Contacto Humano

Het
NC-17
Finalizada
3
Tamaño:
409 páginas, 165.808 palabras, 30 capítulos
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25. El Ritual

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Hola: Les dejo el capítulo veinticinco. Atención: Todos los personajes de Saint Seiya y Saint Seiya: The Lost Canvas, pertenecen a Masami Kurumada y Shiori Teshirogi respectivamente. Los OC son de mi autoría personal, así como la historia, la cual solamente escribí por gusto y diversión.

***

Capítulo XXV: El Ritual Templo de Piscis. Agasha tomó la lámpara de aceite y comenzó a encender los cirios, de izquierda a derecha, manteniendo un gesto solemne. La sutil penumbra que ya invadía el templo retrocedió ante la luz ambarina de las ocho candelas. Albafica aprovechó para revisar el cesto de mimbre y ver lo que contenía. Grande fue su sorpresa al encontrar una colchoneta enrollada de tamaño mediano. Estaba confeccionada en lino verde, y por lo esponjada que se veía, era probable que estuviese rellena de algodón. Por un segundo no comprendió que hacía eso ahí, hasta que la florista se acercó a él. —Debemos colocarla frente al altar, a unos metros de distancia estará bien— indicó, sin disimular un leve rubor. En ese instante, el santo comprendió el propósito de dicha pieza. —C-Claro… — tragó saliva y procedió a tenderla en el suelo. De pronto, el ambiente cambió. Una deliciosa fragancia a bosque se percibió por todo el lugar, lo que los hizo voltear de inmediato a la entrada del templo. Ahí, caminando con elegancia e imponente presencia, la diosa Deméter avanzaba con parsimonia hacia ellos. El atuendo que portaba en ese momento era diferente al que vestía normalmente. Ahora su túnica era de colores azules y dorados, enmarcada por una etérea capa blanca que ondulaba desde sus hombros. Su largo cabello castaño caía libre por su espalda y hombros. Sobre su cabeza portaba una tiara grande y compleja, elaborada con ramas de olivo, decorada con flores multiformas y espigas de trigo brillante. Ambos admiraron su belleza y luego se postraron con una rodilla al suelo a modo de saludo. —Bienvenida, madre de la naturaleza— saludó Albafica, inquieto por volver a encontrarse con la deidad. —Es un honor verla de nuevo, gracias por todo lo que nos ha dado— levantó la mirada, observándola con seriedad. Agasha se mantuvo en silencio, dirigiéndole otra respetuosa inclinación de rostro. Se quedó observándola con atención, pues a partir de éste momento, ella encaminaría la ceremonia. Deméter sonrió amable, contemplándolos con serenidad. Luego le dio un rápido vistazo al altar, sintiéndose admirada por la elegante presentación de ofrendas y elementos ceremoniales. —Mi querido floricultor, mi pequeña florista— se inclinó un poco, acercando las manos a ellos, acariciando sus mejillas con suavidad. —Estoy muy contenta de haber llegado a éste punto. Me siento feliz por su reencuentro y de que hayan sido capaces de establecer una relación tan cercana. Athena estará complacida cuando sepa que el linaje de Piscis y sus rosas demoníacas perdurará— sonrió incluso más. La pareja asintió despacio, apenas reaccionando ante la cálida cercanía de la diosa. No podían explicarlo, pero su aura divina les transmitía una extraña calma, cosa que era necesaria en éste momento. —Bien, escuchen con atención, éste ritual es un poco diferente a los tradicionales, pues está enfocado en ustedes como pareja y en las rosas de Piscis— retiró sus manos, pasando su mirada de uno a otro mientras hablaba. —El proceso consiste en cinco pasos— abrió la palma derecha frente a ellos. Agasha conocía más o menos el procedimiento a seguir, pues no estaba tan alejado de lo que se relataba en los pocos registros de las Tesmoforias. Pero intuyó que Albafica no sabía nada de esto, o era limitado. Por lo que debería guiarlo en cada acción, tal y como lo hacían las sacerdotisas en la antigüedad. —Primero, iniciarán con las oraciones de alabanza. Segundo, yo escogeré las ofrendas que consumirán en mi honor— fue doblando cada dedo conforme explicaba. —Tercero, ofrendarán las rosas descendientes con un poco de la sangre de ambos. Esto es necesario para que renazca el vínculo con ellas— miró a Albafica a los ojos, dejando en claro que no permitiría objeción alguna. Piscis tragó saliva con dificultad, pero asintió despacio. Había un pacto que cumplir y el miedo a que su sangre quedara expuesta no era parte de dicho trato. —Cuarto, celebraremos el matrimonio ritual y su promesa de lealtad hacia mí— hizo una pausa lenta, pues el paso final era el más importante. —Quinto y último, deberán unirse sentimental y carnalmente en mi presencia, para que pueda bendecir a su futura estirpe— decretó. Ambos bajaron brevemente la mirada, conscientes de lo que eso implicaba. Sin embargo, Agasha confiaba en que Deméter los apoyaría. En cuanto al Santo, él se quedó en blanco por un instante. Ahora que estaban aquí, ante la deidad, todo parecía un poco más complicado. La elegante dama notó aquella reacción. Pero sonrió confiada, pues se aseguraría de que la pareja estuviese concentrada y entregada al ritual. Buscó algo en el cinto de su túnica, mientras ellos permanecían expectantes y sin moverse de su posición. —Ahora daremos inicio a la ceremonia— extrajo el pequeño frasco que la diosa Afrodita le entregó. —Quédense quietos— lo destapó. Sin dar más explicaciones, depositó una pequeña gota de la esencia en el dedo índice de su otra mano. Esperó hasta que la sustancia se diseminara un poco y luego lo acercó a Albafica. Con un suave movimiento dibujó una línea horizontal en la frente del guerrero, e inmediatamente después, repitió la acción en el rostro de la florista. Ellos percibieron con claridad la huella húmeda, que al paso de los segundos fue absorbida por sus pieles. No sintieron nada raro, excepto un cosquilleo cálido en sus frentes que rápido desapareció. Supusieron que era parte del rito, así que decidieron no preguntar nada, esperando las indicaciones de la diosa. —Comiencen con las oraciones— indicó, guardando el frasquito y encaminándose al altar. Albafica se puso de pie, para luego ayudar a Agasha a levantarse. Deméter se detuvo frente al tabernáculo, exactamente a la mitad de las hileras formadas por los floreros de rosas y amapolas. Sonrió complacida, acariciando los pétalos con delicadeza, deleitándose con el aroma de los platillos y las demás ofrendas. Con la mirada empezó a revisarlas una por una, así como su efigie y símbolos, mientras escuchaba a la pareja rezar a sus espaldas. La florista y el Santo se acercaron, quedándose de pie a poco más de un metro de distancia. Levantaron las manos hacia el cielo y comenzaron a entonar una oración de alabanza. —Oh diosa Deméter, heredera de Gea y madre de la naturaleza, escucha nuestras palabras. Oh divinidad de las flores, creadora de la agricultura y obsequiadora de los frutos de la tierra, estamos ante ti para solicitar tu favor. Oh deidad que fertilizas los campos y portas las estaciones, te pedimos nos otorgues tu aprobación. — La frase fue repetida una y otra vez con exactitud y elocuencia. Ambas voces pronunciaron las palabras, con una entonación firme y clara por al menos un par de minutos, manteniéndose concentrados, observando las acciones de la elegante dama. Ésta tomó el tazón que contenía la carne de cerdo y empezó a complementarlo con otros elementos. Dos pedazos de pan, semillas de trigo y almendras. En otro plato, donde había manzanas cortadas en rodajas, colocó algunas uvas e higos, posteriormente, cubrió todo con miel. Entonces se acercó a ellos, señal que interpretaron como el final de las oraciones. —Agasha, encárgate de ofrendar— le extendió los alimentos. La florista dio un paso al frente, hizo otra reverencia y recibió las porcelanas con ambas manos. Deméter regresó al altar, tomó la redoma de vino, le quitó el corcho y llenó la copa de plata. Se dirigió al doceavo guardián y se la entregó. —Albafica, síguela y haz lo que te diga. — El hombre asintió, dando un paso al frente y bajando el rostro con formalidad al recibir la copa. La deidad dio media vuelta y se acercó a los floreros que guardaban las amapolas. Eligió diferentes flores, para luego comenzar a entrelazar sus ramas una a una, haciéndolo con relativa calma. Desentendiéndose un momento de ellos. —Debemos consumir los alimentos y la bebida, así que imita lo que yo haga— habló la florista en voz baja, arrodillándose con cuidado y colocando el plato y el tazón en el suelo. Piscis lo hizo, hincándose frente a ella y bajando la copa también. La miró tomar un pedazo de carne y pronunciar un agradecimiento con solemnidad. —Madre de las cosechas, gracias por tus bendiciones— consumió la porción, masticando despacio. Luego tomó un pedazo de pan y empezó a morderlo, intercalando los bocados con las semillas de trigo y las almendras. De inmediato, Albafica repitió las acciones cortando un trozo de pan y de carne a la vez. —Madre de las flores, te agradecemos estos alimentos— con calma pasó el bocado y luego siguió con las semillas. El acto de consumir las ofrendas era una forma de venerar a Deméter, pues ella permitía que la tierra fuera fértil para las plantas y los animales. Degustaron otras porciones, intercalándolas con más agradecimientos. Después Agasha indicó que bebieran el vino por turnos, haciendo esto por algunos minutos. Dado que las cantidades del tazón eran pequeñas, terminaron con ellas y pasaron a las frutas. Los higos estaban sumamente dulces, y aunque la manzana resultó un poco ácida, la miel arregló el sabor. Al final sólo quedaron un par de uvas. —Debemos comer lo último en un intercambio— comentó la florista, tomando uno de los frutos y acercándolo a la boca del Santo. Él asintió, recogiendo la fruta restante y llevándola hacia los labios de ella, pues el objetivo era que ambos las consumiesen al mismo tiempo. En ese instante, Albafica se quedó mirando los labios de Agasha, sintiendo una repentina necesidad de besarlos. Permaneció inmóvil un segundo, pensando que aquello era extraño. La miró sonreír levemente, abriendo la boca para recibir la uva. Él se la entregó mientras recibía el otro fruto y ambos procedieron a masticar y tragar. Sin embargo, el guardián del pez dorado no pudo evitar contemplar el suave movimiento que hacían los labios femeninos. Y cuando ella se relamió con lentitud, aquel gesto le provocó un sobresalto. —¿Qué sucede?— se preguntó con inquietud, desviando la mirada y tomando otro trago de vino. Para la joven aquello no pasó desapercibido. Y tampoco la gota color granate que quedó en la comisura de la boca masculina. Antes de siquiera pensarlo, se inclinó hacia el frente, acercándose demasiado al rostro de Piscis. Cuando él notó su cercanía, no retrocedió, por el contrario, permitió que ella recogiera aquel resto de vino con el suave toque de su lengua. Agasha se sonrojó, volviendo a su posición, sin comprender bien por qué hizo eso. Él le ofreció la copa y sin demoras, bebió el licor restante. Antes de parpadear otra vez, el guerrero de Athena ya se encontraba reclinado frente a ella, buscando besarla. No se sorprendió demasiado, sólo aceptó el momento con emoción. —Esto no me lo esperaba, pero me agrada mucho— pensó ella. El beso fue delicado y tierno, con un regusto dulce que los dejó fascinados. Aunque breve, aquel acercamiento fue suficiente para generarles un repentino aumento de temperatura en la cara y una contracción en el estómago. Se apartaron sonriendo con cierta complicidad. Más allá, la diosa sonrió para sí misma, percibiendo todo lo que ocurría, pues la esencia de amor ya comenzaba a tener efecto en ellos. Terminó de entretejer la última flor y miró con satisfacción las guirnaldas de amapolas que había creado. Las dejó en un espacio vacío del altar y se giró hacia los otros floreros, escogiendo ahora las rosas más hermosas. Una vez que juntó un ramo de buen tamaño, se acercó al ánfora decorada que contenía agua de manantial. Depositó las flores en su interior, al mismo tiempo que recitaba unas extrañas palabras en voz baja. Acercó una mano y procedió a realizar una pequeña incisión en la yema de su dedo índice, auxiliada por la uña de su pulgar. Una sola gota bastó para que el jarrón vibrara por un instante, mientras su piel cicatrizaba en un santiamén. Con éste acto, les otorgaba su bendición. Levantó el cántaro por sus asas y se aproximó a ellos. —Es momento de ofrendar las rosas de Piscis. — La pareja se puso de pie. Fue Agasha quien recibió el ánfora, sosteniéndola con cuidado de ambas orejas. La mantuvo hacia el frente, mientras se deleitaba con la fragancia de las rosas. De inmediato el Santo percibió el rastro divino en ellas, sintiéndose intrigado por lo que haría la diosa. —Albafica, extiende tu brazo— ordenó Deméter. Él comprendió lo que significaba su petición, así que subió la manga de su túnica y acercó el brazo izquierdo al cántaro, apenas disimulando su inquietud. Tragó saliva y contuvo la respiración cuando la deidad sujetó su muñeca sobre la boca del ánfora y sintió el pinchazo de su uña cortándole la piel. Fue breve el dolor, así como el escurrimiento de algunas gotas de su sangre. Posteriormente notó un calor suave, y cuando ella lo soltó, la herida ya estaba completamente cicatrizada. —Es tu turno Agasha. — La florista entregó el ánfora a su compañero, quien ya soltaba el aire más tranquilo. Dobló la manga de la toga y acercó el brazo derecho. La diosa rodeó su muñeca con la otra mano y le hizo el mismo corte en la piel. Agasha gimió por lo bajo debido al dolor, viendo su sangre caer en el interior del cántaro. A continuación, el cálido tacto de Deméter le curó la herida. Los dos estaban sorprendidos por aquel poder de sanación. Pero teniendo en cuenta que era la divinidad de la regeneración de la vida en la tierra, comprendían que sus habilidades eran muy versátiles. El Santo entregó el ánfora a Deméter. Ésta regresó al altar y la colocó en su sitio, para luego empezar a recitar de nuevo palabras antiguas que ellos no entendieron. Después, repitió la oración en el idioma que sí comprendían. —Otorgo mi bendición a estas rosas, que su linaje pasado retorne y prevalezca. Concedo mi beneplácito para existir y acompañar a la estirpe zodiacal de Piscis, que su poder sirva a los guardianes del pez dorado en su misión. — Albafica sintió una gran emoción creciendo en su pecho. Saber que sus rosas demoníacas volverían a existir era algo muy importante para él. Aunque sabía que eran tiempos de paz y que llevaría una vida normal, era consciente de que sus descendientes tomarían el manto dorado en el futuro. Por lo tanto, le correspondía documentar todo lo relacionado con las técnicas de su constelación protectora. Por su parte, Agasha sonrió con admiración. Era un honor saber que su línea de sangre ahora quedaba unida con la de un guerrero de Athena, y que la historia la recordaría como la mujer que mantuvo vivas las rosas de Piscis. —Ahora celebraremos el himeneo— la elegante dama se acercó, llevando en sus manos las guirnaldas de amapolas. —Estas flores tienen diferentes significados, entre ellos, amor y pasión— a cada uno le entregó una corona. —Es momento de formalizar su unión conmigo. — Ambos confirmaron con el rostro, cada quien sintiendo una emoción diferente. Ella notaba un cosquilleo en su estómago por estar casándose de nuevo. Esta vez con el hombre del que se enamoró hace seis años, y con el cual ahora tenía una conexión muy especial. Él simplemente sentía que el corazón no le cabía en el pecho de felicidad. Su nerviosismo inicial fue disipándose al ser consciente de que iba a casarse. Algo que jamás creyó posible en el pasado debido a su maldición. —Acérquense, mis queridos contrayentes— la madre de las flores se colocó ante el altar, mirándolos con una sonrisa. Obedecieron, tomándose de la mano y caminando juntos, hasta quedar frente a ella. —Honren mi nombre y entreguen lealtad— solicitó, posando las manos con suavidad sobre la cabeza de ambos. La pareja pronunció la plegaria en perfecta coordinación. —Divina Deméter, madre de los frutos y los granos, dadora de vida y fecundidad, nos presentamos ante ti con reverencia y humildad. Bendice nuestra unión y nuestro linaje, que perdure a través del tiempo y las eras. Señora de la naturaleza, te juramos lealtad eterna.— Deméter apartó sus manos. —Simbolicen lo real de su unión y la autenticidad de su amor. — Cada uno colocó su guirnalda de amapolas en la cabeza del otro. Primero Albafica se agachó lo suficiente para que Agasha no tuviera dificultad alguna, permitiendo que ella acomodara la tiara con delicadeza. Posteriormente, él hizo lo mismo, posicionando la corona de flores de tal manera, que la joven se veía preciosa. —Ahora, representen el nuevo viaje que inician juntos. — Se tomaron de las manos otra vez y empezaron a caminar alrededor del altar por el lado derecho. Con paso lento y firme, dieron tres vueltas exactas, representando con ello el compromiso que implicaba el matrimonio. Un viaje que se realizaba en pareja, donde se acompañarían mutuamente en las circunstancias, buenas y malas, del camino. Al concluir, quedaron ante la deidad una vez más. —Para finalizar, beban— les ofreció el cáliz antiguo de cerámica, el cual ya contenía un poco de vino de la redoma. —De ahora en adelante, llevarán una vida compartida. — Tomar licor de un cáliz antiguo decorado con imágenes de un dios, significaba compartir su vida con él o ella de forma espiritual. En éste caso, quedaba en claro que el acto simbolizaba unirse con la madre de las flores. Agasha y Albafica bebieron por turnos hasta que el vino se terminó. Un delicioso calor interno se extendió por sus cuerpos. Cuando se miraron a los ojos, comprendieron que algo estaba sucediendo, ya que ese repentino deseo no era por la bebida ingerida. No entendían bien que era, pero tampoco les preocupaba demasiado. Era como si, en aquel preciso instante, todo hubiera dejado de importar y el apetito carnal se hubiera despertado de golpe. Albafica notó algo familiar en ello, pues recordó la extraña relajación que sintió cuando estuvo por primera vez con Agasha. Por su parte, la florista no meditó demasiado la situación, tal vez la diosa se había encargado de facilitar las cosas, así que lo agradecía. Deméter sonrió complacida, tomando el cáliz y dejándolo en su sitio. Entonces, levantó la mirada hacia la cúpula del templo, observando que la luna llena alcanzaba su cenit. La luz blanquecina se unió con la de los cirios, iluminando el lugar de manera especial. —Perfecto, es momento de la fase final— regresó a mirarlos. —Bendecir a la futura estirpe de Piscis. — La pareja ni siquiera pestañeó al escucharla, pues el hechizo de la esencia de Afrodita ya estaba desplegado. Se tomaron de la mano y caminaron hacia la colchoneta sin dudar. La elegante dama no cambió su expresión de satisfacción. Era momento de encender su cosmos y usar el enorme poder que en éste momento se le confería debido a la alineación de las estrellas. Se giró hacia el altar, elevando el rostro y los brazos al cielo, para luego comenzar a recitar una serie de palabras antiguas en un tono acompasado y solemne. No era la misma invocación que usó para revivir al Santo dorado, pero sí el mismo idioma arcaico, divino e ininteligible para los humanos. Su cosmoenergía empezó a manifestarse, llenando la casa zodiacal por completo. Albafica pudo sentir su poder creciendo, el cual no era inquietante ni peligroso, pero lo percibía claramente en el aire. En cuanto a Agasha, ella no lo apreciaba de la misma forma, pero sí lo notaba en su piel como una sutil corriente. Dieron un vistazo a la diosa, comprendiendo que no tendrían su mirada sobre ellos, lo cual era una buena noticia. Al llegar a la colchoneta, se sentaron uno frente al otro. —¿Estás listo? — preguntó Agasha con tranquilidad. —Supongo que sí, aunque debo confesar que esto es extraño— hizo una media sonrisa. —Te deseo demasiado, pero no me siento nervioso para nada. — La joven igualmente sonrió, llevando las manos hacia el rostro masculino, atrayéndolo. —Yo también— acercó sus labios a los de él, rozándolos con dulzura. —Te deseo, esposo mío. — Aquellas simples palabras sacudieron al hombre con fuerza, llevándolo a soltar sus emociones por completo. Sus brazos rodearon a la florista por la cintura, y con un sólo movimiento, la levantó para atraerla hacia su cuerpo. Agasha quedó sentada en el regazo de Albafica, rodeándole la cintura con las piernas mientras soltaba una pequeña risita. Se miraron por un segundo y luego empezaron a besarse con ansiedad. No había prisa, pues el acto sexual debía ejecutarse con naturalidad, pero demostrando pasión y deseo. Todas las divinidades que compartían el epíteto de diosa de la fertilidad, valoraban éste tipo de adoraciones. En el panteón griego, la que más se beneficiaba de esta devoción era Afrodita, pero no era la única. Deméter también podía ser venerada de la misma forma, pues era la que permitía la fecundidad de la naturaleza en todas sus formas de expresión. Ambos se dejaron llevar por el instinto, mientras el cosmos de la diosa crecía a su alrededor. Y justo en ese momento, las palabras de Deméter se transformaron en un cántico divino que embelesó sus sentidos. Aquella sinfonía se extendió por el lugar, envolviéndolos como parte del ritual. La unión de sus bocas se rompió, dando paso a la acción. Los labios del Santo se quedaron en la piel de Agasha, descendiendo por su mentón y cuello. Con suaves besos y húmedas lamidas estampó su dermis, buscando su reacción y jadeo. Sentir su cuerpo y su temblor de pronto se convirtió en una necesidad para vivir. Las manos de ambos se desviaron, buscando su propio camino, encontrando los bordes de las túnicas para tirar de ellas y apartarlas con prontitud. La joven florista se adelantó, abriendo la toga de su compañero con cierta torpeza, pues al estar tan cerca, no había suficiente espacio. Pero eso no le impidió aflojar la tela, dejando al descubierto sus anchos hombros. El cabello aguamarina se derramó en aromáticos mechones que ella peinó con sus dedos, mientras acariciaba su nuca y luego bajaba por su espalda. Su respiración, antes suave y corta, empezó a acelerarse conforme sus manos dibujaban y presionaban la musculatura del guerrero. Un repentino calor interno se manifestó en su vientre, comprendiendo que esto iba mejor de lo que esperaba. Los besos y las lamidas que Albafica ejecutaba, hicieron que Agasha jadeara con sensualidad. Esto reforzó la creciente confianza del hombre. Por lo que sus manos empezaron a tirar de la túnica por detrás de su espalda, consiguiendo que la joven bajara los brazos para retirar la tela, dejándola parcialmente desnuda. Sin inmutarse, ella retomó sus caricias, tocando con ansiedad aquellos fuertes brazos y marcado torso, provocándole inesperadas cosquillas. El apetito de Piscis se hizo evidente, alimentado por todas las reacciones dérmicas que percibía. Desde que la bella florista le permitió experimentar el contacto humano a nivel íntimo, su sensibilidad no había hecho más que aumentar. Estaba agradecido por ello, y en éste momento, ya no sentía ningún tipo de timidez o preocupación. Por lo que no se le hizo extraño notar un espasmo en su vientre, cuando sintió la cercanía del cuerpo femenino rozando su entrepierna. Gimió por lo bajo, apretando los dientes ante el sutil dolor de su carne despertando. Tomó aire y no permitió que aquello lo distrajera demasiado. Quiso retomar el recorrido de besos, pero su breve distracción fue aprovechada por su compañera, quien empezó a retribuirle la húmeda caricia. Cosa que él disfrutó de sobremanera. A pesar de que la tela aún cubría sus intimidades, Agasha no pudo evitar rozar el cuerpo masculino cuando apretó los muslos para conseguir más cercanía. Sus manos dejaron de estrujar aquellos marcados bíceps, para aferrarse de nuevo a sus hombros. Acercó el rostro a su cuello, dando pequeños besos, haciéndolo temblar. Recorrió con ternura cada centímetro de piel y lo vio cerrar los párpados cuando empezó a morderlo con suavidad. Siempre había tenido curiosidad de saber que se sentía dar pequeños mordiscos en una piel ajena. Ahora podía hacerlo con Albafica, consiguiendo un resultado sorprendente. El doceavo guardián jadeó con mayor fuerza, aferrándose a ella con vehemencia. La túnica terminó por deslizarse, cosa que él aprovechó para acariciar el canal de su espalda. La florista respingó ante las cosquillas, pegando aún más su cuerpo y frotando sus senos contra los pectorales masculinos. La sensación fue placentera y le hizo darse cuenta de que no podían prolongar las caricias previas por demasiado tiempo, pues la excitación remontaba veloz. De cierta manera esto era bueno, ya que su intimidad empezaba a contraerse anhelante. Permaneció aferrada a sus hombros, besando y lamiendo hasta llegar a su oreja. Alcanzar esa área tan sensible hizo que Albafica se moviera de pronto. Sin aflojar su abrazo, se impulsó hacia el frente, arrastrándola hasta quedar tendidos encima de la mullida colchoneta. Él quedó sobre ella, sosteniendo su peso con rodillas y codos, manteniendo la cercanía de sus rostros. Agasha liberó otra risita, volviendo a besar y lamer el contorno de su oreja. —¿Te gusta lo que hago? — susurró contra su oído. —Sí… lo disfruto mucho… esposa mía— el Santo jadeó por lo bajo, estremeciéndose de nuevo, mirándola con sus intensos ojos azules. Esposa mía. Pronunciar semejantes palabras le produjo una intensa emoción al guerrero de Athena. Por un segundo su mente viajó al pasado, recordando el ritual de lazos rojos y la obligada soledad como resultado. Aunque se resignó, nunca dejó de anhelar el contacto con los demás, y lo que más le dolió en aquel entonces, fue saber que jamás podría tener una compañera. Por lo tanto, éste instante era de suma importancia para Albafica. Esa frase tan sencilla, se convirtió en el punto de inflexión entre su pasado y su presente. El momento exacto en el cual su memoria enterraba la evocación triste y la reemplazaba por la felicidad actual. La voz de Agasha lo trajo de regreso. —Entonces continuemos— le dio un beso fugaz y después lo liberó de su abrazo. El hombre se incorporó un poco para quitarse la toga y dejarla a un lado. Ahora los dos estaban desnudos, contemplándose mutuamente, disfrutando de la hermosura de sus cuerpos y de la lujuria en sus miradas. Albafica se agachó hasta alcanzar los pechos de ella, comenzando a tocarlos con delicadeza y besarlos con reverencia. La mujer se estremeció ante las descargas sensoriales, permitiendo que su garganta pronunciara una voluptuosa tonada. Pero no se quedó quieta, sino que llevó las manos a la espalda masculina, recorriéndola con sus dedos en los lugares correctos. El guardián del pez dorado sonrió contra la piel de ella, gozando de aquel tacto firme y apasionado. Su boca llegó a los hermosos pezones, libándolos con sumo cuidado, disfrutando de su suave dureza. Su largo cabello aguamarina se derramó, deslizándose con sutileza por el torso femenino, contribuyendo al placer cutáneo. Sus manos fueron descendiendo por los costados hasta llegar a las piernas de la joven, tocándolas con devoción. Ella tembló de excitación, pues las caricias se aproximaban a la parte interna de sus muslos, donde era más sensible. Aunado a esto, el deseo de que Albafica la tocase de forma íntima con los dedos, creció de golpe. Sin embargo, no estaba segura de cómo pedírselo, pues no habían practicado dicho arrumaco en sus anteriores encuentros. De pronto, y como si él hubiera leído sus pensamientos, le pidió permiso para hacerlo. —Agasha… ¿Me permitirías… acariciar tus pétalos? — sus palabras fueron una bella analogía. La mujer sólo pudo sonreír, mientras el rubor decoraba sus mejillas. Le pareció una coincidencia divertida y sensual que Albafica quisiera hacer justo lo que ella ansiaba. No fue necesario responder, bastó con que separara un poco más las piernas, confiando plenamente en él. El Santo se sintió agradecido por aquella oportunidad que su compañera le otorgaba. Aunque estaban en medio de un importante ritual, la curiosidad por conocer un poco más del cuerpo femenino lo venció. Deseaba aprender las maneras en que podía complacerla, y la única forma de hacerlo, era explorando con dedicación y cuidado. Se enderezó un poco, sosteniéndose con un brazo y llevando la otra mano al vientre de la joven. Sus dedos acariciaron con lentitud el monte de venus, deslizándose en medio de aquel fino vello, hasta alcanzar los rosados pétalos. Con una puntual delicadeza, las yemas de sus dedos recorrieron los pliegues femeninos de manera superficial primero, logrando un jadeo profundo por parte de Agasha. El hombre prestó completa atención a las expresiones faciales de la joven y a la sensación táctil que percibía. Sintió su latido, su calor y su humedad, fascinándose con dicha reacción física. Sus dedos se arrastraron una y otra vez, de abajo hacia arriba, palpando con detallada finura, acercándose un poco más a la entrada femenina. Lo que provocó un mayor clamor en la florista, quien retorció su cuerpo en busca de más contacto. Ella se sorprendió bastante por la reacción de su cuerpo y el profundo gemido que reflejó el placer de aquel manoseo. Su excitación ya era evidente, y aunque el guerrero de Athena sólo hacía un reconocimiento superficial de su cavidad, era suficiente para que su apetito carnal aumentase. No podía esperar más, así que dejaría éste juego para después. —Por favor… ven… — arrastró las manos por sus costados, incitando más cosquillas y dejando en claro la invitación a continuar. Dichas palabras hicieron temblar a Albafica, y más cuando notó el palpitar de su miembro. La excitación ya era demasiada, así que pospondría su exploración para otro momento, pues complacer a su esposa era prioritario. Dejó de tocarla y apartó la túnica de ella para que no le estorbase, luego colocó los brazos a sus costados y se agachó una vez más, tomando sus dulces labios con pasión. La florista respondió con el mismo ímpetu. Sus bocas se adosaron y sus lenguas se encontraron en un húmedo baile que les robó el aliento. Al mismo tiempo, sus piernas rodearon la pelvis masculina, atrayéndolo para que se uniese a su cuerpo casi con premura. Lo sintió estremecerse cuando su virilidad tocó la húmeda flor, cuyos pétalos se abrieron para recibirlo. Aquel contacto tan íntimo los sacudió, provocando que el beso se rompiera. El mundo dejó de importar y sus cuerpos se entregaron por completo al deleite carnal. El guardián del pez dorado dejó de razonar, permitiendo que su instinto lo guiase una vez más. Sus caderas avanzaron, empujando con lentitud, sintiendo que el mundo desaparecía conforme las descargas sensoriales saturaban su sistema nervioso. Se adentró por completo, quedándose inmóvil mientras liberaba un jadeo profundo que lo dejó sin aliento y temblando de anticipación. Por su lado, la joven estaba tan agitada y húmeda, que sentirlo hundiéndose en ella casi la llevó al límite. Por un segundo se sorprendió de lo poderosas que eran sus reacciones físicas, expresadas en gemidos cargados de lubricidad. Lo rodeó por el cuello con fuerza, buscando de nuevo sus labios. Él respondió sin dudar, devorándola con más ansiedad que antes. Sus pieles friccionaron, compartiendo suavidad y calor, estimulando más placer corporal. Sin embargo, eso no les impidió escuchar el canto de la deidad. Metros más allá, sin dejar de contemplar la bóveda celeste, la elegante dama continuaba entonando su enigmática melodía, elevando un poco más la voz. Casi como si fuera un hechizo que los invitaba a danzar, siguiendo su mismo compás. Cuando el ósculo finalizó, se miraron a los ojos, encontrando en ellos el reflejo del más puro amor. No hubo necesidad de más palabras. Lo que siguió, fueron acciones, sensaciones y clamores. El vaivén de los cuerpos dio inicio, lento al principio, acelerando después, incrementando el regodeo físico. La mujer cerró los ojos cuando sintió los estímulos sensoriales dispersarse a lo largo de su espalda, llegando a su mente para hacerla delirar. El hombre experimentó algo semejante, cediendo por completo al placer del ceñido abrazo, lo que incitó un gemido ardiente desde su garganta. Súbitamente, Albafica hizo algo inesperado. Dado que la florista lo abrazaba por el cuello, él llevó uno de sus brazos hasta su cintura, rodeándola por debajo. Acto seguido, se impulsó con el otro para erguirse por completo. Ella no lo soltó, pero se sorprendió cuando abrió los ojos y notó la nueva postura. Albafica permanecía arrodillado, sosteniéndola de las caderas con ambas manos, haciendo que mantuviese sus piernas rodeándolo. La joven sonrió con lujuria, adaptándose rápido a la imprevista situación. Ambos se acercaron para besarse de nuevo, disfrutando del excitante momento. Albafica empezó a moverse y Agasha percibió que su interior era estimulado de una manera diferente, provocando que sus propias terminaciones nerviosas registraran un nuevo goce. Su cuerpo se sacudió por completo y no pudo evitar que el deleite la consumiera. Sus manos se deslizaron hacia la espalda masculina, marcándolo sutilmente con las uñas. Las respiraciones se aceleraron, por lo que el beso terminó. El Santo aumentó sus embestidas, consciente de que su frenesí estaba a punto de llegar a la cima. Así que aferró el cuerpo femenino con más firmeza, enterrándose a mayor profundidad, haciéndola clamar hasta quedarse sin aire, disfrutando del voluptuoso gemido contra su oído. El ritmo carnal se impuso y el baile sexual se intensificó. Ambos estaban quedándose sin aliento, notando el sudor de sus cuerpos y las convulsiones nacidas en la unión de sus sexos. La cúspide final se avecinaba y el clímax comenzó a crecer. En cuestión de segundos, el acople de sus vientres alcanzó la perfección y el orgasmo estalló con increíble fuerza. Agasha sintió la convulsión constreñir poderosamente su interior, para luego dispersarse por todo su cuerpo a través de su médula espinal. Su gemido de placer fue tan intenso, que la realidad desapareció para ella, dejándose llevar por una bruma celestial. Albafica la secundó, clamando en abandono total, sintiendo cómo aquella poderosa culminación le robaba el último aliento. Su virilidad pulsó, vertiendo la cálida semilla, a la vez que su mente se diluía en un divino éxtasis. … Pasaron algunos instantes, en los cuales la relajación de sus respiraciones y la tensión de sus cuerpos fueron disminuyendo. Sus frentes se mantenían una contra la otra, con los ojos amodorrados, por lo que el inesperado resplandor que iluminó todo el lugar, los hizo apretar los párpados con fuerza. … En el altar, Deméter observaba fijamente la luna llena, manteniendo su canto ritualístico. Su volumen era moderado, pero resonaba por toda la estancia. Su cosmoenergía permanecía danzando alrededor de ella, provocando una sutil ráfaga de aire que agitaba su vestimenta y su largo cabello. A pesar de estar concentrada en el ritual, supo exactamente lo que sucedía con la pareja. La unión carnal había sido completada, así que su melodía fue disminuyendo, hasta que finalmente pronunció la última invocación. —¡Concedo mi bendición al futuro linaje de Piscis!, ¡Que su nueva estirpe comience y trascienda bajo la dinastía del pez dorado!, ¡Que así sea! — El cosmos divino se expandió, iluminando por completo el lugar, dejando brevemente ciegos a Albafica y Agasha. Un instante después, cuando pudieron abrir los ojos, dirigieron su atención hacia el altar, percatándose de que ya no había nadie. —Descansen mis devotos— escucharon en sus mentes la voz lejana de Deméter. —Mañana vendré a verlos. — Ambos se miraron sin saber qué decir o hacer, por lo que sólo atinaron a sonreír, dándose otro pequeño beso. El ritual de fertilidad había concluido con éxito, por fin cumplieron el mandato de la diosa. Ahora se merecían un pequeño descanso.

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Edificio Patriarcal. Después de cenar con Pefko, y que éste se retirara a dormir, Shion se encaminó a la salida del lugar. Se quedó en lo alto de las escaleras, mirando el doceavo templo. Había estado sintiendo el cosmos de la deidad desde hace rato, y cuando notó su partida, supo que todo había terminado. Su misión estaba completa, por lo que sonrió satisfecho, regresando sobre sus pasos para ir a descansar.

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Continuará… Gracias por leer y comentar. 28/Noviembre/2025
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