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Capítulo XXIII: La Presentación Jueves 11, esa misma noche. Bosque alrededor del Santuario. El ave nocturna se deslizó con destreza entre los árboles, llegando al mismo claro del otro día, donde la diosa Deméter esperaba con paciencia. A pesar de que le mandó un mensaje con anterioridad, era necesario reportarse en caso de que necesitase algo más. Un instante después, llegó ante ella, quien lo recibió con el brazo estirado para que se posara. Sacudió un poco las alas y comenzó a ulular con suavidad. Después guardó silencio, mientras la deidad sonreía complacida. —Has hecho un excelente trabajo— le acarició la coronilla con la otra mano. —Por allá, está tu recompensa— señaló el lugar exacto de una madriguera a escasos metros, de la cual, emergieron un par de roedores de campo. El pequeño búho se lanzó de inmediato tras ellos, encantado de cazar una cena fácil. Deméter lo siguió con la mirada hasta que desapareció entre las sombras de los árboles. —Bien, ahora debo reportar los avances con Athena— pensó. Inició la marcha, al mismo tiempo que una estela ascendente de brillos verdes y dorados la envolvía, para luego desaparecer por completo.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
En algún lugar apartado del Olimpo. La deidad apareció caminando en una gigantesca pradera que se extendía hasta donde la vista alcanzaba. Aquella infinita alfombra de flores poseía todos los colores de la naturaleza, expresados en hermosos pétalos que volaban apacibles con la suave brisa. En el lejano horizonte, las montañas grisáceas decoraban el escenario, sosteniendo un despejado cielo azul. Por último, el aroma dulce e hipnótico, invitaba a la relajación, pues ahí, siempre era primavera. Aquel lugar era el favorito de Athena y Deméter para relajarse y descansar. Se trataba de un sitio apartado de los templos de los otros dioses, cuya privacidad aprovecharían para una importante reunión. Una que fue planeada con cuidado hace seis años. Deméter caminó apacible por varios minutos, dirigiéndose a un punto específico, donde se distinguían varios árboles enormes. Entre ellos, uno resaltaba por mucho, debido a su colosal volumen y altura: Un imponente Olivo. Era el más antiguo de todos, cuyos intensos colores y frutos brillantes rezumaban vida. —Ya estoy aquí, pequeña Athena— habló hacia el árbol. Un segundo después, se escuchó un crujido, luego otro más. Frente a ella, algunas de las enormes raíces expuestas comenzaron a separarse, dejando al descubierto un gran hueco. La elegante mujer se adentró en la penumbra, avanzando con total seguridad. Apenas unos metros más adelante, vislumbró una gruta formada naturalmente en el interior del gigantesco Olivo. El lugar no estaba a oscuras, pues era iluminado por vida fúngica de fluorescentes matices verdes y azules. En medio del lugar, ya la esperaba la diosa de la guerra justa, con una sonrisa alegre. El momento había llegado, era tiempo de ponerse al tanto del plan elaborado hace seis años respecto al Santo Albafica y sus rosas demoníacas. —Hola querida— saludó la madre de las cosechas. —Tía Deméter, tanto tiempo sin verte— se acercó para darle un abrazo. La diosa mayor correspondió cariñosa, dándole un beso en la frente, demostrando el aprecio que le tenía. —¿Cómo has estado pequeña?, ¿Qué tal van las cosas en éste aburrido sitio? — Dado que Deméter se encargaba de la fertilidad de la tierra y todo lo que implicaba la agricultura, vivía en el mundo terrenal, lejos del Olimpo. —Aquí nada ha cambiado, continúa igual de aburrido. Por el momento, la mayoría de los dioses están descansando— explicó Athena. —Yo estoy bien, observando de vez en cuando la Tierra. — —Me alegra saberlo, y era de esperarse, las otras deidades son bastante flojas— rodó los ojos con burla. —Pero bueno, hablemos de lo que nos atañe. Ya pasaron los seis años que necesitaba, tu caballero de Piscis ha sido revivido, y el pequeño curandero logró crear el antídoto para su sangre envenenada. — La diosa de la sabiduría juntó las manos sobre su pecho, en gesto agradecido y con amplia sonrisa. —Son grandes noticias, me alegra mucho saberlo, ¿Y qué hay de sus rosas demoníacas? — —También están listas— reveló Deméter con evidente satisfacción. —La rosa que le dio Albafica a la joven Agasha, ya maduró, y se ha convertido en un hermoso rosal escarlata. Además, ellos por fin se reencontraron, así que sólo falta que se unan en mi ritual de fertilidad. — —Excelente, todo ha salido muy bien— mencionó Athena. La madre de las cosechas negó levemente. —Hubo un pequeño contratiempo con Albafica— soltó un suspiro. —Debido a su inexperiencia, le costaba trabajo acercarse a la florista. Si no hubiera tomado cartas en esto, ellos aún no se habrían besado siquiera. — —Comprendo, ¿Y qué hiciste? — —Tuve que pedirle ayuda a Afrodita, y explicarle el motivo de todo éste asunto— se alzó de hombros en un gesto resignado. La otra abrió los ojos en sorpresa y estuvo a punto de protestar, pero Deméter se adelantó. —No te preocupes, ella estuvo de acuerdo, y fue razonable lo que pidió a cambio de un poco de su Esencia de Amor. — —¿En serio accedió sin pedir gran cosa? — inquirió Athena, pues sabía que la deidad del amor nunca había ocultado su interés por los guerreros dorados. —Necesitaba que Albafica se relajara un poco, para que su miedo al contacto físico no lo hiciera rechazar a Agasha— explicó la diosa mayor. —La esencia de Afrodita es poderosa, así que utilicé menos de una gota, lo que le ayudó bastante para que ambos pudieran intimar. A cambio, sólo pidió que su nombre sea portado por los futuros Santos dorados, cuando éstos ganen la armadura de Piscis. — La representante de la guerra justa lo meditó un instante, comprendiendo bien a lo que se refería Deméter. No era algo complicado, y seguramente los próximos guardianes de Piscis lo entenderían. Después de todo, el linaje del pez dorado se merecía vivir una vida feliz, sin tener que pagar un precio tan alto como lo fue el ritual de los lazos rojos. —Bien, puedo aceptar eso— confirmó Athena. —Pero esto debe quedar documentado para la posteridad. — La diosa de las flores asintió con media sonrisa. —No te preocupes querida, yo me encargo de todo— hizo un ademán de despedida. —Me retiro por ahora, debo prepararme para el ritual, luego vendré a visitarte de nuevo. — —Gracias, tía Deméter— después de otro abrazo, Athena la observó alejarse y desvanecerse en una estela de hojas y flores. Soltó un suspiro alegre, decidiendo que regresaría a su templo para continuar vigilando la Tierra.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
Viernes 12, por la mañana. Santuario, Templo de Piscis. Agasha despertó de repente cuando sintió el temblor de su compañero. El hombre la abrazaba por detrás, así que pudo notar su inquietud. Apartó su brazo y se sentó para contemplarlo mejor, ya que otro sobresalto la puso en alerta. Albafica se notaba agitado, y cuando acercó la mano para tocar su frente, se dio cuenta que tenía algo de temperatura. Quizás a consecuencia del antídoto, pues anoche tuvo que tomar otra dosis con la cena. —Albafica, despierta— llamó, tocando su hombro. El Santo reaccionó despacio y adormilado, abriendo los párpados con pereza. —Buenos días— soltó un bostezo. —Me alegra que, lo primero que veo al despertar, son tus hermosos ojos. — Ella se sonrojó, pues Albafica no dejaba de ser todo un caballero. —¿Cómo te sientes?, tuve que despertarte porque estabas temblando y tienes algo de temperatura— explicó, manteniendo una pequeña sonrisa. El Santo se tocó la frente, a la vez que notaba las molestias físicas en su cuerpo. Ya sabía que el antídoto le provocaría reacciones de vez en cuando. Sólo esperaba que no se intensificaran más adelante. —No te preocupes, con una ducha de agua fría estaré bien— se levantó de la cama. —Regreso enseguida. — Albafica salió de la habitación, mientras Agasha se preparaba también, pues irían a desayunar. … Edificio Patriarcal, área del comedor. Shion y Pefko ya los esperaban, así que, luego de dar los buenos días, procedieron a tomar los alimentos, mientras se ponían de acuerdo en las actividades para esa jornada. —Entonces, ¿Bajarán a Rodorio? — preguntó el Patriarca. —Así es, aprovecharemos para hablar con mi padre, y cosecharemos las rosas que se necesiten— comentó Agasha. Shion miró a Albafica, pero éste se hizo el distraído con su plato de sopa, evadiendo una posible mirada pícara de su parte. No era su intención molestarlo con el tema del suegro, pero sí debía recordarle que era de suma importancia la primera impresión. —Albafica, espero que no estés nervioso— habló el lemuriano. —Te recomiendo que lleves un presente para el señor Estelios, una botella de vino tal vez. — El mencionado sorbió una cucharada del caldo y soltó un ligero suspiro, para luego mirar a su amigo. —Estoy nervioso, es inevitable, pues no tengo referencias previas para una situación como esta— miró a Agasha. —No sé cómo reaccionará tu padre, así que… — —No te preocupes, yo te apoyaré— le sonrió con calidez. —Él sabe que has vuelto, y también es consciente de la admiración que te tuve hace seis años. — El Santo no estaba muy convencido, pero haría su mejor esfuerzo. Aunque Lugonis jamás platicó de estos temas con él, sí lo educó para ser un hombre formal cuando la situación lo ameritase. —Todo irá bien— afirmó Shion. —En la cava tenemos algunas botellas de reserva, pueden ir a escoger la que crean le gustará al señor Estelios. — Pefko, quien comía en silencio un trozo de pan, alzó la mano, llamando la atención. —¿Yo también debo llevar algo?, es decir, quisiera solicitar algunas rosas para examinarlas. — Agasha sonrió, pues el chiquillo era bastante educado. Ella iba a darle las rosas que necesitara, pero nunca estaba demás pedir permiso. —A mi padre le gustan los dátiles, así que podríamos pasar al mercado a comprar unos— propuso. —Genial, me gusta la idea— dijo animado el curandero. Shion bebió un poco de su té, sonriendo para sus adentros. Esto iba cada vez mejor, y claramente podía notar la alegría de Albafica. Así que ahora se enfocaría en preparar todo en el templo de Piscis para el ritual. —Bien, en lo que ustedes bajan al pueblo, yo me encargaré de que todo esté listo— finalizó. Todos continuaron desayunando con tranquilidad. Al terminar, Piscis bebió la siguiente porción del antídoto, y posteriormente, fue con Agasha a la cava del edificio Patriarcal. Por su parte, Pefko anotó la dosis y la hora en su libro de registros, y a continuación, se puso a preparar su morral y algunos frascos vacíos para tomar muestras. … Después de elegir una botella con el suficiente tiempo de añejamiento, y envolverla para que se viese llamativa, la pareja regresó al templo de Piscis, donde Albafica se cambió de ropa, pues deseaba verse formal. —¿Quieres que peine tu cabello? — preguntó la florista con una sonrisa, a la vez que le enseñaba un cordel que sostenía en la mano. —¿Me veo muy informal con el pelo suelto? — —Para mí no— se aproximó al buró, tomando un cepillo. —Pero creo que un peinado recogido, es una opción muy elegante en un hombre. — Él asintió, para luego tomar asiento en un taburete. La joven se acercó y empezó a cepillar sus largos mechones con suavidad, admirando el volumen y brillo que poseía. —¿Sabes?, creo que lo mejor es explicarle todo a mi padre, excepto la parte del ritual. Simplemente podemos decir que es una ceremonia privada— propuso ella, a la vez que juntaba el largo cabello en una coleta. Albafica tuvo un leve sonrojo, pues no podía evitar la incomodidad que aún le provocaba dicho tema. En definitiva, no debían hablar de eso con el padre de la joven, por mucho que Agasha haya estado casada, y que ninguno de los dos fuese menor de edad. —Estoy de acuerdo, y si no te importa, me gustaría que tú tomaras la palabra en el momento en que estemos con tu padre— pidió el Santo. — Yo aún estoy pensando cómo presentarme ante él. — La florista amarró el cabello y lo alació un poco más, dejándolo presentable. Entonces avanzó hasta quedar frente a su futuro esposo. —De acuerdo, pero no olvides que tus palabras también son importantes. Mi padre valora mucho el carácter de una persona, y más si se trata de mi prometido— con delicadeza peinó el flequillo, acomodándolo a los lados del rostro masculino. —Te queda muy bien éste peinado. — El hombre giró el rostro hacia el espejo, asombrándose de lo diferente que se veía. Estaba acostumbrado a maniobrar su larga melena en todo momento, así que rara vez se la sujetaba. No obstante, la imagen que le devolvía el reflejo, era la de un atractivo y elegante mancebo. Y por primera vez en mucho tiempo, Albafica se sintió cómodo con su belleza natural. Regresó su mirada a la joven. —Gracias— la tomó de las manos e hizo que se acercara un poco más. —Seguiré tu consejo. — Ella entendió su intención, así que se acercó para besarlo. Ambas bocas se unieron en un tierno beso, reafirmando su compromiso mutuo. Instantes después, salieron de la habitación tomados de la mano, dirigiéndose a la salida del templo zodiacal para encontrarse con Pefko y bajar al pueblo.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
Rodorio, medio día. La caminata fue tranquila y agradable hasta llegar a la entrada de la villa. A esa hora, el movimiento ya era bastante notorio, pues la gente iba de un lado a otro, mientras los comerciantes ofrecían sus mercancías con ahínco. —Quisiera pedirles un favor— mencionó Agasha de pronto. —Mi padre ya debe estar en su lugar vendiendo flores, así que debo ir por él, y explicarle la situación. Necesito que me den tiempo antes de ir a la casa— miró a Albafica. —Recuerdas cómo llegar, ¿Cierto? — El doceavo guardián confirmó con un movimiento de cabeza. —No hay problema, acompañaré a Pefko por los dátiles y luego te alcanzamos en tu casa, ¿Te parece bien que nos veamos en media hora? — propuso. La joven asintió. —Me parece bien, nos vemos— se despidió, dirigiéndose a una calle lateral. … Pefko y Albafica siguieron de frente, hacia la plaza central, para llegar a los locales de dulces artesanales. Y mientras el adolescente compraba los frutos, el Santo revisó una vez más el envoltorio de la botella de vino. Él mismo lo había elaborado para que fuera un regalo vistoso. —Señor Albafica, ¿Quiere unos gajos de naranja? — El guardián de Piscis aceptó con gusto el cono de papel con la fruta cristalizada, pues también le agradaba ese tipo de postre. —No debería preocuparse tanto, yo creo que el papá de Agasha estará contento con la botella— dijo Pefko. Albafica lo miró, notando que el chico se expresaba muy seguro de sus palabras, lo que terminó por convencerlo. Asintió por fin, a la vez que degustaba un par de gajos azucarados. —Tienes razón, creo que me estoy preocupando demás. — Avanzaron con lentitud, atravesando la plaza para hacer tiempo. —Estoy emocionado— sonrió el curandero. —Tener la oportunidad de experimentar con las rosas demoníacas será muy interesante. — El Santo aún no estaba del todo convencido de permitir que Pefko se acercase a las flores. Pero sabía que el chiquillo era alguien especial, y con sus conocimientos de sanador, podría lograr algo sorprendente. —Esas flores no son del todo rosas demoníacas. Primero debo trabajar con ellas y esperar la bendición de Deméter, para que regresen las tres variantes que utilizaba— miró al jovencito. —Aun así, te pido que seas muy cuidadoso con el rosal, no quiero que te afecte su esencia, por muy reducida que ésta sea. — Pefko confirmó sonriente. —Seré cuidadoso. — Ambos continuaron marchando entre la gente, distrayéndose con las mercancías de los comerciantes.:*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*~*:
La florista llegó hasta la calle donde se ubicaba la carreta de flores. Su padre finalizaba una venta en ese momento. Por suerte, la costurera Calíope no estaba cerca, ya que era necesario tratar el tema de Albafica en privado. Tan pronto el cliente se marchó, ella se acercó saludando. —Buenos días papá. — —¡Hija, que gusto verte! — la abrazó y le dio un beso en la frente. —¿Cómo estás, y qué ha sucedido con el Santo?, no he tenido noticias tuyas— hizo un gesto suspicaz. —¿Y cómo está eso de que te vieron besándote con alguien en el monumento de Athena? — La joven se sonrojó, a la vez que soltaba una risita. —Gente chismosa, ya sabía que alguien te avisaría— rodó los ojos. —De eso precisamente quiero hablarte, pero debe ser en privado. Se trata de Albafica, ha venido para hablar contigo. — —¿Ya se recuperó?, eso es una gran noticia, pero, ¿Por qué tanto misterio? — se quedó un segundo en silencio. —Espera, ¡¿Te estabas besando con él?! — cuestionó sorprendido. Agasha exhaló por lo bajo, pues se sentía un poco nerviosa. No quería entrar en detalles, pero era necesario decirle a su padre la verdad. Al menos lo más general e importante de la petición de la diosa Deméter. —Papá, ¿Recuerdas que te conté que la madre de las flores vino a buscarme, y que el Santo de Piscis fue revivido? — el hombre asintió. —Pues todo eso es verdad, Albafica está aquí, y los dos queremos hablar contigo, porque… mañana me “caso” con él, ante la diosa Deméter— reveló sin titubear. Estelios abrió los ojos en grande, sin ocultar su asombro. Recordaba la anécdota de su hija, y aunque quería mantenerse escéptico, verla expresarse con esa repentina seriedad, lo hizo aceptar sus palabras. —Ya veo… esto es muy precipitado y no sé qué decir… mejor vayamos a casa— empezó a guardar las macetas y flores, pues se llevarían la carreta con ellos. Ella se apresuró a ayudarlo, ya que tenía poco tiempo antes de que Albafica y Pefko los alcanzaran. … Poco después, en la casa de los floristas. Ambos permanecían sentados en la mesa de la cocina. Y mientras Agasha explicaba a grandes rasgos el plan de las diosas, el hombre bebía un té de menta para los nervios, pues lo que le contaba su hija, lo tenía muy pasmado. No es que no comprendiera la situación, pues incluso el Patriarca le confirmó la resurrección del Santo de Piscis. Sin embargo, resultaba demasiado fascinante escuchar aquella narración. —En pocas palabras, es una petición de las diosas. Tanto para recuperar las rosas demoníacas, como para darle una nueva oportunidad a Albafica. Y para mí, es tener el honor de ser la progenitora del linaje de un Santo dorado— finalizó Agasha, manteniendo un destello especial en las pupilas. Era verdad, pues no sólo se convertiría en la esposa de Albafica, el hombre del que se enamoró de jovencita. Sino que también, era parte fundamental de una misión otorgada por divinidades. Lo que significaba recibir su bendición, y que su apellido y familia, pasasen a formar parte de la historia del Santuario de Athena. Un gran honor. Estelios la observó con atención y luego sonrió. Su querida hija se notaba indudablemente feliz, un sentimiento que también le contagiaba a él. No le quedó más opción que aceptar las circunstancias y apoyarla. Después de todo, ella merecía tener una nueva oportunidad para formar una familia, y que mejor que con un hombre que apreciaba con sinceridad. Además, su viejo corazón se emocionó con la idea de futuros nietos. —Yo todavía estoy sorprendido— bebió otro sorbo de té. —Pero te creo hija, y te apoyaré en lo que necesites, tú y el Santo de Piscis— confirmó con una expresión alegre. Agasha sonrió emocionada, le alegraba mucho que su progenitor tuviera el suficiente criterio y confianza para aceptar esta curiosa situación. Y ahora, sólo faltaba un par de aclaraciones más. —En verdad te lo agradezco papá— dio un vistazo a la ventana del jardín, donde se podía ver el rosal escarlata. —Y hay dos cosas más que debo pedirte. — —Claro, ¿De qué se trata? — La joven regresó a mirarlo, manteniendo su mueca alegre. —Primero, debo pedirte que no trates a Albafica como si todavía fuese un guerrero de Athena. Él está en proceso de adaptación a su nueva vida, así que no es necesario que lo trates de usted, sino como un hombre común. — —Comprendo, será un poco extraño para mí, pero lo intentaré. — —Segundo, hay alguien más que nos acompañará. Se trata de Pefko, el niño curandero que desarrolló el antídoto para la sangre envenenada de Albafica— reveló la florista. —Viene a estudiar el rosal y a tomar muestras para analizarlas. — Estelios se asombró de nuevo, pues hace unos momentos, su hija también le platicó acerca de aquel muchachito, el cual fue capaz de encontrar la cura para las rosas demoníacas, gracias a la diosa Deméter. Sería interesante conocerlo, pues jamás imaginó que alguien tan joven pudiese lograr semejante hazaña. —Ya veo, que interesante es todo esto. Si tú no tienes inconveniente en que se acerque a las rosas, por mí no hay problema, sólo que tome sus precauciones. — —No te preocupes papá, Pefko es uno de los mejores sanadores, él sabe cómo trabajar con ejemplares peligrosos— indicó Agasha. En ese instante, se oyeron golpes en la puerta de entrada. El corazón le brincó a la florista, el momento había llegado. … Albafica y Pefko se encontraban frente a la casa de los floristas. El Santo recordaba bien el camino para llegar al domicilio, y el letrero del porche con la flor dibujada, era muy vistoso a la distancia. Sin embargo, se tomó un minuto antes de animarse a tocar la puerta. Ahora sí estaba más nervioso que antes, notando incluso que el estómago se le contraía. No era para menos, pues estaba a punto de hablar con el padre de Agasha. Un hombre que lo reconocería de inmediato como el Santo de Piscis, y que estaba enterado de que su hija desarrolló sentimientos por él hace seis años. Tomó una gran bocanada de aire y luego exhaló despacio, para intentar mantener una serenidad que estaba lejos de sentir. Era una verdadera lástima que Lugonis nunca le dio algún consejo para un escenario como éste. —Señor Albafica, ¿Está bien? — inquirió el adolescente al verlo dudar. —¿Sabes Pefko?, es más fácil estar tranquilo frente a un Espectro de Hades, que ante tu futuro suegro— soltó de pronto. El sanador lo miró con media sonrisa. Aunque era muy joven para comprender estas cosas, sí entendía que el guardián de Piscis estaba bromeando para controlar sus nervios. Por lo que decidió darle apoyo moral. —No se preocupe señor Albafica, recuerde que usted fue un guerrero que protegió a una diosa, eso le da mucho mérito para desposar a cualquier mujer— alzó su bolsa de dátiles y señaló la botella de vino que sostenía el hombre. —Y siempre es un gesto formal traer regalos para pedir un favor, o la mano de una joven— amplió su sonrisa. El Santo abrió los ojos en un gesto de comprensión, el niño estaba en lo correcto. Quizás le faltaba conocer un poco más de las costumbres para los temas del matrimonio, pero eso no le impedía presentarse como un candidato meritorio. Su maestro siempre le dijo que los guerreros de Athena debían dar una imagen intachable, y eso incluía ser formales en cualquier situación. Sólo debía apelar a su temple de guardián zodiacal. —Tienes razón— volvió a exhalar. —Aquí vamos— tocó la puerta con un par de golpes suaves. Pasaron algunos segundos antes de que se oyera el sonido de un pasador siendo recorrido. Posteriormente, la hoja de madera se abrió con lentitud, dejando entrever el rostro de la florista. —Bienvenidos, pasen por favor— sonrió. Albafica y Pefko ingresaron a la casa, encontrándose con el padre de la joven en la estancia. Estelios permanecía sentado en un sillón, observando todo con atención. De repente, se quedó estupefacto, y no pudo creer lo que veían sus ojos. El Santo de Piscis estaba ahí, en carne y hueso, con la misma apariencia de hace seis años. Vestía como un civil común, pero elegante, gracias a su traje y chaqueta oscuros, en conjunto con unas botas de piel. Su característico cabello aguamarina permanecía sujetado en una larga coleta baja, lo que le daba una mayor distinción a su estampa, a pesar de tener algunos flequillos sueltos en la frente. También miró al chiquillo que iba a su lado, usando la vestimenta típica de los habitantes de la Isla de los Curanderos. Era muy joven todavía, con una chispa vivaz en los ojos y una sonrisa infantil. Pudo notar que ambos traían algo en las manos. —Buenos días, señor Estelios— el representante de Piscis realizó un saludo formal con una inclinación de rostro. —Me presento ante usted como Albafica, antes Santo dorado de Athena, ahora, un hombre común que tiene la intención de cortejar y desposar a su hija Agasha— se acercó unos pasos y ofreció el obsequio con un gesto casi ceremonial. —Un presente para usted. — El hombre mayor aún tenía una mueca de asombro, pero de inmediato se puso de pie para aceptar el regalo, pues no todos los días recibía una botella de vino. —Vaya, me sorprendes muchacho— sonrió con amabilidad, recibiendo el ánfora. —Me agrada que seas franco con tus intenciones, y aunque mi hija ya me puso al tanto de todo, es grato presenciar tus modales y educación— ofreció su mano derecha. —Se bienvenido. — Albafica asintió, respondiendo de inmediato al saludo, tratando de controlar sus emociones al notar la fuerza y seguridad del apretón. Aquel simple ademán, aunque corto, decía mucho de una persona. Ese hombre, a pesar de ser un sencillo aldeano, era alguien de carácter firme. —Se lo agradezco señor, y ahora, quisiera presentarle a Pefko, un excelente sanador, y mi familiar— habló con firmeza, señalando al chiquillo. —Él también ha venido para presentar sus respetos. — El adolescente sonrió incluso más al escuchar que Albafica lo consideraba un familiar. Se acercó también, ofreciendo la bolsa de dátiles con el mismo gesto educado. —Buenos días, soy Pefko y es un gusto conocerlo señor papá de Agasha— habló con inocencia. —Vengo de la Isla de los Curanderos, y quiero pedirle permiso para estudiar el rosal que tiene en su jardín. Sería un excelente aporte a mis registros botánicos y futuras referencias para los Santos de Piscis. — Estelios sonrió divertido, pues el chiquillo era muy formal para su edad. —Bienvenido jovencito, es increíble conocer al sanador que creó el antídoto para las rosas de Piscis— lo saludó con la misma firmeza que al Santo. Pefko se sonrojó, pues estaba feliz de saber que su esfuerzo era reconocido por otros. —Espero le gusten los dátiles, están deliciosos, yo me indigesté el otro día por comer muchos— mencionó como si nada. El hombre mayor soltó una leve risa. —Me encantan los dátiles, gracias— miró a la pareja. —¿Les parece bien que tomemos asiento y empecemos con esta plática? — Los dos asintieron. Agasha tomó de la mano a Albafica, infundiéndole confianza, para después llevarlo hacia la cocina, seguidos por Pefko y Estelios. Una vez ahí, tomaron asiento en la mesa y la conversación dio inicio. Si bien, Agasha previamente le dijo todo a su padre, incluyendo que iba a formar una familia con Albafica, el detalle del ritual de Deméter fue omitido, por ser un tema exclusivo de la pareja. En cuanto a lo demás, recuperar las rosas demoníacas, curar la sangre envenenada de Piscis, y permitirle vivir una vida feliz, fue lo que se detalló. La plática fue tranquila, las aclaraciones hechas y la aceptación final confirmada. Agasha y Albafica estaban contentos de tener la bendición de Estelios para su relación. El hombre mayor se sentía feliz de que su hija pudiera rehacer su vida. Y Pefko, él estaba emocionado por formar parte de esta nueva familia, y por tener la posibilidad de estudiar las emblemáticas flores de Piscis. —Entonces, ¿Qué sigue ahora? — preguntó Estelios. —El Patriarca Shion se encargará del altar y las ofrendas para Deméter— explicó Agasha. —Nosotros debemos llevar una buena cantidad de las rosas descendientes, ya que también las requiere la diosa. — —Pues manos a la obra, les prepararé unos canastos para que las transporten con mayor facilidad. — … Ya era media tarde cuando todos se encontraban en el jardín. El guardián de Piscis y la florista estaban frente al imponente rosal escarlata. Unos metros más atrás, Estelios le ayudaba a Pefko a colocarse sus aditamentos de protección, pues era el único que no podía acercarse libremente a las flores. Albafica contemplaba con admiración las bellas rosas. Éstas denotaban un color y olor muy intensos, casi como si fuese su forma de saludarlo. Con suavidad, encendió su cosmos y ellas respondieron brillando intensamente. —Son increíbles— dijo emocionado, tocando algunos pétalos. —Has hecho un trabajo admirable con la rosa que te di— le sonrió a Agasha. Ella se sonrojó levemente. —No fui yo sola, la diosa Deméter la bendijo, y mi padre se encargó de alimentarla con el mejor fertilizante. — —Se los agradezco mucho— se quitó la chaqueta, dejándola en un borde de la verja cercana. —Entonces, cosechemos las más grandes y dejemos los botones jóvenes sin tocar— arremangó su camisa y se colocó unos guantes de piel gruesa que llevaba con él. La joven asintió, ciñéndose sus propios guantes y maniobrando con habilidad su navaja curva para podar. En cambio, el Santo decidió usar sólo las manos y su cosmos. Mientras tanto, Pefko se acercó despacio al otro extremo del rosal, percibiendo su delicado aroma. Usaba una capucha y una túnica completa que lo cubría hasta los tobillos. Aunado a esto, los guantes largos y una mascarilla de piel sobre su rostro, le daban una buena protección. Por último, también vestía un mandil con varios bolsillos, en los cuales llevaba herramientas y frascos vacíos. —Estas flores son espectaculares— las revisó a detalle. —El tamaño es anormal para una rosa escarlata común, me imagino que se debe al mestizaje— observó las grandes espinas. —Recuerda jovencito, unos minutos cerca, y si percibes un mareo, te alejas— advirtió el padre de Agasha, quien estaba a su lado, acomodando los canastos. —Sí señor— confirmó, a la vez que sacaba unas tijeras de hierro del mandil. —Sólo tomaré algunos ejemplares para mi investigación, y creo que también necesitaré hojas y tallos. — —De acuerdo, tengo un hachazuela para eso— Estelios fue en busca de la herramienta. Momentos después, le ayudó a cortar algunas ramas que no estaban saturadas de flores. Asimismo, recogieron hojas, corteza y pétalos que estaban tirados en el suelo. Pefko guardó con sumo cuidado cada ejemplar en los frascos: Rosas de diferentes tamaños y en varias etapas de crecimiento, hojas verdes y secas, así como diferentes ramas con espinas. Aunque tosió un par de veces, no fue necesario alejarse, pues la máscara de piel le ayudó bastante. Por su parte, Agasha y Albafica llenaron tres canastos con flores, suficientes para decorar el altar, y cualquier otro uso más que se requiriera. … Rato después. Los tres visitantes ya se despedían de Estelios. Albafica cargaba en su espalda los dos canastos más grandes. Agasha llevaba uno solo y la chaqueta del Santo en las manos. Pefko se las arregló para acomodar todos sus frascos en el morral, que se veía bastante voluminoso. —Pefko, ¿Seguro que puedes con todo? — interrogó Piscis. —Claro que sí, estoy acostumbrado a llevar peso, no se preocupe señor Albafica— comentó el sanador. —Bien, entonces nos retiramos, señor Estelios— miró a su futuro suegro con media sonrisa. —Ha sido un gusto conocerlo y tratarlo. Muchas gracias por su tiempo, su aceptación, y estas magníficas flores— extendió su mano hacia él. Un ademán que jamás pensó en realizar antes con tanta confianza hacia otro ser humano. El padre de Agasha también sonrió con sinceridad, aceptando el gesto de despedida. Siendo esto casi un acuerdo de agrado y respeto mutuo entre dos hombres que aprecian a la misma mujer, pero de diferente manera. —Lo mismo digo, Albafica— el apretón de su mano fue firme de nuevo. —Bienvenido a la familia— miró a su hija. —Agasha, no olvides visitarme de vez en cuando, y a Calíope también. — —Nunca lo olvidaría papá, ese detalle… — le dio una mirada rápida al Santo. —Aún no lo platicamos. — Piscis asintió con suavidad, comprendiendo la situación. —No se preocupe señor Estelios, yo me encargaré de proporcionarle todo lo necesario a Agasha, y eso incluye vivir aquí mismo en Rodorio— habló con seguridad. Ciertamente, no había pensado en ello, pero tampoco sería complicado. Después de todo, su servicio como Santo dorado fue bien pagado. Y esa pequeña fortuna aún debía estar en su templo. Ya revisaría dicho tema con Shion más tarde. —Perfecto, entonces nos vemos después— Estelios cerró la puerta de la casa. —Yo voy a visitar a Calíope, tengo que contarle las buenas nuevas. — —Papá, no vayas a decirle que… — pidió la florista, pero su progenitor se adelantó. —No te preocupes hija, le diré que Albafica era un conocido del Santuario, que se marchó antes de la guerra santa y que ha regresado para cortejarte. — —Me parece buena idea— sonrió ella, pues más adelante también le presentaría el Santo a la costurera. —Por cierto, ¿Tú y la señora Calíope…? — El hombre mayor soltó un suspiro y una pequeña risa. —Creo que ya lo habías notado desde hace tiempo, ella y yo hemos comenzado una relación— confirmó. —Me alegra mucho saberlo, estoy feliz por ustedes, ya se habían tardado en mencionarlo— se acercó y lo abrazó. —Ya nos vamos, pero después platicamos. — —Vayan con cuidado. — Estelios se fue rumbo a la casa de la costurera. Agasha y los demás caminaron a la salida del pueblo. Debían regresar al Santuario y ayudar a Shion en lo que faltase.***
Continuará… Muchas gracias por leer y comentar. 12/Octubre/2025