Imprevisto
23 de noviembre de 2025, 11:15
Piper rodó los ojos, volviendo su atención al caldero. Ignoró deliberadamente la sonrisa triunfal que sabía que él llevaba puesta, aunque la sensación de su mirada aún la hacía sentir una inquietud difícil de sacudir. Apenas Cole desapareció por la puerta, se permitió soltar un largo suspiro de alivio. Ese demonio iba a matarla, y no de la forma convencional que los demonios suelen elegir.
¿Cómo demonios habían terminado en esa situación tan estúpida?
Mientras intentaba reordenar sus pensamientos, el humo plateado que emanaba del caldero comenzó a espesarse, llenando el aire del estudio con una fina neblina que le hacía picar la nariz. Para cuando Cole regresó media hora después con una bolsa de comida en una mano y una botella de vino en la otra, la atmósfera estaba tan cargada que ella no tuvo más remedio que darle una instrucción inmediata.
—Abre el tragaluz. Está justo más allá de la araña del techo.
Cole miró hacia arriba, frunciendo el ceño— Lo sé, conozco mi casa, Piper... ¿Siempre trabajas en un ambiente tan tóxico?
—Hazlo antes de que termine asfixiándome. —Piper agitó una mano frente a su cara y señaló con impaciencia.
Sin discutir, Cole dejó las cosas sobre una mesa cercana y se subió a una silla para alcanzar los ventanales del techo.
—¿Sabes que podrías teletransportarte, verdad?
—Y atraer a todos los demonios de la ciudad con una firma mágica gigante. No, gracias —respondió Cole, subiendo a la silla con un gesto exageradamente normal.
El caldero continuaba soltando humo en pequeñas pero densas nubes, y Piper aprovechó el momento para ir a la cocina y servir la comida en dos platos. Por lo visto, comerían ahí mismo.
Cuando regresó con los platos en las manos, Cole seguía encima de la silla, luchando con los pestillos del tragaluz. Piper se detuvo un instante en la puerta, observándolo sin proponérselo. La luz tenue del estudio resaltaba las líneas de su espalda ancha y sus brazos tonificados mientras trabajaba con paciencia en el mecanismo. Apenas fueron unos segundos, pero los suficientes para que un calor incómodo le subiera por el cuello.
Sacudiendo la cabeza, avanzó hacia la mesa y dejó los platos sobre ella con más ruido del necesario, anunciando su regreso.
—Listo —anunció Cole un momento después, empujando los ventanales hacia afuera. El humo empezó a escapar inmediatamente, disipándose en la noche fresca. Bajó de la silla con la misma facilidad con la que había subido, limpiándose las manos en los pantalones.
—Ahí pondremos la mesa, el mechero y el caldero —le indicó Piper, señalando el espacio recién despejado con un movimiento de cabeza.
Cole arqueó una ceja, una sonrisa irónica asomándose en sus labios. —Te encanta darme órdenes, ¿verdad?
—Me encanta que las sigas sin discutir —respondió ella sin perder el ritmo, mientras recogía un par de utensilios de la mesa y se los pasaba.
Cole rió entre dientes, un sonido bajo y casi divertido que hizo que Piper apretara la mandíbula. Lo último que quería era que él pensara que estaba disfrutando de su compañía. Pero, al mismo tiempo, no pudo evitar notar lo natural que se sentía esta interacción entre ellos, casi como si hubieran trabajado juntos desde siempre. Casi como si esto fuera normal.
Lo cual, por supuesto, no lo era.
De la nada, la luz se apagó. La sala quedó envuelta en una penumbra cálida, iluminada apenas por el resplandor anaranjado del caldero hirviente en la esquina. Las sombras danzaban en las paredes al ritmo de las burbujas que rompían la superficie de la poción, llenando el aire con un aroma terroso y especiado que se mezclaba con el olor a cuero y madera envejecida.
—¿Cole? —murmuró Piper, llevándose una mano al vientre por instinto—. ¿Esto lo estás haciendo tú?
Él resopló, su figura apenas visible en la semioscuridad. —¿Por qué haría yo eso?
—No tengo idea de qué haces y qué no, Cole.
Un destello de irritación cruzó su voz cuando siseó: —Shh... ¿Lo sientes?
Piper se tensó, sus sentidos en alerta por el cambio en el tono de Cole. El corazón le palpitaba con fuerza, pero obedeció. Se quedó quieta, atenta, buscando lo que él parecía percibir. Al principio, solo había silencio: el burbujeo del caldero, la respiración de Cole, y el leve crujido de la madera envejecida bajo sus pies. Pero entonces lo sintió.
Era tenue, como un roce en los bordes de su conciencia, pero estaba ahí: una presencia en el ala derecha de la casa. No se escuchaban pasos ni voces, pero el aire parecía más denso en esa dirección.
Cole se movió un poco más cerca de ella, su voz baja como un susurro. —No estamos solos. Él levantó una mano en un gesto de advertencia, inclinando ligeramente la cabeza hacia la puerta del ala derecha. Los reflejos del caldero danzaban en sus ojos, haciéndolos brillar como si ocultaran algo más que sus palabras.
El corazón de Piper comenzó a latir con fuerza, un tambor en sus oídos que casi ahogaba el silencio. Pesado. La palabra resonó en su mente con un eco extraño, como si significara algo más de lo que él había dicho.
El caldero soltó un burbujeo más fuerte, haciendo que Piper diera un respingo. Cole le lanzó una mirada de advertencia, pero esta vez había algo más en su expresión: preocupación, incluso miedo.
—Si te lo pido, corre —dijo en un tono apenas audible, pero firme.
Ella apretó los labios, un torrente de emociones luchando por salir. No le gustaba obedecer órdenes, pero había algo en la voz de Cole que no permitía discusión. Sin embargo, no podía ignorar el instinto que le gritaba que quedarse con él era lo único seguro.
—¿Qué está pasando, Cole? —preguntó, sin poder contenerse más.
Él negó con la cabeza, y justo cuando iba a responder, un sonido rompió la quietud: un crujido sutil, como el roce de una tela pesada contra la madera vieja. Piper tragó saliva y, casi sin pensarlo, dio un paso hacia Cole. Fue entonces cuando la luz anaranjada del caldero parpadeó, proyectando sombras grotescas en las paredes, como si algo o alguien se estuviera moviendo en la penumbra.
—No respires tan fuerte —murmuró Cole, con los ojos fijos en la oscuridad—. Sea lo que sea, nos está escuchando.
—Iré a ver —dijo, tragándose su miedo y enfilando a la puerta.
Antes de que terminara el movimiento Cole la tomó del brazo con firmeza— ¿Qué estás loca? Estas embarazada y no ves nada. Te quedarás aquí en silencio mientras yo voy a ver.
—No estoy tan indefensa como crees —le respondió en el mismo susurro con el mismo tono de reproche— tengo poderes ¿se te olvida?
Cole debió rodar los ojos porque resopló de nuevo— Eso no quiere decir nada ahora. Los que me buscan son más poderosos de lo que te puedes imaginar. Y no te...
Pareció atragantarse con las palabras una vez las dijo, Piper entendió lo que quería decir. No quería ponerla en peligro. Asi que ella terminó cediendo.
—Dejame ir detrás de ti, para cubrirte ¿de acuerdo?
Cole apretó el puente de su nariz con frustración, pero finalmente asintió, aunque a regañadientes.
—Solo si te mantienes detrás de mí en todo momento. Si algo se mueve, no hagas nada imprudente.
Piper asintió, aunque la chispa de desafío en sus ojos no se apagó del todo. Lo siguió hacia la puerta, donde el aire parecía más frío y cargado de una energía que hacía que la piel se le erizara.
Cada paso hacia el pasillo parecía arrastrar un eco más profundo, como si las paredes de la casa estuvieran respirando. Piper ajustó su postura, una mano ligeramente alzada, lista para invocar algo, cualquier cosa, si era necesario. El peso de su vientre le recordaba que no podía permitirse errores.