ID de la obra: 1380

La Cola

Gen
G
Finalizada
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4 páginas, 2.297 palabras, 1 capítulo
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Capítulo 1

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      Noche fresca: el viento agita una cortina blanca y translúcida, colándose por la ventana entornada. Una joven se incorpora lentamente de la cama, tosiendo y llevándose la mano al cuello por una sensación viscosa y desagradable en la garganta.       — Malditos… k-jk-jKJ… puaj, asco, mocos. —murmuró, levantándose de mala gana y yendo a la cocina por un vaso de agua.       De camino volvió a toser un par de veces, se golpeó el hombro con el marco de madera de la puerta y se detuvo en mitad del pasillo.       — ¿Un pinchazo en el corazón? —se preguntó, atenta a lo que sentía; la cama de la habitación contigua crujió—.        «María», pensó, y se tranquilizó un poco. Dio unos pasos más y, de pronto, su silueta se dobló de dolor: se apretó el pecho con ambas manos.       — Ay… ¿por qué duele tanto? —murmuró al entrar en la cocina. En su cabeza daba vueltas la idea de que todo eran mocos atascados en la tráquea o en algún otro sitio.       — Con beber agua se me pasa. Kj, kj… seguro que se me pasa. —dijo, llegó al grifo, cogió un vaso limpio que estaba junto al fregadero y lo llenó sin pensarlo.       «No es momento de ponerse exquisita con el agua del grifo», cruzó la idea por su mente. Se bebió el primer vaso de un trago, luego un segundo, un tercero. El dolor no cedía.       Asustada, empezó a mirar alrededor, como si esperase ayuda de las siluetas oscurecidas de los electrodomésticos, los muebles y un gran frigorífico blanco.       «Tengo que llamar a Urgencias», volvió la idea, cada vez más insistente, tragándoselo todo como un sueño pesado.       Un estruendo seco: algo pesado cayó al suelo. «¿María se ha caído de la cama?», pensó, y el pinchazo del pecho se hizo más agudo. Sin mediar reflexión, salió corriendo a la calle. Y se fue a Urgencias.       No sabría decir cómo llegó hasta el hospital: todo el camino estuvo envuelto en niebla; ante sus ojos pasaban sombras sueltas de viajeros nocturnos —así llamaba a los que, de noche, no solo no duermen, sino que tampoco se quedan en casa—.       Al ver otra cara en mitad de la oscuridad de la ciudad, pensó: «Hoy hay demasiados… ¿será alguna fiesta?», y, al fin, alcanzó la puerta del servicio de Urgencias.       Nada más entrar la invadió una calma extraña, mezclada con una tensión que venía en oleadas: por momentos se hacía insoportable y, de pronto, era el ambiente más benigno del mundo.       Se acercó a la ventanilla de admisión y se sorprendió de la cantidad de gente sentada, en su mayoría ancianos. No eran muchos, seis a lo sumo, pero el mero hecho de ver a seis personas esperando en Urgencias a esas horas anunciaba una noche muy “interesante”. «Igual sí que hay fiesta», pensó cuando por fin llegó a la ventanilla.       — Buenas noches —dijo. La mujer de mediana edad al otro lado le devolvió una mirada fría. Un rostro poco amable, piel tirante, facciones enjutas, ojeras marcadas y un rictus hosco.       — ¿Victoria Román? —preguntó la recepcionista sin apartar los ojos. Victoria, por el susto, solo asintió. — Su numerito. —Le tendió el ticket: 32e, de color azul.       — ¡Pero si ni siquiera me ha preguntado por qué estoy aquí! —protestó la joven. La mirada glaciar de la mujer apagó de inmediato su ímpetu; incluso el dolor del pecho pareció remitir. Sin discutir más, se sentó y aceptó rápido la situación. No quiso preguntar cómo sabían su nombre: curiosidad tenía, sí, pero aquella cara disuadía de cualquier conversación.       Miró el monitor colgado sobre la única puerta de consultas y notó que cada número tenía un color distinto.       El 31e estaba en blanco; los 30e y 29e, en rojo; el 28e era negro; el 27e casi idéntico al suyo, pero más turquesa; el 26e, verde.       Sin entender el código, decidió observar a los presentes con la esperanza de encontrar rasgos visibles de enfermedad que explicasen los colores. Por más que lo intentó, no halló diferencias claras: la mayoría eran ancianos, más de ochenta años, salvo un hombre de unos cincuenta con el 29e; tenía un aspecto desagradable, los ojos parecían hundidos con pupilas como puntos negros y el blanco enrojecido por falta de sueño.       «Qué tipo más repelente», pensó Vicky, fijándose en su postura y la ropa algo desgarrada.       La cadena lógica se le vino abajo al mirar el 30e: era un hombre ya mayor, pero bien conservado; delataban su edad las manos fofoides y la piel arrugada de los brazos —aunque el rostro apenas tenía arrugas—. Vicky no sabría decir si tenía sesenta u ochenta, pero se veía mucho más amable, aseado y simpático que el 29e.       También era curioso que nadie hablara, nada propio de ancianos, que en una sala de espera suelen buscar conversación.       «Un Tinder para jubilados», pensó, esbozando una sonrisa.       En el panel salió el 26e. Una mujer muy mayor se levantó y entró por la puerta, cojeando de la pierna izquierda. Al cruzar, su número desapareció del panel y volvió la espera.       «Qué raro… ¿el anterior habrá salido por otra puerta?», se preguntó, para acto seguido dudar. Nunca había oído que en Urgencias hubiese salidas diferentes, salvo las que separan a los muy graves de los que “solo” sufren.       La inquietud creció cuando el panel mostró el 27e.       Al ver a la siguiente persona entrar en consulta, a Vicky le asaltó un deseo súbito de volver a casa. Había sido demasiado impulsiva corriendo a Urgencias.       Entró otra persona en la sala: una joven con mono de motera. Caminaba con un bamboleo extraño: la pierna izquierda no se doblaba como debía, se plegaba hacia afuera, haciendo que el cuerpo se hundiera y rebotara como un muelle.       Se acercó a la ventanilla, le dieron el 33e —blanco— y se sentó junto a Victoria sin quitarse el casco.       — ¿No te duele? —preguntó Vicky, horrorizada.       — ¿Eh? —respondió la chica con un deje pícaro, girando la cabeza hacia ella. El visor ocultaba la cara, pero se notaba que sonreía.       — ¡Tu pierna! —Vicky señaló con el dedo la extremidad fracturada.       — ¡Ah! No, no me duele; ni me habría enterado si no me lo dices. —seguía con el mismo tono alegre—. Me preguntaba por qué me costaba andar… —Soltó una risita y, extendiendo la mano, se presentó—: Me llamo Paulina… los amigos —oficialmente— me dicen Poli Motocrash. ¿Y tú?       — Vicky. —contestó, estrechándole la mano con inseguridad—. Mis amigos, simplemente Vicky.       — Bueno, Vicky simplemente, ¿llevas mucho esperando? —Poli meneaba el cuerpo con ritmo e intentaba chasquear los dedos dentro de los guantes de moto.       — No sé… me cuesta calcular. —«Es verdad: no consigo saber cuánto tiempo ha pasado, y no hay relojes por ningún lado».       — Qué rabia… habrá que esperar. —dijo, balanceando la cabeza de lado a lado, con un sonido desagradable, acuoso.       El tiempo pasaba y el panel no sacaba número nuevo, pero sí entraba más gente. Llegó un hombre con uniforme de obra; nada llamaba la atención salvo un hundimiento raro en el centro del cráneo. No llevaba casco. El rostro, por eso, se veía deformado, y el tipo se limpiaba una y otra vez la sangre de la nariz y del oído derecho.       Vicky se puso rígida: no quería quedarse allí. Se tensó aún más cuando el recién llegado se sentó al lado de Paulina.       — ¿Qué te trae por aquí? —preguntó ella como si lo conociera. Por su cara —o lo que su deformidad permitía distinguir— él parecía sorprendido; entendió que no se conocían.       Amable como siempre, Poli se presentó y enseguida entabló conversación con Sergio, así dijo llamarse el obrero.       Charlaron con calma y buen rollo, lo que desconcertó más a Victoria: parecía que nadie, salvo ella, veía las malformaciones; malformaciones con las que deberían estar gritando de dolor… o muertos.       Se ensimismó. En el panel apareció el 28e.       A Vicky aquello ya no le gustaba nada. Y, aun con la angustia creciendo por dentro, no sentía el acelerón típico del corazón; ni sienes, ni yemas, nada palpitaba ni hormigueaba como de costumbre.       Daba la impresión de que el corazón no quería trabajar. Sonrió con nerviosismo y se llevó la mano al pecho buscando el latido. — Em… —la voz de Motoclash iba para ella—. ¡No te agobies! —le dijo con camaradería, posándole la mano en el hombro—. ¡Ya te crecerán! —remató. La situación era tan absurda que Vicky abrió mucho los ojos por vergüenza ajena y respondió:       — ¡Vete a…! —No terminó la frase; apartó la mirada, aún tratando de escuchar el ritmo de su corazón.       — ¿A dónde me voy? —preguntó Poli con un tonito socarrón, buscando picarla.       — ¡A la mierda! —saltó Victoria; y, aun así, se extrañó de no sentir la sangre subírsele ni a la cara ni a las orejas.       «Esto no me gusta nada», pensó, y notó que Poli la examinaba de manera rara. No se veían sus ojos tras el casco, pero por el movimiento de la cabeza quedó claro que la recorrió de arriba abajo.       — Nuuuuu, nada mal… ¿me dejas pasar? —dijo, ladeando la cabeza. Volvió ese ruido viscoso. Por la voz se adivinaba una sonrisa.       Sin saber qué contestar, Román decidió seguirle el juego: «A ver si así…».       — Te lo pensaré cuando te quites el casco. —Intentó sonar mordaz; no le salió muy bien. Lo que más le interesaba era ver si se lo quitaba: aquel sonido la ponía de los nervios.       — Vale… pero si mi carita te gusta, cuando salgamos de aquí, el resto de la noche es para mí. —bromeó Poli, rodeando el casco con las manos.             En el panel apareció el 29e… y, justo en ese segundo, entró otro visitante en la sala.       Poli giró para mirar, con las manos aún sujetando el casco. De repente, la consulta se iluminó de rojo y un grito desgarrador atravesó el pasillo cuando el 29e cruzó la puerta.       El panel mostró el 30e.       Victoria estaba aterrada, pero seguía sin notar latido. Se volvió hacia el recién llegado y la boca se le abrió de horror: tenía el cuerpo lleno de agujeros, como si hubiera caído sobre varillas de acero. La sangre chorreaba y, aun así, él parecía indiferente.       El chico caminó con calma a por su ticket.       — ¡Holaaa! —le saludó Poli con la mano; él pasó de largo y fue a la ventanilla—. Qué borde… Bueno, querías que me quitara el casco, ¿no?       Tras un segundo grito atroz, el panel sacó el 31e.       — Pueeeeees… allá vamos —dijo, y se levantó el casco. En ese instante, cayeron trozos de cerebro y cráneo fracturado, junto con jirones de cuero cabelludo y mechones endurecidos por la sangre.       Victoria chilló y salió corriendo hacia la salida. Poli, con la cabeza deshecha, parecía haberse quedado inmóvil.       Román corrió con todas sus fuerzas hacia la puerta… pero cuanto más corría, más lejos estaba. Muerta de pánico siguió avanzando, cada vez más consciente del lugar en el que se encontraba.       La puerta no se acercaba ni un paso. Y, entonces, comprendió: su corazón no latía. Se detuvo, miró a la recepcionista —que sonreía con malicia—, frunció el ceño, puso ambas manos sobre el pecho y dio una compresión brusca.       El rostro de la mujer cambió. Victoria empujó una, dos, tres, cuatro veces. En el pecho apareció un calor leve, un ritmo apenas perceptible.       El panel mostró el 32e.       Miró el número con horror y luego a la mujer tras el cristal; esta sonreía de oreja a oreja.       Saltándose las “normas”, siguió con movimientos rápidos la maniobra de rescate. De pronto, una descarga eléctrica recorrió su cuerpo; tembló, se despejó un poco y continuó.       — ¡NÚMERO 32E, PASE INMEDIATAMENTE A CONSULTA! —bramó la mujer lúgubre, cuyo rostro empezó a retorcerse como una rueda imposible. Vicky siguió con la reanimación.—       ¡NÚMERO 32E, AHORA MISMO…! —y echó a correr.       Sintiendo la sangre latirle en las sienes, se dio la vuelta y voló hacia la salida; detrás se abrió la puerta de la consulta y, tras ella, salieron… algo. No personas: algo más grande, con muchas extremidades y un aliento fétido.       No miró atrás; solo corrió con todo lo que le quedaba.       De repente, la puerta se abrió. Detrás brillaba una luz cegadora. Cerró los ojos y siguió corriendo; a un par de pasos del umbral, algo viscoso le rozó la espalda. Aterrada, apretó el último sprint y…       Despertó de golpe, incorporándose en brazos de los sanitarios, que intentaban calmarla mientras ella trataba de ubicarse. Los ojos reconocieron la cocina. Agachados junto a ella, dos médicos; detrás, María, asustada, en pijama.       No había Poli, ni tickets, ni obreros. Solo su cocina; la comprobación del reflejo pupilar; preguntas sobre su estado; la redacción del informe.       Tras una ráfaga de cuestiones sencillas —«¿Cómo se llama?», «¿Reconoce dónde está?»— le explicaron que había sufrido un infarto y que su corazón había dejado de latir un tiempo.       Por precaución, la hospitalizaron para un examen más a fondo. Pasó varios días en el hospital (los tests revelaron insuficiencia cardíaca y alteraciones del ritmo).       Durante todo ese tiempo no pudo sacarse de la cabeza el lugar donde había estado aquella noche. No podía olvidar a Paulina, su alegría… y su cerebro desparramado. No podía olvidar al obrero de cráneo deformado. Del chico agujereado recordaba más la imagen que a la persona.       Por curiosidad, buscó información en internet. Al final encontró dos noticias. La primera: un accidente en carretera; víctima, una mujer de veintiséis años, Paulina N., fallecida. La segunda, algo más conocida: investigación por incumplimiento de seguridad en una obra de una empresa importante; víctima, Sergio Román, muerto al caerle desde un segundo piso un mazo de construcción.       «Entonces… ¿aquel lugar era de verdad el más allá?», pensó, sonriendo ante la idea de que allí también hubiera que hacer cola.       «Lástima no haberte conocido en vida», dijo, mirando la foto de una chica risueña posando junto a su moto de alta gama
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