Capítulo 3: Instintos desatados+18
27 de octubre de 2025, 14:32
Harley permaneció en silencio durante unos segundos eternos, pero la furia ardía en su rostro como una llama que se negaba a apagarse. Sus ojos entrecerrados destilaban un odio puro, casi tangible, mientras clavaba la mirada en Angel. El pasillo parecía haberse vuelto más estrecho, más frío, como si las paredes de concreto gris absorbieran la tensión y la devolvieran multiplicada.
—No creas que me trago esa mentira —siseó Harley, dando un paso lento y deliberado hacia adelante. Su voz era baja, venenosa, cargada de esa autoridad sádica que usaba con todos los Omegas—. Dime dónde está ahora mismo, o te juro que vas a lamentar cada segundo que sigas respirando.
Antes de que pudiera terminar la amenaza, Harley extendió la mano y agarró a Angel por el cuello con una fuerza calculada. Los dedos se hundieron lo suficiente para que el Omega sintiera la presión exacta contra su tráquea, el pulso acelerado latiéndole bajo la piel blanca, pero sin llegar a cortarle el aire del todo. Era un dolor preciso, controlado, el tipo de dolor que Harley sabía infligir para quebrar sin romper del todo. El pasillo entero pareció contener la respiración; el zumbido lejano de las tuberías y el parpadeo de los fluorescentes eran los únicos sonidos que acompañaban la escena.
Angel levantó la barbilla con un desafío que le costaba cada gramo de su voluntad. Su piel blanca se veía aún más pálida bajo la luz fría, el cabello rubio ligeramente ondulado pegado a la frente por el sudor nervioso. Sus ojos verdes brillaban con un fuego que no se apagaba del todo, a pesar del miedo que le retorcía las entrañas.
—¿Qué? ¿Crees que te tengo miedo? —escupió con voz ronca, cada palabra vibrando con el rencor acumulado durante meses de abusos, de toques no deseados, de humillaciones que aún le quemaban por dentro—. Ya no puedes lastimarme más de lo que ya lo has hecho.
En un acto de pura rebeldía, Angel escupió directamente al rostro de Harley. La saliva le salpicó la mejilla y, por un segundo, el Alfa se quedó paralizado, como si no pudiera creer la audacia. Luego su expresión se transformó en pura rabia animal. Levantó el puño, los nudillos blancos, listo para descargarlo con toda la fuerza que su cuerpo de Alfa podía reunir.
Pero el golpe nunca llegó.
Una mano firme y autoritaria sujetó el brazo de Harley en el aire, deteniéndolo en seco. Elliot había aparecido de repente al final del pasillo, su presencia imponente cortando la tensión como un cuchillo afilado. Su voz resonó fría y cortante:
—¿Qué sucede aquí?
Harley bajó inmediatamente la mirada, soltando a Angel de golpe y colocando las manos detrás de la espalda en un gesto de falso respeto. El odio aún le ardía en los ojos, pero lo contuvo como un perro entrenado.
—Señor… —murmuró entre dientes, la voz cargada de resentimiento apenas disimulado.
Angel aprovechó el momento, respirando agitadamente, y habló con rapidez, intentando que su voz sonara firme a pesar del temblor en sus manos:
—Señor Elliot, lo lamento. Estábamos… discutiendo sobre su hija. Poppy entró en celo de forma inesperada. Pasábamos cerca del laboratorio del Prototipo cuando de pronto empezó a actuar extraño. Creo que fue por su aroma. Era muy intenso, como si algo en él la hubiera llamado.
Elliot frunció el ceño, una mezcla de sorpresa y profundo escepticismo cruzando su rostro endurecido. Se volvió hacia Harley, exigiendo una explicación científica, fría, como siempre lo hacía cuando se trataba de sus experimentos.
—¿Cómo es posible, doctor Sawyer? Explíqueme.
Harley apretó los labios hasta que se volvieron una línea fina, claramente molesto por tener que responder delante de Angel.
—No es común, señor, pero… puede ocurrir en casos muy específicos.
—Yo he oído que eso sucede cuando un Omega encuentra a su destinado —intervino Elliot, pensativo, casi como si hablara consigo mismo mientras procesaba la información. Su voz era baja, reflexiva, pero cargada de una negación que se negaba a aceptar—. Pero no creo que el Prototipo sea el destinado de Poppy. Es imposible. Absolutamente imposible.
Angel no pudo contenerse más. El miedo y la frustración acumulada le soltaron la lengua:
—No se trata de creer o no, señor. Podría ser verdad. El olor del Prototipo la afectó de una forma que nunca había visto en ningún Omega. Fue inmediato, visceral.
Su voz salió más alta de lo que pretendía. Harley lo fulminó con la mirada, prometiéndole en silencio un castigo mucho peor que cualquier golpe. Pero Elliot levantó una mano para silenciar cualquier interrupción, su expresión seria pero extrañamente calmada, como si intentara convencerse a sí mismo de que nada de esto alteraba sus planes perfectos.
—No te preocupes, Angel —dijo Elliot con tono serio pero controlado—. Sin embargo, dudo seriamente que sea posible. Dejemos que esto pase naturalmente y veamos qué ocurre. Harley, encárgate personalmente de investigar este asunto. Quiero un informe detallado para mañana al amanecer. No aceptaré excusas.
Harley asintió con rigidez, la mandíbula tensa.
—Como ordene, señor.
Elliot lanzó una última mirada a Angel —una mirada que contenía tanto una advertencia silenciosa como un atisbo de preocupación que no llegaba a ser paternal— y se alejó por el pasillo, sus pasos resonando con autoridad. En cuanto su figura desapareció al doblar la esquina, el aire volvió a cargarse de una tensión asfixiante.
Angel se quedó solo, respirando agitadamente. Se ajustó la camisa con manos que aún temblaban, sintiendo el fantasma de los dedos de Harley marcándole la piel. El alivio de la intervención de Elliot se mezclaba con un temor profundo y frío que le calaba los huesos. Sabía que Harley no olvidaría el incidente. La chispa de orgullo por haberle plantado cara se desvanecía rápido, reemplazada por la certeza de que el Alfa iría tras Poppy con una saña renovada, más calculada y peligrosa que nunca.
En otra parte, en la habitación austera y gris de Huggy y Kissy, el ambiente era más tranquilo, aunque la preocupación flotaba en el aire como humo denso. Huggy estaba sentado en el sofá desgastado, su gran cuerpo relajado en apariencia, pero su mente inquieta daba vueltas sin parar. Kissy recostó la cabeza en su hombro, su cabello rosa cayendo como una cascada suave sobre el pecho del Alfa, buscando consuelo en su calor.
—Esto es muy extraño —murmuró Huggy con voz grave y pensativa—. ¿Por qué Angel la trajo directamente aquí? Podría haberla escondido en su propia habitación. Es arriesgado.
Kissy suspiró profundamente y levantó la mirada hacia él, sus ojos llenos de una determinación suave pero firme.
—Este es el único lugar donde Harley no la buscaría de inmediato. Es el mejor escondite que tenemos por ahora. —Le dio un beso ligero en la mejilla, su aroma cálido y dulce envolviéndolos como un manto protector—. No te preocupes, amor. Yo personalmente te recompensaré por esto más tarde —añadió con una sonrisa traviesa que logró suavizar, aunque solo un poco, la tensión en el rostro de Huggy.
Sobre la cama yacía Poppy, aún débil por el celo inesperado. Su largo cabello rojo caía en una coleta alta adornada con un lazo azul claro que se había torcido ligeramente. Vestía su precioso vestido azul pálido estilo lolita, lleno de encaje blanco delicado y moños que adornaban el corpiño y la falda acampanada.
Sus piernas de porcelana blanca estaban cubiertas por medias hasta las rodillas, y sus zapatos negros con pequeños lazos contrastaban con la blancura frágil de su piel artificial. Su rostro de muñeca conservaba esa inocencia etérea, pero sus ojos azules grandes brillaban con confusión y un miedo que no podía ocultar.
El aroma fuerte y protector de Huggy impregnado en las sábanas ayudaba a calmar las oleadas de calor que aún recorrían su cuerpo pequeño. Ella permaneció inmóvil, respirando profundamente, dejando que esa fragancia la envolviera como un manto que la separaba del infierno de Playcare. Sin embargo, su mente seguía revuelta: imágenes del aroma salvaje del Prototipo se mezclaban con el terror de lo que Harley podría hacerle si la encontraba.
Un golpe seco en la puerta rompió el silencio como un disparo. Huggy se tensó al instante, sus músculos hinchándose bajo la piel. Intercambió una mirada rápida y cargada de alerta con Kissy. Se levantó y abrió la puerta con cautela, bloqueando la entrada con su cuerpo imponente.
Harley estaba allí, con una expresión arrogante disfrazada de falsa cortesía. Sus ojos escanearon rápidamente el interior de la habitación, buscando cualquier indicio de la muñeca de cabello rojo.
—Necesito que Kissy regrese a su trabajo. Ha estado descuidándolo demasiado últimamente.
—Iremos pronto —respondió Huggy con tono seco y cortante, sin moverse ni un centímetro.
Harley sonrió de lado, una sonrisa que no llegaba a sus ojos, pero no insistió. En cuanto la puerta se cerró con firmeza, Huggy se volvió hacia Kissy con expresión grave y urgente.
—Harley sospecha algo. Tenemos que mover a Poppy ahora mismo. No hay tiempo que perder.
Kissy asintió sin dudar, su instinto protector activándose al instante.
—Llévala a mi habitación. Allí tengo un escondite seguro que nadie conoce.
Huggy tomó a Poppy en brazos con una delicadeza sorprendente para su tamaño. La pequeña Omega se aferró a él instintivamente, su vestido azul ondeando suavemente, su coleta roja rozándole el pecho. Se movieron por los pasillos con sigilo absoluto, evitando las zonas más transitadas y las cámaras de vigilancia que parpadeaban como ojos acusadores. Al llegar a la habitación de Kissy, ella abrió con manos rápidas un compartimento secreto en el techo —un refugio improvisado y estrecho que Stella, una Alfa protectora, había creado tiempo atrás para proteger a Kissy durante sus propios celos más peligrosos.
Subieron por una escalera estrecha y oxidada. Una vez arriba, Kissy retiró la escalera con cuidado y cerró la trampilla, dejando el escondite sin rastro visible desde abajo. Huggy acostó a Poppy en una cama improvisada hecha de mantas viejas y la cubrió con su propio abrigo para que su aroma fuerte y tranquilizador continuara calmándola.
Poppy sonrió débilmente, sus ojos azules brillando con una gratitud sincera que contrastaba con su fragilidad.
—Gracias… a los dos. Algún día los recompensaré por esto. Lo prometo.
—No te preocupes —respondió Huggy con tono protector y cálido, aunque su voz escondía la preocupación—. Solo descansa y mantente en silencio absoluto. Estaremos cerca, vigilando.
Él y Kissy se despidieron con una mirada cargada de complicidad y bajaron, dirigiéndose a sus respectivos trabajos con el corazón pesado y los sentidos alerta. Cualquier error, cualquier ruido sospechoso, podía delatarlos a todos.
En el laboratorio de contención, el ambiente era estéril y frío, lleno de ese olor a antiséptico que nunca lograba ocultar del todo el hedor metálico de la sangre y el miedo. El Prototipo forcejeaba contra las ataduras que lo mantenían sujeto a la silla reforzada, gruñendo de frustración pura. Su cuerpo era imponente, fácilmente superaba los dos metros de estatura, con una presencia monstruosa pero extrañamente elegante y siniestra.
Llevaba un traje de bufón de tres colores vibrantes —rojo intenso, amarillo brillante y azul profundo— que se ajustaba a su figura musculosa y deformada por los experimentos. La chaqueta y los pantalones amplios tenían detalles dorados y plateados, y una capa larga y ondeante en rojo y azul caía desde sus hombros. El gorro de tres puntas, hecho con los mismos colores, cubría por completo su cabello oscuro, que solo se adivinaba en mechones rebeldes que escapaban por los bordes. Los cascabeles dorados en las puntas del gorro colgaban inertes, sin emitir ningún sonido, como si incluso ellos temieran romper el silencio opresivo del laboratorio.
Una de sus manos —y en realidad ambas— terminaban en garras afiladas y metálicas que acababan en puntas finas como agujas, capaces de perforar carne y metal con la misma facilidad. Su rostro pálido mostraba una sonrisa permanente demasiado amplia, casi esquelética, y sus ojos desparejos brillaban con hambre: uno amarillo intenso y sobrenatural, el otro rojo como la sangre fresca.
No podía quitarse de la cabeza aquel aroma dulce que había captado antes. Fresas maduras y chocolate negro. Era como un veneno que se filtraba en su sangre, despertando un hambre que lo consumía vivo.
—¡Maldición! —rugió, su voz profunda y distorsionada resonando contra las paredes blancas y frías—. Solo necesito un Omega que me aguante… uno fuerte, por una vez.
Harley entró en ese momento con un expediente en la mano, sonriendo con esa satisfacción torcida que siempre precedía a algo cruel.
—Veo que sigues de mal humor. Lástima… no encontré a la Omega que quería darte. Pensaba dejártela primero… pero no pude resistirme.
El Prototipo gruñó amenazante, sus garras afiladas raspando el metal de la silla. Harley soltó una risa baja y oscura.
—Pero no te preocupes. Layla se ofreció voluntariamente a ayudarte con tu… situación.
Las ataduras se soltaron con un clic mecánico. El Prototipo se arrancó la venda de los ojos con un movimiento brusco, revelando sus ojos desparejos —amarillo brillante y rojo sangre— que brillaban con una intensidad animal. Al ver a Layla frente a él, pequeña y delicada como Poppy, se acercó con pasos rápidos y depredadores. Hundió el rostro en su cuello, inhalando profundamente su aroma a miel y cereza, pero su mente seguía atrapada en el fantasma de fresas y chocolate.
Layla sintió un escalofrío helado recorrerle la columna. Su cuerpo pequeño y frágil se tensó al instante. El toque de las garras afiladas del Prototipo contra su piel era frío, impersonal, como metal que cortaba sin piedad. No había calidez, solo posesión brutal. Mientras él la desnudaba con movimientos urgentes y dominantes, ella cerró los ojos y se obligó a desconectar. Sus sentimientos eran fríos, distantes, como si su mente flotara fuera de su propio cuerpo.
“Esto no soy yo” pensó. “Esto es solo carne. Solo un experimento más” El dolor llegó en oleadas: primero agudo cuando las puntas de aguja de sus garras se clavaron en sus caderas para sujetarla, luego profundo y constante mientras él la tomaba sin ninguna consideración, solo buscando alivio para su rut descontrolado. Cada embestida era un recordatorio de su impotencia, de cómo su cuerpo pequeño y de la misma estatura que Poppy era usado como herramienta. El frío se extendía desde su pecho hasta sus extremidades; no sentía placer, solo un vacío helado mezclado con un dolor físico que le arrancaba lágrimas silenciosas. Odiaba cada segundo, odiaba el olor a café y menta que la envolvía, odiaba cómo su mente repetía una y otra vez: “Sobreviviré. Sobreviviré. Esto pasará.”
El Prototipo descargaba toda su frustración acumulada, sus garras dejando marcas finas y precisas en la piel de Layla, su capa de bufón ondeando con cada movimiento violento. Su mente estaba dividida: el cuerpo que tenía delante le daba un alivio temporal, pero el aroma fantasma de Poppy lo torturaba, haciendo que sus gruñidos fueran más rabiosos, más desesperados.
Horas después, Layla yacía exhausta y desmayada en el suelo frío del laboratorio, su cuerpo cubierto de moretones y pequeñas heridas punzantes. El Prototipo la miró con desprecio y una frustración que no había disminuido.
—Qué aburrido…
El aroma de Poppy seguía clavado en su mente como una espina envenenada, torturándolo sin piedad.
Harley, observando todo desde detrás de la ventana reforzada de observación, sonreía con placer enfermizo. Todo iba según su plan. Su siguiente movimiento ya estaba decidido: enviaría a Angel con el Prototipo. La presión obligaría al Omega rubio a hablar… o a romperse por completo. Mientras el caos en Playcare crecía en silencio, Harley sentía que el control absoluto estaba más cerca que nunca. El juego apenas comenzaba, y él estaba dispuesto a mover todas las piezas, sin importar cuántos se quebraran en el proceso.
(Nota final)
Bueno, gente, fíjense que esa escena de Layla y el Prototipo ya existía en la versión anterior del fanfic, la de hace un año, pero me la eliminaron. En esa ocasión era mucho menos detallada; prácticamente era un "entró, salió y la dejó ahí".
Notas:
La vercion de la escena eliminada está en ao3 no sé si aquí se podrá compartir enlaces pero aquí lo dejo por si acaso.
https://archiveofourown.org/works/65269876