Prisas
23 de noviembre de 2025, 11:05
La tensión en todos los presentes era completamente comprensible, Myrtle había demostrado todo de lo que era capaz hasta ese momento y, para su mayor sorpresa, era mucho más de lo que ninguno de ellos habría imaginado nunca. Aun así, Harry sabía que si la dejaban abrir la cerradura oscura, talvez ocurriese una desgracia.
—¡Tenemos que darnos prisa! —gritó Harry, sintiendo la presión del tiempo correr. Sabía que si McGonagall y los aurores llegaban justo en ese momento, todo estaba perdido.
—¡No podemos abrirla sin liberar lo que sea que puso Riddle aquí! —gritó Hermione, retrocediendo.
Luna, en un momento de inspiración, recordó algo que había leído en un antiguo libro sobre los guardianes de la magia oscura— Los guardianes están atados a su propósito. Si le decimos que estamos aquí por Myrtle, tal vez se detenga.
—Luna, no todas las criaturas mágicas entienden de razones —se exasperó Draco— Pero algo hay que hacer, porque McGonagall no tardará en subir.
Draco levantó su varita, conjurando un escudo protector alrededor del grupo. Pero la magia oscura que impregnaba la habitación era más fuerte de lo que cualquiera de ellos había anticipado. El suelo comenzó a vibrar, pequeñas fisuras aparecían en la madera podrida a medida que la energía maldita se extendía desde la puerta tapiada hacia los cimientos del edificio.
—Este lugar no resistirá mucho tiempo —dijo Hermione con calma, aunque su rostro reflejaba preocupación—. Si Myrtle cruza esa puerta… podría desaparecer para siempre, o algo peor.
—Tengo que entrar —dijo Myrtle, impaciente— sé como hacerlo, puedo sacar mi cuerpo de aquí sin problemas.
—No sabes lo que hay ahí —le regañó Viktor— ¿Qué tal si hay otro basilisco?
—Soy intangible, simplemente me atravesará —rodó los ojos— además, es mi cuerpo ¿Quién mejor que yo para hacerlo?
—¡Debemos irnos! —insistió Draco, mientras McGonagall y los aurores seguían subiendo por las escaleras.
Harry tomó una decisión rápida.
—Yo iré contigo —dijo, tomando aire profundamente. Myrtle lo miró a los ojos y asintió, irían juntos, estaba decidido.
—¡Harry, no! —gritaron los demás casi al unísono.
Pero ya era tarde. Harry apuntó su varita hacia el símbolo y murmuró un hechizo que había aprendido en uno de los libros prohibidos. Myrtle murmuró el mismo hechizo, no lo ensayaron, salió tal cual y funcionó. Era un riesgo, pero sabían que no había tiempo para pensar. La puerta tembló y las tablas se partieron con un ruido seco. La magia de contención se rompió de golpe, liberando una onda de energía que los lanzó a todos hacia atrás.
Entonces se oyeron gritos abajo— McGonagall —dijo Viktor con un gruñido, su expresión de preocupación reflejando la gravedad de la situación.
—¡Bajen y deténganlos! —instó Harry, la urgencia en su voz resonando en la fría habitación—. Y en media hora, todos nos vemos con los centauros.
—Pero Harry... —lo detuvo Hermione, su rostro pálido y preocupada—. ¿Y si fallas?
—¿Y si no? —le sonrió él, tratando de infundir confianza—. Estaré bien, pronto nos volveremos a ver. Rápido, ve con los demás.
Con un último vistazo entrelazado de preocupación y esperanza, todos corrieron abajo, dándose una leve y rápida despedida antes de separarse. Harry y Myrtle se volvieron hacia la habitación de la chica. La puerta se abrió lentamente, revelando un interior cubierto de sombras, donde el aire se sentía denso y cargado de secretos olvidados. En el centro de la habitación, sobre una plataforma de piedra cubierta de musgo y enredaderas marchitas, estaba el cuerpo de Myrtle… petrificado.
No parecía muerta, pero tampoco estaba viva. Era una imagen inquietante, como si hubiera sido congelada en el tiempo para siempre, atrapada en un instante de dolor y desesperación.
—¿Así de gorda estaba en vida? —torció el gesto Myrtle, la versión fantasma de ella que flotaba junto a Harry.
—Así te ves en el otro lado —bromeó Harry, intentando aligerar el ambiente con un toque de humor.
—Oye —soltó una risa ella, pero captó la broma, una chispa de camaradería brillando en sus ojos fantasmales.
Harry se acercó, contemplando a la chica llorosa que había sido. Su imagen era la de una niña atrapada en la tristeza, con las dos colitas de cabello desiguales y sus gafas, que eran casi como las de él. Se acercó más, cada vez más inmerso en el recuerdo de la vida que había perdido. Por un momento, la prisa y el peligro se desvanecieron, dejándolo solo con la profunda tristeza de su situación. Sin esperar consentimiento, acarició una de sus mejillas, su tacto atravesando la barrera entre el mundo de los vivos y los muertos. La Myrtle fantasma dio un respingo y se llevó la mano a su mejilla, como si aún sintiera el frío contacto.
—Harry... —murmuró ella, la sorpresa en su voz un eco de su propia incredulidad—. ¿Qué haces? ¡Puedo sentirlo!
Él se encogió de hombros, girando nuevamente hacia la Myrtle petrificada.
—Realmente estás conectada aun a tu cuerpo —murmuró Harry.
Sus mejillas estaban pálidas, pero su piel, al tacto, tenía la textura de la piel humana. Estaba helada, pero no muerta, una contradicción inquietante que lo llenó de confusión. Era sumamente desconcertante, la verdad.
—Bueno, es raro, pero hay que llevárnoslo rápido —dijo ella, incómoda porque él la estuviera mirando de esa forma y sin que ella pudiera escapar de su escrutinio— Oh no podremos alcanzar a los demás y...
Pero no estaban solos.
Una figura oscura emergió de las sombras, alta y esquelética, con ojos que brillaban con una luz enfermiza, como dos faros en la oscuridad. No era un ser vivo, sino una manifestación de la magia oscura que protegía el lugar, un guardián de las profundidades que Riddle había dejado para asegurarse de que ningún intruso pudiera acercarse a su secreto.
—El guardián… —susurró Myrtle, horrorizada, la palidez de su forma etérea volviéndose más intensa ante la amenaza inminente.
—Riddle no quería que nadie llegara hasta aquí —murmuró Harry, apretando los dientes, su mente corriendo para encontrar una estrategia en medio del pánico que comenzaba a crecer en su interior.
El monstruo se acercaba lentamente, sus pasos resonando como truenos en el silencio inquietante de la habitación. Cada pisada hacía que el suelo crujiera bajo su peso, mientras sus ojos brillaban con una luz enfermiza y vacía, como si fuera una simple máquina de destrucción, sin pensamientos, solo impulsada por la magia oscura que lo mantenía en pie.
Con un movimiento decidido, Harry dio un paso hacia el guardián y gritó— ¡Estamos aquí por Myrtle! No queremos pelear contigo, queremos salvarla.
La figura oscura titubeó, como si las palabras de Harry resonaran en un eco lejano. Pero su mirada seguía fija en ellos, y Harry sintió que el aire se volvía más denso.