Capítulo 6: Marcas que no se borran
13 de enero de 2026, 18:08
Ángel llegó a casa con el cuello envuelto en una bufanda gris que Rich le había regalado años atrás. La prenda ocultaba las marcas rojas que Harley había dejado, pero no el ardor que aún palpitaba bajo la piel, ni el recuerdo de su aliento caliente, de su lengua reclamando. El apartamento estaba en silencio; Rich había salido a una reunión nocturna, según la nota pegada en la nevera. Ángel se dejó caer en el sofá, las luces apagadas, solo el resplandor de la calle filtrándose por las persianas. Se levantó, caminó hasta el baño y encendió la luz fría. En el espejo, las huellas de dientes en su cuello parecían acusarlo, moradas y brillantes. Tocó una con dedos temblorosos; el recuerdo del laboratorio médico lo golpeó: la camilla, el aliento de Harley, el beso que lo había dejado sin aire, la presión de sus caderas.
Se quitó la bufanda, la dejó caer al suelo. El agua fría del grifo no borró nada. Cuando salió del baño, Rich ya estaba en la cocina, sirviéndose café. El hombre mayor lo miró de reojo, notando la bufanda arrugada en el suelo y las marcas que asomaban bajo el cuello de la camiseta.
—¿Accidente en la línea?— preguntó Rich, voz neutra, removiendo el azúcar con lentitud, pero sus ojos se detuvieron un segundo de más en el moratón.
Ángel asintió, evitando sus ojos, la piel ardiendo bajo la mirada.
—Algo así— murmuró, dirigiéndose a su habitación. Cerró la puerta, se sentó en la cama y sacó el teléfono de repuesto que usaba en la fábrica. El mensaje que había enviado a Rich la noche anterior seguía allí: “Hoy fue una mierda” No había respuesta.
Rich, en la cocina, encontró su teléfono principal en el bolsillo interno de su chaqueta de trabajo, olvidado desde la oficina. Lo encendió; el mensaje de Ángel apareció. Frunció el ceño, pero no dijo nada. Guardó el aparato y salió al balcón a fumar, el humo mezclándose con la lluvia fina.
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Al día siguiente, la fábrica amaneció bajo una niebla espesa. Ángel bajó del autobús con el overol limpio, pero el peso de la deuda lo aplastaba. En el vestíbulo principal, Leith lo interceptó antes de que pudiera fichar.
—Laboratorios, nivel -3— ordenó Leith, voz seca, entregándole un pase temporal. —Tu turno empieza ahora. No discutas—.
Ángel tragó saliva, el estómago revuelto. Subió al ascensor con dos guardias mudos. El nivel -3 era un mundo diferente: pasillos blancos, puertas herméticas, olor a desinfectante que picaba en la nariz. Lo llevaron a una sala de extracciones, camilla de acero en el centro, monitores parpadeando. Harley esperaba junto a una bandeja de instrumentos, bata impecable, sonrisa lenta y peligrosa.
—Bienvenido a tu nuevo horario— dijo Harley, señalando la camilla con un dedo que rozó el brazo de Ángel al pasar. —Desnúdate de cintura para arriba. Empezaremos con sangre… y un suero estabilizador—.
Ángel obedeció, el frío del metal contra su espalda erizándole la piel, los pezones endureciéndose al instante. Los guardias lo ataron con correas suaves pero firmes, dejando sus brazos extendidos. Harley se acercó, jeringa en mano, el líquido azul brillando bajo la luz.
—Quédate quieto— susurró, inclinándose para inyectar en el brazo. Su aliento rozó la oreja de Ángel, cálido y cargado. Sus dedos presionaron la marca del cuello, un pulgar trazando el moratón con posesión. —Esto te hará más resistente… y más mío—.
El suero entró frío, luego calor. Ángel jadeó, el cuerpo traicionándolo con un calor que subía desde el estómago, concentrándose entre sus piernas. Harley se inclinó más, su pecho casi tocando el de Ángel, los labios a milímetros.
—Respira conmigo— ordenó, voz baja y ronca, un dedo deslizándose por la clavícula hasta detenerse en el pezón, pellizcándolo con delicadeza cruel. Los monitores pitaron más rápido. Ángel cerró los ojos, el deseo y el miedo mezclándose, su erección evidente bajo el overol. Harley rozó sus labios con un pulgar, luego lo introdujo lentamente en la boca del chico, obligándolo a chupar.
—Buen chico— murmuró, retirando el dedo húmedo para trazarlo por el labio inferior de Ángel, luego bajando por el pecho, deteniéndose justo sobre la hebilla del pantalón. La cámara roja parpadeaba, pero Harley la ignoró, su otra mano sujetando la mandíbula de Ángel, forzándolo a mirarlo.
En ese momento, las luces titilaron. Un pitido agudo llenó la sala. Poppy había hackeado el sistema desde un conducto de ventilación en el nivel superior, donde había estado observando a través de una rejilla. Había aprendido los códigos del Prototipo en sus encuentros nocturnos. Las correas se soltaron automáticamente.
Harley maldijo, corriendo al panel de control, pero no antes de inclinarse una última vez.
—Esta noche— susurró contra la oreja de Ángel, mordiendo el lóbulo. —Sin cámaras. Te tendré entero—.
Ángel se sentó, mareado, la camiseta en la mano, el cuerpo temblando de deseo frustrado.
—Vete— dijo Harley, voz tensa, sin mirarlo. —Antes de que Leith baje—.
Ángel corrió, descalzo por pasillos secundarios, hasta un cuarto de almacenamiento oscuro. Allí, Poppy lo esperaba, sentada en una caja, piernas colgando. Lo abrazó apenas entró, sus brazos pequeños rodeando su cintura con fuerza maternal, su rostro enterrado en el pecho de Ángel.
—No sé por qué, pero no puedo verte sufrir— susurró, voz temblorosa, lágrimas en sus ojos azules. Su mano subió para acariciar el cabello rubio, luego bajó por la espalda, deteniéndose en la marca fresca del cuello. “Esto no es amor… es una jaula.”
Ángel, débil, se dejó caer a su lado.
—¿Eres… mi madre?— preguntó directamente, voz ronca.
Poppy se tensó, el abrazo aflojando. No respondió, pero lo besó en la frente, un gesto tierno y antiguo, sus labios suaves contra la piel febril.
—No aquí— dijo al fin. —No ahora—.
Se levantó, lo ayudó a ponerse la camiseta, sus dedos rozando el pecho de Ángel más de lo necesario.
—Vuelve a tu sección. Yo me encargo de las cámaras— indicó, desapareciendo por una rejilla antes de que Ángel pudiera protestar, dejando el aroma de su piel en el aire.
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En la cámara del Prototipo, nivel -7, la criatura se agitaba. Las paredes temblaban con cada golpe de sus tentáculos.
—Ella lo protege… error— rugió, voz distorsionada resonando en el vacío. Sabía exactamente por qué habían creado a Ángel: un humano perfecto, controlable desde el feto, un trabajador eterno que no necesitaba comer. El plan de Harley, autorizado por Elliot, lo había enfurecido desde el principio. Poppy y él habían sido usados como donantes sin saberlo. —No permitiré que lo corrompan más— gruñó, una garra arañando el acero. De pronto, un tentáculo se detuvo en el aire, como si escuchara un latido lejano. “Ese pulso… es mío.”
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En el piso ejecutivo, Elliot mandó llamar a Harley mediante un mensaje urgente en el intercomunicador: “Oficina principal. Ahora.”
Harley subió en el ascensor privado, silbando. Entró sin tocar, encontrando a Elliot de pie junto a la ventana, la ciudad gris al fondo.
—Esto cruza líneas, Sawyer— dijo Elliot, voz tensa, sin girarse. —Él no es tuyo para jugar—.
Harley se acercó, manos en los bolsillos, su cuerpo aún cargado del calor de la sala de extracciones.
—Usted lo creó— respondió, voz calmada, desafiante. —Yo solo… lo perfecciono—.
Elliot se giró, rostro enrojecido.
—Suspensión inmediata si vuelve a pasar— amenazó.
Harley sonrió, sacando un pendrive del bolsillo.
—Tengo grabaciones, Elliot. Experimentos ilegales. Niños del orfanato. ¿Quiere que los revise el consejo?—
Silencio. Elliot tragó saliva.
—Fuera— ordenó al fin, voz temblorosa.
Harley salió, el pendrive de vuelta en su bolsillo. En el pasillo, encontró a Ángel regresando a su sección, aún pálido, el overol ajustado marcando la evidencia de su excitación anterior. Lo empujó contra una pared, cuerpo presionando, caderas alineadas, labios cerca del oído.
Ángel tembló, el deseo y el miedo mezclándose, su cuerpo respondiendo contra su voluntad. “¿Por qué duele tanto… y a la vez quiero más?” Harley se alejó, dejando el eco de su promesa y el roce de sus dedos. Sus dedos se detuvieron justo sobre el ombligo, presionando como si marcara territorio.
—Te estaré esperando esta noche en mi laboratorio privado. Sin cámaras— susurró, con voz ronca. —Te tendré entero, Ángel. Te haré gritar mi nombre. Y si no vas, iré por ti—.
Ángel tembló, el deseo y el miedo mezclándose, su cuerpo respondiendo contra su voluntad. Harley se alejó, dejando el eco de su promesa y el roce de sus dedos.