Capítulo 5: Heridas y verdades a medias
13 de enero de 2026, 18:08
Ángel despertó con el sabor metálico de la sangre en la boca, aunque no había sangrado. La pesadilla lo había dejado temblando: Poppy extendiendo una mano, llamándolo “hijo” con voz dulce, mientras el Prototipo lo arrastraba hacia la oscuridad. Se sentó en la cama, el apartamento aún oscuro, Rich roncando en la habitación contigua. El reloj marcaba las 4:42 a.m. No podía sacarse de la cabeza el encuentro con Poppy en la zona prohibida. Ese tirón en el pecho, la calidez de su mano, la forma en que lo miró como si lo conociera desde siempre. “¿Por qué se siente como... familia?” pensó, frotándose los ojos verdes. Él era huérfano, criado en el orfanato de la fábrica, diferente por las pruebas y la falta de hambre normal, pero ¿madre? Poppy era un juguete viviente, la estrella de Playtime Co. Sin embargo, el Prototipo había dicho “nuestro”. El pensamiento lo inquietó todo el camino al trabajo, el autobús traqueteando bajo una lluvia fina.
En la fábrica, los rumores habían fermentado durante la noche. Carla fue la primera en caer. Llegó temprano, como siempre, pero Leith la esperaba en la entrada principal, flanqueado por dos guardias.
—Despedida inmediata— anunció Leith, voz fría como el acero, entregándole una caja para sus cosas personales. —Difamación y disrupción en el ambiente laboral. Limpia tu casillero—.
Carla palideció, balbuceando protestas, pero los guardias la escoltaron fuera. Harley había actuado rápido: una llamada anónima a recursos humanos, “evidencia” fabricada de robo menor. Observaba desde su oficina, una sonrisa satisfecha curvando sus labios. "Nadie toca lo mío", pensó, refiriéndose a Ángel de manera posesiva.
Los trabajadores, sin embargo, conectaron los puntos mal. “El rubiecito chismoso”, murmuraban. “Por su culpa despidieron a Carla”. En el comedor, durante el almuerzo, dos hombres de la línea de ensamblaje —grandes, con manos callosas y resentimiento acumulado— lo acorralaron en un pasillo lateral, lejos de las cámaras principales.
—Oye, favorito— gruñó el primero, un tipo llamado Marco, empujando a Ángel contra una pila de cajas. Su aliento olía a cigarrillos y enojo. —Por ti perdimos a una buena compañera. Hora de pagar—.
El segundo, Luis, lo agarró por el overol, levantándolo del suelo.
—Vamos a enseñarte modales— dijo, voz baja y amenazante, una mano bajando hacia la cintura de Ángel con intención clara, los ojos brillando con malicia.
Ángel sintió el pánico subir, pero algo se rompió dentro de él: años de pruebas, aislamiento, rabia contenida. Con un rugido inesperado, pateó a Luis en la rodilla, el crujido resonando. Luis soltó un grito, cayendo. Marco intentó golpear, pero Ángel se agachó, su fuerza modificada surgiendo: un puñetazo al estómago dobló al hombre, seguido de un codazo al cuello. Ambos quedaron en el suelo, jadeando, suplicando.
—Perdón... perdón, no volverá a pasar— balbuceó Marco, cubriéndose la cara.
Ángel retrocedió, manos temblando, el pecho agitado. No sabía de dónde había salido esa fuerza, pero lo aterrorizaba y empoderaba a la vez.
Harley había visto todo desde las sombras de una puerta entreabierta. Planeaba intervenir, pero la defensa de Ángel lo detuvo, una mezcla de orgullo y deseo calentando su sangre. “Mi creación”, pensó, antes de desaparecer sin ser visto.
El resto del turno fue tenso; los trabajadores lo miraban con miedo ahora, susurros de “monstruo” siguiéndolo. Ángel evitó los laboratorios, pero el destino lo empujó. Durante una reparación en niveles inferiores, un panel cedió, y cayó por un conducto olvidado, aterrizando en la cámara del Prototipo. La jaula estaba abierta —un fallo de seguridad—, y la criatura se movió rápido.
Tentáculos lo atraparon, levantándolo en el aire. Los ojos rojos brillaron con reconocimiento frío.
—Tú otra vez— dijo el Prototipo, voz distorsionada, una garra arañando el brazo de Ángel, sangre brotando caliente. —Insistente. Debo eliminar la debilidad—.
Ángel gritó, el dolor quemando, pataleando inútilmente. Otro tentáculo se enroscó en su pierna, apretando hasta que sintió huesos crujir.
Pero Poppy irrumpió entonces, escalando una rejilla rota, su vestido ondeando mientras saltaba al suelo con ligereza.
—¡Detente!— gritó, voz aguda y firme, saltando sobre un tentáculo y golpeándolo con puños diminutos. —¡No lo lastimes! Siento... él es importante—.
El Prototipo vaciló, los tentáculos aflojando ligeramente. Poppy se interpuso, abrazando el torso metálico con sus brazos pequeños.
—Por favor— suplicó, lágrimas en sus ojos azules. —No sé por qué, pero duele verlo herido—.
El Prototipo gruñó, soltando a Ángel, quien cayó al suelo con un thud, sangrando y magullado.
—Llévatelo— concedió el Prototipo, voz resignada. —Antes de que cambie de idea—.
Poppy ayudó a Ángel a levantarse, su toque maternal calmando el dolor. Lo guió por pasillos ocultos, sosteniéndolo cuando tropezaba, sus dedos entrelazados con los de él, transmitiendo un calor que iba más allá de la simple compasión. Al llegar a la entrada de la sala médica, se detuvo, girándose para mirarlo de frente. Sus ojos azules se clavaron en los verdes de Ángel, y por un instante el pasillo pareció encogerse a solo ellos dos.
—Cuídate— murmuró Poppy, voz suave como una caricia, levantando la mano para rozar la mejilla de Ángel con las yemas de sus dedos. El contacto fue breve, pero dejó una huella ardiente. Luego se giró, su vestido ondeando una última vez antes de desaparecer por una puerta lateral, dejando a Ángel con el corazón latiéndole desbocado y una pregunta que ya no podía ignorar: “¿Eres tú mi madre?”
Harley estaba dentro de la sala médica, luces blancas cegadoras. Cerró la puerta con un clic que resonó como una sentencia. Acostó a Ángel en la camilla, sus manos eficientes limpiando heridas con antiséptico que ardía, pero sus movimientos eran lentos, deliberados, como si cada roce fuera una excusa para quedarse más tiempo.
—Quédate quieto— ordenó Harley, voz baja y ronca, inclinándose tanto que su aliento rozó la oreja de Ángel. Sus dedos trazaron la línea de una cicatriz en el pecho del chico, deteniéndose justo sobre el corazón acelerado. —Respira conmigo—.
Ángel tragó saliva, el aire cargado de algo denso y peligroso. Harley levantó la mirada, sus ojos oscuros encontrándose con los verdes, y por un segundo ninguno se movió. El científico deslizó la mano hasta la nuca de Ángel, enredando los dedos en el cabello rubio húmedo de sudor, tirando suavemente para exponer su cuello.
—Es de Rich— acusó Ángel, voz temblorosa, intentando alcanzar el teléfono que vibraba en el bolsillo de Harley. —¡Dámelo!—
Harley lo apartó con facilidad, pero en lugar de retroceder, se acercó más, su cuerpo presionando contra el borde de la camilla. Sus labios rozaron la oreja de Ángel, enviando un escalofrío que recorrió su espina.
—No tan rápido— susurró, voz cargada de promesas oscuras. —Sé lo que dijiste en esa llamada. Me quieres golpear, eso fue... excitante— dijo hacercandose poco a poco más a él.
El beso llegó como una tormenta: Harley capturó la boca de Ángel con hambre cruda, su lengua invadiendo sin permiso, reclamando cada rincón. Ángel jadeó contra él, un sonido que fue mitad protesta, mitad rendición. Sus manos subieron al pecho de Harley, no para empujar, sino para aferrarse, los dedos clavándose en la bata blanca mientras el científico lo devoraba. Harley mordió el labio inferior de Ángel, tirando hasta que sangró ligeramente, luego lamió la gota con un gruñido bajo que vibró en el pecho de ambos.
Una mano de Harley bajó por la espalda de Ángel, deslizándose bajo el overol rasgado, dedos trazando la curva de su columna hasta detenerse en la base, atrayéndolo con fuerza hasta que sus caderas se encontraron. Ángel arqueó la espalda, un gemido escapando de su garganta cuando sintió la evidencia del deseo de Harley presionando contra él. El científico respondió empujando más, la camilla crujiendo bajo el peso, sus dientes marcando el cuello de Ángel con mordidas que dejaban huellas rojas, su otra mano subiendo para sujetar la mandíbula del chico, obligándolo a mirarlo.
—Mío— gruñó Harley contra su piel, voz ronca, los ojos brillando con posesión absoluta. —Siempre lo fuiste—.
Ángel se rindió por completo, sus piernas abriéndose instintivamente para dejar espacio, sus manos tirando de la bata de Harley, desgarrando botones en su urgencia. El beso se volvió desesperado, lenguas entrelazadas, respiraciones entrecortadas, el aire cargado de calor y sudor. Harley deslizó una mano bajo la camiseta de Ángel, dedos explorando piel caliente, pellizcando un pezón hasta que el chico gimió alto, su cuerpo temblando bajo el toque.
Pero la puerta se abrió de golpe. Poppy y Elliot entraron, Elliot con expresión severa y claramente incómodo, desviando la mirada al ver la escena explícita: Ángel medio desnudo, labios hinchados, marcas frescas en el cuello; Harley aún sobre él, respiración agitada pero sin un ápice de vergüenza, su mano todavía bajo la ropa del chico.
Elliot carraspeó, el rostro enrojecido, incapaz de mirar directamente.
—Esto... es inaceptable en horas laborales— dijo, voz tensa, ajustándose la corbata como si quisiera desaparecer. —Harley, suéltalo. Ahora—.
Harley se apartó lentamente, sin prisa, lamiéndose los labios con deliberación mientras se enderezaba la bata. No había culpa en su expresión, solo una sonrisa desafiante.
—Como ordene, jefe— respondió con sarcasmo, pero sus ojos seguían fijos en Ángel, prometiendo continuación.
Poppy, de pie junto a Elliot, miraba a Ángel con una mezcla de dolor maternal y confusión, el vínculo tirando de su pecho al ver las marcas en su piel. Ángel se cubrió como pudo, el rostro ardiendo, el sabor de Harley aún en su lengua y la certeza creciente de que Poppy era mucho más que una figura en una vitrina.