Capítulo 6: Recompensa+18
4 de noviembre de 2025, 21:49
Notas:
⚠️ Advertencia: este capítulo puede contener contenido +18 y algunas palabras subidas de tono. Trataré de ser lo más cautelosa posible para que se sientan cómodos con esta lectura. Advertirles también de que esta historia contiene abuso sexual y este capítulo podría contenerlo, así que si son sensibles al respecto, no lo lean. Esto es solo ficción; no busco la forma de normalizar estas situaciones. Esto solo es entretenimiento y ficción. ⚠️
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—Ponte en cuatro —dijo, señalando la cama con su mano izquierda mientras, con la derecha, acariciaba su miembro, el cual estaba ansioso por entrar en su interior.
El Omega solo pudo ponerse de pie y acostarse en la cama en la posición que él le había pedido. Estaba desnudo, ya que la toalla que lo cubría yacía en el suelo, empapada del semen que aún tenía en el rostro, aunque ahora lo limpiaba con las sábanas en las que hundía su cara.
Harley se colocó detrás de él y llevó su miembro hasta la entrada, donde lo introdujo de una sola vez, arrancándole un gemido fuerte al Omega, que mordió la sábana con fuerza ante el punzante dolor que sentía. Pero Harley no se detuvo; al contrario, empezó a moverse con más ímpetu, apretando su trasero y dándole fuertes azotes con las manos.
—Ah… n-no tan f-fuerte, me duele m-mucho… —dijo con voz débil, sintiendo cómo aquel enorme pedazo de carne entraba en él. Era un poco más pequeño que el del prototipo, pero se sentía igual de desgarrador; la diferencia apenas sería de unos cuatro dedos, y aun así resultaba insoportable.
—Vamos, sé bueno y quédate quieto hasta que termine. Si lo haces, prometo recompensarte —dijo, con el mismo tono con el que se hablaría a un perro. Pero ya no importaba. El Omega solo pudo hundir más el rostro en las sábanas.
Cada embestida estaba cargada de deseo y placer; era simplemente fascinante para Harley, que disfrutaba del modo en que el cuerpo del Omega se contraía, de cómo la sangre resbalaba por sus piernas hasta caer y manchar las sábanas.
—Maldita sea, sigues tan apretado como siempre. Lo que daría por estar dentro de ti todo el tiempo… —murmuró con voz ronca, moviéndose con fuerza, ya a punto de liberarse. Era obvio que no se daba cuenta de lo que decía, por lo que Player lo ignoró, sintiendo su cuerpo invadido por una descarga eléctrica que lo hizo desfallecer. Solo pudo apretar con fuerza las sábanas al sentir su nudo.
El Alfa rápidamente se detuvo, pegándolo lo más que pudo a su cuerpo, sintiéndose satisfecho con lo ocurrido y esperando pacientemente a que el nudo desapareciera para poder salir del interior del Omega.
Player solo pudo pensar en eso y preguntarse si esa sería realmente su “recompensa”, porque para él, cargar dentro a su cachorro sería una pesadilla.
Era la primera vez después de tanto tiempo que volvía a pedirle que no lo hiciera. La primera vez que lo tomó sin consentimiento, le suplicó que no le hiciera daño y la dejara; la segunda fue lo mismo, y a la tercera ya se había resignado a que esa era su nueva realidad. El cuarto de Player, un espacio pequeño y austero con paredes grises agrietadas y una cama que crujía con cada movimiento, ahora olía a una mezcla opresiva de sudor, sangre y el aroma dominante de Harley, un olor a cuero y especias que se pegaba a todo. Player yacía boca abajo en la cama, su cuerpo temblando por el agotamiento y el dolor, las sábanas arrugadas cubriéndolo apenas, manchadas en algunos puntos. El aire estaba pesado, cargado de la tensión residual, y la única luz provenía de una lámpara tenue en la mesita de noche, proyectando sombras alargadas que bailaban como fantasmas en las paredes.
—Ya está. Espero que sepas valorar lo que hago por ti. Lo que te acabo de entregar es lo más preciado para mí —dijo Harley con una sonrisa torcida, su voz ronca por el esfuerzo reciente. Se inclinó sobre Player, acariciando su espalda con dedos que parecían más posesivos que cariñosos, trazando líneas sobre la piel enrojecida y marcada—. Si llegas a darme un cachorro que sea perfecto, te daré una vida muy diferente a la que ya tienes —añadió, su tono prometiendo un futuro ilusorio, como si el abuso pudiera transformarse en recompensa.
Harley se apartó lentamente, saliendo de él con un movimiento deliberado que hizo que Player apretara los dientes para no gemir de dolor. Comenzó a vestirse con calma, abotonando su camisa desarreglada y ajustándose el pantalón, como si nada extraordinario hubiera ocurrido. El Omega permaneció inmóvil, su respiración entrecortada, el cuerpo adolorido en cada fibra. Harley se giró hacia él, observándolo con una mezcla de satisfacción y desprecio. —¿No tienes miedo, verdad? —le preguntó mientras se anudaba la corbata—. Sabes que no podrás proteger a Poppy para siempre. Tarde o temprano estará como tú en estos momentos —volvió a decir, su mirada fija en la figura vulnerable en la cama, disfrutando del poder que ejercía.
Player, con un esfuerzo monumental, levantó la cabeza ligeramente, su voz seria y temblorosa pero cargada de desafío a pesar del agotamiento. —Poppy es hija de Elliot. ¿No temes que algún día Elliot se retire y la deje a cargo de Playtime? Seguro que si pasa, lo primero que haría sería vengarse de ti —dijo, acostado boca abajo y cubierto por las sábanas arrugadas, su mente aferrándose a esa esperanza como un ancla en medio de la humillación.
Harley soltó una risa gutural, un sonido que resonó en la habitación como un eco cruel. —Eso no pasará. Elliot tiene a su hijo mayor y está por tener otro. Si eso pasa, ella sería la última persona a la que dejaría —dijo, riéndose con arrogancia mientras terminaba de arreglarse la ropa, que aún estaba algo desordenada por la prisa anterior. Sin mirar atrás, salió de la habitación, cerrando la puerta con un clic que sonó definitivo, dejando a Player solo en la penumbra.
En cuanto la puerta se cerró, Player se levantó rápidamente de la cama, ignorando el dolor punzante que le recorrió las piernas y la espalda. Corrió tambaleándose hacia un cajón en el escritorio al lado de la ventana, sus manos temblorosas abriendo el compartimiento secreto donde guardaba las pastillas anticonceptivas. Sacó una con urgencia, tragándosela seca, el amargo sabor invadiendo su boca. —Prefiero la muerte antes que darte un hijo —murmuró para sí mismo, su voz un susurro roto pero lleno de determinación. Se dejó caer contra la pared, deslizándose hasta el suelo, donde permaneció unos minutos recuperando el aliento, el frío del piso calmando ligeramente su piel febril. Lágrimas de rabia y frustración rodaron por sus mejillas, pero las secó con el dorso de la mano. No podía permitirse quebrarse; Poppy dependía de él, y ahora más que nunca necesitaba ser fuerte. Se levantó con esfuerzo, envolviéndose en una bata raída, y comenzó a limpiar la habitación, borrando cualquier rastro de Harley, aunque sabía que el daño emocional no se iría tan fácilmente.
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—Estoy aburrido, Bubba. Esto no es para mí; es ridículo —dijo Catnap con enojo, cruzando los brazos mientras observaba el arreglo que estaban preparando. El área exterior de la fábrica, un patio olvidado con hierba crecida y un viejo árbol que proporcionaba sombra, estaba siendo transformada en un escenario romántico improvisado. Bubba, con su fuerza bruta pero corazón generoso, ayudaba a colocar una pequeña mesa redonda, cubriéndola con un mantel rojo que había encontrado en los almacenes.
—Si quieres declararle tu amor a DogDay, tienes que hacerlo en un ambiente hermoso —respondió Bubba con paciencia, ajustando las sillas de madera astillada para que quedaran perfectas—. Mira, el sol del atardecer filtrándose por las hojas, el aroma de las flores silvestres… es ideal. —Crafty, quien había estado ayudando con entusiasmo, se encontraba arreglando un pequeño ramo de rosas rojas que había recolectado de un jardín abandonado cerca de la guardería. Sus manos delicadas ataban las flores con una cinta, añadiendo un toque personal.
—Listo. Ahora solo queda que te animes a pedirle que venga a desayunar contigo y, cuando te sientas listo, le dices —dijo Bubba con una sonrisa amplia, entregándole el ramo a Catnap. Crafty asintió con entusiasmo, sus ojos brillando—. Vamos, ve —añadió Bubba, empujándolo suavemente por la espalda para que avanzara.
Catnap, algo nervioso, tomó el ramo con manos temblorosas y comenzó a caminar hacia la casa de DogDay, un pequeño dormitorio en las afueras de la fábrica principal. Caminaba lento, tratando de alargar el camino, su mente un torbellino de dudas. ¿Y si DogDay lo rechazaba? ¿Y si arruinaba su amistad? El aroma a lavanda de su propio nerviosismo se mezclaba con el de las rosas, y el sol poniente pintaba el cielo de tonos naranjas y rosados, un contraste poético con su ansiedad interna. Pasó por pasillos familiares, saludando distraídamente a trabajadores que regresaban de sus turnos, hasta llegar a la puerta de DogDay. Tomó una respiración profunda, el corazón latiéndole como un tambor, y llamó con los nudillos.
DogDay abrió casi de inmediato, su pelaje naranja reluciente y su sonrisa radiante. —¡Catnap! ¿Qué te trae por aquí? —preguntó, su voz cálida y energética, su cola meneándose con curiosidad al ver el ramo.
Catnap tragó saliva, extendiendo las flores con torpeza. —Yo… quería invitarte a desayunar mañana. Bajo el árbol grande, en el patio. Bubba y Crafty ayudaron a prepararlo —dijo, su voz más aguda de lo normal por los nervios. DogDay parpadeó, sorprendido, pero su sonrisa se amplió.
—¡Suena genial! Claro que voy. ¿A las ocho? —respondió, tomando el ramo y oliéndolo con deleite. Catnap asintió, aliviado, y por un momento, el mundo pareció perfecto.
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El Prototipo caminaba por la habitación donde dormía, un espacio estéril con paredes blancas acolchadas y una cama dura, mirando aburrido de un lado a otro, tratando de distraerse mientras esperaba a que fueran a buscarlo y llevarlo al laboratorio. El silencio era opresivo, roto solo por el zumbido distante de máquinas. Recordó lo sucedido y lo que sintió en aquel momento al percibir aquel aroma tan dulce: fresas y chocolate, un perfume que lo había invadido como una ola, despertando un inexplicable deseo primal. Solo quería saber quién era aquel ser que poseía tan dulce y delicioso olor, uno que lo había tenido obsesionado toda la noche, reviviendo sensaciones que no entendía del todo.
—1006, ¿ya estás listo? —preguntó una mujer con bata blanca que se acercó a la puerta, su voz amable contrastando con la frialdad habitual del personal. Era una Beta de mediana edad, con gafas y un clipboard en la mano—. No haremos mucho hoy, solo algunos exámenes, y podrás ir a clases temprano —dijo con una sonrisa genuina, abriendo la puerta con una llave electrónica.
—¿Por qué sigo teniendo que tomar clases como si fuera un niño? —preguntó el Prototipo, sintiéndose frustrado, su voz grave resonando en la habitación—. O sea, no es como que me sirva de algo en este lugar —añadió con algo de tristeza, pero manteniendo una mirada seria, sus ojos oscuros fijos en la mujer.
—Es porque así aprendes algo, y si algún día llegas a salir al mundo exterior, eso te servirá. No creas que todo el tiempo estarás aquí; algún día podrías tener la oportunidad de salir —respondió ella con una sonrisa optimista, un raro rayo de esperanza en la rutina opresiva de Playcare. El Prototipo se quedó en silencio, no esperaba algo así. La mujer era Beta y, a diferencia de las demás, no se comportaba agresiva con él; su aroma neutro era calmante, sin la dominancia Alfa que lo ponía en guardia.
Salieron de la habitación y se dirigieron al laboratorio, caminando por pasillos iluminados con luces frías. En el camino, se encontraron con Layla, quien saludó al Prototipo con una sonrisa coqueta, su aroma a miel y cereza invadiendo el aire. Pero él se mantuvo frío y sin ninguna emoción ante su presencia; es más, ni siquiera la habría tocado si no hubiese estado en celo. Para él, ella era como una simple niña caprichosa que estaba interesada en él, quién sabe por qué, ya que ni él se lo explicaba. Layla solo lo quería porque sí: él era fuerte y atractivo, pero sobre todo era frío; sin importar con quién se encontraba, nunca mostraba una emoción diferente, lo que la intrigaba y atraía.
—Si no tienes nada importante que decir, déjanos en paz —dijo el Prototipo con tono cortante, sin mirarla, continuando su camino con la mujer que lo llevaba al laboratorio. Layla solo pudo sonreír; a ella le gustaban las cosas imposibles, y simplemente la actitud de él le parecía algo agradable y atractivo. Se había enamorado por eso principalmente, y por el hecho de que era un Alfa de sangre pura; eso le gustaba, un desafío que la motivaba a persistir.
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—¿Entonces irás a clases hoy? —le preguntó Kissy a Poppy, quien ya estaba en su habitación arreglándose para ir a sus clases. El espacio era acogedor, con posters infantiles en las paredes y una ventana que dejaba entrar la luz matutina. Poppy se peinaba el cabello rojo frente a un espejo agrietado, su aroma a fresas y chocolate aún sutil por el celo reciente—. No es que sea dramática ni nada, pero ¿es bueno eso? Digo, acaba de pasar tu celo y sería peligroso que el doctor Sawyer te encuentre —dijo Kissy algo preocupada, cruzando los brazos mientras observaba a su amiga.
—No te preocupes, tendré cuidado. Además, en cuanto tenga la oportunidad, le diré a mi padre sobre lo que él hace —dijo Poppy con seriedad, atando su cabello en una coleta alta. Su voz era firme, pero sus manos temblaban ligeramente; el miedo a Harley era real, pero su determinación era mayor.
—Bueno, está bien. Te acompañaré solo hasta la entrada, ya que tengo que ir a hacer mi trabajo también —dijo Kissy, y ambas salieron de la habitación luego de eso, caminando por pasillos llenos de trabajadores matutinos. Kissy la dejó en la puerta de la escuela, un edificio anexo con aulas improvisadas, y Poppy entró sola, el bullicio de niños y maestros llenando el aire.
Al llegar a la escuela, Poppy se despidió de Kissy con un abrazo rápido y entró al lugar, siendo recibida por la señorita Miss Delight, quien la dirigió hasta el salón donde tomaría sus clases. El aula era amplia, con pupitres desgastados y pizarras cubiertas de dibujos, un intento de normalidad en la fábrica.
—Bueno, ya que están todos presentes, podemos empezar con la clase —dijo Delight, pero en ese momento entró Layla sin saludar ni pedir permiso, yendo directamente a su asiento que estaba detrás del de Poppy. Esta mostró molestia al sentir su aroma a miel y cereza, un olor empalagoso que la irritaba—. Bueno, sí, ya no hay más interrupciones, podemos seguir —dijo Delight con una sonrisa forzada pero con un tono de voz de molestia evidente.
Justo cuando estaban por empezar, fueron interrumpidas nuevamente por una mujer en la puerta. —Buenos días, Miss Delight. Mi nombre es Lila y traigo a uno de sus estudiantes que estaba en una revisión —dijo con una sonrisa, su bata blanca impecable.
—Claro, ¿cuál estudiante? —preguntó Delight con una sonrisa, pero se quedó en silencio y su sonrisa desapareció al escuchar quién era.
—Es el Prototipo —dijo la mujer con tranquilidad, pero sorprendiéndose al ver la reacción de la maestra—. ¿Está todo en orden? —preguntó, pensando que había algún problema.
—No, puede pasar. Gracias por traerlo —dijo Delight, forzando una sonrisa. Seguido de eso, vio cómo él entraba al aula con su característica actitud fría y, como siempre, desprendiendo su característico aroma a menta y café, intenso y refrescante, que llenó el espacio rápidamente.
Se sentó justo en el pupitre que estaba cerca del de Poppy y a la derecha. Rápidamente, aquel olor invadió la sensible nariz de la muñeca de cabello rojo, quien se sorprendió al ver que provenía de él. Así mismo, el Prototipo se quedó mirando fijamente su mesa al sentir el olor dulce que lo había tenido pensando toda la mañana. Al darse cuenta de que provenía de ella, no quiso voltear a verla; solo se quedó en silencio mientras escuchaba hablar a Delight, su mente un caos de curiosidad y deseo reprimido. Poppy, por su parte, sintió un cosquilleo familiar, el mismo que había desencadenado su celo, pero lo ignoró, enfocándose en la lección. El aula estaba cargada de tensión invisible, dos aromas destinados chocando en el aire, prometiendo complicaciones futuras.