuando retrocedió un poco más, ayudada por el soporte de sus piernas, percatándose del despertar de su masculinidad. Sonrió para sí misma. Una respuesta de ese tipo era el indicativo de que sus acciones iban por buen camino. Sólo esperaba que el hombre no tuviese algún tipo de inseguridad interna que le impidiese continuar. Cosa que realmente dudaba, ya que el apetito reflejado en sus ojos azules era bastante intenso ahora. Así que, con precaución y un sutil rozamiento sobre su entrepierna, descendió un poco más en su exploración, dejando pequeños besos en sus pectorales, luego en el estómago y finalmente en su abdomen. El Santo volvió a resoplar. Lo que hacía la florista era muy estimulante para su sistema nervioso, ya que encendía su piel y enturbiaba sus pensamientos. Obviamente no podía quedarse impasible, así que su respuesta corporal fue evidente. Por un breve instante se sintió incómodo al darse cuenta que no podía controlar el impulso que crecía con fuerza en su interior. Era algo imposible y más teniendo en cuenta su condición inexperta. Sin embargo, al paso de los segundos, se dio cuenta que no era algo impropio, puesto que Agasha no se inmutó en lo más mínimo al percatarse de ello. Por el contrario, casi pudo verla sonreír complacida, al mismo tiempo que se desplazaba sobre sus muslos, mientras continuaba marcando su torso con los labios. Se enfocó de nuevo en dicha caricia, la cual era uno de los gestos más importantes y valiosos que un humano podía tener para con otro en términos de unión física. Las descargas recorrieron su columna vertebral y cosquillearon en su nuca, asemejándose a un placentero escalofrío, que de nuevo lo hizo jadear con fuerza. Entonces, la joven se detuvo y lo miró emocionada. —Veo que lo disfrutas— le acarició el vientre con las uñas, haciendo que se estremeciera. —Y ya descubrí que también tienes cosquillas aquí— volvió a deslizar los dedos, provocando una pequeña risa en el caballero. —Eres maravillosa Agasha, en verdad adoro lo que estás haciendo, yo… — soltó una exhalación lenta, intentando no parecer tan agitado, aunque era imposible disimularlo. —Yo quisiera… hacer lo mismo… — Ella abrió los ojos un poco sorprendida y luego sonrió ampliamente, contenta de escucharlo. Esto era otro gran avance, que el representante del pez dorado le pidiese tocarla, pues eso confirmaba que ya era alguien distinto al guerrero del pasado. —Por supuesto— se acercó de nuevo hasta quedar a la altura de su rostro, rozando intencionalmente su piel contra la de él. —Justo iba a sugerirte eso… — sintió otra sacudida de su parte. —Puedes acariciar y besar todo lo que quieras… — Albafica tragó saliva torpemente, apenas sobreponiéndose a lo que ella le provocaba. Su bella florista ahora desprendía un aura muy sensual, y aunque el rubor se mantenía vigente en sus mejillas, la expresión de su rostro había dejado de ser amable e inocente. Lo que ahora se distinguía, sólo podía catalogarse como deseo y lujuria. No necesitaba preguntar o que se lo dijesen, su propio instinto se lo susurró con claridad. Quizás esto iba más rápido de lo que pensó. No obstante, era Agasha quien lo guiaba, y si ella no indicaba una pausa o algún cambio en sus intenciones, eso significaba que todo marchaba de forma correcta. Y para qué negarlo, él no deseaba que esto parara. La mujer se apartó despacio, apenas sosteniendo la bata, recostándose a su lado. Era momento de avanzar un paso más, así que le daría al Santo la oportunidad de explorar por su cuenta, y dejar que su curiosidad se hiciese cargo. Ella estaba feliz de verlo actuar de esa manera, así que se acomodó y mantuvo juntas las piernas, apenas cubriéndose con la tela. —Eres hermosa— sonrió el hombre, girándose hacia ella. —Y en verdad estoy agradecido por tu paciencia y confianza— se acercó para besarla. El ósculo fue dulce y excitante, dejándose llevar nuevamente por el goce del momento. Casi de inmediato sus pieles volvieron a erizarse y sus resuellos se tornaron muy audibles. Ambos ya eran conscientes de que, entre más se acariciasen, más intensos serían los efectos. Piscis abandonó la boca femenina para deslizarse por su barbilla y cuello, imitando las mismas acciones de ella. Entonces comenzó a tocarla con ambas manos, apreciando cómo se sacudía levemente. Acariciarla de aquella forma era un aprendizaje exquisito para el guerrero de Athena. Ya que, aparte de disfrutar su textura y calor, también descubría cuáles otros estímulos contribuían a su experiencia sensorial: El aroma de su cabello, el sonido de sus dóciles gemidos, la imagen de su cuerpo desnudo y, por último, el sabor de su piel. Obviamente Albafica no pudo resistir la tentación de usar su lengua para degustar con disimulo la dermis femenina. Algo que, de nueva cuenta, incitó gratas sensaciones cuando, entre beso y beso, su exploración se tornó húmeda. Ella no le dijo que podía hacer eso, pero instintivamente sabía que debía intentarlo. Cosa que la joven aprobó con el incremento de su ronroneo. —Eres muy intuitivo y aprendes bastante rápido… — susurró con los párpados entrecerrados. El Santo sonrió alegre al escucharla. Así que prosiguió con su actividad, disfrutando y comprobando que tan verídicos eran los bosquejos del cuerpo humano plasmados en los libros. Resultó que la información era correcta respecto a las formas femeninas, pero quizás faltaba detallar la sensibilidad de ciertas áreas. Un interesante detalle que memorizaría para sí mismo. Sus palmas alcanzaron el abdomen de la mujer, comprobando las muchas cosquillas que poseía. Posteriormente, se atrevió a sujetar la tela que aún la cubría, y con lentitud, la retiró. La florista simplemente le regaló una mirada amodorrada para después estirar sus piernas, quedando tendida y a la vista del hombre. Permitiéndole conocerla por completo. El rubor en el rostro de Agasha aumentó furiosamente. No obstante, hizo todo lo posible por no cohibirse, desechando rápido el pudor que pudiera sentir. El doceavo guardián necesitaba contemplarla, tocarla, sentir que ahora era un humano normal, que tenía el consentimiento de ella para acceder a su cuerpo. Por lo tanto, era necesario dejarlo explorar, permitir que su instinto le ayudase, y guiarlo sin la menor duda en éste importante acto. Además, su propia libido ya había generado consecuencias en su cuerpo. El calor dérmico se estaba volviendo insoportable, los hormigueos iban y venían, estresando su médula espinal. Su pecho subía y bajaba cada vez más rápido en busca de aire, y su intimidad comenzó a pulsar. No había nada de raro en eso, pero se sorprendió por lo apresurado de dicha situación, pues la lubricación de su interior, era la confirmación de que no podría esperar por demasiado tiempo. Debía contenerse un poco más, así que sonrió afable, indicándole que podía continuar. Albafica interpretó muy bien su gesto. Se incorporó sobre sus extremidades, manteniéndose a su lado todavía. Mechones de su largo cabello azul cayeron sobre el vientre de la mujer cuando se agachó para continuar besando su tersa piel. Una de sus manos volvió al recorrido pausado sobre los muslos, provocando más cosquillas, sobresaltos y gemidos en ella. Y dicha situación, lo hizo muy consciente de su propia lujuria. —Simplemente divina… — un pensamiento fugaz. Piscis comprendió que jamás podría volver a privarse de esta experiencia, y eso que todavía no alcanzaba el punto culminante de todo esto. De pronto, su cuerpo tembló notoriamente y una punzada se generó en su vientre cuando su caricia bucal pasó muy cerca de la intimidad femenina. Una sutil esencia inundó sus fosas nasales, y algo mucho más impetuoso se retorció con frenesí en su interior. No sabía qué era dicho estímulo, pero lo seducía con fuerza. La mujer pudo escuchar con claridad un jadeo gutural mal disimulado por parte del hombre, y luego su respiración acelerándose erráticamente. Al parecer, esto estaba resultando muy precipitado, y quizás todo su deseo acumulado por años, lo empujaba a reaccionar de dicha forma. Si bien, sus caricias y besos no se detuvieron en el descenso, ya era innegable su temblor y deseo. Lo vio llegar al final de sus piernas y besar tiernamente sus tobillos. Pero se quedó ahí, arrodillado y con el rostro agachado. —Agasha… yo… — murmuró por lo bajo. Ella se alzó un poco sobre sus codos, admirando con detenimiento su estampa. El representante del pez dorado estaba perdiendo la compostura al paso de los segundos. Algo completamente normal en un hombre que siempre estuvo en celibato y que de pronto tiene la oportunidad de conocer el calor de una mujer. Lo que adquiría otro nivel de comprensión, si se tomaba en cuenta que Albafica olvidó su miedo a la cercanía física gracias a Deméter. La florista lo supo en ese instante, ya no tenía caso postergar su unión por más tiempo. Él estaba ansioso por hacerlo y aunque no lo expresaba abiertamente, o se contenía, era evidente que lo deseaba con vehemencia. Entonces, dejaría las “preparaciones previas”, pues era momento de avanzar a otra etapa. Algo que ella también anhelaba. —No digas nada, no es necesario, yo lo comprendo bien— se sentó en la cama y se inclinó hacia él. —Mírame por favor— lo tomó del mentón para levantarle el rostro. —¿Confías en mí? — Albafica la observó con sus ojos azules muy abiertos, los cuales reflejaban un mar de emociones, entremezcladas con deseos primitivos y pensamientos poco decentes. No había nada de malo en eso, él lo sabía. Pero no comprendía por qué todo se manifestaba de golpe, justamente ahora, provocándole cierta vergüenza. —Confío en ti… pero no confío en mí… — respondió agitado. La joven hizo una sonrisa enorme. Esas palabras, en vez de preocuparla, simplemente le confirmaban los valores morales del guardián zodiacal. —Ven… — fue lo único que dijo ella, sujetando los laterales del rostro masculino. Ambas bocas se encontraron en otro ardiente beso, el cual escaló precipitadamente a una danza húmeda. Sus lenguas se recorrieron con avidez, sus resuellos se entorpecieron, y conforme progresaba el arrumaco, Agasha lo atraía hacia su cuerpo. El hombre se dejó guiar mansamente, quizás aceptando que su lado más oscuro lo dominase. Las piernas femeninas se apartaron para permitirle acercarse un poco más y posicionarse sobre ella. Manteniendo el poco autocontrol que le quedaba, la florista se aferró a su nuca con una mano para prolongar el beso, mientras que la otra, se deslizaba hacia el lienzo que todavía cubría las caderas masculinas. No requería darle un vistazo a esa zona por ahora, no necesitaba que su amante se pusiera más nervioso de lo que ya estaba. De sobra sabía que los hombres eran un poco obsesivos con esos temas. Albafica tembló con fuerza al saberse completamente desnudo cuando ella retiró la tela. Su vientre se contrajo con un nuevo espasmo y claramente pudo sentir que su virilidad se endurecía un poco más. Aquella sensación de ligero dolor en su carne era simplemente el resultado de su vertiginosa excitación. Pero ahora, no estaba seguro de lo que sucedería a continuación. —Sigue tus impulsos naturales… — ella se apartó de su boca. —Yo me encargo de lo demás… — lo miró con una expresión de completa seguridad. El Santo asintió a sus palabras, mientras la observaba con atención después de quedar en la posición en la que ella lo atrajo. Súbitamente, un clamor escapó de su garganta al sentir que la mano de Agasha rodeaba con suavidad su miembro. Apretó los párpados y volvió a jadear con fuerza cuando la caricia empezó a recorrer su longitud. El golpe de sensaciones lo dejó sin aliento, y por un breve instante, su mente se perdió. Nunca imaginó que su hermosa florista pudiera hacer algo como eso, lo cual resultaba increíblemente satisfactorio. —Concéntrate en sentir… — susurró con un matiz ansioso, mientras lo estimulaba con sumo cuidado. Agasha inhaló profundo, intentando controlar sus acciones de la mejor manera. Había llegado al momento más importante, y no debía perder la concentración, a pesar del deseo que le aguijoneaba todo el cuerpo. En verdad quería esto, unirse con Albafica a un nivel íntimo. Pero eso no quería decir que se quedaría impasible o limitada en su actuar. Ver su atractivo rostro deformado por el goce, era algo que quería conservar en su memoria para siempre. Quizás su comportamiento travieso era inesperado para él, pero ya era demasiado tarde para recular. No era la gran experta en la cama, pero esto era un acto de dos, y aunque ella fuese la guía, también lo disfrutaría. Su cálido tacto incitó más jadeos ásperos y un intenso gruñido. Así que decidió ejecutar su último movimiento, llevando la dureza masculina hacia sus sensibles pliegues. Ella misma gimió complacida al empezar a rozar el miembro viril contra su humedad. Una y otra vez, generando sensaciones e instigando el clamor del hombre. —¡A-Agasha…! — La mujer notó que Piscis aferraba con fuerza las sábanas. Sin lugar a dudas, estaba listo. —Tranquilo… — dijo en voz baja, mientras acariciaba su mejilla con la otra mano. —Hazlo lentamente… — El hombre abrió los ojos de golpe, justo cuando ella guio su erección hacia la entrada de su sexo. Otra punzada en su carne lo sacudió, pues el calor húmedo que percibió, comenzó a enloquecerlo. Ya no podía contenerse, así que su último resquicio de voluntad, lo usó para obedecer su petición. Instintivamente comenzó a empujar sus caderas hacia ella, consiguiendo que su virilidad se adentrara poco a poco, mientras veía cómo Agasha entrecerraba los ojos y liberaba un jadeo enervante para sus oídos. Lo que estaba sintiendo por primera vez, no tenía comparación alguna, y no podía ser descrito con palabras. Las sensaciones se acrecentaron, escalando velozmente por su espalda, y distribuyéndose por todo su cuerpo. Volvió a juntar los párpados, permitiéndose un breve instante de embelesamiento. La florista se estremeció en su totalidad. La lujuria la recorrió por completo y los sonidos de su garganta adquirieron un matiz voluptuoso. Ambos vientres quedaron unidos por completo y ella pudo percibir el temblor de su poderoso cuerpo, debido al placer que posiblemente estaba experimentando. Saber eso generó una fuerte emoción en ella, porque era justo lo que deseaba, que Albafica viviese esta primera experiencia sexual, como algo único y especial. No se equivocaba, porque al mirar de nuevo su rostro, era más que evidente la satisfacción reflejada. Entonces lo abrazó por los costados, atrayéndolo un poco más. Él flexionó sus brazos para sostener su peso con los codos, juntando su frente con la de ella. Sus miradas se encontraron. —¿Estás bien? — interrogó la mujer con dulzura. —Sí… es… imposible describirlo… — dijo en voz baja y con lentitud. —Jamás imaginé… que fuese así… no sé qué decir… — sonrió sutilmente, apenas controlando su agitación. —¿Y tú? — La pausa estaba resultando estresante, pues el instinto ya le gritaba que sólo se dejase llevar. Un delicioso escalofrío lo asaltó cuando las manos femeninas empezaron a recorrer su espalda, azuzando incluso más su deseo. Entonces lo vio, el mismo apetito reflejado en las pupilas de Agasha. —Yo estoy bien… ansiosa por continuar— sus caricias aumentaron. Era verdad, la excitación de la florista había escalado simultáneamente con la de su compañero. Estaba disfrutando esto más de lo que creyó en un inicio, y ahora no podía parar. La invitación fue correspondida de inmediato. El Santo la besó de nuevo, al mismo tiempo que iniciaba el vaivén de sus caderas, guiado por sus impulsos masculinos. Los agradables efectos no se hicieron esperar, obligándolos a romper el beso para comenzar a gemir en abandono total. Su entorno dejó de existir y la danza carnal fue lo único que importó. Caricias vehementes por parte de Agasha a lo largo de la espalda y hombros del guerrero. Besos húmedos y tibios roces sobre la dermis femenina como retribución. Respiraciones intermitentes y una sutil capa de sudor como consecuencias del arrebato. Placer físico, sensaciones internas, y un sentimiento compartido por ambos. Los minutos fueron pasando y el acercamiento a la cúspide sexual se hizo inminente. Albafica sintió cómo la joven rodeaba sus caderas con ambas piernas, obligando a una mayor fricción encima de su vientre. Dicha acción incitó a que su embate se incrementara, trayendo como resultado una fuerte convulsión creciendo en su vientre. Agasha pudo percibir que su culminación estaba muy cerca. Así que rodeó al Santo con los muslos, buscando aquella placentera fricción sobre sus pliegues que le regalaría la gloria. Ella sabía que no necesitaba hacer algo más. El hombre terminaría por sí solo, tan pronto sintiese la contracción de su interior. Y como si él hubiese leído sus pensamientos, sus embestidas se intensificaron. El tiempo se detuvo por un instante, cuando el éxtasis comenzó a manifestarse casi al unísono en ambos. Posteriormente, fluyó como un torrente imparable. La florista clamó con fuerza y se estremeció en su totalidad cuando el orgasmo explotó en su interior, extendiéndose por todo su cuerpo. Piscis notó la presión en torno a su miembro, y el súbito clímax también lo arrastró al placer final, derramando su semilla, y secundándola con su propio gemido gutural. El mundo entero desapareció para los dos. … Agasha se sentía cansada. Pero por nada del mundo cambiaría el momento que ahora compartía con Albafica. Apenas estaban recuperando el aliento. Ella permanecía tendida y laxa, disfrutando del calor del cuerpo masculino, mientras jugaba con algunas hebras de su cabello. Él aún reposaba encima, sosteniéndose parcialmente con sus brazos flexionados para no asfixiarla, respirando lento contra su cuello. El Santo aún temblaba un poco. Albafica estuvo perdido por varios segundos en una encantadora bruma, hasta que sintió las manos de la joven jugando con su pelo. Su unión con la mujer que amaba superó por mucho sus fantasías, y podía asegurar que jamás volvería a ser el mismo de antes. Todo su mundo había cambiado por completo, y de ahora en adelante, lo que sucediera, sería apreciado con una nueva perspectiva. La escuchó suspirar con suavidad. —Albafica— llamó, haciendo que él levantara el rostro. —Te amo. — Su linda sonrisa hizo que los ojos del Santo tuvieran un repentino brillo húmedo. La florista era una persona tan noble y maravillosa, que por un instante pensó que estaba soñando. No obstante, todo era muy real. —Yo también te amo— imitó el gesto alegre. —Te amo más de lo que puedas imaginar— se acercó para besarla. Ella lo abrazó por el cuello, disfrutando de su expresividad, tan natural y sincera. El beso finalizó después de unos segundos y el hombre se apartó de su cuerpo perezosamente, para luego recostarse a su lado y atraerla hacia su pecho. La joven se acurrucó, sintiéndose la mujer más dichosa del mundo en éste momento. —Agasha… lo que has hecho por mí… — suspiró despacio, aún tenía revueltos los pensamientos. —Yo estoy encantada con todo lo que ha sucedido— levantó la mirada. —¿Cómo te sientes tú? — El caballero se perdió en sus ojos verdes y luego sonrió. —Todavía no tengo las palabras suficientes para expresarlo— la rodeó por completo con sus fuertes brazos. —Pero te puedo decir que soy inmensamente feliz ahora que estás a mi lado. — Una intensa felicidad estrujó el corazón de la joven. No era necesario que el Santo dijese más, su mirada hablaba por sí sola. Ahora poseía un brillo único, algo que nunca antes contempló en él. —Me alegra escuchar eso— acarició su mentón. —Porque esto apenas es el inicio, debes recompensarme los años de ausencia— sonrió coqueta. Albafica se sonrojó ante la insinuación. Aunque claro, la joven también se refería a otras cosas más, que tenían pendientes de compartir. Había mucho tiempo que recuperar. —Por supuesto, lo tendré muy en cuenta— la tomó de las mejillas y de nuevo la besó. Agasha correspondió, sintiéndose complacida con la evolución del Santo de Piscis. En sólo un par de días, sus miedos se disiparon, su personalidad cambió, y una vez que terminara su tratamiento con el antídoto, sería un hombre completamente nuevo. Con toda la vida por delante, y ella estaría a su lado. … Fuera del templo de Piscis. El búho grisáceo permanecía sobre una de las estatuas de pez que adornaban la casa zodiacal. Ululaba con serenidad, y su canto se transformó en un mensaje para la diosa de la agricultura que una tenue brisa se llevó.***
Continuará… Gracias por leer, y ojalá se tomen el tiempo de dejarme un comentario, para saber si vale la pena continuar escribiendo esta historia, o mejor la dejo en pausa por un tiempo. Espero no demorar para el próximo capítulo, pero no prometo nada. 25/Agosto/2021