Ritual nocturno
23 de noviembre de 2025, 10:59
La puerta se cerró con suavidad. Terrence entró en silencio, el rostro sombrío y los hombros tensos bajo el peso de una incomodidad que aún lo dominaba. Se quitó su pequeño sombrero de bellota y lo puso junto a la puerta. Vidia, desde la esquina de la pequeña cocina, apenas lo miró cuando él tomó su cuenco y se sentó a cenar en silencio. Ninguno habló, y el ruido de los grillos fuera fue el único sonido entre ellos.
Cada tanto, Vidia lo miraba de reojo. El orgullo y el rencor aún la envolvían, pero algo en su interior pedía acercarse, dejar de lado aquella barrera que los distanciaba. ¿Cómo no iba a estar a solas con su jefe? Si literalmente él la estaba premiando por su habilidad y su entusiasmo y entrega a la estación. Además, el mismo Lord Otoño estaba casado con una joven hada nacida un poco antes que Tinkerbell, eran casi de la misma edad. No se fijaría en Vidia con veintitrés años.
Sin embargo, la sombra de la discusión flotaba en el aire, haciéndola dudar. Tal vez estaba siendo demasiado severa, pero admitirlo no era fácil. En los últimos días, Terrence y ella se habían apegado mucho, al punto en el que no hacían nada separados, más allá de sus trabajos. Ni qué decir de su ritual nocturno con el polvo suave y cálido en sus manos acariciando sus alas como a las piedras más finas y frágiles.
Terrence acabó su cena sin una palabra, y luego se levantó, cruzando la estancia hacia el sofá. Se sentó, sin mirar hacia ella, y sacó la pequeña bolsa de polvo de hadas con esencia de flores, sosteniéndola entre sus manos. Incluso la abrió y agitó un dedo entre el delicado polvo, esta noche era de un suave tono morado y olía a lavanda tenuemente.
Vidia sonrió apenas ¿acaso la estaba provocando para que se acercase a él?
Ella dejó escapar un suspiro bajo, observándolo desde la puerta de la cocina. A pesar de la frialdad de la noche y de su orgullo herido, se dio cuenta de que no quería que esa distancia durara. Su mirada recorrió el perfil cansado de Terence, sus manos aún aferradas al saquito, como si estuviera esperando, aunque no lo diría en voz alta. Ese pequeño gesto le hizo sentir un suave tirón en el pecho.
Apesar de su enojo, él estaba sentado ahí esperando a que fuera ella la que se acercara a él como una niña regañada aceptando su error. ¿En qué clase de matrimonio se habían convertido? porque ahora si que parecían un par de esposos de los de la tierra de los hombres, tras una de esas peleas de toda la vida y en vías de una reconciliación.
Al final, sin más preámbulos, Vidia caminó hacia él. Solo por esta vez lo iba a dejar ganar, solo por esta vez. Porque ella no quería que esto que tenían se rompiera irremediablemente por una tontería. Cuando se paró a su lado, Terence alzó la mirada. Sus ojos parecían contener una mezcla de incertidumbre, esperanzado y sorprendido, como si aun no se pudiera creer que su plan surtió efecto. En sus ojos había incluso algo, algo que él intentaba ocultar pero que ella percibía a pesar de todo.
Sin decir una palabra, Vidia se sentó a un lado de él y se dio la vuelta a él, dándole la espalda, extendió sus alas. En un gesto que le pedía sin pedirle que continuara con su ritual de todas las noches. Esta noche, ella estaría sentada, eso si, no recostada boca abajo como las ultimas veces. Quería demostrarle que, a pesar de todo, seguía molesta.
Terence exhaló apenas, su tensión aflojándose un poco. Derramó polvo en sus palmas y comenzó a frotarlo con cuidado en las alas de Vidia, en movimientos lentos y firmes. La sensación le arrancó un suspiro a Vidia, el calor de sus manos y la suavidad del polvo le brindaban una paz que, después de un día tan cargado, necesitaba con urgencia.
El olor a lavandas y el tintineo del polvillo llenó la estancia así como los leves suspiros de ella ante las caricias, que ahora eran especialmente dulces y tiernas.
Mientras él continuaba, el silencio se volvía algo más íntimo. Ella sentía la calidez de sus manos sobre cada pliegue de sus alas, recorriendo las nervaduras y delineando sus contornos, los movimientos cuidadosos y dedicados que parecían calmar también el nudo de emociones que había estado acumulando en su pecho. Poco a poco, esa barrera de orgullo y resentimiento parecía desvanecerse.
Y entonces, sin pensarlo demasiado, Vidia giró y miró a Terrence, sus ojos encontrándose con los de él a escasos centímetros. Él la observaba con algo parecido a la esperanza.
Sin apartar la mirada, Vidia se acercó a él con cuidado, como lo haría un gato. Moviéndose con gracia poco a poco, casi pidiéndole permiso al ser tan delicada y lenta. Pero él no la alejó, no la rechazó, no dijo nada, solo la miró a los ojos. Vidia deslizó una pierna sobre él y luego la otra para sentarse a horcajadas sobre él, acomodándose en su regazo. El saquito de polvo cayó de sus manos cuando ella lo tomó por la nuca con firmeza y determinación, y finalmente, sin decir una palabra, sus labios buscaron los de él en un beso suave, pero lleno de todo aquello que había estado ocultando detrás de su orgullo.
Lo había extrañado, él hablaba tanto y ahora, ese silencio... había sido demasiado.
Al principio, Terrence permaneció quieto, como si aún no creyera que aquello estaba ocurriendo. Pero pronto sus manos encontraron su cintura, sosteniéndola con delicadeza y necesidad. El beso se profundizó lentamente, sin prisas, como si ambos quisieran prolongar el momento y sellar con él las heridas de la pelea. La tensión se deshizo entre ellos, y el calor que compartían en aquella cercanía hizo que todo el resentimiento se evaporara, dejándolos solo a ellos dos, en la intimidad de su hogar.
El beso no pasó a más, ambos lo sentían suficiente y, a pesar de todo, seguían siendo un par de inexpertos. Pero lo disfrutaron, tanto, que cuando sus labios se separaron, Vidia se quedó mirándolo, sorprendida quizás de la intensidad con la que había anhelado ese momento. Él, con una media sonrisa y la mirada aún algo perdida en la cercanía de ella, dejó que sus dedos acariciaran un mechón de su cabello largo y negro.
—Lo siento, —murmuró él finalmente, con un susurro que casi se perdió en el silencio. Vidia sonrió apenas, y negó con la cabeza.
—Olvídalo. —le respondió con suavidad, escondiendo su rostro en su pecho— Procuraré no quedarme a solas con el Lord si eso te hace feliz y no dejaré que me tome de la mano... Pero no hagas otro show de esos, porfavor.
—Está bien —suspiró él— me comporté como un celoso...
—No importa —volvió a besarlo una vez más y él la envolvió en sus brazos, atrayéndola más hacia él.
El calor subía y oscilaba, las caricias que él dejaba en su espalda y en su cabello, sumadas al calor que sentía al tenerla sobre su regazo en esa posición. Ambos estaban ruborizados, pero buscaban seguir besándose con suavidad, con deseo, simplemente sentir esa dulzura y esa conexión.
—Me gusta esto —admitió ella, aunque las palabras apenas salían, pesadas y frágiles, como si fueran algo demasiado nuevo y delicado para sostener.
—A mi también —murmuró él, contra su boca, aun acariciándola con devoción y ternura.
La bolsa de polvillo con la esencia de lavanda se había desparramado en el suelo. Varios objetos flotaban alrededor de ellos envueltos en la fragancia florar, mientras ellos seguían besándose con suavidad, disfrutándose. Esa noche, ambos se quedaron en el sillón. La primera noche que dormían juntos, en un abrazo que, más que un simple gesto, parecía un pacto silencioso: por ahora, estaban juntos, dejando que las heridas cerraran a su tiempo. No hacía falta nada más.