Capítulo 3
5 de noviembre de 2025, 0:34
Stan despertó en la enfermería sintiéndose descansado, aunque con el cuerpo adolorido. El día anterior, la sanadora le había limpiado las heridas con un cepillo tan áspero que sintió que le arrancaban la piel, y luego le aplicó un ungüento que ardía lo suficiente como para hacer llorar al más feroz de los hombres.
El dolor fue tan intenso que a Stan le costó responder las preguntas de la sanadora sobre cómo se había hecho las heridas. Cuando por fin terminó el proceso, con las heridas cosidas y cubiertas con tiras limpias de tela, suspiró aliviado. Kyle le había advertido que la limpieza sería dura, pero nunca imaginó que, al terminar, solo querría dormir. De hecho, se había quedado dormido en una posición incómoda porque no quería mover ni un músculo.
Aun así, aunque seguía doliéndole todo, no era del tipo que se quedaba quieto en la cama. Se incorporó y estaba a punto de ponerse de pie cuando Butters, el aprendiz principal de la sanadora, entró en la choza de la enfermería y se apresuró a su lado para impedirle levantarse.
—¡Oh, Stan! Ya estás despierto. ¿Cómo te sientes? —dijo, apoyando una mano en el pecho de Stan para obligarlo a recostarse de nuevo.
—Estoy bien, ¿ya puedo irme? —respondió Stan, aunque obedeció la muda orden de Butters y volvió a recostarse.
—Ahm —murmuró Butters, llevándose un dedo a la boca—. No estoy tan seguro de eso. Déjame revisar tu herida, pero no puedes irte hasta que mi mentora lo autorice. Dijo que tuviste suerte de que los tendones no se dañaran.
Con manos firmes, Butters retiró las vendas de la pierna de Stan, revelando la herida suturada debajo. Tomó un cuenco limpio con agua tibia y un paño suave, lo humedeció con cuidado y comenzó a limpiar la zona alrededor de la herida.
Stan hizo una mueca, pero no soltó ni un gemido. Aunque confiaba en Butters, no podía arriesgarse a que este dijera que había actuado débil. Para Butters era evidente que Stan fingía no sentir dolor, así que le ofreció palabras de ánimo y consuelo durante todo el proceso. Sus palabras hicieron que Stan pusiera los ojos en blanco, aunque sin molestarse; sabía que así era Butters.
Butters era un omega perfecto, dulce y amable, que había causado un gran revuelo la temporada pasada cuando se emparejó sin estar embarazado. Por norma, era mal visto unirse sin prueba de afinidad para la procreación. Afortunadamente para Butters, tanto él como su pareja ocupaban una posición respetada dentro de la tribu, lo que permitió que todos pasaran por alto aquel detalle.
Stan no se sentía atraído por Butters, pero comprendía por qué su naturaleza cuidadosa, su origen familiar y su conocimiento de la sanación lo hacían deseable. Antes de emparejarse, Butters era considerado un buen partido, al punto de que incluso el padre de Stan lo había animado a cortejarlo. Sin embargo, Stan se negó, y quizá por eso era uno de los pocos alfas con los que Butters podía relajarse de verdad.
Una vez que todas las heridas de Stan estuvieron cubiertas con una nueva capa de ungüento antiséptico, Butters las volvió a vendar, cuidando que las telas no quedaran demasiado apretadas.
—Eres un paciente muy valiente —dijo con una sonrisa mientras recogía los materiales que había usado.
—Eh, claro —respondió Stan, intentando no sonar molesto.
—El lobo que derribaste era enorme, el más grande que he visto. Es un milagro que sobrevivieras al ataque. Todos en la tribu están impresionados —Butters hizo una pausa y soltó una risita—. Eric estaba tan celoso esta mañana cuando lo vimos. Seguro tu rango entre los cazadores va a subir después de esto. Pero dime, ¿cómo te encontraste con el lobo? Escuché que él... que Kyle estaba contigo.
Al principio, el rostro de Stan se iluminó con una mezcla de orgullo y alivio—era gratificante saber que lo que había considerado un fracaso, en realidad no lo era—, pero al oír el nombre de Kyle, miró de inmediato a su alrededor, buscando al omega en la enfermería. Sin embargo, las dos camas de la choza estaban vacías.
—Kyle, ¿cómo está? ¿también lo revisaste? ¿ya se fue? —preguntó. Aunque Kyle no parecía herido, seguramente también había sido atendido por la sanadora o por Butters.
Butters hizo una mueca.
—No lo sé. Nunca vino. ¿Estaba herido también?
—No lo creo, pero aun así... ¿no vino? Es el protocolo revisar la salud de todos después de un incidente.
—Sí, es protocolo —dijo Butters encogiéndose de hombros, sin darle importancia—. Pero quizá se sentía bien y decidió no presentarse.
Stan frunció el ceño y se incorporó.
—¿Qué haces? —preguntó Butters, alarmado.
—Voy a buscarlo —dijo Stan, apartándolo con suavidad y apoyando por fin su peso sobre la pierna herida. Le dolía muchísimo, pero eso no importaba. Kyle no había dicho que estuviera lastimado, y Stan no había notado ninguna herida, pero ¿y si lo estaba y no se lo había dicho a nadie? Kyle necesitaba ser revisado, sin importar nada más.
—Pero no puedes irte aún —Butters se puso nervioso al imaginar a Stan saliendo. Sabía que no lograría detenerlo si el alfa estaba decidido.
—Mis heridas están bien.
—Están cicatrizando bien, pero no puedes irte ahora, ¡a menos que quieras cojear durante meses!
Stan mantuvo el ceño fruncido, y Butters, preocupado tanto por su salud como por la reprimenda que recibiría de su mentora si lo dejaba ir, añadió:
—¿Qué tal si voy yo a revisar a Kyle? Me aseguraré de que esté bien. Tú necesitas descansar, por favor.
—¿De verdad harías eso? —preguntó Stan, dudando. Quería asegurarse personalmente de que Kyle estuviera bien, pero sabía que ni él ni la tribu podían permitirse tenerlo incapacitado durante un mes o más.
—S-sí, claro —titubeó Butters, que no se llevaba bien con Kyle. No lo trataba mal, pero sí creía que traía mala suerte, y además Kyle lo evitaba activamente.
Stan suspiró.
—Está bien, por favor ve a revisarlo.
Cuando Butters estaba por irse, Stan abrió la boca, tentado a pedirle que le dijera a Kyle que estaba pensando en él. Pero solo imaginarlo le dio vergüenza. Sabía que la extraña atracción que había sentido hacia Kyle el día anterior—más intensa que cualquier otra que hubiera experimentado—se debía, probablemente, a la cercanía de la temporada de apareamiento.
Sabía que sería raro demostrar tanto interés, y Kyle podría incomodarse si enviaba un mensaje así por medio de Butters. En lugar de eso, decidió visitarlo en persona una vez que le permitieran volver a casa, con el pretexto de reclamar el sabor de la mermelada que Kyle tanto presumía y que, según él, le debía.
Kyle estaba en su cocina, impregnado del suave aroma de bayas aplastadas. Había pasado la mañana preparando su mermelada. El día anterior había seleccionado las mejores frutas de su reserva y las había limpiado para empezar temprano.
La primera mezcla estuvo lista en la mañana, pero no le pareció la mejor que había hecho, pues no estaba usando bayas frescas, así que comenzó de nuevo. Ajustó los ingredientes hasta que el sabor fue el adecuado. Era casi mediodía cuando por fin obtuvo el producto perfecto, listo para envasar y entregárselo a Stan.
Mientras llenaba una olla, no pudo evitar tararear una melodía, feliz como un pájaro en primavera. Estaba tan inmerso en su mundo que no notó que alguien tocaba la puerta hasta el tercer golpe fuerte. Se sobresaltó, pues rara vez recibía visitas.
Se limpió las manos y corrió a abrir, encontrándose con Kenny.
—Hola —saludó Kenny con alegría, y Kyle devolvió el saludo enseguida.
Si Kyle se atreviera a llamar amigo a alguien, ese sería Kenny, aunque prefería pensar en él como un conocido. Así evitaba crear expectativas y decepcionarse. A veces hablaban, y podía decirse que estaban en situaciones parecidas, con Kenny enfrentando apenas un poco menos de dificultades por ser alfa.
Los padres de Kenny nunca ocuparon puestos de alto rango. Eran, por decirlo amablemente, mediocres. Eran conocidos por abusar constantemente de las bebidas fermentadas y los hongos usados para celebrar el cambio de estación, lo que significaba que rara vez cumplían con sus deberes.
Afortunadamente para Kenny y sus hermanos, una vez que alcanzaron la madurez pudieron empezar a forjar su propio estatus y mejorar sus vidas. Sin embargo, su felicidad no duró mucho. Cuando Karen, la hermana menor de Kenny, dio a luz a su primer hijo muerto debido a malformaciones incompatibles con la vida, la tribu se convirtió en un nido de chismes. Incluso Kyle, que usualmente no se enteraba de los rumores que circulaban en la tribu, lo supo.
Este tipo de situaciones solían mantenerse en secreto por los sanadores, ya que traían mucho dolor y vergüenza a los omegas que daban a luz. Pero el parto de Karen salió a la luz junto con el rumor de que su familia estaba maldita. Todos se enteraron de que el omega de su hermano mayor, Kevin, apenas había logrado dar a luz a un hijo sano—después de tres abortos de bebés malformados—y el infierno se desató cuando se rumoreó que los padres de Kenny tenían el mismo problema.
Cuando la situación estaba en su punto más crítico, Kevin tomó a su familia y abandonó la tribu. El alfa de Karen la abandonó, y ella quedó bajo el cuidado de Kenny. Como resultado, Kenny—a pesar de ser un buen cazador y en general una buena persona—empezó a ser evitado por todos los omegas. Kenny y Karen seguían participando en la vida de la tribu, pero Karen tenía episodios de depresión en los que apenas salía de su choza por días, y Kenny no hacía más que cuidarla.
Kyle sentía pena por ellos, no solo porque la situación era terrible, sino también porque Kenny y Karen siempre habían sido amables con él y estaban entre los pocos que comerciaban con él a cambio de su mermelada.
—¡Oh! Mi nariz no me engañó, estabas haciendo la buena hoy —dijo Kenny al llegar.
Kyle soltó una risita, sus ojos brillando con diversión. —Entra, estoy empacando el primer lote.
Kenny siguió a Kyle hasta la cocina y lo vio apartar la olla de Stan antes de ofrecerle otra con una mermelada igual de deliciosa a la vista. El color vibrante de las frutas infusionadas en la mezcla hizo que se le hiciera agua la boca.
Su tribu no se caracterizaba por comer cosas dulces, no porque no les gustaran, sino porque no sabían prepararlas correctamente. Kenny era la excepción. Como pasaba largas horas en su casa cuidando a Karen, solía experimentar con la comida. Incluso había inventado una receta de costillas usando la mermelada de Kyle que levantaba el ánimo tanto de él como de su hermana.
—Huele tan bien —dijo Kenny, ya imaginando qué podría cocinar con ese sabor—. En la cacería de ayer me quedé con parte de la costilla; te traeré un poco después si te parece bien. Karen la está despellejando ahora.
—Claro, pero ¿puedes traerla cuando el sol se oculte? Voy a salir —aceptó Kyle, saboreando la idea y agradeciéndole mientras lo acompañaba a la puerta.
Kenny siempre intercambiaba más de lo justo con él, y Kyle siempre se aseguraba de darle las gracias. Kenny incluso se volvió más generoso con Kyle después de que la situación con Karen se hizo pública, probablemente porque sabía lo difícil que sería la vida de su hermana si él no estuviera, y lo dura que era la vida de Kyle. Aunque Kenny había crecido en un hogar pobre, siempre tuvo el nombre de un alfa cuidando de su familia, a diferencia de Kyle, un omega que vivía solo.
—Entonces Karen te traerá la carne. Hoy se siente mejor. Mi turno se extendió y estaré ocupado toda la tarde y la noche.
—Está bien. No puedo esperar para saludarla. Me alegra que esté mejor.
Kyle supuso que, con Stan fuera de combate, muchas de sus tareas tendrían que redistribuirse entre otros miembros de la tribu.
Cuando él y Kenny se despedían en la puerta de su choza, Kyle vio a Butters caminando por el sendero que llevaba a su casa y alzó una ceja, sorprendido. Era una novedad recibir dos visitas en un solo día. En otras circunstancias, se habría sentido agradecido, porque eso significaba que tendría más comida para almacenar, pero Butters no era del tipo de persona que comerciaba con él, así que Kyle no tenía idea de por qué estaba allí.
Además, más visitantes solo lo retrasaban en su objetivo de visitar a Stan. No quería llegar a la enfermería y descubrir que Stan ya había sido dado de alta, porque entonces tendría que ir a su choza, y eso era un poco intimidante.
Butters se detuvo en seco al ver a Kenny, y por un momento pareció que quería dar media vuelta y marcharse, pero enseguida recuperó la compostura y siguió adelante. —¡Hola! —saludó, mirando a Kenny, quien lo ignoró, así que se concentró en Kyle.
Kyle devolvió el saludo mientras Kenny le hacía una seña con la mano indicando que debía irse. Kyle deseó que se quedara un poco más, ya que él y Butters no tenían una buena relación y sus interacciones iban de inexistentes a incómodas. Sin embargo, Kenny escapó de la escena tan rápido como pudo.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Kyle. La pregunta directa probablemente fue un poco grosera, pero Kyle no tenía muchas oportunidades de practicar sus habilidades sociales, y además no creía que Butters quisiera pasar mucho tiempo conversando con él.
Butters lo miró confundido, como si no supiera qué responder, hasta que negó con la cabeza levemente y le dijo que estaba allí para revisar su estado de salud. Sabía que Kyle había estado involucrado en el incidente del día anterior, y era necesario asegurarse de que no estuviera herido.
—Oh, gracias por venir a revisar. Pero estoy bien, no tienes que preocuparte.
—Me alegra oír eso. ¿Estás seguro de que no sufriste ninguna herida durante el ataque? —insistió Butters, con expresión preocupada. Su insistencia irritó un poco a Kyle, pero sus siguientes palabras le revolvieron el estómago con mariposas—. Le dije a Stan que, si estabas herido, seguramente irías a la enfermería, pero él estaba muy preocupado por ti.
—¿De verdad? —preguntó Kyle, con las orejas erguidas y la cola moviéndose suavemente de un lado a otro.
Butters se sorprendió por su reacción y no pudo evitar sonreír. No era una sonrisa burlona, pero definitivamente le pareció gracioso ver a Kyle tan entusiasmado por Stan, sobre todo porque Kyle siempre intentaba no mostrar sus emociones frente a ningún miembro de la tribu.
Kyle se sonrojó. No quería que nadie notara las cosas que lo hacían feliz para que no las arruinaran. Por supuesto, tampoco mostraba cuando estaba triste o enojado. Curioso que estuviera frente a la principal razón por la que había aprendido a reprimirse.
Había sucedido cuatro años atrás, durante la época más difícil de su vida. Unos días después de la muerte de su padre, y apenas empezando a aceptar la idea de que nunca tendría pareja, Kyle sintió como si él mismo hubiera dejado de existir.
Era joven y sabía que no había hecho nada malo, pero por alguna razón lo trataban como si ya no fuera necesario para nadie. No lo exiliaron de la tribu, pero se sentía como si lo hubieran hecho. Las pocas personas que solían hablarle casualmente cuando su padre estaba vivo dejaron de reconocer su presencia. Estaba solo, y nadie se acercó a él.
No estaba seguro de qué pensaba aquel día, pero odiaba a todos y se preguntaba qué tan peligroso sería abandonar la tribu. No tenía una idea exacta de cómo llegar a la tribu de su madre, pero estaba seguro de que podría encontrar el camino. Iría de tribu en tribu, preguntando por un grupo que compartiera sus rasgos físicos, y se uniría a ellos. Podría morir en el intento, pero honestamente, no le importaba.
Mientras recolectaba lo más lejos posible de sus compañeros omegas, hacía una lista mental de las cosas que debía preparar para marcharse. Estaba tan concentrado que obviamente se irritó cuando Butters se le acercó para preguntarle alguna tontería que Kyle ni siquiera escuchó bien.
Kyle sabía que Butters trataba de ser amable, pero en lugar de hacerlo sentir mejor, solo le daban ganas de golpearlo, porque Butters lo tenía todo fácil y era el omega más irritante que había conocido.
Butters provenía de una buena familia, podía atraer a cualquier alfa que quisiera y, para colmo, la líder de los sanadores lo había elegido como su aprendiz. Aun así, Butters seguía juntándose con el resto de los omegas porque no quería distanciarse de los muchos amigos que tenía. Kyle no estaba de humor para convertirse en un caso de caridad, y mucho menos en una herramienta más para que todos siguieran diciendo lo perfecto que era Butters. Lo detestaba.
Así que, cuando estaban recolectando espinas a la orilla del río y Butters se volvió aún más molesto, Kyle lo empujó para que dejara de seguirlo. No había sido su intención hacerle daño, pero Butters tropezó y cayó al río, que lo arrastró corriente abajo. Lo peor fue que Butters casi se ahoga porque no sabía nadar.
Kyle tuvo que presentarse ante el consejo sin apoyo de nadie, y cuando enfrentó la verdadera amenaza de ser exiliado, se dio cuenta de que no quería irse. El mundo allá afuera daba miedo. Lloró, y los líderes de la tribu lo perdonaron en honor a la memoria de su padre y porque aún era joven. Sin embargo, le advirtieron que no lo perdonarían de nuevo.
Él, que nunca había querido dañar a nadie y se sentía sinceramente arrepentido, decidió no dejarse arrastrar otra vez por una espiral de pensamientos negativos y controlar sus emociones tanto como fuera posible, las negativas y las positivas. Esa fue una de las muchas razones por las que evitaba a la mayoría de la gente de la tribu, especialmente a Butters.
Cuando Butters finalmente se marchó, Kyle se sintió aliviado. Aún no era tan tarde para visitar a Stan. De hecho, era el momento perfecto, porque casi era la hora del almuerzo. Guardó la mermelada en su canasta favorita y, por primera vez en varios años, trató de verse un poco presentable. Aun así, no quería parecer como si hubiera tardado mucho en arreglarse. Temía levantar sospechas y parecer patético, porque no había forma de verse atractivo. Así que, una vez que se lavó y se ordenó un poco, salió de su choza respirando hondo para reunir valor y no parecer nervioso cuando viera a Stan.
Caminaba feliz, con paso firme y aferrándose con fuerza al asa de su canasta, cuando un par de miembros mayores de la tribu y asistentes del consejo le bloquearon el paso.
—Ven con nosotros —dijo uno con un tono severo que no dejaba espacio para protestas. Aun así, Kyle preguntó qué querían. No quería ser interrumpido en su camino hacia Stan.
—Vamos —dijo el otro, empujándolo suavemente hacia la dirección que necesitaban—. El consejo requiere tu presencia.
Kyle ya no protestó, pero se sintió terriblemente intimidado y experimentó un déjà vu del último encuentro con el consejo. Principalmente porque, mientras lo llevaban hacia la cabaña del consejo, varias personas lo miraban con desconfianza.
Se sintió muy nervioso cuando los hombres lo hicieron entrar, y su cuerpo entero tembló al darse cuenta de que estaba frente a una parte importante del consejo. El padre de Stan estaba en el centro, presidiendo la reunión. Eso no eran buenas noticias. El padre de Stan solo presidía cuando algún miembro de la tribu era acusado de algo grave.
Kyle recordó de inmediato que todos debían saber que había salido solo a recolectar, rompiendo las reglas, pero estaba seguro de que una infracción así no justificaba ser llevado ante el consejo. Si fuera a ser reprendido, sería el líder omega de los recolectores quien lo haría.
—¿Qué... qué pasa? —alcanzó a preguntar con valentía.
Entonces, sin más preámbulos, el padre de Stan le informó que estaba exiliado de la tribu y que debía marcharse a la mañana siguiente.
—Gracias a tu incapacidad para seguir las reglas, uno de los miembros más prominentes de la tribu, Stan, mi hijo, ha resultado herido. Ya se te advirtió una vez lo que pasaría si algo así volvía a suceder.
Kyle se quedó boquiabierto. —Pero yo... yo no hice...
—La decisión ya está tomada —interrumpió el padre de Stan, alzando la voz sobre los balbuceos de Kyle.
Kyle no entendía qué estaba pasando. Ni siquiera sintió el momento en que la canasta se le resbaló de las manos y la mermelada recién hecha se derramó por todo el suelo.