ID de la obra: 1405

El peligro del matrimonio

Het
NC-17
En progreso
1
Tamaño:
planificada Mini, escritos 56 páginas, 26.603 palabras, 23 capítulos
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Tregua

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Lo suyo no era precisamente una relación. Era, más bien, una tregua silenciosa. Ambos seguían el estatuto sin desviarse demasiado. Vidia se encargaba de la cena y preparaba un almuerzo sencillo para ambos, guardándolo en una bolsa de papel para el día siguiente. Al volver de sus respectivas tareas, Terrence se sentaba a comer, hablaba sin parar, llenando cada rincón de la pequeña casa con historias, detalles sobre el polvillo y anécdotas que a menudo se esfumaban en un monólogo incesante. Vidia asentía, apenas fingiendo escucharlo, sumergida en sus propios pensamientos, y de vez en cuando respondía lo suficiente para mantener la charla en marcha. Terminada la cena, ambos se trasladaban al recibidor. Allí, Terrence continuaba hablando, manteniendo una calidez en sus palabras que, aunque no lo admitiera, poco a poco le resultaba a Vidia menos ajena. Cada noche, esparcía un poco de polvillo sobre las alas de ella, como parte de ese ritual que había adoptado sin que se lo pidieran, y cada vez elegía una esencia de flor distinta. En las mañanas, Vidia llegaba al taller del ministro del Otoño exhalando el aroma suave de flores silvestres, cosa que provocaba una sonrisa en su severo superior. —No sé en qué jardín pasas las noches, Vidia, pero tu sola presencia ahora es un deleite también para mi olfato —comentaba el ministro, con una risa tranquila. Ese comentario despertaba en Vidia un resquemor de irritación que apenas lograba disimular. No había contado a nadie lo que hacía con su esposo ni cómo esa rutina iba afectando, poco a poco, su estado de ánimo. De alguna forma, esa tregua cotidiana parecía suavizar las asperezas que siempre había sentido. Terrence, por su parte, parecía más animado que nunca. Las hadas lo veían cada vez más contento, tarareando mientras hacía sus entregas y moviéndose con una ligereza que delataba su satisfacción. A su manera, él también creía que las cosas iban bien, que ese paso constante y pequeño acabaría por mejorar su relación. A pesar de eso, seguían durmiendo en habitaciones separadas. Sin atreverse a traspasar sus límites de pudor y vergüenza. Aun así, lentamente, iban atreviéndose a hacer cosas nuevas.  Fue una noche particular cuando Terrence, en un impulso repentino, deslizó las yemas de sus dedos suavemente sobre las líneas de las alas de Vidia, explorando con delicadeza los contornos que él ya conocía en teoría, pero que ahora tenía la oportunidad de sentir de cerca. El movimiento fue tan leve como respetuoso, pero provocó una reacción que ni él había anticipado. Vidia saltó como si él la hubiera mordido. Se puso en alerta, con los ojos brillantes de sorpresa y algo de incomodidad, y en un parpadeo desapareció, reapareciendo a varios centímetros de distancia. Terrence se quedó congelado un momento, con una sonrisa de disculpa que no sabía si mantener o retirar, notando que había cruzado un límite invisible. Sin embargo, la sorpresa en los ojos de Vidia no tenía solo el recelo habitual. —Lo siento... —murmuró él con suavidad, bajando la mirada y retirando las manos—. No quise incomodarte. Vidia se quedó mirándolo, sin decir nada. No estaba segura de qué responder ni de cómo interpretar su propia reacción. Sentía un leve cosquilleo donde él la había tocado, una sensación persistente que la perturbaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.  —Está bien, supongo —zanjó la conversación ella. Se regañó por su actitud, no tenía porqué desconfiar de él. Le había demostrado que todo lo que hacía lo hacía sin mala intención. Asi que se obligó a respirar suavemente, calmándose de nuevo. Finalmente, solo asintió y regresó al sofá, avergonzada por su reacción. Terrence tampoco sabía porqué había hecho eso exactamente, por lo que por un instante, rojo como TinkerBell, se quedó callado. Dejando que el silencio llenara el espacio entre ellos. Ambos sabían que algo había cambiado, aunque ninguno estaba listo para ello. Vidia disfrutaba de estas interacciones, nunca lo diría, pero se había acostumbrado a esa relajación. Había llegado a acostumbrarse a la suave calma que le proporcionaba el ritual nocturno de Terrence, y esa noche, no quería que terminara tan abruptamente. No quería que terminara, no quería esa noche irse a dormir sin haberse relajado bajo el polvillo de Terrence. Así que se obligó a tomar la iniciativa esta vez, y se le ocurrió recostarse boca abajo, para demostrarle que no estaba enojada, que no quería que se detuviera y que continuase. Desplegó tímidamente las alas ante él y lo miró desde su posición. —No te detengas. Su intención había sido ser suave, pero le salió como una orden de alguna forma. Terrence sin embargo, suspiró de alivio. —Como quieras... si te molestó, prometo no volver a hacerlo. —No, no es eso. —se apresuró a decirle, reincorporándose presa de la ansiedad— Continúa... puedes hacerlo si quieres, no fue desagradable.  Se miraron unos segundos, Terrence sorprendido por sus palabras, Vidia igual. No pretendía decirlo así. Se mordió el labio y volvió a recostarse, aparentando una falsa tranquilidad.  —Muy bien... —aceptó él, aun con los ojos muy abiertos— si es lo que quieres... Volvió a acercarse a ella tomando una porción de polvillo, el de esta noche olía a gardenias y era de un suave color perla. Tratando de serenarse, empezó a espolvorearlo, luego, dejó que sus dedos recorrieran, con la yema apenas tocando, las nervaduras delicadas. Sintió que cada caricia llenaba el aire de algo entre ellos, una atmósfera cálida que iba envolviéndolos. La reacción de Vidia fue como la de su noche de bodas, cuando él besó su clavícula y sus manos acariciaron su cintura. En respuesta, cerró los ojos y, poco a poco, se permitió relajar el cuerpo bajo las manos de Terrence. Descubría, para su sorpresa, que esas caricias le resultaban más agradables de lo que había imaginado, y que la sensibilidad de sus alas era algo que hasta ahora no había experimentado. —¿Porqué eres tan desconfiada, Vidia? —murmuró él en voz baja, su tono apenas un susurro, respetuoso de la intimidad que el momento había creado. Vidia suspiró de gusto, dejando que un suave placer se extendiera por su espalda mientras sus alas se relajaban bajo el contacto de Terrence. Sin quererlo, su espalda se arqueó ligeramente, un movimiento tan sutil como involuntario, pero uno que él no dejó de notar. Ambos sabían que aquel momento era más que una simple tregua. —Puede ser que tú no lo entiendas —murmuró ella— porque tú eres un hada bueno. Piensas que todas las hadas son así. Pero así como hay muchas estaciones, también hay muchos tipos de hadas. Terrence frunció el ceño, sintiendo el peso de su respuesta. La tristeza en su voz le hizo cuestionar qué había detrás de esa desconfianza. —¿Te han lastimado? —preguntó con un tono suave, buscando su mirada. Vidia desvió la vista, cerrando un instante los ojos como si la pregunta le doliera. —Por favor, no hablemos de eso... —evadió el tema, dejando escapar un suspiro que parecía llevar el peso de viejas heridas—. Me gustaría saber más acerca de ese pez que casi te comió en el río. Esa historia me parece más interesante. La súbita cambio de conversación la había sorprendido, pero él también sintió la necesidad de alejar la tensión del momento. —Ah, el pez —comenzó él, esbozando una sonrisa, su memoria transportándolo a aquel día. La anécdota lo hizo olvidar su anterior preocupación, mientras el brillo en sus ojos regresaba—. Fue una experiencia bastante aterradora. Estaba intentando cruzar un pequeño puente sobre el río, y de repente, ¡plop! Apareció este enorme pez, ¡casi me arrastra con él! Vidia lo escuchaba, una chispa de interés en sus ojos, disfrutando de la forma en que Terrence relataba la historia. La risa de él se volvió contagiosa, y poco a poco, la tensión entre ellos se disipó, reemplazada por una ligera ligereza que llenaba el aire.
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