Paz antes de la tormenta
23 de noviembre de 2025, 11:15
La poción estuvo lista una madrugada, casi tres semanas más tarde.
Para este punto, Prue y Paige ayudaron, desde lejos e indirectamente, porque todo debían hacerlo ellos dos juntos. Pero la ayuda de las hermanas era invaluable. Prue tenía acceso a grimorios antiguos especiales que potenciaban las pociones. Paige conocía brujos de varios sitios que le dieron consejos interesantes al respecto. Y Piper, cuando nadie veía, agregaba el polvo de falanges que Cole pulverizaba en el mortero.
Cole había jurado no volver a tocar la poción para evitar que se terminara. Piper estuvo segura de que no lo haría, pero aún así buscaba nunca dejarlo solo con el caldero. Él contribuyó más de lo que se esperaría, agregando los ingredientes de manera sistemática según las instrucciones de Piper.
De vez en cuando, ambos se quedaban en silencio escuchando el bullir del caldero, mientras se acercaban el uno al otro. No se habían vuelto a tocar desde lo ocurrido con Leo, en el ático, pero inconscientemente uno buscaba la cercanía del otro hasta que sus hombros se tocaban.
Habían llegado a una tregua tácita, no pasaban de tocarse las manos o darse caricias suaves y espontáneas. Con Prue y Paige pululando por turnos alrededor de ellos, ambos tenían poca oportunidad para hacer cualquier cosa. Pero a veces, sus manos se entrelazaban bajo la mesa. Suena tonto, considerando todo lo que ambos habían hecho y experimentado hasta el momento con otras parejas. Es comprensible que no era suficiente para ninguno, pero les debía bastar mientras tanto.
Esa madrugada, Cole y Piper permanecían sentados uno al lado del otro, cuchara en mano, revolviendo con suavidad de a turnos, mientras hablaban. Algunas veces ninguno tenía sueño por las noches y se encontraban en el ático para ayudar con la poción. Mientras, hablaban, en susurros, de cosas banales y sin trascendencia, o hasta de cosas más profundas como la vida del uno o el otro.
En esas charlas, Piper descubrió que Cole sabía mucho más de lo que parecía sobre historia y magia. Ella le describió las múltiples formas que existían de crear bebidas alcohólicas y de hacer pasteles que los llevasen de una u otra forma incorporados.
Cole estaba relatándole la primera vez que se emborrachó, cuando la poción burbujeó con fuerza y adquirió un color suave como a malva.
—¿Esto se suponía que debía pasar? —alzó una ceja Cole, ladeando la cabeza apenas.
—Yo no... —Piper entrecerró los ojos ante el libro de las sombras y los otros dos grimorios que tenía abiertos sobre el regazo— No lo sé...
—¿Nos atrevemos a agregar las semillas de amapola? —murmuró él, acercándose con cautela, el vapor acariciándole el mentón.
—Pero es el último ingrediente... —suspiró ella, mirándolo de soslayo— Después de las semillas... se supone que estará listo, Cole...
El demonio se llevó una mano a la boca por la impresión. El último ingrediente y la poción que tanto les había llevado hacer estaría lista por fin.
—Es ahora o nunca. —había firmeza en su voz y una marcada fuerza en su mirada— Es lo que queríamos... después de todo.
Piper suspiró y su mano tomó la botella de color coral antes de descorcharla. Un sutil aroma embriagante llenó la habitación, mientras ambos contemplaban absortos la pequeña botella de cristal. Al ver que la mano le temblaba, Cole envolvió sus dedos con los suyos, transmitiéndole el valor que necesitaba.
Compartieron una mirada triste antes de juntos guiar la botella hasta el caldero y verter todo el contenido dentro.
La bruma del vapor embriagante pareció espesar antes de desaparecer, mostrando que la poción ahora tenía el color levemente idílico del coral. Quizá un poco más fosforescente, tendente a un tono neón suave, hasta podría decirse que brillaba.
Ambos lo contemplaron con curiosidad.
—Ya... ya está.
No era necesario que lo dijera, pensó Cole, pero estaba seguro de que si ella no lo hubiera dicho, él mismo lo habría comentado. Ya estaba. La poción por la que había pasado casi tres meses de sus vidas juntos, trabajando para hacerla una y otra vez, luchando contra ellos mismos, irritándose el uno al otro y amándose a partes iguales... ya estaba lista.
—Ahora ¿la bebemos? —inquirió él, con la garganta repentinamente rasposa.
—No lo sé... —dudó Piper— ¿Qué tal si lastima al bebé?
Cole se incorporó, desperezándose para poder destensar el cuello. Miró el reloj mientras iba a por un par de batallitas de cristal y las traía consigo. Eran más de las cuatro de la mañana y a lo mejor no habían dormido ni un pestañeo desde que Prue y Paige se fueron a acostar.
Que sorpresa se llevarían cuando les dijesen que la poción por fin estaba lista... seguro serían muy felices de que toda esa rara situación se acabase.
Al regresar, Piper sostenía el caldero con dos trapos de cocina y lo esperaba para que él sostuviera los frascos para ella verter la poción. Cuando ambos estuvieron llenos, Piper pensó que ahora se comportaban como un equipo digno y que sin duda parecía que uno se anticipaba a las necesidades y deseos del otro, casi sin tener que hablarlo.
Con todo el tiempo de cocción, evaporación y destilado, la poción apenas y fue suficiente para llenar esos dos frascos. Si era parte del proceso, Piper no lo sabía, pero pareció muy conveniente que fuera la cantidad exacta que equivalía a un trago largo para ambos, ni más ni menos.
—¿Quieres que esperemos al nacimiento? —había un brillo de esperanza en los ojos del demonio cuando lo dijo, aunque evitó su mirada al decirlo.
—De todas formas... —dijo ella en un suspiro de desaliento— solo quedan un par de días a lo mucho.
—Si... podemos esperar... —concordó él.
En el silencio que siguió, Cole volteó hacia el colchón que había en una esquina del ático. Era incomodísimo, pero era lo de menos para él. Estar cerca de Piper había sido una experiencia diferente a la cercanía de cualquier otra mujer y sin embargo, no habían pasado más allá de los besos y las caricias.
Piper estaba apagando el mechero del caldero vacío y estaba recogiendo todos los ingredientes sobrantes, con aire melancólico y una expresión sombría.
—Deja eso, lo recogeremos por la mañana. —ordenó él, tomando las manos de la mujer para evitar que siguiese— ¿Cuánto llevas sin dormir?
—Dos semanas... quizá más. —aceptó ella, con la boca en una fina línea— Pero eso no importa... cuando el bebé nazca dormiré todavía menos.
Le sonrió, pero la broma no le terminó de hacer gracia al demonio. Él la atrajo para que lo siguiese hasta el colchón. Solo entonces él sonrió, cuando vio como los ojos de ella se ensancharon ante la idea de lo que significase que Cole la atrajese a su cama provisional.
—¿Porqué me tientas? —la murmuró ella cuando él la ayudó a sentarse en el centro.
—Oye, no he dicho nada —le sonrió más ampliamente, alzando las manos en señal de paz—. Si tú estás imaginando cosas es un asunto tuyo.
Ella soltó una risa suave cuando el colchón se sumió con el peso de él a su lado. Aún sentados, la diferencia de tamaño era considerable y con él cerca, Piper siempre se sentía intimidada y bastante sofocada. Siempre se preguntó cómo terminaría desapareciendo bajo de él cuando estuvieran en la cama, como si eso pudiera llegar a pasar.
Piper se dejó caer de lado, trabajosamente, con un suspiro largo. Cole no la tocó al principio, solo la observó mientras ella acomodaba las manos sobre su vientre. Tenía las pestañas cansadas, los párpados pesados, y aun así había una ternura luminosa en su rostro que lo dejó sin aire por un segundo.
Cole se acomodó de lado frente a ella. Ambos estaban cansados, no solo porque llevaban hablando por mucho rato, sino por el cansancio emocional que traía la idea de tener que separarse de ese sentimiento.
—¿Puedo...? —preguntó él, apenas un susurro, señalando su vientre.
Ella asintió, cerrando los ojos en la comodidad de su cercanía. Mientras acomodaba con suavidad la almohada bajo su cabeza.
Con cautela, Cole se inclinó hacia ella. Colocó su mano sobre su vientre con extrema lentitud. El calor que sintió bajo la palma era inesperado, pero ya conocido. Era más que la temperatura del cuerpo de Piper, era el hijo de ella, de Leo... y sin embargo, en ese instante, también era algo suyo.
Piper abrió los ojos y encontró los de él. Nunca imaginó que podía llegar a estar en una situación semejante con el ex de su hermana. Un demonio como era él, cerca de su bebé medio ángel medio brujo. La cosa más rara que se pudiera concebir y a la vez, no podía imaginar un mejor momento.
—Estará bien —dijo Cole, apenas audible, mientras sus dedos se movían en un gesto lento, circular, como si pudiera calmarla también a ella con ese contacto.
Piper se giró un poco más hacia él, y su frente tocó el hueco entre su cuello y su hombro.
—Lo estaré, lo sé... —coincidió ella, sonriendo— hay una profecía sobre él ¿sabes? dicen que será poderoso. Cuando él pueda, se cuidará solo. Pero lo que importa ahora es que su madre esté bien para poder criarlo de la mejor forma.
—Su madre lo hará bien. —le restó importancia él— Es fuerte y poderosa de la misma forma.
Piper le acarició con cariño la línea de la mandíbula con la punta de la nariz, casi como restregándose contra él como una gatita enamorada. Cole sintió un escalofrío delicioso que hubiera deseado embotellar para poder revivir eternamente.
—Lamento que tengamos que hacer esto... —le murmuró ella, con el aliento acariciado su piel— lamento que no podamos sucumbir a lo que nos hicieron.
—Olvídalo. —murmuró él, zanjando el tema con suavidad— Pensar en eso te quitará el sueño.
Su voz grave y sensual cerca de su oído y sus brazos rozándola al atraerla hacia él para abrazarla y poder sentirla. Piper se acomodó todavía más, sintiendo como el sueño se apoderaba de ella como un manto cálido y tibio.
—Lo sé... pero es duro... —confesó— No es tan fácil desprenderse de algo tan especial como esto... aunque sea ficticio... aunque sea algo inducido, una venganza o lo que sea. Quiero que sepas que se sintió más real que cualquier otra cosa que pudiera sentir antes... y probablemente después.
Cole invocó la manta con un movimiento de la mano, y esta los arropó a ambos con mucha suavidad hasta el mentón. Sería la primera vez que dormirían juntos, quería que fuera especial. Con otro gesto, las luces se apagaron y la oscuridad imperó.
—Para mí ha sido igual... o quizá mil veces más intenso. —admitió Cole, hablando sin remordimiento, solo confesándolo y sintiendo la paz que traía el desprenderse del peso de esa confesión— Pero ahora duerme, Piper... duerme, no nos queda demasiado tiempo juntos.
—Te extrañaré.
Hubo un tiempo en el que Cole dudó mucho tener un corazón, porque había tenido muchas relaciones con muchas mujeres. Había tenido el desapego de su padre y la crianza de su madre. El entrenamiento de su carrera, su estudio, su trabajo. Todo eso requería cabeza fría, sangre de hierro, y una nula sensibilidad a la hora de ser un hombre duro. Un demonio, en toda la regla.
Y sin embargo, ahora el corazón se le oprimió ante esa confesión de Piper.
Él buscó besarla con suavidad en la sien.
—Y yo a ti...
Cuando Prue subió al ático unas horas después, encontró el caldero ya vacío, los frascos de poción descansando sobre una mesa. Piper y Cole dormían, uno frente al otro en el colchón, cercanos, acomodados de esa forma intima aunque limpia y pura.
Prue entendió que la poción ya estaba lista, y entendió que ese pequeño momento era de alguna forma una especie de adiós que ambos se estaban dando. Por eso no los despertó. Solo recogió el resto de los ingredientes para llevarlos de regreso a la cocina y cerró la puerta con cuidado.