Promesas
23 de noviembre de 2025, 10:59
Vidia despertó con suavidad. El aire olía profundamente a flores y el ambiente era cálido y suave. Ella aun seguía abrazada a Terence. Se hallaba sentada entre sus piernas, con él recostado en el respaldo del sillón. Habían terminado durmiendo ahí por error, pero no lo habían podido evitar. La ternura de poder reconciliarse, había sido mayor a cualquier cosa.
Se querían a pesar de todo, habían aprendido a quererse y, ahora, debían compartir todos los secretos. Ese día Terence ya no tenía trabajo, tampoco ella, quizá por eso él había llegado temprano a buscarla la mañana anterior, porque quería que tuvieran un rato para los dos.
Ella se sintió levemente culpable al respecto, mientras se arrebujaba con suavidad de nuevo en su pecho. Refugiándose del mundo, de la reina y sus mentiras y de todas las leyes dictadas por el bien de la sociedad de las hadas. Terence, al sentirla moviéndose, le dio una caricia suave en la cabeza que bajó por su cabello. Vidia tarareó de gusto ante esto y se permitió cerrar los ojos de nuevo solo un momento más.
Terence, sin embargo, se movió un poco contra ella, para poder buscar su boca otra vez. Se habían besado mucho la noche anterior, casi hasta que les fue imposible seguir vestidos. Pero el miedo de Vidia ante lo que había oído y visto, le hizo cortar sus acercamientos y dejarlos solo en besos suaves. Ahora, los labios tibios de Terence cubrían los suyos y ella suspiró ante su cercanía y calor. Ante sus manos jugando con caricias tiernas en sus hombros y delineando las nervaduras de sus alas.
Parecía que las manos de esta chico estaban diseñadas para esto y no para eso del polvillo. Una delicadeza así solo podía ser destinada a amar. Y Vidia quería ser la única dueña de esas caricias.
El beso, tierno y dulce, se terminó segundos después— Terence —murmuró, contra su boca, cuando él volvió a besarla— espera... tengo algo que decirte sobre ayer.
El hada del polvillo se tensó ante eso— Dime. —le dijo con aparente calma, sin dejar de acariciarla con ternura y dulzura.
Vidia empezó a explicarle lo que había oído la otra mañana, lo que hablaba la reina y lo que el lord le dijo a ella. Lo que sospechaba y sus preocupaciones. Sobre el rumor de esa pareja a la que le había ido aparentemente mal y sobre la forma en la que había reaccionado la reina ante su irrupción en el árbol del polvillo.
—Lo de la pareja es cierto —le dijo él— yo los conocía.
Fue como un balde de agua fría. Vidia sentía que estaba preparada para escuchar la verdad, pero de alguna forma, no estaba lista para enfrentarla. Esa confirmación traía consigo un peso que no podía ignorar, y la llenaba de nuevas preguntas, de temores que nunca antes había sentido.
—¿Qué crees que sea todo esto? —le preguntó con un hilo de voz, buscando en sus ojos una respuesta, una explicación que la calmara—. ¿Alguna especie de conspiración?
—Creo que ha sido… un mal manejo del manual —contestó él con un tono de voz irónico y un leve encogimiento de hombros.
Vidia soltó una risa nerviosa ante lo absurdo de la idea.
—¿A qué te refieres? —inquirió, intrigada, aunque aún insegura.
—Se supone que siguiendo los pasos específicos es como se consigue concebir —explicó él—. Está en el manual, en los estatutos… todo está ahí, detallado.
Los libros seguían en un rincón de la estancia, más allá en una pequeña biblioteca con los libros de hadas de vuelo veloz de Vidia y los manuales de de reparación de la maquinaria del polvillo de Terence. Vidia había sentido en varias ocasiones que esos estatutos la miraban acusadoramente porque ellos habían estado postergando lo de dormir desnudos en la misma cama. Pero es que a ella le avergonzaba tal situación, con solo pensarlo, se le saltaban todos los colores al rostro.
Terence había parecido fascinado sin disimulos con las láminas del estatuto sobre ese asunto en particular. Las que daban las instrucciones precisas de lo que se debía hacer para concebir. Ella no había querido ver esa parte, había querido dejar de pensarlo y, cuando él tocaba el tema del que parecía tan experto, ella desviaba la conversación a cualquier otro asunto. Así lo había ido postergando día tras día. Aunque, Terence hacía una tímida alusión cada noche, cuando Vidia estaba adormilada por sus caricias y ella siempre se tensaba de nuevo brevemente y negaba.
—Mañana —murmuraba, y Terence sabía que era un ni hablar.
Y ahora, aquí estaban otra vez, con el tema flotando en el aire. De nuevo surgían los estatutos, el peso de las expectativas. Vidia se sentía en conflicto; apenas habían empezado a abrazarse y besarse con verdadera consciencia de lo que significaban sus sentimientos, sin la prisa o el nerviosismo de aquella noche de bodas que habían compartido en medio de la incertidumbre.
Irse a la cama, desnudos, era demasiado y demasiado rápido.
—Creo que no debes pensarlo mucho ahora, Vidia —le murmuró él, sin dejar de acariciarla de esa forma que la hacía sentir protegida y querida, , como si quisiera disipar todos sus temores— La reina podría molestarse. Además, nosotros aun tenemos tiempo, si no te sientes cómoda aun con la idea, podemos seguirlo postergando.
Ella asintió lentamente, pero la preocupación seguía latente.
—Lo que me asusta es que… salga mal —murmuró, alzando la vista para buscar sus ojos—. No pensé que podía salir mal, hasta ahora. ¿Qué pasará si algo sale mal?
Terence la miró con ternura, rodeando su rostro con ambas manos. Le besó las mejillas, la frente, la nariz, como si cada beso fuera un pequeño conjuro de protección. A él parecía entrarle ternura ella, su forma de miedo y las veces en las que se olvidaba de quien era y se lo decía sin reservas.
—Si pasa algo malo, buscaremos una solución —le dijo con voz firme, acercándose para rodearla con sus brazos y abrigarla con su cuerpo—. Tranquila, Vidia. Todo saldrá bien.
Ella, aún con un atisbo de duda, lo miró intensamente.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —insistió—. ¿Cómo sabes que todo estará bien?
Terence le sonrió, una sonrisa cálida y sincera que le iluminó el rostro.
—Porque te amo —susurró, con una simpleza que encerraba una promesa—. Y no haré nada para lastimarte.