ID de la obra: 1405

El peligro del matrimonio

Het
NC-17
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 56 páginas, 26.603 palabras, 23 capítulos
Descripción:
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Rincón Especial

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—Así que… ¿a dónde vamos a buscar esas gotas de rocío? —preguntó Terence mientras tomaba su cuchara con una sonrisa curiosa, ansioso por descubrir más de esta peculiar mañana junto a Vidia. —A las colinas de Nébula —respondió ella, manteniendo un aire de misterio en su tono—. Es uno de los pocos lugares donde el rocío cae en gotas dulces. No es el dulzor de la miel ni la simple azúcar de tierra firme ni el de aquí. Es suave, como si llevara algo de los sueños de la noche. Imagino que las hadas del agua deben saber algo de eso, pero yo solo sé que hacen el té más relajante. Terence asintió, visiblemente contento de ser parte de la jornada. —Perfecto. Prometo que no haré ruido y seguiré tus instrucciones —dijo, con una mezcla de seriedad y encanto, dispuesto a demostrar su capacidad para adaptarse al mundo de Vidia. Vidia se mordió el labio y lo miró mientras preparaba su bollo, agregando a su mezcla algo de jugo de limón en vez de chocolate. En el fondo, le intrigaba su entusiasmo por acompañarla, aunque mantuviera su habitual semblante de desinterés. Puso su taza en el microondas. —Hay… sapos a esas horas —murmuró con aire distraído, como si fuera un detalle sin importancia. Levantó la vista y lo miró de reojo, intentando contener una sonrisa traviesa—. ¿No te asustan? La cuchara de Terence se quedó congelada a medio camino de su boca. Había estado disfrutando cada bocado, fascinado por el sabor inesperadamente perfecto del bollo de Vidia. Todo lo dulce era para él el cielo y, de la nada resultaba que Vidia sabía cocinar bien y cosas ricas además. Pero la mención de los sapos, tan casual, lo tomó desprevenido. En su mente, esos ojos enormes y las lenguas pegajosas de los sapos no eran precisamente el acompañamiento ideal para una salida al amanecer. —¿Sapos? —preguntó Terence, con un toque de incredulidad, intentando no mostrarse demasiado afectado— No... claro que no, puedo con unos... pocos sapos. Vidia contuvo una risa al ver su reacción y volvió a sus preparativos, aunque en sus labios asomaba una sonrisa divertida. —¿Solo unos pocos? —lo provocó, entrecerrando los ojos con un destello burlón—. Porque a veces son más de unos pocos. Terence carraspeó, recomponiéndose y fingiendo una seguridad total—. Mientras sigan tu dulce aroma a flores y no el mío, creo que estaré bien. —¿Flores? —se rió ella. —Si ¿no has percibido el aroma que hay en ti? —le sonrió— es del polvillo con esencia a jazmín de anoche. —¿Esencia de flores? —Vidia alzó una ceja, entre divertida e incrédula, mientras rozaba sus propias alas con los dedos y las agitaba suavemente. El suave aroma se extendió en el ambiente y ambos sonrieron. Para ambos era un recuerdo agradable, aunque solo había ocurrido la noche anterior. Eso, de alguna forma, había abierto una pequeña brecha para que se iniciase una relación. Un secreto compartido. —Tuve una noche de sueño bastante agradable, la mejor en mucho tiempo. Terence se cruzó de brazos, esforzándose por mantener la compostura aunque un leve rubor lo delataba. —Hay cosas que no necesitan ser dichas, ¿no? —respondió, intentando sonar normal—. Puedo volver a traerte otro saquito si te parece bien. —Eso me gustaría. —Vidia lo miró con un toque de suavidad. Del microondas sacó esta vez su bollo y empezó a devorarlo así, caliente y sin más que una pizca de la crema, mientras Terence terminaba por fin el suyo. —También puedo espolvorearlo en tus alas de nuevo… si quieres —añadió Terence, desviando la mirada con cierta timidez, acabando de un mordisco el sobrante de crema. Ambos tomaron un suave chocolate caliente, y entre sorbos, el silencio entre ellos dejó de ser incómodo. —¿Qué tan dificil puede ser espolvorear polvillo? —se sonrió de lado ella, con una expresión de desafío. —Para unas alas tan hermosas, es necesario un experto en polvillo que sepa cómo hacerlo —soltó él, sonriendo galante, con una pizca de crema en la mejilla. Ella soltó un pequeño resoplido, desviando la mirada hacia la taza que sostenía entre las manos, un tanto incomodada pero, en el fondo, halagada. No estaba acostumbrada a que alguien notara esos pequeños detalles, y mucho menos alguien como Terence, a quien ella consideraba simple en muchos sentidos. —Está bien, veamos qué tan valiente eres con los sapos. La mañana aún estaba envuelta en la penumbra cuando ambos salieron hacia las colinas de Nébula. El aire fresco llenaba el ambiente de una quietud especial, solo rota por los primeros trinos de las aves. Volaban en silencio, pero no era incómodo, parecía más bien una tregua momentánea, como si el paisaje los envolviera y suavizara su habitual tensión. Terence miraba cada rincón con atención, asombrado por la belleza tranquila del lugar. No podía evitar esbozar una pequeña sonrisa al ver a Vidia moverse entre los árboles con una familiaridad y gracia naturales. Ella, al percatarse de sus miradas, apenas si giraba la cabeza, fingiendo que no le importaba. Finalmente, llegaron a un claro donde el rocío perlaba cada hoja, iluminada por los primeros rayos de sol que apenas asomaban. Vidia se acercó a una hoja ancha y alargada, capturando con delicadeza las gotas en un pequeño frasco de cristal que había traído. Terence la observaba en silencio, fascinado por la destreza y la precisión con las que recogía cada gota. Sin poder contenerse, se acercó y le habló en voz baja, como si temiera romper el hechizo del lugar. —Ahora entiendo por qué te gusta venir aquí. Es como un rincón secreto de la Tierra de las Hadas. Ella asintió sin mirarlo, concentrada en su tarea. —No suelo traer a nadie aquí. Es un lugar especial, y no todos saben apreciarlo. —Pronto aprenderás que soy diferente a las demás hadas, Vidia —respondió Terence con una sonrisa. Alzó la vista y observó cómo la claridad de la aurora empezaba a inundar el cielo de tonos grisáceos y azules—. Debo ir al árbol del polvillo ahora. Vidia revisó sus botellitas de cristal y asintió— Y yo debo ir al taller del otoño. El ministro se molestará si no me encuentra… Por favor, no te olvides del polvillo. Terence sonrió más ampliamente mientras ambos empezaban a volar en direcciones contrarias. —Prometo que no lo haré.
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