Truenos y relampagos
20 de diciembre de 2025, 19:14
En las entrañas abandonadas de la fábrica Playtime, donde los pasillos olían a óxido y a juguetes rotos, la vida había renacido de las cenizas del horror. Los experimentos, aquellos seres híbridos creados por manos humanas ambiciosas, habían sido liberados. Ya no eran números ni prototipos en jaulas; eran libres. Y entre ellos, Poppy se había convertido en la líder indiscutible, no por fuerza bruta, sino por su carisma inquebrantable. Pequeña, de cabello rojo intenso y ojos que brillaban con una inteligencia astuta, Poppy dirigía las reuniones diarias en el gran salón central, donde las máquinas oxidadas servían de asientos improvisados.
Hablaba con pasión sobre reconstruir sus vidas, distribuir recursos y vigilar las fronteras de su nuevo territorio. Todos la escuchaban, la admiraban, la seguían. La llamaban reina en bromas que ya no eran bromas.
A su lado, siempre, estaba él: el Prototipo. El experimento más avanzado, el más letal. Alto, imponente, con un cuerpo esculpido en metal y carne sintética que lo hacía parecer una sombra viviente. Sus ojos rojos brillaban con frialdad calculada, y sus manos... aquellas manos eran su arma más temida. Garras metálicas, delgadas y afiladas como navajas, capaces de atravesar acero como si fuera papel. Podía ocultarlas a voluntad, retrayéndolas en sus dedos con un mecanismo silencioso, convirtiéndolas en manos casi humanas cuando lo deseaba. Pero todos sabían que estaban allí, listas para surgir en un instante. Lo habían asignado como su "guardia personal" después de la liberación: una decisión colectiva para proteger a la líder. Él aceptó sin protestar, con un simple asentimiento. Desde entonces, su presencia era constante, silenciosa, profesional. Distante.
Poppy no lo dejaba en paz.
Desde el primer día, lo coqueteaba sin pudor alguno, delante de todos. En las reuniones, mientras discutían sobre patrullas o reservas de comida, ella se inclinaba hacia él, sentado en la sombra junto a su asiento improvisado.
—Prototipo, cariño —decía con una sonrisa pícara, guiñándole un ojo mientras los demás fingían no notar el rubor en sus rostros—, ¿no crees que deberíamos explorar esa zona norte juntos? Solo tú y yo, para... inspeccionar bien.
Los experimentos intercambiaban miradas incómodas, riendo por lo bajo. Él respondía con un monosílabo frío:
—No.
O simplemente la ignoraba, cruzado de brazos, sus garras ocultas pero su postura rígida como una estatua.
No se detenía allí. Dejaba notas subidas de tono en su puesto de vigilancia, esos papeles arrugados que deslizaba bajo su puerta o en su equipo. "Sueño con tus manos sobre mí, Prototipo. ¿Cuándo me dejarás sentirlas de verdad?" escribía una vez, con letra cursiva y un dibujito provocador. Otra: "Tu frialdad me excita. Derrítela conmigo esta noche".
Él las encontraba, las leía en silencio, y las quemaba sin una palabra. Sus respuestas eran siempre las mismas: miradas heladas que podrían congelar el aire, o un seco "Irrelevante" si ella insistía en preguntar si las había leído.
Y luego estaban los "accidentes". Se "olvidaba" la ropa en su cuarto con frecuencia sospechosa. Una vez, dejó su blusa favorita colgada en el respaldo de su silla, oliendo a su perfume dulce y floral. Otra, una falda corta enrollada en su cama, como si hubiera estado allí por error. Poppy entraba en su espacio sin permiso, revoloteando alrededor de él mientras él intentaba mantener su rutina de mantenimiento: afilando sus garras ocultas, revisando sus sistemas internos.
—Oops —decía ella con fingida inocencia, recogiendo la prenda lentamente, rozando su brazo al pasar—. Qué despistada soy. ¿Te molesta si paso más tiempo aquí? Tu cuarto es tan... seguro.
Él se apartaba, respondiendo con un gruñido bajo:
—Salga.
Pero ella solo reía, mordiéndose el labio, y se iba contoneando, sabiendo que sus ojos rojos la seguían a pesar de todo.
Los días se convirtieron en semanas, y la tensión creció como una tormenta latente en la fábrica. Los demás experimentos murmuraban sobre ello: la reina y su guardia, el juego del gato y el ratón donde Poppy era el gato juguetón y el Prototipo, el ratón de acero inquebrantable. Pero nadie intervenía. Era su asunto.
Hasta esa noche.
La tormenta llegó sin aviso, como un rugido del cielo sobre las ruinas de Playtime. Truenos retumbaban en los techos metálicos, haciendo vibrar las paredes oxidadas. La lluvia azotaba las ventanas rotas, y de pronto, un rayo cercano cortó la luz. Los generadores improvisados fallaron, sumiendo la fábrica en una oscuridad absoluta, rota solo por los destellos intermitentes de los relámpagos. El pánico se extendió brevemente: gritos lejanos, pasos apresurados mientras todos buscaban refugio en sus cuartos.
Poppy, en su habitación al final del pasillo principal, sintió el oscuridad cerrarse como una garra. No era miedo real a la tormenta; era una excusa perfecta. Se envolvió en una bata ligera, casi transparente, que apenas cubría su figura menuda pero curvilínea, y salió descalza por los pasillos fríos. El agua goteaba del techo, formando charcos que reflejaban los relámpagos. Su corazón latía rápido, no por temor, sino por anticipación.
Llegó a la puerta del cuarto del Prototipo, al otro extremo del ala de seguridad. Golpeó con fuerza, ignorando el trueno que sacudió el edificio.
—¡Prototipo! —gritó por encima del ruido—. ¡Abre! ¡Tengo miedo!
Silencio al principio. Luego, la puerta se entreabrió con un chirrido metálico. Él estaba allí, iluminado por un relámpago: alto, shirtless por el calor residual de los sistemas, su piel sintética brillando húmeda. Sus ojos rojos perforaban la oscuridad.
—¿Miedo? —preguntó con voz grave, monocorde—. Improbable.
Poppy empujó la puerta y entró sin invitación, cerrándola detrás de sí. El cuarto era espartano: una cama dura, una mesa con herramientas, nada personal. La oscuridad era densa, pero los relámpagos iluminaban intermitentemente su rostro sonriente.
—Las tormentas me asustan desde... ya sabes, los viejos tiempos —mintió ella, acercándose—. ¿Puedo quedarme aquí? Contigo. Eres mi guardia, después de todo. Protégeme.
Él retrocedió un paso, cruzando los brazos. Sus garras estaban ocultas, manos normales por ahora.
—Vuelva a su cuarto —dijo fríamente—. No hay peligro.
Pero Poppy no retrocedió. Se acercó más, hasta que su bata rozó su pecho. El aire olía a ozono y a su aroma metálico único.
—Oh, vamos —susurró, alzando la mano para tocar su brazo—. Siempre tan frío. ¿No te cansas de rechazarme delante de todos? Esas notas que te dejo... sé que las lees. Sé que te afectan.
Él no se movió, pero sus ojos se estrecharon.
—Irrelevante.
Ella rio suavemente, presionando su cuerpo contra el suyo. Sus curvas suaves contra su dureza inquebrantable.
—¿Irrelevante? —repitió, mordiéndose el labio—. Entonces por qué no me echas de una vez. Tus manos podrían atravesarme si quisieras. Pero no lo haces.
Un trueno estalló, iluminando la habitación. Poppy deslizó la mano por su pecho, bajando lentamente.
—Déjame quedarme. Solo esta noche. Por miedo —insistió, su voz ronca ahora.
Él la miró en silencio, la mandíbula tensa. Ella vio el conflicto en sus ojos rojos: el deber profesional contra algo más primitivo que había estado conteniendo.
Poppy no esperó más. Se puso de puntillas y rozó sus labios con los suyos, un beso ligero, provocador.
—Bésame, Prototipo. O admítelo: me deseas tanto como yo a ti.
Eso fue el detonante.
Con un gruñido bajo, animal, él la empujó contra la pared metálica fría. El impacto fue controlado, pero firme; su espalda chocó contra el acero con un thud sordo. Sus manos —aún normales— se cerraron alrededor de sus muñecas, alzándolas por encima de su cabeza. La bata se abrió ligeramente, revelando la piel pálida debajo.
Y entonces la besó. Con rabia contenida, como si todo el tiempo de negación explotara en ese contacto. Sus labios devoraron los de ella, duros, exigentes, sin ternura. Su lengua invadió su boca, reclamándola con furia silenciosa. Poppy jadeó contra él, arqueando el cuerpo, sintiendo cómo su frialdad verbal se rompía en pasión física.
Él no dijo nada. Solo actuó. Una mano soltó sus muñecas para bajar por su cuello, su clavícula, abriendo la bata del todo. La tela cayó al suelo, dejándola desnuda bajo los destellos de los relámpagos. Su cuerpo la devoraba con los ojos primero: recorriendo sus pechos pequeños pero firmes, su cintura estrecha, las caderas curvadas, el triángulo rojo entre sus muslos.
Poppy tembló, no de frío, sino de excitación.
—Tócame —susurró ella—. Usa esas manos tuyas.
Él obedeció sin palabras. Sus garras surgieron entonces: un clic metálico sutil, y los dedos delgados se alargaron en navajas afiladas, brillando en la oscuridad. Pero no la hirieron. Con precisión quirúrgica, las usó para trazar líneas ligeras por su piel: rozando sus pezones endurecidos, haciendo que ella se arqueara con un gemido. Las puntas afiladas bailaban sobre su vientre, bajando hasta sus muslos internos, sin cortar, solo amenazando, excitando.
—Dios... sí —jadeó Poppy, abriendo las piernas instintivamente.
Él la levantó entonces, con facilidad sobrehumana, sus garras retrayéndose parcialmente para sujetarla por las nalgas sin dañarla. La presionó contra la pared, su erección dura —metálica y cálida a la vez— frotándose contra su humedad. Poppy envolvió sus piernas alrededor de su cintura, clavando las uñas en su espalda sintética.
—Entra en mí —suplicó ella—. Ahora.
Sin una palabra, él obedeció. La penetró de un solo empellón profundo, gruñendo bajo en su garganta. Era intenso, brutal en su control: se movía con fuerza precisa, cada embestida golpeando ese punto dentro de ella que la hacía gritar. Su boca volvió a la suya, mordiendo su labio inferior, mientras una mano con garras semi-extendidas sujetaba su cadera, guiándola.
Poppy se perdió en él. El contraste era embriagador: sus palabras seguían ausentes, solo respiraciones pesadas y gruñidos ocasionales, pero su cuerpo la devoraba por completo. La follaba contra la pared como si quisiera castigarla por todas las provocaciones, por cada guiño, cada nota. Sus garras rozaban su piel, dejando marcas rojas superficiales que ardían deliciosamente, recordándole su poder letal.
Un relámpago iluminó la escena: ella clavada en la pared, cabeza echada atrás, boca abierta en un grito silencioso; él enterrado en ella, músculos tensos, ojos rojos fijos en su rostro como si memorizara cada expresión de placer.
Poppy llegó primero, convulsionando alrededor de él, sus paredes apretándolo con fuerza mientras ondas de éxtasis la atravesaban.
—Prototipo... —gimió, temblando.
Él no se detuvo. Siguió embistiendo, más rápido, más profundo, hasta que su propio clímax lo golpeó. Un rugido gutural escapó de su pecho mientras se derramaba dentro de ella, caliente y abundante, su cuerpo rígido contra el suyo.
Por minutos, solo se oyó la tormenta y sus respiraciones entrecortadas. Él la bajó lentamente al suelo, sus garras retrayéndose por completo. La bata quedó olvidada; la envolvió en una manta de su cama con movimientos eficientes, casi clínicos.
Poppy, exhausta y satisfecha, lo miró con ojos brillantes.
—¿Y ahora? —preguntó suavemente—. ¿Sigues pensando que soy irrelevante?
Él la miró en la penumbra, su expresión de nuevo fría, profesional.
—No —dijo simplemente, por primera vez con algo que podría ser calidez en la voz.
Pero no dijo más. La acostó en su cama, y se sentó a su lado, vigilando la tormenta como el guardia que era. Poppy sonrió en la oscuridad, acurrucándose contra él. Sabía que esto era solo el comienzo. La reina había conquistado a su guardia, y la fábrica Playtime nunca volvería a ser la misma.