Capítulo 4
5 de noviembre de 2025, 0:46
Las palabras dejaron a Kyle sin habla. No fue hasta que uno de los asistentes del consejo lo tomó del brazo e intentó guiarlo fuera de la cabaña —obligándolo a pisar su mermelada derramada— que Kyle recuperó la voz.
—¡No pueden exiliarme! ¡No hice nada malo!
—Dije que ya está decidido —lo interrumpió Randy, el padre de Stan—. Fue tu culpa. Si no hubieras estado recolectando en un lugar inseguro, saltándote todos los protocolos que garantizan la seguridad de la tribu, no habrías atraído al lobo ni obligado a Stan a arriesgar su vida para salvarte.
Los ojos de Kyle se abrieron con sorpresa. —Eso no fue lo que pasó.
—¿No estabas recolectando solo? ¿Lejos de las tierras aprobadas por el líder de los recolectores?
—Y-yo... es cierto que estaba recolectando solo y lejos, pe-pero las heridas de Stan no fueron mi culpa —se defendió—. Eso no fue lo que pasó...
—¿Así que estás llamando mentiroso a mi hijo? —Randy lo miró con severidad. Los demás miembros del consejo murmuraron, molestos por lo que consideraban insolencia.
—¿Stan dijo eso? ¿Que fue mi culpa? —preguntó Kyle, su indignación reemplazada por incredulidad.
—Todos saben de tu comportamiento imprudente —dijo Randy, evitando deliberadamente responder a su pregunta—. Hemos tolerado tu actitud porque no ponías en peligro a nadie más. Pero eres una desgracia, una carga, un miembro inútil de la tribu que ahora se ha convertido en un riesgo. Es mejor para todos si te marchas.
Cada palabra fue como una daga atravesándole el alma. Kyle ya lo sabía. Sabía que no lo apreciaban, que no lo querían, y que la única razón por la que a alguien le importaría su muerte sería para evitar el hedor de su cadáver pudriéndose. Aun así, un nudo espeso se formó en su garganta.
—¿Stan dijo que fue mi culpa? —repitió, aferrándose a una esperanza que ni siquiera sabía nombrar.
—Ese es el testimonio que se nos dio —respondió Randy con frialdad—. Y nunca dudaremos de la palabra de un miembro de la élite sobre la de un alborotador. Ahora, estás despedido. Mañana por la mañana enviaremos a alguien para escoltarte fuera del territorio de la tribu.
Kyle sintió cómo todo su cuerpo temblaba mientras lo sacaban apresuradamente de la cabaña, casi empujándolo al suelo, de no ser porque logró mantener el equilibrio.
Miró a las personas fuera de la cabaña. Todas lo observaban. Era evidente, por la confusión en sus ojos, que aún no sabían lo que había ocurrido dentro. Pero entonces, un murmullo se oyó a su derecha y, en cuestión de segundos, Kyle vio cómo todos se enteraban de su exilio.
Los ojos de Kyle ardían por las lágrimas contenidas. Un vacío se formó en su pecho antes de que echara a correr hacia su choza.
Ayer había visto la preocupación en el rostro de Stan, el miedo de que su estatus se arruinara si todos descubrían que había roto las reglas, que casi muere por un lobo, y que había dependido de un omega de baja clase como Kyle para sobrevivir.
Pero luego Stan le había sonreído. Había aceptado su ayuda e incluso dijo que merecía reconocimiento. Todo eso, Kyle lo comprendía ahora, había sido una mentira. Para preservar su imagen y su atractivo en la temporada de apareamiento, Stan había decidido sacrificarlo. Kyle no era nadie, no tenía a nadie. Culparlo era la solución más fácil.
Cuando Kyle por fin llegó a su choza y cerró la puerta, se derrumbó, sollozando. Era la primera vez que se atrevía a confiar en años, y lo habían traicionado. Fue su culpa por creer, aunque fuera por un instante, que podía tener algo bueno: un amigo, amabilidad o reconocimiento.
La ironía más cruel era que siempre había soñado con dejar la tribu para viajar por el mundo. Pero no así. Exiliado, sin preparación, seguramente moriría allá fuera.
Aun así, estaba tan cansado de los malos tratos y de ser juzgado injustamente.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y, luego, mirando alrededor del único hogar que había conocido, decidió empezar a empacar de inmediato y marcharse en cuanto estuviera listo.
Si tenía que irse, sería porque él lo decidió, no porque lo arrastraran y lo arrojaran fuera hombres que lo odiaban sin razón. Había permanecido demasiado tiempo en aquel lugar podrido.
Revisó estantes, cestas y ganchos para reunir sus pertenencias más importantes. Le temblaban las manos al alcanzar un pequeño zorro de madera, toscamente tallado, que había hecho para su padre; al tomar la gruesa manta de lana que su madre había tejido antes de morir; y al levantar el collar de piedras brillantes que su padre le había regalado a su madre cuando comenzó a cortejarla.
En cuestión de minutos, su bolsa de viaje estaba llena de un montón de tesoros sentimentales y necesidades prácticas. Intentó echársela al hombro, y el peso casi lo hizo perder el equilibrio.
—Esto es una estupidez —dijo, dejando la bolsa en el suelo y arrodillándose junto a ella—. Voy a morir allá fuera.
Sabía que el zorro de madera no ahuyentaría depredadores; que la manta, aunque cálida, ocupaba más espacio que un abrigo de piel; que su dolor no llenaría su estómago.
No era solo dejar su hogar. Tenía que abandonar demasiadas cosas importantes. No tenía suficiente comida para sobrevivir hasta encontrar otra tribu; no sabía cazar bien, y peor aún, si salía ahora, la oscuridad caería antes de que encontrara refugio.
Salir ahora era firmar su propia sentencia de muerte. Lo encontrarían días después, congelado o destrozado, un chiste patético en la historia de la tribu sobre el “omega maldito”.
Pero quedarse, tragar su orgullo y usar el tiempo que le habían “concedido”, era humillación. Significaba arriesgarse a que Stan o alguno de los otros lo vieran al amanecer, dándoles la satisfacción de presenciar su derrota.
Odiaba a Stan, tenía el corazón roto, y odiaba a la tribu por su crueldad ciega y supersticiosa. Estaba a punto de volver a llorar, preguntándose por qué la vida debía ser tan cruel con él, cuando oyó unos golpes rápidos en la puerta.
—¡Kyle! ¡Kyle! ¿Estás ahí? —era la voz apresurada y preocupada de Karen.
Kyle se secó la cara y abrió la puerta. Karen estaba allí, el rostro pálido de preocupación, un paquete de carne envuelta en las manos. Sus ojos grandes recorrieron su rostro, notando la hinchazón de sus párpados y la tensión en su mandíbula.
—Acabo de enterarme —dijo ella en un susurro, entrando—. No pueden hablar en serio. ¿Exilio? Kyle, esto es una locura. Iré al consejo. Les diré que nunca habrías puesto a Stan en peligro a propósito. Eres la persona más cuidadosa que conozco, sigas o no las reglas. ¡Podemos apelar esto!
Su fe en el sistema era tan conmovedora como dolorosamente ingenua.
—No sirve de nada, Karen —dijo Kyle con voz hueca, haciendo un gesto vago hacia el centro de la aldea—. Ellos ya tienen su historia, y es más conveniente que la verdad.
La mirada de ella cayó entonces al suelo, a la bolsa de Kyle, y luego a las paredes, estantes y mesas vacías. Su expresión cambió de esperanza a decepción. —¿Entonces nos cruzamos de brazos? —preguntó con la voz temblorosa—. Sus mentiras ganan otra vez, y tú también te vas.
Kyle sabía que Karen pensaba en su propia situación, en cómo su hermano y su familia también huyeron de la tribu; no fueron exiliados, pero casi.
—Está bien —dijo, preocupado de que Karen pudiera recaer en otro episodio depresivo por su culpa—. Podría parecer injusto que él tuviera que consolarla cuando era él quien necesitaba consuelo, pero al menos calmarla lo ayudaría también—. Debería haberme ido hace mucho tiempo.
Las palabras flotaron en el aire. No estaba huyendo; estaba aceptando su verdad.
—Entonces déjame ayudarte —pidió Karen, con voz firme. Le tomó las manos, su agarre sorprendentemente fuerte—. No te vayas todavía. No así, sin preparación. Déjame traerte más carne, algunos suministros adecuados. Por favor, Kyle. Aún no.
Su desesperación apagó lo último de su ira impulsiva. Vio en sus ojos el miedo a perderlo, igual que había perdido a su bebé, a su esposo y a sus supuestos amigos.
—Quería hacerlo —admitió él, y la confesión le supo a ceniza—. Quería marcharme ahora mismo y no darles la satisfacción de echarme. Pero... —miró por la ventana, donde la luz de la tarde ya empezaba a suavizarse— si me voy ahora, caerá la noche antes de que encuentre refugio. Me iré al amanecer. Verme partir será la última satisfacción que les daré.
—¡No! —dijo Karen—. No les des ninguna. Puedes irte esta noche, en secreto. Pero no a ciegas.
Se acercó más, sus palabras saliendo en un susurro apresurado y esperanzado.
—Kevin encontró un lugar antes de irse. Un pequeño sistema de cuevas en la cresta norte, más allá del viejo cauce del río. Está dentro del territorio de la tribu, pero nadie va allí. Es donde él y su familia se quedaron la primera semana antes de irse definitivamente. Kenny y yo a veces vamos. Lo mantenemos con algo de leña, hierbas secas... habitable.
La oferta era un salvavidas, más valiosa que cualquier arma o saco de comida. Era un puente entre su orgullo y su supervivencia.
—Podrías quedarte allí unos días —lo animó—. Descansar, planear tu ruta real, reunir fuerzas sin que la tribu te observe, sin la presión de la primera noche. Luego podrás irte preparado y alejarte esta aldea ingrata y ser feliz.
Por primera vez desde el veredicto del consejo, una chispa de esperanza se encendió en el pecho de Kyle, porque las palabras de Karen significaban que no sería víctima del exilio. El exilio sería su línea de partida.
El aire en la cabaña de la enfermería estaba cargado con el olor a resina y hierbas amargas. Stan seguía con dolor físico, pero también con la ansiedad royéndole por dentro; todos sus pensamientos giraban en torno a Kyle. Había enviado a Butters hacía horas. Solo necesitaba una simple confirmación de que Kyle estaba bien. La aldea ni siquiera era tan grande, así que no podía evitar preguntarse qué estaba tardando tanto el omega rubio.
Cuando Butters finalmente regresó, Stan casi le gritó. —¿Cómo está? ¿Por qué tardaste tanto en volver?
—Kyle está bien, Stan. Estaba un poco ocupado, pero no tiene ni un rasguño.
—¿Ocupado? ¿Acaso planeaba salir a recolectar hoy también? ¿Le dijiste que tiene que descansar? —Stan estaba visiblemente preocupado, y ya no le importaba si Butters lo notaba.
Butters sonrió un poco. —Kyle tiene mal carácter, ni soñando le diria lo que puede o no puede hacer. Siempre ha sido muy trabajador, pero no, no creo que hoy pensara ir a recolectar —añadió para tranquilizarlo—. Estaba cocinando y comerciando mermelada. Lo vi dándole un poco a… Kenny. No tienes de qué preocuparte.
Sin embargo, una vez llegó el alivio, el ánimo de Stan pronto se tornó en una agonía de anticipación. Ahora que sabía que Kyle estaba físicamente bien, esperaba que lo visitara. Seguramente lo haría. Habían pasado por algo juntos. Kyle había sido increíble. Lo había ayudado. Le había sonreído. Sus preciosos ojos brillaban cuando lo miraba.
Esperó, y su corazón dio un salto cada vez que oía pasos que podrían ser los de Kyle, pero siempre resultaban ser los de la sanadora principal. La severa omega revisó sus vendajes, apoyó una mano fresca en su frente y le obligó a tragar una mezcla de relajantes, antiinflamatorios y antibióticos.
—Descansa, Stanley —ordenó, en un tono que no admitía discusión—. Tu cuerpo necesita sanar.
La medicina era potente, y mientras caía en un sueño forzado, su último pensamiento consciente fue el rostro de Kyle.
No oyó los murmullos que se esparcieron por la aldea como un veneno. No oyó el decreto del consejo. No vio a Kyle, con el rostro surcado por lágrimas de traición, empacando su vida en una sola bolsa. Durmió mientras la luz de la tarde se desvanecía en un crepúsculo violeta y durante la larga noche tensa en que Kyle abandonó su cabaña con la intención de no volver jamás.
Stan no despertó hasta el día siguiente, cuando llegaron sus amigos del pabellón de cazadores, con sonrisas de oreja a oreja.
—¡Ahí está! —anunció Clyde, dándole una palmadita suave en el hombro bueno—. ¡El mata-lobos en persona! Por fin nos dejan visitarte.
—Sí, aquí estoy —respondió Stan, todavía adormilado.
—Tan modesto —dijo Eric con voz molesta—. Tu padre anda contándole a todos cómo luchaste contra el lobo. Que ganaste una piel valiosa, como si nadie hubiera matado nunca a un estúpido lobo antes…
—¡Y justo antes de la reunión de tribus! Nada aumenta más el atractivo que una muestra de fuerza así. Las omegas se te van a lanzar encima —interrumpió Clyde, entusiasmado.
Un calor subió por el cuello de Stan. Su mente evocó de inmediato la imagen de Kyle, no lanzándosele encima, pero sí mirándolo con algo nuevo en los ojos: respeto, o tal vez admiración. El pensamiento le encendió las mejillas, y bajó la mirada hacia las mantas para ocultar su expresión.
Fue entonces cuando Craig soltó un bostezo exagerado y se desplomó en un taburete junto al catre. —Sí, qué suerte la tuya. Nosotros somos los que pagamos el precio. Como estabas aquí tirado, el capitán mandó una patrulla al Este para asegurarse de que no hubiera una manada entera cerca. Los demás y yo tuvimos que hacer turnos dobles de guardia toda la noche. Apenas voy a llegar a mi cama ahora.
Stan estaba a punto de disculparse cuando Clyde agitó una mano, su tono cambiando de alegre a visiblemente molesto.
—No te preocupes. No es tu culpa. Es culpa de ese, Kyle —dijo, con el nombre goteando desprecio—. Todo el mundo sabe que es un imprudente. Si no hubiera estado ahí afuera atrayendo depredadores con su estúpida recolección fuera de las reglas, nada de esto habría pasado. No estarías todo mordisqueado, y nosotros habríamos dormido bien. Es un alivio que el consejo al fin haya hecho algo con él.
—¿Qué? —la voz de Stan fue un hilo seco—. ¿De qué estás hablando? ¿Qué hizo el consejo? ¿Qué le pasó a Kyle?
Las sonrisas de sus amigos se borraron, sustituidas por confusión. Fue Craig quien habló, con voz tranquila. —Lo exiliaron. Se suponía que debía irse esta mañana, pero parece que se marchó durante la noche. Su cabaña estaba vacía cuando lo buscaron.
—¿P-pero por qué? —preguntó Stan de inmediato.
—¿Por qué? —Eric arqueó una ceja—. Porque atrajo al lobo a la aldea, el mismo que tú mataste.
—Eso no es lo que pasó. ¿Quién les dijo eso?
—Fuiste tú, el que contó lo ocurrido a los cazadores que te encontraron y a la sanadora, ¿no te acuerdas? ¿la infección te llegó a la cabeza?
Stan sintió que no podía respirar, pero no le importó. Ni siquiera le importó el dolor que nació en su pierna cuando se puso de pie.
—No creo que debas estarte levantando —dijo Clyde, mirando a sus amigos para que lo apoyaran, pero Stan no le hizo caso; ya estaba cruzando la puerta de la cabaña, con la mirada fija en el camino hacia la casa de su familia.
Irrumpió dentro, la puerta golpeando contra la pared. Su padre estaba sentado junto al fuego, mirando un mapa con expresión satisfecha que se quebró al ver a su hijo.
—¡Stanley! ¡Pero qué—!
—¿Exiliaste a Kyle? —la voz de Stan era áspera, rota por el dolor y la incredulidad—. ¿Por qué le dijiste a todos que fue su culpa? ¡Yo nunca dije eso!
El rostro de Randy pasó de la sorpresa a la exasperación defensiva. Se levantó, cuadrando los hombros. —¡Por supuesto que fue su culpa! ¿De quién más sería? Si ese omega imprudente no hubiera estado donde no debía, ¡tú no habrías resultado herido! ¡Era evidente!
—¡NO ERA EVIDENTE! —rugió Stan, con los puños cerrados a los lados—. ¡Yo estaba siguiendo un ciervo! No vi al lobo, me atacó. Me estaba acechando a mí. Yo fui quien llevó al lobo hacia donde estaba Kyle y lo puse en peligro. ¡Kyle me ayudó! ¡Me salvó y luego me curó las heridas!
Randy hizo un gesto despectivo con la mano. —Deja de decir locuras, Stanley. ¿Tienes idea de cómo quedaría si permito que mi propio hijo sea visto como un… un tonto indefenso que fue rescatado por el omega maldito? ¿Justo antes de la reunión de tribus? ¡Mancharía nuestra reputación! ¡Te haría ver débil, imprudente e inútil!
Stan miró a su padre, viendo a un extraño. —No me importa. No me importa nada de eso.
Se giró, ya decidido. Tenía que encontrar a Kyle. Tenía que arreglarlo. Dio un paso tambaleante hacia la puerta.
—¡Stanley, no! —su madre, Sharon, seguida de su hermano, salió de la habitación del fondo, con el rostro marcado por la preocupación. Se movió rápido, colocándose entre él y la salida, con las manos suaves pero firmes sobre su pecho—. ¡Mírate! Apenas puedes mantenerte en pie. Estás sangrando a través de los vendajes.
—Tengo que encontrarlo —insistió Stan, intentando apartarla débilmente.
—Stan, escúchame —dijo ella, con voz firme pero llena de compasión—. Incluso si estuvieras sano, ¿a dónde irías? Si sigue con vida a estas horas, ya está muy, muy lejos. Y aunque supieras en qué dirección fue, ¿crees que podrías alcanzarlo? Un hombre herido, siguiendo un rastro que ya se enfrió… Solo te matarías ahí afuera, para nada.
Sus palabras fueron como un cubo de agua helada. Era cierto: el bosque era vasto y despiadado. Kyle llevaba toda una noche de ventaja. Stan estaba lisiado. Todas sus esperanzas se desvanecieron. Kyle se había ido, y era culpa de su familia.
Y no había nada que pudiera hacer.
Estaba a punto de rendirse cuando recordó el brillo en los ojos de Kyle cuando le dijo: «Gracias». Kyle lo había mirado como si hacía años que no escuchaba esa palabra. Ahora Kyle estaba allá afuera, solo, creyendo que Stan lo había traicionado. Negó con la cabeza, con una nueva determinación endureciéndose dentro de él.
—No me importa. Tengo que intentarlo.
—¡Stan! —su madre intentó detenerlo de nuevo, pero con un movimiento suave aunque firme, él la apartó. Sin embargo, cuando trató de correr hacia la puerta, un brazo fuerte lo sujetó, inmovilizándolo.
—Muchacho, cálmate —dijo su tío, ahora sujetándolo—. Te vas a lastimar, atraerás depredadores con el olor de tu sangre y, desde luego, no encontrarás a Kyle.
—Tienes que ir a tu habitación. Ahora —ordenó su padre, colocándose frente a él. Con ayuda de su cuñado, los dos hombres arrastraron al forcejeante Stan hasta su habitación y lo arrojaron a la cama.
—¡No puedes decirme qué hacer! —protestó Stan, fulminándolos con la mirada. Era más joven, sí, pero no un niño.
—Oh, claro que puedo —replicó su padre—. Ahora descansa y no seas impertinente. Si tengo que dejarte inconsciente para mantenerte aquí, lo haré. —Y con eso, cerró la puerta de un portazo.
Randy estaba seguro de que Stan no podría escapar; su cabaña, al ser la de un miembro del consejo, estaba hecha con gruesos troncos, ramas resistentes y el barro más fuerte de la zona. Si Stan quería salir, tendría que pasar por la puerta, y su padre y su tío estarían allí para detenerlo. No tenía ninguna posibilidad en su estado actual. Tal vez si no estuviera herido…
En su habitación, Stan maldijo, pero luego bufó. Su padre se jactaba de tener el control de la aldea, pero era un idiota. No tenía idea de que Stan había tallado un agujero secreto para escapar de su habitación cuando era niño. No lo usaba desde hacía años, y probablemente sería demasiado estrecho considerando cuánto había crecido desde entonces, pero los tiempos desesperados requerían medidas desesperadas.
Stan tuvo que morderse el labio para no gritar de dolor mientras apoyaba todo su peso en el brazo herido para arrastrarse hacia el agujero. Pero terminó sonriendo triunfante cuando por fin logró pasar y salir fuera de la casa.
Encontraría a Kyle primero, luego se ocuparía de su padre; y si su padre se negaba a admitir ante el consejo que había mentido y cometido un error, Stan decidiría qué hacer cuando llegara el momento.