Miel y frutas
23 de noviembre de 2025, 10:59
La tarde caía suavemente sobre la Tierra de las Hadas, dorando las hojas de los árboles y llenando el aire con el dulce aroma de miel y frutas. Vidia y Terrence estaban sentados en el centro de una amplia hoja de roble, compartiendo una pequeña bandeja con trozos de frutas frescas bañadas en miel. Terrence, siempre dispuesto a mantener la conversación viva, hablaba animadamente de cualquier cosa que cruzara por su mente, mientras Vidia escuchaba en silencio, con una leve sonrisa jugueteando en la comisura de sus labios.
Se podría decir que eran amigos ya, para este punto. Porque disfrutaban charlando y, en días libres como estos, pasaban mucho tiempo juntos hablando. Parecía que Vidia era mayor que él, por tres estaciones, y que ella había asistido al nacimiento de Terrence. Él no se acordaba, por supuesto, cuando nació, vestido únicamente con un leve un suave traje de pétalos blancos al venir al mundo.
Era gracioso lo mucho que sus conversaciones podían pasar de un tema a otro en cuestión de apenas segundos. Terrence descubrió que la risa de Vidia era muy contagiosa, pero que era dificil hacerla reir. Por eso a veces se pasaba de tonto para conseguirlo, porque buscaba de más. Pero Vidia se relajaba tanto con él, que terminaba riendo por tonterías.
La idea de salir ahora fue de ella, la pareja vecina de al lado de su casa discutía mucho cuando estaban solos. A ella le daba mucho dolor de cabeza y no había forma de no escucharlos si discutían tanto que ya ni se podían escuchar los pensamientos. Así que, ella propuso una especie de día de campo. Llevarse el almuerzo al bosque, y merendar ahí. Iban para este momento en el postre y ambos charlaban con suavidad.
Vidia y Terrence se recostaron en la amplia hoja de roble, dejando que sus cuerpos se hundieran levemente en la superficie suave y verde. El sol se filtraba a través de las hojas superiores, lanzando reflejos dorados sobre sus rostros, y el dulce aroma de la miel se volvía aún más intenso en el aire cálido de la tarde.
—Y, bueno, ahí estaba yo, atrapado en una telaraña… otra vez —dijo Terrence con una carcajada, sus ojos brillando con diversión mientras picaba un trozo de mora con miel.
Vidia rodó los ojos con una sonrisa irónica, llevándose un pedazo de manzana a la boca. No siempre entendía la fascinación de Terrence por las historias de sus travesuras, pero en ese momento, la calidez de su risa era agradable. Otra de las cosas de ese chico que le parecían agradables.
Mientras ella miraba hacia el horizonte, imaginándoselo colgado patas arriba, Terrence se incorporó y miró por el borde de la hoja hacia la base del árbol. Había notado a una pareja de hadas que, entre risas y caricias, se fundían en un beso suave y sincero. Sus risas eran como un murmullo de felicidad pura que ascendía por el tronco, hasta sus oídos. Aquella imagen, tan simple y natural, lo hizo suspirar sin darse cuenta.
Por un momento, su mirada se desvió hacia Vidia, que aún parecía distraída, observando cómo el sol comenzaba a teñir el cielo con colores suaves y dorados. La pequeña distancia entre ellos se sentía inmensa de repente, y un deseo inesperado brotó en su pecho.
Con un ligero nudo de nervios en el estómago, Terrence se inclinó lentamente hacia ella, volviendo a recostarse a su lado buscando llenar aquel espacio vacío con algo más que palabras.
—Vidia… —murmuró suavemente.
Fue entonces que, casi sin pensarlo, él se inclinó un poco más hacia ella, buscando aquel roce que había dejado en suspenso.
Vidia notó el movimiento y, al girarse hacia él, se encontró con su mirada llena de anhelo. Con un impulso sutil, él posó su mano sobre la suya, entrelazando sus dedos con delicadeza. Ella no se resistió, y aquella cercanía inesperada hizo que ambos sintieran sus corazones acelerarse. Su mirada con una expresión intrigada, pero sin rastro de rechazo.
Entonces, despacio, Terrence acercó sus labios a los de ella. El beso fue dulce y suave, con un leve sabor a miel que aún quedaba en sus labios y que se mezclaba con el calor de sus bocas. El toque era suave, apenas un roce al principio, como si ambos temieran que el hechizo se rompiera. Pero cuando Vidia respondió con un leve suspiro, el beso se profundizó, y el dulce sabor a miel llenó cada rincón de aquel momento compartido.
La fragancia de las frutas y la miel se mezclaba con el suave vaivén de la hoja que los sostenía, y el tiempo pareció detenerse en aquel beso, que comenzó siendo apenas un roce dulce, como un rayo de sol filtrado entre las ramas.
Pero pronto, la suavidad del momento fue reemplazada por un anhelo más profundo. Los dedos de Terrence se deslizaron con firmeza hasta la nuca de Vidia, atrayéndola más hacia él, mientras sus labios buscaban con mayor urgencia los de ella, degustando cada rastro del sabor dulce.
Vidia, sorprendida al principio, sintió una chispa encenderse en su pecho y, dejando de lado toda la reserva que siempre la acompañaba, respondió con una intensidad desconocida. Sus manos se deslizaron sobre el pecho de Terrence, sintiendo el ritmo acelerado de su respiración, mientras el beso se volvía más apasionado, más exigente.
La miel en sus labios se tornó aún más cálida, sus bocas se movían al unísono, como si el tiempo mismo los empujara a desbordar ese momento de todo el sentimiento que, hasta ahora, había estado atrapado en el silencio.
A su alrededor, el atardecer se teñía de tonos más profundos, bañando sus rostros en un resplandor ámbar. La hoja, mecida por una brisa suave, parecía ser la única testigo de aquel instante en que ambos olvidaban todo lo demás. Cuando sus labios se separaron, ambos quedaron en silencio, compartiendo una sonrisa cómplice. Vidia, aún sintiendo el rastro de la miel y la calidez de Terrence en sus labios, lo miró con una chispa traviesa en los ojos.
—¿Sabes…? —murmuró, mientras sus dedos jugaban despreocupadamente con el borde de su camisa— puede que no seas tan insoportable como pensaba.
Terrence soltó una risa suave, todavía embriagado por el momento, y sin apartar la mirada de ella, respondió en voz baja: Y puede que tú tampoco seas tan fría como pensaba.
Vidia resopló con fingida indignación, pero una sonrisa sincera escapó de sus labios.