ID de la obra: 1406

Burlando a la muerte

Het
G
En progreso
2
Fandom:
Tamaño:
planificada Mini, escritos 66 páginas, 34.280 palabras, 26 capítulos
Descripción:
Notas:
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Insuficiente

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El haz de luz platinada de Myrtle se deslizó de nuevo a la casa, entrando en la estructura que temblaba con cada hechizo y maldición que los aurores lanzaban contra los estudiantes. Harry se había quedado solo y debía ahora hacerse responsable de lo que había decidido. Dolorido y sucio, salió de detrás de la pared al momento en el que esta estallaba y el monstruo la atravesaba con su puño. Sus orbitas oscuras miraron a Harry cuando este salió y se escabulló más allá. No era rápido antes estando sano, ahora dolorido y cansado era menos que patético. El monstruo estuvo a punto de alcanzarlo, pero Harry se lanzó al suelo a tiempo. —Pronto, Myrtle, pronto —se quejó al levantarse, pero lo logró a tiempo para evitar ser aplastado. Los estallidos en la casa la estaban desbaratando hasta el punto de que las explosiones no acababan y el piso de arriba se vino en parte al suelo. Eso marcó un instante de paz, mientras los aurores se movían entre las sombras de los escombros y los estudiantes se atrincheraban todos juntos en una esquina. La lucha había sido regia, McGonagall había dado la orden de aturdir sin herir al principio, pero cuando escucharon los ruidos arriba y la explosión de la pared, se dio la orden de sacarlos de encima a toda costa. Hermione sangraba de una cortada profunda en la cadera y Luna tenía un raspón sobre el ojo, pero ambas insistían en estar bien. Draco y Krum estaban más lastimados, pero nunca lo admitirían. Tenían respectivamente un desgarro en un hombro y una astilla de buen tamaño clavada en la pierna. Cuando Myrtle se materializó junto a ellos, estuvieron a punto de gritar todos a la vez. —Tranquilos, están a salvo mientras yo esté con ustedes. —Vaya, esa es buena —se rió con sarcasmo Draco, pero nadie lo secundó en el chiste. —¿Donde está Harry? —quiso saber Hermione— ¿Y tu cuerpo? —Harry necesita de ustedes ahora...  Ella les explicó la situación rápido y los guio a salir por un pasadizo que ella creó de la nada entre las paredes rotas, ladrillos y madera. Krum cojeaba, pero se apoyó en Draco mientras avanzaban por el camino. Mientras pasaban vieron a algunos de los aurores, quien sabe cómo, pero Myrtle había conseguido paralizarlos en sus posiciones. —¿Tú hiciste esto? ¿Como? —se sobresaltó Hermione. —Realmente no lo sé —suspiró ella— solo quise que se detuvieran. No pensé que los iba a congelar de esa forma... el problema es que ahora no sé como sacarlos de ese estado. Se soltó a reir nerviosamente mientras miraba el resultado de su propio poder con incredulidad. Costaba mucho trabajo creer de verdad que esa fantasma tan aparénteme frágil y tontarrona. Hasta daba dolor de cabeza pensar que todo ese poder se escondió por tanto tiempo bajo esa forma fantasmal. Myrtle misma ahora parecía haber cobrado mayor seguridad ante las pruebas de su propio poder. Parecía que ahora tenía un mayor repertorio de opciones que el simple hecho de echarse a llorar. Hermione la miró, sorprendida pero también preocupada— Myrtle, ¿qué significa eso? ¿Desde cuándo puedes hacer cosas como estas? —No lo sé... —respondió la fantasma en un susurro, casi para sí misma— Pero algo cambió. Quizás fue todo esto, quizás fue él... —Se interrumpió y apretó los labios, mirando hacia el pasadizo que había creado. —Estaba escrito que pasaría —intervino Luna— que el espectro exiliado de su cuerpo recobraría con lentitud sus poderes desde el más pequeño hasta el más complejo. Los demás la miraron con solemnidad antes de regresar sus ojos a la adolescente que parpadeaba con luz nacarina ante su propia incredulidad. Ella, al sentirse observada, desvió la mirada con timidez y reanudó la marcha. —Vamos, Harry nos necesita. —Myrtle —Hermione la detuvo con firmeza, colocando una mano frente a su rostro etéreo, lo que de alguna manera pareció establecer un contacto tangible—, si tienes habilidades que no comprendes, podrías ponernos en peligro, incluso a Harry. Los ojos de Myrtle se llenaron de lágrimas fantasmales nuevamente, pero esta vez no fue por tristeza, sino por un tipo diferente de temor. No el temor que sentía antes, sino uno por la seguridad de sus amigos. No quería ser una carga ni tampoco un peligro de ninguna forma.  —Lo sé. Pero también sé que no voy a fallarles. Harry confía en mí. Yo... no tengo nada que perder. El pasadizo se cerró detrás de ellos, envolviéndolos en oscuridad por un momento hasta que un resplandor tenue comenzó a emanar del cuerpo translúcido de Myrtle, iluminando el camino. Draco, sosteniendo pesadamente a Krum que arrastraba la pierna herida por el suelo lleno de polvo, soltó un bufido— ¿Cuándo se convirtió en nuestra líder espiritual? —Cállate, Draco —gruñó Hermione, sin paciencia para su sarcasmo. Mientras tanto, Harry seguía enfrentándose al monstruo. Su Patronus, un ciervo plateado, había logrado mantener la distancia por unos instantes, pero la criatura parecía aprender con rapidez, adaptándose a los movimientos del hechizo protector. No le estaba haciendo nada, pero lo distraía lo suficiente como para dejar a Harry sufrir sus heridas tranquilo en el suelo. No obstante, el guardián se movía con rapidez para un ser de ese tamaño, asestando golpes al aire, y en su avance estuvo a punto de aplastar a Harry de nuevo. —¡Myrtle, más vale que llegues pronto! —exclamó Harry mientras esquivaba un golpe que hizo vibrar el suelo. Ele patronus se había disipado en una voluta de humo platinado, Harry se encontraba al límite de sus fuerzas. El monstruo al verse libre del ciervo, rugió. El sonido gutural y un inusual crujido de piedra sobre piedra, y cargó contra él. Harry apuntó su varita desesperadamente. —¡Expelliarmus! El hechizo no hizo más que estallar en su pecho sin desviar la trayectoria del monstruo, pero le dio suficiente tiempo para retroceder, jadeando por el esfuerzo. Su mano presionaba el costado y una herida en la sien que sangraba suavemente. No iba a aguantar por mucho más. Podía ser el niño que vivió, pero ahora las mañas de voldemort no lo salvarían de esta creación de la oscuridad. Desde la distancia, un sonido resonó. Era Myrtle y los demás. Su presencia se sintió antes de que llegaran, como si el aire mismo se hubiera cargado con algo nuevo, algo más fuerte.  —¡Harry! —gritó Hermione, apareciendo al final del corredor. Él sintió una chispa de esperanza, pero no disminuyó su concentración. —¡Ahora, juntos! —ordenó Myrtle con una voz firme que nunca antes le habían escuchado. Todos levantaron sus varitas y, sin necesidad de instrucciones, conjuraron sus Patronus. Hermione conjuró un zorro, como su forma de animaga. Krum conjuró a su vez un águila grande y majestuosa. El patronus de Luna se había vuelto un gran caballo salvaje y el de Draco era un pavorreal. Todas esas formas llenaron el espacio con esa luz platinada, mágica, nunca antes vista. Myrtle, flotando en medio del grupo, levantó las manos y, contra todo pronóstico, de ella emergió una forma brillante y corpórea: un lince plateado con ojos brillantes. El lince avanzó con un rugido grave, uniéndose a los demás Patronus para enfrentar al monstruo. Este titubeó por primera vez, retrocediendo ante la fuerza combinada de las luces. Harry apenas tuvo tiempo de maravillarse por el Patronus de Myrtle antes de unirse al ataque conjurando de nuevo a su ciervo. —¡Ya era hora de que aparecieran! —gritó con una sonrisa a pesar de su agotamiento. La fantasma y el resto de todos sus amigos le devolvieron la mirada y la sonrisa. La batalla apenas comenzaba, a pesar de su entusiasmo, el monstruo era fuerte y los patronus no terminaban de resultar suficientes. Pronto fue evidente que el monstruo empezaba a darse cuenta de que los verdaderos enemigos eran las formas que conjuraban los patronus y no los patronus en sí. Eso representó una gran decepción para todos, cuando el monstruo hizo a un lado al águila de Krum y casi pisoteó al pavorreal de Draco, y se centró en Luna. Myrtle empezó a lanzar maldiciones al guardián, cuando se apercibió de lo que ocurría, pero esto encima era insuficiente. —Por merlín —chilló Draco, después de haber tomado a Luna y haberla apartado del paso del monstruo— ¿Es que esta mierda es invencible? —La verdad es que esa intención teníamos —dijo Myrtle con los hombros caídos. —¿Como? ¿Este monstruo lo hiciste tú? —gritó exasperada Hermione— ¿Qué más secretos guardas? Myrtle negó— no es el momento para hablar de eso —volvió a subir hasta el rostro del monstruo para lanzar los hechizos desde cerca y poder atinarle de lleno. Los hechizos eran poco menos que insuficientes, patéticos sería la palabra, pero todos se negaban a detenerse. Harry se había apoyado en un pino, aun con el brazo firmemente apretado al costado. Se le dificultaba respirar y el dolor lo tenía casi paralizado. Era demasiado fuerte. Pero él tampoco se daba por vencido. Conjuraba hechizos, expelliarmus, sectumsempra y todos los que se conocía que podrían servir, pero esto era de verdad una circunstancia bastante fuera de su alcance. Entonces se detuvo. Ya no podía ni siquiera mantener en alto la varita. Se derrumbó al pie del árbol y cerró los ojos unos segundos. Lo estaban haciendo mal... algo estaban olvidando. Alguna forma debía haber para destruirlo. Ni siquiera Voldemort fue invencible, aunque por mucho tiempo lo pareció. Harry volvió a abrir los ojos y miró al monstruo de nuevo. Era espantoso. El ser más oscuro que se hubiera imaginado. Pero debía tener algún punto débil. Mientras Hermione, Draco, Krum, Luna y Myrtle se debatían en hechizos fuertes y en una persecución y huida constante, Harry observó con atención. A la luz de los patronus en medio de la noche cerrada, la forma esquelética y alta, oscura como madera carbonizada, mostraba tener una textura semejante a la piedra. Harry se ajustó las gafas al puente de la nariz y miró con mayor atención. Los ojos del monstruo, dos oquedades vacías, tenían un resplandor en el interior de luz oscura y verde brillante. El resto de su cuerpo parecía estar lleno de grietas y rasguños en su piedra oscura, como si fueran runas o inscripciones.  Harry se incorporó de golpe, pero el agudo dolor lo hizo volverse a recostar. Eran las mismas runas que había visto en la puerta tapiada de la habitación y las mismas que había visto en el cofrecito que McGonagall tenía en su despacho. —¡Myrtle! —gritó al ponerse en pie, trabajosamente, en medio del dolor. El espectro lo miró desde su posición, al otro lado del valle nocturno. Al ver lo mal que se encontraba, un atisbo de angustia se traslució en sus rasgos aun infantiles.  —Necesitamos a McGonagall.
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