ID de la obra: 1400

El perro de Ortros

Gen
PG-13
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 122 páginas, 64.836 palabras, 8 capítulos
Descripción:
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3. ¿Madre o detective? Los que venden su alma al diablo.

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A pesar de que Takeru se alegraba por Yuki, sintió que necesitaba salir de aquel lugar, por lo que se conformó con los jardines del hospital, donde se sentó en un banco. No dejaba de mirar su mano pensando que había vuelto a matar de nuevo, y sólo habían pasado unos días desde la última vez. Cada vez que estaba con Yamato acababa matando, y sólo había estado dos veces. Entonces percibió que alguien se acercaba. Al alzar la mirada, vio que era Sora. –¿Dónde está Yamato? –preguntó Takeru, aunque intuía la respuesta. Cuando todavía estaban dentro de las urgencias, había salido disparada en su busca, pero al verla venir supo que se había escapado de nuevo. Ese tipo tenía una habilidad especial para escabullirse. –Todavía no lo hemos encontrado. Estamos recorriendo todo el hospital. Tampoco ha aparecido por los puestos de control que hemos puesto alrededor del hospital. –respondió Sora confirmando así las sospechas de Takeru. –Entiendo. –Dime, ¿qué pasó? –preguntó la detective todavía en pie frente a él. –¡Sora! –al escuchar su nombre, Sora vio venir a Jou Kido, ataviado con su bata blanca y con las manos en los bolsillos. –Jou, ¿qué haces aquí? –preguntó Sora sorprendida de que su amigo no estuviera en el agujero en el que solía estar en presencia de gente sin vida. –Hemos venido a llevarnos un cadáver. –dijo Jou señalando con la cabeza a sus compañeros, que sacaban una camilla con una sábana encima para dirigirse a la furgoneta del Instituto Anatómico Forense. Para Takeru era más que obvio quién era el que estaba bajo esa sábana, porque fue él mismo el que hizo que llegara allí. Lo que dijo Jou a continuación, se lo confirmó. –A simple vista, muerte súbita por causas desconocidas. Así que, por lo que hemos visto, la única causa posible podría ser un ataque al corazón. –¿Eso no es…? –¿Familiar? –interrumpió Jou. –Sí. Últimamente parece bastante frecuente. Pero eso no es todo. Según me han explicado los médicos, tres niños llegaron prácticamente a la vez, uno de ellos en condición crítica y los otros dos con heridas de consideración. Dicen que de repente se curaron en un abrir y cerrar de ojos. Es como si sus vidas se hubieran intercambiado. Conforme Jou iba hablando, Takeru, que permanecía allí sentado, se iba sintiendo más y más incómodo. Entonces le sonó el móvil. –Disculpad. –dijo levantándose para ir a hablar con más privacidad. –¿Quién es? –preguntó Jou, que hasta entonces no había hecho mucho caso al rubio. –El chico que puede matar al tocar con su mano. –respondió Sora. Al decir aquello, Jou se sorprendió. Mientras tanto, al mirar la pantalla de su móvil, Takeru se quedó descolocado. Era Hikari Kamiya. Pero no podía ser posible. Ella estaba en coma. Y aunque hubiera despertado, ¿cómo lo iba a llamar ella por teléfono? Estaría demasiado débil como para abrir la boca, por no hablar de los posibles daños neurológicos que le quedarían. Intrigado por la curiosidad, decidió descolgar. –¿Diga? –Hola, Takeru. –respondió Yamato. –Fuiste tú el que le dio el chivatazo a la policía, ¿verdad? No es propio de un educador hacer algo tan rastrero. –¿Por qué estás llamando desde el teléfono de Hikari? –preguntó Takeru, al que en ese momento le importaba más bien poco si su proceder era cuestionable o no. –Lo acabo de coger prestado. –contestó Yamato, que estaba dentro del coche de Daigo Motomiya. El coche tenía los cristales traseros tintados y a pesar de estar en las inmediaciones del hospital, el vehículo le estaba sirviendo de un refugio perfecto desde el cuál podía controlar lo que sucedía a su alrededor sin ser visto. –¿Prestado? –Pensé que era un poco inconveniente ir por ahí sin teléfono, pero se lo he agradecido adecuadamente. –¿Qué quieres decir? –preguntó Takeru. Pero Yamato había colgado. –¿Takeru? –preguntó Sora al ver que había colgado. Pero Takeru no le hizo caso y echó a correr hacia el interior del hospital, seguido de ella. –¡Hikari! –exclamó Takeru cuando llegó a la habitación 307. Cuando entró, Hikari seguía allí, igual que la última vez que la vio. –Takeru, ¿qué ha pasado? –preguntó Sora llegando tras él. –Nada. –dijo él mirando nervioso por la habitación. –¿Takeru? –se escuchó una voz débil proveniente de la cama. –Hikari. –dijo Takeru poniéndose al lado. La joven castaña, que parecía algo somnolienta se incorporó despacio y se apartó la mascarilla para respirar. –Takeru, ¿por qué estoy aquí? –preguntó Hikari confundida. Entonces Takeru respiró aliviado de ver que estaba bien. Seguro que la señora Kamiya se pondría muy contenta. Ahora comprendía a qué se refería Yamato con lo del agradecimiento. –Gracias a Dios. Es genial, Hikari. –dijo él, que incluso se había emocionado de verla bien. –¿Qué pasa? ¿Por qué lloras? –preguntó Hikari, al verle los ojos llorosos a Takeru. –No estoy llorando. Sólo me sudan los ojos. –dijo él. –Ja, ja, ja. No mientas. –le dijo Hikari. –No lo hago. –Sí lo hacías. He visto una lágrima. –dijo Hikari. Mientras tanto, Sora estaba siendo testigo de la interacción entre profesor y alumna. ¿Cómo era posible que un ser tan puro como Takeru tuviera esa mano diabólica?

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Cuando el coche se puso en marcha, la policía obligó a pararlo en un control de carretera. Era evidente que iban buscando a Yamato. Al ver que era un coche de una persona de posibles, el policía se dirigió directamente a la parte trasera, ya que además, era la zona del coche que no podían ver desde fuera por los cristales tintados. Daigo bajó el cristal. –Soy Daigo Motomiya, presidente de la Farmacéutica Nishijima. –se presentó Daigo. –¿Y él? –preguntó el policía, viendo que Yamato estaba en el otro asiento con la cabeza girada hacia el otro lado para que el policía no lo reconociera. –Es el idiota de mi hijo. –mintió Daigo dándole una pequeña colleja. –Déjame en paz. –fingió Yamato. –¿Qué actitud es esa? –dijo Daigo fingiendo que le reñía. –¡¿Es eso forma de hablarle a tu padre?! –Deja de actuar como un padre. –dijo Yamato. –Lo siento mucho. Es un completo inútil. –se disculpó Daigo con el policía. –No importa. Continúen la marcha. –dijo el guardia, que no tenía tiempo para riñas familiares. –Tus dotes actorales no están nada mal. –dijo Yamato una vez que el coche retomó la marcha. –¿Es tu fuerte jugar a ser padre de un hijo problemático? –A veces tener un hijo inútil tiene sus ventajas. –reconoció Daigo. –¿No encuentran monos los padres a sus hijos aunque sean estúpidos? –pero Daigo no contestó. En el otro lado de la carretera vieron otro control policial con unos cuantos coches de policía. –A juzgar por el nivel de controles y coches de policía, no eres moco de pavo. –dijo Daigo. –¿Se puede saber qué has hecho? –¡Ahh! –gritó Yamato asustando a Daigo, que había pegado un bote en el asiento. –Ja, ja, ja. ¿Tanto miedo doy? Has visto mi poder y desearías tenerlo, ¿verdad? En la cocina china, los nidos de las aves son muy apreciados. Es algo que se encuentra en lo alto de acantilados o en islas desiertas. –¿De qué estás hablando? –preguntó Daigo aún con el susto en el cuerpo. Cada vez estaba más convencido de que Yamato era alguien bastante peligroso. –Para recoger esos nidos, se necesita gente muy habilidosa. Pero a veces, cuando fallan, el resbalón les puede costar la vida. Lo que quiero decir es que sin esfuerzo, no puedes disfrutar de la buena cocina. Tengo hambre. Déjame por aquí. –le dijo al chófer. Lo que Daigo entendió es que Yamato no trabajaría de gratis.

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Cuando Yuuko Kamiya llegó al hospital no se imaginaba que se encontraría a su hija sentada en la cama como si tal cosa. Aquello fue un gran alivio para ella, que se temía que su hija no despertara, o que despertara con secuelas. Después de las lágrimas de emoción y los abrazos, ambas se calmaron un poco, especialmente Yuuko. –He salido pronto del trabajo para quedarme contigo. –dijo Yuuko. –No hacía falta, mamá. –dijo Hikari. –Pues yo creo que sí. Y además, me alegro, porque has estado un tiempo sin poder decir nada. –dijo Yuuko. Mientras tanto, Takeru decidió salir para darle privacidad a madre e hija. –No seas blandengue, mamá. –dijo la joven. Takeru sonrió mientras cerraba la puerta. Al salir, vio a Sora y a Iori Hida hablar con uno de los médicos de Hikari. –Gracias, doctor. –le agradeció Sora una vez que fueron atendidos por el médico. Al girarse, vieron a Takeru allí plantado en medio del pasillo. –No sólo ha recuperado la conciencia. Sus funciones neurológicas están completamente normales y las heridas por el golpe han desaparecido completamente. Está completamente recuperada. –dijo Sora informándole de lo que les contó el médico. –Me pregunto por qué Yamato ha curado a Hikari. –dijo Takeru. –Está en peligro. –dijo Sora recordando la metedura de pata que tuvo con Daisuke Motomiya. –¿Qué quieres decir? –preguntó Takeru. –Hay alguien que se meterá en problemas si Hikari habla. –dijo Sora. –¿El tipo de la fiesta? –preguntó Takeru intuyendo quién podría ser. –Sí. Entre Yamato y Daisuke hay algún tipo de relación. –dijo Sora. –Conseguiremos escolta para Hikari. –Sí, por favor. –Si Hikari testifica, podremos arrestar a Daisuke. –dijo Sora dándose la vuelta y echando a andar junto a Iori seguidos por Takeru. –Intentaré que testifique lo antes posible. Por cierto, ¿quién te llamó antes? En cuanto colgaste viniste corriendo hacia aquí. –Yamato. –dijo Takeru. Al oírlo, ambos policías se detuvieron para mirarlo. –Le robó el móvil a Hikari cuando la curó. –¿Cuál es su número? –preguntó Sora con urgencia. Takeru sacó su teléfono, buscó la última llamada y se lo pasó a Sora. –Anótalo, Iori. –le ordenó Sora pasándole su propio teléfono. –Sí. –dijo él. –Así que Yamato tiene el teléfono de Hikari. Localízalo inmediatamente. –le ordenó Sora mientras su compañero anotaba el número. Una vez que Iori terminó y se marchó, Sora llamó al número. –Yamato. –¿Quién es? –preguntó Yamato, que comía un tentempié tranquilamente en un restaurante. –¿Te crees que te puedes escapar como si nada? Le estás añadiendo la fuga a tus delitos. ¿Qué pretendes? –No he hecho nada malo desde que salí de prisión. –dijo Yamato. –Incluso he salvado a un niño y a la adorable alumna de Takeru. Oye, detective, a ti también te gustaría tener mi poder, ¿verdad? –¿Qué? –preguntó Sora, que no se esperaba que le saliera por ese lado. –¿Quieres que cure a tu hija? –preguntó él. –No, gracias. –respondió Sora tras dudar varios segundos. Era indudable que sería la forma más fácil de que su hija se recuperara, pero también tenía sus principios. –Definitivamente no utilizaré tu poder. No te dejaré que le pongas ni un dedo encima a mi hija. –Comprendo. Bueno, pues si no me necesitas, voy a colgar. –dijo Yamato. –Espera… –pero él ya había colgado. Sora le devolvió el teléfono a Takeru. –Gracias. –¿Qué le pasa a tu hija? –preguntó Takeru, preocupado por lo que había oído. –Tiene asma. Pero no te preocupes. Jamás utilizaré el poder de ese tipo. –dijo Sora volviendo hacia la habitación de Hikari. –¿Por qué no te echas un poco, cariño? –le decía Yuuko a su hija. –Estoy bien, mamá. Mira. –dijo la joven haciendo movimientos con los brazos. –No deberías hacer eso. Hace muy poco que has despertado y deberías descansar. –dijo Yuuko intentando detener a su hija. –Yamato ha curado a Hikari para hacer que Daisuke devuelva el golpe. –dijo Takeru desde el pasillo. –¿En qué está pensando? –preguntó Sora. –Pero si Yamato no hubiera usado su poder, no podríamos ver sonreír a Hikari otra vez. –dijo Takeru. –Lo hemos localizado. –dijo Iori apareciendo casi sin aire por la carrera. –La última señal venía de un restaurante no muy lejos de aquí, pero ha apagado el teléfono. –Vamos. –empezando a andar. –Espera. No creo que necesiten nuestra ayuda. –dijo Iori. –Así que la comisaría ha tomado el control. –dijo Sora. –Bueno, eso me da igual, mientras que atrapen a Yamato.

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Antes de la llamada de Sora Takenouchi, Yamato había llamado a Daisuke por teléfono y le dijo que acudiera al restaurante en el que estaba comiendo. Yamato había salido a la terraza del restaurante para tomarse una infusión. –Yamato, ¿no es peligroso? –preguntó Daisuke un tanto nervioso al ver como por la puerta pasaba un coche patrulla cuando llegó. –¿Lo es? –¿No te están buscando? –preguntó Daisuke sorprendido por la tranquilidad que mostraba el rubio. –No es a mí a quien buscan. Sino a ti. Parece que Hikari Kamiya se ha recuperado y puede hablar. Tras decir aquello que dejó helado a Daisuke, Yamato se levantó y se marchó hacia Kenta Ninomiya, que lo esperaba plantado al otro lado de la calle.

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–Este es el tercer cuerpo que viene en perfecto estado. –le dijo Jou a Ken Ichijouji. –Es una técnica homicida que no deja ningún rastro. Tengo una pregunta que hacerte, como Director de la Agencia Nacional de Policía que eres. –Dispara. –Tu ámbito de investigación es la inteligencia de Japón, pero, ¿sabes algo de esta técnica? Por ejemplo, por información sacada de otras organizaciones de inteligencia como la CIA o el FBI. –Tanto la CIA como el FBI me han enviado todos los secretos sobre técnicas homicidas de los que tienen constancia y no hay nada sobre esta. –dijo Ken. –Entonces no hay forma de que hayan usado una técnica secreta que no conozca. Por tanto, debe de ser un castigo divino. Un acto de Dios. –dijo Jou mientras se lavaba las manos. –No creo en Dios. –dijo Ken. –Tan sólo creo en las posibilidades ilimitadas del ser humano. –¿Te refieres a poderes sobrenaturales? –preguntó Jou. –Estados Unidos está realizando investigaciones sobre poderes sobrenaturales para propósitos militares. De hecho es algo desclasificado, ya no es ningún secreto. Pero aunque hubiera resultados, sólo están al nivel de los submarinos nucleares de larga distancia que se utilizaron en la Guerra Fría contra la Unión Soviética. Si existiera una técnica para matar que no dejara rastro, sería… –El arma definitiva. –completó Jou. –Una forma definitiva de violencia para acabar con la violencia. Debe usarse para propósitos pacíficos o será muy peligroso. –Es como si a esta persona la hubiera matado el mismo que a los otros dos. –dijo Ken observando el cadáver. –Quizás. De hecho, lo he conocido. –dijo Jou, atrayendo la atención de Ken. –He conocido al hombre que crea a los cadáveres perfectos. Al escuchar aquello, Ken Ichijouji sonrió.

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Takeru acompañó a Sora a comisaría para poder analizar la situación en un lugar más adecuado. Takeru la esperaba en una sala porque Sora había ido a comprobar algo. –Una vez que mañana le den el alta a Hikari, cogeremos su testimonio. –dijo Sora entrando en la sala. –Pero sintiéndolo mucho, no podemos aumentar la seguridad en el hospital. –¿Por qué no? Daisuke es la razón por la que Yamato curó a Hikari. –dijo Takeru. –Lo sé, y si por mí fuera lo haría encantada, pero mi jefe piensa que son especulaciones y no puede reducir personal en otras áreas. –se justificó Sora. –Lo siento. No tengo la influencia para poder hacerlo. –No te preocupes. Ya pensaré algo. –dijo Takeru. Aquello captó la atención de Sora. ¿Acaso iba a actuar por su cuenta? –Fui yo quien liberó a Yamato. Tampoco pude ayudar a Hikari cuando me contó lo de Daisuke. Así que tengo que ser yo quien la proteja. Si arrestáis a Yamato volveré a entregarme a la policía para pagar por mis crímenes. –Pero Takeru… –¿Puedes contarme más detalles sobre Yamato? –le pidió Takeru, consciente de que la policía tendría mucha más información de la que pudiera tener él. –¿Te refieres al incidente por el que lo arrestaron hace diez años? –Sí. –Yamato Ishida no tenía familia y se crió en un orfanato. Los tres jóvenes a los que mató también eran del mismo orfanato. A pesar de crecer en la misma institución sólo se conocían de vista. Aunque los mató, fue su primer delito siendo menor de edad. Podría haberse librado de que lo sentenciaran a muerte, pero durante el juicio no mostró ni una señal de arrepentimiento y tampoco apeló. Así que, fue condenado a muerte. Es lo único que sabemos. Lo que no entiendo es que con su poder podría haber curado a los tres jóvenes fácilmente, pero no lo usó. Es como si quisiera que lo sentenciaran a la pena capital. Entonces, el teléfono móvil de Sora comenzó a sonar. –Disculpa. –dijo Sora levantándose para hablar con más privacidad a un lugar más apartado de la sala. –¿Diga? –¿Es usted la madre de Aiko? –preguntó una voz femenina algo agitada.

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–¿En qué estás pensando? –preguntó Maki Himekawa a Daigo Motomiya cuando le habló de Yamato Ishida. –Ese Ishida es un asesino fugado del corredor de la muerte. ¿Cómo has podido asociarte con un tipo así? ¡¿En qué diablos estás pensando?! –Porque lo vi con mis propios ojos. –dijo Daigo, que en cuanto dejó a Yamato en el restaurante se fue directamente a la suite real del Hotel Lastat, donde Maki parecía tener su base de operaciones. –Con un solo toque de su mano… –¡Deja de decir barbaridades! –interrumpió Maki apartando la mano de Daigo cuando éste le tocó el antebrazo. –¿Esperas que me crea esa historia? Por favor, dejar que la sucia mano de un asesino me toque para curarme. Menuda invención. –¿Sucia mano, dices? –dijo Yamato apoyado en el resquicio de la puerta mientras se miraba su mano. Maki no se esperaba la presencia de ese asesino en su propia suite. ¿Cómo había conseguido burlar a la seguridad para entrar? Entonces se dirigió hacia ella. –¡No te me acerques! –exclamó Maki levantándose del sofá. –Sería mejor que no hicieras sobreesfuerzos. –le aconsejó Yamato al ver la agitación de Maki. –No es bueno para tu corazón. Una vez que mueras, la ambición y el éxito por el que tanto has trabajado desaparecerán. Todo desaparecerá. –Me voy. –dijo Maki afectada. Sabía que ese hombre de pelo rubio tenía razón, pero no quería mostrarse débil ante nadie, y menos ante un asesino. –Ministra. –dijo Daigo. –No he estado aquí, y por supuesto no he conocido a nadie que se llame Yamato Ishida. ¿Ha quedado claro? –“Debéis confiar en que con mi propia mano, cambiaré este lugar en una sociedad que pueda traer felicidad a la gente para que pueda vivir una vida plena”. –dijo Yamato alzando una mano. Ante la mención de aquellas palabras, Maki se detuvo. Conocía muy bien aquellas palabras porque ella misma las había pronunciado en campaña. –Vi tu discurso por televisión desde la cárcel. El resto de políticos sólo hablaban de futuro, pero lo que la gente quiere es vivir el presente felizmente. Utilizar tu mano para cambiar una sociedad en otra en la que se sienta felicidad. Dime, ¿qué es la felicidad? ¿Dinero? ¿Poder? La gente sólo quiere tener una vida fácil. Tener mejor vida que los demás. Tener más dinero. Si tienen dinero, quieren controlar todo a su alrededor. Y para que eso ocurra, quieren que se les valore y se les reconozca. Quieren ser elogiados por gente respetable. Quieren ser adorados como dioses. De hecho, los deseos del ser humano no tienen límites. –¿Qué quieres? –preguntó Maki. Aquel hombre la había descrito a la perfección. –¿Qué es lo que quieres, que incluso has llegado a escaparte? –¿Yo? El dinero, el poder y la reputación no me interesan. Amor, quizás. –dijo Yamato. Al decir aquello, Maki soltó una gran carcajada. –Me sorprende que un asesino condenado a muerte diga la palabra amor.Hacía tiempo que no escuchaba algo tan gracioso. –dijo Maki. Yamato se puso delante de ella. –Señora Himekawa, me vas a necesitar. ¿Qué harás por mí? Piénsalo. Esos son tus deberes. –dijo Yamato. Tras decir aquello, Maki se marchó.

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Cuando llegó a la clínica a la que habían llevado a su hija, su maestra de la escuela de verano, que la había acompañado jugaba a palmitas con ella mientras llegaba su madre. –Aiko. –Mamá. –dijo Aiko dirigiéndose a ella para darle un abrazo. –¿Estás bien, cariño? –preguntó Sora preocupada. –Ya estoy bien. He visto a un médico. –Señora Takenouchi. –dijo la maestra. –Siento haberle causado tantos problemas. –se disculpó Sora. –No importa, pero, ¿tiene un momento? –le dijo la maestra. –Claro. Aiko, espera aquí sentada. –le dijo a su hija. –Su hija tiene asma, ¿verdad? –dijo su maestra una vez que se apartaron para hablar. –Sí. –Debería de haber notificado al colegio esa información, especialmente siendo una enfermedad crónica. –dijo su maestra. –Lo siento mucho. –se disculpó Sora. ¿Cómo pudo olvidarse de algo tan importante? En aquel momento se sintió la peor madre del mundo. –Comprendemos lo difícil que es criar a una hija sola y especialmente con su trabajo. No es una situación fácil, pero según el médico, hasta que la salud de Aiko no mejore, no debería llevarla a la escuela de verano. El médico que la ha atendido también ha recomendado su ingreso en un hospital.

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En su apartamento, Takeru no dejaba de darle vueltas al sueño, o recuerdo (puesto que no sabía con certeza qué era) de la mujer del amuleto y su símbolo. Siempre le insistía en que no odiara a nadie o cosas terribles sucederían. Takeru intuía que se refería a la mano del Diablo. Suponía que si odiaba, podría ocasionar una masacre. Tras mirar el amuleto unos segundos, llamó por teléfono a casa de sus padres. –Ya lo cojo yo, cariño. –le dijo Shinji a Shiho. –¿Diga? Residencia de los Takaishi. –Hola, papá. Soy yo. –dijo Takeru. –Vaya, Takeru. ¿Qué tal? –¿Conoces un pueblo llamado Ryukoku? –preguntó su hijo sin rodeos mientras miraba el amuleto que sostenía en la mano izquierda. –¿Ryukoku? –preguntó Shinji con expresión seria. Cuando Natsuko, que estaba en la cocina escuchó el nombre de ese lugar, se le heló la sangre, provocando que se le cayera un plato que tenía en sus manos en ese momento, haciéndose añicos. Kenta Ninomiya, que estaba escondido entre unos arbustos fuera de la casa de los Takaishi, escuchó el ruido del plato romperse, lo que lo puso en alerta. –Mamá, ¿estás bien? –preguntó Shiho levantándose para recoger el plato roto. –Sí, lo siento. –respondió Natsuko. –¿A qué viene esa pregunta, hijo? –preguntó Shinji. –Por el viejo amuleto de la buena suerte que tengo. –dijo Takeru. –He visto el mismo dibujo en un monolito cerca de la presa de Ryukoku. –Fui allí hace mucho tiempo, incluso antes de que nacieras. Tu madre y yo fuimos de excursión por allí y supongo que compramos ese amuleto. –respondió Shinji. –¿Qué pasa con ese amuleto? –preguntó Shiho intrigada a su madre mientras recogían los trozos del plato, al escuchar a su padre. –No lo sé. –dijo Natsuko. –¿Qué tal el trabajo? Los alumnos ya están de vacaciones, ¿verdad? –preguntó Shinji intentando cambiar de tema. –Por cierto, ¿quieres venir a bucear con nosotros? Vamos a ir a un lago. Mientras tanto, Kenta, escondido entre los arbustos y la oscuridad, se acercó para seguir espiando a la familia. Era una suerte que fuera verano y tuvieran las ventanas abiertas para poder escuchar mejor todo lo que ocurría allí dentro. Takeru, después de rechazar ir a bucear con la familia alegando que tenía mucho trabajo en el instituto, colgó. Con todos los recientes acontecimientos, no tenía su cabeza para ir a bucear precisamente, ni para decirles que había dejado su empleo.

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Sora abrió la puerta de su apartamento seguida de Koushiro con Aiko dormida a sus espaldas. –Siento haberte llamado tan de repente. –se disculpó Sora una vez que acostaron a la niña en su cama y Sora la arropaba. –No importa. Lo hago encantado. Además, yo también tenía asma cuando era niño, pero estando en secundaria comenzó a mejorar de forma natural. Así que estoy seguro de que a Aiko le pasará lo mismo. –dijo Koushiro intentando animar a su amiga. –Ojalá. –dijo Sora. –¿Vas a ingresarla en algún hospital? –preguntó Koushiro. –Sí, los médicos que la han atendido hoy recomiendan su ingreso. Mañana llamaré a su pediatra. –dijo Sora, pero antes de salir de la habitación de su hija, la niña comenzó a toser fuertemente. Sora, volvió hacia la cama, se sentó junto a ella y comenzó a frotarle la espalda hasta que se le calmó la tos. –La mano de una madre es mucho más efectiva que cualquier medicina. –dijo Koushiro. –Si existiera, nunca confiaría en el poder de curar cualquier enfermedad o herida con sólo un toque. –comentó Sora cuando escuchó a Koushiro decir eso.

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A la mañana siguiente, Takeru salió de su apartamento. Le extrañó ver un gran coche negro parado en su puerta. Apoyado en él había un hombre moreno vestido con un traje oscuro, camisa blanca y sin corbata. –Takeru Takaishi, supongo. –abordó el desconocido del coche. Takeru se detuvo al escuchar su nombre. ¿Cómo sabía su nombre si jamás había visto a aquel tipo? –Soy yo, ¿en qué puedo ayudarle? –Soy Ken Ichijouji, director del Departamento de Seguridad Nacional de la Agencia Nacional de Policía. Ha habido ciertos casos de muertes sospechosas ocurridas a su alrededor. Cuando murió Shuuhei Uchimura hubo varios testigos, entre los cuáles se encontraba la detective Sora Takenouchi. Testificó que en el momento de la muerte, usted lo estaba sujetando. Además, usted se entregó en comisaría confesando el crimen. Al escuchar todo aquello, Takeru cerró el puño con fuerza, gesto que no pasó desapercibido para Ken. –Cuando ocurrió aquello estaba muy impresionado. –dijo Takeru. –¿Y por eso confesó ser el autor de la muerte? –preguntó Ken. –No estoy seguro de lo que hice, ni por qué lo hice. Lo que quiero decir es que esa historia ridícula es imposible. –dijo Takeru, al que aquel tipo no le dio buena espina desde que lo vio. –¿Ha oído la historia del rey Midas? Era un rey griego que convertía en oro todo lo que tocaba. El rey Midas puso una maldición a su propio poder. Por lo visto, convertir todo lo que tocaba en oro no le compensaba. Volveremos a vernos. –dijo Ken tendiéndole la mano. Tras sopesar si dársela o no, Takeru se la estrechó, palpándose la tensión en el ambiente.

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Aiko estaba en un columpio de un parque esperando a que su mamá llegara de hacer unas compras en una tienda cercana. Mientras esperaba, le dio un poco de tos. Entonces, vio como un hombre rubio de ojos azules muy guapo y vestido completamente de negro se puso a su lado. Aiko lo reconoció como el mismo joven que estuvo aquel día en el garaje de su edificio. El hombre estiró la mano, pero la niña se apartó para que no la tocara. El hombre simplemente retiró la mano. –¿Esperas a mamá? –preguntó Yamato, pero la niña no respondió. Yamato se apoyó en unas barras que había frente a los columpios. –Supongo que me recuerdas. Soy un aliado de la justicia. Os salvé a ti y a tu madre. La niña sólo asintió con la cabeza y volvió a toser. –¿Es tu asma muy serio? ¿Cómo te llamas? –Aiko. –respondió la niña. Yamato miró detrás de él al ver cómo la niña miraba a otros niños corretear y jugar. –Pobrecita. Me apuesto lo que quieras a que también quieres jugar al pilla-pilla con ellos. –El pilla-pilla es muy infantil. –dijo Aiko. –Para ser una niña, no actúas como tal. –dijo Yamato. –Quiero ser mayor cuanto antes. Cuando lo sea, mi asma se curará. Me lo dijo mamá. –dijo Aiko. –¿Puedo curarte tu enfermedad? –preguntó Yamato levantándose. –¿Eres médico? –preguntó la niña. –No. Soy mago. –dijo Yamato. –Mientes. –Claro que no. Si me das tu posesión más preciada, te curaré. Dime, ¿cuál es? –Mi mamá. –respondió la niña. –¿Tu mamá? –Yamato dio un paso y volvió a extender el brazo y posó su mano sobre la cabeza de Aiko. –Nunca te daré a mi mamá. –dijo Aiko. –Lo sé. Toma, un regalo. –dijo Yamato acuclillándose y extendiéndole una pequeña bolsita roja de papel. –Gracias. –dijo la niña aceptándolo. –¡Aiko! –escuchó la niña como la llamaba su madre mientras entraba en el parque. –¡Mamá! –Aiko se dirigió hacia su madre y la abrazó efusivamente. –Te he comprado unos pijamas nuevos. Serás la niña más guapa del hospital. –dijo Sora mientras Aiko reía. –¿Qué te parece si vamos a comer tu hamburguesa favorita antes de ir al hospital? –¡Sí! –celebró la niña. Tras dar unos pasos, Aiko se acordó del chico que habló con ella, por lo que se dio la vuelta, pero allí ya no había nadie. Al sentir el tirón de la mano, Sora se giró. –¿Qué pasa? –preguntó Sora. –He conocido al mago del garaje. –¿Qué? –Sora miró a su alrededor preocupada, pero no había ni rastro de Yamato. Sólo veía niños jugando. Una vez que madre e hija comieron la hamburguesa, se marcharon al ala pediátrica del Hospital Aizuki. La niña ya estaba en la cama de su habitación y se comía su merienda mientras su madre guardaba las mudas de la niña. –Aiko, haz caso a los médicos y enfermeros, ¿de acuerdo? Si eres obediente saldrás antes de aquí. –dijo Sora. –Sí. –dijo la niña con la boca llena mientras jugaba con un pequeño puzle. –¿De dónde has sacado eso? –preguntó Sora, que no recordaba que su hija tuviera aquel juguete. –Me lo ha regalado el mago de antes. –dijo Aiko. Era un puzle de mover piezas para formar un dibujo. Era evidente que el dibujo era de un perro, pero a Sora no fue lo que le interesó, sino lo que vio debajo cuando su hija desplazó una de las piezas. Dejaba ver la palabra Hotel. –Déjamelo un momento. –dijo Sora cogiendo el puzle. Al quitar la pieza siguiente a la de la palabra Hotel, descubrió la palabra Lastat.Para ella fue más que evidente que Yamato le había enviado un mensaje por medio de su hija. Tras devolverle el juguete, Sora se salió de la habitación y llamó a Taichi, que caminaba por la calle. –¿Qué pasa? –preguntó Taichi al ver que era su protegida. –Yamato está en el Hotel Lastat. –le informó Sora. –¿Cómo lo sabes? –preguntó Taichi. –Ha buscado a mi hija y le ha regalado un puzle del hotel. Estoy segura de que es un mensaje. Creo que nos está invitando a ir para que intentemos atraparlo. Se está riendo de nosotros. –dijo Sora. Cuando colgó, volvió a la habitación a por su bolso y en seguida se dio la vuelta para marcharse. –¡Mamá! –cuando Sora se giró, su hija estaba teniendo una crisis. Volvió a dejar el bolso y fue a frotarle la espalda a su hija. Pulsó el botón para pedir que fueran a la habitación. –Estoy aquí, Aiko, tranquila.

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Mientras tanto, en el Hotel Lastat, un operativo de policías de incógnito subía a toda prisa por las escaleras del lujoso hotel. –El director del hotel ya está avisado del registro. –dijo Iori Hida. –Prefiero un registro así a estar esperando en la recepción del hotel. ¿Cuántas habitaciones tiene? –preguntó Taichi. –Setecientas. –respondió Iori, a lo que Taichi puso cara de circunstancias. A pesar de llevar bastantes agentes, les llevaría un rato.

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–Sí, habitación 307. –dijo Yamato por el teléfono de la suite 408 del hotel. Gracias a su acuerdo con Daigo Motomiya, viviría allí como un rey. Tras colgar, le entregó un sobre a un botones del hotel. –Que lo entregue un mensajero de los que van en bicicleta. –Sí, señor. –dijo el botones saliendo de la habitación. Yamato entró en su habitación y se cambió de ropa, poniéndose un traje negro con camisa negra y sin corbata. Entonces, entró un sastre para hacerle los últimos arreglos al traje. Hacer negocios con Motomiya tenía sus ventajas. –Pareces estar muy cómodo. –dijo Daigo entrando a la habitación mientras el sastre terminaba con la aguja hacerle los últimos toques a los bajos del pantalón. Cuando Yamato escuchó la voz de Daigo se giró, ocasionando que el sastre le hiciera una pequeña tajada en la mano con la aguja. –Lo siento, señor. Me marcho, ya he terminado. –se disculpó el sastre y se marchó. –¿Qué pasa? –preguntó Yamato al ver la mirada interrogante de Daigo, mientras se soplaba en el pequeño rasguño de la mano. –¿No vas a curarte ese rasguño? –preguntó Daigo. –No. No puedo curarme mis propias heridas. –respondió Yamato. –Inesperadamente inconveniente, ¿no crees? –¿Hay otras cosas que no puedas curar? –preguntó Daigo con curiosidad. –Cirugía estética. –respondió Yamato. –Supongo que se limita a lo que cubren los seguros. –Cuéntamelo todo la próxima vez que nos veamos. Podrías ser de gran ayuda en el desarrollo de nuevos fármacos. –dijo Daigo antes de marcharse.

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En la habitación 307 del hospital, a Hikari ya le habían dado el alta médica y madre e hija recogían todo antes de marcharse frente a Takeru, que no quería despegarse de la joven al sentir que corría peligro. Si Hikari testificaba, la policía iría a por Daisuke Motomiya y como Sora no le pudo conseguir toda la protección que demandaban, decidió permanecer todo el tiempo posible junto a ella hasta que atraparan a Daisuke. –Disculpen. En cuanto estén preparadas, podemos ir a comisaría para que testifiquen. –dijo uno de los policías que esperaban para trasladar a Hikari. –Tenemos un coche esperando en la entrada de abajo. –Gracias. –dijo Takeru. –Mañana tengo que volver a que me hagan una revisión, aunque estoy completamente recuperada. Qué rollo. –se quejó Hikari con algo de pesar mientras terminaba de preparar su bolso. –¿Pero qué dices? Has estado muy grave. Ni te imaginas lo preocupada que he estado. –dijo Yuuko, a la que como madre, toda precaución le parecía poca. –No te pedí que te preocuparas por mí. –dijo Hikari. –Parece que lo único que no se te ha curado es esa bocaza tuya. –dijo Yuuko. –Oh, calla, mamá. –Si sigues hablándome de esa manera, tu querido Profesor Takaishi va a empezar a pensar mal de ti. –Deja de decir tonterías, mamá. –dijo Hikari sonrojándose y echando una mirada furtiva a Takeru, al que le hacía gracia la relación que tenían madre e hija. A pesar de esa pequeña riña, parecía que hasta discutían con amor. –Por cierto, tengo que ir al control a arreglar el papeleo de tu alta. –dijo Yuuko. –Termina de recoger todo. –Sí. –dijo Hikari antes de que su madre saliera. –Ahora nos vemos, Takeru. –dijo Yuuko. –¿No es genial que estés tan bien como antes? –preguntó Takeru. –Según las palabras de mamá, “Dios ha obrado un milagro”. –dijo Hikari. –Desde que papá nos dejó, siento que sólo le he causado problemas a mi madre. Así que he decidido no hacer nada que la preocupe y dejaré ese horrible trabajo. Después de todo, Dios vino a salvarme.

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Sora tenía intención de participar en el operativo para buscar a Yamato por el hotel, pero la condición de su hija se lo había impedido, hasta que por fin, su hija yacía durmiendo tranquila en la cama. Tras darle unas caricias en la cara, Sora salió de la habitación, no sin antes mirar hacia Aiko. Se le rompía el alma dejarla allí, pero tampoco podía descuidar su trabajo.

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En un coche negro de alta gama, escondido en algún lugar de Tokio, Ken Ichijouji llamó a Jou Kido por teléfono. –He conocido al creador del cadáver perfecto. –dijo Ken. –La policía está extremadamente ocupada con la misión secreta del fugado de prisión y, ¿tú estás interesado en eso? –preguntó Jou desde su sala de autopsias. –Por tu seguridad, creo que es mejor que no te acerques mucho a él. Conociéndote, lo próximo que vas a querer hacer es verlo actuar. –Jou, ¿no crees que ya es hora de que dejes de jugar con muertos? –preguntó Ken. –¿Qué quieres decir? –preguntó Jou, –¿Qué te parecería participar en un juego de vida?

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El operativo policial revisaba planta por planta y habitación por habitación buscando a Yamato Ishida. Hasta el momento, no habían obtenido resultados positivos, debiendo disculparse con todos los huéspedes que estaban molestando en el proceso de búsqueda. –Vamos a la siguiente planta. –ordenó Taichi una vez que habían revisado todas las habitaciones de la planta en la que se encontraban. –La siguiente planta está formada por las suites. –informó Iori Hida mirando el plano del hotel. –Atención a todas las unidades. El teléfono móvil relacionado con Yamato Ishida aparece conectado. –dijo una agente encargada de las comunicaciones. Tanto Iori como Sora, que en ese momento conducía su coche hacia el hotel, también lo había escuchado al llevar una emisora de radio de la policía en su vehículo. –La señal del móvil se dirige hacia el sur por la calle Sakurada, repito, al sur por Sakurada. En cuanto pudo, Sora cambió de sentido para dirigirse hacia donde dijo su compañera. Después, no pudo evitar mirar una foto que tenía en el salpicadero donde ella y su hija aparecían sonrientes haciéndose un selfie. –El sospechoso va en dirección al Hospital General Misumi. –volvió a decir la agente por radio.

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–A mamá le está llevando su tiempo. –dijo Hikari poniendo el perrito que le regaló Takeru dentro de uno de los bolsos y cerrándolo. –Quizás debería adelantarme. –Señorita Kamiya, un repartidor ha traído esto. –dijo una enfermera entrando en la habitación. –¿Para mí? ¿Qué será? –cuando se marchó la enfermera y abrió el sobre, sacó su teléfono móvil. –Es mi teléfono. Y está encendido. –dijo Hikari. Al decir aquello, Takeru supo de inmediato que quien se lo enviaba fue Yamato Ishida. Entonces, Hikari miró hacia afuera, donde estaba Daisuke Motomiya mirándola fijamente, y en su mano llevaba una navaja. El castaño entró con decisión para apuñalarla, pero Hikari se apartó y lo esquivó. Takeru lo agarró por detrás intentando apartarlo y sacarlo de la habitación. –¡Daisuke, para!¡¿Qué vas a conseguir con esto?! –dijo Takeru mientras intentaba sacarlo de allí. –¡Cállate! –dijo él deshaciéndose del agarre. –Sus chismorreos me traerán problemas, así que la mataré, y después te mataré a ti también. Si lo hago, se acabarán mis problemas.

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Sora aparcó justo donde estaba el coche policial de su compañero. Cuando decidió ir a la habitación 307 se tropezó con un cuerpo. Era el agente encargado del traslado de Hikari a comisaría. –¿Estás bien? –preguntó Sora para verificar el estado de su compañero. Por suerte, parecía que sólo estaba inconsciente, así que se fue corriendo a la habitación en la que Hikari había estado ingresada.

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Mientras tanto, en la habitación 307, Daisuke y Takeru peleaban. Durante el igualado forcejeo, Takeru puso su mano en el pecho de Daisuke con decisión. –¿Vas a matarme a mí también? –preguntó Daisuke con provocación. Ante aquello, Takeru tomó conciencia y bajó la mano, momento que aprovechó para deshacerse de su agarre e hiriendo a Takeru de un navajazo en la mano. Mientras estaba en el suelo, Daisuke aprovechó para ponerse frente a Hikari, pero ésta salió de la habitación, con Daisuke detrás. Justo cuando el agresor alcanzó a Hikari casi en la puerta de su habitación, no dudó en clavar el cuchillo, pero se lo clavó a la persona equivocada. Yuuko Kamiya, que llegó justo en aquel momento, no dudó en interponerse. –¡Mamá! –dijo Hikari sosteniéndola en brazos mientras intentó ponerla en el suelo con cuidado. –¡Doctor! –gritó una enfermera al girar la esquina y encontrarse aquel panorama. –La próxima vez me aseguraré de matarte. –dijo Daisuke huyendo de allí. –Hikari. –dijo Yuuko con voz débil. –Estoy orgullosa de ti. Me alegro de que estés bien. –¡Mamá! –gritó Hikari en llanto sin romper el abrazo. Takeru se lamentaba de no haber podido proteger a las Kamiya otra vez.

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Daisuke Motomiya salió corriendo y no dudaba en empujar a quien se interpusiera en su camino. Pero cuando estaba a punto de salir por una puerta de emergencia de la tercera planta, que era un lugar más despejado, se encontró de frente con Sora. Sabía que si alguien huía, lo más probable es que lo hiciera por allí, por la zona de salida de emergencias. –¿Otra vez tú? –preguntó Daisuke. Este la atacó, pero Sora detuvo su embestida, lo desarmó con facilidad y lo inmovilizó con la cara contra la pared retorciéndole del brazo. –Voy a dejarte marchar. –dijo Sora para sorpresa de Daisuke. –A cambio, dile a Yamato Ishida que mi hija quiere verle. Está en el Hospital de Aizuki. –¿Dónde está la salida de emergencia? –se escuchó decir. –Por allí. –respondió otro. Sora reconoció la voz de sus compañeros, así que, giró a Daisuke. –Golpéame, rápido. –le ordenó Sora. –¡Rápido! Daisuke le hizo caso. Le dio un puñetazo en la cara que la tiró al suelo, recogió su navaja del suelo y salió corriendo por la puerta de emergencia. –Sora. –dijo Iori al encontrársela en el suelo. –Lo siento. No he podido detenerle. –mintió Sora. Iori salió para ver si podía atrapar al sospechoso, mientras que Taichi ayudó a Sora a levantarse. –¿Estás bien? –preguntó Taichi. –Sí. –Se ha ido. –confirmó Iori. –Vamos tras él. –dijo Taichi. –Tú ve hacia arriba, yo iré hacia abajo.

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Una vez que estabilizaron a la madre de Hikari, Takeru salió a la zona ajardinada del hospital y se sentó en un banco. Necesitaba tomar el aire y pensar. Allí se miró la herida que le hizo el desgraciado de Daisuke en la mano. –Es una herida un poco fea. –dijo Yamato sentándose junto a él. –Cuando alguien es salvado, otro es sacrificado. Así es como funciona el mundo. –Tú… –dijo Takeru agarrándolo de la pechera, pero Yamato ni se inmutó. –¿Me vas a echar la culpa? –preguntó Yamato. –Porque no lo es. En realidad es tuya, por no haberte deshecho de Daisuke cuando tuviste la oportunidad. Deberías haber hecho ese sacrificio. Takeru lo soltó. Parecía estar al tanto de todo. ¿Acaso los había espiado? Estaba claro que Yamato era un hombre de recursos. –Hay personas sin lógica, sin moral y sin buena voluntad. Ese niñato es uno de ellos. Se rige por la impresión de que siempre debe salirse con la suya. Sólo es un niño rico problemático. Depender de la policía y la justicia es inútil. Aunque lo atrapen, a lo sumo le caerán cinco años de prisión; y aunque viva en una cama de rosas, se convertirá en un adulto vengativo. Se alimenta de venganza y hará lo mismo una y otra vez cuando lo suelten. Esa muchacha, Hikari, vivirá atemorizada de ese chico de por vida. ¿Quieres que eso sea así? Puedes salvar a esa chica de una forma en la que sólo tú puedes hacerlo. Yamato tocó la mano de Takeru y la herida de su mano desapareció. Cuando Takeru se dio cuenta, el poseedor de la mano de Dios se había esfumado de su lado, al igual que se esfumó su herida.

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Cuando Yamato llegó al camión medicalizado lo recibió un rabioso Daigo Motomiya. –¡Llegas tarde!¿Dónde te habías metido? –preguntó Daigo al verlo entrar. Entonces se dirigió al personal sanitario. –Salid. Allí en una cama estaba Maki Himekawa. Su condición iba a peor. A pesar de estar intubada, estaba consciente. Habían optado por un sitio así, proporcionado por Daigo, en lugar de un hospital, para mantener en secreto la verdadera condición de Maki. –¿Tienes la respuesta a tus deberes? –preguntó Yamato acercándose a Maki. –¿Qué harás por mí? La expresión de Maki era asustada, pero con su mirada le hizo saber que deseaba ser curada. Yamato extendió su mano. Continuará…
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