Un espejo empañado
23 de noviembre de 2025, 10:59
—¿Has oído lo que se cuenta? —La primera hada se inclinó hacia su amiga, como si al decirlo en voz baja le diera aún más misterio a sus palabras.
—He escuchado algunos rumores, sí… pero ¿es cierto? ¿O solo serán habladurías? En estos tiempos, nadie sabe nada con certeza —replicó la segunda hada, frunciendo el ceño.
La primera hada bajó aún más la voz, y sus ojos brillaron de emoción y temor a la vez.
—Dicen que una pareja de hadas… lo logró.
—¿Logró qué? ¿De verdad? —La segunda hada se llevó ambas manos a la boca, en un susurro ahogado—. ¿Después de casi cinco años? No… eso no puede ser.
—Eso dicen. Ella, un hada del jardín… él, del agua. —La primera hada asintió lentamente, como si aún no terminara de creérselo.
—¿Talentos complementarios? —susurró la segunda hada, en un tono pensativo, como si tratara de recordar alguna antigua teoría sobre los elementos.
—Exacto. Pero ella comenzó a enfermar… que su vientre se hinchó, como si algo dentro de ella… —La primera hada se estremeció.
—¿Y entonces? ¿Qué fue de ellos? —La segunda hada temblaba, su voz cargada de angustia.
—No lo sé con certeza… solo se los llevaron.
—¿Llevaron? ¿A dónde? —repitió la segunda hada, horrorizada.
La primera hada sacudió la cabeza, con impotencia.
—Sury An, la que vive cerca, dice que vio a dos soldados escoltándolos. Y detrás de ellos, él… parecía desesperado, como si no supiera si llorar o gritar.
La segunda hada bajó la mirada, tragando en seco, mientras una lágrima rodaba por su mejilla.
—¿Y eso es todo? ¿Es lo único que cuenta Sury An?
La primera hada la miró con tristeza.
—No… —murmuró, visiblemente incómoda—. Dice que, a pesar de sus talentos, discutían mucho. Al parecer, lo único que compartían era el propósito, no el amor.
—Vidia… —Terrence la llamó suavemente, y su voz interrumpió el tenue sonido de sus cubiertos—. No me has respondido.
Vidia levantó la vista, como si recién recordara que estaba allí, cenando con él, su… esposo. La palabra le parecía ajena, surrealista.
—¿Ah? ¿Qué dijiste? —preguntó, evitando sus ojos.
Terrence le dedicó una sonrisa ligera, igual de tensa.
—Solo te preguntaba si querías… hablar. Aunque sea un poco.
Ella suspiró, y su tono reflejó su cansancio.
—¿De qué? Ha sido un día… extraño. Apenas tengo fuerzas para seguir despierta, y menos para hablar. —Echó un vistazo rápido a su plato y luego volvió la mirada hacia él, observándolo de reojo.
—Lo sé. También para mí es… —Terrence hizo una pausa, buscando las palabras correctas—. Solo quería saber si te sentías cómoda. Ya sabes… hablar puede hacer que esto sea menos extraño.
—¿Hablar de qué? ¿De que estamos casados por mandato? ¿O de lo que está en el "bendito" libro de estatutos matrimoniales? —replicó Vidia, con una chispa de sarcasmo.
—Bueno, supongo que ambas cosas… —dijo él, intentando reír, aunque sonaba algo forzado. Luego, con tono más suave—. El libro dice que es esencial para los esposos pasar tiempo juntos, hablar de sus pensamientos.
Vidia puso los ojos en blanco, y, levantándose de la mesa, murmuró:
—Lo único que quiero es olvidarme de ese libro por esta noche. Si me disculpas, creo que me iré a dormir.
Terrence frunció el ceño, aunque intentó mantener la calma.
—Espera, Vidia… hay otro… pequeño punto que quisiera mencionar —dijo, esta vez en un tono algo inseguro, y ella lo miró de reojo, ya fastidiada.
—¿Qué más? ¿Alguna otra "regla"?
—Bueno… —Terrence tragó saliva, y con una sonrisa nerviosa añadió—. Dice que los esposos deben dormir juntos… y sin ropa.
Ella lo miró fijamente, sus ojos entrecerrados con incredulidad.
—De todos los puntos del dichoso libro, ese tenías que recordarme… —murmuró con un toque de ironía.
Terrence no supo qué responder; su boca se abrió y cerró sin emitir sonido alguno, mientras ella desaparecía en el pasillo, dejándolo en la mesa.
Después de cambiarse en el dormitorio, Vidia se observó en el espejo, repasando el día en su mente. Entonces, una mano cálida tocó suavemente su hombro. Sobresaltada, se volteó rápidamente.
—Te-Terrence… —murmuró, tratando de recomponerse—. ¿Necesitas algo?
Terrence estaba allí, a solo un par de pasos, con una mirada intensa que la hizo estremecerse.
—Vidia… no quiero sonar… demasiado atrevido, pero… ¿puedo pedirte algo? —preguntó con voz contenida.
Ella frunció el ceño, confundida y… algo intrigada.
—¿Qué cosa? —dijo en apenas un susurro.
Terrence se armó de valor, y sus ojos, que viajaban de sus labios a sus ojos, la atraparon en un magnetismo inesperado.
—¿Podrías… darme un beso? —su voz era suave, pero su pregunta llevaba una carga de sinceridad que le hizo sentir un nudo en el pecho.
La duda se dibujó en los ojos de Vidia, pero después de un momento, asintió lentamente, sus palabras entrelazadas en su respiración entrecortada.
—Hazlo… si quieres… —murmuró, sin poder apartar la mirada.
Una sonrisa traviesa iluminó el rostro de Terrence.
—Pensé que me rechazarías, francamente.
Sin decir más, él se inclinó, y sus labios se encontraron en un toque suave, casi tímido, pero cargado de una tensión que los hizo temblar. Sus manos subieron lentamente, acariciando sus brazos hasta posarse en su cintura, y ella sintió cómo la atracción los acercaba cada vez más.
Vidia cerró los ojos, perdiéndose en la calidez del beso. De pronto, sus propias manos subieron hasta la nuca de Terrence, enredándose en su cabello rubio mientras el beso se intensificaba. La respiración de ambos empañó el espejo tras ellos.
La mente de Vidia intentó procesar el hecho de que estaba allí, entregándose a Terrence. Y cuando él comenzó a besarla en la mejilla, descendiendo lentamente hasta su cuello, cayó en cuenta de lo que realmente estaba sucediendo.
Vidia se tensó, y, con un susurro tembloroso, dijo:
—Terrence, para… por favor.
Él se detuvo de inmediato, retirándose un poco, aunque la expresión de deseo aún estaba grabada en su rostro.
—Perdón… —dijo en voz baja, tratando de no mirarla directamente.
Vidia se apartó, mirando hacia el suelo.
—Vamos demasiado rápido. Ni siquiera… sabemos lo que estamos haciendo. Ni por qué…
Terrence asintió.
—Tienes razón… probablemente esté escrito en algún "bendito" estatuto… —dijo, lanzando una última mirada al espejo empañado antes de irse.
Esa noche, Vidia se tumbó en la cama de la habitación de invitados, mirando al techo y recordando cada instante de su inesperada intimidad con Terrence.
“¿Qué estás haciendo, Vidia?”, se preguntó en silencio, sintiendo un rubor en sus mejillas que no lograba controlar.
Por su parte, Terrence yacía en su cama, con la imagen de Vidia grabada en su mente. ¿Cómo era posible que alguien tan diferente a Tinkerbell despertara en él un deseo tan profundo? Miró el espejo empañado y, aunque aún no comprendía sus sentimientos, sabía que debía descubrirlo.