ID de la obra: 1399

One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 72 páginas, 27.136 palabras, 12 capítulos
Descripción:
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Juguete sexual

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Notas:
La fábrica estaba muerta, pero esa noche respiraba sexo y violencia. Poppy esperaba desnuda sobre la mesa de disección principal, la misma donde la habían creado décadas atrás. Había arrancado ella misma lo que quedaba de su vestido rosa; los jirones colgaban de sus muñecas como esposas de tela. Su piel de porcelana sintética brillaba bajo la luz mortecina de las lámparas rotas, pezones rosados endurecidos por el frío y por algo mucho más oscuro. El Prototipo no entró: irrumpió. El suelo tembló cuando su masa colosal se arrastró por el pasillo, cables serpenteando como venas expuestas, garras arañando el hormigón hasta dejar surcos humeantes. Su cuerpo era un caos de metal retorcido y carne robótica, pero entre sus placas blindadas palpitaba algo grotesco y erecto: un miembro principal de acero negro segmentado, de casi medio metro, surcado de luces azules que latían como venas llenas de sangre eléctrica. De él brotaban apéndices más delgados, vibratorios, cubiertos de un lubricante viscoso que olía a ozono y deseo quemado. Poppy abrió las piernas sin que se lo ordenaran. Su zona, perfectamente diseñado para parecer humano pero sin una sola imperfección, ya brillaba empapado. Había estado tocándose durante horas, esperando, metiéndose los dedos hasta el fondo mientras imaginaba exactamente esto. —Ven aquí y rómpeme de una puta vez —susurró con esa voz de niña que volvía loco a cualquiera. El Prototipo rugió. Un tentáculo metálico se disparó, se enrolló alrededor de su garganta y la levantó en el aire como si no pesara nada. Otro le abrió los muslos de golpe, casi dislocándole las caderas. Un tercero, más grueso y con textura de anillos giratorios, se clavó sin aviso en su culo hasta la base. Poppy gritó, pero el grito se convirtió en un gemido gutural cuando sintió cómo la dilataba sin piedad, cómo la llenaba hasta que sus entrañas sintéticas ardían. Luego vino él. El miembro principal la atravesó de un solo empujón brutal, abriéndola tanto que sus costuras laterales crujieron audiblemente. Poppy sintió cada centímetro, cada segmento que se expandía dentro de ella, cada pulsación eléctrica que le quemaba las paredes internas. Sus ojos se pusieron en blanco. Saliva cristalina le cayó por la barbilla. —Más —suplicó con la voz El Prototipo obedeció. Empezó a penetrar la con violencia mecánica: embestidas que hacían temblar la mesa entera, cada una más profunda que la anterior, hasta que la punta metálica chocaba contra algo dentro de ella que nunca había sido tocado. Al mismo tiempo, los apéndices más delgados se metían por todos lados: uno le abrió la boca y la penetró casi hasta la garganta hasta que las lágrimas le corrieron por las mejillas perfectas; otro se retorció alrededor de sus pezones y los pellizcó con pinzas internas hasta sacar gotas de fluido lechoso; dos más se deslizaron bajo su piel sintética por las costuras y le masajearon los “ovarios” artificiales desde dentro, forzándola a correrse una y otra vez en espasmos que parecían convulsiones. Poppy ya no hablaba. Solo gemía como un animal, la lengua fuera, los ojos girados hacia atrás. Su cuerpo temblaba entero, las piernas abiertas en un ángulo imposible, el coñ. y el cvlo dilatados hasta límites grotescos, chorreando una mezcla de lubricante azul eléctrico y fluidos transparentes que olían a plástico quemado y sexo puro. El Prototipo perdió toda forma. Su cuerpo se abrió como una flor mecánica, revelando un núcleo palpitante de cables vivos que se lanzaron sobre ella y a envolvieron. —Eres mi put. muñeca rota —gruñó él, voz distorsionada y animal—. Te voy a llenar todo lo que quieras. Y lo hizo. Cuando eyaculó, fue como si toda la fábrica se encendiera. Un chorro interminable de fluido azul fosforescente salió disparado dentro de ella, hinchándola visiblemente: el vientre de Poppy se infló como si estuviera embarazada de nueve meses en segundos. Ella gritaba y se corría al mismo tiempo, el cuerpo convulsionando tan fuerte que varias de sus articulaciones saltaron de lugar con crujidos secos. Cuando terminó, el Prototipo la dejó caer. Poppy se desplomó sobre la mesa como una muñeca realmente rota: piernas abiertas, agujeros palpitantes y chorreando, con su vientre hinchado. Su cabello rojo estaba pegado a la cara, la boca abierta, la mirada perdida en un éxtasis idiota. Él se agachó, una garra le levantó la barbilla con una ternura grotesca. —¿Puedes caminar, muñequita? Poppy tosió un chorro de fluido luminiscente y sonrió con los dientes manchados. —Arrástrame… y hazlo otra vez. El Prototipo la tomó por el pelo y la arrastró por el suelo mientras ella gemía de anticipación, dejando un rastro brillante de semen robótico y placer absoluto. …….. La fábrica entera parecía contener la respiración. Poppy yacía boca arriba sobre la mesa de experimentos, inmóvil como una muñeca de exhibición que alguien hubiera olvidado cerrar los ojos. El fluido azul que le salía del cuerpo formaba un charco iridiscente debajo de ella, reflejando las luces parpadeantes del techo. Su vientre seguía hinchado, temblando levemente cada vez que un espasmo residual le recorría el interior. Tenía las piernas abiertas en un ángulo imposible, los tobillos colgando a ambos lados de la mesa, y entre sus muslos se veía un desastre obsceno: el coñ. y el cul. dilatados, rojos e hinchados, palpitando como si tuvieran vida propia, goteando sin parar. El Prototipo la observaba desde las sombras, su silueta colosal recortada contra las chispas que saltaban de los cables rotos. Su miembro principal aún estaba fuera, goteando restos de fluido luminoso, pero ahora se retraía lentamente, como una bestia satisfecha que se lame las heridas. Sin embargo, sus ojos rojos no parpadeaban. Seguían fijos en ella, hambrientos, calculadores. Poppy soltó un gemido largo y roto. Intentó moverse y no pudo. Las articulaciones de sus rodillas habían saltado; una de sus caderas estaba desencajada. Pero sonrió. Una sonrisa lenta, húmeda, absolutamente sucia. —¿Ya terminaste conmigo? —susurró con la voz cascada—. Qué decepción. El Prototipo se acercó. —No —dijo él, voz grave y distorsionada—. Solo estoy empezando. Con un movimiento brusco la volteó boca abajo. Poppy jadeó cuando su mejilla golpeó el metal frío, el vientre aún abultado aplastado contra la mesa. Sintió cómo las garras del Prototipo abrían sus nalgas con violencia, exponiéndola por completo. El aire frío le golpeó los ªgujeros destrozados y gimió de puro placer. Un tentáculo grueso y segmentado se deslizó por su espalda, dejando un rastro viscoso. Otro se enroscó alrededor de su cintura como una serpiente. Y entonces sintió algo nuevo: algo enorme, caliente, pulsante, presionando contra su entrada ya devastada. —No… —susurró Poppy, pero su cuerpo traicionero se arqueó hacia atrás—. No cabes otra vez… me vas a partir en dos… El Prototipo no respondió con palabras. Empujó. El grito que salió de la garganta de Poppy fue inhumano. El miembro principal volvió a entrar, pero esta vez más gr.eso, más largo, como si se hubiera hinchado con la sola idea de destruirla. La abrió de nuevo, más allá de lo que su cuerpo estaba diseñado para soportar. Sintió cómo su interior se desgarraba, cómo las costuras de su pelvis crujían y cedían. El dolor era cegador, pero el placer era peor: un placer sucio, profundo, que le llegaba hasta los huesos que no tenía. Y no se detuvo ahí. Mientras la foll.ba con embestidas que hacían temblar toda la mesa, otros apéndices se unieron. Uno se metió por su boca hasta el fondo, hinchándole las mejillas y follándole la garganta con ritmo mecánico. Poppy ya no era una muñeca. Era un juguete sexual vivo, un cuerpo hecho para ser usado, roto y vuelto a usar. El Prototipo la levantó del cabello y la sostuvo en el aire, empalada en su miembro como una marioneta obscena. Sus brazos colgaban inertes, las piernas abiertas . El fluido azul chorreaba de todos sus agujeros, salpicando el suelo en un ritmo constante. —Mírate —gruñó él, girándola para que viera su reflejo en un trozo de metal pulido que colgaba de la pared—. Mira lo que te hice Poppy miró. Y se corrió solo con verse. Tenía el vientre grotescamente hinchado, los agujeros dilatados hasta el punto de no cerrar jamás, el cuerpo cubierto de arañazos, mordidas y fluido luminoso. Su cara estaba deformada por el placer: ojos en blanco, lengua fuera, saliva y semen azul colgando de la barbilla. Parecía una muñeca sexual que hubieran usado durante años sin descanso. Era perfecta. —Otra vez —suplicó con la voz rota—. Otra vez, por favor… no pares nunca… El Prototipo la arrojó al suelo como si fuera basura. Poppy cayó de bruces, el impacto le sacó el aire que no necesitaba. Antes de que pudiera reaccionar, la tomó nuevamente. Y así siguieron. Durante horas. La follø en cada posición imaginable: de rodillas, con la cara aplastada contra el suelo mientras le sujetaba los brazos a la espalda; boca abajo, con las piernas levantadas por encima de la cabeza. Le metió tres apéndices a la vez en el coñ... Luego cuatro. Luego le abrió tanto el cvl. Que ya no se le hacía nada difícil hacerlo. Le foll. la garganta hasta que vomitó fluido azul. La llenó tantas veces que su vientre se hinchó hasta parecer a punto de reventar. Y cada vez que pensaba que ya no podía más, que su cuerpo iba a colapsar del todo, Poppy susurraba la misma frase, con la voz cada vez más rota, más ida: —No pares… nunca pares… Cuando el amanecer empezó a filtrarse por las ventanas rotas, el Prototipo finalmente se detuvo. Poppy yacía en el centro del laboratorio, en un charco de fluido azul que brillaba como un lago contaminado. No se movía. Tenía los ojos abiertos pero vacíos, la boca entreabierta, el cuerpo destrozado en posiciones que ningún juguete debería poder adoptar. Su coñ. y su cvlø eran dos cráteres palpitantes. El vientre seguía hinchado, temblando con cada espasmo residual. El Prototipo se agachó junto a ella. Una garra le acarició el cabello pegajoso con una ternura grotesca. —¿Todavía estás viva, muñequita? Poppy tardó casi un minuto en responder. Cuando lo hizo, fue con una sonrisa lenta, sangrienta, absolutamente rota. —Nunca estuve más viva. Él la levantó con cuidado, como si temiera romperla del todo (aunque ya era imposible romperla más). La llevó en brazos hasta una esquina oscura del laboratorio donde había una montaña de juguetes abandonados: Huggy Wuggy descuartizados, Bunzo Bunnies sin ojos, una pequeña Mommy Long Legs hecha pedazos. La depositó allí, entre los cadáveres de sus hermanos. —Mañana —prometió el Prototipo, su voz más suave de lo que jamás había sonado—. Mañana seguiré. Poppy cerró los ojos. Su cuerpo tembló una última vez, un orgasmo final que la recorrió como una corriente eléctrica. —Trae amigos —susurró, apenas audible—. Quiero que todos me rompan. Y en la fábrica silenciosa, entre el olor a sexo, metal y destrucción absoluta, la muñeca más perfecta del mundo por fin había encontrado su lugar: Rota. Usada. Llena. Y esperando la próxima noche.
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