Capítulo 9: Reglas rotas
14 de marzo de 2026, 16:03
La practica se notaba, eso decían siempre, y Maya podía notarla en la nueva intervención de Rynoh en su refugio espiritual. Esta vez no pudo resistirlo, todo pasó demasiado rápido y cayó en el mismo soporífero sueño antes de ser sustraída hasta ese monasterio de su interior. Las cosas eran conocidas, como siempre, y la realidad tan tangible como la misma al estar despierta. Pero Maya encontró algo diferente esta vez, Rynoh parecía más impaciente ahora que nunca.
El chico movía un pie de arriba a abajo, mientras miraba las puertas de las áreas que ya habían entrado. Maya estaba esperando a que se atreviera a hacer algo para intentar frenarlo, pero este nuevo mutismo le molestaba.
—Debes estar muy desesperado para estar ahora pensando en un plan —masculló con irritación al verlo así de pensativo.
Rynoh la miró con una irritación parecida.
—No es culpa mía que seas tan huraña en cuanto a tus secretos, niña malcriada —descruzó los brazos y se llevó una a la sien—. Creo que... Déjame ver, ya visitamos el sitio de juntas de los Redakais donde demostraste ser una insufrible niña prodigio... la zona del comedor donde casi matas a Zane, que por cierto a mi no me hubiera importado que así fuera... ¿Dónde te dije que sería bueno intentar? ¿tu habitación?
Maya se tornó pálida de pronto. La idea simple de Rynoh viéndola en la intimidad de su cuarto en el monasterio, antes de tener su propio sitio en el X-Scaper, le dio nauseas. No quería, por nada del mundo, que ese chico imbécil se metiera en su cuarto.
Rynoh entrecerró los ojos.
—Vaya… —murmuró—. Esa reacción sí que fue interesante. ¿Sabes? me das más razones para explorar ese sitio de las que te puedes imaginar.
—¿Porqué no intentamos en la zona de entrenamientos? —sugirió ella con cierta rabia vibrándole en la voz— a lo mejor podríamos tener un reto kairu ahí y acabar con todo esto.
—¡Oh, claro! —Rynoh dio un aplauso rápido y su expresión fue de victoria, una enorme sonrisa curvó sus labios— ¿Dónde se encuentra el kairu sino en la zona de entrenamiento?
—No sé si te has dado cuenta, pero no podrás ver nada si no te acompaño. Yo soy la llave para los recuerdos.
No bien dijo eso, una de sus manos apresó la muñeca de la chica para arrastrarla hacia el sitio escogido. Maya dio un chillido y tironeó con fuerza.
—De verdad que eres un salvaje —gruñó ella—. ¿En algún momento te darás cuenta que no te será fácil arrebatarme lo que es mío?
Si lograba hacerlo soltarla, tal vez podría ganar unos minutos. Con fuerza, giró la muñeca y se apoyó con un pie en las baldosas del suelo antes de tensar todo su cuerpo como un látigo y asestarle una patada voladora hacia el cuello con el pie libre. Rynoh no era tan bueno frenando golpes físicos, por lo que por el impacto soltó a Maya. Ella había anticipado lo que haría para hacerlo soltarla, pero no lo que haría cunado eso sucediera. Por eso cuando la soltó, Maya dio un traspiés hacia atrás y casi dio contra un cántaro decorativo del pasillo.
Antes de que Rynoh se recuperara, Maya saltó y salió de ese pasillo. Fue en tropel hacia el exterior. Si algo tenía a su favor, era que solo ella conocía ese lugar. Podía esconderse del tonto de ojos anaranjados hasta que la energía se le acabase.
Buscó usar como peldaños una encimera y una estatua para ascender al techo de un salto.
A sus espaldas, Rynoh no la siguió de inmediato porque tuvo primero que recuperarse. El impulso lo había lanzado contra una pared del pasillo y se había estampado la nariz contra la piedra. Había sido un golpe certero, si hubieran estado en la vida real, probablemente habría escupido sangre, sino uno o dos dientes. Que bueno que todo era mental, sino ahora estaría pasando una muy mala experiencia.
Pero eso si, el dolor era muy real y se mantuvo por unos segundos. Rynoh solo soltó una risa corta.
—¿De verdad crees que puedes esconderte… dentro de tu propia cabeza?
—No puedo esconderme para siempre —musitó ella, solo para sí misma, pensando apresuradamente—, puedo retrasarlo hasta que se me ocurra algo pero... pero no puedo detenerlo como tal.
Las tejas bajo ella repiquetearon cuando se incorporó para buscar otro sitio más alejado por el cual esconderse, cuando Rynoh saltó desde abajo para caer a su lado. La sorpresa le arrancó un suspiro a Maya, pero su reacción fue instantánea. Saltó hasta el otro tejado, evadiendo el patio de entrenamiento abajo y pasando de un ala a la otro del monasterio. Rynoh corrió de la misma forma y la persiguió por el tejado mientras ella huía.
—¿Eso es todo lo que tienes? —le gruñó él, acorralándola en una esquina del tejado— Solo estás corriendo en círculos. De verdad que sin tu X-reader no eres nada. Admítelo.
Maya, con los dientes apretados, pateó la teja sobre la que Rynoh estaba, haciéndola temblar y perder brevemente el equilibrio.
—¿Entonces porqué aún no has sido capas de atraparme? —le sonrió con cierta arrogancia.
Había sitios de la construcción que Maya sabía que le serían un desafío al chico, como salientes y alguna torre cerca del área de la biblioteca. Incluso esos sitios donde solo el maestro Baoddai podía entrar. Esos estaban construido sobre salientes rocosas altas y pronunciadas que solo podía sortear alguien que las conociera.
Maya bajó del tejado hasta el suelo de piedra y buscó correr hasta una de los pasillos más largos y enrevesados. Con Rynoh tras ella, subió una de las rocas altas, usando manos y pies para ascender. Sabía donde poner los pies y donde las manos para no herirse, pero Rynoh no. Eso produjo que cuando él lo intentase no dejasen de haber ocasiones en las que se tropezara o resbalara.
—¡Oye! —le gritó, cuando una de las piedras sueltas desde arriba le dio en la cabeza— ¿Qué quieres, matarme?
Maya se detuvo a mirar hacia abajo. Esa roca no la había soltado ella. En eso pensaba cuando una semejante se precipitó contra ella, haciéndola saltar de su cornisa de roca para esquivarla. El salto fue rápido, y se encontró de pronto al lado de Rynoh cuando otra lluvia de rocas apuntaron hacia ellos. Para su sorpresa, fue Rynoh el que la tomó de la muñeca esta vez, para evitar que le diesen a ella y la escondió tras su espalda.
—Esto no lo estás haciendo tú ¿cierto? —le increpó él, por encima del sonido de las rocas al impactar en él.
Maya logró safarce de su agarre, pero no salió detrás de él. El gesto de protegerla la había sorprendido mucho y aún trataba de asimilarlo.
—Por supuesto que no... —le gritó, por encima del estruendo y la polvareda que se levantaba— Tiene que ser un recuerdo.
Por suerte, las rocas no lastimaron de verdad a Rynoh, solo lo desestabilizaron. El chico tuvo que sostenerse a la cornisa de piedra para no despeñarse. Esta vez, fue Maya la que lo sostuvo por un lado de la armadura e su abdomen.
Cuando el viento disipó el polvo, ambos vieron abajo a un grupo de pre-adolescentes. Eran el equipo Stax, pequeños aún, que practicaban por fin con sus X-readers de practica y ataques poco potentes.
—Es un entrenamiento —explicó Maya, fascinada por la torpeza que se veía en los pequeños guerreros—, al principio practicábamos mucho en estas rocas. Desde donde el maestro podía vernos allá arriba.
Señaló un edificio pequeño apostado en lo alto de las rocas, antiguo como el mismo maestro Baoddai. Solo que menos desvencijado que como lo recordaba la Maya actual. Rynoh se despabiló para ver mejor, sus ojos anaranjados centellando a medida que buscaba enfocar.
—Espera, ese ataque de la lluvia de escombros no es un de nivel bajo —le dijo él, con recelo y hasta cierta molestia—. Nosotros lo recibimos cuando salimos a nuestra primera misión.
Maya ladeó la cabeza. El tonto tenía razón.
—Talvez estamos viendo un recuerdo de cuando ya nos habían ascendido —especuló ella.
—No, son muy pequeños ¿Qué tienen? ¿diez, doce?
Entonces entraron en el campo visual otros tres chicos. Maya no los reconoció al principio porque el polvo aún seguía volando por el aire y algunos ataques seguían sucediéndose por turnos uno sobre otro en escalas desordenadas. Pero pronto entendió que estos eran alumnos del maestro Atoch, chicos de otro monasterio.
Tardó, pero al fin recordó.
—Vámonos —le dijo al chico, con más amargura de la que quiso—. Es otro recuerdo malo...
Rynoh la miró con curiosidad.
—Ahora sí me interesa —Rynoh la cortó, volviendo a tomarla por la muñeca para retenerla—. ¿Porqué no habría de verlo? Seguro aquí está el kairu.
—No, solo es otro recuerdo malo... —masculló ella, tironeando de nuevo con una ira resquemante bullendo en su interior— ¿No lo ves? Están rompiendo las reglas, no deberíamos usar esos ataques...
—¿Qué quieres decir? —alzó una ceja él antes de adivinar— ¿Esto no es una pelea autorizada? No me digas ¿están peleando de verdad y no por practicar?
Maya miró hacia abajo con aprensión cuando su versión más joven usó su X-reader para transformarse por primera vez en Infinita. El resplandor llenó toda el área, pintando las rocas del color del monstruo. Un barullo de aire en movimiento, como un huracán de fuego rojo con brazos e inteligencia, reemplazó a la niña. En el centro mismo de esa materia, un ojo atento separó los parpados. La imagen era atronadora y sumamente chocante, haciendo que el resto de los niños retrocediera.
Maya ya sabía cómo terminaba ese día y por eso no quería verlo otra vez.
—¡Vas aprender porqué nadie se mete conmigo! —gritó la joven Maya, cuya voz infantil se mezclaba con la del monstruo, distorsionándola— ¡Gravity Crush!
Enseguida chorros de energía salieron despedidos de las manos del monstruo, haciendo estallar las baldosas de piedra del suelo y mandando a volar a los niños del otro equipo. La maya actual ahogó un grito y Rynoh se quedó sorpresivamente callado un segundo. A pesar del estallido, los tres niños estaban bien, en apariencia.
—Antes no tenías sentido de lo correcto, eh, Maya —comentó él, aunque pretendía talvez ser un comentario burlesco, Maya percibió cierta preocupación en su voz.
—Ninguno la tenía, a decir verdad... —quiso justificarse, mirando hacia los demás niños.
Un chico moreno en el grupo contrario esquivó el ataque y, poniéndose en posición, activó su propio X-reader.
—¡Abyrion!
Un resplandor azul marino cegó a todos por unos segundos, después, un monstruo o criatura marina enorme, parecida a un dragón abisal con aletas largas y placas luminosas. Los dientes eran enormes y la mirada rabiosa. Tanto Maya como él estaban fluctuando en sus ataques, ya que no los controlaban aún. A veces, en parpadeos cortos, se volvía a ver a los jugadores y después a los monstruos. Así alternativamente.
—¡Water pressure! —Abyrion lanzó un pulso de aire y agua hacia Infinita, aplastándola contra el suelo— Y tú aprenderás porqué sigo siendo el más poderoso.
Fue el pequeño Boomer el que saltó en defensa de su compañera, sacando su X-Reader e invocando su propio ataque.
—¡Mind Shock! —una corriente de luz blanca y celeste impactó a Abyrion, aturdiéndolo y empujándolo más allá de la cornisa de roca.
—¡No! Hey, eso es contra las reglas —gritó uno de los del equipo contrario, un pelirrojo con una trenza hasta media espalda— ¡Estás loco!
—No romperé las reglas, no soy como tú —le respondió Boomer—, pero eso no me impide hacer algo.
—Maya, ya fue suficiente —le gritó el pequeño Ky, acercándose a ella visiblemente preocupado—. Ellos son más poderosos y tú ya has roto muchas reglas.
Zane, más allá, inconfundible aunque era pequeño de la misma forma, también salió en ayuda de sus compañeros.
—Ataquemos ahora que está desprevenido —sacó su X-reader e invocó a su vez un ataque fuerte— ¡Plasma Sword!
Una espada mediana de plasma roja salió despedida desde las manos del pequeño Zane, para impactar en pleno pecho de Abyrion. El impacto fue brutal, hasta tal punto que sacó de la arena de combate al monstruo, haciéndolo despeñarse por el risco que rodeaba todo el monasterio. En el aire, en un parpadeo, el chico moreno apareció tras haber sido derrotado, cayendo hacia atrás.
La única niña del grupo, una pelinegra, saltó junto al pelirrojo para intentar salvar a su compañero.
—¿Piensan que todo ha terminado? ¿En serio? —se burló Zane, loco de euforia por la victoria— tomen esto ¡Supernami!
Entonces la Infinita desapareció, dejando lugar a la Maya pequeña. Ella vio como Zane invocaba el ataque de un sunami de fuego y plasma que arrasó con la arena. Fue demasiado fuerte e incontrolable para Zane, tanto que el ataque barrió con todos los niños, lanzándolos por el precipicio.