Capítulo 7: +18 El Umbral del Laboratorio
13 de enero de 2026, 18:10
Notas:
ADVERTENCIA / TRIGGER WARNING🔞
Este capítulo contiene contenido explícito y extremadamente gráfico de naturaleza sexual, violenta y perturbadora. Incluye:
– Sexo consensual pero muy intenso y rough
– Sangre, mordidas que causan heridas abiertas, lamidas y consumo de sangre
– Elementos de dolor mezclado con placer (blood play, biting, scratching)
– Lenguaje crudo, degradante y posesivo
– Descripciones detalladas de fluidos corporales (sangre, sudor, semen, presemen)
– Temas de obsesión, posesión extrema y dinámica tóxica/posesiva
– Escenas de dominación y sumisión sin safeword explícito ni negociación previa mostrada
Este contenido es ficticio y pertenece al género dark romance/erótico extremo. Puede ser desencadenante para personas sensibles a temas de violencia sexualizada, sangre, dolor físico intencional o relaciones abusivas disfrazadas de deseo.
Lee bajo tu propia responsabilidad.
Si tienes historial de trauma relacionado con violencia, sangre o dinámicas de poder no consensuadas, te recomiendo saltarte este capítulo o leer con precaución extrema.
No es apto para menores de edad ni para lectores que busquen romance suave o vanilla.
Continúa solo si estás cómodo con lo anterior.
Si decides seguir leyendo… bienvenido al umbral. No digas que no te advertimos. 🩸
puerta se cerró con un chasquido seco y definitivo, el sonido metálico reverberando en el pecho de Angel como el último clavo en un ataúd. El laboratorio privado de Harley era un espacio vivo y enfermo: paredes de acero negro mate que absorbían cualquier resto de luz exterior, convirtiendo el ambiente en un vacío opresivo. Solo una lámpara industrial ámbar colgaba del techo, derramando un resplandor viscoso, color miel podrida, que se acumulaba en charcos dorados sobre la camilla central de acero inoxidable. La superficie pulida reflejaba todo de forma distorsionada: cuerpos fragmentados, sombras alargadas, sangre que aún no había caído.
El aire era espeso, casi sólido. Olía a ozono quemado de los aparatos eléctricos, a sangre seca incrustada en las juntas del suelo, a cobre caliente y al perfume característico de Harley: cedro ahumado, vainilla quemada, un filo metálico que se pegaba a la lengua como óxido dulce y prohibido. Los extractores zumbaban en un tono bajo y constante, un latido artificial que hacía vibrar las baldosas frías bajo los pies descalzos de Angel.
Dio un paso. El frío del suelo le subió por las piernas como agujas heladas, contrastando brutalmente con el calor que le ardía en el vientre y le trepaba por la columna. La sudadera negra estaba empapada: sudor salado, miedo rancio y ese deseo sucio que ya no podía esconder. Se le pegaba al torso como una segunda piel húmeda, marcando cada músculo tembloroso. Otro paso. La distancia se redujo a un metro escaso. Harley permanecía inmóvil junto a la camilla, brazos cruzados, ojos casi negros bajo la luz ámbar, pupilas dilatadas hasta devorar el iris. Lo desnudaba sin tocarlo, lo poseía con la mirada.
Angel agarró el dobladillo de la sudadera. Tiró hacia arriba con fuerza. La tela rasgó en la costura del cuello con un sonido seco y violento, como cuero desgarrado por un latigazo. Cayó al suelo con un thud húmedo y pesado. Quedó en camiseta gris ajustada, empapada también, y el overol azul marino colgando bajo las caderas, revelando la cintura marcada por moretones antiguos. Las mordidas en el cuello quedaron completamente expuestas: círculos rojos e hinchados, algunos con costras frescas que se abrían al menor movimiento, la piel alrededor morada y caliente al tacto. Su cabello rubio, corto pero desordenado, se pegaba a la frente y las sienes en mechones sudorosos. Sus ojos verdes brillaban bajo la luz ámbar como vidrio roto, reflejando el resplandor enfermizo, dilatados por una mezcla de terror y excitación.
Harley los miró fijamente. Su mandíbula se tensó hasta que los músculos del cuello marcaron líneas duras. Una vena latió visible en su sien.
—Ven aquí —ordenó. Voz grave, ronca, casi un gruñido que vibró en los huesos de Angel.
Extendió la mano. Los dedos no temblaban, pero se curvaban con tensión contenida, uñas cortas y limpias brillando bajo la luz.
Angel avanzó el último paso. Tomó esa mano. La piel de Harley ardía, febril, el pulso desbocado latiendo contra sus dedos. Angel la guió hasta su propio cuello, presionando los dedos del científico contra la mordida más reciente, la que todavía sangraba levemente. La piel estaba inflamada, cada nervio expuesto gritando al contacto. Harley cerró los ojos un segundo, inhalando profundo, como si el simple olor de la herida lo embriagara. Cuando los abrió, eran pozos líquidos, hambrientos.
—Buen chico… —siseó, el pulgar hundiéndose deliberadamente en la carne abierta. La piel cedió más. Un hilo grueso de sangre fresca brotó, caliente, espeso, resbalando lento por la clavícula y goteando hacia el pecho.
El contacto fue eléctrico. Harley dio un paso adelante y anuló todo espacio. Pechos chocando, sudor mezclándose. Caderas alineadas. Las erecciones se encontraron a través de la tela áspera: dura, pulsante, urgente. El calor que emanaba de Harley era sofocante, una fiebre que olía a piel recalentada, metal y deseo animal. Angel sintió la longitud gruesa del científico presionando contra su muslo interno y un gemido ronco se le escapó, las rodillas flojeando.
Harley inclinó la cabeza. Sus labios rozaron la herida abierta primero con suavidad casi reverente, luego la lengua salió, lenta y cruel, trazando la carne hinchada, saboreando sudor salado, hierro fresco y el pulso acelerado debajo. Angel arqueó el cuello, ofreciéndose sin palabras, los ojos verdes cerrándose a medias mientras lágrimas de intensidad se acumulaban en las comisuras. Harley lo tomó con los dientes. Mordió con precisión quirúrgica. La piel se abrió más. Sangre caliente resbaló por el pecho de Angel en riachuelos lentos. El científico la siguió con la lengua en lamidas largas y posesivas, gruñendo bajito contra la carne abierta.
—Dime que viniste solo por mí —exigió, hablando directamente dentro de la herida, voz empapada de sangre y lujuria.
Angel tragó. La garganta le quemaba con el sabor metálico que ya le llenaba la boca.
—Vine… por ti… —la voz salió temblorosa, quebradiza, apenas convincente.
Harley rió. Un sonido oscuro, bajo, enfermo que vibró en el pecho de ambos.
—Mentirosillo… asquerosamente mentiroso… —susurró contra la piel sangrante—. Vas a pagar por esa mentira. Lentamente.
Sus manos atacaron al unísono. Una se coló bajo la camiseta empapada, uñas arañando la espalda de arriba abajo, dejando surcos rojos profundos que ardían al instante y empezaban a perlar sangre. La otra atacó el overol: dedos fuertes arrancando la hebilla con un crujido metálico violento, bajando la cremallera de un tirón. La prenda pesada cayó a los tobillos con un golpe sordo. Angel quedó en boxers negros ajustados, la tela oscura empapada en la punta por el presemen que ya goteaba, la erección tensa marcándose obscenamente contra el algodón. Harley no lo tocó ahí. Aún no. Quería verlo sufrir primero.
Se separó un paso. Tomó el frasco de vidrio de la mesa auxiliar. Sangre oscura, espesa, recolectada esa misma tarde. El vidrio estaba frío contra sus dedos febriles. Lo agitó despacio. El líquido giró como un remolino hipnótico, capturando destellos ámbar.
—Bebe —ordenó, voz baja y peligrosa—. O te lo meto directo en las venas. Elige, precioso.
Los dedos de Angel temblaron violentamente al tomar el frasco. El vidrio resbaladizo por el sudor. Lo acercó a los labios. El olor metálico le revolvió el estómago y, al mismo tiempo, le apretó algo sucio y caliente en las entrañas. Bebió. Un sorbo largo, espeso. Otro más profundo. La sangre estaba tibia, densa, con regusto a hierro crudo y a algo más íntimo, más prohibido. Un hilo rojo grueso escapó por la comisura de sus labios, bajó por la barbilla, goteó sobre el pecho desnudo y se mezcló con el sudor.
Harley se inclinó y lamió desde la clavícula hasta el labio inferior en una pasada lenta y posesiva, saboreando su propia esencia en la piel de Angel. Luego lo besó.
Fue una colisión brutal. Lenguas chocando con fuerza, dientes cortando labios, sangre fresca mezclándose con saliva. Sabor metálico, salado, caliente inundándolo todo. Harley empujó a Angel contra la camilla. El acero helado quemó la espalda como hielo seco contra piel febril. Las manos del científico arrancaron la camiseta de un tirón salvaje; la tela se rasgó por completo, exponiendo el torso de Angel: cicatrices plateadas cruzando las costillas, moretones violetas en formación, marcas de dientes antiguas y nuevas brillando rojas bajo la luz ámbar. Harley las devoró. Besos que dolían como quemaduras. Mordidas que abrían piel nueva. Lengüetazos que dejaban rastros brillantes y calientes.
Angel jadeaba con fuerza. El aire frío golpeaba su piel húmeda y expuesta. Sus manos subieron a la nuca de Harley, tirando del cabello oscuro y sudoroso con desesperación. El científico gruñó contra su hombro y mordió más fuerte, sacando más sangre.
Harley lo levantó como si no pesara, sentándolo en el borde de la camilla. Caderas alineadas perfectamente. Erecciones rozándose a través de la tela restante, el roce áspero enviando chispas de placer-dolor. Angel buscó fricción, alzando las caderas con desesperación. Harley lo detuvo clavándole las uñas en las caderas, medias lunas rojas brotando al instante, sangre perlando.
—No tan rápido —siseó contra su oreja, aliento quemando la piel—. Quiero verte romperte pedazo a pedazo antes de darte nada.
Bajó. Besó el pecho tembloroso. Lamió un pezón hasta endurecerlo, lo mordió hasta sacar un grito ahogado. Siguió descendiendo. Lengua trazando abdomen contraído, deteniéndose justo sobre la cintura del bóxer. Aliento caliente traspasando la tela húmeda. Miró hacia arriba. Los ojos de Angel, verdes y brillantes, lo miraban suplicantes, lágrimas acumulándose en las pestañas.
—Suplica —ordenó, dientes rozando la tela tensa—. Suplica como la puta desesperada que eres.
Angel tragó sangre y saliva.
—Te lo suplico… —la voz salió rota, patética—. Por favor… tócame… jódeme… rómpeme… lo que quieras… pero no pares… necesito sentirte…
Harley desgarró los boxers de un tirón brutal. El sonido de la tela rompiéndose fue obsceno en el silencio. Angel quedó completamente desnudo, la erección goteando copiosamente bajo la luz ámbar, el cuerpo temblando entero.
El científico no lo tocó inmediatamente. Se arrodilló entre sus piernas abiertas. Besó el interior del muslo derecho, mordió con fuerza hasta dejar marcas púrpuras profundas. Lamió una línea lenta desde la rodilla hasta la ingle, deteniéndose a milímetros de la base, aliento quemando la piel sensible. Angel alzó las caderas, suplicando sin palabras, el cuerpo temblando de necesidad.
Harley lo sujetó con fuerza animal por los muslos.
—Quieto —gruñó contra la piel.
Y entonces lo tomó en la boca.
Angel gritó, la cabeza cayendo hacia atrás, mechones rubios pegados a la frente sudorosa. El calor húmedo lo envolvió como una trampa deliciosa. La lengua de Harley era cruel, precisa, experta: círculos lentos en la cabeza, succiones profundas que lo llevaban al borde, dientes rozando apenas lo suficiente para doler. Angel se retorció. Harley lo mantuvo clavado con una mano en la cadera y la otra arañando el muslo interno, dejando líneas rojas frescas que sangraban levemente. El placer era insoportable, mezclado con pinchazos de dolor, con el sabor metálico todavía en la boca de ambos.
Se detuvo justo en el borde del clímax. Se levantó lamiéndose los labios manchados de sangre, saliva y presemen. Angel sollozó de frustración, lágrimas calientes resbalando por las mejillas, los ojos verdes brillando como esmeraldas rotas.
—Mi turno —susurró Harley, voz hecha trizas de deseo.
Se quitó la camiseta con un movimiento violento. Cicatrices plateadas cruzaban su torso como carreteras antiguas. Músculos tensos brillando de sudor. Angel lo tocó. Uñas arañando una cicatriz vieja en el pecho. Harley tembló, un gruñido escapando no por dolor, sino por la intensidad del contacto.
—Hazlo —exigió con voz quebrada.
Angel lo empujó contra la camilla. Harley cayó riendo bajito, risa oscura y enferma que resonó en las paredes. Angel se arrodilló entre sus piernas. Besó el pecho amplio. Mordió un pezón hasta sacar sangre. Bajó. Desabrochó el pantalón de Harley con dedos temblorosos y lentos, casi ceremoniales. Lo bajó junto con la ropa interior. Tomó la erección caliente y gruesa entre las manos, apretó, acarició con movimientos firmes. Luego se la metió en la boca.
Harley rugió. Las caderas se alzaron solas. El sabor salado-amargo inundó la boca de Angel. Lo devoró con hambre desesperada: lengua explorando cada vena, garganta relajándose hasta el límite, succiones profundas que hacían gruñir al científico. Harley lo guio con gruñidos animales, una mano enredada en el cabello rubio tirando con fuerza, mechones sudorosos cayendo sobre los ojos verdes; la otra arañando la camilla hasta que el metal chirrió.
No aguantó mucho. Lo apartó bruscamente. Lo levantó del suelo. Lo besó con furia, sangre y presemen mezclándose en sus bocas.
—Juntos —jadeó contra sus labios—. Quiero sentirte romperte mientras yo me rompo dentro de ti.
Los acomodó en la camilla. Cuerpos resbaladizos de sudor, sangre y fluidos. Erecciones rozándose, quemando como fuego líquido. Harley preparó a Angel con dedos bruscos e impacientes: dos, luego tres, usando saliva y restos de sangre como lubricante enfermo y resbaladizo. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, profundo, implacable. Angel gritó, el dolor y el placer fundiéndose en algo monstruoso. Clavó las uñas en la espalda de Harley, rasgando piel profunda, sangre caliente resbalando por sus dedos.
Harley no se detuvo. Aceleró. Cada embestida más dura, más animal, más brutal. Le gustaba escuchar los gritos, los sollozos entrecortados, los gemidos rotos. Mordía el cuello de Angel una y otra vez, lamiendo la sangre fresca como si fuera la droga más pura. Angel suplicaba entre jadeos, voz quebrada:
—Más… más fuerte… rómpeme… lléname… por favor… no pares nunca…
Harley obedeció. El ritmo se volvió salvaje, la camilla temblando violentamente, metal chirriando contra el suelo. Cuando Harley se corrió dentro con un rugido gutural, el calor líquido inundándolo todo fue la chispa final. Angel se deshizo debajo de él, eyaculando entre sus cuerpos con un grito ahogado, manchando la camilla, sollozando de placer y agotamiento absoluto.
Permanecieron así largos minutos. Jadeos irregulares. Sudor goteando. Sangre secándose en riachuelos. Olor denso a sexo crudo, metal y algo más oscuro.
Harley salió despacio. Besó la frente sudorosa de Angel. Luego los labios. Un beso extrañamente suave después de tanta violencia. El sabor todavía era sangre, lágrimas y ellos.
—Eres mío —susurró, uñas hundiéndose una vez más en la espalda baja, sacando más sangre—. Hasta que la última gota de sangre se seque en este puto planeta.
Angel asintió, voz apenas un hilo tembloroso, ojos verdes nublados por lágrimas.
—No me dejes nunca…
Harley lo abrazó más fuerte. Las uñas se hundieron hasta el hueso.
—Nunca. Estás tatuado dentro de mis venas. Para siempre.
El reloj marcó las 2:03 a.m.
La lámpara ámbar titubeó una última vez.
Se apagó.
En la oscuridad absoluta solo quedaron respiraciones entrecortadas, pequeños gemidos residuales y el latido sincronizado de dos corazones latiendo como una sola herida abierta que se negaba a cicatrizar.