Capítulo 4: Castigo y silencios +18
28 de octubre de 2025, 14:21
Harley observaba con evidente desprecio a Layla, quien yacía exhausta sobre la camilla metálica del laboratorio médico. La Omega rubia respiraba con dificultad, el cuerpo cubierto de moretones violáceos y pequeñas perforaciones punzantes que las garras del Prototipo habían dejado en su piel. Una doctora de rostro cansado y ojeras profundas limpiaba las heridas con movimientos mecánicos, como si ya estuviera acostumbrada a este tipo de escenas. El aire olía a antiséptico mezclado con el metálico aroma de la sangre fresca.
—Eres una inútil —escupió Harley, su voz cortante como un bisturí—. Pero al menos resististe un poco más esta vez.
Layla no respondió. Sus ojos permanecían cerrados, el rostro pálido y sudoroso. Harley soltó un bufido de fastidio y, sin esperar ninguna reacción, giró sobre sus talones y salió de la habitación. Sus pasos pesados resonaban en el pasillo estéril, dejando atrás el silencio roto solo por el pitido constante de los monitores médicos.
Se detuvo frente a CatNap, que aguardaba en la penumbra con su habitual aire reservado. El pelaje morado del gato-juguete casi se fundía con las sombras del pasillo.
—¿Lograste dormir al Prototipo? —preguntó Harley, su tono serio y ligeramente acusador, como si cualquier fallo fuera imperdonable.
—Sí, pero como sabes, despertará en unos minutos —respondió CatNap con seriedad, sus ojos ámbar fijos en el suelo—. Mi humo rojo solo lo mantiene dormido por diez minutos. No más.
Una sonrisa torcida y peligrosa se dibujó lentamente en los labios de Harley. Una idea oscura comenzaba a formarse en su mente, retorciéndose como una serpiente.
—Ve a buscar a Angel. Dile que yo ordeno que venga inmediatamente. No aceptes excusas.
CatNap asintió sin cuestionar y se alejó con pasos silenciosos, su cola moviéndose apenas. El peso de la lealtad y el miedo se mezclaba en su pecho mientras recorría los pasillos fríos de Playcare.
En el camino, CatNap se encontró con Crafty, una Omega de cabello plateado que se acercó con una sonrisa tímida pero temblorosa. Sus ojos reflejaban un trauma reciente que aún no había cicatrizado.
—CatNap… te agradezco mucho lo que hiciste por mí. De verdad, estaba muy asustada. Si no fuera por ti, no sé qué me habría hecho el doctor Sawyer —dijo, la voz quebrada al recordar cómo Harley había intentado aprovecharse de su celo, desnudándola con violencia hasta que CatNap intervino y recibió un castigo brutal por su valentía.
—No te preocupes —respondió CatNap con tono suave pero firme, mirándola con una calidez que contrastaba con el ambiente opresivo—. Eres mi amiga. No te dejaría sola en una situación así.
Intercambiaron un par de palabras más y tan pronto como ella se fue. CatNap continuó su camino, el corazón pesado. Cada acto de bondad en este lugar parecía tener un precio, y él sabía que tarde o temprano tendría que pagarlo.
Mientras tanto, Elliot se encontraba en la sala de seguridad, supervisando las cámaras junto a un pequeño grupo de trabajadores. Era una inspección rutinaria, pero su atención se desvió por completo hacia una de las pantallas.
Allí estaba Angel, sentado en una esquina apartada del comedor de trabajadores, comiendo una hamburguesa con una expresión de ansiedad. Sus mejillas se inflaban con cada mordida, los ojos verdes brillando con un placer simple y casi infantil aunque se mantenía tenso. El cabello rubio ligeramente ondulado caía sobre su frente, y su piel blanca contrastaba con el traje amarillo de plástico que llevaba.
Elliot se quedó mirándolo más tiempo del necesario, sintiendo un extraño calor en el pecho que no quiso analizar.
Sacudió la cabeza, sintiéndose ridículo por su propia reacción, y se dispuso a salir de la sala. Pero un trabajador llegó corriendo, jadeando con urgencia.
—¡Señor! Su esposa llamó. No se siente bien. Está en el hospital en este momento.
—Entiendo —respondió Elliot con tono calmado, casi indiferente. Sin mostrar prisa visible, salió de la sala y caminó por los pasillos hacia la salida. En el trayecto vio a CatNap acercándose a Angel y hablándole. El Omega rubio pareció sobresaltarse. Elliot frunció el ceño, pero decidió no intervenir y continuó su camino.
—Angel, el doctor Sawyer pidió verte —dijo CatNap al encontrarlo.
Angel soltó la hamburguesa a medio comer, el apetito desapareció de golpe.
—¿P-para que? —preguntó Angel, tomando un sorbo de refresco ocultando su temblor en las manos. Su tono estaba cargado de sospecha y cansancio—. No me digas… déjame adivinar: quiere saber dónde está Poppy.
CatNap suspiró, su expresión tensa y preocupada.
—Sí. lo mejor sería que se lo dijeras. Sabes que él puede obligarte de formas horribles. No quiero verte sufrir más.
Angel negó con la cabeza, su mirada endurecida por la determinación.
—No me importa lo que me haga. No diré dónde está Poppy. Ella como todos nosotros, no merece ese abuso constante. Ya hemos perdido demasiado en este lugar.
Sin decir más, comenzó a caminar junto a CatNap. Los dos avanzaron en silencio por los pasillos fríos y metálicos de la fábrica. El eco de sus pasos parecía amplificar la tensión que crecía entre ellos. Angel sentía el peso de la decisión en el pecho, pero también una extraña paz por no haber traicionado a Poppy.
Tras un largo trayecto llegaron a una de las habitaciones del laboratorio: un espacio estéril con mesas llenas de instrumentos quirúrgicos y varias botellas de licor abiertas. Angel cruzó los brazos, intentando mostrar más valentía de la que realmente sentía.
—¿Para qué me quiere, doctor Sawyer?
Harley sonrió, sus ojos brillando con diversión y malicia pura.
—Vaya, suenas más sexy cuando me llamas así.
Se acercó e intentó tocar el rostro de Angel, pero este apartó su mano con un movimiento rápido y brusco, el asco evidente en su expresión.
—Te lo preguntaré una última vez —continuó Harley, la sonrisa desvaneciéndose lentamente—. Dime dónde está Poppy. Si me lo dices, te dejaré ir. Incluso prometo no volver a tocarte si no quieres.
—Tentadora oferta —respondió Angel con voz fría y sarcástica—. Pero te conozco demasiado bien, Harley. Sé que mientes. No diré nada. Y aunque fuera verdad, no cambiaría nada.
Harley se dio la vuelta, apoyando las manos en una mesa llena de botellas de tequila y ron. Su espalda se tensó visiblemente por la frustración contenida.
—Como quieras —gruñó finalmente. Hizo una señal y un guardia entró en la habitación—. Lleva a Angel con el Prototipo. Será su compañero esta vez.
Angel sintió un escalofrío recorrerle la espalda, pero mantuvo la cabeza en alto. El guardia lo empujó con fuerza, haciéndolo caer de bruces al suelo del laboratorio de contención. Las ataduras del Prototipo se soltaron con un clic mecánico. El enorme Alfa se puso de pie con rapidez aterradora. Su traje de bufón en rojo intenso, amarillo brillante y azul profundo ondeaba ligeramente con el movimiento.
El gorro de tres puntas cubría por completo su cabello oscuro, los cascabeles dorados colgando inertes y mudos. Sus garras afiladas terminaban en puntas finas como agujas. Uno de sus ojos brillaba amarillo sobrenatural, el otro rojo como sangre fresca. Su sonrisa permanente era demasiado amplia, casi esquelética.
Se acercó a Angel, quien intentó mantener la compostura a pesar del miedo que le retorcía el estómago.
—No puede ser. ¿Esta es la gran tortura de Harley? —dijo con voz temblorosa pero desafiante.
El Prototipo lo silenció, levantándolo del suelo con brusquedad y tomándolo de la barbilla con una de sus garras. Sus ojos desparejos brillaban con una intensidad primal y hambrienta.
—Entre más rápido termines, más pronto podrás volver a tu trabajo —dijo con voz grave y autoritaria, dejando claro que no había escapatoria.
Era mucho más fuerte. Lo tumbó boca abajo en el suelo frío y le abrió las piernas sin ningún cuidado ni piedad. Sin lubricación, sin preparación alguna, empujó su enorme miembro dentro de él hasta el fondo en un solo movimiento brutal.
Angel gritó de dolor, un grito ahogado que se quebró en su garganta. Sentía cómo su interior se desgarraba con cada centímetro que entraba. El Prototipo empezó a embestirlo con fuerza salvaje, golpeando profundo con cada estocada. La sangre comenzó a brotar, mezclándose con el semen que el Alfa iba dejando dentro. Cada movimiento era un fuego lacerante que le arrancaba gemidos de agonía.
Angel apretaba los dientes hasta que le dolía la mandíbula, las lágrimas corriendo por sus mejillas mientras su cuerpo temblaba sin control. El dolor era insoportable, humillante, pero lo peor era la sensación de ser usado como un simple objeto, sin respeto, sin consideración. Su mente intentaba desconectarse, pero el cuerpo lo traicionaba con cada embestida.
El Prototipo no tenía intención de detenerse. Parecía disfrutar del sufrimiento de su víctima, gruñendo con placer salvaje mientras sus garras se clavaban ligeramente en las caderas de Angel, dejando pequeñas marcas punzantes. El tiempo se estiró como una eternidad. Después de lo que parecieron horas, el Prototipo se corrió dentro de él con un rugido gutural, llenándolo de semen caliente y espeso.
Pero aún no había terminado. Lo obligó a darse la vuelta y le metió el miembro aún erecto en la boca hasta hacerle arcadas violentas.
—Trágatelo todo si quieres vivir —ordenó mientras eyaculaba de nuevo en su garganta.
Angel no tuvo más remedio que obedecer, tragando entre lágrimas y náuseas que le revolvieron el estómago. Cuando por fin terminó, el Prototipo lo dejó tirado en el suelo como un trapo sucio, sin una sola palabra de consuelo. Angel apenas podía moverse. El dolor palpitaba en todo su cuerpo, la humillación le quemaba el pecho y el olor del Alfa impregnaba cada centímetro de su piel.
Tambaleándose, salió de la habitación. Cada paso era un esfuerzo monumental. Sus piernas temblaban, y un dolor sordo le recorría la parte baja de la espalda. Cuando Harley se acercó por el pasillo, su sonrisa satisfecha hizo que Angel apretara los puños con rabia contenida.
—Qué cara de haberlo disfrutado —se burló Harely. recorriendo con la mirada el rastro visible de sem.. y sangre en el cuerpo del Omega—. Supongo que esto te enseñará. Eres fuerte, Angel. Realmente me sorprendes.
Angel se limpió el rostro con rabia, el rostro ardiendo de vergüenza y furia. Ignoró a Harley y continuó caminando, deseando solo llegar a su habitación y quitarse el olor del Prototipo que impregnaba cada poro de su piel.
En el camino se encontró con Kissy, quien al verlo en ese estado corrió hacia él, alarmada y preocupada.
—¿Estás bien? ¿Qué te pasó?
—Harley me envió con el Prototipo para que le dijera dónde está Poppy —respondió Angel con voz agotada y llena de enojo—. Y ahora… estoy así.
—Vamos, necesitas un baño y un anticonceptivo urgente —dijo Kissy con voz suave pero firme, sosteniéndolo para que no se cayera. Lo guió hasta su habitación. Angel se metió directamente a la ducha, dejando que el agua caliente lavara el olor, la sangre y la humillación. Kissy fue rápidamente a la farmacia del laboratorio y regresó con un medicamento anticonceptivo de emergencia y analgésicos fuertes.
Cuando Angel salió de la ducha, limpio pero aún temblando, Kissy le entregó la pastilla y un vaso de agua.
—Toma esto.
Él lo tragó junto con el analgésico, agradeciendo en silencio su apoyo incondicional. Después, ambos se dirigieron al escondite donde Poppy esperaba,
sin notar que alguien los observaba desde las sombras, siguiéndolos con pasos silenciosos y calculados.