ID de la obra: 1399

One-shots/Poppy x El Prototipo

Gen
NC-17
En progreso
2
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Tamaño:
planificada Mini, escritos 72 páginas, 27.136 palabras, 12 capítulos
Descripción:
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El lobo y la conejita

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En el vasto bosque de Eldoria, donde los árboles se erguían como guardianes ancestrales y el viento susurraba secretos entre las hojas, Poppy corría con el corazón latiéndole como un tambor de guerra. El aire nocturno era fresco y cargado de humedad, impregnado del aroma a tierra húmeda y flores silvestres que se cerraban ante la oscuridad. Cada rama que rozaba su piel parecía un recordatorio de la vulnerabilidad de su huida, y el suelo bajo sus pies descalzos se sentía irregular, con piedras afiladas que pinchaban sus plantas sensibles, obligándola a morderse el labio para no gritar de dolor. Era una conejita antropomórfica, pequeña y ágil, con orejas rojas que se agitaban al ritmo de sus pasos y una colita esponjosa del mismo color vibrante que se movía nerviosamente bajo su falda ligera de algodón. Su cabello rojo caía en ondas salvajes sobre sus hombros, enmarcando un rostro delicado con ojos grandes y asustados. Vestía una blusa sencilla y una falda que apenas le llegaba a las rodillas, ropa humana que contrastaba con su esencia animal. No era como las demás presas; sus orejas y cabello rojo la hacían única, un faro en la oscuridad que atraía a los depredadores como polillas a la llama. Desde niña, había oído cuentos sobre cómo su color escarlata era una maldición, un legado de ancestros que habían desafiado a los dioses del bosque, y ahora, en esta noche fatídica, sentía el peso de esa herencia como una cadena invisible que la ataba al peligro. El bosque era un laberinto de sombras esa noche, con la luna llena filtrándose a través del dosel como cuchillas plateadas. Poppy había oído historias sobre el alfa de la manada de lobos, un ser temible conocido solo como El Prototipo. Decían que era un lobo gris enorme, con garras negras como la obsidiana y cicatrices que surcaban su cuerpo musculoso como mapas de batallas olvidadas. Su olor era inconfundible: humo de fogatas extinguidas y sangre fresca, un aroma que impregnaba el aire y hacía que las presas se paralizaran de terror. Nadie escapaba de él. Nadie sobrevivía. Las leyendas lo pintaban como un ser inmortal, forjado en las sombras más profundas del bosque, un guardián que no toleraba intrusos en su territorio. Algunos susurraban que había sido creado por antiguos hechiceros para proteger Eldoria, pero con el tiempo, su hambre se había vuelto incontrolable, devorando no solo cuerpos, sino almas. Pero Poppy no tenía elección. Había sido expulsada de su madriguera por una riña con su clan, acusada de ser demasiado audaz, demasiado visible con su color escarlata. Recordaba la discusión acalorada esa misma tarde: sus hermanos la habían rodeado, con orejas bajas y miradas acusadoras, diciéndole que su imprudencia atraía a los lobos demasiado cerca de la madriguera. "Eres un peligro para todos", le había dicho su líder, un conejo anciano con pelaje grisáceo. "Debes irte antes de que nos condenes a todos". Lágrimas habían rodado por sus mejillas mientras recogía sus pocas pertenencias, pero en el fondo, sabía que tenían razón. El río marcaba la frontera del territorio de los lobos; si lograba cruzarlo antes del amanecer, sería libre para vagar por tierras neutrales. El juego no era oficial aún, pero en su mente, ya había comenzado. Corría descalza, sus pies humanos pisando hojas crujientes y raíces expuestas, el aliento saliendo en bocanadas irregulares. El río no estaba lejos; podía oír su murmullo distante, un canto de sirena que prometía salvación. El sonido del agua corriente le daba esperanza, imaginando cómo sumergiría sus pies cansados en sus aguas frías, lavando el miedo y el sudor de su piel. De repente, un aullido rasgó la noche, profundo y resonante, como el rugido de una tormenta. Poppy se detuvo en seco, sus orejas rojas erguidas, temblando. Era él. El Prototipo. Lo sentía en sus huesos, en el pulso acelerado de su sangre. El aullido parecía provenir de todas direcciones, ecoando en los troncos huecos y las cuevas ocultas, como si el bosque entero conspirara para entregarla. —No... no ahora —murmuró para sí misma, su voz un susurro apenas audible. Reanudó la carrera, zigzagueando entre los árboles, su colita roja agitándose como una bandera de rendición que no pensaba izar. Cada zigzag era un intento desesperado por confundirlo, recordando las lecciones de su clan sobre cómo evadir a los depredadores: nunca en línea recta, siempre impredecible. El bosque parecía conspirar en su contra. Ramas bajas le arañaban los brazos, dejando marcas rojas en su piel suave y pálida. Su blusa se enganchaba en espinas, rasgándose ligeramente en el hombro, exponiendo un atisbo de su hombro delicado. El sudor perlaba su frente, mezclándose con el rocío de la noche. Cada paso era una batalla contra el pánico que le atenazaba el pecho. ¿Por qué había salido tan tarde? El sol se había puesto hacía horas, y el amanecer parecía un sueño lejano. Se maldecía por haber dudado, por haber pasado esas últimas horas en la madriguera despidiéndose en silencio de sus recuerdos: el calor de los cuerpos amontonados para dormir, el olor a zanahorias frescas robadas de huertos cercanos. Ahora, todo eso parecía un mundo distante, reemplazado por el terror crudo de la persecución. Otro aullido, más cerca esta vez. Poppy miró por encima del hombro, y allí, entre las sombras, vio una silueta imponente. El Prototipo emergía como un fantasma de la oscuridad: un lobo gris antropomórfico, alto como dos hombres, con orejas puntiagudas y una cola larga y espesa que se movía con gracia depredadora. Vestía pantalones raídos de cuero y una camisa abierta que revelaba su torso cicatrizado, músculos definidos que se contraían con cada movimiento. Sus garras negras relucían bajo la luna, y sus ojos amarillos brillaban con una hambre primal. Olía a humo y sangre, un perfume letal que invadió las fosas nasales de Poppy, haciendo que sus rodillas flaquearan. La silueta se movía con una elegancia letal, saltando sobre raíces y troncos caídos como si el bosque fuera su extensión natural, un reino que dominaba sin esfuerzo. —No puedes huir para siempre, conejita —gruñó él, su voz ronca y profunda, resonando como un trueno lejano. Saltó hacia adelante, sus botas pesadas aplastando el suelo del bosque. Cada paso suyo hacía temblar la tierra ligeramente, enviando vibraciones que Poppy sentía en sus pies desnudos. Poppy gritó, un sonido agudo y desesperado, y aceleró. Sus piernas delgadas bombeaban con fuerza, pero él era más rápido, más fuerte. El juego había comenzado sin que ella lo supiera. Zigzagueó a la izquierda, esquivando un tronco caído, pero El Prototipo anticipó su movimiento. Con un salto poderoso, acortó la distancia, sus garras rozando el aire donde ella había estado un segundo antes. El roce del aire desplazado por sus garras la hizo jadear, imaginando cómo se sentirían clavándose en su carne. El corazón de Poppy latía tan fuerte que pensó que explotaría. El río estaba cerca; podía oler el agua fresca, sentir su humedad en el aire. —Solo un poco más —se animó a sí misma, jadeando. Pero entonces, una raíz traicionera se enredó en su pie, y tropezó, cayendo de rodillas sobre el musgo húmedo. Rodó para incorporarse, pero era demasiado tarde. El impacto la dejó aturdida por un momento, el musgo frío y pegajoso contra su piel, y el olor a tierra invadiendo sus sentidos. Un peso masivo la aplastó contra el suelo. El Prototipo la tenía pinned, su cuerpo enorme cubriéndola como una sombra viviente. Sus garras se clavaron en la tierra a ambos lados de su cabeza, y su aliento caliente rozó su oreja roja. —Te tengo —gruñó, su voz un ronroneo peligroso. Su peso era abrumador, como si el bosque entero se hubiera condensado en su forma, presionándola contra la tierra con una fuerza inexorable. Poppy se retorció bajo él, sus orejas aplastadas contra el suelo, su colita roja atrapada entre sus cuerpos. —¡Suéltame! —gritó, su voz temblorosa pero desafiante. Intentó arañarlo con sus uñas humanas, pero él era inamovible, una montaña de músculo y furia. Sus uñas se deslizaron por su piel dura, apenas dejando rasguños superficiales que él ni siquiera pareció notar. Él rio, un sonido bajo y gutural que vibró a través de su pecho y se transmitió a ella. —Oh, conejita roja, eres diferente. No como las demás. Ellas tiemblan y ruegan. Tú luchas. —Sus ojos amarillos la devoraban, recorriendo su forma pequeña y suave. Olía su miedo, mezclado con algo más: un atisbo de curiosidad, de excitación involuntaria. En ese momento, El Prototipo recordó otras cacerías, presas que se rendían al instante, pero esta conejita roja lo intrigaba, su fuego interior lo atraía como un imán. Poppy sintió un calor traicionero en su vientre. No era posible. Él era el depredador, el alfa que mataba sin piedad. Pero su proximidad era abrumadora: el calor de su piel, el olor a humo y sangre que la envolvía como una niebla. Intentó empujarlo, pero sus manos se posaron en su torso cicatrizado, sintiendo las marcas bajo sus dedos. —Vas a matarme, ¿verdad? —preguntó, su voz un susurro ahogado. Sus dedos trazaron involuntariamente una cicatriz larga que cruzaba su pecho, preguntándose qué batallas la habían forjado. El Prototipo inclinó la cabeza, su nariz rozando su cuello. Inhaló profundamente, saboreando su aroma a hierba fresca y miedo dulce. —Debería. Eres presa. Roja, visible, tentadora. —Sus garras se deslizaron por su blusa, rasgándola un poco más, exponiendo la curva de su pecho. Pero en lugar de clavarse en su carne, sus dedos –humanos en forma pero con garras–acariciaron su piel suave. La caricia fue inesperada, suave al principio, explorando la textura de su piel como si fuera un tesoro descubierto. Un escalofrío recorrió a Poppy. No era dolor; era algo eléctrico, prohibido. —Entonces hazlo —desafió, sus ojos grandes encontrando los de él. Su colita se agitó involuntariamente contra su muslo, enviando una oleada de sensaciones a través de ambos. En ese instante, una parte de ella se preguntaba si esta era su fin, pero otra, más profunda y primitiva, sentía una curiosidad morbosa por el lobo que la tenía atrapada. Él gruñó, un sonido que era mitad amenaza, mitad deseo. —No. No aún. Quiero jugar contigo primero. —Con un movimiento fluido, la volteó boca arriba, su peso presionándola contra el suelo del bosque. Las hojas crujieron bajo ellos, y el musgo amortiguó su caída. Sus manos enormes sujetaron sus muñecas por encima de su cabeza, inmovilizándola. Su mirada se clavó en la de ella, amarilla y ardiente, como si buscara en sus ojos el secreto de su resistencia. Poppy jadeó, su pecho subiendo y bajando rápidamente. Su falda se había subido, exponiendo sus piernas delgadas y pálidas. —¡Basta! El río... si llego antes del amanecer... —balbuceó, intentando negociar, pero sus palabras se perdieron cuando él bajó su cabeza y mordió suavemente su oreja roja. Antes de eso, sin embargo, inclinó su rostro hacia el de ella, capturando sus labios en un beso inesperado. Fue rudo al principio, sus labios ásperos presionando contra los suaves de Poppy, pero luego se suavizó, explorando con una lengua que saboreaba su miedo y su deseo. Poppy se tensó, pero no pudo evitar responder, sus labios entreabriéndose ligeramente, permitiendo que el beso se profundizara. El placer fue inesperado, agudo como una flecha. Poppy arqueó la espalda, un gemido escapando de sus labios. —No... por favor... —Pero su cuerpo la traicionaba, respondiendo al toque rudo. El beso había encendido algo en ella, una chispa que se extendía por su cuerpo, haciendo que su piel hormigueara. El Prototipo sonrió, sus dientes blancos reluciendo en la oscuridad. —El juego comienza ahora, conejita. Si llegas al río, eres libre. Si te atrapo... —Sus caderas se presionaron contra las de ella, dejando claro su intención. Su erección era evidente a través de sus pantalones, dura y demandante. Pero antes de continuar, se inclinó de nuevo, besándola con más urgencia esta vez, sus labios capturando los de ella en un baile feroz. Su lengua invadió su boca, saboreando su dulzura, mientras una mano liberaba sus muñecas para acariciar su mejilla, un gesto de ternura en medio de la brutalidad. Poppy sintió un pulso entre sus piernas, un calor líquido que la avergonzaba. ¿Por qué? Él era el enemigo. Pero su olor, su fuerza... era intoxicante. —No ganarás —susurró, pero su voz carecía de convicción. Sus manos, ahora libres, se alzaron tentativamente hacia su rostro, respondiendo al beso con una mezcla de resistencia y rendición. Con un rugido bajo, él rasgó su blusa por completo, exponiendo sus pechos pequeños y suaves. Sus garras trazaron patrones en su piel, no para herir, sino para excitar. Bajó su boca a uno de sus pezones, chupando con fuerza, sus dientes rozando lo suficiente para enviar ondas de placer-dolor. Pero intercaló eso con besos en su cuello y clavícula, sus labios rozando su piel sensible, dejando un rastro de calor húmedo que la hacía jadear. Poppy lloriqueó, sus caderas moviéndose involuntariamente contra él. —Detente... oh, dioses... —Pero sus manos, ahora libres, se enredaron en su cabello gris, tirando de él más cerca en lugar de alejarlo. En un momento de audacia, ella levantó su cabeza y besó su mandíbula, un gesto impulsivo que sorprendió a ambos, profundizando la conexión prohibida. Él levantó la cabeza, sus ojos amarillos ardiendo. —Dime que pare, y lo haré. Pero no quieres, ¿verdad? —Sus garras bajaron a su falda, levantándola, exponiendo su intimidad. Sus dedos exploraron, encontrando su humedad traicionera. Antes de proceder, se inclinó para besarla de nuevo, un beso largo y posesivo que robaba su aliento, sus labios moviéndose con una pasión que contrastaba su naturaleza depredadora. —No... sí... no lo sé —confesó Poppy, lágrimas de confusión y placer rodando por sus mejillas. Su colita roja se agitaba frenéticamente, rozando su muslo. El beso había borrado temporalmente el miedo, reemplazándolo con un deseo crudo. El Prototipo gruñó de aprobación. —Buena conejita. —Desabrochó sus pantalones con una mano, liberando su miembro grueso y pulsante. Era enorme, como él, venoso y listo. La posicionó, su punta rozando su entrada. Pero pausó para besarla una vez más, un beso tierno esta vez, casi reverente, como si sellara un pacto silencioso entre depredador y presa. Poppy tembló, su cuerpo anhelando lo que su mente rechazaba. —Por favor... Ten cuidado, es demaciado grande —suplicó, pero sabía que no lo sería. Con un empuje poderoso, entró en ella, estirándola hasta el límite. Poppy gritó, un sonido que era mitad dolor, mitad éxtasis. Él la llenaba por completo, su longitud golpeando profundo. —Tan apretada... tan perfecta —gruñó él, comenzando a moverse, sus caderas chocando contra las de ella con fuerza primal. Mientras embestía, inclinaba su cabeza para besarla intermitentemente, capturando sus gemidos en su boca, sus labios rozando los de ella en un ritmo que sincronizaba con sus movimientos. El bosque se desdibujó alrededor de ellos. Poppy se aferró a sus hombros, sus uñas clavándose en sus cicatrices. Cada embestida la hacía llorar de placer, ondas de calor irradiando desde su centro. —Más... oh, lobo... —gimió, su voz rota. En medio del frenesí, ella buscó sus labios, besándolo con desesperación, sus lenguas entrelazándose en un torbellino de pasión. Él aceleró, sus garras sujetando sus caderas, dejando marcas rojas. Mordió su cuello, no para matar, sino para marcar, sus dientes hundiéndose lo suficiente para dibujar sangre mínima. Pero suavizó el mordisco con besos suaves alrededor de la marca, lamiendo la piel con ternura inesperada. Poppy alcanzó el clímax primero, su cuerpo convulsionando alrededor de él, lágrimas fluyendo libremente. —¡Sí! —gritó, el placer abrumándola como una ola. En el pico de su éxtasis, besó su hombro, mordisqueando suavemente su piel cicatrizada. Él la siguió momentos después, embistiendo profundo y rugiendo mientras se corría dentro de ella, llenándola con su semilla caliente. Su cuerpo se tensó, músculos rígidos, antes de colapsar sobre ella, ambos jadeando. Antes de apartarse, la besó una última vez, un beso lento y exhausto que hablaba de algo más allá del mero instinto. Minutos pasaron en silencio, solo roto por sus respiraciones entrecortadas. El Prototipo se apartó, mirándola con una mezcla de triunfo y algo más suave. —Corre de nuevo mañana, conejita. El juego continúa. Sus ojos amarillos ahora tenían un brillo diferente, como si esta encuentro hubiera despertado en él una emoción larga dormida. Poppy, temblando y marcada, se incorporó lentamente. El amanecer estaba cerca, pero el río parecía distante ahora. Se ajustó la ropa rasgada, su cuerpo dolorido pero satisfecho. —No ganarás para siempre —dijo, pero una sonrisa secreta curvó sus labios. Mientras se alejaba cojeando, sentía el eco de sus besos en su piel, un recordatorio de que el juego no era solo de caza, sino de algo más profundo y peligroso. Él la dejó ir, observándola huir cojeando hacia el río. Nadie ganó esa noche, pero ambos estaban enganchados. El primer encuentro había sellado su destino en un ciclo de caza y placer eterno. El bosque, testigo silencioso, parecía susurrar promesas de más noches como esta, donde el límite entre depredador y presa se desdibujaba en un tapiz de deseo y peligro. Poppy llegó al río justo cuando los primeros rayos del sol teñían el cielo de rosa, cruzándolo con un chapoteo que lavaba parte de su agotamiento, pero no el fuego que ardía en su interior. Mañana, sabía, el juego reanudaría, y una parte de ella lo anhelaba.
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