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Capítulo 6: Alegrías y Tristezas I Ya había pasado un año exactamente desde la muerte de InuTaisho. Madre e hijo vivían tranquilamente en el pequeño pueblo, se habían adaptado a dicho estilo de vida y gracias al apoyo de sus amigos, pudieron salir adelante. La fiel Nori continuaba ayudando a Izayoi con el cuidado de InuYasha. El viejo Myoga permanecía ahí todo el tiempo, pero de vez en cuando, salía de viaje por algunos días, ya que era necesario mantenerse informado de lo que acontecía en otras regiones.*~*~*~*~ Primeros Pasos ~*~*~*~*
La princesa estaba sentada en el jardín, sostenía a InuYasha de las manitas para que pudiera permanecer de pie. El pequeño ya casi lograba el equilibrio y era sorprendente ver lo rápido que superó la etapa de gateo. Ahora se levantaba con todas sus energías para andar colgándose de todo lo que podía. Ya había rotó un par de platos al jalar el contenedor donde los guardaban, un jarrón que estaba sobre un estante y ensució la ropa que Nori lavó el día de ayer, tirándola al suelo. Sin lugar a dudas, era un niño muy activo, ansioso por recorrer su entorno y tocar todo lo que se le pusiera enfrente. Estaba desarrollando sus sentidos, captando y entendiendo cómo funcionaba el mundo. Su madre le tenía bastante paciencia y ahora quería verlo caminar por sí solo. Estando en el patio era más fácil dejarlo andar, ya que, si se caía, el pasto amortiguaría el golpe. —Vamos InuYasha, otra vez, un pie primero y luego el otro— decía Izayoi. El niño solamente se reía al sentir la suave hierba entre sus dedos y se agitaba tratando de brincar, o al menos de hacer un intento de coordinación con sus extremidades. Un pasito torpe al inicio, después otro un poco más firme. Su madre se puso de pie, lo tomó por la cintura y lo giró para que mirara hacia el frente. —Veamos que tal funciona esto— colocó los pies de InuYasha sobre los suyos y, sujetándolo nuevamente, comenzó a caminar con pasos muy cortos. El cachorro imitó el movimiento que hacía su madre y un par de vueltas alrededor del jardín fueron suficientes para que sonriera emocionado con la actividad. Se agitó de nuevo, queriendo intentarlo solo, así que Izayoi se detuvo y lo soltó sobre el pasto. Inmediatamente el niño se giró hacia ella, levantó su torso y sus manitas sujetaron el kimono. Después sus rodillas comenzaron a flexionarse para sostener su peso. Ambos pies se estabilizaron y junto con sus piernas, empujaron hacia arriba. Se colgó de la tela una y otra vez, hasta quedar en vertical. Una tierna sonrisa se dibujó en su cara cuando miró a su madre directamente a los ojos como diciendo, “Mamá, lo he conseguido”. La princesa sonrió y sus ojos se humedecieron por la emoción de tan grandioso logro. —¡Muy bien InuYasha, pudiste hacerlo! — expresó con alegría, levantando a su hijo en brazos. Comenzó a dar vueltas y el niño rio incluso más emocionado. —¿Por qué tanta alegría? — preguntó Nori, quien llegaba con una canasta llena de ropa. —¡InuYasha por fin se ha puesto de pie por sí solo! — contestó Izayoi, bajándolo al pasto nuevamente. —Eso es maravilloso, muchas felicidades pequeño— reconoció la mujer mayor, haciéndole cosquillas en sus orejitas. En respuesta, el pequeño se sostuvo ahora del cesto y volvió a ponerse de pie. —Esto merece una celebración. — —¿Ya está todo listo? — cuestionó Izayoi. —Así es princesa, tan pronto tienda la ropa, podremos ir a la casa del señor Kenji— asintió la nana. —Déjame ayudarte. — Ambas empezaron a tender las prendas al sol, mientras el niño seguía entretenido con el borde de la canasta, mejorando su equilibrio. … Rato después, en la casa del viejo Kenji. —¡Felicidades InuYasha! — dijeron los invitados. El niño había cumplido un año y aunque no era consciente de lo que sucedía a su alrededor, su alegría no podía ser mayor al comer postres de fruta endulzada. Habían hecho una pequeña fiesta para celebrar su cumpleaños. Su madre, Nori, Myoga y el señor Kenji, estaban a su alrededor aplaudiéndole y sonriendo con alegría. Era un momento muy especial para esta familia, un lindo recuerdo para la posteridad. … Más tarde, de regreso en casa, InuYasha dormía plácidamente. Estaba agotado de tantos mimos y diversión que había recibido en la pequeña celebración. Su madre lo miraba descansar, se acercó y le dio un beso en la frente. Después salió en silencio del cuarto y se encaminó al patio trasero. Llegó a un cenotafio, una tumba vacía levantada en honor a InuTaisho. Se arrodilló e inició una plegaria, mientras un par de lágrimas recorrían sus mejillas. —Mi amor, estés donde estés, deseo que seas capaz de mirar a tu hijo crecer y le brindes tu protección— pidió con sinceridad. Al terminar las oraciones, no pudo evitar sentir nostalgia y tristeza. Era difícil superar el doloroso recuerdo a pesar del tiempo transcurrido.*~*~*~*~ Convivencia ~*~*~*~*
Vivir en un pueblo con una población reducida podía ser benéfico, ya que todos se conocían y era más tranquilo el paso de la vida. No obstante, para Izayoi e InuYasha, no era tan fácil, debido a que ambos eran vistos con cierto recelo a pesar del tiempo que tenían viviendo en aquel lugar. Ella, por ser una princesa exiliada de sus tierras, cargaba con el peso de que algún día una tropa de soldados viniese a matarla, y de paso, devastasen la aldea. Él, por ser un mestizo, nunca sería aceptado por completo entre los humanos. Pero, a pesar de todo, los habitantes respetaban a Izayoi y a su hijo. Eran tolerantes hasta cierto punto y no los habían rechazado en ningún momento. Había pocos niños en la aldea, la mayoría ya corrían y jugaban, pero InuYasha aún era muy pequeño y no podía convivir con ellos. Por esto mismo, permanecía con su madre y con Nori la mayor parte del tiempo. … Era medio día cuando Izayoi llegó a la colina donde siempre miraba los atardeceres. Llevaba a InuYasha de la mano y con paso lento, le ayudaba a caminar. Había decidido salir un rato para despejarse, ya que estaba algo estresada por las actividades domésticas. A pesar de contar con el apoyo de Nori, el trabajo nunca terminaba. Se sentó en una raíz sobresaliente de un frondoso árbol. —InuYasha, trata de caminar solo— dijo, soltando al niño. El cachorro trastabilló un poco, pero logró mantenerse en pie. Con pasos vacilantes, inició un pequeño recorrido alrededor de su madre. Ya había progresado bastante en muy poco tiempo, tal vez empezaría a correr antes de hablar bien. —Lo haces muy bien hijo, pero no te vayas a trope… — no terminó la frase, el niño ya se había caído de bruces sobre un arbusto. —No llores InuYasha, levántate, tú puedes— indicó al ver su cara de berrinche. El pequeño mestizo cambió su gesto y, demostrando tenacidad, comenzó a levantarse. Apartó el arbusto y reinició su andar, lento pero seguro. —Que hábil es tu bebé— pronunció una voz a sus espaldas. Izayoi volteó sorprendida, encontrándose con una mujer joven, pero evidentemente mayor que ella. Traía cargando a una niña, casi de la misma edad que InuYasha. —Gracias— respondió la princesa, al tiempo que se levantaba. —Yo no sabía que había alguien aquí… será mejor que nos vayamos— dijo con reserva. Por lo regular, Izayoi casi no convivía con los aldeanos, por el mismo recelo que le tenían. —No te vayas, no queremos aburrirnos solas aquí— pidió la otra mujer. —Me llamo Kazumi y ella es mi hija Imari— señaló a la bebé. —Mucho gusto, yo me llamo Izayoi y él es mi hijo InuYasha— habló con algo de incomodidad todavía. —Sé que para muchos aldeanos todavía es difícil aceptar la idea de que un mestizo viva aquí, pero yo… — —No me digas nada, no tienes por qué justificarte ante mí, ni ante nadie más— la interrumpió la mujer, haciendo una negación con la mano. —Yo sé lo que es ser vista con prejuicio por todos. Soy madre soltera y mis circunstancias se parecen un poco a las tuyas— explicó. La princesa guardó silencio por un segundo, antes de preguntar. —¿A qué te refieres? — —Llegué a esta aldea cuando tenía siete meses de embarazo— empezó a contarle, al tiempo que depositaba a la niña en el pasto, cerca de InuYasha. —Me aceptaron, pero todos me juzgaron por no tener al padre de mi hija a mi lado. La verdad es que soy viuda, pero no me creen cuando se los digo. Mi marido fue asesinado por “monstruos” cuando yo apenas me había dado cuenta de que estaba embarazada de Imari— dijo con tristeza. Izayoi la miró en silencio y pudo sentir el dolor de la mujer, parecido al que llevaba ella por dentro. Era la primera vez que la veía, ya que casi no salía, excepto a la colina. Ahora, por coincidencias de la vida, se habían encontrado en ese lugar junto con sus hijos. Algo dentro de ella le decía que podía confiar en Kazumi. —Agradezco tus palabras y tu confianza— contestó la joven. —Yo también soy viuda, el padre de mi hijo murió la misma noche en que él nació. Sin embargo, para InuYasha es más difícil, por el estigma de ser mitad humano y mitad… — se quedó en silencio. La otra mujer le dio una mirada condescendiente. —Escuché que su padre fue un demonio… sin embargo, eso no importa realmente, al menos no para mí— sonrió levemente. —No todas las criaturas sobrenaturales son malas… y no todos los humanos son buenos. — —¿Qué quieres decir? — preguntó Izayoi. —Los “monstruos” que asesinaron a mi marido eran de nuestra misma especie, asesinos a los que les gustaba derramar sangre y quemar poblados a su paso— reveló Kazumi con repentina seriedad. —Pero recibieron su castigo, ya que tiempo después, escuché que se cruzaron en el camino de un demonio plateado con muy mal carácter y fueron masacrados por él. — Izayoi tragó saliva al escuchar esas palabras, ¿Sería posible?, tal vez era demasiada coincidencia, así que no le dio importancia. —Lamento oír eso, es una pena. Pero ahora tienes a tu hija y debes ver por ella, así como yo lo hago por InuYasha— habló cordial, volteando hacia los niños. Ambas crías estaban sentadas frente a frente, mirándose con curiosidad. Estiraban las manitas, tocándose la cara y el pelo, mientras balbuceaban. Era una escena tierna en la que se podía ver que, entre niños, no existía la discriminación ni el rechazo ante lo diferente. Para ellos, sólo se trataba de convivencia y aprendizaje. Las dos mujeres sonrieron y permanecieron un rato más en ese lugar.*~*~*~*~ Primera Palabra ~*~*~*~*
Era de mañana cuando Izayoi se encontraba en la cocina, dando de desayunar a InuYasha. El niño permanecía sentado sobre un cojín, enfrente tenía una pequeña mesita y un tazón con arroz. —Abre la boca InuYasha— solicitó la joven. El niño lo hizo y recibió el bocado, masticando con muecas un poco exageradas. Algunos granos de arroz caían sobre su ropa y otros quedaban embarrados en sus mejillas después de pasarse la mano. Pedía más comida con balbuceos que poco a poco parecían formar el sonido de palabras. —Vamos hijo, ya deberías poder decir “mamá” — comentó ella, mientras le daba otro poco de arroz. Un chasquido de boca, saliva escurriendo y otro intento de pronunciación fue lo que obtuvo del pequeño mestizo. InuYasha comenzó a aplaudir con sus manos, mientras le sonreía a su madre. Ella correspondió al gesto, limpiando su rostro con un paño y alimentándolo hasta vaciar el tazón. Al terminar el desayuno, el niño seguía intentando modular los sonidos de su garganta. —“Mamá”, vamos, repite después de mí, “mamá” — insistió Izayoi. El chiquillo balbuceó con una palabra entrecortada que casi imitaba el tono solicitado. —Muy bien, casi lo logras— dijo ella, alzándolo en brazos y comenzando a dar vueltas despacio. —“Mamá”, dilo por favor— acercó el rostro y frotó su nariz con la del infante, quien comenzó a reír. De pronto, en medio de las risitas, las dos sílabas se escucharon. —Ma… má… — susurró InuYasha. La princesa se detuvo y sus ojos se agrandaron bastante. El niño la miró fijamente y de nuevo habló. —Mamá… — Izayoi no pudo contenerse y empezó a llorar, al mismo tiempo que abrazaba a su hijo. —¡Oh, mi amor, lo conseguiste! — dijo emocionada. —¡No sabes lo feliz que me haces! — más lágrimas escaparon mientras lo besaba. El niño solamente se reía, sin entender por completo lo que sucedía. —Mamá… mamá… mamá… — continuó repitiendo la palabra. Una nueva etapa de aprendizaje había iniciado.*~*~*~*~ Luna Nueva ~*~*~*~*
El hijo de la princesa tenía un año y seis meses de edad. Su desarrollo había sido sorprendente, puesto que era un niño muy sano, despierto y aprendía bastante rápido. Aún no hablaba claramente pero ya sabía pedir de comer y avisar cuando debía ir al baño. Sin embargo, es en los primeros años de vida, cuando se manifiestan las características heredadas, ya sean de salud, mentales, genéticas o de comportamiento. InuYasha no estaba exento, y como híbrido, tendría que afrontar los cambios de ambas especies. —Te quiero mami— dijo el cachorro. —Yo también te quiero mi amor, ahora duerme— pidió ella, dándole un beso en la frente. El pequeño sonrió a pesar de tener los ojos amodorrados por el sueño, momentos después, se quedó profundamente dormido. Su madre permaneció sentada a su lado por un rato, le acarició el cabello blanco y luego se levantó despacio. Era una noche calurosa, así que decidió salir afuera para disfrutar del aire exterior. Se sentó en un banco del porche y su mirada se dirigió al cielo. —Está muy oscura la noche— dijo alguien a sus espaldas. —Tienes razón Nori, es noche de luna nueva— señaló Izayoi. La mujer mayor tomó asiento a su lado. —Debería descansar princesa, ha sido un día muy pesado— le acercó una taza con té frío. —Sí, tienes razón— bebió un sorbo. —Pero no tengo sueño, además, estoy preocupada por InuYasha— dijo de pronto. —¿Por qué lo dice?, ¿Acaso está enfermo?, yo veo que es un niño muy sano— mencionó la nana. —A eso me refiero, su crecimiento es un poco acelerado y eso me preocupa, sé que tarde o temprano, algo cambiará en él. Es lo mínimo que podría esperar, ya que su padre fue un demonio muy poderoso— hizo una pausa y bajó la mirada. —Presiento algo, no puedo describirlo, pero lo intuyo con fuerza. — —Mi señora, no se angustie, mañana hablaremos con Myoga sobre sus temores. Seguramente él podrá decirnos si algo así es posible— declaró Nori, reconfortándola. De pronto, se escucharon pequeños pasos en la madera del pasillo. —Mami… baño… — pronunció el niño con un gran bostezo. Ambas mujeres voltearon hacia él y las antorchas exteriores lo iluminaron completamente cuando llegó ante ellas. Sus expresiones fueron de asombro y luego de aprensión cuando vieron la apariencia de InuYasha. No tenía orejitas, su cabello largo y blanco, había sido sustituido por una cascada negra y brillante como la noche. Sus ojos ya no eran dorados, sino oscuros, como los de su madre, y sus pequeños colmillos, habían desaparecido. —¡InuYasha, ¿Qué te sucedió, estás bien?! — preguntó sobresaltada Izayoi. Se acercó y empezó a revisarlo con detenimiento, le tocó el cabello, revisó sus orejas y después hizo que abriera la boca. El niño era el mismo, sólo que ahora tenía apariencia humana por completo. —¡Por todos los cielos, ¿Qué está pasando?! — inquirió Nori, tan desconcertada como la princesa. —¡Hijo, dime qué te pasó!, ¡Cómo es que…! — la princesa no salía de su estupefacción. —Baño… pipí… — volvió a decir el pequeño, sin prestar atención al comportamiento de su madre. Ambas mujeres se voltearon a ver sin saber qué hacer, no entendían lo que estaba sucediendo. Izayoi lo tomó de la mano y lo llevó a realizar su necesidad fisiológica. … Momentos después, la joven estaba arropándolo para que se durmiera de nuevo. De repente, la puerta se abrió y entró Nori agitada, traía consigo a la pulga Myoga sobre su hombro. —Mire lo que le sucedió a InuYasha— dijo preocupada. La pulga brincó al futón y se acercó al niño, quien ya dormía tranquilo. —Sorprendente, no pensé que el cambio se manifestaría tan pronto— murmuró. —¿De qué hablas Myoga?, explícate por favor, me preocupa mucho lo que está pasando— solicitó Izayoi, sin dejar su expresión de temor. —No tiene nada de qué preocuparse, InuYasha está bien. Sólo se trata de una transformación normal que a veces se manifiesta en los mestizos— explicó el pequeño sirviente. —Es la revelación de su lado humano por encima de su lado sobrenatural, ahora es como usted princesa. — —¿Es humano? — preguntó con asombro la joven. —¿Acaso se quedará así?, ¿Qué sucederá con él? — —No es permanente, no sé cuánto dure el cambio, todo depende de su naturaleza híbrida. Esto suele sucederles a las crías que nacen de la unión de razas diferentes, son características heredadas de ambos padres. No implican problema alguno si no afecta su salud y, por lo que veo, al pequeño InuYasha le es indiferente el cambio, ya que no se ha quejado y tampoco reaccionó de manera extraña cuando se despertó. En otras palabras, ni siquiera se ha dado cuenta— concluyó la pulga. … Pasaron toda la noche despiertos, velando el sueño del niño hasta que llegó el nuevo día. Los primeros rayos del sol iluminaron la habitación y a InuYasha. De pronto, notaron que un pequeño espasmo sacudió su cuerpo. Entonces, los tres fueron testigos de la nueva transmutación: El pelo se tornó blanco, aparecieron las orejas sobre su cabeza y sus pequeños caninos se mostraron en un bostezo. —Al parecer, la conversión sólo dura una noche— dijo el pequeño demonio. —Señor Myoga, ¿Esto se repetirá constantemente? — quiso saber Nori. —Es probable, pero no sé en qué periodos se manifieste. Será necesario vigilarlo y registrar cada cuando y en qué circunstancias se dan las transformaciones, sólo así podremos comprenderlo mejor— indicó. Izayoi acarició la cara de InuYasha y éste se despertó por completo, entonces pudieron apreciar sus ojos dorados cuando los miró sonriente. Se levantó sobre el futón y comenzó a saltar alegre, pidiendo un postre azucarado. Para él, no pasó absolutamente nada. Su madre suspiró con tranquilidad y lo abrazó. Ahora había un nuevo motivo para velar por su hijo, incluso más que antes. Tenía una vida llena de sorpresas por delante y debía prepararse para el momento en que tuviera que explicarle todo a su vástago.***
Continuará… En el próximo capítulo empezarán las penurias.