ID de la obra: 1432

Desarraigo

Het
PG-13
En progreso
4
Fandom:
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planificada Midi, escritos 17 páginas, 9.066 palabras, 5 capítulos
Descripción:
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Capítulo 4 : Elegida

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Había mucha luz, eso fue lo primero que Maya notó. Mirase a donde mirase, una luz blanca y pacífica lo llenaba todo. Por un momento ella se desorientó considerando que se hallaba muerta y que esta era la antesala a un plano superior, sino ese mismo sitio del que tanto se hablaba. Pero entonces se empezó a perfilar la cumbre del monasterio, con la construcción de piedra con su techado y todo. De inmediato, Maya se sintió tranquila. De alguna forma había regresado al sitio donde creció y aprendió todo desde niña.  De la nada estaba entre los pasillos, caminando despreocupada de aquí para allá, sintiéndose plena simplemente por estar ahí de nuevo. Por un momento había estado angustiada, ahora no sabía ni porqué.  Todo estaba tal cual debía ser salvo... salvo que no encontraba al Maestro Boaddai ni a Ky, a Mookie o a Boomer. Seguro no habrían regresado, debían estar en alguna misión... pero si así era ¿porqué no la habían llevado a ella?  Se sentía confusa. Confusa y desorientada de pronto. Estaba llegando al patio que se alzaba en uno de los peñascos, donde generalmente Mookie aterrizaba el X-Scaper al regresar de algún viaje. Ahí donde ella y sus compañeros hacían las meditaciones, con alguna roca pesada en medio para levantar con su mente.  Pero allí no estaban sus amigos, ni el maestro que consideraba abuelo. Ahí, de pie y tan confuso como ella, estaba Rynoh. El chico alto estaba contemplando las montañas, de espaldas a ella, con una mano en el cabello y otra en la cadera. Ladeaba la cabeza hacia un lado y hacia otro, sin entender qué hacía allí. Maya se enfureció al verlo y sin esperar nada, corrió hacia él hasta plantarse delante del chico diferente. Rynoh no se sorprendió al verla, pareció como si la estuviese esperando. —¿Esto es todo? —le dijo de frente, con cierto desdén burlón. Ella se quedó en silencio un segundo, procesando esa pregunta. —¿Todo? ¿De qué estas hablando?  —¿Este es tu refugio mental? —alzó una ceja e hizo un gesto de arco que englobaba todo el panorama— ¿Aquí guardas todos tus secretos? ¿En un viejo montón de piedras con grabados y unos pasillos y habitaciones empolvadas? Porque yo esperaba algo... no sé, algo más impresionante dada tu personalidad. Maya se quedó fuera de órbita por otros segundos. Luego, de golpe, entendió la situación: Donde estaban no era el monasterio, seguían de alguna forma en la guarida de Lokar, solo que estaban en la mente de Maya... O en su subconsciente... o en algún sitio emocional o espiritual. —Espero que al menos haya un cuarto secreto con algo interesante… porque si solo voy a ver alfombras viejas y meditación, qué aburrido. —¡No tienes derecho a estar aquí! —estalló ella, con los puños apretados y el ceño fruncido, amenazante— ¡Sal de mi mente! ¿Cómo puedo echarte de aquí? ¿Puedo despeñarte por el borde del risco? —Woo, qué ideas tan destructivas, princesa —ladeó una sonrisa, aunque miró de soslayo por el borde, considerando si de verdad podía morir si caía por ahí—. Y yo que pensaba que ya te gustaba por lo menos un poco. Maya dio un par de pasos hacia él, todavía en guardia, y le dio un empujón— ¿Quieres probarme? te enseñaré cuanto me gustan los chicos como tú y tus amigos. Sal de mi cabeza ahora, esto es privado, ni siquiera sé qué es o si es real, pero no te quiero aquí. El chico no retrocedió, antepuso un pie atrás para evitar que Maya lo moviese. La sonrisa en su boca se volvió completa al responderle. —Estamos en tu refugio mental. —hizo un nuevo gesto distraído, esta vez hacia las rocas polvorientas— Algo en el pergamino decía que el médium, es decir yo en este caso, debe entrar al refugio mental del dador, esa eres tú. Este es tu refugio espiritual, aqui debes esconder tu kairu...  Miró hacia ambos lados, con curiosidad, y Maya contempló esos ojos naranjas sin pupila analizar sus opciones. Su kairu estaba ahí, no podía creerlo. —Solo debo dar con el cuarto que es y entonces... Maya lo empujó de nuevo y le golpeó en el pecho con los puños, impotente sin su X-Reader. —¡No! No te dejaré. —Por si no te has dado cuenta —la tomó por las muñecas para parar los golpes que no hacían más que casarla sin lastimarlo en lo más minimo—, no te estoy pidiendo permiso, Maya. La soltó entonces, empujándola de regreso con brusquedad hacia atrás hasta que ella dio un traspiés. Maya salió proyectada al suelo donde quedó sobre la plataforma de piedra. Todo se sentía muy real, desde la dureza que recibió su caída, como el mismo polvo en la superficie. —Quieras o no, te arrancaré ese kairu —dijo Rynoh, muy a la ligera, como si nada—, y no podrás hacer nada para evitarlo. Maya se levantó del suelo, sacudiéndose el polvo, respiró hondo, furiosa de sentir cómo su propio refugio mental se le escapaba de las manos.  —No entiendes nada… —dijo entre dientes, con la voz más baja pero cargada de irritación—. Este lugar no es para ti. No tienes derecho a tocar lo que es mío.  Rynoh ladeó la cabeza, todavía con esa media sonrisa arrogante, pero había un brillo nuevo en sus ojos anaranjados, como si de verdad quisiera adentrarse en cada rincón de ese monasterio mental. —Pues entonces será divertido buscar —contestó, dándole la espalda para empezar a caminar hacia uno de los corredores—. A ver qué escondes detrás de esas puertas, princesa. Maya sintió que algo en su interior se helaba. No era miedo a él, sino a lo que pudiera ver. Había recuerdos en esos pasillos que ni ella misma quería enfrentar. Y no quería que alguien como Rynoh viese sus más oscuros secretos. El chico soltó una risa maligna, llena a rebozar de ese sarcasmo arrogante que los malos tienen, y emprendió la carrera al monasterio. Maya tuvo que incorporarse a prisa para seguirlo, pero ese pequeño impase le quitó tiempo, para cuando entró bajo techo por uno de los pasillos hacia los antiguos claustros, vio a Rynoh saliendo de una habitación para entrar a otra. Cuando ella se aproximó, él ya iba saliendo y se colaba por otra. Maya quiso gritarle algo, pero al entrar tras él, la habitación se iluminó. No estaba realmente a oscuras, solo la tenue luz de las ventanas mantenía el lugar iluminado. Pero al entrar ambos, las antorchas se encendieron con un chisporroteo, y de la nada la habitación se llenó de gente. Rynoh volteó a los rostros adustos cuando aparecieron y se sorprendió al ver a los doce Redakais aún con vida. Maya se sorprendió aún más cuando vio al maestro Boaddai, menos canoso y más fuerte, sentado junto al maestro mayor. Estaban todos reunidos alrededor de un sitio bajo, como horadado en el suelo, donde una niñita se hallaba sentada, con los ojos vendados. Era una especie de coliseo, o algún tipo de salón de clases de la antigüedad. —... de Boaddai —de la nada la voz de uno de los Redakais les llegó como a través de un sueño, como si llevara rato hablando pero solo hasta ese momento le pusiesen atención—, dice que la menor posee la capacidad más altamente desarrollada de sus compañeros, pero... ¿Me equivoco o ni siquiera ha cumplido los ocho? —Tiene cinco años, Master Atoch —señaló el anciano—, pero ya ha presentado grandes cualidades. El hombre mayor miró a la niña con recelo, pero finalmente asintió. —¿Tú propuesta es que empiece como estudiante a esta edad? —Deseo que sea admitida como mi estudiante. Bastará con que muestre algunas de sus habilidades para que se den cuenta de su gran potencial. Maya y Rynoh se acercaron juntos hacia la boca del pozo, en el centro de la sala. Ambos habían entendido rápidamente que esto era un recuerdo, de alguna forma, y que estas eran sombras de otros tiempos. La niña sentada abajo no era otra que la misma Maya a esa corta edad. Las franjas azules de su rostro, brillantes sobre su piel tostada, y el cabello de un electrizante tono cielo despejado. —Sabes lo que hay en su sangre, Boaddai —intervino un maestro más allá, alto y corpulento, con una franja parecida a las de Maya, cruzándole de una mejilla a la otra a la altura del puente de la nariz, solo que de color blanco—. No es seguro enseñarle más que lo indispensable, a leer y escribir, la historia y nada referente al kairu. Mientras menos lo sepa, menos se parecerá a su abuelo. —¿Qué es eso en el rostro de ese hombre? —intervino Rynoh, y evitó a Maya escuchar cómo su maestro la defendía. —Es la marca de su facción. —masculló ella, recordando que estaba irritada con él— En mi infancia, antes, hubieron varias facciones en los Redakais. Así como hubo varios tipos de kairu, fuera del maligno que creó Lokar. Existía el kairu blanco, sus partidarios insistían en que se debía llevar las ideas y doctrinas al otro extremo, a la más absoluta pureza de pensamiento.  Al decir esto, señaló a varios redakais que llevaban las franjas tatuadas en la piel de la misma forma. Había kairu rojo, el clásico azul, blanco y oro. Los del kairu oro eran más rigidos, mirando hacia abajo a la niña con cierto desdén, se deducía que eran de una categoría más alta. —Esos bandos tuvieron que olvidarse cuando Lokar atacó —continuó Maya, en murmullos—, los del kairu blanco fueron asesinados, los del oro despojados de su poder, los del rojo se perdieron. Nadie sabe qué ha sido de ellos.  —Ah —murmuró con asentimiento el chico alto, ladeando la cabeza con comprensión—, si, Lokar nos dijo algo de eso en clase de historia. —Cállate, quiero escuchar. —siseó ella, casi perdiendo la paciencia.  Algo tan importante como esto, Maya no quería que alguien como Rynoh lo viera, era personal y bastante trascendental en su vida. Rynoh resopló y estuvo a nada de decirle algo más, pero el maestro Atoch, quien presidía la reunión, se hubo en pie. Alzó ambas manos y así acalló el debate de ambos maestros. Con una mano trémula, señaló hacia la niña. A un mismo tiempo, aparecieron alrededor de la niña cinco urnas descubiertas. El maestro del tatuaje blanco que había protestado alzó a su vez una mano y una esfera de kairu blanco bajó hasta llenar una de las urnas. A su vez, los demás maestros llenaron las demás urnas, incluso el maestro Boaddai depositó una esfera de kairu azul. Habían cuatro llenas y una vacía. Ninguna fue cubierta, de manera que todos los presentes viesen donde estaba cada color.  —Maya —llamó el maestro Atoch, al tiempo en el que hacía girar las urnas para que la niña no supiese por el oído donde estaba el kairu—, el maestro Boaddai nos ha dicho que puedes percibir el kairu azul, en una de estas urnas hay un fragmento de ese kairu. Dinos donde está y este consejo Redakai te dejará ser instruida para alcanzar en algún momento el puesto de guerrera kairu. La niña se descubrió los ojos y alzó la mirada. Rynoh, arriba y al lado de la Maya adolescente, observó los grandes y curiosos ojos dorados de la niña. Era bonita, bastante a decir verdad, rezumaba inocencia y en su mirada había inteligencia y determinación. Las urnas eran altas, la niña no podía ver qué escondía dentro porque ella seguía siendo muy pequeña. Pero un gesto de concentración apareció en su pueril rostro cuando se acercó para tocar la urna con el color azul. Los maestros intercambiaron miradas. El maestro Atoch iba a decir algo, cuando Maya lo interrumpió. —Espere, también puedo sentir los demás... Ahora un murmullo de incredulidad cruzó el circulo de maestros. El kairu de cada color tenía una sensación diferente, para cada aura, y solo quien tenía algo de él dentro podía percibirlo. Que la niña pudiera sentirlos significaba que todos los espectros de la energía milenaria coexistían en su interior. —Muéstranos, pequeña Maya. —aceptó el maestro Atoch. Entonces la niña empezó a tocar cada urna y a ir mencionando cada color, incluso dijo cual estaba vacía. Y además, alzó las manos y una a una, las esferas fueron ascendiendo fuera de sus escondites. Además, ella las hizo regresar a sus respectivos dueños que asombrados las aceptaron con sorpresa. La Maya adolescente alzó la vista hacia el maestro Boaddai y percibió el orgullo en su mirada al ver a su nieta demostrar tales habilidades. El corazón se le calentó a la chica, que sonrió con cariño hacia su abuelo espiritual, a quien consideraba su figura paterna. Lo vio sonreírle a la niña y a ella asentir con gratitud haciendo una reverencia. Atesoró ese momento que no recordaba, era algo que estaba escondido en su memoria, de hace mucho tiempo. Apreció mucho tener la oportunidad de volver a verlo. —Esta niña tiene el don —dijo alguien entre ellos. —¿Y quiénes son los que han sido dotados de ese don? —dijo entre dientes el maestro de la franja blanca. Eso hizo que todos guardaran silencio. Maya adolescente vio a la Maya niña mirar a los adultos sin comprender. Pero ella ahora, con sus conocimientos y experiencias, sabía que se refería a Lokar, a su abuelo real, de sangre. Él tenía el mismo don, él podía manipular todos los espectros del kairu, porque todos existían en su interior. Incluso el kairu oscuro también existía dentro de Maya, aunque no quisiese admitirlo. Rynoh, sin embargo, sonrió despacio, esa media sonrisa torcida que siempre parecía ocultar una provocación. —Vaya, vaya… —murmuró, inclinándose hacia ella— La prodigiosa niña elegida por los ancianos, ¿eh? No me extraña que seas tan insoportable. Te malcriaron desde los cinco años. Maya apretó los dientes. —Cállate. Él ladeó la cabeza, disfrutando de irritarla. —Aunque… —sus ojos anaranjados se fijaron en la pequeña Maya que manipulaba las esferas— debo admitir que impresiona. Una mocosa que juega con todos los colores del kairu como si fueran canicas… —chascó la lengua antes de soltar un silbido burlón—. Casi dan ganas de aplaudir. Maya sintió el calor subirle a las mejillas, estaba avergonzada y la rabia le bullía dentro. —No sabes de qué estás hablando, patán. Rynoh rió bajo con arrogancia. —Tal vez no. Pero no me importa, no vine aquí por tus estúpidos recuerdos que alimentan tu ego. La visión se disolvió lentamente, como arena escapando entre los dedos. Maya quería que desapareciera de una vez, que se la tragara el olvido. La habitación volvió a atenuarse sin el brillo de las antorchas.     De la nada, Maya abrió los ojos y cayó de rodillas. Volvía a estar en el refugio de Lokar y la oscuridad y los olores fríos y desagradables le dieron de lleno. Rynoh estaba ahí también, se había llevado ambas manos a la cabeza y suspiraba como atenazado por algún dolor. —No quiero que vuelvas a hacer eso —zanjó ella, con ira mirándolo desde su posición. —No depende de ti, Maya —se desesperó Rynoh, bajando una mano para buscar incorporarse, mientras la otra seguía presionando su sien izquierda—. Seguiré hasta que lo consiga.  —¿Porqué? —casi gritó ella, feliz de ver cómo esto parecía aumentar el dolor de cabeza del chico alto. —Porque es lo que se espera de mi. El chico se incorporó y la miró por un largo instante, con los ojos naranjas chispeando con sorna de nuevo. —Estoy seguro de que los chicos querrán saber lo ridícula que te veías como niña jugando con el kairu —su sonrisa se amplió—. Mañana volveré a intentarlo, cuando me reponga. Mañana veremos los dormitorios, para ver si has hecho algo indebido entre esas sábanas, niña de monasterio. Maya lo odió, lo odió con toda su fuerza mientras él se iba con la promesa de volver. Ella ya había entendido más o menos cómo funcionaba la idea del refugio mental. Rynoh pensaba que ella había sido admitida como estudiante a los cinco años porque si, pero era más poderosa delo que todos imaginaban. Solo debía concentrarse y buscar resistir.  Ya lo vería Rynoh, lo verían todos, Maya aún tenía más sorpresas por mostrar.
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