ID de la obra: 1405

El peligro del matrimonio

Het
NC-17
En progreso
1
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planificada Mini, escritos 56 páginas, 26.603 palabras, 23 capítulos
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Conspiración

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Se había retrasado. No mucho, pero sí lo suficiente como para que el sol estuviera ya fuera de la línea del horizonte cuando ella se dio cuenta. En su defensa, Terence tuvo la culpa. Habían estado hablando demás entre la hierba, recogiendo el rocío, esa mañana. Habían creído escuchar un sapo por ahí y no habían tenido más remedio que esconderse entre los matorrales. Mientras se quedaban ahí, él le contaba hazañas que había hecho que involucraban sapos enormes con ojos tremendamente saltones. Claro que, Vidia no se creyó una palabra, pero se rió suavemente ante todas sus exageraciones. Los días se estaban haciendo buenos, o eso sentía ella. Seguro tenía que ver las noches de sueño reparador después de las cenas abundantes y la conversación agradable. El polvillo de Terence, con esa textura suavísima y el aroma tan variante, la dormía como un sedante. Y qué decir ahora que sus manos entraban en juego acariciando sus alas con ínfimo cuidado. Le avergonzaba siquiera pensarlo, pero de verdad que apreciaba los masajes nocturnos y su compañía por las mañanas.  Le preocupaba, pero de verdad que se estaba acostumbrando a Terence. Sensaciones cálidas se agolpaban en su pecho al recordar sus momentos suaves con él. Era agradable recordar. Ahora si. Ese pensamiento la inquietaba, pero no pudo darle demasiadas vueltas. Había llegado al país de las hadas que correspondía al otoño. El ambiente se llenaba de aromas de tierra húmeda y hojas secas. Las hadas de las estaciones se movían afanosamente, como si el mundo de los humanos no estuviera roto en pedazos por la guerra, como si los ciclos fueran a restablecerse de un momento a otro. El otoño debía florecer, pero Vidia sabía que su propio anhelo de dirigir la llegada de la estación se marchitaba, pospuesto por la incertidumbre y el conflicto. El árbol central se alzaba como un monumento majestuoso de raíces retorcidas y corteza dorada. Sus raíces formaban umbrales que guardaban los secretos de la estación: los pigmentos de las hojas, el aroma del viento fresco y el tono del atardecer. Escondida, entre las raíces, estaba una puertecita que daba a un pasillo, al fondo se hallaba otra puerta que conducía al taller. Cuando Vidia llegó a esta ultima, se detuvo. Había voces en el interior. Era su señor, el lord del Otoño, y hablaba con una mujer. Vidia escuchó unos segundos mientras pensaba en quien podía ser y si debía interrumpir o no.  Cuando reconoció la voz de la reina Clarion, Vidia sintió que su corazón se aceleraba. —Es más difícil de lo que parece, ministro —decía la reina, y su tono preocupante parecía contener todo el peso de la temporada— Es imperativo que usted aumente la vigilancia y corra la voz entre las hadas. —Pero mi reina —respondió el lord con la voz suave que siempre tenía—, ninguna pareja ha tenido éxito hasta ahora. —Y quizá sería mejor que no sucediera —dijo ella, en un suspiro casi inaudible. El lord se quedó en silencio por un momento, como si aquellas palabras lo hubieran dejado sin aliento. —¿Ha habido alguna pareja que lo lograra? —preguntó finalmente. La reina titubeó, y aunque Vidia no podía verla, imaginó que su expresión estaba cargada de tristeza y preocupación. —Eso no importa ahora —dijo la reina, evasiva—. Lo importante es que se avise a todas las hadas que, si llegan a concebir, deben hacérnoslo saber de inmediato. —Como desee, mi reina. Enviaré a mis mejores hadas de vuelo veloz para extender la consigna... Pero, si se me permite preguntar —añadió el lord, en un tono cauteloso—, ¿Qué problema ha ocurrido con las hadas que sí han concebido? La reina guardó silencio largo rato. Vidia contuvo el aliento, esforzándose por no hacer el menor ruido. Finalmente, la reina Clarion respondió, y su voz sonó más frágil de lo que Vidia recordaba. —Es mejor que nadie sepa demasiado, lord. Las cosas se están poniendo difíciles, para todas las hadas. Nuestra salvación podría convertirse en nuestra perdición si no tenemos cuidado. Ante el sonido tintineante de la reina desapareciendo del taller, Vidia creyó conveniente esperar unos minutos para entrar, no debía precipitarse o podría dejarse en evidencia. Así que se quedó ahí, frente a la puerta mientras ella misma pensaba lentamente en todo lo que había escuchado. Los rumores pasan de boca en boca, por eso hacía algo de tiempo que se había enterado de que una pareja supuestamente lo había logrado y que después habían sido llevados lejos. Creía recordar que eran dos hadas de talentos complementarios, algo así como una hada del jardín y uno del agua. Que a ella el vientre se le hinchó y tuvo síntomas desagradables que nadie sabía especificar. Y que los soldados se los llevaron. De eso hacía ya un tiempo. Pero Vidia no recordaba hace cuanto exactamente. Pero el recuerdo de ese rumor ahora tomaba un nuevo significado. Tal vez, pensó Vidia, aquella desaparición no había sido por algún castigo o secreto, sino por algo peor.  La idea de concebir le resultaba absurda en sí misma, como algo que sólo los humanos enfrentaban con naturalidad. Las hadas nacían del primer susurro de la risa de un bebé, puras y plenas, y así había sido siempre, sin necesidad de pasar por esas complicaciones terrenales. El hecho de que un hada pudiera estar "hinchada" era algo que desafiaba todo lo que ella entendía sobre la vida en su mundo. ¿Podía ser que hubiera un peligro en la concepción? Ella había visto a las mujeres embarazadas de la tierra firme con sus estómagos dilatados y la fragilidad que presentaban. Ellas se veían muy normales, dentro de esa anormalidad que es la de estar así de hinchada con algo dentro creciendo en su interior. ¿Qué podía tener de malo eso? Súbitamente, el eco de unos pasos le recordó dónde estaba. No podía quedarse ahí, perdida en esos pensamientos. Finalmente, se armó de valor y abrió la puerta. Dentro, el lord Otoño estaba inclinado sobre una mesa cubierta de frascos con esencias y pigmentos de colores cálidos, preparando seguramente alguna mezcla para la próxima temporada. La luz que entraba desde una abertura en el techo resaltaba la concentración en su rostro. El lord la miró alzando las cejas al verla entrar, pero Vidia mantuvo su expresión indescifrable y agachó la cabeza. —Mi lord. —saludó con suavidad. —Lo escuchaste todo ¿no es cierto? —le sonrió, no era un regaño, solo una afirmación. Vidia asintió— ¿Si era peligrosa la concepción, porqué nos han obligado al matrimonio? —murmuró con algo de desdén y rencor, sin dirigirse a él específicamente. Esto no sucedía siempre, pero a veces, la vieja personalidad de Vidia afloraba. Su amargura, su dolor, su ira y su decepción para con el resto del mundo. Su arrogancia y su deseo de venganza. Y ahora estaba sintiendo que no había nada más en ella. Suspiró, apretando los puños. —Han cambiado la vida de tantas hadas supuestamente con un buen fin ¿y ahora resulta que nos arrojaron a un peligro mayor? —insistió. —Vidia, cálmate. —ordenó el ministro con contundencia, a pesar de que su voz seguía siendo suave y modulada— Se resolverá, eso ya lo verás. La reina no ha dicho nada exactamente, solo ambigüedades que no pueden significar nada. —O pueden significarlo todo —le retó ella, con los ojos turquesas repentinamente fríos— Explíqueme qué sucede, lord otoño, tengo derecho a saber. Él suspiró brevemente— Ni siquiera a mi se me permite saberlo, Vidia. —se acercó a ella y la tomó de una de las manos para llevarla fuera— ven, acompáñame afuera. Voy a contarte algo. Cuando salían de entre las raíces del árbol, el aire otoñal resolvió las puntas del cabello negro de la hada. Su expresión era de consternación— Mi señor... —Sé cómo te sientes, Vidia —la intentó calmar él— Pero ahora debes confiar en la reina, como lo hago yo.
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