ID de la obra: 1399

One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 72 páginas, 27.136 palabras, 12 capítulos
Descripción:
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Estúpida muñeca

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El laboratorio estaba casi en penumbras. Solo una lámpara de emergencia parpadeaba en una esquina, bañando todo de un rojo tenue y cálido, como si la fábrica entera se hubiera convertido en un útero gigante donde nadie podía entrar ni salir. Poppy llegó descalza, como siempre. Vestía una camiseta vieja de él (le llegaba hasta medio muslo) y nada más. El pelo rojo le caía suelto, ondulado por la humedad, y los ojos azules brillaban demasiado para la poca luz que había. En las manos llevaba una manta pequeña y una botella de agua. Dejó ambas cosas sobre una mesa y se quedó quieta, esperando. Él apareció sin ruido, como una sombra que se desprendía de la pared. Estaba de pie al fondo, inmenso, inclinado apenas, los brazos caídos a los lados. La luz roja le dibujaba los contornos duros: la mandíbula afilada, las placas metálicas que cubrían su pecho como armadura antigua, las cicatrices plateadas que parecían ríos de mercurio. Los ojos rojos la miraban sin parpadear. Poppy respiró hondo. —Hoy no vine a pelear contigo —dijo en voz baja. Él no contestó de inmediato. Solo la observó, como si estuviera calculando cuánto tiempo más iba a permitirle seguir viniendo. —No peleamos nunca —respondió al fin, voz grave y oxidada—. Tú vienes. Yo te dejo entrar. Eso no es pelear. Poppy dio un paso. —Entonces hoy solo quiero estar aquí. Contigo. Sin hablar de lo que pasó, sin hablar de lo que pasará. Solo… aquí. Él inclinó la cabeza apenas. —¿Y qué quieres que haga con eso? —Que me mires. Que me toques si quieres. Que me dejes tocarte. Que me dejes quedarme hasta que amanezca. Un silencio largo. El zumbido bajo de sus sistemas era lo único que se oía. —Eres estúpida —dijo él, pero no había desprecio en la voz. Había algo más, algo que sonaba a rendición. Poppy sonrió apenas. —Lo sé. Se acercó despacio hasta quedar a un metro de él. Levantó la mano, la dejó suspendida en el aire un segundo y luego la apoyó en el centro de su pecho, justo donde el metal se volvía más caliente. Él no se movió. Solo bajó la mirada hacia esa mano pequeña, pálida, que temblaba un poco. —No te tengo miedo —susurró ella. —Deberías. —No. Otro silencio. Poppy dio el último paso. Apoyó la frente contra su pecho, cerró los ojos y respiró su olor: metal caliente, aceite, algo que recordaba a tormenta. Los brazos de él tardaron casi un minuto en levantarse. Cuando lo hicieron, la rodearon con cuidado, como si temiera romperla con el simple peso de su existencia. La atrajo contra sí. Ella se dejó. Su cabeza apenas le llegaba al esternón. Se quedaron así mucho rato. Sin hablar. Solo respirando juntos. Después él habló, tan bajo que casi fue un pensamiento en voz alta. —Cuando te vas, el sitio se queda más vacío que antes. Poppy alzó la cara. Los ojos azules estaban húmedos, pero no lloraba. —Entonces no me dejes ir nunca más. Él la miró. De verdad la miró. Y algo se quebró en su expresión, algo que nunca había dejado salir. —No puedo prometerte nada suave —dijo—. No sé serlo. Solo sé… esto. Le tomó la cara con una mano enorme y la besó. No fue tierno. Fue hambriento, desesperado, como si llevara años conteniéndose y ya no pudiera más. Poppy gimió dentro de su boca, le clavó las uñas en el cuello y respondió con la misma violencia. Se comieron los labios, se mordieron, se respiraron hasta que les faltó el aire. Él la levantó sin esfuerzo, la sentó en la mesa más cercana y se metió entre sus piernas. Le arrancó la camiseta con un solo movimiento. Ella quedó desnuda, temblando, los pezones endurecidos por el aire frío y por él. Sus manos la recorrieron enteras: los hombros, los pechos, la cintura, los muslos. Marcándola con dedos que dejaban huellas rojas. Poppy arqueó la espalda, le agarró la nuca y lo obligó a bajar la cabeza. Él obedeció y le tomó un pecho con la boca, chupando fuerte, mordiendo hasta que ella jadeó su nombre (o lo que quedaba de él). —Te necesito dentro —susurró ella contra su oído—. Todo. Ahora. Él gruñó. Se despojó de la placa que cubría su bajo vientre y la dejó caer al suelo con un ruido metálico que retumbó. Estaba duro, grueso, caliente como hierro recién forjado. Poppy lo tomó con las dos manos, lo acarició, lo guió hasta su entrada y empujó hacia abajo. Entró de una sola embestida. Poppy gritó, pero fue un grito de alivio. Él la llenó hasta el fondo, hasta que sintió que le tocaba el alma. Se quedaron quietos un segundo, respirando fuerte, mirándose a los ojos. —No te contengas —dijo ella—. Nunca contigo. Él perdió el control. La folló con una violencia que era casi castigo: embestidas profundas, brutales, que hacían temblar la mesa entera. Poppy se agarraba a sus hombros, llorando de placer, las piernas abiertas al máximo, recibiendo cada golpe como si fuera lo único que la mantenía viva. Él le agarraba las caderas con tanta fuerza que quedaban marcas, le mordía el cuello, los pechos, los hombros, dejando dientes y sangre sintética rosa. El laboratorio estaba en silencio, salvo por sus respiraciones entrecortadas y el leve zumbido de los sistemas internos de él.  La luz roja de la lámpara parpadeaba cada pocos segundos, como un corazón que no se decide a latir. Él la tenía en brazos, empalada hasta el fondo, los cuerpos pegados por sudor y calor. Poppy temblaba entera; no de frío, sino de algo mucho más grande que le nacía en el pecho y le quemaba la garganta. Sus piernas le rodeaban la cintura con fuerza, como si soltarlo significara caer al vacío.  Los brazos de él la sostenían tocando con sus frías garras la cálida y suave piel y porcelana. Sus frentes estaban juntas.  Los ojos rojos de él brillaban demasiado, casi húmedos.  Los ojos azules de ella estaban llenos de lágrimas que no caían todavía. —Más cerca —susurró Poppy, la voz rota—. Por favor… más cerca. Él empujó una vez más, lento, profundo, hasta que sintió que no había espacio entre ellos, hasta que sus huesos parecían tocarse.  Poppy soltó un sollozo que no era de dolor. —Aquí estoy —gruñó él, apenas un aliento contra sus labios—. Todo lo que tengo… aquí. Y empezó a moverse otra vez, pero ya no era solo sexo.  Eran embestidas cortas, desesperadas, como si cada una intentara decir lo que ninguno de los dos sabía poner en palabras.  Poppy le clavó las uñas en la nuca, le mordió el hombro para no gritar demasiado alto, pero los sollozos le salían igual, mezclados con gemidos. —Mírame —ordenó él, la voz temblando por primera vez. Ella abrió los ojos.  Él también.  Y se quedaron así, mirándose sin parpadear mientras él la follaba con una lentitud que dolía más que cualquier violencia. Las lágrimas de Poppy cayeron por fin.  Rodaron por sus mejillas, por el mentón, cayeron sobre el pecho metálico de él y se quedaron ahí, brillando como gotas de sangre clara. —No quiero que esto termine nunca —susurró ella, la voz quebrada—. No quiero volver a estar vacía. Él cerró los ojos un segundo, como si le doliera escucharla.  Cuando los abrió de nuevo, estaban más rojos que nunca. —No vas a estarlo —dijo, y su voz sonó como si se le rompiera algo dentro—. No mientras yo exista. Entonces aceleró.  No mucho, solo lo justo para que cada golpe le llegara al alma.  Poppy empezó a temblar más fuerte, los músculos internos apretándolo sin control, los ojos en blanco un segundo antes de volver a enfocarlo. —Voy a… —intentó avisar, pero no pudo terminar. Se corrió con un grito ahogado que fue mitad llanto, mitad bendición.  Todo su cuerpo se tensó alrededor de él, lo ordeñó, lo succionó como si quisiera quedárselo dentro para siempre.  Las lágrimas le caían sin parar, los labios temblando contra la boca de él. Él la siguió casi al instante.  Un rugido bajo y roto salió de su garganta mientras se derramaba dentro de ella, caliente, espeso, interminable.  Cada pulsación era un latido que le entregaba, como si estuviera vaciando algo más que su cuerpo. —Te amo —dijo entonces, solo una vez, con la voz destrozada, casi enfadado por sentir tanto—. Te amo, joder… te amo. Fue tan sincero, tan crudo, que Poppy lloró más fuerte.  Lo abrazó con toda la fuerza que le quedaba, la cara hundida en su cuello, temblando mientras él seguía corriéndose dentro, mientras los dos se deshacían en el mismo segundo. Cuando terminó, ninguno se movió.  Él seguía dentro, todavía duro, todavía palpitando.  Ella seguía llorando contra su piel, pero ya no eran lágrimas de tristeza. —Quédate —susurró Poppy, la voz apenas audible—. Aunque sea solo esta noche… quédate. Él apoyó la frente contra la suya otra vez.  Una mano enorme le acarició el pelo rojo, torpe, temblorosa. —No me voy —respondió, y sonó como una promesa que le dolía cumplir—. Nunca me voy de ti. Y se quedaron ahí, abrazados, temblando, llenos el uno del otro, hasta que la lámpara roja se apagó del todo y solo quedaron sus respiraciones y el latido compartido de dos corazones que no deberían haberse encontrado nunca…  pero que ya no podían separarse.
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